La figura del Estado decrece. Hasta ahora mediador y controlador de los intercambios, el Estado pierde protagonismo ante el cambio de la estructura internacional; deja de ser interlocutor, de modo que toda institución u organismo que dirige al Estado sus peticiones, como los sindicatos, se encuentran desfasados.
En muchos casos ha ocurrido que por la identificación que se da entre lo que un país fabrica y los intereses del Estado, éste ha abierto fronteras para que las empresas puedan vender sus excedentes, lo que beneficia tanto a las empresas como a los trabajadores del sector. Cuando las empresas no son competitivas se cierran los mercados y el Estado del Bienestar se vuelve proteccionista, originando políticas de dumping social; situación que se vivió en las décadas de los 70 y los 80.
Hoy, en una situación internacional que aboga por la desregularización y la no intervención de los estados en los mercados, ha venido a darse una política de «dejar hacer». En este entorno, el fenómeno de la deslocalización conduce a una situación de intereses contrapuestos que desorienta al Estado, que no sabe qué intereses defender.
Mientras, los estados receptores favorecen la instalación de empresas extranjeras, pero lo hacen a costa del coste social. El cese del proteccionismo se ha traducido en un incremento del poder de las empresas transnacionales, en detrimento de las empresas pequeñas y medianas de carácter nacional. La empresa transnacional no se halla solamente en el ámbito de la producción, sino que se extiende rápidamente a la comercialización y a los servicios.
Y llegó la nueva economía, pero, ¿en qué se diferencia de la economía mundial? La economía global es capaz de funcionar de forma unitaria en tiempo real o en un tiempo establecido, a escala planetaria; las fronteras se han esfumado pero también lo ha hecho el factor tiempo y ello ha venido, sin duda, de la mano de las tecnologías de la información y la comunicación.
-Es la ley del mercado…-, sentencian los inmovilistas, pero las leyes que impone el mercado son consecuencia de decisiones más o menos prediseñadas. Los agentes motores de las nuevas reglas del juego fueron, en su día, los gobiernos de los países más ricos, con la desregularización de la actividad económica interna, la liberalización del comercio y la inversión internacional, y la privatización de compañías controladas por el sector público; todo ello, al objeto de unificar las economías y dotarlas de un conjunto de normas homogéneas.
Desde entonces, capital, bienes y servicios fluyen en todas direcciones a criterio de… ¿los mercados? Mónica Daluz / pdf

