Espacio vital ¿Viviendo en clichés?

Espacio vital ¿Viviendo en clichés?
OPINIÓN

El otro día escuché al director de un importante salón sectorial decir, a través de las ondas de una también importante emisora de radio, una solemne tontería. El hombre trataba de ilustrar a la audiencia en relación a la reciente propuesta de edificar pequeñas viviendas de uso unipersonal y, buscando el símil que más se acercara al concepto en cuestión dijo: “es como un loft”. No sé ustedes, pero yo no logro imaginarme un loft en 25 m2.
Como nos hallamos en época de evocaciones, de tratar de arrastrar los referentes más volátiles, esos que apenas podemos dar forma durante unos instantes en nuestra mente, y nos empeñamos en traerlos al mundo de aquí, porque ya no podemos vivir sin exportar nuestros pensamientos a una representación material, somos pasto codiciado por cualquiera que venda no-productos. Y tratándose de vivienda, hoy todos se empecinan en vendernos versatilidad, movilidad, luz, transgresión, vanguardia, naturalidad, polivalencia, urbe, confort y espiritualidad. Mézclelo todo y obtendrá un loft.
Nadie compraría 25 m2 de espacio a precio de oro, pero la mayoría pagaría el doble por comprar todos esos conceptos que hacen referencia, mezcladamente, al espacio exterior y al interior. Que no nos den gato por liebre; un loft es, en sí mismo, un culto al espacio y a la luz. Una vivienda de 25m2 es, sencillamente, un estudio.
El Soho, Tribeca y el Barrio Oeste son los tres barrios neoyorkinos donde se engendró el concepto de loft, en los años 60 y que, en su origen, significó la transformación en viviendas de zonas industriales degradadas o en desuso, que fueron ocupadas clandestinamente por estudiantes y artistas, y en cuyo seno se desarrollaron distintos movimientos artísticos radiales, como el Fluxus, síntesis del Dadá, la Bauhaus y el espíritu Zen; diversidad e improvisación, confluencia de todos los medios de expresión, reivindica el arte-diversión y supone una búsqueda de la renovación del campo artístico, en el que las cosas sencillas de nuestra vida son elevadas a la categoría de obra de arte, aunque de modo más transgresor que lo hiciera el Pop Art, con un Warhol hipnotizado por la sociedad consumista y fascinado por el fenómeno de la reproducción infinita. De hecho, los artistas del movimiento Fluxus pusieron los cimientos del mundo artístico actual, basado en el mestizaje de las ideas y las expresiones. Mónica Daluz /
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OPINIÓN

Espacio vital ¿Viviendo en clichés?

Mónica Daluz

El otro día escuché al director de un importante salón sectorial decir, a través de las ondas de una también importante emisora de radio, una solemne tontería. El hombre trataba de ilustrar a la audiencia en relación a la reciente propuesta de edificar pequeñas viviendas de uso unipersonal y, buscando el símil que más se acercara al concepto en cuestión dijo: “es como un loft”. No sé ustedes, pero yo no logro imaginarme un loft en 25 m2.

Como nos hallamos en época de evocaciones, de tratar de arrastrar los referentes más volátiles, esos que apenas podemos dar forma durante unos instantes en nuestra mente, y nos empeñamos en traerlos al mundo de aquí, porque ya no podemos vivir sin exportar nuestros pensamientos a una representación material, somos pasto codiciado por cualquiera que venda no-productos. Y tratándose de vivienda, hoy todos se empecinan en vendernos versatilidad, movilidad, luz, transgresión, vanguardia, naturalidad, polivalencia, urbe, confort y espiritualidad. Mézclelo todo y obtendrá un loft.

Nadie compraría 25 m2 de espacio a precio de oro, pero la mayoría pagaría el doble por comparar todos esos conceptos que hacen referencia, mezcladamente, al espacio exterior y al interior. Que no nos den gato por liebre; un loft es, en sí mismo, un culto al espacio y a la luz. Una vivienda de 25m2 es, sencillamente, un estudio.

El Soho, Tribeca y el Barrio Oeste son los tres barrios neoyorkinos donde se engendró el concepto de loft, en los años 60 y que, en su origen, significó la transformación en viviendas de zonas industriales degradadas o en desuso, que fueron ocupadas clandestinamente por estudiantes y artistas, y en cuyo seno se desarrollaron distintos movimientos artísticos radiales, como el Fluxus, síntesis del Dadá, la Bauhaus y el espíritu Zen; diversidad e improvisación, confluencia de todos los medios de expresión, reivindica el arte-diversión y supone una búsqueda de la renovación del campo artístico, en el que las cosas sencillas de nuestra vida son elevadas a la categoría de obra de arte, aunque de modo más transgresor que lo hiciera el Pop Art, con un Warhol hipnotizado por la sociedad consumista y fascinado por el fenómeno de la reproducción infinita. De hecho, los artistas del movimiento Fluxus pusieron los cimientos del mundo artístico actual, basado en el mestizaje de las ideas y las expresiones.

Pero ¿Cómo es un auténtico loft? La arquitectura debe mantener el aspecto industrial, conservar los elementos estructurales y constructivos originarios, como vigas de madera, montacargas y acabados de hierro, y mantenerlos a la vista; dos pisos conectados entre sí a través de escaleras sin barandilla; incorporación de luz natural al espacio; escasez de ornamentación en el salón; líneas rectas; y colores fríos, en la gama de los grises y azules. La arquitectura al desnudo es la protagonista del espacio.

Una nueva oleada de cambio parece gestarse a nuestro alrededor. El propósito ha dejado de ser ubicarnos, buscar nuestro lugar en los días que vivimos, y andamos algo achispados, inquietos, por incorporar nuevos conceptos con los que hacernos la vida a media. Se extiende cierta desazón ante la idea de que todo esté inventado, y el dominio del espacio vital parece ser la clave de la nueva conquista de nuestra especie. Es la sublimación de la personalización.

La versatilidad y la movilidad son algunos de los caminos sobre los que se explora. Versatilidad en su expresión más sorpresiva, imaginativa, casi mágica, no por la coacción de la escasez de metros. En este sentido, la arquitectura propone soluciones constructivas ingeniosas que nos liberan del tabicaje, como la posibilidad de colocar estratégicamente los puntos de toma eléctrica y de agua en suelos técnicos. Algunos fabricantes de electrodomésticos se aventuran con el lanzamiento de cerramientos autoestables móviles, convertidos en estructuras por cuyo interior se conducen tubos y cables. La cocina modular, formada por piezas independientes y ampliables, abunda en el concepto de cocina móvil, trasladable a distintos espacios, a modo de escenario transportable concebido para la interacción. Así que, rizando el rizo, hemos superado una fase que parecía ser la panacea en la creación de bienes -la de diseños que buscaban generar experiencias-, y hoy se trabaja en soluciones que permitan al consumidor diseñar su propia experiencia, construir de forma personalizada los espacios hasta ahora ligados forzosamente a las técnicas constructivas tradicionales.

La limpieza y la sencillez en el proceso constructivo, en una cierta idea de “autoservicio”, son otros ingredientes de las tendencias en ejecución de obra. En este sentido, se explora en la eliminación de morteros, con revestimientos de colocación en seco, a través de tornillos, montados en superposición formando “escamas” para evitar, además, los rellenos de las juntas; nuevas soluciones para los espacios intermedios de la vivienda con cerramientos versátiles; o la fachada perfectible, que propone una fachada capaz de evolucionar en el tiempo y adecuarse a las necesidades de los usuarios de la vivienda: a partir de una fachada básica, ofrece la posibilidad de ir incorporando nuevas prestaciones, como dobles carpinterías, protecciones solares, sistemas de captación de energía a través de células fotovoltaicas y control climático.

En fin, los ideólogos de la arquitectura imaginan los hogares del futuro, y en sus fantasías ven con claridad inmaculados operarios acoplando con pulcritud las delicadas piezas de cerámica que revestirán un confortable e impoluto baño, en blanco absoluto. Un abismo separa esta imagen de la escena del peón recién llegado del Magreb con la noble misión de solucionar la papeleta de unos bajos literalmente inundados de excrementos ante un accidental reventón del tubo de desagüe comunitario. Algo no cuadra… Sea como sea, y como desde los tiempos del homo habilis, en esto de la construcción, siempre serán necesarias un par de buenas manos.

El concepto de vivienda donde se simultanean funciones domésticas y profesionales, como consecuencia de las transformaciones sociales, nos aboca al hogar polivalente. Evitar largos desplazamientos, confeccionar un horario propio compatible con otras actividades o la posibilidad de crear un entorno a medida, son hoy objetivos perfectamente factibles. El arribo de la revolución informática nos brindó un nuevo modo de concebir el trabajo, al que, sin embargo, parvo partido estamos sacando. Como siempre, la tradición, los prejuicios y el miedo a lo diferente, hacen acto de presencia. Los cambios nos aterran y aunque todos hablan del teletrabajo y reconocen que constituye una fantástica vía de ahorro de costes para la empresa y que la flexibilidad que conlleva es altamente valorada por el trabador, lo cual redunda en una mayor productividad, pocos se aventuran a dispersar a sus empleados porque, la mayoría, se aferran al concepto caduco de espacio delimitado por paredes y les parece imposible que nos hayamos liberado de él. Mientras, a las nuevas generaciones les resulta inimaginable que sus padres, en su juventud, no pudieran escuchar música o hablar por teléfono en cualquier lugar. Para ellos, la vida es movimiento y no hay acto que esté sujeto a la concreción de un lugar.

Por otra parte, la aplicación del conocimiento científico a la creación de productos útiles para el ser humano, es decir, la tecnología, se desparramará por cada rincón del hogar del futuro. La domótica supone el control definitivo de las prestaciones dentro del hogar, en términos de seguridad, confort, comunicación y ahorro energético. Potentes empresas, que cuentan con el prestigio de marca en gama blanca, están apostando muy fuerte para hacerse con este mercado. Ya nos hemos acostumbrado a que la tecnología aboque a distintos sectores a converger, y también aquí deberán buscarse vías para imbricar los sectores de la construcción y de los dispositivos domóticos.

Sostenibilidad; gran palabra. Además de hacia viviendas multimedia, las tendencias arquitectónicas apuntan hacia la sostenibilidad. Los edificios y la construcción acaparan el 60% del consumo de materiales y energía, y son los responsables de la mitad de los residuos y contaminación que se produce en el planeta, y de ello parece haber tomado buena nota el sector, tratando de impulsar la construcción de viviendas bioclimáticas; aquéllas que sólo mediante su configuración arquitectónica son capaces de satisfacer las necesidades climatológicas de sus habitantes, aprovechando los recursos naturales y evitando el consumo de energías convencionales. Una opción más que razonable en un contexto de crisis energética como el que vivimos.

Crear atmósferas que predispongan al relax y al arte de vivir constituye otro de los anhelos de nuestros días, así que nos invade la decoración inspirada en el minimalismo Zen, basado en la simplicidad; el orden por dentro y por fuera. Paz, silencio, líneas rectas, aromas sutiles, colores neutros, maderas naturales, muebles sencillos hasta el extremo, luz indirecta; todo en perfecto equilibrio para engendrar ambientes que invitan a la meditación.

En definitiva, el loft se perfila como la nueva dimensión de la vivienda a que se aspira, y parece ser la respuesta a los vertiginosos cambios experimentados en el estilo de vida que empujan hacia una necesaria transformación de los espacios en los que se desarrolla la vida cotidiana, y en los que son las superficies las que se adaptan a los distintos modos de vida, y no a la inversa. Este tipo de vivienda constituye un concepto de vida novedoso y distinto donde no importa tanto la intimidad del ambiente como la libertad de circular en una planta en la que todo está al alcance de la mano.

Pero retomemos el asunto de los minipisos. Por lo que se refiere a las zonas y servicios comunitarios que propone, ¿en qué estarían pensando los teóricos de estos nuevos modos de convivencia?¿En el espíritu hippy? ¿En el modelo suizo, con la vecindad cumpliendo al dedillo sus turnos para usar la lavadora comunitaria? ¿O en la solidaridad ante los enormes problemas de soledad que acucian a jóvenes y mayores?

La verdad es que conozco a más de un treintañero, con militancia forzosa en la soltería y con escasas oportunidades de relaciones interpersonales, en permanente búsqueda del lugar ideal para echar raíces; desasosegados y ansiosos por ubicarse en un entorno hostil que vomita indiferencia, piensan que su felicidad depende de la decisión que tomen respecto a su vivienda, en el convencimiento de que un nuevo espacio para vivir les traerá también un nuevo espacio para sentir. Y es que la soledad constituye un errado prisma bajo el que observarse a sí mismo y hoy nuestra sociedad alberga demasiada incomunicación, en buena parte a causa de la configuración urbanística de las ciudades, con densidades de población que crecen desmesuradamente por todo el planeta. Tal vez no sea mala idea compartir espacios para tareas concretas y salpicar cada barrio con un puñado de modernas comunas, a medio camino entre el camping y el apartamento-residencia de la tercera edad. En fin, nunca se sabe; es posible que la amistad más duradera de tu vida nazca junto al tempestuoso sonido del centrifugado de la sala de lavado, o que halles a la que será tu media naranja, al cederle el paso en la puerta del retrete comunitario. Sería un buen método para animar a muchos a aceptar que la autosuficiencia acaba siendo agotadora, y también muy aburrida, y que necesitamos, por lo menos, hablar con otros miembros de nuestra especie, porque el canario y la pantalla del PC están hartos de oírnos y, además, no contestan…

Pero tal vez se trate, simplemente, de una trampa. Como en el más elemental recurso de cualquier serie policíaca, deberemos preguntarnos ¿quién se beneficia con la muerte, en este caso, del espacio vital…? No he oído que en estos habitáculos mínimos el precio del metro cuadrado tenga un valor de mercado diferente del de otras viviendas…

No. Es cierto. El número de metros cuadrados no es directamente proporcional al grado de felicidad, y en la torpeza o la locura de vivir para consumir nos alejamos del objeto de nuestra búsqueda. Pero aquí estamos; en el siglo XXI, con sus grandezas y sus miserias, y dentro de esa dualidad a la que parece estar condenado el hombre de hoy, son muchos los que han hallado el equilibrio utilizando el método aproximativo, es decir, buscar un espacio vital exterior, lo más grande, práctico, cómodo y moderno posible, a pesar de la asfixia de las propensiones especulativas del mercado, de los aires viciados y los ruidos insufribles de nuestras ciudades, o de que, dispuestos a disfrutar de un rato de ocio, al conectar el televisor el destino nunca nos depare un buen reportaje de nuestro tema preferido; y un espacio interior lo más rico y relajado posible, a pesar de los horarios incompatibles, del peso de las responsabilidades, o de los acuciantes recibos hipotecarios contraídos para poder disfrutar de nuestra vivienda ideal, porque, suponemos que, a su vez, su tenencia nos llevará a la realización total de nuestro espacio interior que es, a fin de cuentas, lo más importe.

Así visto parece algo extravagante, incluso desatinado para tratarse de un proyecto vital, pero esas son las paradojas del arte de vivir.

© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
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