Farmacia en órbita

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MEDICINA ESPACIAL 
E
l laboratorio en microgravedad redefine el desarrollo de fármacos

Hoy, en 2026, la medicina espacial ha dejado de ser un ámbito restringido a la protección de los astronautas para convertirse en un campo de investigación con implicaciones directas para la salud en la Tierra. El nuevo impulso de la exploración tripulada, con programas como Artemis y la futura consolidación de plataformas orbitales comerciales, ha intensificado el interés por entender cómo responden el cuerpo humano, los tejidos, las células y las moléculas en entornos de microgravedad. Las agencias espaciales trabajan no solo en sistemas de soporte vital o en medidas de protección frente a la radiación, sino también en experimentos que pueden aportar conocimiento útil para el desarrollo de terapias, la formulación de medicamentos y la comprensión de enfermedades complejas. La microgravedad se ha revelado como una condición experimental singular, capaz de modificar procesos biológicos y físico-químicos de un modo difícilmente reproducible en la Tierra. Y ya se ha producido el salto al sector privado: compañías farmacéuticas como Lilly o Merck están enviando experimentos al espacio, a través de empresas como Varda Space Industries o SpacePharma, que ofrecen a la industria plataformas orbitales capaces de diseñar, ejecutar y recuperar ensayos en cápsulas autónomas con retorno controlado a la Tierra, dando lugar a una nueva cadena logística avanzada.
Pero este expertise es consecuencia de una larga trayectoria de investigación que dio sus primeros pasos en 1973, con Skylab, de la NASA, la primera estación espacial donde se realizaron experimentos médicos y biológicos avanzados de forma sistemática, y se empezó a estudiar el metabolismo, el comportamiento de los medicamentos y la fisiología en microgravedad. Y la Estación Espacial Internacional, donde rotan investigadores de nacionalidades dispares que conviven en un micromundo sin fronteras, permanece habitada de forma ininterrumpida desde el año 2000.
Las últimas misiones son una preparación para estancias prolongadas en el espacio y, a medio plazo, para la exploración profunda. Durante los próximos años convivirán estaciones espaciales habitadas, laboratorios orbitales autónomos y una nueva generación de estaciones comerciales que transformará el acceso a la microgravedad. En ese contexto, la medicina espacial se sitúa en la intersección entre exploración, biotecnología e industria farmacéutica, y empieza a perfilarse como uno de los campos con mayor potencial científico e industrial de la nueva economía espacial.
Mónica Daluz / pdf

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MEDICINA ESPACIAL

El laboratorio en microgravedad redefine el desarrollo de fármacos

Farmacia en órbita

Mónica Daluz
Periodista experta en industria farmacéutica y cosmética
23/07/2026

Hoy, en 2026, la medicina espacial ha dejado de ser un ámbito restringido a la protección de los astronautas para convertirse en un campo de investigación con implicaciones directas para la salud en la Tierra. El nuevo impulso de la exploración tripulada, con programas como Artemis y la futura consolidación de plataformas orbitales comerciales, ha intensificado el interés por entender cómo responden el cuerpo humano, los tejidos, las células y las moléculas en entornos de microgravedad. Las agencias espaciales trabajan no solo en sistemas de soporte vital o en medidas de protección frente a la radiación, sino también en experimentos que pueden aportar conocimiento útil para el desarrollo de terapias, la formulación de medicamentos y la comprensión de enfermedades complejas. La microgravedad se ha revelado como una condición experimental singular, capaz de modificar procesos biológicos y físico-químicos de un modo difícilmente reproducible en la Tierra. Y ya se ha producido el salto al sector privado: compañías farmacéuticas como Lilly o Merck están enviando experimentos al espacio, a través de empresas como Varda Space Industries o SpacePharma, que ofrecen a la industria plataformas orbitales capaces de diseñar, ejecutar y recuperar ensayos en cápsulas autónomas con retorno controlado a la Tierra, dando lugar a una nueva cadena logística avanzada. Pero este expertise es consecuencia de una larga trayectoria de investigación que dio sus primeros pasos en 1973, con Skylab, de la NASA, la primera estación espacial donde se realizaron experimentos médicos y biológicos avanzados de forma sistemática, y se empezó a estudiar el metabolismo, el comportamiento de los medicamentos y la fisiología en microgravedad. Y la Estación Espacial Internacional, donde rotan investigadores de nacionalidades dispares que conviven en un micromundo sin fronteras, permanece habitada de forma ininterrumpida desde el año 2000. Las últimas misiones son una preparación para estancias prolongadas en el espacio y, a medio plazo, para la exploración profunda. Durante los próximos años convivirán estaciones espaciales habitadas, laboratorios orbitales autónomos y una nueva generación de estaciones comerciales que transformará el acceso a la microgravedad. En ese contexto, la medicina espacial se sitúa en la intersección entre exploración, biotecnología e industria farmacéutica, y empieza a perfilarse como uno de los campos con mayor potencial científico e industrial de la nueva economía espacial.

Farmacia en órbita

La nueva era de la medicina espacial

Muchos de nosotros hemos andado emocionados con la última misión, destino “casi la Luna”, de la Artemis II. La emoción no ha sido la misma que la primera vez, la del alunizaje, que los adultos del 69 vivieron en directo y los niños lo hicimos en un diferido con impacto de riguroso directo. El caso es que puede ser el inicio de una era de importantes avances para la humanidad.

Se reactiva una aventura interrumpida en 1972, cuando el cierre del programa Apolo puso fin a las misiones lunares y dispersó buena parte del capital humano e industrial que había permitido llevar al ser humano a la Luna.

Desde entonces, la exploración tripulada dejó de articularse en torno a misiones lunares puntuales y evolucionó hacia una presencia permanente en órbita baja. La Estación Espacial Internacional (ISS), constituida en 1998 y habitada sin interrupción desde noviembre de 2000, se construyó como una infraestructura interdependiente: Estados Unidos, Rusia, Europa, Japón y Canadá aportaron módulos, laboratorios, vehículos de carga, sistemas robóticos, financiación y tripulaciones, bajo la coordinación de sus respectivas agencias espaciales (NASA, Rocosmos, ESA, JAXA y CSA). Más de dos décadas después de su puesta en marcha, la ISS sigue siendo uno de los mayores ejemplos de cooperación científica internacional, sustentada por la contribución coordinada de los países participantes.

La Estación Espacial Internacional, que durante más de un cuarto de siglo ha sido el gran laboratorio científico en órbita, ha envejecido y tiene prevista su retirada hacia el final de la década

En sus más de dos décadas de actividad ininterrumpida, la Estación Espacial Internacional se ha consolidado como el principal laboratorio en microgravedad para las ciencias de la vida. En ella se han llevado a cabo miles de experimentos en biología, medicina y farmacología que han contribuido a comprender procesos fundamentales, desde el comportamiento de proteínas y la cristalización de compuestos hasta la respuesta del sistema inmune o la pérdida de masa ósea y muscular en condiciones de ingravidez.

En el ámbito farmacéutico, la ISS ha ayudado a mejorar la comprensión de la estructura de biomoléculas y a explorar nuevas formulaciones, especialmente en el caso de fármacos biológicos complejos. Pero su mayor aportación ha sido sentar las bases del conocimiento que hoy hace posibles nuevas aplicaciones con potencial industrial.

Paralelamente, en los últimos años nuevos operadores privados ofrecen acceso regular a la microgravedad mediante plataformas orbitales que no requieren una estación espacial. Se trata de sistemas automatizados de experimentación: cápsulas que se lanzan al espacio con un experimento programado, permanecen en órbita durante días o semanas ejecutándose de forma autónoma y regresan posteriormente a la Tierra con las muestras para su análisis. Está surgiendo un ecosistema integrado por empresas aeroespaciales, compañías farmacéuticas, centros de investigación e inversores, articulado mediante una cadena logística que conecta el lanzamiento, la actividad en órbita, el retorno de los materiales y su análisis en Tierra. Empresas como Varda Space Industries o SpacePharma están impulsando este modelo, concebido para ofrecer un acceso más rápido y flexible a la microgravedad.

En los próximos años surgirá una tercera generación de infraestructuras: las estaciones espaciales comerciales. Sustituirán progresivamente a la ISS en la órbita baja terrestre y estarán destinadas a investigación, producción y desarrollo tecnológico. A diferencia de la ISS, no serán gestionadas directamente por agencias espaciales, sino por empresas privadas, que ofrecerán sus instalaciones tanto a gobiernos como a universidades y compañías farmacéuticas. Mientras tanto, las grandes agencias, encabezadas por la NASA, concentrarán cada vez más sus recursos en la exploración del espacio profundo, con la Luna y, más adelante, Marte como principales objetivos.

Las estaciones espaciales o casas-laboratorio constituyen grandes infraestructuras habitadas que funcionan como laboratorios permanentes en órbita...

Las estaciones espaciales o casas-laboratorio constituyen grandes infraestructuras habitadas que funcionan como laboratorios permanentes en órbita baja, como la ISS y la estación china Tiangong. En ellas, los astronautas viven durante meses y reciben periódicamente nuevas tripulaciones y vehículos de carga.

El relevo: así ocurrirá

El relevo ya está programado. La Estación Espacial Internacional ha envejecido y tiene prevista su retirada hacia el final de la década. Diseñada para una vida útil de 15 años, ha seguido en funcionamiento gracias a sucesivas ampliaciones y a un mantenimiento constante. Cada nueva expedición dedica una parte importante de su tiempo a reparar, sustituir o actualizar sistemas que acusan el desgaste de más de dos décadas de funcionamiento. La retirada culminará a finales de 2030 o principios de 2031. Un vehículo de desorbitación se acoplará a la ISS y la empujará lentamente hasta provocar su reentrada controlada en la atmósfera. La mayor parte de la estación se desintegrará y los restos que sobrevivan caerán en el Punto Nemo, en el Pacífico Sur, donde ya reposan los fragmentos de otras grandes estructuras espaciales, como la estación rusa Mir y varias estaciones Salyut.

Con el objetivo de garantizar una presencia humana ininterrumpida y la continuidad de la investigación en órbita baja, la NASA está impulsando y financiando el desarrollo de varias estaciones espaciales comerciales, a las que en el futuro prevé acceder como un cliente más. Estas nuevas plataformas comerciales asumirán progresivamente la investigación y parte de la actividad industrial en microgravedad, sustituyendo el modelo actual basado en una única gran infraestructura internacional gestionada por agencias públicas.

Durante la transición hacia la retirada de la ISS, la primera estación comercial en tomar el relevo en órbita baja será la Haven-1, de Vast Space, concebida como un laboratorio comercial de microgravedad y como banco de pruebas de nuevos hábitats orbitales. Está previsto que sus sucesoras incorporen sistemas de gravedad artificial que permitan estancias más prolongadas y acerquen la vida en el espacio a las condiciones necesarias para la exploración profunda.

Próximas estaciones orbitales comerciales

Haven-1 (Vast Space). Con lanzamiento previsto para 2027, será una estación comercial de microgravedad concebida para investigación, desarrollo tecnológico y preparación de futuras plataformas de mayor tamaño. La compañía plantea que sus sucesoras incorporen sistemas de gravedad artificial.

Axiom Station (Axiom Space). Nacerá de forma progresiva mediante módulos acoplados inicialmente a la ISS. Cuando esta sea retirada, los módulos se desacoplarán para formar una estación independiente orientada a investigación, industria y misiones institucionales.

Starlab (Voyager Technologies, Airbus, Mitsubishi Corporation y MDA Space). Diseñada como laboratorio orbital permanente para investigación científica, biotecnología y fabricación avanzada, con participación internacional y vocación de sustituir parte de la capacidad científica de la ISS.

Orbital Reef (Blue Origin y Sierra Space). Concebida como un “parque empresarial” en órbita, combinará investigación, producción industrial, servicios comerciales y actividad institucional.

Laboratorio orbital a medida

Los nuevos laboratorios orbitales farmacéuticos se basan en cápsulas automatizadas y miniaturizadas capaces de albergar experimentos biológicos o físico-químicos en condiciones controladas de temperatura, mezcla y observación. A diferencia del modelo tradicional de la ISS, donde los experimentos dependían de astronautas e infraestructuras complejas, las nuevas plataformas privadas funcionan como sistemas autónomos, como un servicio de laboratorio externalizado: el cliente define el objetivo experimental —por ejemplo, cristalizar un anticuerpo monoclonal, estudiar una formulación o cultivar células en microgravedad— y la empresa espacial diseña e integra el experimento dentro de un módulo sellado que viaja al espacio en un lanzador comercial como el Falcon 9 de SpaceX o el Electron de Rocket Lab. Una vez en órbita, el sistema ejecuta automáticamente las secuencias programadas durante días o semanas, registrando parámetros físicos y biológicos y, en algunos casos, transmitiendo datos en tiempo real a la Tierra. La fase crítica de la operación es el retorno controlado. Empresas como Varda Space Industries han desarrollado cápsulas reutilizables que pueden reentrar en la atmósfera y aterrizar con el material experimental intacto, algo esencial para aplicaciones farmacéuticas.

Retorno de una cápsula Varda tras una misión orbital...

Retorno de una cápsula Varda tras una misión orbital. La cápsula de reentrada, de unos 90 centímetros de diámetro, transporta en su interior el módulo de procesamiento farmacéutico donde se realizan los experimentos en microgravedad. Tras completar la misión, se separa de la plataforma satelital, reentra en la atmósfera a velocidades cercanas a Mach 25 (más de 28.000 km/h) y aterriza mediante paracaídas. Una vez recuperada, el material experimental se devuelve a los clientes para su análisis en Tierra.

Microgravedad, ¿qué hace?

En la Tierra, muchos procesos están dominados por la gravedad, que induce convección en los fluidos, sedimentación de partículas y gradientes de densidad. En microgravedad, estos efectos prácticamente desaparecen y el transporte de masa pasa a estar regido principalmente por la difusión.

En el ámbito farmacéutico, esta circunstancia favorece un crecimiento más uniforme de los cristales y facilita la obtención de estructuras moleculares de mayor calidad. La microgravedad también altera la forma en que las células crecen, se organizan y se comunican, dando lugar a modelos tridimensionales más parecidos a los tejidos reales y ofreciendo nuevas oportunidades para estudiar enfermedades, evaluar tratamientos y comprender procesos biológicos complejos.

La investigación en microgravedad se extiende también al estudio del sistema inmune y a la ingeniería de tejidos, dos líneas con potencial para la medicina regenerativa.

El espacio se está consolidando como un laboratorio excepcional para estudiar procesos fundamentales que en la Tierra permanecen ocultos por la acción constante de la gravedad.

Cristalización y diseño de fármacos

La obtención de cristales de alta calidad es un paso clave en el desarrollo de fármacos. Su análisis mediante técnicas como la difracción de rayos X permite determinar la estructura tridimensional de proteínas y otras biomoléculas, fundamento del diseño racional de fármacos basado en la estructura (Structure-Based Drug Design, SBDD).

En condiciones terrestres, la convección y la sedimentación pueden introducir imperfecciones durante el crecimiento cristalino. En microgravedad, al reducirse estos fenómenos, los cristales tienden a formarse de manera más ordenada, con menor densidad de defectos y mayor homogeneidad. Esto se traduce en datos estructurales de mayor resolución, lo que permite identificar con mayor precisión los denominados “sitios de unión” de los fármacos y optimizar su diseño.

Este enfoque resulta especialmente relevante en el desarrollo de fármacos biológicos, como los anticuerpos monoclonales, donde pequeñas variaciones estructurales pueden afectar a la estabilidad y la eficacia del medicamento, condicionando también las opciones de formulación y, con ello, su vía de administración. Es el caso del experimento realizado en la Estación Espacial Internacional con pembrolizumab (Keytruda), de Merck, uno de los medicamentos más utilizados en inmunoterapia frente a diversos tipos de cáncer. Los resultados mostraron que en microgravedad podían obtenerse suspensiones cristalinas del anticuerpo mucho más homogéneas, menos viscosas y con mejores propiedades físicas que las obtenidas en la Tierra, abriendo la posibilidad de desarrollar formulaciones que permitan vías de administración más cómodas para los pacientes. Hasta ahora se administraba en el hospital por vía intravenosa y las nuevas formulaciones permiten su administración con una simple inyección bajo la piel.

La aplicación de herramientas de inteligencia artificial al diseño y la optimización de procesos de cristalización ya ha empezado a acelerar esta disciplina. Su uso, todavía incipiente, en laboratorios autónomos de universidades, centros de investigación y algunas empresas permite, por ejemplo, predecir qué condiciones tienen más probabilidades de producir cristales de calidad, anticipar qué forma cristalina adoptará un principio activo o ajustar en tiempo real parámetros fisicoquímicos para obtener cristales con el tamaño y la pureza deseados.

¿Por qué nos fascinan los cristales?

¿Por qué nos fascinan los cristales?

Evolutivamente, nuestro ojo está entrenado para detectar superficies brillantes y traslúcidas porque durante milenios eso significaba agua limpia. Además, en la antigüedad, encontrar algo con ángulos rectos o caras planas en la naturaleza, donde casi todo es curvo, irregular o se pudre, resultaría, cuando menos, llamativo. La antropología también explica que, por su escasez y dificultad de hallazgo, los cristales se convirtieron en herramientas de poder para chamanes y líderes, y símbolo de prestigio social.

Desde el punto de vista psicológico, la simetría perfecta y la geometría repetitiva de los cristales reducen la carga cognitiva: el cerebro las procesa con muy poco esfuerzo. Esa legibilidad visual genera una sensación de calma y control. Y, según la teoría de la fluidez cognitiva, nos gusta lo que comprendemos de inmediato. Al ver un cristal, el cerebro reconoce un patrón organizado instantáneamente, lo que dispara una señal de placer (recompensa dopaminérgica). También son símbolo de pureza: la transparencia y la falta de imperfecciones se asocian con la honestidad, la claridad mental y lo incorruptible.

Incluso parece haber una geometría para cada momento de la vida…, con una transición algo así como “de Van der Rohe a Gaudí”. La geometría recta, el minimalismo y materiales como el vidrio se asocian a menudo con etapas vitales marcadas por la búsqueda de orden, eficiencia, proyección, estatus… Tras periodos de mucho estrés o sobreestimulación externa, se tiende a la aspiración al bienestar, a formas orgánicas que responden a nuestra afinidad innata por la naturaleza —biofilia— y evocan refugio, bienestar y seguridad. Las formas curvas y fluidas activan menos la amígdala (la zona que se activa ante una amenaza) que los ángulos afilados. No es que pasemos del orden al desorden, sino de la geometría de lo inerte a la geometría de lo vivo: un orden —una matemática— mucho más complejo. Ese que Gaudí supo ver en la naturaleza.

El negocio de la microgravedad

La investigación biomédica en órbita ya no pertenece solo al ámbito científico. Según un informe elaborado por el Foro Económico Mundial y McKinsey, la economía espacial global podría alcanzar los 1,8 billones de dólares en 2035, frente a los 630.000 millones registrados en 2023. Así, la fabricación y el procesamiento de materiales en órbita aparecen como uno de los segmentos con mayor potencial de crecimiento.

La retirada prevista de la Estación Espacial Internacional hacia 2030 está acelerando la transición hacia plataformas comerciales. Empresas como Axiom Space, Starlab, Orbital Reef o Vast desarrollan estaciones orbitales destinadas a albergar investigación, producción y servicios en microgravedad. Aunque la fabricación farmacéutica en el espacio continúa siendo una actividad incipiente, la aparición de una cadena de valor completa —proveedores de lanzamiento, laboratorios orbitales, sistemas de retorno y clientes industriales— está transformando la microgravedad de un recurso experimental escaso en una infraestructura tecnológica con vocación comercial. Varda resume esta visión con un objetivo ambicioso: “convertir la reentrada en una actividad rutinaria” y hacer que una fábrica espacial forme parte habitual y fiable de la cadena de desarrollo farmacéutico.

Epílogo. Más allá de Orión

Además de sus aplicaciones directas en biomedicina, la investigación en el espacio está aportando claves fundamentales sobre el origen y los límites de la vida. Las condiciones de microgravedad, radiación y aislamiento permiten estudiar cómo se comportan moléculas orgánicas, microorganismos y sistemas biológicos en entornos extremos, algunos de ellos comparables a los que pudieron existir en la Tierra primitiva o que podrían darse en otros cuerpos del sistema solar. Experimentos realizados en órbita han demostrado la capacidad de ciertos microorganismos para resistir el vacío y la radiación, así como la estabilidad de compuestos orgánicos complejos en estas condiciones.

Este conocimiento no solo tiene implicaciones para la astrobiología, sino también para la salud humana: entender cómo se dañan y reparan las células, cómo se adaptan los organismos o cuáles son los límites de la vida aporta información valiosa en campos como la oncología, la inmunología o la medicina regenerativa.

Los astronautas ya están listos e impacientes por ser llamados para su próxima misión. La Agencia Espacial Europea (ESA) tiene en “la rampa de salida” a dos españoles: Pablo Álvarez —astronauta de carrera— y Sara García Alonso —doctora en Biología Molecular del Cáncer e investigadora del CNIO, que ya ha completado el programa de formación de la reserva—. Los astronautas seleccionados están preparados tanto para ir a la ISS como para participar en proyectos de ciencia en otras plataformas orbitales, dependiendo de los acuerdos que la ESA alcance con diferentes agencias y empresas aeroespaciales en el futuro.

El ser humano es una especie de exploradores incansables y visitar otros mundos es una aspiración colectiva

El ser humano es una especie de exploradores incansables y visitar otros mundos es una aspiración colectiva.

Y es en las idas y venidas de astronautas, provisiones y demás carga espacial donde SpaceX, de Elon Musk, cobra protagonismo, proporcionando naves de transporte y servicios de lanzamiento tanto para las agencias estatales como para el sector privado. Su irrupción ha abaratado costes, lo que está posibilitando el acceso de nuevos actores a la microgravedad.

Solo estamos colocando los primeros ladrillos de esa pasarela hacia las estrellas por la que tantos científicos trabajan, desde distintas especialidades y disciplinas. Es el principio de un viaje muy largo.

Entretanto, por lo que respecta a la “ocupación” de la órbita baja, habría que ir legislando. De hecho, urge hacerlo.

El desarrollo de esta nueva economía espacial, con el desplazamiento de las agencias hacia la exploración profunda y la entrada de estaciones orbitales comerciales no está exento de interrogantes. La creciente concentración de capacidades de lanzamiento y acceso al espacio en torno a un reducido número de operadores privados ha abierto un debate sobre la soberanía tecnológica y la dependencia estratégica de infraestructuras críticas.

La autoridad moral de la ciencia ha logrado que la neutralidad haya sido la única bandera que ha ondeado allí arriba, hasta la fecha.

La era de “la conquista del espacio” —expresión algo soberbia, incluso grosera— deja paso a la era de “el uso del espacio” —inquietante— por operadores privados —doblemente inquietante—. Es cierto que el Tratado sobre el Espacio Exterior de 1967 (instrumento jurídico que regula el derecho internacional del espacio ultraterrestre) preserva el principio de no apropiación del espacio y su uso en beneficio de toda la humanidad. De hecho, la premisa es tan obvia que ni los regímenes sustentados en el uso de la fuerza han osado vulnerarla. La autoridad moral de la ciencia ha logrado que la neutralidad haya sido la única bandera que ha ondeado allí arriba, hasta la fecha. El tratado contempla incluso la presencia de entidades privadas, señalando la responsabilidad de los estados frente a “actividades nacionales en el espacio, ya sean realizadas por organismos gubernamentales o por entidades privadas”. Pero hay, y habrá, un sinfín de nuevas circunstancias que no podían preverse en su momento, como el uso masivo de satélites comerciales, la minería de asteroides o el turismo espacial.

Y es que, aunque somos más, ya se sabe lo que pasa “cuando los buenos no hacen nada”… Movamos ficha: legislemos.

La exploración espacial focaliza su mirada hacia lugares que cada vez nos parecen menos lejanos. Paradójicamente, los que han estado allí sienten que aquel abismo les devuelve a lo más humano de nosotros mismos: el miedo, el vínculo, la pérdida, la gratitud… El comandante Wiseman explicó, al volver de la misión Artemis II, cuán profundamente conectado se sintió con los seres humanos anónimos que estábamos en la Tierra.

Artemis II no ha sido solo una misión de prueba para el regreso a la Luna. Ha sido también una misión intensamente humana, narrada en abierto, compartida casi en tiempo real, por una tripulación que no ha escondido la emoción de lo vivido en el pequeño habitáculo de la cápsula Orión. Uno de los gestos más simbólicos fue dedicar un cráter lunar a Carroll, la esposa fallecida del comandante Reid Wiseman.

La tripulación de Artemis II refleja otra dimensión de la exploración: la experiencia acumulada, la capacidad de liderazgo y la madurez emocional necesarias para afrontar misiones cada vez más largas, complejas y alejadas de la Tierra. Con 50 años, Wiseman se convirtió en la persona de mayor edad en viajar más allá de la órbita terrestre baja.

Los cuatro miembros acumulaban experiencia previa en vuelos espaciales, mando de equipos y operaciones de alta complejidad. La imagen de la tripulación descendiendo uno tras otro del helicóptero por su propio pie tras la misión ponía los pelos de punta. La selección de Artemis refleja una nueva concepción del astronauta: la experiencia, la capacidad de liderazgo y la fortaleza psicológica parecen pesar tanto como las habilidades técnicas.

A Artemis II (Artemis es hermana de Apolo en la mitología) le seguirán Artemis III, IV, V…, cada una con objetivos cada vez más ambiciosos. La tecnología que habrá que desarrollar para hacer posible el reto del espacio profundo terminará encontrando aplicaciones aquí, en la Tierra. Como ocurrió con la telemedicina, la monitorización remota de pacientes o los sistemas avanzados de tratamiento del agua, que surgieron en el entorno de la investigación espacial, las próximas misiones empujarán a desarrollar tecnologías que solucionarán problemas en la Tierra. La gestión del agua. La construcción con regolito lunar. La producción de alimentos en entornos cerrados. Todo aquello que obligue a aprender a vivir fuera de la Tierra terminará enseñándonos a vivir mejor en ella.

Dice el saber popular que las comparaciones no son buenas, y que las churras no deben mezclarse con las merinas ni el tocino con la velocidad. Y es que una cosa es elucubrar —y es muy lícito— sobre lo que podría hacerse por el planeta y sus gentes con el coste de las misiones espaciales —repartir hasta morir, metafóricamente…—, y otra es —la que nos ha traído hasta aquí— caminar siempre hacia adelante.

No hay destino…

… Salvo el que construyamos.

Entrevista a Michael Reilly, director de Estrategia de Varda Space Industries

Entrevista a Michael Reilly, Varda Space Industries
MEDICINA ESPACIAL 
“El mercado está pasando de la prueba de concepto demostrada a una realidad precomercial”

La compañía estadounidense Varda Space Industries se ha convertido en uno de los actores más visibles de la nueva economía orbital, basada en plataformas privadas capaces de fabricar materiales en microgravedad y devolverlos posteriormente a la Tierra. Desde la sede de Varda Space Industries en El Segundo (California), Michael Reilly, director de Estrategia de la compañía, nos explica en esta entrevista cómo funciona este modelo de producción farmacéutica en órbita, qué ventajas aporta la microgravedad en procesos como la cristalización de fármacos y por qué empresas del sector biotecnológico empiezan a considerar el espacio no ya como un entorno experimental aislado, sino como una futura infraestructura industrial. Reilly aborda también los retos técnicos y regulatorios de este nuevo mercado y el papel que pueden desempeñar sistemas reutilizables de transporte y retorno de carga en el desarrollo de medicamentos. Mónica Daluz / pdf

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MEDICINA ESPACIAL

“El mercado está pasando de la prueba de concepto demostrada a una realidad precomercial”

Entrevista a Michael Reilly, director de Estrategia de Varda Space Industries

Mónica Daluz
Periodista experta en industria farmacéutica y cosmética
23/07/2026

La compañía estadounidense Varda Space Industries se ha convertido en uno de los actores más visibles de la nueva economía orbital, basada en plataformas privadas capaces de fabricar materiales en microgravedad y devolverlos posteriormente a la Tierra. Desde la sede de Varda Space Industries en El Segundo (California), Michael Reilly, director de Estrategia de la compañía, nos explica en esta entrevista cómo funciona este modelo de producción farmacéutica en órbita, qué ventajas aporta la microgravedad en procesos como la cristalización de fármacos y por qué empresas del sector biotecnológico empiezan a considerar el espacio no ya como un entorno experimental aislado, sino como una futura infraestructura industrial. Reilly aborda también los retos técnicos y regulatorios de este nuevo mercado y el papel que pueden desempeñar sistemas reutilizables de transporte y retorno de carga en el desarrollo de medicamentos.

Michael Reilly, director de Estrategia de Varda Space Industries

Michael Reilly, director de Estrategia de Varda Space Industries.

En los últimos años estamos viendo cómo la investigación en microgravedad está pasando de un modelo institucional, ligado a grandes infraestructuras como la Estación Espacial Internacional, a propuestas más flexibles que permiten diseñar experimentos, enviarlos a órbita, ejecutarlos y recuperar los resultados en plazos relativamente cortos. En este contexto, Varda plantea un modelo propio basado en plataformas orbitales con retorno a la Tierra. ¿Podría explicar con detalle cómo funciona este proceso —desde el diseño del experimento hasta la recuperación del material— y qué implicaciones tiene para la investigación farmacéutica?

Varda se encarga de todo el proceso: la selección preliminar en Tierra identifica las moléculas candidatas más adecuadas, el módulo de procesamiento farmacéutico se carga en nuestra cápsula y se lanza a órbita en un cohete de SpaceX, el Falcon 9, en una misión compartida con otros satélites y cargas comerciales, y el experimento se desarrolla de forma autónoma.

Cuando el procesamiento concluye, la cápsula se separa de la plataforma satelital, reentra en la atmósfera a Mach 25 (unas 25 veces la velocidad del sonido) y aterriza en paracaídas, momento en el que recuperamos la carga y la devolvemos a nuestros socios. Para la industria farmacéutica, esto transforma la microgravedad de un experimento puntual en la ISS en una etapa repetible y habitual dentro del proceso de desarrollo de medicamentos.

Varda convierte la fabricación de compuestos farmacéuticos en microgravedad en un proceso repetible...

Varda convierte la fabricación de compuestos farmacéuticos en microgravedad en un proceso repetible, desde el lanzamiento al espacio hasta el regreso seguro de las muestras a la Tierra para su análisis.

¿Qué diferencia aporta el enfoque de Varda frente al modelo tradicional y cómo cambia esto el acceso de la industria farmacéutica a la microgravedad?

Varda opera una nave totalmente autónoma y de vuelo libre, y nuestra cadencia puede ajustarse a los tiempos de desarrollo farmacéutico. A comienzos de la década de 2030, Varda espera alcanzar una frecuencia mensual de reentrada combinando demanda gubernamental y comercial.

En vuestro caso, el elemento central no es solo el experimento, sino la propia cápsula que actúa como entorno de producción en microgravedad y que, además, debe garantizar el retorno seguro del material a la Tierra. ¿Qué retos técnicos implica integrar en un mismo sistema funciones de fabricación y de transporte?

La nave de la serie W consta de tres partes: una plataforma satelital que proporciona energía y propulsión, una cápsula de reentrada de 0,9 metros y un módulo de procesamiento farmacéutico en cuyo interior se aloja el principio activo. La misión W-5 incorporó por primera vez la plataforma satelital desarrollada internamente por Varda y un escudo térmico fabricado también por la compañía a partir de C-PICA, un material ablativo desarrollado originalmente en el Ames Research Center de la NASA. El mayor reto técnico consiste en utilizar equipamiento farmacéutico estándar de laboratorio —como reactores de cristalización, sistemas de manejo de fluidos o controles térmicos de alta precisión— y rediseñarlo completamente para hacerlo apto para el entorno espacial.

La nave W-5 de Varda integra una plataforma satelital propia...

La nave W-5 de Varda integra una plataforma satelital propia, una cápsula de reentrada y un módulo de procesamiento farmacéutico adaptado para operar en las condiciones de microgravedad del espacio.

Desde el punto de vista farmacéutico, la microgravedad está permitiendo avanzar en áreas como la cristalización de fármacos, la mejora de formulaciones o el estudio de sistemas biológicos complejos. A partir de vuestra experiencia, ¿en qué tipo de compuestos o procesos se están observando resultados más prometedores y con mayor potencial de aplicación en la industria?

La microgravedad suprime fenómenos como la convección, la sedimentación y la flotabilidad, permitiendo que los cristales se formen en un entorno mucho más controlado que el que es posible en la Tierra. Esto permite ajustar el tamaño de partícula y puede dar lugar tanto a grandes cristales ordenados para determinaciones estructurales de alta resolución como a partículas pequeñas y uniformes destinadas a mejorar la administración de fármacos. Las aplicaciones más prometedoras a corto plazo son la reformulación de moléculas pequeñas y los anticuerpos monoclonales, cuya cristalización ha sido históricamente muy difícil. Recientemente, Varda anunció una colaboración con United Therapeutics Corporation para explorar el uso de la microgravedad en el desarrollo de formulaciones mejoradas para tratamientos de enfermedades pulmonares raras.

La cristalización en microgravedad permite obtener estructuras más uniformes y controladas...

La cristalización en microgravedad permite obtener estructuras más uniformes y controladas, abriendo nuevas posibilidades para mejorar la formulación de medicamentos y anticuerpos monoclonales.

El caso del pembrolizumab (Keytruda), de Merck, se ha convertido en uno de los ejemplos más relevantes para explicar el potencial de la microgravedad en el ámbito farmacéutico. ¿Qué se ha conseguido exactamente en microgravedad con este medicamento, cómo ha funcionado el proceso y por qué se considera un avance significativo desde el punto de vista farmacéutico?

Merck llevó a cabo experimentos de cristalización con pembrolizumab en la ISS con el objetivo de desarrollar una formulación inyectable subcutánea que sustituyera a la actual administración intravenosa. Las condiciones de microgravedad produjeron un resultado que sirvió para orientar el desarrollo de una formulación subcutánea que actualmente ya está en el mercado, aunque no utilizó los cristales obtenidos en microgravedad porque no existía una forma de producir mayores cantidades en la ISS. El enfoque de Varda, basado en vuelos no tripulados y alta frecuencia de retorno, hace ahora posible esa escalabilidad.

En los últimos años estamos viendo cómo la fabricación en órbita empieza a configurarse como un nuevo segmento industrial, con previsiones de crecimiento significativas y una progresiva entrada de actores privados, especialmente en el ámbito de la biomedicina. En este contexto, ¿cómo valoráis la evolución real de este mercado? ¿En qué punto diríais que se encuentra actualmente —fase experimental, preindustrial o ya de desarrollo comercial— y qué factores serán determinantes para que la fabricación en microgravedad se consolide como una actividad económica viable? ¿Qué papel están empezando a desempeñar las compañías farmacéuticas en este nuevo entorno?

El mercado está pasando de la prueba de concepto demostrada a una realidad precomercial: la ciencia ya está establecida, los primeros modelos económicos están empezando a validarse y actores relevantes de la biofarmacia comienzan a implicarse como socios y no solo como observadores. Varda está construyendo la primera vía para comercializar décadas de trabajo desarrollado en la ISS. Los factores decisivos a partir de ahora serán la frecuencia de vuelo, la claridad regulatoria sobre medicamentos fabricados en órbita y la traslación clínica de las mejoras en formulación.

La fabricación de medicamentos en microgravedad avanza hacia su etapa precomercial...

La fabricación de medicamentos en microgravedad avanza hacia su etapa precomercial, impulsada por una mayor participación de la industria biofarmacéutica y el desarrollo de un marco operativo cada vez más consolidado.

En paralelo al desarrollo de nuevas actividades en órbita, también está creciendo la preocupación por el impacto ambiental del uso del espacio, especialmente en relación con la generación de residuos y la sostenibilidad de las operaciones. En el caso de vuestro modelo, basado en plataformas con retorno a la Tierra, ¿qué medidas se están adoptando para minimizar la generación de basura espacial y garantizar un uso responsable del entorno orbital?

El modelo de Varda no genera basura espacial: las misiones son cortas, la cápsula se recupera físicamente en la Tierra, la plataforma satelital se destruye durante la reentrada en la atmósfera y no queda nada en órbita a largo plazo.

Entrevista a José Antonio Gavira, investigador científico del CSIC en el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (IACT) y jefe del Laboratorio de Estudios Cristalográficos (LEC)

Entrevista a José Antonio Gavira, CSIC
MEDICINA ESPACIAL 
“Cuanto mejor conozcamos el ‘sitio de unión’, mejor podremos diseñar un fármaco que encaje con la mayor precisión”

La cristalización de proteínas ocupa un lugar central en el desarrollo de nuevos medicamentos, al permitir obtener estructuras moleculares de alta resolución y comprender con mayor precisión cómo interactúan los fármacos con sus dianas biológicas. En esta entrevista, José Antonio Gavira —investigador del CSIC y referente internacional en cristalografía— explica por qué la calidad de un cristal puede condicionar el avance de un medicamento, qué aporta la microgravedad a estos procesos y cómo la investigación espacial está empezando a generar aplicaciones de interés para la industria farmacéutica. Su laboratorio ha sido pionero en el desarrollo de técnicas de cristalización por contradifusión utilizadas en experimentos de microgravedad por agencias como la ESA, la NASA o la JAXA. Gavira aborda también el papel de estas investigaciones en proyectos internacionales y las colaboraciones con compañías farmacéuticas, y nos ilustra sobre los límites reales de la fabricación de fármacos en órbita. Mónica Daluz / pdf

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MEDICINA ESPACIAL

“Cuanto mejor conozcamos el ‘sitio de unión’, mejor podremos diseñar un fármaco que encaje con la mayor precisión”

Entrevista a José Antonio Gavira, investigador científico del CSIC en el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (IACT) y jefe del Laboratorio de Estudios Cristalográficos (LEC)

Mónica Daluz
Periodista experta en industria farmacéutica y cosmética
23/07/2026

La cristalización de proteínas ocupa un lugar central en el desarrollo de nuevos medicamentos, al permitir obtener estructuras moleculares de alta resolución y comprender con mayor precisión cómo interactúan los fármacos con sus dianas biológicas. En esta entrevista, José Antonio Gavira —investigador del CSIC y referente internacional en cristalografía— explica por qué la calidad de un cristal puede condicionar el avance de un medicamento, qué aporta la microgravedad a estos procesos y cómo la investigación espacial está empezando a generar aplicaciones de interés para la industria farmacéutica. Su laboratorio ha sido pionero en el desarrollo de técnicas de cristalización por contradifusión utilizadas en experimentos de microgravedad por agencias como la ESA, la NASA o la JAXA. Gavira aborda también el papel de estas investigaciones en proyectos internacionales y las colaboraciones con compañías farmacéuticas, y nos ilustra sobre los límites reales de la fabricación de fármacos en órbita.

José Antonio Gavira, investigador científico del CSIC en el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (IACT) y jefe del Laboratorio de Estudios Cristalográficos (LEC)

José Antonio Gavira, investigador científico del CSIC en el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (IACT) y jefe del Laboratorio de Estudios Cristalográficos (LEC).

En el desarrollo de fármacos, especialmente en el ámbito de proteínas terapéuticas y dianas biológicas, se considera esencial conocer la estructura tridimensional de las moléculas para comprender su función, sus interacciones y su potencial optimización; desde su experiencia, ¿qué papel juega esta información estructural en el proceso farmacéutico y hasta qué punto condiciona el avance de un medicamento?

Este es un punto clave. Cualquier principio activo, cualquier fármaco, actúa o ejerce su función a través de las interacciones con el receptor, la proteína diana. Estas interacciones son contactos a nivel atómico en lo que llamamos el sitio de unión del fármaco en la proteína. Pues bien, cuanto mejor conozcamos el sitio de unión, mejor podremos diseñar un fármaco que encaje con la mayor precisión, con más fuerza o lo que es lo mismo con un mayor número de contactos, de interacciones. Por tanto, un conocimiento más preciso o con mayor nivel de detalle (lo que nosotros denominamos una mejor resolución) de la estructura del receptor del fármaco es esencial y, por tanto, condiciona su desarrollo.

Para poder obtener esa información estructural es necesario transformar sistemas biológicos complejos en cristales analizables, un proceso que sitúa a la cristalografía —disciplina fundamental, pero a menudo poco visible— en un punto clave de la investigación; en la práctica experimental, ¿en qué consiste la cristalización de proteínas, por qué resulta tan difícil y cómo influyen en ella factores físicos como la convección o la sedimentación? ¿Y cuál es el papel de la microscopía electrónica en este objetivo?

A nivel experimental la microscopía electrónica (ME), que no requiere de un cristal, está cobrando relevancia y cada año son más los modelos de estructuras de proteínas que se determinan empleando ME y que se depositan en el Banco de Datos de Proteínas (PDB), donde quedan accesibles a todo el mundo. Pero, a día de hoy, solo las estructuras determinadas a partir de datos de difracción de los cristales de proteína nos dan ‘resoluciones’ suficientemente buenas para establecer conclusiones claras. Podríamos decir que mientras la EM nos puede ofrecer una visión global, el detalle de la foto sigue siendo borroso mientras que la cristalografía es capaz de darnos una foto mucho más nítida global y localmente.

Existe una relación directa entre la calidad del cristal de proteína y la resolución a la que difracta los rayos X (cuán nítidos son los detalles de la foto). Un cristal no es otra cosa que un sólido ordenado en las tres dimensiones del espacio. A mayor orden, mejor calidad del cristal y mejor resolución, mejores datos. Si hay desorden en el cristal, debido a la incorporación de impurezas o a un crecimiento demasiado rápido, la calidad se ve comprometida, la foto sale borrosa. La convección representa un flujo rápido y caótico de las moléculas que van a formar el cristal, frente a la difusión donde las moléculas, las proteínas, se mueven lentamente. Aunque es una gran simplificación del problema, esta idea nos ayudará a entender que un cristal que crezca en un medio sin convección lo hará más lentamente, con menos defectos y, por tanto, será de mejor calidad. Pero esta es solo la parte física del problema, lo que mejor sabemos resolver. Sin embargo, la mayor dificultad radica en encontrar las condiciones químicas adecuadas para obtener un cristal, para forzar a las moléculas (las proteínas) que están en solución a unirse unas a otras de forma ordenada para formar el cristal.

Desafortunadamente para esta etapa aún no tenemos una solución global. Para cada proteína necesitamos recorrer un camino de búsqueda de las condiciones químicas favorables que induzcan la formación del cristal. Eso sí, una vez encontradas, ya nos podemos dedicar a refinar tanto la química como la física (convección, sedimentación, etc.) para mejorar los cristales.

En este sentido, nuestro departamento es internacionalmente conocido por haber desarrollado las técnicas de contradifusión para la cristalización de proteínas de la mano del fundador del Laboratorio de Estudios Cristalográficos (LEC), el profesor Juan Manuel García-Ruiz, que actualmente es profesor Ikerbasque en el DIPC (Donostia International Physics Center). La contradifusión en capilares (CDD), técnica sobre la que realicé mi tesis de doctorado, permite barrer un gran número de condiciones (químicas) en un medio en el que se minimiza la convección. Su versatilidad y facilidad de implementación han hecho que la CDD sea una de las técnicas más empleadas en experimentos de cristalización en el espacio, en condiciones de microgravedad, por las agencias europea (ESA), americana (NASA) y nipona (JAXA).

Proteína unida a un ligando, ejemplo de fármaco unido al sitio de unión

Proteína unida a un ligando, ejemplo de fármaco unido al sitio de unión.

¿Qué tipo de colaboración mantiene el Laboratorio de Estudios Cristalográficos (LEC), integrado en el Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (CSIC-UGR), con la industria farmacéutica? ¿Trabajan habitualmente con empresas farmacéuticas o biotecnológicas en proyectos de cristalización de proteínas? ¿Podría describir algún ejemplo de colaboración concreta con la industria en este ámbito? ¿Qué demandan actualmente las empresas farmacéuticas a grupos como el suyo?

Actualmente nuestro departamento participa en el proyecto europeo PROCRYSTAL, ‘Crystallisation towards efficient and sustainable biomanufacturing’ (HORIZON-MSCA-2023-DN-01), que tiene como objetivo principal promover la cristalización como una alternativa sostenible, eficiente y escalable a los procesos actuales de producción y formulación líquida de fármacos proteicos/peptídicos. En este proyecto participan 7 instituciones y dos compañías, de 8 países distintos y con otros 9 miembros asociados. De las seis compañías que participan, dos son farmacéuticas, Janssen como socio y la francesa Sanofi-Aventis como asociada. PROCRYSTAL es un programa de formación multidisciplinar e intersectorial encargado de formar a la próxima generación de ingenieros y científicos altamente cualificados para la aplicación de la cristalización hacia una bio-manufactura eficiente y sostenible.

En general, la industria farmacéutica posee potentes departamentos de investigación y desarrollo encargados de buscar las dianas terapéuticas, típicamente una proteína, asociadas a una determinada enfermedad. Son procesos largos y costosos con tres fases de desarrollo que se extienden durante años. En ocasiones, la diana biológica de interés farmacéutico puede ser el tema de estudio de un determinado grupo de investigación, lo que les permite establecer una colaboración público/privada. Esta forma de interacción, muy extendida en países como EE.UU., Reino Unido, Alemania, Francia, etc., es hoy poco frecuente en nuestro país, aunque vamos avanzando. En este sentido, la industria suele buscar más bien la optimización de procesos en los que la cristalización juegue un papel relevante. Ocasionalmente se interesan en estudios estructurales concretos, por ejemplo, cuando un grupo de investigación logra controlar la obtención de cristales de una proteína diana asegurando el acceso a los modelos estructurales.

Nuestro departamento, LEC, ha mantenido a lo largo de su historia distintas colaboraciones puntuales con la industria farmacéutica, como PharmaMar, y ha patentado productos como una insulina cristalina con mayor estabilidad y vida media, que dio lugar a la spin-off Crystagel en colaboración con la Universidad de Granada, o la patente de un hidroxiapatito dopado con flúor, en colaboración con el Consiglio Nazionale delle Ricerche italiano, comercializada como la pasta de dientes BioSmalto.

Su grupo ha colaborado con agencias espaciales en experimentos de cristalización en microgravedad; ¿en qué consisten exactamente estos experimentos —tanto en laboratorio terrestre como en plataformas espaciales— y qué tipo de mejoras permiten obtener en los cristales? Desde el punto de vista biomédico y farmacéutico, ¿qué interés tienen estas investigaciones, y hasta qué punto pueden traducirse en avances concretos, como mejoras en la formulación o en la forma de administración de determinados fármacos?

Sí, efectivamente nuestro departamento, de la mano del profesor García-Ruiz, ha impulsado el uso de las técnicas contradifusivas en experimentos llevados a cabo en condiciones de microgravedad, ya fuesen en el transbordador americano (Shuttle), en la Estación Espacial Internacional (ISS) o en las cápsulas rusas Soyuz (tripulada) o la Progress (de carga), en las que he participado a lo largo de los últimos 20 años. En el departamento desarrollamos y usamos en varias misiones los reactores de cristalización que bautizamos como la Granada Crystallization Box (GCB) alojados en la Granada Crystallization Facility (GCF). La característica fundamental de estos reactores es que no requerían intervención humana en el espacio y que permitían una alta densidad de experimentos (más de 300) en un volumen de poco más de 1,3 L y 5 Kgr de peso final, de la versión GCF-2. Tras su preparación en tierra, normalmente en el lugar de lanzamiento, el experimento comenzaba en ese mismo momento, pero con una secuencia temporal ajustada para que los eventos de nucleación y crecimiento de los cristales ocurrieran al alcanzar la órbita adecuada en condiciones de microgravedad. En estos años de experimentación espacial se ha acumulado una gran cantidad de conocimiento fundamental, que nos ha permitido, por ejemplo, entender cómo funciona la técnica de contradifusión y, en el ámbito de la aplicación, se ha demostrado que medios sin convección permiten mejorar la calidad de los cristales y, en algunos casos, controlar su tamaño. Algo que, a día de hoy, podemos emular en tierra empleando capilares, geles o campos externos (eléctricos y/o magnéticos).

Cristales crecidos en capilares por el método CDD

Cristales crecidos en capilares por el método CDD.

En un momento en el que agencias espaciales y actores industriales están impulsando la investigación en microgravedad con expectativas relevantes en biomedicina, ¿qué papel cree que puede desempeñar este campo en los próximos años y hasta qué punto considera que existe una percepción sobredimensionada sobre su impacto en la fabricación de fármacos en órbita?

Bueno, es difícil contestar de forma concreta y clara a esta pregunta, ya que son muchas las agencias espaciales que desarrollan programas de investigación paralelos con objetivos muy diversos. Este tipo de información se recoge en publicaciones especializadas como el último libro blanco de la ESA SciSpacE 2021 (ROADMAP: Soft Matter and Biophysics) o, más recientemente, la revisión titulada ‘Roadmap on Materials Development and Utilization in Space’ (Hoja de ruta para el desarrollo y la utilización de materiales en el espacio) en Journal of Physics: Materials, ya en producción, en el que contribuimos con el capítulo ‘Protein crystallization in Space’ en el que se recoge lo que estamos diciendo de forma resumida en esta entrevista. La microgravedad es sobre todo una herramienta excepcional para estudiar procesos fundamentales que en la Tierra están ocultos por la gravedad, más que una solución inmediata para fabricar fármacos. El beneficio real es más bien indirecto, como la mejora de procesos y tecnologías farmacéuticas a partir del conocimiento adquirido en condiciones de microgravedad. Por ejemplo, el último trabajo que ha publicado la compañía Merck sobre sus experimentos en la ISS con el anticuerpo monoclonal (mAb) Pembrolizumab durante una misión de SpaceX muestra que en condiciones de microgravedad se obtienen cristales más uniformes y en mayor cantidad, mientras que en la Tierra se formaban cristales muy heterogéneos. En el espacio se generaban suspensiones de cristales menos viscosas y más homogéneas. Estos resultados se han trasladado en tierra al empleo de mezcladores rotatorios con control de temperatura, llegando a suspensiones cristalinas uniformes (1–5 μm) con propiedades adecuadas para formulaciones inyectables.

Sí que parece evidente que se está dando un cambio de tendencia, la obtención de mejores cristales para la determinación estructural ya no es el objetivo prioritario. Sin embargo, la posibilidad de desacoplar variables que en la Tierra están acopladas por la gravedad es fundamental para estudiar mezclas de líquidos, suspensiones o soluciones complejas que, además de ser relevantes en otros campos de estudio, también lo son en la industria farmacéutica y en la cristalización de proteínas.

Las nuevas misiones como Artemis incorporan tecnologías para monitorizar la respuesta biológica de los astronautas en microgravedad. ¿Qué valor tienen estos sistemas como plataforma experimental y qué conocimiento pueden aportar a la investigación biomédica en Tierra?

En mi opinión, los astronautas son en sí mismos una fuente de datos tremenda y supongo que así es como se ven desde un punto de vista biomédico. Para cada misión, la tripulación es sometida a un seguimiento continuo antes, durante y después de la misión, lo que genera una gran cantidad de datos. En microgravedad desaparecen factores como la carga mecánica o la sedimentación celular, lo que permite identificar mecanismos biológicos que en la Tierra están enmascarados o mezclados con otros estímulos. Parece que muchos de los cambios observados en los astronautas, como la pérdida de masa ósea y muscular, alteraciones del sistema cardiovascular o del metabolismo, reproducen de forma acelerada procesos asociados al envejecimiento o a enfermedades crónicas. Entender sus bases físicas y biológicas en microgravedad puede ayudar a identificar nuevas dianas terapéuticas, estrategias de prevención o modelos más precisos de ciertas patologías.

El cerebro humano: “Yo, el rey”

El cerebro humano: "Yo, el rey"
NEUROCIENCIA 
La neuromodulación farmacológica busca reprogramar la comunicación sináptica

Su extrema complejidad es su seña de identidad. Pero hoy, tanto las estructuras como el endiabladamente vasto cableado del cerebro —el conectoma— son algo menos indescifrables gracias a tecnologías que permiten “ver” qué ocurre ahí dentro cuando pensamos, cuando recordamos, cuando aprendemos, cuando predecimos o cuando tomamos decisiones.
Proyectos como el Human Brain Project y el BRAIN Initiative nacieron con el objetivo de aplicar este conjunto de técnicas a la comprensión del funcionamiento del cerebro mediante la reproducción digital de su diseño, tratando de obtener un mapa computacional del órgano rey. Aún no se ha logrado, pero ahora sabemos, por ejemplo, que en muchos procesos cognitivos la unidad funcional no es la neurona, sino conjuntos de neuronas; que existen neuronas que, dispersas en el espacio, se activan al mismo tiempo ante un mismo concepto, cualquiera que sea el modo en que se presente el estímulo: las llamadas neuronas de concepto o neuronas de Jennifer Aniston; o que hay evidencia del engrama, la huella física de un recuerdo.
En las próximas décadas curaremos reprogramando circuitos neuronales con fármacos que frenarán el Alzheimer, neuronas de reemplazo en Parkinson, terapias génicas para epilepsias y ELA, y neuroprótesis capaces de devolver voz y movimiento. Leer el pensamiento —para la comunicación con pacientes en coma, por ejemplo—, o borrar recuerdos —en el tratamiento de traumas—, son algunas de las intervenciones en neuromodulación que podremos controlar en un futuro. Ante esta perspectiva, se abre el debate sobre neurodatos y neuroderechos; ya han legislado al respecto Chile y varios estados de Estados Unidos, como Colorado, California y Montana.
Los nuevos hallazgos, además de responder a preguntas que llevan mucho tiempo abiertas, podrían resolver otras nuevas, incluso algunas a las que habíamos casi descartado dar respuesta desde la ciencia; un nutrido sector de la comunidad científica está volcado en hallar dónde reside o cómo se produce biológicamente la consciencia.
Pero no nos engañemos —y no nos frustraremos—, el órgano más importante de nuestro cuerpo es, sin lugar a dudas, el mayor desconocido de la ciencia. Hallazgos sí, y muchos, y muy importantes, pero entender lo que se dice entender, todavía no. Situadas ya las expectativas reales ante la lectura de este reportaje, ahora sí, pónganse cómodos. ¡Arrancamos!
Mónica Daluz / pdf

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NEUROCIENCIA

La neuromodulación farmacológica busca reprogramar la comunicación sináptica

El cerebro humano: “Yo, el rey”

Mónica Daluz
Periodista experta en industria farmacéutica y cosmética
28/01/2026

Su extrema complejidad es su seña de identidad. Pero hoy, tanto las estructuras como el endiabladamente vasto cableado del cerebro —el conectoma— son algo menos indescifrables gracias a tecnologías que permiten “ver” qué ocurre ahí dentro cuando pensamos, cuando recordamos, cuando aprendemos, cuando predecimos o cuando tomamos decisiones. Proyectos como el Human Brain Project y el BRAIN Initiative nacieron con el objetivo de aplicar este conjunto de técnicas a la comprensión del funcionamiento del cerebro mediante la reproducción digital de su diseño, tratando de obtener un mapa computacional del órgano rey. Aún no se ha logrado, pero ahora sabemos, por ejemplo, que en muchos procesos cognitivos la unidad funcional no es la neurona, sino conjuntos de neuronas; que existen neuronas que, dispersas en el espacio, se activan al mismo tiempo ante un mismo concepto, cualquiera que sea el modo en que se presente el estímulo: las llamadas neuronas de concepto o neuronas de Jennifer Aniston; o que hay evidencia del engrama, la huella física de un recuerdo. En las próximas décadas curaremos reprogramando circuitos neuronales con fármacos que frenarán el Alzheimer, neuronas de reemplazo en Parkinson, terapias génicas para epilepsias y ELA, y neuroprótesis capaces de devolver voz y movimiento. Leer el pensamiento —para la comunicación con pacientes en coma, por ejemplo—, o borrar recuerdos —en el tratamiento de traumas—, son algunas de las intervenciones en neuromodulación que podremos controlar en un futuro. Ante esta perspectiva, se abre el debate sobre neurodatos y neuroderechos; ya han legislado al respecto Chile y varios estados de Estados Unidos, como Colorado, California y Montana. Los nuevos hallazgos, además de responder a preguntas que llevan mucho tiempo abiertas, podrían resolver otras nuevas, incluso algunas a las que habíamos casi descartado dar respuesta desde la ciencia; un nutrido sector de la comunidad científica está volcado en hallar dónde reside o cómo se produce biológicamente la consciencia. Pero no nos engañemos —y no nos frustraremos—, el órgano más importante de nuestro cuerpo es, sin lugar a dudas, el mayor desconocido de la ciencia. Hallazgos sí, y muchos, y muy importantes, pero entender lo que se dice entender, todavía no. Situadas ya las expectativas reales ante la lectura de este reportaje, ahora sí, pónganse cómodos. ¡Arrancamos!

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De la medusa a la máquina de pensar

Los seres humanos pensamos, recordamos, imaginamos, decidimos y sentimos porque grupos de neuronas se conectan entre sí mediante procesos químicos y físicos. Las rutas neuronales resultantes en cada instante dependerán, en buena medida, de lo que pase “fuera”, es decir, del entorno. Cuanto perciben nuestros sentidos es decodificado en forma de impulsos eléctricos y sustancias neurotransmisoras que vendrán a conformar nuestra, subjetiva, idea del mundo. Y ese entramado de conexiones, las sinapsis, es la base del pensamiento, la percepción y la memoria.

Como resume el profesor Rodrigo Quian-Quiroga, descubridor de las neuronas de concepto, “lo que da lugar a nuestra mente es simplemente la actividad de billones de neuronas”. Y lo que percibimos no es lo que existe sino lo que nuestro cerebro cree que existe. O, en palabras del profesor Rafael Yuste, ideólogo del proyecto BRAIN: “Cada uno de los sentidos está diseñado por la evolución para ayudarnos a sobrevivir y a reproducirnos. Eso es todo”. Incluso si, para ello, el nuevo órgano debía convertirse en la más portentosa fábrica de ficción.

“Besos sinápticos”, así llamó Ramón y Cajal a ese momento en el que se produce la comunicación interneuronal...

“Besos sinápticos”, así llamó Ramón y Cajal a ese momento en el que se produce la comunicación interneuronal, que da lugar a todo cuanto somos o creemos ser.

Desde el punto de vista evolutivo, la aparición del sistema nervioso se asocia al movimiento. Las primeras formas animales fueron ganando tamaño y necesitaron expandir su radio de abastecimiento; una simple comunicación química con el medio ya no bastaba para perpetuarse. Movernos implicó, además del control sobre los músculos, la aparición del comportamiento. “Esto explicaría cómo el sistema nervioso genera un modelo del mundo, un teatro mental, como una especie de realidad virtual, y utiliza la información que viene del exterior a través de los sentidos para ajustar el modelo y predecir el futuro de una manera más precisa. Todo ello, para poder escoger el comportamiento que sea más efectivo y asegurarse la supervivencia”, explica Rafael Yuste, profesor en la Universidad de Columbia, en su libro divulgativo, ‘El teatro del mundo’. Predecir el futuro es, pues, el origen de la inteligencia y la razón por la que aparece el sistema nervioso en la evolución. El tándem aprendizaje-memoria vendría a completar las funcionalidades que hicieron a nuestro cerebro desarrollarse, en todos los sentidos, de un modo sin precedentes. La fonación articulada y pensar con palabras hicieron el resto. Y aquí estamos.

Pero ¿cómo trabaja el cerebro, cómo funcionan sus mecanismos? Hay consenso científico en que descifrarlo es el único modo de llegar a curar enfermedades del sistema nervioso, además de, quizá, “ser capaces de comprendernos a nosotros mismos por primera vez”, como suele decir el profesor Yuste. En cualquier caso, lo que está claro es que el órgano trabaja en conjunto, todo a la vez; es un sistema complejo.

En la actualidad, estamos asistiendo al mayor cambio de paradigma en neurociencia desde que Ramón y Cajal sentara las bases de la neurociencia moderna. Hemos pasado de la teoría neuronal a la teoría de redes neuronales, basada en la actividad de conjuntos de neuronas. Hoy tratamos de conocer qué grupos de neuronas se activan con cada proceso, tanto biológico como cognitivo, para intervenir en ellos con fines terapéuticos. Ya podemos ver, marcar, modificar, borrar —inhibir— y hasta guardar digitalmente, las rutas sinápticas.

Nuevo paradigma: red distribuida

El hasta ahora impenetrable escenario donde todo ocurre se expresa ya en primera persona; gracias a la tecnología, el cerebro nos muestra algunos de sus secretos. Un diálogo que no ha hecho más que empezar.

En los últimos años se han realizado avances espectaculares en tecnologías de imagen, registro funcional, supercomputación y modelado algorítmico, entre otras, que abren nuevas vías para el abordaje de enfermedades del sistema nervioso. Grandes iniciativas internacionales, como la BRAIN Initiative estadounidense o el Human Brain Project europeo, han buscado cartografiar todas las conexiones del cerebro, el conectoma, con el objetivo de conocer tanto su estructura física como sus patrones funcionales. El Human Brain Project (HBP), impulsado por la Unión Europea entre 2013 y 2023, con una destacada participación de investigadores españoles como el neuroanatomista Javier DeFelipe, se propuso construir una plataforma informática capaz de integrar datos, modelos y simulaciones del cerebro humano. Aunque no ha logrado recrear un cerebro completo, el proyecto ha aportado infraestructuras digitales, herramientas de simulación y marcos conceptuales que han acelerado el estudio de las redes cerebrales, su relación con la consciencia y el desarrollo de redes neuronales artificiales. El BRAIN Initiative, por su parte, lanzado en Estados Unidos en 2013 durante la presidencia de Barack Obama e impulsado científicamente por el neurocientífico español Rafael Yuste, ha sido clave en el desarrollo de tecnologías para registrar y modular la actividad de circuitos neuronales.

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Mientras se avanza en la comprensión del sistema al completo, ya se han alcanzado logros que parecían imposibles hace tan solo una década. Como detalla Quian-Quiroga, en su libro ‘Cosas que nunca creeríais: De la ciencia ficción a la neurociencia’: “Implantar una memoria, leer la mente, comunicarse con pacientes en coma, predecir la decisión de una persona segundos antes de que la tome, crear cyborgs o volver a hacer caminar a un paralítico, ya no es una quimera. Es una realidad sólida y verificable que nos tiene deslumbrados a los neurocientíficos”.

El nuevo paradigma ha desplazado el foco desde la neurona individual hacia la actividad coordinada de conjuntos de neuronas, y hoy ya es posible identificar qué grupos de neuronas se activan con cada proceso. Un ejemplo emblemático son las neuronas de concepto, descritas por Quian-Quiroga, que responden a una idea o concepto concreto, muy específico, independientemente del estímulo sensorial —imagen, palabra o sonido— y que ilustran cómo el cerebro representa la información de forma distribuida, abstracta y no localizada en un único punto. Durante unas pruebas clínicas en pacientes con epilepsia a los que se habían implantado electrodos intracraneales, se observó que una neurona respondía siempre a referencias a Jennifer Aniston, y de ahí el nombre con el que se han popularizado.

Una de las funciones que definen nuestra condición de humanos es el proceso de cognición; por ello, las investigaciones están centradas en las funciones cognitivas, como el aprendizaje, la memoria o la formación de recuerdos. Avances experimentales recientes han permitido identificar la base física del recuerdo en el cerebro. Los trabajos de la neurocientífica Mara Dierssen y de otros grupos han demostrado que los recuerdos se sostienen en el llamado engrama, un conjunto específico de neuronas que se activa durante el aprendizaje y vuelve a activarse al recordar. Gracias a técnicas como la optogenética y la farmacogenética, hoy es posible identificar estos circuitos y manipularlos de forma selectiva, de momento en animales, abriendo la puerta tanto al borrado, es decir, a inhibir esa ruta sináptica, como a la recuperación de recuerdos. Se estudia la alteración del engrama en trastornos neurológicos y del neurodesarrollo, como el síndrome de Down o la enfermedad de Alzheimer.

Pero ¿cómo estas técnicas consiguen modificar un recuerdo a voluntad? Sintetizando: observamos qué células se activan al incorporar una nueva información —aprendizaje—, las marcamos, y ya lo tenemos. En modelos animales se ha demostrado que al reactivar exactamente las mismas células, el animal recuerda la información. Para activar o inactivar selectivamente un grupo de neuronas, se introducen proteínas que se activan con luz (optogenética) o que reconocen un fármaco (farmacogenética). Aunque no existen fármacos capaces de borrar engramas específicos, sí hay compuestos que modulan su estabilidad, reactivación y reconsolidación, debilitando recuerdos patológicos o reduciendo su carga emocional. Se utiliza en trauma, adicciones o depresión, con el objetivo, no de olvidar sino de desactivar los circuitos que mantienen el sufrimiento.

El profesor Ignacio Morgado, catedrático emérito de Psicobiología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), nos resume así el estado del avance en neurociencias: “La neurociencia está continuamente descubriendo nuevos detalles del funcionamiento de las neuronas y del cerebro en general, incluyendo características particulares y muy precisas de las grandes enfermedades mentales como el Alzheimer, el Parkinson, la esquizofrenia o el autismo, pero ese conocimiento no nos permite todavía saber cómo prevenirlas o curarlas. La neurociencia de hoy trabaja con una combinación de tecnologías de biología molecular, fisiológicas, farmacológicas y de neuroimágenes, y ahora también con inteligencia artificial; el cerebro humano es tan complejo que solo con la combinación orquestada de esas y otras técnicas podemos seguir avanzando en su conocimiento”. Y añade: “No es descartable que en cualquier momento surjan nuevos conocimientos que nos permitan avances en el desarrollo de terapias para esas grandes enfermedades mentales, pero, por ahora, curar alguna enfermedad mental, especialmente las que, como el Alzheimer, avanzan con la edad de las personas, es el gran reto y objetivo de la neurociencia y la sociedad”.

Más dianas terapéuticas

La convergencia entre neurociencia, tecnologías de observación cerebral e inteligencia artificial permite hoy identificar circuitos alterados, seguir su evolución en el tiempo y definir ventanas terapéuticas más precisas. Tecnologías como la resonancia magnética funcional, el EEG o la PET han hecho posible pasar de correlacionar el síntoma con una región cerebral a la identificación de redes completas implicadas en procesos cognitivos y patológicos. Ya se utiliza en Alzheimer, depresión resistente y epilepsia.

Uno de los consensos a los que se ha llegado es que muchas patologías del sistema nervioso no comienzan con la muerte neuronal, sino con la disfunción sináptica y la alteración de redes. En demencias, por ejemplo, los recuerdos no desaparecen de forma súbita: primero se vuelven inaccesibles porque los circuitos que los sostienen dejan de funcionar de manera coordinada. Este cambio conceptual ha modificado el objetivo terapéutico, que ya no es solo proteger neuronas, sino preservar la función sináptica y la conectividad mientras el cerebro aún conserva plasticidad. El recuerdo se convierte así en una nueva diana terapéutica.

Desde el punto de vista farmacológico, las principales líneas de intervención se dirigen a preservar o modular la función sináptica. Los inhibidores de la acetilcolinesterasa no detienen la neurodegeneración, pero en fases iniciales pueden mejorar el acceso funcional a recuerdos existentes. Los moduladores glutamatérgicos reducen la excitotoxicidad y protegen la integridad sináptica. Los fármacos modificadores de enfermedad, dirigidos frente a las proteínas amiloide y tau, buscan preservar las sinapsis en estadios tempranos. Otras líneas de investigación se centran en la neuroinflamación, los factores tróficos y el metabolismo sináptico.

Conocer el circuito afectado, la sinapsis que falla e incluso la conectómica individual permitirá diseñar fármacos más específicos, con menos efectos secundarios y mayor eficacia. Además, permitirá estratificar pacientes y anticipar quién responderá a una terapia génica, a una neuroprótesis o a una intervención farmacológica concreta.

También han cobrado protagonismo las terapias avanzadas, como el reemplazo celular, con implantes de neuronas derivadas de células madre o injertos de neuronas dopaminérgicas en Parkinson, o las terapias génicas y los oligómeros antisentido, que abren nuevas posibilidades en epilepsias genéticas, ELA y otras enfermedades hasta hace poco intratables.

La neuromodulación cerrada ya es una realidad en el tratamiento de la epilepsia resistente a fármacos: dispositivos implantables detectan la actividad cerebral anómala y la corrigen en tiempo real. Paralelamente, avanzan las interfaces cerebro-máquina y las neuroprótesis, que permiten traducir señales cerebrales en movimiento o lenguaje, abriendo nuevas posibilidades para personas con parálisis o alteraciones de la consciencia.

En este contexto se sitúa el proyecto NeurSpeechXAI, de la Universidad de Granada, cuyo objetivo es desarrollar neuroprótesis capaces de interpretar la intención comunicativa a partir de la actividad cerebral y convertirla en texto o voz sintética. Iniciativas como Neuralink avanzan asimismo en el desarrollo de interfaces implantables que permiten la interacción directa entre el cerebro y dispositivos externos.

Ya hay 12 personas en el mundo con implantes cerebrales Neuralink para el control de brazos robóticos mediante el pensamiento, y su fundador, Elon Musk, ha anunciado para este año su producción en masa. En este contexto de neuromodulación implantable, y según el último análisis de Mordor Intelligence, el mercado global de neuroprótesis atraviesa una fase de expansión acelerada, con un valor estimado de 13.430 millones de dólares en 2025 y una proyección de 23.490 millones en 2030, impulsado por una tasa de crecimiento anual cercana al 12%. Parece claro que el futuro del abordaje terapéutico del sistema nervioso apunta a la integración de fármacos, dispositivos y datos.

Tipo de fármacoPatología y forma de actuar (con ejemplos)
Inhibidores de la acetilcolinesterasaEn demencia (Alzheimer), mejoran la transmisión sináptica colinérgica y el acceso funcional a recuerdos en fases iniciales (donepezilo, rivastigmina, galantamina; en uso clínico).
Moduladores glutamatérgicosEn demencia y epilepsia, reducen la excitotoxicidad y protegen la integridad sináptica (memantina; en uso clínico).
Fármacos modificadores de enfermedad (anti-amiloide / anti-tau)En Alzheimer temprano, buscan preservar la función sináptica al reducir la toxicidad sináptica (anticuerpos anti-amiloide aprobados en algunos países y otros en fases avanzadas de evaluación).
Fármacos pro-plasticidadEn depresión resistente, inducen cambios rápidos en la plasticidad sináptica y reorganización de redes (ketamina/esketamina; uso clínico controlado).
Moduladores de la reconsolidación de la memoriaEn trauma y adicciones, pueden reducir la carga emocional de recuerdos patológicos al interferir en su reactivación (en estudio clínico).
Terapias génicas y oligómeros antisentido (ASO)En epilepsias genéticas y ELA, actúan sobre genes o proteínas implicadas en la formación de circuitos (algunas aprobadas de forma condicionada y otras en ensayo).
Fármacos de soporte en terapias avanzadasEn neuroprótesis y neuromodulación implantable, favorecen la plasticidad sináptica y reducen la neuroinflamación para mejorar la integración funcional (uso complementario).

¿Cómo se forman los recuerdos?

Cuando aprendemos algo, el cerebro recibe una información nueva y decide qué tipo de contenido es y para qué puede servir; evalúa su relevancia y su carga emocional. Si se trata de un hecho o una experiencia consciente —algo que ‘sabemos’ o que ‘nos ha pasado’— se forma una memoria declarativa, que puede ser episódica (experiencias personales) o semántica (conocimientos generales); este tipo de memoria pasa por el hipocampo y después se distribuye en redes de la corteza cerebral. En el hipocampo es donde se forman los recuerdos. Si la información corresponde a una habilidad o a un hábito —como conducir— se consolida como memoria procedimental, sin necesidad de pasar por el hipocampo. Cuando el aprendizaje está ligado a una emoción intensa, como el miedo o el placer, interviene la amígdala, y se forma una memoria emocional, que tiende a fijarse con especial fuerza. Y si la información solo se mantiene durante unos segundos, interviene la memoria de trabajo, vinculada a la corteza prefrontal. Aprendizaje y memoria forman un circuito inseparable.

Los últimos estudios han demostrado que los recuerdos no son registros fijos. Cada vez que se evocan, se reactivan y se reconstruyen, incorporando nueva información y reorganizando las redes que los sostienen. Por eso cambian con el tiempo y por eso pueden debilitarse, transformarse o reaparecer tras haber parecido olvidados.

No todos los recuerdos siguen el mismo circuito. Por eso una persona puede perder la capacidad de formar nuevos recuerdos conscientes —si se lesiona el hipocampo, de modo que no recuerda nada posterior al día de la lesión, como el citadísimo caso del paciente H.M. y argumento de más de una película— y, aun así, seguir aprendiendo habilidades o hábitos. En este proceso intervienen factores clave como la emoción, que, como decíamos, refuerza la huella mnésica, o el sueño, que es fundamental para consolidar los recuerdos. Hoy la memoria no se entiende como un archivo del pasado, sino como un sistema dinámico que anticipa el futuro.

¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Qué es la inteligencia, la emoción, la consciencia…?

El mayor reto de la neurociencia es hallar cómo y por qué los procesos físicos del cerebro dan lugar a la experiencia subjetiva: los qualia. Es lo que se llama ‘el problema difícil’, que no es entender cómo el cerebro procesa información, sino cómo de esa actividad emerge la experiencia subjetiva —la vivencia del color, del dolor, del tiempo o de la identidad personal—, y la consciencia de esa experiencia; la sensación de ser nosotros mismos y de pensar sobre nuestros pensamientos. En definitiva, qué nos hace humanos.  

¿Qué sabemos de la consciencia? Qué es, cómo se genera, dónde está y adónde va… Se lo hemos preguntado al profesor Morgado: “La consciencia es el estado de la mente que perdemos al dormir sin soñar o cuando nos anestesian en un quirófano, pero su verdadera naturaleza no la conocemos ni podemos estar seguros de que la podamos conocer con un cerebro como el de los humanos de hoy. No está en ninguna parte porque es un proceso funcional y no algo que pueda situarse en algún lugar. El movimiento, por ejemplo, no está en la rueda, es algo que hace la rueda. Sí sabemos que la consciencia se genera en la parte más desarrollada del cerebro, es decir, en la corteza cerebral, por lo que es posible en todos los animales, particularmente los mamíferos y las aves, que tienen muy desarrollada esa parte del cerebro”.  Sin ir más lejos, los medios generalistas se hacían eco hace unos días del caso de Veronika, una vaca que mostraba comportamientos de reconocimiento, apego y aprendizaje complejos. El rumiante, que ha asombrado a la comunidad científica por el uso flexible de herramientas, ha sido criado como animal de compañía en una finca austríaca; un entorno enriquecido, con estimulación, juego, aire libre e interacción social, parece ser la explicación, según los investigadores de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena. El debate sobre la consciencia animal se ha intensificado en los últimos años.

¿Cuál es el barco de Teseo? Esta clásica paradoja se pregunta por la esencia del ser...

¿Cuál es el barco de Teseo? Esta clásica paradoja se pregunta por la esencia del ser. Si a lo largo del tiempo todas las piezas se van sustituyendo, ¿sigue siendo el mismo barco? Y si con las piezas desechadas se construye un barco en otro puerto, ¿cuál es entonces el barco de Teseo? Hoy, en la era del transhumanismo anunciado, esta fábula cobra actualidad.

Desde 2022, la legislación española reconoce a los animales como seres sintientes, pero los avances en neurociencia sugieren que la frontera entre sentir, aprender y tener una forma básica de experiencia subjetiva podría ser menos nítida de lo que creíamos.

No existe una única definición de inteligencia. Depende del marco —biológico, psicológico o computacional— y del tipo de inteligencia al que nos refiramos —hay hasta ocho—. Desde un punto de vista neurobiológico, la corteza cerebral es clave para las funciones cognitivas superiores: lenguaje, memoria consciente, razonamiento, toma de decisiones o autoconciencia. Para muchos autores, la inteligencia está ligada a la acción —manipulación de herramientas, modificación del entorno—, sin embargo, cada vez hay más consenso en que, como defiende el paleoantropólogo Eudald Carbonell, el gran salto evolutivo no es solo biológico, sino social y cultural. La transmisión acumulativa de conocimiento durante miles de generaciones —lenguaje, técnicas, símbolos— podría explicar el paso de animal a secas a animal racional.

La consciencia está tratando de ser explicada desde distintos ámbitos. Hay teorías, ya desde Penrose, que sugieren que procesos cuánticos en el cerebro (como los microtúbulos neuronales) podrían ser la base de la consciencia. Estas investigaciones exploran cómo la información cuántica podría generar la experiencia subjetiva y la sensación de libre albedrío, aunque son especulativas; estamos lejos de hablar de un ‘cerebro cuántico’. Lo que sí han demostrado estudios recientes de neuroimagen es que la actividad cerebral que conduce a una acción puede detectarse antes de que la persona sea consciente de haber tomado la decisión, lo que cuestiona la noción de libre albedrío.

Con relación a la llamada ‘lucidez terminal’, ésta está descrita y en estudio: son episodios breves de claridad mental en personas con demencia avanzada o daño cerebral poco antes de morir. Algunos pacientes con Alzheimer recobran lucidez de manera transitoria en las horas o días previos al fallecimiento, momentos en los que recuperan brevemente capacidades cognitivas y reconocimiento de personas. El fenómeno podría reflejar una reactivación puntual de redes neuronales y recuerdos que no habían desaparecido, sino que permanecían inaccesibles. Sobre las ECM, experiencias cercanas a la muerte, analizadas por el doctor Manuel Sans Segarra, la neurociencia apunta a explicaciones basadas en la activación de redes de memoria, emoción y consciencia bajo condiciones extremas. La aportación de Sans Segarra sobre una consciencia no local o supraconsciencia, hasta el momento, no ha sido demostrada.

La irrupción de las interfaces cerebro-máquina abre un escenario inédito en el que se está desdibujando el límite entre lo biológico y lo artificial. Este horizonte plantea preguntas como: ¿qué ocurre con la identidad cuando la mente puede ser ampliada o sustituida? ¿Dónde empieza y dónde termina el yo? El transhumanismo avanza mientras la inteligencia artificial todavía tiene muchos retos en su objetivo de imitar a un humano. Entre ellos, uno clave: el cerebro realiza sus ‘cálculos’ con una eficiencia energética muy superior a la de las máquinas actuales, lo que sugiere que reproducir la inteligencia humana podría requerir no solo más potencia de cálculo, sino sistemas biológicos o híbridos que imiten su modo de procesar la información. Como ha señalado Bill Gates, “la inteligencia humana no consiste solo en acumular datos, sino en conectar experiencias, intuición, emoción y conocimiento práctico, una cualidad que sigue siendo difícil de replicar en las máquinas”.

Epílogo

“El mejor regalo que me hizo mi padre fue… la pobreza”, Roberto Benigni.

Las palabras que el director del filme ‘La vida es bella’ pronunció al recoger el Oscar a mejor director en 1999 muestran cómo el significado que damos a lo que tenemos (o no tenemos) y las expectativas que construimos condicionan la experiencia de vivir y determinan nuestra satisfacción vital. El discurso proseguía: “Éramos cinco: mis padres, mis dos hermanas y yo. Solo teníamos una cama. Dormíamos todos juntos. En nuestra miseria… ¡éramos príncipes!”.

En las últimas décadas, en las sociedades occidentales, el nivel de vida ha aumentado de forma sostenida, pero también lo han hecho la depresión, la ansiedad, el consumo de psicofármacos y la sensación de vacío vital. La OMS habla de la depresión como una de las principales causas de discapacidad global. En países ricos, el suicidio y los trastornos mentales afectan cada vez más a clases medias y altas, y estudios de bienestar muestran que el aumento de ingresos no se traduce linealmente en mayor felicidad, lo que se llama la paradoja de Easterlin.

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¿Y qué dice la neurociencia? Pues que el cerebro humano no está diseñado para la acumulación indefinida de bienes, sino para aprender, anticipar y encontrar propósito. Aprender es una necesidad biológica: cada experiencia modifica las conexiones neuronales y da forma a nuestra identidad. Cuando la vida pierde significado, el sistema que sostiene la motivación, la emoción y la memoria se desajusta. En felicidad, lo más determinante es la personalidad —rasgos innatos y biológicos—, no el carácter —parte aprendida y moldeada por la experiencia, la educación y la cultura—. Parece haber consenso, tanto desde la psicología como desde la genética del comportamiento, en que aproximadamente un 40-50% de la predisposición a la felicidad es heredable, un 10% depende de las circunstancias externas —de lo que a uno le pasa— y el resto, un 40-50%, de hábitos, interpretación y conducta. Se sabe que las expectativas no realistas y factores psicológicos como el ego y el apego distorsionan nuestra percepción del bienestar. Pero el propósito vital y tener alineados valores, expectativas y acciones —pensamiento, emoción y acción— se erigen en pilares clave para el bienestar psicológico. La comparación, el exceso de estímulos o la productividad autoimpuesta —como explora Byung-Chul Han en su obra ‘La sociedad del cansancio’—, generan un desgaste emocional que lleva a la enfermedad —depresión— como respuesta al entorno. La depresión causa la pérdida de conexiones sinápticas y una reducción de la sustancia gris cerebral, lo que incrementa el riesgo de enfermedades neurodegenerativas.

Entretanto, tenemos entre manos una realidad acuciante que atender. Nunca antes los jóvenes habían tenido tantas oportunidades materiales y, al mismo tiempo, tantos indicadores de malestar psicológico. Un entorno que no genera confianza priva de tomar decisiones vitales en verdadera libertad. Diversos estudios sociológicos muestran que una parte creciente de los jóvenes está dispuesta a priorizar la seguridad y la estabilidad a costa de parte de su libertad, un síntoma de la inseguridad vital y del clima de incertidumbre de las sociedades contemporáneas. Desde el punto de vista neurobiológico, en contextos de incertidumbre, el cerebro humano tiende a privilegiar la seguridad frente a la exploración. Aunque emoción y razón actúan siempre de forma conjunta, la inseguridad y el miedo activan la amígdala, el cerebro emocional, y está demostrado que en ese estado se toman peores decisiones —menos reflexivas y menos racionales—. Le hemos preguntado al profesor Morgado hasta qué punto estos nuevos conocimientos neurobiológicos están transformando la psicología como ciencia y como práctica profesional, a lo que responde: “Las técnicas de investigación en neurociencia son cada día más refinadas y complejas, requiriendo, como decimos, la colaboración de especialistas diversos y de centros dotados de tecnología avanzada. No obstante, muchas de las técnicas que utiliza la psicología no requieren de conocimientos neurocientíficos profundos y pueden seguir funcionando mientras la neurociencia avanza con nuevas aportaciones que pudieran requerirlos. Desde la epidemia del COVID, la psicología profesional ha ganado reputación y realiza un gran trabajo en relación con alteraciones mentales frecuentes como las dificultades en el aprendizaje, el estrés o las adicciones a drogas u otros consumos del mundo moderno”.

Por lo que respecta al ámbito educativo, la aportación de la neurociencia es todavía modesta; esta disciplina, como advierte Ignacio Morgado, “lo que viene haciendo o puede hacer hoy es explicar por qué funcionan los buenos procedimientos educativos y por qué no funcionan los malos”. En cuanto a estimulación temprana, la investigación en neurodesarrollo muestra que aquellas basadas en el movimiento, el contacto físico y la relación cercana y receptiva con los adultos —como el gateo, la psicomotricidad fina, la lactancia o el método canguro— se asocian a una modulación favorable de los circuitos neuronales implicados en la percepción y la acción, así como de los sistemas emocionales y de regulación del estrés. Por el contrario, las intervenciones que inhiben la respuesta al malestar temprano —como el método Estivill tan popular en los años noventa— no han demostrado beneficios neuroestructurales y sí se han vinculado a un aumento del estrés y a alteraciones en los procesos de apego. En cualquier caso, “los grandes y buenos maestros de siempre —concluye Morgado—, desde Aristóteles hasta nuestros días, han conocido y utilizado las mejores técnicas de enseñanza y aprendizaje sin tener conocimientos de neurociencia. Lo bueno del cerebro es que puede usarse provechosamente incluso sin saber bien cómo funcionan sus neuronas y circuitos. A quien tiene que afrontar un complejo mundo educativo, como el de la adolescencia, le puede ser más útil recurrir a la experiencia profesional, es decir, a la de los buenos maestros y educadores, que tratar de darse un complicado baño de neurociencia, lo cual, como decimos, puede servir sobre todo para justificar científicamente lo que funciona y lo que no en el mundo de la educación, pero no siempre para solucionar problemas de naturaleza muy complicada que, además de biológicos, son también sociales”.

Y es que somos muy complejos. A veces, incluso inexplicables. Los científicos dudan de que algún día se pueda conocer por completo el funcionamiento del cerebro. Ellos son más conscientes que nadie de la magnitud de este reto. Queremos curar enfermedades, entender quiénes somos y entender a nuestros semejantes, saber por qué tenemos sensación de identidad, si el libre albedrío es real o si la consciencia puede no necesitar soporte físico. Pero no podemos comprender más allá de lo que nuestro cerebro está capacitado biológicamente para concebir o nuestros sentidos para percibir.

Como individuos, el conocimiento nos muestra la inmensidad del saber, y esa toma de conciencia nos sume en una experiencia de pequeñez, de granito de arena, de saber que no sabemos nada, que, paradójicamente, nos infla de una especie de gratitud vital.

Y es que querer comprender cómo funciona el cerebro es como querer tener todo el conocimiento del Universo en nuestras manos. Tal vez esa pulsión, la de querer saber, sea aquel aleteo de mariposa que, en algún momento de la evolución, marcó la diferencia entre un destino de extinción y otro de supervivencia.

En cualquier caso, hoy, como siempre, el hombre continúa… en busca de sentido.

© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
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