Todo late ¿Más materia viva?

Todo late ¿Más materia viva?
OPINIÓN

Necesité confirmar un dato para un artículo. Una cifra de nada.  Seguramente hubiera quedado camuflada entre las palabras, pero yo quería la cifra exacta. Se trataba de un dato demasiado rebuscado, pero lo precisaba para apoyar mi extravagante teoría a tan solo 24 horas de entrada en rotativa. Utilizo la Red para casi todo y, sin embargo, el dichoso dato no circulaba on line. El teléfono tampoco fue muy útil: mi fuente es un personaje televisivo, y siempre estaba “en plató”. Desistí de tratar de aprovechar la ocasión para charlar en persona con el susodicho, así que tiré por la vía directa. Le puse un e-mail.
Me ha pasado otras veces; por el atajo del correo electrónico me cuelo en
los despachos de personajes de todo rango. Me salto a la torera a las secretarias-filtro que durante años han manipulado calladamente a altos cargos públicos y privados, decidiendo con qué información acompañar cada día el café matutino.
Pero esto es sólo una anécdota. La verdad es que en la mayoría de los casos la constricción informacional se produce de arriba a abajo. Los llaman «prisioneros analógicos» y las voces más revolucionarias aseguran que ha llegado la hora de su liberación.
Extraño título el que encabeza este artículo ¿verdad? No, no les voy a hablar de biotecnología, aunque podría; hoy las tecnologías son interdisciplinares y el mismo principio que nos hace contemplar, aunque sea distraídamente, un telefilme de lo más trivial, es el que utiliza la microcirugía en las minúsculas cámaras que introducirá en nuestros… estómagos. Les hablaré de empresas vivas, de marcas vivas, de naturaleza moderadamente viva, en fin, de una sociedad que ya no distingue partes y se funde en un gran corazón que palpita. ¡Ah!, y en la que todo es susceptible de ser gestionado…
N
uestras “bandejas de entrada” se ven asaltadas por ofertas de cursos para gestionar mejor nuestro tiempo; los directivos acuden a congresos donde el conferenciante-filósofo de turno les desafía a gestionar los activos intangibles de su empresa y les insta a medir cosas incorpóreas, aunque casi nunca les dice cómo hacerlo… Pero ¿cómo va a medirse algo que de por sí es impreciso, indefinible, vaya, tan abstracto? Rápidamente han proliferado empresas a las que puede contratarse la gestión de conocimiento y la generación de capital intelectual. A tal embestida viene a sumarse el inacabable elenco de productos de software con soluciones a tal efecto, y que se nos revelan a guisa de pequeños “googles”; si el original está buscando la forma de organizar toda la información del mundo, estos paquetes de soluciones prometen concentrar todo el know how de nuestra compañía, para garantizar el aprendizaje colectivo. Mónica Daluz / pdf

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OPINIÓN

Todo late ¿Más materia viva?

Por Mónica Daluz

Necesité confirmar un dato para un artículo. Una cifra de nada. Seguramente hubiera quedado camuflada entre las palabras pero yo quería la cifra exacta. Se trataba de un dato demasiado rebuscado pero lo precisaba para apoyar mi extravagante teoría a tan solo 24 horas de entrada en rotativa. Utilizo la Red para casi todo y, sin embargo, el dichoso dato no circulaba on line. El teléfono tampoco fue muy útil: mi fuente es un personaje televisivo, y siempre estaba “en plató”. Desistí de tratar de aprovechar la ocasión para charlar en persona con el susodicho, así que tiré por la vía directa. Le puse un e-mail.

Me ha pasado otras veces; por el atajo del correo electrónico me cuelo en los despachos de personajes de todo rango. Me salto a la torera a las secretarias-filtro que durante años han manipulado calladamente a altos cargos públicos y privados, decidiendo con qué información acompañar cada día el café matutino.

Pero esto es sólo una anécdota. La verdad es que en la mayoría de los casos la constricción informacional se produce de arriba a abajo. Los llaman «prisioneros analógicos» y las voces más revolucionarias aseguran que ha llegado la hora de su liberación.

Extraño título el que encabeza este artículo ¿verdad? No, no les voy a hablar de biotecnología, aunque podría; hoy las tecnologías son interdisciplinares y el mismo principio que nos hace contemplar, aunque sea distraídamente, un telefilme de lo más trivial, es el que utiliza la microcirugía en las minúsculas cámaras que introducirá en nuestros… estómagos. Les hablaré de empresas vivas, de marcas vivas, de naturaleza moderadamente viva, en fin, de una sociedad que ya no distingue partes y se funde en un gran corazón que palpita. ¡Ah!, y en la que todo es susceptible de ser gestionado…

Nuestras “bandejas de entrada” se ven asaltadas por ofertas de cursos para gestionar mejor nuestro tiempo; los directivos acuden a congresos donde el conferenciante-filósofo de turno les desafía a gestionar los activos intangibles de su empresa y les insta a medir cosas incorpóreas, aunque casi nunca les dice cómo hacerlo… Pero ¿cómo va a medirse algo que de por sí es impreciso, indefinible, vaya, tan abstracto? Rápidamente han proliferado empresas a las que puede contratarse la gestión de conocimiento y la generación de capital intelectual. A tal envestida viene a sumarse el inacabable elenco de productos de software con soluciones a tal efecto, y que se nos revelan a guisa de pequeños “googles”; si el original está buscando la forma de organizar toda la información del mundo, estos paquetes de soluciones prometen concentrar todo el know how de nuestra compañía, para garantizar el aprendizaje colectivo.

Pero resulta que el proceso de aprendizaje sólo puede producirse en las personas y todo programa para la gestión del conocimiento de una empresa debe contar con la voluntad del empleado.

Y ¿por qué un empleado va a querer traspasar sus conocimientos a la empresa? Sólo hay una razón: la motivación.

Para empezar, ¿sabe cuál es el nivel de implicación de sus empelados? La satisfacción de las necesidades básicas y de seguridad no será suficiente; saber satisfacer otras como las de pertenencia, reconocimiento o autorrealización resultará imprescindible para optimizar los procesos de aprendizaje y lograr una estructura flexible con la que asimilar el cambio y capitalizar oportunidades al objeto de conducir a la empresa hacia el crecimiento y la competitividad.

Nuestras “bandejas de entrada” se ven asaltadas por ofertas de cursos para gestionar mejor nuestro tiempo; los directivos acuden a congresos donde el conferenciante-filósofo de turno les desafía a gestionar los activos intangibles de su empresa y les insta a medir cosas incorpóreas, aunque casi nunca les dice cómo hacerlo… Pero ¿cómo va a medirse algo que de por sí es impreciso, indefinible, vaya, tan abstracto? Rápidamente han proliferado empresas a las que puede contratarse la gestión de conocimiento y la generación de capital intelectual. A tal envestida viene a sumarse el inacabable elenco de productos de software con soluciones a tal efecto, y que se nos revelan a guisa de pequeños “googles”; si el original está buscando la forma de organizar toda la información del mundo, estos paquetes de soluciones prometen concentrar todo el know how de nuestra compañía, para garantizar el aprendizaje colectivo.

Pero resulta que el proceso de aprendizaje sólo puede producirse en las personas y todo programa para la gestión del conocimiento de una empresa debe contar con la voluntad del empleado.

Y ¿por qué un empleado va a querer traspasar sus conocimientos a la empresa? Sólo hay una razón: la motivación.

Para empezar, ¿sabe cuál es el nivel de implicación de sus empelados? La satisfacción de las necesidades básicas y de seguridad no será suficiente; saber satisfacer otras como las de pertenencia, reconocimiento o autorrealización resultará imprescindible para optimizar los procesos de aprendizaje y lograr una estructura flexible con la que asimilar el cambio y capitalizar oportunidades al objeto de conducir a la empresa hacia el crecimiento y la competitividad.

El caso es que han llegado los nuevos ideólogos de las relaciones laborales, que con lo primero que amenazan es con cambiar, de entrada, el abominable nombre de los departamentos de Recursos Humanos. Ellos prefieren hablar de personas con recursos, y apartar el concepto de que el trabajador sea un recurso de la empresa, siendo ésta interpretada como la suma de sus miembros, entendiendo la organización como un único cuerpo del que cada empleado forma parte, cual órgano vital de la entidad. Bajo esta concepción, los trabajadores son, en realidad, la empresa.

Sin embargo, no todas las empresas están preparadas para la “transparencia total” que supone liberar todos los canales de comunicación, porque eso implica depositar en los empleados el prestigio de la compañía y la capacidad de transmisión de la identidad de la misma. Esto significa dejar que la comunicación corporativa fluya a través de cada poro de la empresa y eso sólo es posible si existe una cultura empresarial y unos procedimientos de desarrollo organizacional claros, coherentes y honestos, además de un personal debidamente formado y altamente vinculado a la empresa. En tal caso estaría en juego la imagen y el prestigio de marca cuya percepción por parte del consumidor evolucionaría en la medida en que lo hiciera la propia empresa en tanto que suma de personas, las cuales, a su vez, tendrían una acción directa sobre ella y sobre el devenir mismo de la compañía en el mercado. Esta situación generaría una gama de interacciones entre empresa y sociedad que trocaría aquella en una suerte de organismo cambiante, dúctil, con vida propia, evolucionando en libertad.

El valor de los directivos de las compañías dejaría de radicar en la elaboración de planes que imponer y hacer seguir a rajatabla a golpe de manual. El arte de gobernar una empresa será, en el futuro, lograr instalar estructuras, procedimientos, tecnologías, y culturas y estilos empresariales que logren la implicación de todos y cada uno de los miembros que la componen, interactuando y creciendo todos a una; en fin, logrando, verdaderamente, un aprendizaje organizacional. Todo un reto.

Esa es la verdadera tarea de los departamentos de Recursos Humanos, que hoy se han convertido en meros gestores administrativos al exclusivo servicio de los intereses de sus superiores, y han acabado gestionando conflictos en lugar de personas.

La información es poder pero, en la empresa, la información está fraccionada, y el tráfico de la misma parece ser la clave de esta nueva concepción de la gestión de conocimientos, en la que aquella, la información, es un activo de cada trabajador y éste la retiene y sólo la ofrece si tiene algo que ganar. … O si está adecuadamente motivado, que viene a ser lo mismo. De este modo garantizaremos la transmisión del conocimiento y mucho más, porque si acertamos a establecer los mecanismos de esa transmisión, el conocimiento colectivo tejerá una red que lo hará ser mucho mayor que la suma de los saberes acumulados individualmente. En este sentido, tal vez la empresa, la empresa inteligente, sea, en potencia, al estilo roussoniano, la forma más democrática de organización social.

La empresa tiene, en definitiva, la responsabilidad de proporcionar los medios y el tiempo para que los empleados codifiquen la información en un soporte preestablecido para tal menester y que éste sea el óptimo, al objeto de que el conocimiento se quede en la empresa y minimizar así la problemática de la transferencia de conocimientos y la intercambiabilidad de recursos en los puestos de responsabilidad que, ni en el mejor de los casos, se da al cien por cien.

Si bien en una empresa resulta fundamental la asignación y delimitación de funciones, la total especialización juega en contra del aprendizaje organizacional (en este punto la ventaja es para la pequeña empresa). La rígida estructura departamental de las grandes empresas impide al conocimiento fluir en toda su dimensión. En la labor periodística, sin ir más lejos, resulta difícil acceder, en las compañías con poca o nula flexibilidad -que no es el caso de nuestro sector-, a responsables técnicos y demás empleados con conocimientos valiosos, y todo contacto debe hacerse a través del departamento de marketing, que transforma el conocimiento en argumentos de venta excesivamente obvios.

En demasiadas ocasiones, a la especialización se añade el control de los canales de información por parte de la empresa, que concede acceso restringido a sus empleados a determinadas páginas web, o no les permite el uso de e-mail. El temor a perder el control deriva en el empobrecimiento intelectual de la empresa y merma su rentabilidad, generando empleados que ven coartada su libertad para el aprendizaje y que acaban por caer en la desmotivación.

Colegas de profesión me han contado paradojas de escándalo. Sabiéndose espiados por sus superiores pierden gran parte de su tiempo eliminando todo rastro en su PC que lleve a los espías a páginas web inadecuadas en las que ellos cayeron por casualidad, como consecuencia de búsquedas infructíferas ¡que realizaron exclusivamente para mejorar su trabajo! Y es que la confianza constituye otro pilar fundamental de las relaciones laborales.

Otro elemento que parece estar presente en el tablero de juego en el diseño de empresas rentables, es el propósito de longevidad. Estudios recientes demuestran que las empresas que no sólo persiguen la rentabilidad inmediata, si no tienen entre sus objetivos perdurar en el tiempo, tienen en común un fuerte sentido de cohesión e identidad corporativa y ejercen el liderazgo mediante la autoridad moral y la sensibilidad, estableciendo un clima de confianza; saben delegar la responsabilidad; y han experimentado a lo largo de su historia, al menos una vez, un cambio en su actividad, y lo han logrado porque han sabido sacar el máximo de sus empleados, lo cual sólo se consigue, como decíamos al principio, motivándoles; esta transformación únicamente es posible a través del conocimiento. Y aunque el conocimiento solamente se adquiere a través del aprendizaje, la mayoría de las empresas recurren al “fichaje estrella” para timonear el cambio y los ejecutivos van y vienen de empresa en empresa y mientras tanto, ésta va perdiendo identidad, lo cual termina por incrementar el grado de frustración, desintegrando las motivaciones, sobre todo entre los mandos intermedios, que se sienten injustamente apartados del nuevo reto de su empresa.

Y si la motivación es la base del crecimiento colectivo, existe un asunto que encabeza la lista de elementos motivadores y que se pone por delante de toda cuestión: la honestidad.

Ésta va a ser la clave de la empresa que viene, la empresa viva; viva porque sus miembros se alimentan de satisfacción y crecen con ella porque están en permanente evolución; esto es, una empresa que es vivida por sus empleados.

Las empresas que lideren este cambio de mentalidad obtendrán, asimismo, mayor credibilidad. El comportamiento ético de la empresa no sólo minimiza el conflicto sino que genera predisposición a compartir el conocimiento y es premisa para lograr la motivación.

La ética corporativa va más allá de las paredes de la empresa y se extiende a clientes, proveedores, productos y procesos. Este tipo de organización se concibe a sí misma como parte de un sistema vivo aún mayor: la sociedad, y como tal, debe haber una interacción y una reciprocidad. Teóricos de las relaciones laborales sostienen que la humanidad sería, además de más feliz, más productiva y mejor financieramente, si el medio ambiente fuera preservado y el medio social desarrollado. Cuestiones ambientales y sociales serán objeto de inversiones en las empresas no sólo por cuestión de imagen, sino por filosofía, y de igual modo que la innovación comienza a considerarse una inversión y no un gasto, así será también con estos dos conceptos. Nace un nuevo tipo de credibilidad empresarial.

¿Quieren un ejemplo? Decathlon informa al consumidor en sus puntos de venta de que ha detectado una deficiencia en materia de seguridad en uno de sus modelos de cascos para bicicleta, a pesar de cumplir éste con la normativa vigente, e invitan al consumidor que haya adquirido dicho producto a cambiarlo por otro, mejorado, gratuitamente. La percepción de que para la cadena es más importante el cliente que el prestigio de marca logra, precisamente, incrementar el prestigio de marca.

Abríamos este artículo hablando de la dotación en las empresas de tecnologías para la promoción del aprendizaje colectivo y de cómo los distintos sistemas de comunicación otorgan a sus miembros la libertad para materializar su crecimiento, y ello nos ha conducido, directamente, al concepto de empresa con “vida propia”, pero en el camino nos hemos percatado de que todo esfuerzo en este sentido queda anulado sino se actúa, tanto de cara al empleado como de cara a la sociedad -léase, consumidor- con sensibilidad y empatía o, como dicen ahora, con inteligencia emocional. Porque lo primero es el factor humano.

Como habrán adivinado, mi fuente contestó el e-mail, y además lo hizo a tiempo; pero esto no es una película de Spielberg así que no les voy a contar que obtuve un valioso y exactísimo dato con el que respaldar mi tesis. En el e-mail, mi admirado experto en la materia en cuestión, no confirmó la cifra porcentual que unos días antes le oí lanzar en televisión, y me explicó amablemente que se trataba de una información muy difícil de concretar. Y es que en la tele, ya se sabe, se permiten algunas licencias que en la letra impresa serían impensables -y no lo digo por mi fuente, que es un profesional como la copa de un pino-; la «caja tonta» nos cuenta de primera mano todo tipo de inverosímiles historias, aunque hoy sabemos que a muy pocas podemos dar crédito desde que a los sabuesos de exclusivas se les ha borrado en sus cerebros la línea que separa la realidad de la ficción, y en su empeño por alimentar a la sociedad de frivolidad, se juegan sus brillantes y mediáticas carreras fantaseando sobre que tal o cual muerto está en realidad vivo… En fin, ante contenidos de tal altura intelectual no es extraño que los canales alternativos de información y comunicación estén tomando el testigo.

Editorial. ¿Se han fijado en cuál es el elemento cuya pérdida (…)

Editorial Tecnología
EDITORIAL

¿Se han fijado en cuál es el elemento cuya pérdida más pesar causa cuando a alguien se le acaba de, por ejemplo, hundir su casa? Usted mismo, ¿cuál de todos sus enseres rescataría de una catástrofe doméstica? Sin duda aquello que no se puede volver a reproducir. Y si algo hay irreproducible en esta gran fábrica de sueños en la que hemos convertido nuestro pequeño y rico trozo de planeta, son las vivencias personales y los sentimientos que las acompañaron.
Necesitamos evocar las emociones vividas y nada hay más eficaz para activar las huellas mnémicas que conforman nuestros recuerdos, que observar imágenes de tiempos y sensaciones pasados.
Las VHS durmieron todo este tiempo y, precisa mente ahora que nos decidimos a comprobar si todavía funciona el vídeo, resulta que son ellas las que han perdido todo atisbo de expresión sonora y su imagen es casi tan imprecisa como nuestros recuerdos. Entonces, corremos a incordiar al informático de la familia para que salve, de algún modo digital, nuestras vivencias. Por un momento, nos hemos sentido al borde de un precipicio que amenazaba con malograr nuestra identidad…
Hoy vivimos momentos de redefinición en materia de archivado y conservación de la memoria. Las estadísticas indican que la mujer es más proclive a la angustia ante los recuerdos en digital; el canal de fotografía ha asumido que sólo le queda el papel -después de que el canal electro se erigiera en abanderado de las ventas de cámaras digitales-, y despliega campañas publicitarias que aluden a las ternuras de la vida para sistematizar el “pasar a papel” y no dejar morir el soporte tradicional como requisito indispensable para su propia supervivencia.
Por otro lado, los fabricantes de impresoras lo gran abaratar el coste de las impresiones domésticas y, por si esto fuera poco, ahí están los conversos convencidos; sus mentes ya sólo funcionan en digital y en sus hogares protecnológicos, el silicio es el rey…  Mónica Daluz /
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Universo multimedia ¿El valor de lo etéreo? «Estoy pensando en ti»

Opinión Universo multimedia
OPINIÓN 

Al principio creí que había un problema con el servicio o que tal vez fuera cosa del aparato. Llegué a contar hasta cinco veces seguidas la, digamos, peculiar sintonía del teléfono móvil de mi hija de doce años. Pero no había manera; el tono se cortaba. Ella tocaba algunas teclas y, otra vez: tono, y llamada que se corta. Así hasta cinco.
Resultó que lo hacían a propósito: –Nos hacemos “perdidas”–, dijo la niña con una sonrisa guasona ante mi expresión de perplejidad. Me costó algunos minutos entender la razón o la utilidad de aquel comportamiento; pero claro, el modo, aparentemente inútil, en el que las nuevas generaciones usan también la tecnología, va más allá del intercambio de información. Con las tecnologías de la movilidad, que nos regalan el control sobre el tiempo y el espacio, los chavales experimentan la sensación de estar permanentemente compartiendo su vida. Y eso les gusta.
Mucho ha llovido -seguramente no sea la metáfora más oportuna- desde que en los años 80 los padres con hijos en edad adolescente corrían a matricular a sus retoños en un curso de Basic porque prometía ser el pasaporte para conseguir un puesto de trabajo en la era de la legendaria cifra de los tres millones de parados; aunque, al final, ¿cuántos de aquellos muchachos programaron alguna vez en Basic?…
A grosso modo, la intuición no nos falló; aquello era el futuro o, más bien, la puerta que a él se entreabría.
Pronto el teléfono móvil será un mando a distancia de uso general. Con él apuntaremos hacia la máquina expendedora de naranjada y “zas”: un disparo de información, y la lata será lanzada. Móvil y expendedora habrán intercambiado un sinnúmero de datos, pero el asunto no quedará en una simple transacción económica; será todo un tratado de trazabilidad.
Aquella lata le contará a nuestro terminal móvil qué día recolectaron el 0,02% de naranja que hay en su interior, le dará todos los detalles sobre el conservante que mantiene increíblemente inalterable ese sabor a auténtica naranja y le informará de la referencia del colorante que aporta al susodicho brebaje, un tono más genuino que el del propio fruto yaciendo en el árbol; tal vez, también proporcione al usuario la dirección electrónica del químico que propuso incluir el componente número 52 porque no acababa de ver claro que los 51 que llevaba fueran suficientes.
Quien sabe, si el consumidor le «e-abruma» con reflexiones sobre lo irrelevante que resulta para él el color de aquel líquido y, por el contrario, su interés por preservar el organismo de sustancias no saludables, se percate de que existen otros intereses más allá de las paredes de su laboratorio. Entonces, quizás transmita esa desconcertante inquietud al departamento de marketing que, a su vez, ya se olía algo así porque el becario recién incorporado a la plantilla es weblogger de una bitácora que congrega a varias decenas de personas indignadas por la inacabable lista de ingredientes de las latas de bebida refrescante. Mónica Daluz /
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OPINIÓN

Universo multimedia ¿El valor de lo etéreo?

«Estoy pensando en ti»

Mónica Daluz

Al principio creí que había un problema con el servicio o que tal vez fuera cosa del aparato. Llegué a contar hasta cinco veces seguidas la, digamos, peculiar sintonía del teléfono móvil de mi hija de doce años. Pero no había manera; el tono se cortaba. Ella tocaba algunas teclas y, otra vez: tono, y llamada que se corta. Así hasta cinco. Resultó que lo hacían a propósito: –Nos hacemos “perdidas”–, dijo la niña con una sonrisa guasona ante mi expresión de perplejidad. Me costó algunos minutos entender la razón o la utilidad de aquel comportamiento; pero claro, el modo, aparentemente inútil, en el que las nuevas generaciones usan también la tecnología, va más allá del intercambio de información. Con las tecnologías de la movilidad, que nos regalan el control sobre el tiempo y el espacio, los chavales experimentan la sensación de estar permanentemente compartiendo su vida. Y eso les gusta.

Mucho ha llovido -seguramente no sea la metáfora más oportuna- desde que en los años 80 los padres con hijos en edad adolescente corrían a matricular a sus retoños en un curso de Basic porque prometía ser el pasaporte para conseguir un puesto de trabajo en la era de la legendaria cifra de los tres millones de parados; aunque, al final, ¿cuántos de aquellos muchachos programaron alguna vez en Basic?… A groso modo, la intuición no nos falló; aquello era el futuro o, más bien, la puerta que a él se entreabría.

Pronto el teléfono móvil será un mando a distancia de uso general. Con él apuntaremos hacia la máquina expendedora de naranjada y “zas”: un disparo de información, y la lata será lanzada. Móvil y expendedora habrán intercambiado un sinnúmero de datos, pero el asunto no quedará en una simple transacción económica; será todo un tratado de trazabilidad. Aquella lata le contará a nuestro terminal móvil qué día recolectaron el 0,02% de naranja que hay en su interior, le dará todos los detalles sobre el conservante que mantiene increíblemente inalterable ese sabor a auténtica naranja y le informará de la referencia del colorante que aporta al susodicho brebaje, un tono más genuino que el del propio fruto yaciendo en el árbol; tal vez, también proporcione al usuario la dirección electrónica del químico que propuso incluir el componente número 52 porque no acababa de ver claro que los 51 que llevaba fueran suficientes. Quien sabe, si el consumidor le «e-abruma» con reflexiones sobre lo irrelevante que resulta para él el color de aquel líquido y, por el contrario, su interés por preservar el organismo de sustancias no saludables, se percate de que existen otros intereses más allá de las paredes de su laboratorio. Entonces, quizás transmita esa desconcertante inquietud al departamento de marketing que, a su vez, ya se olía algo así porque el becario recién incorporado a la plantilla es weblogger de una bitácora que congrega a varias decenas de personas indignadas por la inacabable lista de ingredientes de las latas de bebida refrescante.

Ha tenido lugar una propagación simultánea de la cultura del mensaje de texto, una curiosa canalización de la comunicación que, en la mayoría de ocasiones, ni siquiera supone un intercambio real de información

BLOQUE 2

Hace tiempo que el medio dejó de ser el mensaje. Primero, dejamos de asombrarnos y nos creímos capaces de casi todo, en materia tecnológica. El objeto emisor ya no es, en sí mismo, sorpresivo y eso lo saben bien los fabricantes, a quienes les cuesta horrores ingeniárselas para que caigamos rendidos ante el producto, porque el camino de la multiplicación de funciones se ha recorrido y explorado sobradamente, y hoy esa misión, la de sorprender, les ha sido delegada a los departamentos de marketing.

…Y a propósito del generador por excelencia de referentes culturales, la publicidad, ésta se ha quedado a gusto con su última hazaña, urdida con extraordinario dominio de la mercadotecnia y mayor poderío, gracias a la cual una mañana amanecimos, como si del mismísimo Día de Reyes se tratara, curiosamente inundados de “emes” en verde fosforito. Desde entonces, todo cuanto ocurre a nuestro alrededor lleva el sello, ya inconfundible, de la operadora en cuestión. Una campaña sin precedentes que, además, se ha fusionado, entre otras muchas cosas, con otro fenómeno del marketing, en este caso, cinematográfico, en el que un filme galáctico de complicado entramado de capítulos que se preceden y se suceden desconcertantemente, ha contado con una inversión en promoción que ha supuesto un extraordinario porcentaje de su coste total de producción. A golpe de GRP estos poderos logotipos acabarán instalándose en las mentes de nuestros jóvenes (de igual modo que lo hiciera un popular refresco de cola desde que nos dijeron, por activa y por pasiva, que era “la chispa de vida”), pasando a formar parte de esa maraña icónica que condiciona nuestras estéticas y que va más allá del atuendo para venir a constituir parte de nuestras vivencias.

La comunicación publicitaria es una producción cultural que rescribe los valores sociales y, aunque no transforma la sociedad, sí genera significados mediante procesos simbólicos que influyen sobre las acciones, situaciones, identidades y emociones. Hoy, la creación publicitaria utiliza el concepto tecnológico como recurso de persuasión y convierte sus instrumentos en símbolos culturales, construyendo, bajo la noción de “multimedia”, una nueva categoría urbana y nuevos modos de vida, en una sociedad que gira alrededor de la comunicación. Todo ello, por supuesto, encaminado a determinar la ocupación y el consumo durante el tiempo de ocio.

La amistad, una de las variables más destacadas en la construcción juvenil, es elemento retomado por la publicidad para ofrecerle al joven el contexto en el que usar la oferta multimedia, y hoy miles de jóvenes tecnoexpertos construyen su identidad en torno al teléfono móvil.

Pero el fenómeno del teléfono móvil va más allá. Suele ocurrir, cada vez más, que los usuarios finales hacen un uso de la tecnología de modos imprevistos por sus inventores y, en este sentido, ha tenido lugar una propagación simultánea de la cultura del mensaje de texto, una curiosa canalización de la comunicación que, en la mayoría de ocasiones, ni siquiera supone un intercambio real de información.

El caso es que la telefonía de bolsillo constituye un fenómeno sociológico que está estableciendo sus propios códigos entre la juventud. El móvil es, además, un elemento de expresión, a través del cual el sujeto muestra su personalidad, decorando la carcasa, eligiendo los fondos de pantalla o a través de las melodías.

Los distintos modos en los que actualmente es posible la transmisión de la comunicación han dado origen a novedosas maneras de relacionarse y a subculturas, que abarcan desde nuevas adicciones a nuevas formas en el cortejo entre adolescentes.

No es difícil entender el porqué de la implantación de la telefonía móvil entre los jóvenes; ésta les brinda un nuevo espacio para la comunicación privada, para la intimidad; les permite comunicarse con sus amigos fuera del ámbito controlado por los padres en un momento de consolidación de su identidad como miembros de un grupo.

El fenómeno SMS ha generado costumbres, normas sociales y terminología propias. Con las nuevas tecnologías desaparecen las dificultades del primer acercamiento, en esta generación de hijos únicos que no han tenido la posibilidad de practicar desde la infancia la comunicación con sus iguales de manera continuada. Los mensajes de texto son menos comprometidos que el intercambio verbal; es un alivio para la timidez de muchos adolescentes, del mismo modo que lo es el uso del Messenger, en el que asombrosamente un chaval es capaz de mantener 10, y hasta 20 conversaciones a la vez, y entre ellas resulta muy significativo observar cómo se alterna el intercambio de mensajes entre coetáneos en ese incomprensible pero sobre todo, impronunciable código consonántico que nos sitúa en el imperio de la comunicación textual, con otros entre el muchacho y tíos, e incluso jóvenes abuelos los que, por los pelos, no han quedado fuera del universo multimedia.

Sin duda, existen riesgos, tal como revelan las conclusiones del recién publicado informe del Defensor del Menor de Madrid, que arroja el escalofriante dato de que el 38% de los menores con móvil padece adicción. Comunicarse compulsivamente, desde la soledad, con una comunidad virtual que cobra forma en la mente del joven (que se ha convertido en víctima de una sociedad de esclavos del trabajo, que le obliga a pasar largas horas solo en casa al salir del instituto), le lleva a entrar en un estado de ansiedad cuando recibe menos mensajes de lo habitual y a medir por ese rasero su nivel de popularidad.

Subsanar el error cometido con la máxima de esquivar la frustración, implica trabajar desde edades muy tempranas la demora de la gratificación. El psicólogo W. Mischel llevó a cabo un experimento con niños de 4 años en el que se les dejó, individualmente, unos minutos solos ante la posibilidad de coger un caramelo, o esperar el regreso del monitor que recompensaría su espera con un dulce adicional. Posteriormente, Mischel hizo un seguimiento de los niños y observó que los que resistieron a la tentación de comerse el caramelo, toleraban mejor la presión, eran más autónomos, más responsables, más queridos por sus compañeros y mejor adaptados en el medio escolar que los otros. Años más tarde, se comprobó que los niños que cogieron y comieron el caramelo, eran adultos con vidas más inestables tanto en lo laboral como en lo personal. De modo que, si su hijo alguna vez ha preferido dosificarse una bolsa de dulces a lo largo de la semana, o si, en un día de lluvia, opta por reservar sus nuevos zapatos para no destrozarlos a las primeras de cambio, sepa que será menos proclive a sucumbir ante las adicciones que a lo largo de la vida le acecharán.

Volviendo a las tribus del mensaje de texto, conviene señalar que éstas no están aisladas, y que el uso del móvil no sólo es generador de actos individuales; con frecuencia, los mensajes se escriben y se leen colectivamente. Además, los juegos para usuarios múltiples en terminales de tercera generación que incorporan servi cios móviles con localizador espacial, han dado origen a grupos de chicos recorriendo la ciudad e interactuando no sólo en el espacio virtual sino en el físico, lo que está alumbrando nuevas formas de ocio, distintas a las previstas por los urbanistas de turno y desligadas de los espacios e infraestructuras creados para ellos por los «expertos en la materia»…

La tercera generación de teléfonos móviles, que nos pone internet en el bolsillo, no supondrá un modo de hacer lo mismo en movimiento, sino una vía para hacer cosas que antes eran imposibles, de modo que el mayor reto lo tienen ahora las empresas que introduzcan las tecnologías de localización, porque deberán cambiar su manera de afrontar el negocio y realizar una profunda reflexión sobre cómo utilizar dichas tecnologías.

Hoy los ciudadanos se han lanzado a usar la tecnología bajo sus propias pautas, que huyen de reglas y convencionalismos, con el objetivo de dar salida a sus intereses y necesidades de manera intuitiva y espontánea, y con el altruismo como telón de fondo; todo lo cual redunda en una mejora del capital social de nuestra especie. Así, proliferan las weblogs o bitácoras, que desde la guerra de Irak se han convertido en referente al que los medios de comunicación permanecen muy atentos por constituir verdaderos catalizadores y generadores de corrientes de opinión y, por tanto, alternativas a las fuentes de información oficiales. Los webloggers dedican su tiempo a estos diarios digitales tan solo por el placer de comunicarse, de compartir conocimiento, opiniones y sensaciones…

Familias enteras se reúnen virtualmente desde distintos puntos del planeta, vía webcam, con mayor frecuencia de lo que lo hacían cuando vivían todos en la misma ciudad.

Otro ejemplo de utilización de la tecnología para el crecimiento personal con el intercambio de experiencias -en este caso, literarias- y con esta nueva excitación de pertenecer a una comunidad diluida en el espacio, es el bookcrossing, una ingeniosa y divertida idea, en la práctica, casi un juego de rol, que tiene por objeto liberar libros en la calle y seguir su pista a través de internet; sus miembros, tras leer un libro, lo dejan en cualquier rincón de la ciudad después de registrarlo en una página web; quien lo encuentra -y sabe de qué va, claro…- lo lee, lo registra en la web, hace sus comentarios y le concede, de nuevo, la libertad… En el site en cuestión también se convocan liberaciones controladas y «cacerías». Se trata de una filosofía basada en la honestidad de todos sus miembros y en la confianza mutua.

Las comunidades Wi Fi están estableciendo culturas alternativas; microsociedades que también se fundamentan en la colaboración desinteresada, por parte de aquellos que actúan como nodos, y que fomentan la solidaridad, sirviendo de plataforma para experiencias de cooperación como, por ejemplo, los bancos de tiempo.

El ser humano ha descubierto un nuevo goce en el acto de la comunicación, en el que prima el valor de sentir nuevas sensaciones, de conocer otras opiniones, tornándose aquella un espacio donde saciar la creciente sed de autenticidad y de autorrealización por la vía de la contribución a la sociedad; una sociedad de la que sabíamos que había más gente con intereses comunes a los nuestros, pero que hoy, y gracias a la tecnología, podemos, además, sentirlo.

En la era «sin cables», en la que toda la humanidad convive virtualmente y permanece informada en tiempo real, el planeta, que se sume en una marea de intercambio de ideas, parece encogerse y, de algún modo, eso genera un sentimiento de responsabilidad sobre el mismo. Ahora sí que hemos convertido el mundo en una aldea global.

Son las diez de la noche. Ya ha apagado la luz. La doceañera hace “una perdida” a cada una de sus cinco mejores amigas. Y cierra los ojos. No hace falta hablar, ni tan siquiera escribir. Se trata, tan solo, de sentir…; sentir que alguien está pensando en ti.

Editorial. En este número les ofrecemos un informe especial (…)

Editorial. En este número les ofrecemos un informe especial (...)
EDITORIAL 

En este número les ofrecemos un informe especial dedicado a la distribución. Lo hemos titulado “Su turno”, y es que ustedes son, precisamente, actores y promotores fundamentales de la marcha, no sólo del sector, sino de la economía nacional. Todos vivimos pendientes de la macroeconomía, con grandes cifras tan difíciles de pronunciar como de imaginar, sin embargo, son muchos los pequeños fenómenos que inciden y determinan las magnitudes “de portada”.
Cuentan que el dueño de un pequeño y exitoso bar de carretera envió al hijo a formarse en las mejores universidades del nuevo y viejo continente; el muchacho regresó anunciando la llegada de una época de recesión y, el padre, aconsejado por el hijo, dejó a un lado su sentido común y su experiencia ante la contundencia de tan nefastas perspectivas, y redujo gastos. Menguó la iluminación de su local, cambió la suavidad de la servilleta de tela por la aspereza de la de papel y cribó a sus proveedores, siempre supervisado por las sabias sugerencias del flamante “masterizado”. Pronto dejaron de detenerse vehículos y hasta los clientes incondicionales espaciaron sus visitas. El hombre quedó verdaderamente asombrado de lo certero de la predicción…
Llegó la hora de apostar, y fuerte. Hoy no valen medias tintas. Ya saben que en esto de la economía, el consumo lo es todo. Me acuerdo ahora de los mensajes publicitarios con los que el gobierno americano empapelaba sus ciudades tras la depresión económica de 1929, “compre ahora, lo necesite o no” o “ponga en marcha su fábrica tenga o no pedidos”; la reactivación de la economía nacional dependía de que los ciudadanos entraran de nuevo en una dinámica de consumo.
¿Cuánto tiempo llevamos oyendo los pronósticos sobre el estallido de la supuesta burbuja inmobiliaria? Desde luego, es posible que el precio de la vivienda acabe cayendo de tanto decirlo. El anuncio de ciclos de recesión asusta al consumidor inmovilizándole de tal modo que no sólo renuncia a consumir, sino que, además, cesa ipso facto de invertir, y acalla todo impulso emprendedor, para venir a instalarse en una actitud de huida del riesgo. Así que si todo esto es una estrategia de quien sea para evitar la inflación y el endeudamiento y estimular el ahorro, se equivoca de medio a medio.
En efecto, el precio del crudo permanentemente al alza y los continuos incrementos en el coste de las materias primas, vienen marcando la pauta de los mercados, pero de estudiar qué hacen con sus márgenes ya se encargarán los fabricantes, por la cuenta que les trae y la competencia que les rodea; la globalización les ha otorgado más cartas para culminar con éxito su partida, aunque, eso sí, el juego se haya vuelto más complejo. Por de pronto, el crecimiento del PIB en 2004 fue del 2,7% y en ello tuvo mucho que ver el buen comportamiento del consumo y de la construcción, que siguen siendo el motor de nuestra economía.
Aprovechemos ese rasgo que parece caracterizar a los españoles, que tendemos a resistirnos a dar crédito a los anuncios catastrofistas en materia económica. Es hora de jugarse el todo por el todo. Nos digan lo que nos digan sobre la crisis, no dejen que el consumidor -ni sus empleados- les vean caídos en el desánimo; todo lo contrario: inviertan, inunden sus escaparates con productos apetecibles, regalen sonrisas a sus clientes, abran su tienda a la calle y atraigan al transeúnte con todo tipo de animación, sorpréndanle. No puede fallar. El vigor de la actividad económica del país no depende de la ingeniería financiera diseñada en los despachos de las altas esferas del poder, ni de los tortuosos vaivenes de la política. Depende, en buena medida, de usted.
Cuanto nos rodea, para llegar a convertirse en realidad primero fue imaginado y deseado; de este modo, ambos ingredientes, imaginación y deseo, se erigen en premisas ineludibles para el éxito de su empresa. Muchos llevan demasiado tiempo abandonándose al azar en la convicción de que no es en su mano donde se halla el remedio para un negocio que no prospera, sin caer en la cuenta de que ante una situación de estancamiento es necesario provocar procesos transformadores, cambiar las circunstancias que nos rodean, atreverse a tirar por la borda los viejos métodos y sustituirlos por otros nuevos, más imaginativos, y aprovechar lo aprendido en cada uno de los errores cometidos.
Más de una década de vida había cumplido ya el amplio local que albergó un comercio de electrodomésticos y menaje de alta gama en mi barrio; a lo largo del tiempo se asoció y desasoció sin acabar de encontrar su lugar, para acabar viniéndose a menos irremediablemente. Cuatro meses han pasado desde el aterrizaje de un nuevo establecimiento perteneciente a un importante grupo de compra a una manzana de distancia, y el comercio en cuestión ya ha cerrado sus puertas. El propietario piensa que, para colmo de sus desdichas, la fatalidad le fue a poner la susodicha tienda en su territorio. Una atención correcta, aunque algo empalagosa; un local amplio y luminoso, limpio y bien pintado; un producto que daba el pego tras una enorme vitrina; y, sin embargo, algo en el ambiente era… rancio…
El dueño de la tienda nunca formó a sus empleados, no modernizó el local ni buscó modos de atraer o fidelizar a la clientela. No varió ni un ápice su manera de funcionar y permaneció así mientras a su alrededor todo evolucionaba. Ni el patrón ni la dependencia, como el hombre de la fábula con que se abría este texto, piensan que su desplome ha tenido algo que ver con ellos. Sin embargo, el éxito o el fracaso de un negocio, casi nunca se debe a factores externos. Mónica Daluz /
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Jerarquía plana ¿Adiós al mundo vertical?

Jerarquía plana
OPINIÓN 

Hubo una época en la que, por las reminiscencias de una sociedad clasista, cada grupo de poder adquisitivo estaba ligado a un canal de distribución. El colmo de los absurdos venía cuando el individuo se autoprestigiaba cuanto más caro compraba. Por fortuna para la mayoría, tales juicios han pasado a mejor vida y hoy, la compra barata es compra inteligente.
Pero retrocedamos en el tiempo y desgranemos los referentes y modus vivendi de una época diseñada y recreada en vertical.
Para situarnos, y salvo excepciones; era la época en la que, el hecho de que una mujer casada trabajara era poco menos que una vergüenza, sobre todo para el esposo, que sentía una extraña y ancestral presión socio-familiar para asumir la manutención de la fémina de por vida lo que, casi, le
aseguraba lo que ellos llamaron fidelidad, para definir la dependencia. Por lo que a ellas respecta, la mayoría descubrió demasiado tarde que ser una mantenida -en el buen sentido- no resultó, a fin de cuentas, ningún chollo; más bien se convirtió en una guerra de autoestimas: a más medrar de los esposos, más se resentía la autoestima de ellas y en idéntica proporción se afianzaban los roles de poder y obediencia. En esos mismos años imperaba la inmovilidad laboral; el trabajo para toda la vida en una
concepción de la empresa como ente protector, (hasta que la crisis de los 80 demostró que ni el Estado ni la empresa son mecenas para siempre). Tiempos, en fin, en los que las apariencias y los tabúes conformaban entornos asfixiantes que generaron vidas fracasadas.
Arriba: el Estado, la Iglesia, las normas, la tradición y el “qué dirán”; abajo, la gente corriente capeando con mayor o menor fortuna las trabas que el poder había ido instalando a la felicidad. En esos días, y por lo que a actitudes de consumo respecta, tan acostumbrada estaba la ciudadanía a ser guiada y dirigida, que la exclusividad de la decisión de compra de bienes duraderos la ostentaba el comerciante, quien era considerado un experto, y conocedor omnisciente de los pormenores de cada producto y de las vicisitudes de las marcas. Además, sabía exactamente qué venderle a cada cliente al minuto y medio de observar su comportamiento, desde el momento mismo en que desaceleraba el paso para dirigir su mirada hacia la oferta del escaparate. Mónica Daluz /
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OPINIÓN

Jerarquía plana ¿Adiós al mundo vertical?

Mónica Daluz

Hubo una época en la que, por las reminiscencias de una sociedad clasista, cada grupo de poder adquisitivo estaba ligado a un canal de distribución. El colmo de los absurdos venía cuando el individuo se autoprestigiaba cuanto más caro compraba. Por fortuna para la mayoría, tales juicios han pasado a mejor vida y hoy, la compra barata es compra inteligente.

Pero retrocedamos en el tiempo y desgranemos los referentes y modus vivendi de una época diseñada y recreada en vertical.

Para situarnos, y salvo excepciones; era la época en la que, el echo de que una mujer casada trabajara era poco menos que una vergüenza, sobre todo para el esposo, que sentía una extraña y ancestral presión socio-familiar para asumir la manutención de la fémina de por vida lo que, casi, le aseguraba lo que ellos llamaron fidelidad, para definir la dependencia. Por lo que a ellas respecta, la mayoría descubrió demasiado tarde que ser una mantenida -en el buen sentido- no resultó, a fin de cuentas, ningún chollo; más bien se convirtió en una guerra de autoestimas: a más medrar de los esposos, más se resentía la autoestima de ellas y en idéntica proporción se afianzaban los roles de poder y obediencia. En esos mismos años imperaba la inmovilidad laboral; el trabajo para toda la vida en una concepción de la empresa como ente protector, (hasta que la crisis de los 80 demostró que ni el Estado ni la empresa son mecenas para siempre). Tiempos, en fin, en los que las apariencias y los tabúes conformaban entornos asfixiantes que generaron vidas fracasadas.

Arriba: el Estado, la Iglesia, las normas, la tradición y el “qué dirán”; abajo, la gente corriente capeando con mayor o menor fortuna las trabas que el poder había ido instalando a la felicidad. En esos días, y por lo que a actitudes de consumo respecta, tan acostumbrada estaba la ciudadanía a ser guiada y dirigida, que la exclusividad de la decisión de compra de bienes duraderos la ostentaba el comerciante, quien era considerado un experto, y conocedor omnisciente de los pormenores de cada producto y de las vicisitudes de las marcas. Además, sabía exactamente qué venderle a cada cliente al minuto y medio de observar su comportamiento, desde el momento mismo en que desaceleraba el paso para dirigir su mirada hacia la oferta del escaparate.

En esa coyuntura de verticalidad irrumpió el hipermercado y la ciudadanía pareció ser abducida por aquel interminable aluvión de víveres y nuevos enseres para el hogar. Ahí comenzó todo. La masificación de la producción, de la distribución y, claro, del consumo. Todos comenzamos a ser un poco más iguales…

Aquellos hombres y mujeres de los 70 quisieron ser modernos y se abalanzaron sobre los productos congelados y todo tipo de alimentos envasados, semipreparados o a punto para servir a golpe de microondas. También entonces entraron en nuestro hogar pequeños aparatos electrodomésticos que hacían las delicias de toda la familia, y la hoy casi olvidada freidora se convirtió en la reina de la cocina viniéndose a imponer la “cultura del frito” que a tantos cirujanos plásticos benefició años más tarde.

Algunos, es cierto, se pasaron de la raya hasta el punto de que algunas mamás primerizas tomaron la lactancia materna como una esclavitud, y pusieron remedio químico a tan discriminadora imposición de la naturaleza, alentadas por los incipientes grupos feministas y por una corriente de la pediatría que abogaba por no sucumbir ante el implacable llanto del recién llegado bajo el absurdo supuesto de malcriar al mocoso…

Hubo otros símbolos de modernidad y progreso, todos ellos relacionados con la macroproducción. Fue la década de “mejor cuanto más grande” ¿Cantidad frente a calidad? Tal vez; de hecho, no fue hasta años más tarde cuando tuvieron lugar las primeras señales de alarma a causa de los efectos de la producción masiva y sin control sobre el medioambiente.

Al otro lado del atlántico, el curso de los acontecimientos se había precipitado años antes, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la generación de jóvenes soldados norteamericanos regresó de la contienda; jóvenes ávidos de recuperar sus vidas, con los sentimientos a flor de piel, y ganas de independizarse y formar sus propias familias. Se crearon cientos de nuevos hogares en las afueras de las ciudades, de manera que devino un radical cambio urbanístico que dio paso a una configuración paisajística que más tarde se convertiría en seña de identidad del american way of live. Nacía la ciudad horizontal, frente a las ciudades en vertical al estilo de Nueva York o Chicago, y con ella los llamados shopping center, como lugares de abastecimiento y de encuentro, semilla del tándem comercio-ocio.

No olvidemos que durante la segunda gran guerra, en los Estados Unidos la mujer tomó las riendas de la producción convirtiéndose en la principal proveedora de mano de obra de la industria nacional, lo que la situó en una posición de igualdad social a la que la mujer española llegaría décadas más tarde. Sin embargo, la peonza gira para todos y, hoy, en Estados Unidos la mujer está entrando en una dinámica que juega en su contra. Analistas de ambos lados del océano observan un fanático retorno a rol tradicional femenino.

Una configuración geográfica mayoritariamente compuesta por pequeñas comunidades ha venido a instaurar la idílica teoría de una estructura familiar tradicional; ya saben, el fin de semana con partido de béisbol del chaval, barbacoa con los vecinos y colecta en la iglesia para la familia cuyo padre-esposo acaba de perder el trabajo… Una comunidad que arropa y protege pero que está resultando ser una trampa para la mujer. En esa categoría de población se inscribe el prototipo de ciudadano más bien rural, de escasa instrucción y poco, o mejor dicho, nada viajado, y a quien los discursos de la clase política intelectual le suena, por lo menos, a chino; y entona mejor con el mensaje «del otro» que, afín de cuentas, es uno de los suyos…

Pero, volvamos a nuestro terreno y a nuestras tierras. Nos habíamos quedado en las vidas de aquellos que se dejaron llevar por la corriente de los acontecimientos. La siguiente generación decidió que no renunciaría al mejor tiempo de su vida por el ascenso de sus sueños; que optaría por vivir de acuerdo con sus convicciones en lugar de con aparente arreglo a las doctrinas de no se sabe muy bien qué o quién; y vio con claridad que su seguridad radicaba en mantenerse competitiva en el mercado laboral a través de la permanente formación, la integración de los nuevos tiempos con sus correspondientes tecnologías, y la flexibilidad mental que requieren los retos que depara el futuro, y no en el servilismo y la gratitud malentendida a la corporación que hizo de sus progenitores adictos al trabajo y a los que la vida se les pasó de largo. Por lo que a la mujer respecta, el abismo es indiscutible. La mujer de hoy ya no quiere ser igual que el hombre, ha redefinido sus roles y se recrea en su feminidad. De eso ya se han dado cuenta los fabricantes; sólo hay que echar un vistazo a la publicidad: de la ñoñería sesentera con mensajes del estilo «¿tu marido aún no te ha comprado la nueva lavadora de ‘fulanito’?», o el look agresivo de los 80 con ejecutivas «aplastahombres», o las estéticas andrógenas de finales de los 90, hemos pasado a apelar sin complejos al rol femenino en toda su extensión. Y al revés, ni la sociedad ni los publicistas ignoran al hombre que desea ir bien perfumado y con un perfecto cutis.

Recapitulando; de esa goma elástica que ha impulsado a toda velocidad de un lado para otro a cada generación, surgió un ciudadano renovado y, cómo no, un nuevo consumidor que, liberado de la estructura piramidal, se hizo infiel y, con ello, conquistó el poder.

En la actualidad, ni los ingresos, ni la cultura, ni la edad condicionan per se, nuestra elección de canal distributivo, y todos nos mezclamos en el supermercado de la periferia, en la tienda de alto standing o en la red. Hoy, padres, hijos y abuelos se reúnen en el centro comercial: mientras unos van al cine, otros hacen la compra y luego, todos se dan cita para comer. En cada acto de compra partimos de cero en función del tipo de producto que vamos a comprar, de cómo y cuánto lo vamos a usar, de si es un capricho o una necesidad, de si es para nosotros o para regalar, de si hemos tenido un mal día o, por el contrario, amaneció una mañana primaveral. En fin, la compra es un compendio de factores racionales y emocionales que, en cualquier caso, nos hace afinar con mayor libertad que antaño nuestro criterio de selección, despojados ya de juicios previos. Bueno, no en todos los casos… Al respecto les contaré una anécdota reveladora. Imaginen un escaparate repleto de turrones, chocolates, todo tipo de dulces y demás delicatessen, como patés de puro hígado de oca francesa o tés de exclusiva selección. Mi amiga entró a comprar unas bolsitas de té mientras su madre, que rondaba los 60, esperaba fuera observando, con mirada interrogante, las delicias de la vitrina. La mujer sólo tomaba café así que pensó que eso del té debía ser un esnobismo de la hija, siempre tan pendiente de su línea y de su salud y la de los suyos, así que dedujo que aquella tienda debía ser una especie de herbolario moderno, una extraña tienda de dietética… Cuando la hija salió del establecimiento la espetó con la siguiente pregunta: “¿todo esto es de régimen?” La hija no podía creer lo que acababa de escuchar, confundir “dietético” con “adelgazante” tiene un pase, pero un barquillo de chocolate con una barrita saciante, era demasiado… Ya ven, los juicios e ideas preconcebidas fuertemente establecidos en la mente del consumidor, constituyen generadores de conjeturas más poderosos que la información procedente del mismísimo sentido de la vista.

Largo y tendido podríamos hablar del proceso de horizontalización de la sociedad, pero acabemos con dos apuntes. Uno viene de la mano de internet y las nuevas tecnologías, que nos ha convertido a todos en receptores y emisores a la vez, como ocurre en el proceso de comunicación real, en contraposición a los medios de masas a que estábamos acostumbrados, que constituyen un sistema de comunicación de un sentido único. Estos nuevos modos de fluir de la información en todas direcciones traerán consigo muchos cambios, entre ellos, un debilitamiento del poder simbólico de los emisores tradicionales, la formación de comunidades virtuales que serán más de pensamiento que de proximidad, o que la ruptura entre generaciones ya no la marcará la edad sino el mayor o menor acceso a la información.

Y una anotación final con respecto al mundo empresarial, que también se ha desjerarquizado ante la ineficacia competitiva de la fórmula del respeto mal entendido. Todo capital humano es tenido en cuenta para gestionar el conocimiento que cada individuo es capaz de aportar y aumentar así lo que ha venido a llamarse el capital intelectual de la empresa. En el marco del conjunto de procesos que rentabilizan los activos intangibles, que son los que verdaderamente tienen la capacidad de generar ventajas competitivas sostenibles en el tiempo, se sitúan acciones como las que llevan a cabo las grandes corporaciones, y otras no tan grandes que están en la línea de la exploración de esos recursos hasta ahora ignorados, que organizan entre sus empleados “concursos de ideas” y les incentivan por ellas.

Mientras en los años 60 las compañías estructuraban al personal de arriba abajo, categorizando físicamente el poder en sentido vertical, hoy, las más modernas empresas nacidas con el sector de las nuevas tecnologías se instalan en oficinas de grandes y diáfanos espacios, y nadie garantiza al visitante que el joven de los vaqueros que acaba de cruzarse en la máquina de café no sea el mismísimo director general…

Hoy son otras las apariencias, tal vez más engañosas, y debemos conformarnos con los pequeños momentos de poder que nos toca vivir, porque la horizontalidad total es pura utopía. Y si no, miremos hacia Roma durante los próximos días; ¿es posible que el futuro defensor de los indefensos proceda del Tercer Mundo? Si así fuera, algo estaría cambiando. Lo veremos.

Surgió un nuevo consumidor que, liberado de la estructura piramidal, se hizo infiel y, con ello, conquistó el poder.

Editorial. Nunca antes ocurrió en la historia de la humanidad (…)

Editorial. Nunca antes ocurrió en la historia de la humanidad
EDITORIAL 

Nunca antes ocurrió en la historia de la humanidad que la oferta fuera superior a la demanda.
En la sociedad del exceso, las organizaciones se enfrentan a una situación novedosa en la que deberán contemplar no sólo el “explotar” sino también el “explorar”, lo que resulta difícil de conjugar en el día a día de la empresa por una evidente cuestión de rentabilidad inmediata.
Además, mientras en la explotación todo el proceso está bajo control, la exploración, por el contrario, funciona por la vía de la prueba y el error. 
Pero en un mercado mundializado como en el que nos hallamos, a la empresa se le hace imprescindible simultanear lo inmediato con lo futuro si no quiere tener sus días contados. Para ello, la clave está en la innovación. Desgranemos, a continuación, este argumento.
La gestión de los contenidos, de la información desbocada que nos acosa y nos penetra irremediablemente, marcará la diferencia en el mundo empresarial. Lograr una productividad informacional con la que generar conocimiento diferencial, en definitiva, saber leer el entorno, las oportunidades, y convertir la información en productos que impacten en dicho entorno, constituye, en estos momentos, el verdadero reto de las empresas.
Hoy, las compañías han logrado unos niveles de productividad difícilmente superables y, sin embargo, tienen ante sí el desafío de averiguar cómo hacer que cada persona gestione adecuadamente la información y multiplique su productividad con herramientas apropiadas.
En este punto, las empresas quedan paralizadas y se enconan en la inercia de utilizar siempre los mismos instrumentos de productividad, ignorando otros más rentables, tan sólo porque nunca los han utilizado.
Es la primera vez que nos encontramos ante un estancamiento en el rendimiento de la tecnología, de manera que urge que las empresas lleven a cabo un cambio de mentalidad, un cambio en la propia concepción de la compañía y su gestión, porque si no se da este proceso de transformación, la incorporación de nuevas tecnologías sirve de muy poco. Mónica Daluz / pdf

Espacio vital ¿Viviendo en clichés?

Espacio vital ¿Viviendo en clichés?
OPINIÓN

El otro día escuché al director de un importante salón sectorial decir, a través de las ondas de una también importante emisora de radio, una solemne tontería. El hombre trataba de ilustrar a la audiencia en relación a la reciente propuesta de edificar pequeñas viviendas de uso unipersonal y, buscando el símil que más se acercara al concepto en cuestión dijo: “es como un loft”. No sé ustedes, pero yo no logro imaginarme un loft en 25 m2.
Como nos hallamos en época de evocaciones, de tratar de arrastrar los referentes más volátiles, esos que apenas podemos dar forma durante unos instantes en nuestra mente, y nos empeñamos en traerlos al mundo de aquí, porque ya no podemos vivir sin exportar nuestros pensamientos a una representación material, somos pasto codiciado por cualquiera que venda no-productos. Y tratándose de vivienda, hoy todos se empecinan en vendernos versatilidad, movilidad, luz, transgresión, vanguardia, naturalidad, polivalencia, urbe, confort y espiritualidad. Mézclelo todo y obtendrá un loft.
Nadie compraría 25 m2 de espacio a precio de oro, pero la mayoría pagaría el doble por comprar todos esos conceptos que hacen referencia, mezcladamente, al espacio exterior y al interior. Que no nos den gato por liebre; un loft es, en sí mismo, un culto al espacio y a la luz. Una vivienda de 25m2 es, sencillamente, un estudio.
El Soho, Tribeca y el Barrio Oeste son los tres barrios neoyorkinos donde se engendró el concepto de loft, en los años 60 y que, en su origen, significó la transformación en viviendas de zonas industriales degradadas o en desuso, que fueron ocupadas clandestinamente por estudiantes y artistas, y en cuyo seno se desarrollaron distintos movimientos artísticos radiales, como el Fluxus, síntesis del Dadá, la Bauhaus y el espíritu Zen; diversidad e improvisación, confluencia de todos los medios de expresión, reivindica el arte-diversión y supone una búsqueda de la renovación del campo artístico, en el que las cosas sencillas de nuestra vida son elevadas a la categoría de obra de arte, aunque de modo más transgresor que lo hiciera el Pop Art, con un Warhol hipnotizado por la sociedad consumista y fascinado por el fenómeno de la reproducción infinita. De hecho, los artistas del movimiento Fluxus pusieron los cimientos del mundo artístico actual, basado en el mestizaje de las ideas y las expresiones. Mónica Daluz /
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OPINIÓN

Espacio vital ¿Viviendo en clichés?

Mónica Daluz

El otro día escuché al director de un importante salón sectorial decir, a través de las ondas de una también importante emisora de radio, una solemne tontería. El hombre trataba de ilustrar a la audiencia en relación a la reciente propuesta de edificar pequeñas viviendas de uso unipersonal y, buscando el símil que más se acercara al concepto en cuestión dijo: “es como un loft”. No sé ustedes, pero yo no logro imaginarme un loft en 25 m2.

Como nos hallamos en época de evocaciones, de tratar de arrastrar los referentes más volátiles, esos que apenas podemos dar forma durante unos instantes en nuestra mente, y nos empeñamos en traerlos al mundo de aquí, porque ya no podemos vivir sin exportar nuestros pensamientos a una representación material, somos pasto codiciado por cualquiera que venda no-productos. Y tratándose de vivienda, hoy todos se empecinan en vendernos versatilidad, movilidad, luz, transgresión, vanguardia, naturalidad, polivalencia, urbe, confort y espiritualidad. Mézclelo todo y obtendrá un loft.

Nadie compraría 25 m2 de espacio a precio de oro, pero la mayoría pagaría el doble por comparar todos esos conceptos que hacen referencia, mezcladamente, al espacio exterior y al interior. Que no nos den gato por liebre; un loft es, en sí mismo, un culto al espacio y a la luz. Una vivienda de 25m2 es, sencillamente, un estudio.

El Soho, Tribeca y el Barrio Oeste son los tres barrios neoyorkinos donde se engendró el concepto de loft, en los años 60 y que, en su origen, significó la transformación en viviendas de zonas industriales degradadas o en desuso, que fueron ocupadas clandestinamente por estudiantes y artistas, y en cuyo seno se desarrollaron distintos movimientos artísticos radiales, como el Fluxus, síntesis del Dadá, la Bauhaus y el espíritu Zen; diversidad e improvisación, confluencia de todos los medios de expresión, reivindica el arte-diversión y supone una búsqueda de la renovación del campo artístico, en el que las cosas sencillas de nuestra vida son elevadas a la categoría de obra de arte, aunque de modo más transgresor que lo hiciera el Pop Art, con un Warhol hipnotizado por la sociedad consumista y fascinado por el fenómeno de la reproducción infinita. De hecho, los artistas del movimiento Fluxus pusieron los cimientos del mundo artístico actual, basado en el mestizaje de las ideas y las expresiones.

Pero ¿Cómo es un auténtico loft? La arquitectura debe mantener el aspecto industrial, conservar los elementos estructurales y constructivos originarios, como vigas de madera, montacargas y acabados de hierro, y mantenerlos a la vista; dos pisos conectados entre sí a través de escaleras sin barandilla; incorporación de luz natural al espacio; escasez de ornamentación en el salón; líneas rectas; y colores fríos, en la gama de los grises y azules. La arquitectura al desnudo es la protagonista del espacio.

Una nueva oleada de cambio parece gestarse a nuestro alrededor. El propósito ha dejado de ser ubicarnos, buscar nuestro lugar en los días que vivimos, y andamos algo achispados, inquietos, por incorporar nuevos conceptos con los que hacernos la vida a media. Se extiende cierta desazón ante la idea de que todo esté inventado, y el dominio del espacio vital parece ser la clave de la nueva conquista de nuestra especie. Es la sublimación de la personalización.

La versatilidad y la movilidad son algunos de los caminos sobre los que se explora. Versatilidad en su expresión más sorpresiva, imaginativa, casi mágica, no por la coacción de la escasez de metros. En este sentido, la arquitectura propone soluciones constructivas ingeniosas que nos liberan del tabicaje, como la posibilidad de colocar estratégicamente los puntos de toma eléctrica y de agua en suelos técnicos. Algunos fabricantes de electrodomésticos se aventuran con el lanzamiento de cerramientos autoestables móviles, convertidos en estructuras por cuyo interior se conducen tubos y cables. La cocina modular, formada por piezas independientes y ampliables, abunda en el concepto de cocina móvil, trasladable a distintos espacios, a modo de escenario transportable concebido para la interacción. Así que, rizando el rizo, hemos superado una fase que parecía ser la panacea en la creación de bienes -la de diseños que buscaban generar experiencias-, y hoy se trabaja en soluciones que permitan al consumidor diseñar su propia experiencia, construir de forma personalizada los espacios hasta ahora ligados forzosamente a las técnicas constructivas tradicionales.

La limpieza y la sencillez en el proceso constructivo, en una cierta idea de “autoservicio”, son otros ingredientes de las tendencias en ejecución de obra. En este sentido, se explora en la eliminación de morteros, con revestimientos de colocación en seco, a través de tornillos, montados en superposición formando “escamas” para evitar, además, los rellenos de las juntas; nuevas soluciones para los espacios intermedios de la vivienda con cerramientos versátiles; o la fachada perfectible, que propone una fachada capaz de evolucionar en el tiempo y adecuarse a las necesidades de los usuarios de la vivienda: a partir de una fachada básica, ofrece la posibilidad de ir incorporando nuevas prestaciones, como dobles carpinterías, protecciones solares, sistemas de captación de energía a través de células fotovoltaicas y control climático.

En fin, los ideólogos de la arquitectura imaginan los hogares del futuro, y en sus fantasías ven con claridad inmaculados operarios acoplando con pulcritud las delicadas piezas de cerámica que revestirán un confortable e impoluto baño, en blanco absoluto. Un abismo separa esta imagen de la escena del peón recién llegado del Magreb con la noble misión de solucionar la papeleta de unos bajos literalmente inundados de excrementos ante un accidental reventón del tubo de desagüe comunitario. Algo no cuadra… Sea como sea, y como desde los tiempos del homo habilis, en esto de la construcción, siempre serán necesarias un par de buenas manos.

El concepto de vivienda donde se simultanean funciones domésticas y profesionales, como consecuencia de las transformaciones sociales, nos aboca al hogar polivalente. Evitar largos desplazamientos, confeccionar un horario propio compatible con otras actividades o la posibilidad de crear un entorno a medida, son hoy objetivos perfectamente factibles. El arribo de la revolución informática nos brindó un nuevo modo de concebir el trabajo, al que, sin embargo, parvo partido estamos sacando. Como siempre, la tradición, los prejuicios y el miedo a lo diferente, hacen acto de presencia. Los cambios nos aterran y aunque todos hablan del teletrabajo y reconocen que constituye una fantástica vía de ahorro de costes para la empresa y que la flexibilidad que conlleva es altamente valorada por el trabador, lo cual redunda en una mayor productividad, pocos se aventuran a dispersar a sus empleados porque, la mayoría, se aferran al concepto caduco de espacio delimitado por paredes y les parece imposible que nos hayamos liberado de él. Mientras, a las nuevas generaciones les resulta inimaginable que sus padres, en su juventud, no pudieran escuchar música o hablar por teléfono en cualquier lugar. Para ellos, la vida es movimiento y no hay acto que esté sujeto a la concreción de un lugar.

Por otra parte, la aplicación del conocimiento científico a la creación de productos útiles para el ser humano, es decir, la tecnología, se desparramará por cada rincón del hogar del futuro. La domótica supone el control definitivo de las prestaciones dentro del hogar, en términos de seguridad, confort, comunicación y ahorro energético. Potentes empresas, que cuentan con el prestigio de marca en gama blanca, están apostando muy fuerte para hacerse con este mercado. Ya nos hemos acostumbrado a que la tecnología aboque a distintos sectores a converger, y también aquí deberán buscarse vías para imbricar los sectores de la construcción y de los dispositivos domóticos.

Sostenibilidad; gran palabra. Además de hacia viviendas multimedia, las tendencias arquitectónicas apuntan hacia la sostenibilidad. Los edificios y la construcción acaparan el 60% del consumo de materiales y energía, y son los responsables de la mitad de los residuos y contaminación que se produce en el planeta, y de ello parece haber tomado buena nota el sector, tratando de impulsar la construcción de viviendas bioclimáticas; aquéllas que sólo mediante su configuración arquitectónica son capaces de satisfacer las necesidades climatológicas de sus habitantes, aprovechando los recursos naturales y evitando el consumo de energías convencionales. Una opción más que razonable en un contexto de crisis energética como el que vivimos.

Crear atmósferas que predispongan al relax y al arte de vivir constituye otro de los anhelos de nuestros días, así que nos invade la decoración inspirada en el minimalismo Zen, basado en la simplicidad; el orden por dentro y por fuera. Paz, silencio, líneas rectas, aromas sutiles, colores neutros, maderas naturales, muebles sencillos hasta el extremo, luz indirecta; todo en perfecto equilibrio para engendrar ambientes que invitan a la meditación.

En definitiva, el loft se perfila como la nueva dimensión de la vivienda a que se aspira, y parece ser la respuesta a los vertiginosos cambios experimentados en el estilo de vida que empujan hacia una necesaria transformación de los espacios en los que se desarrolla la vida cotidiana, y en los que son las superficies las que se adaptan a los distintos modos de vida, y no a la inversa. Este tipo de vivienda constituye un concepto de vida novedoso y distinto donde no importa tanto la intimidad del ambiente como la libertad de circular en una planta en la que todo está al alcance de la mano.

Pero retomemos el asunto de los minipisos. Por lo que se refiere a las zonas y servicios comunitarios que propone, ¿en qué estarían pensando los teóricos de estos nuevos modos de convivencia?¿En el espíritu hippy? ¿En el modelo suizo, con la vecindad cumpliendo al dedillo sus turnos para usar la lavadora comunitaria? ¿O en la solidaridad ante los enormes problemas de soledad que acucian a jóvenes y mayores?

La verdad es que conozco a más de un treintañero, con militancia forzosa en la soltería y con escasas oportunidades de relaciones interpersonales, en permanente búsqueda del lugar ideal para echar raíces; desasosegados y ansiosos por ubicarse en un entorno hostil que vomita indiferencia, piensan que su felicidad depende de la decisión que tomen respecto a su vivienda, en el convencimiento de que un nuevo espacio para vivir les traerá también un nuevo espacio para sentir. Y es que la soledad constituye un errado prisma bajo el que observarse a sí mismo y hoy nuestra sociedad alberga demasiada incomunicación, en buena parte a causa de la configuración urbanística de las ciudades, con densidades de población que crecen desmesuradamente por todo el planeta. Tal vez no sea mala idea compartir espacios para tareas concretas y salpicar cada barrio con un puñado de modernas comunas, a medio camino entre el camping y el apartamento-residencia de la tercera edad. En fin, nunca se sabe; es posible que la amistad más duradera de tu vida nazca junto al tempestuoso sonido del centrifugado de la sala de lavado, o que halles a la que será tu media naranja, al cederle el paso en la puerta del retrete comunitario. Sería un buen método para animar a muchos a aceptar que la autosuficiencia acaba siendo agotadora, y también muy aburrida, y que necesitamos, por lo menos, hablar con otros miembros de nuestra especie, porque el canario y la pantalla del PC están hartos de oírnos y, además, no contestan…

Pero tal vez se trate, simplemente, de una trampa. Como en el más elemental recurso de cualquier serie policíaca, deberemos preguntarnos ¿quién se beneficia con la muerte, en este caso, del espacio vital…? No he oído que en estos habitáculos mínimos el precio del metro cuadrado tenga un valor de mercado diferente del de otras viviendas…

No. Es cierto. El número de metros cuadrados no es directamente proporcional al grado de felicidad, y en la torpeza o la locura de vivir para consumir nos alejamos del objeto de nuestra búsqueda. Pero aquí estamos; en el siglo XXI, con sus grandezas y sus miserias, y dentro de esa dualidad a la que parece estar condenado el hombre de hoy, son muchos los que han hallado el equilibrio utilizando el método aproximativo, es decir, buscar un espacio vital exterior, lo más grande, práctico, cómodo y moderno posible, a pesar de la asfixia de las propensiones especulativas del mercado, de los aires viciados y los ruidos insufribles de nuestras ciudades, o de que, dispuestos a disfrutar de un rato de ocio, al conectar el televisor el destino nunca nos depare un buen reportaje de nuestro tema preferido; y un espacio interior lo más rico y relajado posible, a pesar de los horarios incompatibles, del peso de las responsabilidades, o de los acuciantes recibos hipotecarios contraídos para poder disfrutar de nuestra vivienda ideal, porque, suponemos que, a su vez, su tenencia nos llevará a la realización total de nuestro espacio interior que es, a fin de cuentas, lo más importe.

Así visto parece algo extravagante, incluso desatinado para tratarse de un proyecto vital, pero esas son las paradojas del arte de vivir.

Editorial. Las empresas de electrónica de consumo (…)

Editorial Electrónica de consumo
EDITORIAL 

Las empresas de electrónica de consumo se lanzan a fabricar electrodomésticos para el cuidado personal; una importante marca de productos de gama marrón publicita en televisión sus máquinas de ecografía tridimensional; y podríamos seguir…
Parece que todos buscan sinergias y tantean oportunidades, en estos tiempos en los que aquellas estructuras, ideas y estrategias que han funcionado siempre, de repente, dejan de hacerlo y nadie sabe por qué… Ciertamente, el sector fabril se enfrenta cada día en solitario a las incógnitas de un mercado impredecible, mientras a los gobiernos se les esfuman las fuerzas en debates ideológicos que se apartan de las necesidades reales de la sociedad.
Fabricar y vender productos o servicios, en fin, todo negocio, siempre ha tenido sus riesgos, pero hoy la incertidumbre es aún mayor ¿Por qué ya no se puede apostar sobre seguro? ¿Por qué ya no hay esquemas infalibles?
Tal vez sea porque los mercados son radicalmente distintos y debemos dirigirnos a ellos de una manera también distinta. Por supuesto, el contenido del mensaje publicitario y su lenguaje han cambiado, pero también deben cambiar la forma de presentarlo y los canales a través de los cuales vehicularlo. Pero, sobre todo, hoy el mensaje debe estar respaldado por una sólida realidad que, además, tiene que «sonar» real…
Se ha pasado de una publicidad explicativa a la publicidad de las satisfacciones, los valores y las expectativas. La segmentación de los mercados se ha convertido en la base del branding y aunque la globalización homogeneiza los mercados, fabricantes y creativos se han encargado de combatir la estandarización de los gustos y formas de vivir, atendiendo, en la medida de lo posible, la tendencia hacia la demanda personalizada.
Hace tiempo que se busca la sorpresa; la sorpresa capta nuestra atención y fija el mensaje, pero en la actualidad, además, el emisor busca intrigar al receptor, jugar con él a las adivinanzas. El ciudadano, cuando recibe publicidad no quiere ser tratado como un estúpido. Busca publicidad inteligente. Desea que le reten. La sutilidad, las pistas, el gag… Que impacte, que sea locuaz, aguda y, por supuesto, que emocione. Entre otras cosas porque su bagaje en comunicación visual le otorga una cultura del lenguaje de la imagen que nadie ha medido todavía pero cuya presencia es un hecho que no se puede pasar por alto. Sin embargo, sentados frente al televisor demasiadas veces los spots parecen iguales; unos nos suenan a otros, los recursos creativos se repiten, en fin, que además de interrumpirnos, pocas veces podemos escapar del mimetismo publicitario.
Pero hay algo más que necesidad de creatividad detrás de los nuevos modos de comunicarnos con los mercados. Los géneros audiovisuales se han mezclado y la publicidad se ha convertido en un instrumento de comunicación que muchas veces condiciona el contenido de los medios. También ocurre a la hora de lanzar un producto; el que mejor pueda ser comunicado es el que acabará en la factoría.
Los mercados se están volviendo más inteligentes, están más informados y más organizados. ¿La razón? Intercambian conocimientos vía internet y buscan la información entre sí mismos; los mercados están interconectados P2P. De modo que las compañías se encuentran en la tesitura de tener que abandonar con urgencia la retórica corporativa, el lenguaje artificial, algo pomposo y, en ocasiones, incluso arrogante, para evitar que la credibilidad se desplace hacia otros canales en los que los ciudadanos hablan libremente de las empresas y de los productos. Los consumidores buscan marcas llenas de contenido, respaldadas por empresas que les escuchen y dialoguen con ellos; es posible que de este modo, además, la empresa descubra nuevos factores por los que aquellos estarían dispuestos a pagar más. Se hace imprescindible que la empresa se comunique con
los ciudadanos con franqueza.
Para empezar, las marcas deben considerar en su justa medida el paso intermedio que hay entre el sofá -o sea, el spot de televisión- y la tienda: el vistazo rápido a la web corporativa. De nuevo aquí se obvia, en muchas ocasiones, un elemento clave: las palabras.
¿Por qué las empresas dan de alta sus sitios web en buscadores a través de las palabras clave con las que definen categorías internamente, en lugar de pensar qué palabra utilizará el usuario de internet para buscar la información? Los sitios web reflejan el lenguaje de la empresa en lugar del lenguaje del internauta y quienes deciden los contenidos deben tomar conciencia de que las palabras desencadenan acciones. Hoy hemos superado la fase de «porqué» estar en internet y nos hallamos en la del «cómo» estar; un site ya ha dejado de ser un mero almacén. En la sociedad del conocimiento, en la que el individuo dispone de poco tiempo para escuchar y es asediado por cantidades ingentes de información, la atención de la gente baja, y desbordarles con un exceso de contenido no sólo es una falta de respeto sino también una sandez, ya que como todo buen comerciante sabe, colocar demasiados productos frente al consumidor le aturde y, además, le molesta. Es imprescindible concentrar tiempo y energía para generar valor.
Las empresas tienen en sus manos valiosas herramientas para conocer los mercados, y la información detallada sobre la conducta de la población, minuto a minuto, será cada vez más barata, precisa e inmediata. Pero no podemos olvidarnos de la experiencia y el conocimiento del consumidor del siglo XXI, que, además, también dispone de herramientas adecuadas, presiona con muchas ideas e inquietudes renovadas y, lo más importante: no tiene reglas… Hasta ahora podía desprestigiarnos, y con toda la razón si el producto no estaba a la altura de sus expectativas, pero lo hacía ante familiares y vecinos. Hoy, hablará de nuestra marca a todo el mundo, en el sentido literal de la palabra. Mónica Daluz /
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El estado desorientado ¿quién manda aquí?

El estado desorientado Opinión
OPINIÓN 

La figura del Estado decrece. Hasta ahora mediador y controlador de los intercambios, el Estado pierde protagonismo ante el cambio de la estructura internacional; deja de ser interlocutor, de modo que toda institución u organismo que dirige al Estado sus peticiones, como los sindicatos, se encuentran desfasados.
En muchos casos ha ocurrido que por la identificación que se da entre lo que un país fabrica y los intereses del Estado, éste ha abierto fronteras para que las empresas puedan vender sus excedentes, lo que beneficia tanto a las empresas como a los trabajadores del sector. Cuando las empresas no son competitivas se cierran los mercados y el Estado del Bienestar se vuelve proteccionista, originando políticas de dumping social; situación que se vivió en las décadas de los 70 y los 80.
Hoy, en una situación internacional que aboga por la desregularización y la no intervención de los estados en los mercados, ha venido a darse una política de «dejar hacer». En este entorno, el fenómeno de la deslocalización conduce a una situación de intereses contrapuestos que desorienta al Estado, que no sabe qué intereses defender.
Mientras, los estados receptores favorecen la instalación de empresas extranjeras, pero lo hacen a costa del coste social. El cese del proteccionismo se ha traducido en un incremento del poder de las empresas transnacionales, en detrimento de las empresas pequeñas y medianas de carácter nacional. La empresa transnacional no se halla solamente en el ámbito de la producción, sino que se extiende rápidamente a la comercialización y a los servicios.
Y llegó la nueva economía, pero, ¿en qué se diferencia de la economía mundial? La economía global es capaz de funcionar de forma unitaria en tiempo real o en un tiempo establecido, a escala planetaria; las fronteras se han esfumado pero también lo ha hecho el factor tiempo y ello ha venido, sin duda, de la mano de las tecnologías de la información y la comunicación.
-Es la ley del mercado…-, sentencian los inmovilistas, pero las leyes que impone el mercado son consecuencia de decisiones más o menos prediseñadas. Los agentes motores de las nuevas reglas del juego fueron, en su día, los gobiernos de los países más ricos, con la desregularización de la actividad económica interna, la liberalización del comercio y la inversión internacional, y la privatización de compañías controladas por el sector público; todo ello, al objeto de unificar las economías y dotarlas de un conjunto de normas homogéneas.
Desde entonces, capital, bienes y servicios fluyen en todas direcciones a criterio de… ¿los mercados? Mónica Daluz /
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OPINIÓN

El estado desorientado ¿Quién manda aquí?

Mónica Daluz

La figura del Estado decrece. Hasta ahora mediador y controlador de los intercambios, el Estado pierde protagonismo ante el cambio de la estructura internacional; deja de ser interlocutor, de modo que toda institución u organismo que dirige al Estado sus peticiones, como los sindicatos, se encuentran desfasados.

En muchos casos ha ocurrido que por la identificación que se da entre lo que un país fabrica y los intereses del Estado, éste ha abierto fronteras para que las empresas puedan vender sus excedentes, lo que beneficia tanto a las empresas como a los trabajadores del sector. Cuando las empresas no son competitivas se cierran los mercados y el Estado del Bienestar se vuelve proteccionista, originando políticas de dumping social; situación que se vivió en las décadas de los 70 y los 80.

Hoy, en una situación internacional que aboga por la desregularización y la no intervención de los estados en los mercados, ha venido a darse una política de «dejar hacer». En este entorno, el fenómeno de la deslocalización conduce a una situación de intereses contrapuestos que desorienta al Estado, que no sabe qué intereses defender. Mientras, los estados receptores favorecen la instalación de empresas extranjeras, pero lo hacen a costa del coste social. El cese del proteccionismo se ha traducido en un incremento del poder de las empresas transnacionales, en detrimento de las empresas pequeñas y medianas de carácter nacional. La empresa transnacional no se halla solamente en el ámbito de la producción, sino que se extiende rápidamente a la comercialización y a los servicios.

Y llegó la nueva economía, pero, ¿en qué se diferencia de la economía mundial? La economía global es capaz de funcionar de forma unitaria en tiempo real o en un tiempo establecido, a escala planetaria; las fronteras se han esfumado pero también lo ha hecho el factor tiempo y ello ha venido, sin duda, de la mano de las tecnologías de la información y la comunicación.

-Es la ley del mercado…-, sentencian los inmovilistas, pero las leyes que impone el mercado son consecuencia de decisiones más o menos prediseñadas. Los agentes motores de las nuevas reglas del juego fueron, en su día, los gobiernos de los países más ricos, con la desregularización de la actividad económica interna, la liberalización del comercio y la inversión internacional, y la privatización de compañías controladas por el sector público; todo ello, al objeto de unificar las economías y dotarlas de un conjunto de normas homogéneas. Desde entonces, capital, bienes y servicios fluyen en todas direcciones a criterio de… ¿los mercados?

¿Quién está detrás de la nueva configuración de este sistema económico universal? Si hubo un tiempo en el que los flujos de la demanda y la oferta se equilibraban por las más elementales y ancestrales leyes del intercambio de bienes y servicios, si ese capitalismo era de pura lógica y hasta justo, hoy los intercambios han dejado de ser un fenómeno natural y, precisamente ahora, cuando más libres creemos ser, porque la primera regla de la libertad es la posibilidad de elección y esta sociedad se nos antoja excepcional y abrumadoramente plural, el tipo de interrelaciones establecidas obedece a intereses políticos y económicos particulares. El poder de las compañías multinacionales se acrecienta por momentos, y hasta los estados están, de algún modo, secuestrados por estos grupos de poder. Ahí va un dato: en números redondos, las 500 empresas multinacionales más grandes suman casi el 25% de la producción del mundo y casi la mitad del total del comercio mundial, además, poseen gran parte de la tecnología del mundo y reciben alrededor del 80% de los derechos y royalties tecnológicos. En esta economía globalizada que nos inunda, las nuevas tecnologías de la información han permitido a las multinacionales recoger y difundir conocimientos de modo más eficiente y veloz que en el pasado con la consecuente aceleración del ciclo de desarrollo de un producto nuevo y su introducción en diferentes mercados del mundo. Todo ello no es en sí mismo negativo; la irrupción de las multinacionales fue fruto del natural devenir de los intercambios, y son muchas las sociedades en las que la presencia de estas grandes compañías ha beneficiado a sus ciudadanos laboral y tecnológicamente hablando. Pero ojo a su frenética expansión. El poder de la industria farmacéutica ha provocado situaciones de escándalo y constituye el más claro ejemplo de conocimiento al servicio de intereses particulares. La ingeniería genética aplicada a la producción de semillas destinadas a la alimentación empuja con fuerza, pese a sus detractores, amenazando con monopolizar un tema tan serio como la salud alimentaria o, incluso, la subsistencia de la humanidad, creando, amparados en el derecho de la propiedad intelectual, semillas de un solo uso, buscando, en realidad, la dependencia de los agricultores.

Sin embargo, estas apreciaciones no parecen preocupar a casi nadie, ni siquiera se sobrelleva como daño colateral de la economía global, es más bien como si, en general, la sociedad apartase de sí pensamientos, digamos, ásperos…

En la nueva era del capitalismo, éste, que ha salido airoso de la guerra de las ideologías y hoy, sin rival, se aposenta relajado, cambia su juego, para venir a mostrarse amable y servicial; una nueva era en la que el consumo lo es todo y en la que todo está dispuesto para convencernos de la imprescindibilidad de los objetos que proporciona. Tan sofisticado es el sistema que para mayor rentabilidad crea necesidades globales y nos hace creer, verdaderamente, que somos únicos, a través de la personalización aparente de experiencias de consumo de ocio y productos. Todos -cuantos nos hallamos a este lado de la barrera-, deseamos las mismas cosas, tenemos las mismas cosas y, de algún modo, las vemos distintas a las del vecino. Un sistema que trata de evitar a toda costa la frustración y aparta de sí cuanto enturbie una felicidad permanente, que raya en lo pueril -¡existen empresas en EE.UU. donde el repartidor del correo interno va vestido de Pato Donald!-, y disfraza cuanto la turbe dotando hasta a la sinrazón de una nueva apariencia, una apariencia, eso sí, encantadora. El empeño y la urgencia por controlar cada detalle de nuestras vidas lleva, también en USA, a situaciones que, seguramente, desde Europa nos parecen casi de chiste; allí no son nuevas las CID, urbanizaciones de interés común, es decir, que es posible rodearte de vecinos hechos a tu imagen y semejanza: todos divorciados, todos vegetarianos o todos gays. No tengo conocimiento de agrupaciones de convivencia por criterios de ideología o de personalidad, pero seguro que pronto aparecerán barrios sólo para optimistas.

En la era de la gratificación inmediata, del compromiso político casi nulo y de la trivialidad como telón de fondo, corremos el peligro de no reflexionar sobre cuestiones de las que dependa nuestra propia supervivencia. Emborrachados de distracción y adictos al acopio de cualquier cosa, el sistema nos proporciona el «soma» que vaticinó Aldous Huxley ya en 1932. Llevar el «no te preocupes; sé feliz» hasta el extremo, puede conducirnos, a su vez, al no ser como sociedad. En algunos círculos intelectuales se habla de un cierto atoramiento de la creatividad, con industrias encalladas en el revival, con reversiones de lo ya reversionado, en fin, con el pasado en permanente reedición. En la industria de la electrónica de consumo, aparentemente, en las antípodas de esta situación, el fantasma está por venir y llega de oriente, ofreciendo copias tiradas de precio… ¿Crear, para qué?

¿Quién buscará la última utopía?, aquella en la que la felicidad proceda de la satisfacción de participar y contribuir a los intereses de la colectividad. Si se impone el reino del individualismo y absorbemos la sociedad hasta tragárnosla, si agotamos los recursos como el que dilapida una herencia cuando, en realidad, sólo es suya en calidad de préstamo, pronto no quedará nada de lo que gozar…

Editorial. Fue el patrón de los “telecos”…

Editorial. Fue el patrón de los “telecos"...
EDITORIAL 

Fue el patrón de los “telecos”, San Gabriel, y el sector lo celebró, por cuarto año consecutivo, con una jornada de conferencias. En esta ocasión se habló de “ciudades digitales”, de la sociedad de la información, de las nuevas tecnologías aplicadas a la empresa, y hasta del polémico texto del estatuto de autonomía de Cataluña… Políticos, empresarios patrocinadores y, a Dios gracias, algún que otro representante del mundo universitario, nos deleitaron con sus conferencias más o menos interesantes y más o menos interesadas.
Primero te ponen el caramelo en la boca, cautivándote con las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías en el terreno empresarial. Después apelan a la racionalidad, lanzando porcentajes de ahorro de costes, de incremento de la productividad y de optimización de procesos. Prosiguen plantificando diapositivas con esquemas ininteligibles para que te percates de tu incapacidad para aplicar esas soluciones en tu negocio, así que decides ignorar el diagrama y concentrarte en la disertación; es entonces cuando, con premeditación y alevosía, comienza el desfile de siglas, que unas veces pronuncian en inglés y otras en castellano, para seguir enredando el asunto. Cuando estás pensando que, una vez más, aquella conferencia sólo ha servido para confirmar tus sospechas de que la tecnología, cuanto más se sofistica más se aleja de ti, y llegas a la conclusión de que la tan traída y llevada convergencia tecnológica, por lo que a ti respecta, diverge pavorosamente, el ponente lanza la palabra mágica: «simplicidad». Y piensas: ¡ahora sí; esto es lo que he venido a buscar! Pero el susodicho te explica que el aprovechamiento de aquella tecnología sólo es posible si contratas sus servicios.
El caso es que cuanto más se desarrolla la tecnología y sus aplicaciones, más dependemos de aquellos que las crean o las implementan, y se hace imprescindible el establecimiento de mecanismos de control para que aquella no esté al servicio exclusivo de intereses económicos o, lo que es peor, ideológicos… Por ejemplo, en materia de TDT, forman un trío inseparable en todo tipo de charlas y coloquios (también presentes en las IV Jornadas de las Telecomunicaciones en Cataluña): la Generalitat, con un interés desmedido por impulsar dicha tecnología, sobre la que, ya sin pudor, afirma utilizará como herramienta de promoción de la cultura catalana (aunque debo decir que Carles Salvador, -que acudió a las conferencias en representación de la Administración catalana- declaró en exclusiva para En Línea 2000 que “en ningún caso se vetará la adjudicación de frecuencias a televisiones locales por emitir contenidos en castellano”); Abertis Telecom, gran beneficiada de esta macrooperación, y que cuenta con la más importante red para la difusión y distribución de la señal; y Corporació Catalana de Radio Televisió, la televisión pública catalana.
Intereses aparte, el caso es que el grupito de marras sigue haciendo observaciones que enervan al fabricante: que por qué hay tan pocos televisores con decodificador incorporado, que por qué no bajan los precios de los set top box… ¡Y dale! Pero si los fabricantes fueron los primeros en apostar por esta migración tecnológica y nadie les secundó; ni la administración, por esa natural aversión del poder a los cambios, sobre todo si hay un pastel, el publicitario en este caso, de por medio; ni los creadores de contenidos, que, por lo menos hasta ahora, han permanecido en estado de hibernación… o están trabajando con una confidencialidad absoluta para sorprender a una audiencia cuyo criterio va a ser cada vez más decisivo.
Sea como sea, la cuenta atrás ha comenzado, y ahora sí tenemos encima el “encendido digital”, término que, por aquello de las sutilezas del lenguaje, las autoridades prefieren al de “apagón analógico”.
Pero mientras llega, los fabricantes prueban suerte con la alta definición; obtienen su sello HD Ready y aderezan su oferta con cámaras de vídeo capaces de grabar en HD, lo cual, por otra parte, va a traer una democratización de la producción de contenidos que va a dar mucho que hablar. Los representantes del sector fabril acudieron a los encuentros en cuestión con la HD bajo el brazo, y cual no sería su sorpresa -e indignación- al escuchar cómo, con una finura impecable, la administración y la televisión catalanas rebatieron la idoneidad de apostar por la alta definición. Pero ¿por qué oscuro motivo iba el sector fabril a dotarse de un arsenal de productos preparados para la recepción de contenidos HD? Seguro que no está en su ánimo aprovechar la confusión del consumidor ante la llegada de la televisión digital terrestre, para dejarle creer que la HD y la TDT son más o menos lo mismo y que si no tenemos un aparato con el sello HD Ready no estaremos preparados para el futuro, lo cual es del todo cierto, pues los contenidos producidos en alta definición llegarán precisamente entonces, en el futuro, de momento la producción en este sistema es francamente escasa en toda Europa.
La sensación de confusión y disparidad de criterios se puso de manifiesto en una jornada en la que alcaldes de algunos municipios preguntaban a aquellos hacedores de la televisión que viene, acerca del futuro de las televisiones locales, ya que las frecuencias que se asignen no serán coincidentes con los límites territoriales de las poblaciones, por lo que algunas voces vaticinan la muerte de la verdadera televisión local. A esto se añaden otras problemáticas como los elevados costes del transporte de la señal, inasumibles por las cadenas locales, que, ante esta situación, ya han movido ficha con la creación de una sociedad que agrupa a un buen número de ellas.
En fin, la maraña no se halla solamente en el espectro radioeléctrico y el caos no es sólo de frecuencias; parece que cada uno ve o le conviene ver la realidad desde una óptica diferente y, entre tanto, los espectadores de este enrarecido panorama observan atónitos cómo quienes tienen la responsabilidad de guiar la migración tecnológica del país se mueven en el terreno de las hipótesis. Y es que las nuevas tecnologías nos superan a todos, y hasta en las altas esferas están abrumados ante la variedad de posibilidades que aquellas ofrecen, porque de ellos depende llevarlas a la práctica y, entre otras cosas, tendrán que ingeniárselas para diseñar un nuevo modelo de televisión que, además, sea rentable. Mónica Daluz /
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© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
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