Universo multimedia ¿El valor de lo etéreo? «Estoy pensando en ti»

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OPINIÓN 

Al principio creí que había un problema con el servicio o que tal vez fuera cosa del aparato. Llegué a contar hasta cinco veces seguidas la, digamos, peculiar sintonía del teléfono móvil de mi hija de doce años. Pero no había manera; el tono se cortaba. Ella tocaba algunas teclas y, otra vez: tono, y llamada que se corta. Así hasta cinco.
Resultó que lo hacían a propósito: –Nos hacemos “perdidas”–, dijo la niña con una sonrisa guasona ante mi expresión de perplejidad. Me costó algunos minutos entender la razón o la utilidad de aquel comportamiento; pero claro, el modo, aparentemente inútil, en el que las nuevas generaciones usan también la tecnología, va más allá del intercambio de información. Con las tecnologías de la movilidad, que nos regalan el control sobre el tiempo y el espacio, los chavales experimentan la sensación de estar permanentemente compartiendo su vida. Y eso les gusta.
Mucho ha llovido -seguramente no sea la metáfora más oportuna- desde que en los años 80 los padres con hijos en edad adolescente corrían a matricular a sus retoños en un curso de Basic porque prometía ser el pasaporte para conseguir un puesto de trabajo en la era de la legendaria cifra de los tres millones de parados; aunque, al final, ¿cuántos de aquellos muchachos programaron alguna vez en Basic?…
A grosso modo, la intuición no nos falló; aquello era el futuro o, más bien, la puerta que a él se entreabría.
Pronto el teléfono móvil será un mando a distancia de uso general. Con él apuntaremos hacia la máquina expendedora de naranjada y “zas”: un disparo de información, y la lata será lanzada. Móvil y expendedora habrán intercambiado un sinnúmero de datos, pero el asunto no quedará en una simple transacción económica; será todo un tratado de trazabilidad.
Aquella lata le contará a nuestro terminal móvil qué día recolectaron el 0,02% de naranja que hay en su interior, le dará todos los detalles sobre el conservante que mantiene increíblemente inalterable ese sabor a auténtica naranja y le informará de la referencia del colorante que aporta al susodicho brebaje, un tono más genuino que el del propio fruto yaciendo en el árbol; tal vez, también proporcione al usuario la dirección electrónica del químico que propuso incluir el componente número 52 porque no acababa de ver claro que los 51 que llevaba fueran suficientes.
Quien sabe, si el consumidor le «e-abruma» con reflexiones sobre lo irrelevante que resulta para él el color de aquel líquido y, por el contrario, su interés por preservar el organismo de sustancias no saludables, se percate de que existen otros intereses más allá de las paredes de su laboratorio. Entonces, quizás transmita esa desconcertante inquietud al departamento de marketing que, a su vez, ya se olía algo así porque el becario recién incorporado a la plantilla es weblogger de una bitácora que congrega a varias decenas de personas indignadas por la inacabable lista de ingredientes de las latas de bebida refrescante. Mónica Daluz /
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