¿Imagina que un medio de comunicación de masas como la televisión se convirtiera en el más importante agente democratizador de la historia?
Aunque a algunos les parezca que no se puede vivir sin computadoras, son muchos los hogares que carecen de PC, de modo que la visión de una sociedad accediendo alegremente a todo el conocimiento del pasado y presente de la humanidad, de paseo permanente por el ciberespacio, es, en realidad, un espejismo, por lo que llevar la Sociedad del Conocimiento hasta el último de los rincones deviene imperativo de las democracias y, de paso, los estados contrarrestarían las consecuencias del proceso de concentración del poder económico -en lugar de aliarse a él-. (Sólo una idea: no estaría de más, por ejemplo, que el Gobierno considerase la instalación de redes Wi Fi que posibilitaran el acceso gratuito a Internet, como una infraestructura urbanística más, cual red de alcantarillado o alumbrado).
En efecto, el arribo de Internet supuso la irrupción de una fuerza desestabilizadora, una sacudida para el poder, que perdía el monopolio como emisor. Y sí, desde entonces los mensajes fluyen en horizontal, es más, con la proliferación de los cuadernos de bitácora la pirámide se invierte y aquellos circulan también de abajo a arriba. Además, con la digitalización también llegó la reducción de intermediarios y, por tanto, el acortamiento de las distancias entre consumidor y producto; un producto cuyo almacenamiento, difusión y transporte se ha simplificado de un modo espectacular con respecto a épocas anteriores. Asimismo, las nuevas tecnologías han traído consigo una nueva forma de evolución cultural en la que prevalece el principio de compartir productos y conocimiento, lo que ha suscitado el debate en torno al concepto de propiedad de la creación. En este sentido, parece difícil justificar el veto al intercambio de cultura entre particulares; más bien todo lo contrario: el establecimiento de mecanismos que permitan la realimentación cultural de los individuos debería constituir, precisamente, una de las aspiraciones de toda sociedad.
Pero hoy, además de ser todos emisores, también podemos ser productores; el sector audiovisual ha entrado en una fase indeterminada e impredecible de cambio, y la industria de electrónica de consumo coloca continuamente en el mercado productos de uso profesional adaptados al ámbito doméstico. Grabar en alta definición, editar fácilmente en un PC y distribuir a través de la banda ancha está al alcance del ciudadano de a pie. Y, lo más importante, en un futuro próximo, producción cultural de toda procedencia, ocio audiovisual, voz IP, información inmediata mundial y local, contenidos generalistas y especializados, comunicación entre ciudadanos y entre éstos y la Administración, y un largo etcétera, se darán cita en nuestro salón, en el aparato de televisión.
Pero si es cierto que el poder ha experimentado movimientos de traslación y cambios en la forma y en el fondo, -para empezar éste se ha instalado en la sala de juntas de multinacionales y entidades financieras-, también lo es el hecho de que hoy, la lucha por el poder es más encarnizada que lo fue jamás, porque él, el poder, está ahí, más accesible que nunca y a merced de cualquiera que logre conquistarlo, y proliferan las alianzas -que en otro tiempo fueron políticas y hoy lo son económicas-, para atraparlo o mantenerlo. De manera que asistimos a continuos movimientos de concentración a gran escala: operadores de comunicación, productores, distribución; cada día son menos y más grandes…
Pero todos ellos, no son nadie sin nosotros, los consumidores, porque, a fin de cuentas, de eso se trata, de que gastemos nuestro dinero en sus productos y servicios. Y resulta que las mismas tecnologías que han globalizado la economía han permitido que el ciudadano también haya entrado en un proceso de concentración, y las crecientes posibilidades de comunicación de todos con todos incrementa el capital social que ha de otorgar a la ciudadanía el mayor poder que jamás haya detentado. Mareas humanas se citan a través de las nuevas redes de comunicación para acudir a una manifestación por la paz o para cometer actos vandálicos, y las utilizan para aliarse en el boicot a empresas, para protegerse de la globalización o para castigar a los políticos. Pero mantener esa posición de fuerza implica un compromiso con la defensa de la libertad de flujo de saberes, frente a la brecha digital que pueden provocar los monopolios de software, las patentes sobre el desarrollo tecnológico, y las tecnologías y leyes de control digitales.
Y es que todos quieren el poder de la red y la guerra cibernética se ha desatado desde que un puñado de gobiernos, que se han revelado contra el control de Internet de EE.UU., amenazan con crear una segunda red si éste no cede la propiedad de Internet a un organismo internacional. La red corre el peligro de desmembrarse y, de ocurrir, sería su sentencia de muerte, tal como la conocemos, porque ello implicaría la existencia de dos redes que, probablemente, no podrán interoperar entre ellas. En esta ocasión, hasta los usuarios del ciberespacio coinciden en que lo mejor es dejar las cosas como están: fragmentar Internet también fragmentaría el poder del ciudadano.
En este número de En Línea les ofrecemos un reportaje especial sobre la televisión digital terrestre, con motivo de su inminente puesta en marcha. Ciudadanos, consumidores o audiencias que, para el caso, es lo mismo, parece que saldremos ganando -además de por la cuestión técnica-: tendremos más contenidos, lo cual no significa “mejores”. ¿Más de lo mismo? En cualquier caso, la llegada de la tecnología digital a la televisión otorga al ciudadano más oferta, luego más poder.
“La audiencia ha decidido que…” La frase parece una frivolidad, pero, créanme, es la frase de la nueva era; la era del poder de las audiencias. Mónica Daluz / pdf
Editorial. Últimos cartuchos
Las previsiones macroeconómicas incitan a agotar los últimos cartuchos. La curva de plazos de tipos de interés en EE.UU. sugiere la posibilidad de una recesión, ya que, por mandato de la Fed (Reserva Federal), los tipos a corto plazo siguen subiendo mientras que los de largo plazo se mantienen alrededor del cuatro y medio. Cabe pues esperar una ralentización del crecimiento a medio plazo, de momento, en el país norteamericano. Al menos esa ha sido la reacción del mercado durante los últimos 40 años cada vez que ha venido a darse esta inversión de la curva de plazos de tipos de interés.
Hace algunas semanas los telediarios nos ofrecían aparatosas imágenes de gentes alocadas precipitándose a tortazo limpio hacia el interior de los almacenes neoyorquinos, que abrían sus puertas con ofertas increíbles para celebrar el inicio de la campaña navideña. Por lo visto las ofertas superaban con creces los ya golosos precios de años anteriores, y es que todos sospechan que la desaceleración se aproxima.
En España, el gasto en consumo final en el tercer trimestre ha registrado una ligera moderación frente al segundo trimestre, y fuentes de Deutsche Bank acaban de anunciar que se espera una desaceleración de la demanda interior en 2006 y 2007, en consumo y construcción. Por otra parte, y según la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU), la actitud del consumidor durante la campaña navideña estará marcada por la contención. A pesar de todo, la asociación en cuestión cifra el gasto medio por español para estas fiestas en 832 euros, un 4% más que el año pasado.
En fin, como a nadie le gusta que le llamen aguafiestas, ahí estaremos todos, consumiendo a destajo. Y más le vale al comerciante aprovechar con intensidad las ventas que se avecinan. Por lo que pudiera deparar el futuro…
De momento, puede estar tranquilo, la tecnología es a jóvenes y adultos lo que los juguetes a los niños. Así que los caprichos tecnológicos van a ser los grandes deseados de las navidades.
Los fabricantes ya se han movilizado para convencernos de lo mucho que vamos a disfrutar si nos hacemos con los productos más punteros, como las pantallas preparadas para la recepción de señal en alta definición, asunto sobre el cual les ofrecemos en este número un extenso reportaje. Por cierto ¿han pensado a quién interesa que se vendan muchos televisores preparados para la HDTV?, además de a los fabricantes, por supuesto. Pues a los operadores de satélite. ¿Que por qué? Ante la oferta gratuita de canales que nos trae la TDT, ¿quién pagará por tener más canales todavía? Con la HD, y en previsión de que este sistema de emisión llegue antes por satélite que por la plataforma digital terrestre, las operadoras de satélite podrán disponer de una oferta diferenciada con la que salvar el negocio y evolucionar hacia una reconversión forzosa. Eso, siempre y cuando la oferta de contenidos de los canales de TDT suponga una verdadera competencia para el satélite, claro.
Otro gran protagonista del escenario navideño será el CD de audio. Y sí, lo de la piratería es francamente pernicioso para las cuentas de las grandes compañías discográficas (que pretenden, según han manifestado recientemente, usar datos de teléfonos e Internet para combatir la piratería en la UE), pero no caigamos en el error de poner puertas al campo. No se puede. El temor a los cambios denota inseguridad con respecto a la capacidad para adaptarse a ellos, pero el mundo de la música no tendrá más remedio que aprender a gestionar una nueva situación, porque que en el sector audiovisual los contenidos discurren de nuevos modos es un hecho consumado; los archivos de audio y vídeo deambulan por la red; el fenómeno podcasting ha creado una nueva versión de radio en Internet al alcance de cualquiera; y, sí, muchos inmigrantes ganan algunos euros vendiendo CDs piratas… ¿Y qué? La libertad de expresión se abre paso de un modo casi natural a través de los caminos trazados por las nuevas tecnologías, y hoy más que nunca -en época de inverosímiles vetos radiofónicos…- cobra plena vigencia la célebre frase de Voltaire que convendría no olvidar nunca: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”.
Por cierto, entre el entramado de cifras un tanto desalentadoras con las que abríamos este editorial, he estado a punto de olvidar un dato que puede marcar la diferencia: mientras el consumidor se aprieta el cinturón en la cesta de la compra y en la adquisición de bienes de consumo, el gasto en lotería experimenta un crecimiento significativo. Y eso le da una pista acerca de lo que la gente, verdaderamente, necesita… Así que, ya sabe, disfrace sus productos de algo infalible, algo a lo que nadie se puede resistir; junto al producto, aprenda a vender, también, ilusión.
Tenga usted unas felices y, por supuesto, suculentas ventas. Mónica Daluz / pdf
Tecnología a trancas y barrancas …Y el viajero se trocó en mundano turista
Para empezar, un sinfín de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.
A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!-. Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.
Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo que yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…
Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.
Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario.
A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mí misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
Tecnología a trancas y barrancas
… Y el viajero se trocó en mundano turista
Por Mónica Daluz
Para empezar, un sin fin de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.
A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!- Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.
Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…
Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.
Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario. A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mi misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello.
El caso es que seguimos las indicaciones de aquellos folios que reducían nuestras vacaciones a unos escuetos y fríos renglones con nombres de vías, precios de peajes y consumos perfectamente desglosados. Pero al llegar a no recuerdo qué ciudad, el invento hizo aguas. Nos perdimos. Y yo me alegré calladamente de que aquella cosa no fuera infalible.
De nuevo en ruta, por autopista, y atravesado el paso alpino de Francia a Italia, era como estar de vuelta en casa: comida como Dios manda, precios razonables y al fin rostros de expresión sonriente, pero sobre todo, agradecí perder de vista los visillos de ganchillo que todo lo cubrían, más aún, lo empañaban de un vaho arranciado. En esos pensamientos andaba yo cuando me percaté de que una nueva señal había brotado desde la última vez que pasé por allí, para indicar al automovilista que aquel era un espacio con acceso gratuito a la Red; zona WiFi, para más señas. No puedo dar fe de su funcionamiento porque cuando viajo tan solo me acompaño por un pequeño bloc de notas; se me antoja que cargar con el portátil en vacaciones desvanece todo el romanticismo.
Días más tarde, tras dejarnos embriagar por la magia de los canales venecianos y seducir por los simpáticos guiños del gondolero de turno, en fin, predispuestos a la evocación de otras épocas y sus culturas, que hoy sentimos nuestras, porque éstas, cuanto más antiguas más entrañables se nos hacen y parece que más nos pertenecen; al llegar al camping todo volvía a la frívola dependencia tecnológica: los lavabos habían sido tomados por cargadores de toda guisa, de manera que dejaban fuera de juego el acceso a la red eléctrica para, por ejemplo, depilarte las axilas; y una roulotte, la llamaban bus-net, ofrecía conexión a Internet, por fracciones de 30 minutos, a precio de puro atraco. Aun así, sucumbí a la tentación de consultar mi correo electrónico por la simple curiosidad de saber si alguien, en pleno mes de agosto, no tenía nada mejor que hacer que mandarme un mail…
El tipo que ocupaba el asiento contiguo al mío comenzó a copiar en un papel no sé qué sobre sus próximos destinos pero, pasados cinco minutos, su brazo entró en una fase de progresivo debilitamiento para venir a caer, en cuestión de segundos, en la absoluta extenuación… Verdaderamente pasmado de sí mismo, confesó en voz alta no acordarse de cuándo fue la última vez que tomó un bolígrafo entre sus dedos. El muchacho se percató desolado de que su cerebro se había acomodado de tal modo a la escritura en teclado que sus dedos y, en general, la totalidad de la estructura ósea implicada en tal menester, no lograban proseguir con la extraña tarea de pinzar aquel artilugio, hoy mudado en mero recuerdo de infancia.
Días después, en Katakolon, un pintoresco pueblecito griego, la minúscula tienda de cámaras fotográficas sortea como puede los malos tiempos ofreciendo, entre otras tácticas de subsistencia, el volcado de tarjetas de memoria a CD. Pero aquella máquina automática de traspaso de datos es todavía un misterio para la joven dependienta y tan solo el dueño del comercio posee la clave de su funcionamiento… Él no estaba; así que mi compact flash, abarrotada de fotos y tozos de vídeo, se quedó así, preñada de recuerdos, tan recientes que apenas comenzaban a tener tal categoría. En fin, de Olimpia, ni una foto. Sin embargo, la cosa parecía estar bajo control: un amable fotógrafo acompañó al variopinto grupo al que me adherí para enterarme de la historia de las piedras objeto de visita. El hombre se pasó el caluroso paseo inmortalizando aquellos momentos para venir a servírnoslos al final del trayecto. En efecto, unos 20 minutos antes de concluir el circuito el hombre desapareció y, ya a pie de autocar, de una rudimentaria pizarra se suspendían un puñado de fotos, no más de 15. Apuró demasiado; el grupo partía y el revelado no llegó a tiempo.
… Y es que en todas partes del mundo se exploran, con mayor o menor fortuna, las posibilidades de negocio que ofrece el mundo del recuerdo. No los ves, apenas los oyes, surgen como de la nada y ¡disparan!: con camello, con el capitán, durante el simulacro de naufragio, en el brindis de la cena para dos, o sobre el niño con su mejor sonrisa… A estos pedazos de nosotros mismos vienen a sumarse los contenidos en un número indeterminado de tarjetas y CDs, que han viajado peligrosamente a riesgo de perderse en bolsillos y fondos de maletas con cientos de momentos congelados.
Verdaderamente, la fotografía digital nos está saturando alocadamente, haciendo cumplir una vez más la regla irrefutable de “a mayor cantidad, menor valor”, sentencia que no es sólo válida en lo mercantil; las emociones en masa se devalúan también. Nada que ver con aquellos tiempos de nuestros abuelos…; ellos evocaban a sus seres queridos con un ramillete de recuerdos entre los que se hallaba el de aquel día en que todos vistieron sus mejores galas para posar ante una caja mágica que los haría quedar perpetuados para siempre. Cuánta emoción, cuantas lágrimas vertidas en aquella gastada y tan querida, foto de estudio.
… Pero no nos salgamos del circuito. Siguiente escala: Dubrovnik. Fascinante y laberíntica ciudad croata; una fortaleza en la ladera de una majestuosa montaña que se erige soberbia; protectora y amenazante al mismo tiempo. Perdidos en el galimatías de callejones ascendentes en ángulo indescriptible y sin perder de vista las acechantes cumbres borrascosas que cubren tan peculiar asentamiento, cuando, de pronto, el “listillo” del grupo abre un extraño bolso que llevaba inquietándome durante toda la excursión porque hurgaba en él como a escondidas y, súbitamente, ¡zas!, se cae el encanto; el hombre sacó un GPS en toda regla, con un dibujito exacto a nuestro embrollado recorrido. Para más inri, aquella función antipérdida se llamaba ¡“miguita de pan”! Murió de golpe el embrujo del momento. Y es que la percepción de las emociones siempre está colgando de un fino hilo, y las banalidades son tantas y están tan cerca que recordamos los efímeros momentos de excitación como tesoros irrepetibles. Aunque lo cierto es que el artilugio resultó de lo más práctico para no quedarnos en tierra y, de paso, nos percatamos de que, aunque caminamos en línea recta, no habíamos dejado de dar vueltas sobre nosotros mismos.
Otro reto que nos propone el concepto hospedado en ese término que comienza a estar demasiado manoseado, la globalización, es la compra del recuerdo ideal, aquel que representa y es símbolo de los lugares y las gentes con las que se anduvo; más valioso si su obtención fue a la antigua usanza, o sea, por trueque, y mejor todavía si perteneció a aquel entrañable lugareño cuyo recuerdo siempre nos acompañará, porque va irremediablemente cosido a un momento de emoción; además, su manufactura debía llevar algo -a poder ser, todo- de artesano, por aquello de que la mano humana logra piezas con imperfecciones que las hacen únicas. Y es que cuando compruebas que el Gran Bazar de Estambul es un inmenso todo a cien, te percatas con pesar de que cada vez es más difícil comprar un souvenir que no sea made in China, porque en eso se convirtió ese objeto especial con el que tornaba el viajero, cual trofeo, en su talega; en un simple y abominable souvenir de turista.
Afortunadamente, la globalización total aún no ha llegado y ello nos permite disfrutar de diferentes olores, y extasiar nuestro espíritu con colores de luz que nuestros ojos no han visto todavía, experimentando así breves instantes de exaltación o, como dicen ahora, de “subidón”.
Pero el mundo mengua acelerada e inevitablemente, y en la misma proporción desaparecen los enigmas por descubrir. La tecnología lo ha cambiado todo. Se dispara la insultante explotación turística de toda tierra virgen, y ya no es la intrepidez del aventurero lo que ha de llevarle al lugar más recóndito; una buena búsqueda en Internet marcará la diferencia. La sagacidad para burlar los destinos “de agencia” será el quid de la cuestión. Pero no hay salida; la Red también regala información sobre destinos antiagencia de viajes. Bien mirado, yo misma voy a engrosar esos sites con algunas propuestas descubiertas de un modo casual, porque, ¡qué caramba!, todos tenemos derecho a ver, siquiera una vez, esos lugares ¿no?
… Y hasta aquí, el lado crítico de unas vacaciones cualquiera, en clave tecnológica… Los mejores momentos, que fueron los más, los reservo para mi memoria. Porque la crítica y la ironía tienen más gracia que el relato amable y, además, resultan más constructivas…
Por cierto, pasé mis últimos días de vacaciones en la costa gerundense con el propósito de alternar playa y relax con la gestión de asuntos varios de fácil solución con un simple teléfono móvil.
– Pero, ¿qué ocurre? ¡Sin cobertura!
– Ya avisaron… No hay antenas para todos
– Pues yo que me he pedido un 3G para Navidad…
– No te quejes que en el Maresme no se pilla ni la señal de televisión
– En nada tenemos aquí la TDT
– Ya… ¿antes o después de que se aclaren con los estándares de los DVDs…?
Epílogo
Si en los albores de la humanidad, al hombre le aterraba la inmensidad del planeta tanto como la de los misterios que éste albergaba, hoy nos asfixia tener acceso simultáneo a todo el conocimiento acumulado a lo largo de los siglos, y nos angustia la idea de que el espacio para la sorpresa se constriña con premura. Mientras, paradójicamente, rogamos a la tecnología que nos asista para enmendar tal disparate.
Pero así es el hombre, inconformista ante el disfrute sosegado de lo existente y en permanente desazón, con una avidez insaciable, por saber más, hacer más y dominar más. Está impreso en nosotros con el propósito de garantizar la supervivencia. Desde que desarrollamos la capacidad de apego, -porque no hubiéramos sobrevivido en solitario-, y nos sentamos junto a una hoguera a compartir alimentos, nos iniciamos en la vida comunitaria, en el intercambio de información, en el culto… Así nació la cultura, que sirvió para transformar la vida de la humanidad a partir de la explotación de la naturaleza en beneficio del humano. A ello se sumó el segundo elemento motivador de nuestra especie, la búsqueda del placer, y aunque hoy corremos de un lado para otro en busca de la autenticidad, la verdad es que hemos elegido la practicidad y la comodidad ¿Cómo compaginar el experimentar y el vivir intensamente, con el imperio de lo práctico y lo cómodo? Ahí está nuestra batalla. Algo habrá que sacrificar…, a no ser que nuestra moderna deidad, la tecnología, lo remedie.
Empresa sostenible ¿Es posible?
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
De manera que hemos pasado de una visión empresarial cuyo único objetivo era rentabilizar la inversión, a un modelo en el que tiene cabida un código ético elemental. Sin embargo, en los últimos años los grupos a los que la empresa debe satisfacer han aumentado, y han aparecido actores imprevistos que deciden su éxito o fracaso: los condicionantes del mercado, saturado de oferta; los culturales, con sensibilidades hacia las causas solidarias y hacia los peligros de un desarrollo no sostenible; o los de un consumidor consciente de su inmenso poder. Hoy, son muchas las empresas que coquetean con la estrategia de buscar el aprecio de la comunidad. En este sentido, y según los resultados de un estudio de Accenture, los distribuidores modernos deberían pasar a adquirir un protagonismo activo entre la población a la que sirven y convertirse en referentes para la comunidad. Sin duda, atender a más requerimientos tiene un coste adicional, de manera que la empresa deberá elegir entre un coste cierto y un beneficio potencial.
El caso es que, tanto la empresa que produce como el individuo que consume están llamados a tener en cuenta el impacto que supone la fabricación de bienes de consumo y el respeto a la comunidad humana y al entorno medioambiental implicado en cada proceso productivo, al objeto de no agotar los recursos naturales ni violar los derechos humanos.
Como casi todo, la sostenibilidad ya tiene sus siglas: RSC, o sea, Responsabilidad Social Corporativa; de hecho ya existe en España el primer observatorio de la RSC. La RSC es una nueva pero urgente medida, de entre las muchas que aún hemos de ver, que colocará un punto de cordura en el mundo globalizado, por una simple cuestión de supervivencia. Parece que en esta vorágine de intereses contrapuestos y más allá de la industrialización descontrolada de una era que, en contra de toda previsión, ha visto cómo la rapidez y profundidad de sus cambios tecnológicos no han supuesto en realidad el fin de la era industrial sino su aceleración y extensión, se abre paso una nueva visión empresarial. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
Empresa sostenible ¿es posible?
Mónica Daluz
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
De manera que hemos pasado de una visión empresarial cuyo único objetivo era rentabilizar la inversión, a un modelo en el que tiene cabida un código ético elemental. Sin embargo, en los últimos años los grupos a los que la empresa debe satisfacer han aumentado, y han aparecido actores imprevistos que deciden su éxito o fracaso: los condicionantes del mercado, saturado de oferta; los culturales, con sensibilidades hacia las causas solidarias y hacia los peligros de un desarrollo no sostenible; o los de un consumidor consciente de su inmenso poder.
Hoy, son muchas las empresas que coquetean con la estrategia de buscar el aprecio de la comunidad. En este sentido, y según los resultados de un estudio de Accenture, los distribuidores modernos deberían pasar a adquirir un protagonismo activo entre la población a la que sirven y convertirse en referentes para la comunidad. Sin duda, atender a más requerimientos tiene un coste adicional, de manera que la empresa deberá elegir entre un coste cierto y un beneficio potencial.
El caso es que, tanto la empresa que produce como el individuo que consume están llamados a tener en cuenta el impacto que supone la fabricación de bienes de consumo y el respeto a la comunidad humana y al entorno medioambiental implicado en cada proceso productivo, al objeto de no agotar los recursos naturales ni violar los derechos humanos.
Como casi todo, la sostenibilidad ya tiene sus siglas: RSC, o sea, Responsabilidad Social Corporativa; de hecho ya existe en España el primer observatorio de la RSC. La RSC es una nueva pero urgente medida, de entre las muchas que aún hemos de ver, que colocará un punto de cordura en el mundo globalizado, por una simple cuestión de supervivencia. Parece que en esta vorágine de intereses contrapuestos y más allá de la industrialización descontrolada de una era que, en contra de toda previsión, ha visto cómo la rapidez y profundidad de sus cambios tecnológicos no han supuesto en realidad el fin de la era industrial sino su aceleración y extensión, se abre paso una nueva visión empresarial.
Pero que nuestro optimismo no nos lleve a engaño; nada de esto tendrá sentido si el consumidor no demanda en ese sentido y exige conocer la trazabilidad del producto, esto es, quién ha producido la materia prima, en qué condiciones se ha comprado, si las condiciones laborales son aceptables, o si el proceso es respetuoso con el medio ambiente, entre otras cuestiones. De este modo las empresas considerarán el factor RSC como un verdadero valor intangible, observándolo como elemento de rentabilidad. En muchos países occidentales este concepto comienza a formar parte del marketing empresarial.
El éxito de las empresas sostenibles es atribuible en gran parte a su cultura y a sus valores, por lo que resulta del todo aconsejable diseñar e implantar un modelo propio de gestión de la cultura corporativa, que desarrolle un alto nivel de coherencia interna, y que sea clave a la hora de marcar el valor diferencial con los clientes y con el resto de los grupos con intereses legítimos en la empresa. La personalización ha llegado a la empresa, que no sólo busca asociarse a una marca o a un logotipo, sino a una cultura, a una personalidad.
Con este asunto, además de otros, como los que generarán la biotecnología, o los desequilibrios entre economías, parece que la ética volverá a apoderarse del debate social en los próximos años.
Al hilo de esta cuestión cabe un último apunte, y es que las grandes compañías se han lanzado a hacer más agradable la vida de sus empleados, tal vez para tratar, a su vez, de hacer más soportable la angustia del trabajo por objetivos o de disfrazar la presión de calidad de vida en el puesto de trabajo. El último grito en la materia es el edificio Fen Shui: mucho cristal, agua, cantos rodados y, por supuesto, plantas por doquier, con la descabellada -o quizá no- pretensión de hacer sentir al trabajador que está de vacaciones mientras permanece en su centro de trabajo. Otras iniciativas, menos vistosas pero más de agradecer, son las oficinas con guardería incorporada.
Y con la sostenibilidad llegó la era de las contradicciones; mientas se estudia la viabilidad de la jornada de 35 horas, los costes laborales no dejan de crecer y los movimientos deslocalizadores están dibujando un nuevo panorama. Queremos vivir mejor, pero eso parece incompatible con producir mejor, -en términos de rentabilidad-. El fantasma del paro amenaza con volver a occidente; se anuncia la caída del consumo, de los precios y de los márgenes, para aquellos a los que aún les quede alguno… ¿Seremos nosotros quienes debamos ahora aguardar turno? En los años venideros, ellos, los hasta ahora condenados a “mirar y no tocar”, producirán, consumirán, y exigirán sus derechos. Ya era hora. Después se cerrará el círculo y tal vez, sólo tal vez, haya pastel para todos.
La otra red ¿Al fin libres?
La euforia de aquellos que veían en la red de redes la llegada de un mundo sin fronteras y al alcance de cualquiera, se ha enturbiado a la vista y su sabor es algo amargo. Hoy, internet se nos antoja un manojo de promesas incumplidas; una virgen, por venerada, prostituida en su forma y en su esencia, donde todo se vende y poco se comparte; con contenidos al servicio de cualquier cosa menos a la difusión del conocimiento y sembrada de terrorismo publicitario incontrolable.
Nació para hacernos más libres, para conectarnos los unos con los otros, pero los usuarios de la red quedamos en manos de los proveedores de accesos. Ante ello, muchos son los ciudadanos que han reaccionado en todo el mundo y que se están uniendo para compartir intereses y ofrecer servicios y conocimiento de manera desinteresada. Se llaman comunidades Wi-Fi. Con ellas se anuncia la llegada de un mundo verdaderamente horizontal; la idea es crear otra red, o mejor dicho, muchas microrredes, libres y gratuitas, pero, esta vez, gestionadas por sus propios usuarios. Ello es posible gracias a que las conexiones inalámbricas a través de la frecuencia de radio de 2,4 Ghz son de libre acceso. Estas comunidades son espacio de encuentro e intercambio de ideas y experiencias. Su propagación conducirá a la construcción de redes de ámbito metropolitano mediante la instalación de puntos de acceso repartidos por las urbes y la interconexión de los mismos.
Con esta tecnología se consigue una conexión de banda ancha, mucho más veloz que la ADSL, con sus 256 kb/s. Pero las limitaciones de Wi-Fi impiden crear una red que dé servicio de calidad a millones de usuarios en cualquier área geográfica, ya que ésta no soporta más de 1.000 usuarios a la vez y el reuso de la frecuencia es limitado; en contrapartida sus ventajas permiten crear una red de ámbito local de manera rápida y barata. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
La otra red ¿al fin libres?
Mónica Daluz
La euforia de aquellos que veían en la red de redes la llegada de un mundo sin fronteras y al alcance de cualquiera, se ha enturbiado a la vista y su sabor es algo amargo. Hoy, internet se nos antoja un manojo de promesas incumplidas; una virgen, por venerada, prostituida en su forma y en su esencia, donde todo se vende y poco se comparte; con contenidos al servicio de cualquier cosa menos a la difusión del conocimiento y sembrada de terrorismo publicitario incontrolable. Nació para hacernos más libres, para conectarnos los unos con los otros, pero los usuarios de la red quedamos en manos de los proveedores de accesos. Ante ello, muchos son los ciudadanos que han reaccionado en todo el mundo y que se están uniendo para compartir intereses y ofrecer servicios y conocimiento de manera desinteresada. Se llaman comunidades Wi-Fi. Con ellas se anuncia la llegada de un mundo verdaderamente horizontal; la idea es crear otra red, o mejor dicho, muchas microrredes, libres y gratuitas, pero, esta vez, gestionadas por sus propios usuarios. Ello es posible gracias a que las conexiones inalámbricas a través de la frecuencia de radio de 2,4 Ghz son de libre acceso. Estas comunidades son espacio de encuentro e intercambio de ideas y experiencias. Su propagación conducirá a la construcción de redes de ámbito metropolitano mediante la instalación de puntos de acceso repartidos por las urbes y la interconexión de los mismos. Con esta tecnología se consigue una conexión de banda ancha, mucho más veloz que la ADSL, con sus 256 kb/s. Pero las limitaciones de Wi-Fi impiden crear una red que dé servicio de calidad a millones de usuarios en cualquier área geográfica, ya que ésta no soporta más de 1.000 usuarios a la vez y el reuso de la frecuencia es limitado; en contrapartida, sus ventajas permiten crear una red de ámbito local de manera rápida y barata.
Dar cobertura a una gran ciudad exige la instalación de muchos puntos de acceso y, por lo tanto, muchos ciudadanos que estén dispuestos a ofrecer el servicio e invertir tiempo y dinero en la instalación y mantenimiento de los nodos y servidores. Esta paranet, o red alternativa, no depende de ningún sistema establecido, ni existe control centralizado, ni persigue ningún fin que no sea el acercamiento virtual de las personas y el intercambio de ideas que llevarán, de forma espontánea, a una cultura del conocimiento.
El modelo que se perfila es la coexistencia de múltiples microrredes específicas, con unas pocas macrorredes generalistas operadas por empresas de telecomunicaciones.
Las iniciativas de las comunidades inalámbricas parten, en muchos casos, de grupos vinculados al tejido asociativo, cuyo objetivo es socializar el conocimiento y las nuevas tecnologías; llevar la banda ancha con un coste prácticamente nulo a las capas más desfavorecidas. Otras comunidades tratan de generar procesos transformadores, centrando su actividad en, por ejemplo, promocionar la inserción sociolaboral; también se suman a este movimiento comunidades educativas y grupos diversos con la voluntad de construir una red social. Aunque esta corriente ha surgido en barrios marginales, sin infraestructuras y donde sus habitantes se mueven por teléfono móvil, estas comunidades huyen de ser consideradas underground. Sus impulsores se han topado con serias dificultades a la hora de instalar las antenas y los puntos de acceso, que deben situarse en zonas elevadas de la población, teniendo que hacer frente a los recelos de las comunidades de vecinos y las reticencias de instituciones públicas, que han desalentado más de un proyecto; a modo de curiosidad, parece que en esto de la difusión sin hilos, el clero se ha entusiasmado, y los activistas de estas comunidades aseguran haber encontrado en los campanarios de las iglesias, el access point ideal, para formar lo que ellos llaman ya, la red divina…
Cualquiera puede tener un punto de acceso porque el uso del espectro en esa banda es libre. Es posible participar en estas redes, bien accediendo pero sin redistribuir la señal, o siendo nodo, para lo cual se requiere un ordenador, una antena, una tarjeta de red inalámbrica o punto de acceso y un sistema operativo apropiado, mejor de código libre, como Linux.
En otro orden de cosas, no es ningún secreto que los estándares inalámbricos son limitados en materia de seguridad, así que deberemos recurrir al software para evitar problemas. Recientemente algunas marcas de telefonía móvil recomiendan tener el Bluetooth en modo oculto o encenderlo sólo cuando se quiera establecer comunicación con alguien conocido, para evitar el snarfing o robo de datos.
Las comunidades sin hilos se dedican a interconectar nodos vía radio y algunos de ellos ofrecen acceso a internet, previo acuerdo -en teoría- con el proveedor de servicio. En EE.UU. no es difícil encontrar espacios con acceso libre a la red; esto, sin embargo, es, hoy por hoy, ilegal.
A las operadoras proveedoras de acceso a internet, actualmente las protege la ley pero, ¿por cuánto tiempo? Otra consecuencia de la proliferación de la tecnología Wireless Fidelity es que permite aplicaciones que pueden hacer peligrar las enormes inversiones que las operadoras de telefonía móvil realizaron para pagar las licencias de la UMTS. En cuanto al estándar Bluetooth, éste también está dando más de un dolor de cabeza a las operadoras, algunas de las cuales están adquiriendo terminales y anulando los infrarrojos, sin comunicarlo al usuario, para impedir el intercambio gratuito, ya que se ha detectado que los usuarios no descargan los contenidos de la red ni vía mensajes multimedia y, por tanto, no generan tráfico en sus redes.
En la otra cara de la moneda: leer el correo en el tren, acceder al portal del ayuntamiento de la población o a las recetas del restaurante más cool de la ciudad… Y todo gratis. Pero, qué, quién y cómo se ofrece la información. En las llamadas networking cities o ciudades en red, ayuntamientos, hoteles, aeropuertos o transportes públicos ofrecerán información y servicios como valor añadido. Hoy, esta tecnología está siendo también explotada con fines comerciales y ya se han creado las primeras operadoras con facturas propias. Si Wi-Fi nació hace cuatro años en EE.UU. como una tecnología para uso de la comunidad científica, para la cual se liberalizó una frecuencia, hoy, ayuntamientos, instituciones y operadoras han tomado el testigo y, sobre la mesa, el debate acerca de si es lícito que las instituciones encabecen las iniciativas de una red paralela a internet.
En esta trama a tres bandas: la red espontánea, creada por la suma de inquietudes individuales; las instituciones, con la obligación moral de socializar el conocimiento al tiempo que incapacitada legalmente para perjudicar a las empresas proveedoras de internet y servicios multimedia; y las operadoras, que ven tambalear sus expectativas de negocio, por lo menos en lo tocante al usuario final ¿Sociedad del conocimiento o sociedad de negocio?
Reflexiones sobre moda
Hay quien piensa que esto de la moda es algo así como un arte trascendental capaz de transmitir la esencia de aquello que somos y expresar la tormenta de sentimientos que el ser humano lleva dentro. Convicción alimentada por la poesía con la que nos sirven envueltas las tendencias, que nos hablan de orígenes, de recuerdos, de ilusiones, y nos dibujan en cuatro trazos un mundo fantástico, casi siempre onírico, lleno de luces y sombras o de pasiones a todo color.
Ellos, todavía creen en la inocencia de la creación, aunque Umberto Eco opine lo contrario. Eco es de los escépticos, como la gran mayoría. Lo cierto es que la moda ha venido a ser un fenómeno mediático desde la última década del siglo XX y hoy vivimos en el imperio de la imagen. Para echar más leña al fuego a una situación demasiado prostituida, vienen los grupos financieros, que son quienes marcan las modas de consumo y, por ende, el comportamiento, del primer mundo.
En nuestros días, la moda es más efímera que nunca. En la facultad me enseñaron que aquello que no entra en la “agenda setting” es como si no hubiera ocurrido; algo parecido para con la moda: si no hay foto no hay moda.
Hemos llegado a ver cómo la pasarela recrea la destrucción de las creaciones que, a tono con los más vanguardistas experimentos artísticos, desafían la condición de toda obra de arte, la perdurabilidad, como prueba irrefutable de su existencia; y el acto, por insólito, es noticiado con independencia del contenido.
Las voces más atrevidas cuestionan también la creatividad, y aseguran que hoy, no hay más novedad que la manera de fotografiarla y la forma de titularla. Platón vería materializado el más famoso de sus mitos. Solo los más lúcidos ven más allá de la realidad que nos es presentada en la televisión y en las páginas de las revistas, donde la creación se ha convertido en mera anécdota, en vulgar excusa para pregonar los escándalos más inverosímiles.
Pero no hay nada más fácil que criticar, y lo importante es qué piensan los otros, los que diseñan: ellos se obstinan en aunar el arte y la moda, es la moda-concepto, la esencia del diseño, es expresar con la creación un punto de vista cuya solidez esté más allá de las tendencia. Y aunque ellos son de los que piensan que aquello que existe es importante si lo es para un solo individuo, también son humanos, y concentran sus esfuerzos en que sus ideas sean posibles y lleguen al gran público.
Mientras tanto, los diseñadores albergan la esperanza de generar alguna idea que, aunque solo sea una vez, y aunque sea de manera marginal, cambie el modo en que nos vestimos, trabajando día a día por su contribución a la moda de verdad. Mónica Daluz / pdf
Aproximación socio-psicológica al futuro del sector

OPINIÓN
Futuro, diseño, naturaleza y espíritu
Caminamos hacia un futuro que parece ser muy agradable, muy placentero para el ser humano: la juventud se alarga, la vida también, la investigación en ciencias de la salud ha conseguido logros espectaculares y la tecnología que nos facilita la vida está a nuestro alcance.
Este futuro esperanzador unido al proceso de bonanza económica que vive Europa, explica las tendencias de la moda. Los colores claros se identifican, psicológicamente, con la alegría y por eso este año en todo el continente se está vendiendo y se seguirá vendiendo mucho el blanco, el celeste y toda la gama del blanco roto, además de otros más intensos y alegres, como el fucsia.
La moda no es tan distinta de la propia naturaleza; los diseños y los colores cambian en función del hábitat, se adaptan a él. Del mismo modo que se venden colores según el tono de piel, con las nuevas generaciones, que son mucho más fuertes, más altas y más robustas, habrá que buscar nuevas formas que cubran esa necesidad. Además, cada vez se vive más, y puede que en un futuro aparezca un cuarto segmento de prendas.
Otro factor que va a marcar la evolución de las prendas de baño es el gusto por el deporte al que se tiende en la sociedad del ocio, que hará que la estética se dirija, probablemente, hacia el look deportivo, muy descargado y de líneas juveniles.
Y no solo el deporte, sino el mayor nivel cultural se erige como elemento fundamental en la nueva estética. La mujer cuida su cuerpo y cada vez serán menos necesarios, por ejemplo, bañadores de extracontrol. Mónica Daluz / pdf
Mucho ruido y pocas nueces
Deseo fervientemente llenar mi despensa sin tener que perder las mejores horas de la semana deambulando por esos pasillos infinitos; pero no lo consigo. Quiero pagar sin tener que sufrir una cola que parece ser siempre la más lenta en avanzar; y no lo consigo. De la pesada fase final de ese inacabable proceso de compra, liberarme, tampoco he conseguido…
Confieso formar parte de lo que ya se ha bautizado como “generación X”, soy uno de esos compradores emergentes que no requieren tocar ni oler un producto para adquirirlo. Hoy, la Red ofrece escasas oportunidades para satisfacer la imperiosa necesidad de una generación que no desea la abolición del comercio tradicional, una generación que algunas mentes cartesianas ven como la nueva Inquisición, dispuesta a arrasar con las fórmulas tradicionales e implantar extraños e incomprensibles métodos futuristas Una generación, eso sí, que se siente a gusto con lo impersonal, características de los adictos a la Red, que concibe la decisión de compra como un acto individual y no desea la interferencia del prescriptor cuando no lo necesita. El consumidor de hoy, pero sobre todo el de mañana, tiene sus propios medios de adquisición del conocimiento previo necesario para una compra.
Tan solo reclamamos el derecho a tener una variedad en las formas y vías de ejercer nuestro acto de consumir y hoy por hoy, a través de la red, en productos de gran consumo, no solo la oferta es escasa, sino que las páginas tardan en descargarse y, en ocasiones, no aparecen todos los productos que se ofrecen en la tienda física. Pero la mayor incongruencia viene cuando el usuario es informado de la fecha de entrega, que para su sorpresa se efectuará “a lo largo del día”. Hoy, comprar en la Red, en la gran superficie o gran almacén, exige permanecer una jornada entera en el domicilio. Sin comentarios…
He llegado a pensar que tal vez la gran superficie no esté interesada en promover este canal; ciertamente la compra por impulso desaparece y consumidor racionaliza más su compra.
Qué duda cabe que el futuro es imparable y nos lanza irremediablemente hacia nuevas fórmulas que transformarán -pero no destruirán necesariamente- el canal de distribución tradicional. Éste deberá adaptarse, asimilar que su escaparate y también sus vendedores son la pantalla de un ordenador, que la gestión de una tienda virtual es diaria, que la logística es elemento fundamental, así como la atención al cliente, o transmitir confianza, esto es, aceptar devoluciones y ofrecer un site seguro. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
Mucho ruido y pocas nueces
Por Mónica Daluz
Deseo fervientemente llenar mi despensa sin tener que perder las mejores horas de la semana deambulando por esos pasillos infinitos; pero no lo consigo. Quiero pagar sin tener que sufrir una cola que parece ser siempre la más lenta en avanzar; y no lo consigo. De la pesada fase final de ese inacabable proceso de compra, liberarme, tampoco he conseguido…
Confieso formar parte de lo que ya se ha bautizado como «generación X», soy uno de esos compradores emergentes que no requieren tocar ni oler un producto para adquirirlo. Hoy, la Red ofrece escasas oportunidades para satisfacer la imperiosa necesidad de una generación que no desea la abolición del comercio tradicional, una generación que algunas mentes cartesianas ven como la nueva Inquisición, dispuesta a arrasar con las fórmulas tradicionales e implantar extraños e incomprensibles métodos futuristas… Una generación, eso sí, que se siente a gusto con lo impersonal, característica de los adictos a la Red, que concibe la decisión de compra como un acto individual y no desea la interferencia del prescriptor cuando no lo necesita. El consumidor de hoy, pero sobre todo el de mañana, tiene sus propios medios de adquisición del conocimiento previo necesario para una compra.
Tan sólo reclamamos el derecho a tener una variedad en las formas y vías de ejercer nuestro acto de consumir y hoy por hoy, a través de la red, en productos de gran consumo, no sólo la oferta es escasa, sino que las páginas tardan en descargarse y, en ocasiones, no aparecen todos los productos que se ofrecen en la tienda física. Pero la mayor incongruencia viene cuando el usuario es informado de la fecha de entrega, para que por su sorpresa se efectuará “a lo largo del día”. Hoy, comprar en la Red, en la gran superficie o gran almacén, exige permanecer una jornada entera en el domicilio. Sin comentarios…
He llegado a pensar que tal vez la gran superficie no esté interesada en promover este canal; ciertamente la compra por impulso desaparece y el consumidor racionaliza más su compra.
Hoy, la red ofrece escasas oportunidades para satisfacer la imperiosa necesidad de una generación que no desea la abolición del comercio tradicional, una generación que algunas mentes cartesianas ven como la nueva Inquisición, dispuesta a arrasar con las fórmulas tradicionales e implantar extraños e incomprensibles métodos futuristas…
Qué duda cabe que el futuro es imparable y nos lanza irremediablemente hacia nuevas fórmulas que transformarán -pero no destruirán necesariamente- el canal de distribución tradicional. Éste deberá adaptarse, asimilar que su escaparate y también sus vendedores son la pantalla de un ordenador, que la gestión de una tienda virtual es diaria, que la logística es elemento fundamental, así como la atención al cliente, o transmitir confianza, esto es, aceptar devoluciones y ofrecer un site seguro.
Hacia dónde vamos?
Algunas consecuencias generales de ese futuro que casi podemos acariciar, son predecibles; asistimos, por fin, al entierro de la burocracia; el local de trabajo se transformará en una continuidad del hogar imponiéndose nuevos estilos y modas; el concepto de empresa virtual dará origen a una transformación de las empresas tradicionales; se iniciará el fin del empleo ortodoxo, y con ello nacerá una tendencia a emprender negocios propios, sobreviviendo una aversión a la organización tradicional.
Una nueva mentalidad emprendedora y globalizada, sustentada en una base creativa será el eje de toda una generación que reacciona ante la mentalidad y la situación de sus progenitores que entregaron la vida a una empresa y viven todavía obsesionados por “un trabajo para toda la vida”.
Esa nueva generación se reinventa cada día porque se siente segura de sus capacidades, vive bajo el lema “aprovecha la oportunidad”, rechaza el orden jerárquico y la autoridad y muestra menor lealtad y compromiso hacia la empresa.
Como todo, Internet será o no, en función del capital que mueva, y en ello, el comercio tiene la última palabra… Por el momento, “mucho ruido, y pocas nueces”.
El canal de distribución tradicional deberá adaptarse, asimilar que su escaparate y también sus vendedores son la pantalla de un ordenador, que la gestión de una tienda virtual es diaria, que la logística es elemento fundamental, así como la atención al cliente, o transmitir confianza, esto es, aceptar devoluciones y ofrecer un site seguro.
Inteligencia emocional: invertir en capital humano
Cada vez es mayor el número de compañías que valoran las otras habilidades. Un expediente brillante o un C.I. -coeficiente intelectual- por encima de la media, ya no impresionan al empresario familiarizado con las diferentes capacidades del individuo que pertenecen más al ámbito de la organización de estructuras cerebrales que al conocimiento técnico.
No es ninguna novedad que excelentes alumnos en su etapa de formación, no llegaran nunca a ocupar puestos de responsabilidad y que otros, que lo fueron menos, estén hoy dirigiendo con éxito importantes empresas.
Por inteligencia emocional entendemos, la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, los sentimientos de los demás, motivarnos y manejar adecuadamente las relaciones que sostenemos con quienes nos rodean y con nosotros mismos. Podríamos resumir los talentos que influyen en el mundo laboral en las cinco habilidades emocionales y sociales básicas: conciencia de uno mismo, autorregulación, motivación, empatía y habilidades sociales.
Un síntoma de inteligencia es, sin duda, la capacidad de adaptación a las nuevas situaciones y un equipo que no interiorice los cambios del entorno no aportará ni las ideas ni la disposición necesarias para contribuir a la evolución y adaptación de la empresa.
Asimismo, los ejecutivos que no han desarrollado la capacidad de escuchar y de aprender comparten rasgos como la rigidez, la incapacidad de adaptarse a los cambios y unas relaciones muy pobres, tendiendo a las críticas muy severas, la insensibilidad o las exigencias exageradas que terminan confundiendo al subordinado. Se trata de inadaptados emocionales con una percepción equívoca de la realidad.
El estudio de estas capacidades, que de unos años a esta parte estaban encaminadas al cultivo de lo que ha venido a llamarse crecimiento personal, es materia, ahora, de rabiosa actualidad en los departamentos de recursos humanos de las más importantes compañías. Ahora, se trata de establecer los métodos de identificar este tipo de capacidades e incorporarlos a los criterios de selección de personal de modo que el empresario se asegure rodearse de un equipo susceptible de ser estimulado, de identificarse con los objetivos de la empresa, capaz de trabajar en equipo, de comprender emocionalmente las diversas situaciones y las problemáticas del resto de los miembros de la comunidad laboral, -esto es, una percepción objetiva de la realidad-, entusiasta, y fácilmente adaptable a los cambios. Mónica Daluz / pdf
Editorial. DVD: Magia y caos…
Como toda revolución, la llegada del nuevo sistema de almacenamiento de datos digital, DVD, está generando grandes escepticismos, y aún más grandes adeptos, pero sobre todo genera desconcierto. La posibilidad de unificar el almacenamiento de datos, cualquiera que sea su naturaleza, en un único soporte, de gran capacidad y calidad, ha dejado de ser ciencia-ficción. Sin embargo, los intereses que se mueven detrás del DVD están convirtiendo una nueva tecnología en todo un embrollo, de modo que el destinatario último de todo este tinglado anda perdido.
Sobre la mesa, varios temas. La protección contra el pirateo es uno de ellos: curiosamente, aún no está en el mercado el grabador DVD video y no sólo se han comenzado a proteger los soportes contra copias, sino que existen ya numerosos mecanismos para eludir esta protección. Por otro lado, se ha acordado dividir el mundo en 8 regiones para la distribución del DVD al objeto de evitar que el consumidor compre su aparato antes de que éste se comercialice en su país, así que tendremos 8 tipos de lectores DVD-Video, incompatibles entre ellos.
Sobre las futuras grabadoras de video, dos cuestiones: las DVD-R sólo pueden grabar los discos una vez, solución nada atractiva, y la versión regrabable, las DVD-RAM, sólo permiten una hora de vídeo y sonido de alta calidad.
En audio, aún no está claro qué formato va a ser el elegido en Europa, y en informática, el DVD-ROM; el pez que se muerde la cola. Un soporte informático ideal por su gran capacidad, pero ¿cómo hacer que el consumidor renuncie a su reciente adquisición, el CD-ROM: invertir dinero, tiempo, y adaptarse mentalmente a una nueva tecnología? y, además, ¿cómo conseguir que se desarrollen productos para una plataforma minoritaria?
En fin, estos son los retos, y las soluciones, a la vuelta de la esquina: la apuesta es unánime, el DVD es el futuro… Mónica Daluz / pdf









