Entrevista a Antonio Dobón, gerente de Tecnologías de Reciclado y Valorización de Itene

Antonio Dobón, Itene
MATERIALES Y SOSTENIBILIDAD 
“Lo que menos se mezcla más posibilidades tiene de ser reciclado”

Prosiguen las innovaciones en el ámbito del reciclaje de residuos y su valorización con nuevas tecnologías y procesos, como el reciclado químico y el enzimático. Desde el centro tecnológico Itene, Antonio Dobón nos habla del reciclaje avanzado y de cómo estos procesos vienen a complementar al resto de técnicas que se vienen utilizando. En palabras de Dobón: “Todas las tecnologías de reciclado serán protagonistas y complementarias”.
Es innegable que la irrupción del plástico cambió nuestras vidas. El acceso masivo a innumerables bienes de consumo fue posible en su momento, y hasta hoy, gracias a su introducción en la industria. ¿Deberíamos partir de la base de que el plástico va a seguir siendo un material imprescindible en nuestras sociedades y que la alternativa es alargar su vida útil con tecnología para minimizar así su impacto ambiental? 
A pesar de que las iniciativas por parte de la UE y la legislación vigente en materia de plásticos (Real Decreto 1055/2022 de Envases y Residuos de Envases) establece objetivos en cuatro líneas de actuación (prevención, reutilización, reciclabilidad y contenido reciclado), priorizando la reducción de la cantidad de plásticos a través de iniciativas como el fomento del granel, no existe un completo sustituto de los mismos en muchos sectores y especialmente en el del envase y el embalaje, y más concretamente en aplicaciones como la alimentación.
Los nuevos requisitos legislativos requieren tanto del desarrollo de nuevos procesos avanzados de reciclado que, mediante la homogeneización de la calidad de las fracciones permitan aumentar el valor de los diferentes materiales, como de la valorización de residuos de envase de plástico que permitan su reintroducción en la cadena de valor y su utilización en aplicaciones de alto valor. Mónica Daluz /
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MATERIALES Y SOSTENIBILIDAD 

“Lo que menos se mezcla más posibilidades tiene de ser reciclado”

Entrevista a Antonio Dobón, gerente de Tecnologías de Reciclado y Valorización de Itene

Mónica Daluz
Periodista especializada
28/08/2023

Prosiguen las innovaciones en el ámbito del reciclaje de residuos y su valorización con nuevas tecnologías y procesos, como el reciclado químico y el enzimático. Desde el centro tecnológico Itene, Antonio Dobón nos habla del reciclaje avanzado y de cómo estos procesos vienen a complementar al resto de técnicas que se vienen utilizando. En palabras de Dobón: “Todas las tecnologías de reciclado serán protagonistas y complementarias”.

Antonio Dobón, gerente de Tecnologías de Reciclado y Valorización de Itene

Antonio Dobón, gerente de Tecnologías de Reciclado y Valorización de Itene.

Es innegable que la irrupción del plástico cambió nuestras vidas. El acceso masivo a innumerables bienes de consumo fue posible en su momento, y hasta hoy, gracias a su introducción en la industria. ¿Deberíamos partir de la base de que el plástico va a seguir siendo un material imprescindible en nuestras sociedades y que la alternativa es alargar su vida útil con tecnología para minimizar así su impacto ambiental?

A pesar de que las iniciativas por parte de la UE y la legislación vigente en materia de plásticos (Real Decreto 1055/2022 de Envases y Residuos de Envases) establece objetivos en cuatro líneas de actuación (prevención, reutilización, reciclabilidad y contenido reciclado), priorizando la reducción de la cantidad de plásticos a través de iniciativas como el fomento del granel, no existe un completo sustituto de los mismos en muchos sectores y especialmente en el del envase y el embalaje, y más concretamente en aplicaciones como la alimentación.

Los nuevos requisitos legislativos requieren tanto del desarrollo de nuevos procesos avanzados de reciclado que, mediante la homogeneización de la calidad de las fracciones permitan aumentar el valor de los diferentes materiales, como de la valorización de residuos de envase de plástico que permitan su reintroducción en la cadena de valor y su utilización en aplicaciones de alto valor.

Los bioplásticos ¿son un primer paso en esta transición?

Se espera, en efecto, un crecimiento sustancial de la presencia de bioplásticos (biobasados y/o biodegradables), que posiblemente se conviertan en una alternativa en determinados sectores. Estos materiales presentan propiedades similares a los procedentes de fuentes fósiles, pero provienen de materias primas renovables y naturales, como el maíz, la remolacha o la caña de azúcar.

En este sentido, ante la necesidad de mejorar las propiedades de los materiales de envase o buscar alternativas de materiales sostenibles sin perder prestaciones que sean aptas para aplicaciones de alto valor, como el packaging alimentario, en Itene trabajamos en el desarrollo de nuevos materiales con propiedades avanzadas para cumplir con los requerimientos del producto a envasar y la legislación aplicable. Asimismo, trabajamos en la mejora de los procesos de reciclado con el fin de reciclar aquellos materiales que no se valorizan actualmente.

Explique, por favor, en qué consiste el reciclaje avanzado, cuáles son sus objetivos últimos, en qué punto estamos, y cómo cree que será o debería ser el tránsito hacia la circularidad.

Podemos encontrar cuatro grandes bloques dentro del reciclaje, cada uno de ellos englobando una serie de procesos muy concretos, y destinados a la valorización de unos residuos frente a otros: reciclado primario (reciclado mecánico), secundario (reciclado físico), terciario (reciclado químico) y cuaternario (valorización energética). Cada uno de estos bloques es más adecuado para un tipo de residuos o para otro, y cada uno de ellos ataca el problema del reciclado y la valorización de residuos desde un enfoque muy concreto, de manera que se obtenga la solución de reciclaje óptima y más rentable.

El reciclaje avanzado lo comprenden los procesos de reciclado terciario (despolimerización química y termoquímica). El reciclado cuaternario consiste en la valorización energética de los residuos y se considera como una solución de contingencia previa al vertedero cuando ninguna otra solución resulta viable.

Los plásticos están compuestos de unidades de repetición llamadas monómeros que se encuentran unidas en forma de cadenas (polímeros). La despolimerización avanzada de residuos plásticos consiste en la obtención de los monómeros originales con una calidad igual al monómero de origen fósil (el término anglosajón es upcycling). Esto se puede realizar por vía química o termoquímica (en esta última se pueden obtener monómeros o bien building blocks para la industria química).

En cuanto a la transición hacia la economía circular, de cara al futuro resulta esencial mejorar las tecnologías de reciclado para reintroducir aquellos plásticos que actualmente no se recuperan y desarrollar nuevos materiales reciclables, compostables o reutilizables. Para ello, todas las tecnologías de reciclado serán protagonistas y complementarias. Estos nuevos materiales sostenibles deberán también contar con prestaciones avanzadas para garantizar su competitividad frente a los tradicionales, garantizando el mantenimiento de las funcionalidades del envase para preservar y proteger el producto, así como alargar su vida útil.

Al hilo de la pregunta anterior, ese “circuito” ¿pasaría por dotar de sistemas más eficientes a las plantas de reciclaje?, ¿qué innovaciones hay en este ámbito?, ¿cómo puede ayudar la inteligencia artificial en este propósito?

Cuanto mejor se lleve a cabo la separación en origen, mejores resultados se obtendrán a nivel de reciclado de cualquier tipo, tanto mecánico, físico, químico, como termoquímico. Por lo tanto, los esfuerzos a la hora de realizar una buena separación están justificados, pero siempre hay que equilibrar la intensidad de las actuaciones en el upstream con la potencial flexibilidad de los procesos de reciclado para no incurrir en soluciones demasiado intensivas tanto económica como medioambientalmente. Podríamos encajar el concepto en la idea de los daños colaterales asumibles.

Por supuesto, en la parte de separación y clasificación de los residuos, las nuevas tecnologías conectadas a la inteligencia artificial, el machine learning y la trazabilidad tienen mucho de decir. En Itene trabajamos activamente en el desarrollo de estas tecnologías, que, en el caso de las dos primeras están muy enfocadas en la mejora de los procesos de clasificación y separación de las fracciones residuales para el reciclado, así como en el desarrollo de herramientas de soporte de decisión (support decision tools) que permitan optimizar los parámetros clave en el ciclo de vida del residuo plástico, especialmente en su fin de vida.

Y en origen ¿diseñar contemplando la huella total, el ciclo de vida?

Se trata, en efecto, de otro aspecto a tener en cuenta y en el que trabajamos en Itene: los criterios de diseño de los envases y embalaje del futuro (SSbD principles) según los cuales, los nuevos envases y embalajes deben ser diseñados para tener optimas propiedades, siendo seguros, pero también se tiene en cuenta el final de su vida útil en el diseño de los mismos.

Proceso de reciclado enzimático realizado por Itene

Proceso de reciclado enzimático realizado por Itene.

Entremos en materia. ¿Cuáles son las principales técnicas que hasta ahora se venían empleando en reciclaje de residuos plásticos y cuáles son las innovaciones que hoy están demostrado un salto en efectividad? Y, en concreto, le pregunto por los procesos avanzados de despolimerización enzimática y química que habéis desarrollado.

Tradicionalmente, para corrientes de elevada pureza, siempre que ha sido posible, se ha llevado a cabo un reciclado mecánico consistente en la descontaminación, trituración y reintroducción en el circuito de materiales plásticos.

Las principales innovaciones están llegando ahora para las corrientes residuales no puras o que tienen un formato de presentación que no es el habitual en las operaciones de reciclado mecánico (material en polvo, mazacotas, materiales multicapa, fracciones muy contaminadas, etc.). En estos casos, los procesos de reciclado químico por solvólisis pueden ser de gran utilidad cuando se trata de polímeros de policondensación (por ejemplo, los poliésteres). Para fracciones de poliolefinas como el polietileno (PE) y el polipropileno (PP) que no sean aptas para reciclado mecánico (por su forma de presentación o por estar muy mezcladas con otros materiales) es más aconsejable el uso de la valorización termoquímica. Así, se imitan los procesos de la industria del petróleo y se logran productos químicos de base como el syngas (mezcla de CO y H2) o de aceites de pirólisis que pueden ser reformados posteriormente a combustibles sintéticos y otros productos de química de base.

El reciclado enzimático es otra prometedora opción que puede plantearse en el caso de polímeros como los poliésteres, entre los que se incluye el PET y muchos tipos de bioplásticos como por ejemplo el PLA o el PHB. Aunque es una tecnología que está en sus primeras etapas de desarrollo, el proceso es factible, aunque todavía requiere de un importante trabajo de escalado para conseguir que sea rentable y de aplicación industrial. A pesar de ello, tiene una importante ventaja respecto a la solvólisis y la valorización termoquímica, y es que las temperaturas de trabajo son mucho más bajas. Desde luego, el reciclado enzimático va a adquirir en el futuro un gran interés en determinados plásticos y sectores.

Tanto la despolimerización química como la enzimática de corrientes residuales con alto contenido en PET han sido desarrolladas en el ámbito del proyecto RecyPET. En el caso de la despolimerización química, se ha validado el proceso a escala piloto con un rendimiento de despolimerización superior al 95% del PET y se han obtenido monómeros y oligómeros con elevada pureza aptos para poder ser reutilizados para la producción de r-PET.

En el caso de la despolimerización por vía enzimática, basada en enzimas, también se ha validado a escala piloto alcanzando rendimientos del 80% y obteniendo monómeros con un alto grado de pureza (hasta 99%).

¿Cree que es factible la posibilidad de hallar un nuevo material que, como el plástico, permita fabricar en cualquier forma y color a precio módico, solo que, esta vez, no contamine tras su vida útil?

Cada material tiene su aplicación y su nicho de mercado. En mi opinión, la clave no está en encontrar un nuevo material que solucione todo, sino en el uso razonado y apropiado de cada material para cada aplicación. Y hay otro aspecto si cabe más importante: lo que menos se mezcla más posibilidades tiene de ser reciclado. Quizá la clave no esté tanto en el material sino en utilizar y recuperar los materiales de la forma más eficiente posible.

¿Cree que, a largo plazo, llegará a ser irrelevante el material del que un producto esté hecho y será su vida útil y su impacto ambiental lo que lo defina?

Cuando dispongamos de técnicas que permitan recuperar hasta el último pedazo de plástico o de cualquier otro material y darle una nueva vida, sin duda. Pero, si hay algo que manifiestamente puede mejorar las cosas, somos los propios consumidores y usuarios de los envases. Poner el residuo en el contenedor adecuado, evitar mezclas y contribuir a recuperar materiales es un aspecto clave para la recuperación no solo del plástico, sino de cualquier material.

Para ayudar a las empresas a cumplir con los distintos objetivos de sostenibilidad, entre ellos, el de aumentar el porcentaje y la calidad de los materiales de envase reciclados, en Itene desarrollamos nuevos procesos de reciclado de papel y cartón, así como procesos de reciclado mecánico, químico y enzimático para valorizar envases o fracciones de plástico. Del mismo modo, desarrollamos materiales para packaging sostenibles y avanzados, y evaluamos su reciclabilidad o compostabilidad, así como si son reutilizables.

Asimismo, trabajamos en procesos de valorización de residuos, un reto de importancia para ciudades, gestores de residuos y empresas en las que se generan, principalmente en el sector agroalimentario.

Entrevista a Rafael Sánchez, jefe de Proyectos en la Unidad de Transformación de Materiales de Envase de Itene

Entrevista a Rafael Sánchez
MATERIALES
BIODEGRADABLES 
“Debemos transitar hacia materiales biodegradables que sigan permitiendo la encapsulación de activos de alto valor sin comprometer el medio ambiente”

Encontrar el sustituto perfecto para el plástico no es fácil. Son muchos los científicos que están trabajando en ello en todo el mundo. El centro de investigación Itene participa en el proyecto Boocell, que tiene por objeto el desarrollo de materiales innovadores y sostenibles basados en las nanocelulosas a partir de la transformación de la celulosa, para su aplicación en los sectores de la cosmética, el embalaje y los biofertilizantes. En la lucha contra los microplásticos, este proyecto estudia el desarrollo de nanocápsulas de celulosa para contener compuestos activos o aromas, tan empleados en la industria cosmética. Uno de los procesos para su obtención es la utilización de microorganismos vivos: la nanocelulosa bacteriana. El responsable del proyecto en Itene, Rafael Sánchez, nos explica, entre otras cosas, las ventajas de convertir organismos microscópicos en pequeñas fábricas de huella ecológica cero.
Par
ece que la nanocelulosa es una alternativa factible al plástico en determinadas industrias. ¿Qué tiene este material que no tengan otros?
En primer lugar, hay que tomar conciencia de que la celulosa, material de partida de la nanocelulosa, es uno de los materiales renovables más abundantes en la tierra, formando parte de cualquier materia vegetal, y por ello se encuentra en disposición de ser empleada para la producción de diversos productos. Además, se trata de materiales con unas características muy atractivas para la industria de los polímeros. La nanocelulosa es ligera, fuerte y rígida, y con un alto coeficiente de resistencia respecto a su peso. También es estable frente a los cambios de temperatura, tiene interesantes propiedades ópticas (es transparente) y se dilata poco con el calor. Mónica Daluz /
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MATERIALES BIODEGRADABLES 

“Debemos transitar hacia materiales biodegradables que sigan permitiendo la encapsulación de activos de alto valor sin comprometer el medio ambiente”

Entrevista a Rafael Sánchez, jefe de Proyectos en la Unidad de Transformación de Materiales de Envase de Itene

Mónica Daluz
15/02/2022

Encontrar el sustituto perfecto para el plástico no es fácil. Son muchos los científicos que están trabajando en ello en todo el mundo. El centro de investigación Itene participa en el proyecto Boocell, que tiene por objeto el desarrollo de materiales innovadores y sostenibles basados en las nanocelusolas a partir de la transformación de la celulosa, para su aplicación en los sectores de la cosmética, el embalaje y los biofertilizantes. En la lucha contra los microplásticos, este proyecto estudia el desarrollo de nanocápsulas de celulosa para contener compuestos activos o aromas, tan empleados en la industria cosmética. Uno de los procesos para su obtención es la utilización de microorganismos vivos: la nanocelulosa bacteriana. El responsable del proyecto en Itene, Rafael Sánchez, nos explica, entre otras cosas, las ventajas de convertir organismos microscópicos en pequeñas fábricas de huella ecológica cero.

Rafael Sánchez, jefe de Proyectos en la Unidad de Transformación de Materiales de Envase de Itene

Rafael Sánchez, jefe de Proyectos en la Unidad de Transformación de Materiales de Envase de Itene.

Parece que la nanocelulosa es una alternativa factible al plástico en determinadas industrias. ¿Qué tiene este material que no tengan otros?

En primer lugar, hay que tomar conciencia de que la celulosa, material de partida de la nanocelulosa, es uno de los materiales renovables más abundantes en la tierra, formando parte de cualquier materia vegetal, y por ello se encuentra en disposición de ser empleada para la producción de diversos productos. Además, se trata de materiales con unas características muy atractivas para la industria de los polímeros. La nanocelulosa es ligera, fuerte y rígida, y con un alto coeficiente de resistencia respecto a su peso. También es estable frente a los cambios de temperatura, tiene interesantes propiedades ópticas (es transparente) y se dilata poco con el calor.

¿Qué materias primas son susceptibles de ser utilizadas para fabricar nanocelulosa y qué particularidades tiene cada una?

Para la producción de nanocelulosa se puede emplear cualquier materia prima rica en celulosa, como las distintas fuentes lignocelulósicas de origen vegetal (materias primas madereras, residuos agroindustriales, etc.). Estas materias primas de origen vegetal están compuestas principalmente por celulosa y lignina. Durante el proceso de extracción de la celulosa es necesario llevar a cabo un proceso de separación de los distintos componentes que forman este material vegetal con el objetivo de aislar la celulosa y emplearla en una posterior etapa de transformación en nanocelulosa.

En función del tipo de materia prima que se utilice y del proceso de extracción que se emplee, las características de la celulosa extraída serán muy diversas (contenido en lignina residual, longitud de fibra, diámetro de fibra, etc.) y esto repercutirá en las características finales y calidad de la nanocelulosa producida.

Háblenos de los procesos de transformación que se utilizan para producir este nanomaterial. Y cuéntenos cómo se produce la nanocelulosa bacteriana, lo están haciendo en el proyecto Boocell.

La transformación de celulosa en nanocelulosa se puede llevar a cabo por diferentes vías, siendo la vía mecánica la más rentable económicamente y la que será optimizada en el proyecto Boocell.

En efecto, otro proceso de producción de celulosa nanométrica, qué será optimizado dentro del proyecto Boocell, es la producción mediante procesos bacterianos, empleando bacterias productoras de celulosa. La nanocelulosa bacteriana presenta propiedades incluso mejores que la nanocelulosa vegetal, destacando su pureza, lo cual la hace enormemente atractiva en campos de aplicación como la biomedicina o la industria farmacéutica.

El proyecto Boocell estudia la producción de nanocelulosa a partir de residuos agrícolas, en concreto a partir de residuos de paja de trigo...

El proyecto Boocell estudia la producción de nanocelulosa a partir de residuos agrícolas, en concreto a partir de residuos de paja de trigo, para aplicaciones industriales.

Uno de los sectores en los que se prevé una más inmediata introducción de las nanocelulosas es el de la cosmética, ¿por qué esta industria es tan oportuna para la aplicación de estos compuestos a escala industrial?

Las microcápsulas y otros ingredientes poliméricos están ampliamente extendidos en una gran variedad de formulaciones cosméticas y de cuidado personal comercialmente disponibles como por ejemplo champús, geles de ducha, desodorantes, cremas de afeitado o protectores solares, aportando propiedades sensoriales, texturizantes, hidratantes, perlantes, opacificantes, espesantes o exfoliantes, entre otras. Todos estos atributos son objetivos potencialmente asequibles a través de análogos desarrollados con matrices de micro/nanocelulosa.

Otro sector con una alta potencialidad de aplicación inmediata como alternativa a los microplásticos es el del cuidado del hogar. En él, la microencapsulación de fragancias en detergentes o suavizantes textiles con objeto de preservar y potenciar la calidad olfativa y sensorial es un procedimiento comúnmente utilizado. Las cápsulas actuales contienen polímeros no degradables y están consideradas como generadoras de microplásticos. Debido al tipo de aplicación, aproximadamente la mitad de estos microplásticos se liberan finalmente al medio ambiente y, por tanto, resulta especialmente apropiado el tránsito hacia materiales biodegradables tanto en el sector cosmético como en el de cuidado del hogar, que sigan permitiendo la encapsulación de activos de alto valor sin comprometer el medio ambiente.

¿Qué supone la irrupción de la biotecnología en el ámbito industrial en la mejora de la salud humana y la del planeta?

La biotecnología, en los últimos años, ha irrumpido con fuerza en el campo de la economía circular y la sostenibilidad. De forma específica, en los procesos industriales los procesos biotecnológicos en muchas ocasiones significan una clara ventaja respecto a los procesos tradicionales de transformación y producción. El empleo de microorganismos y/o derivados de estos, como las enzimas, nos permiten llevar a cabo procesos de producción y biotransformación muy variados. En este campo los microorganismos pueden ser utilizados como micro factorías, ya que son capaces de aprovechar una amplia gama de sustratos para convertirlos en productos de interés industrial.

La principal ventaja que supone esta tipología de procesos es, por un lado, el menor coste energético, ya que al ser llevada a cabo por organismos vivos generalmente tienen lugar a temperatura y pH de rango biológico. Además, estos procesos se realizan en medios acuosos, limitando el uso de disolventes orgánicos y, además, raramente se generan compuestos secundarios tóxicos. Otro aspecto que se debe mencionar es la especificidad de las reacciones biológicas, capaces incluso de discriminar entre isómeros. Es una ciencia emergente que ya se está implantando en multitud de sectores industriales, desde agricultura y alimentación hasta la industria química y de materiales.

¿Qué recorrido tiene la biotecnología industrial y qué implica para los fabricantes adoptar este cambio en sus procesos a todos los niveles, costes, perfiles, dinámicas…?

Evidentemente la implantación de este tipo de tecnologías conlleva un cambio en la forma de operar, así como un cambio en las infraestructuras y en el personal que lleva a cabo estos procesos, sobre todo en sectores donde tradicionalmente se trabajan y desarrollan otras tipologías de procesos. En este sentido el hecho de trabajar con microorganismos vivos requiere una serie de precauciones y especificaciones de los equipos, como el mantenimiento de ambientes asépticos, el control de poblaciones microbianas y los equilibrios metabólicos.

Al respecto, cabe destacar el papel de las nuevas tecnologías basadas en la ingeniería genética; ésta nos permite el desarrollo de microorganismos cada vez más robustos y con mayores eficiencias y rendimientos. Dependiendo del sector industrial al que nos dirijamos, su contacto con la biotecnología puede ser más o menos lejano y tanto la implementación como la adquisición de estas nuevas tecnologías pueden llevarse a cabo a un corto, medio o largo plazo.

Por todo esto la migración a sistemas de producción basados en la biotecnología a priori puede suponer un coste de inversión medio-alto, pero se ha demostrado que tanto los retornos económicos como los costes de operación y los beneficios generados con la disminución de los impactos medioambientales, avalan esta migración y posicionan a la biotecnología a la vanguardia de la innovación y el desarrollo económico.

Troncos de eucaliptus preparados para ser transportados a una fábrica de celulosa, materia muy abundante en el planeta y que no genera residuos...

Troncos de eucaliptus preparados para ser transportados a una fábrica de celulosa, materia muy abundante en el planeta y que no genera residuos. Su transformación a escala nanométrica puede ser la alternativa definitiva al plástico en importantes sectores industriales. Foto: istockphoto.

Para terminar, ¿puede hablarnos del proyecto Boocell? ¿Cuáles son sus objetivos?

En el proyecto Boocell 2021-2024, Itene participa junto a otros cinco socios (la Universidad de Córdoba, Bionc, la Estación Experimental del Zaidín, Esencias Moles y el Grupo Fertiberia) gracias a la financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación a través de la Agencia Estatal de Investigación.

Sintéticamente, el objetivo principal del proyecto Boocell es el desarrollo de materiales innovadores y sostenibles basados en el empleo de nanocelulosas, que tengan capacidad de reemplazar a los materiales convencionales empleados en aplicaciones de embalaje, cosmética y biofertilizantes.

Para cumplir con este objetivo general, dentro del proyecto Boocell se han planteado una serie de investigaciones u objetivos más específicos, que son: producción de nanocelulosa a partir de residuos agrícolas, en concreto a partir de residuos de paja de trigo; producción de nanocelulosa de origen bacteriano a partir de hidrolizados de paja de trigo ricos en azúcares; desarrollo de nanocapsulas de nanocelulosa para contener compuestos activos o aromas para ser empleados en la producción de fragancias y productos de limpieza del hogar, con la finalidad de protegerlos de los factores ambientas y favorecer su emisión de modo controlado; desarrollo de nanocapsulas de nanocelulosa para contener e inmovilizar enzimas y/o microorganismos en la producción de biofertilizantes con el objetivo de mejorar su estabilidad y optimizar su efecto, y por último, el desarrollo de films flexibles de biopolímeros reforzados con nanocelulosa, biodegradables y compostables, para su aplicación en agricultura, con el fin de mejorar las propiedades mecánicas y barrera de estos biofilm.

Entrevista a Carlos Monerris, Key Account Manager nacional de Itene

Carlos Monerris, Itene
Para
los envases multicapa, no será sencillo hallar alternativas 100% biodegradables”

Almacenar, transportar y proteger, fue solo el principio. La industria farmacéutica y las innovaciones en el sector del envase y embalaje han dado lugar a que hoy dispongamos de fármacos cuyos envases son capaces de realizar algunas tareas, tanto informativas, acerca de cuanto le ocurre al producto durante toda la cadena de suministro, como de mejora del mismo, con envases activos que optimizan la conservación del producto y sus características. Veremos también materiales con propiedades excepcionales, como el grafeno, con los que se conseguirán funcionalidades “a medida”.
Entre tanto, el gran reto es avanzar en la obtención de envases cada vez más biodegradables. Carlos Monerris, Key Account Manager nacional del Instituto Tecnológico del Embalaje, Transporte y Logística (Itene), nos explica cómo funcionan los envases inteligentes y los envases activos y nos pone al día de hacia dónde se dirigen las investigaciones.
¿Qué características deben tener los envases destinados específicamente a contener medicamentos?
Es muy importante cuidar, sobre todo, los envases de acondicionamiento primario, que están en contacto directo con el producto. Los envases tienen que preservar las características del medicamento, por lo que se llevan a cabo ensayos, denominados pruebas de acondicionamiento, a fin de testear sus habilidades para no alterar el fármaco y protegerlo de factores externos, como los ambientales, los químicos o los riesgos físicos.
Además, es preciso que el envase aporte al usuario la información necesaria para su uso correcto. Por lo que respecta a formas y materiales, estos tienen que ajustarse a las características del medicamento para garantizar su seguridad. Vidrio, plásticos, metales e incluso papel y cartón son los materiales más comunes.
Finalmente, los envases tienen que respetar el marco legislativo previsto para la protección del medio ambiente, por lo que las administraciones han establecido un proceso de autorización del medicamento en el que se incluye la evaluación del envase. Mónica Daluz / pdf

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ENTREVISTA

“Para los envases multicapa, no será sencillo hallar alternativas 100% biodegradables”

Entrevista a Carlos Monerris, Key Account Manager nacional de Itene

Mónica Daluz
23/04/2018

Almacenar, transportar y proteger, fue solo el principio. La industria farmacéutica y las innovaciones en el sector del envase y embalaje han dado lugar a que hoy dispongamos de fármacos cuyos envases son capaces de realizar algunas tareas, tanto informativas, acerca de cuanto le ocurre al producto durante toda la cadena de suministro, como de mejora del mismo, con envases activos que optimizan la conservación del producto y sus características. Veremos también materiales con propiedades excepcionales, como el grafeno, con los que se conseguirán funcionalidades “a medida”. Entre tanto, el gran reto es avanzar en la obtención de envases cada vez más biodegradables. Carlos Monerris, Key Account Manager nacional del Instituto Tecnológico del Embalaje, Transporte y Logística (Itene), nos explica cómo funcionan los envases inteligentes y los envases activos y nos pone al día de hacia dónde se dirigen las investigaciones.

Carlos Monerris, Key Account Manager nacional de Itene

Carlos Monerris, Key Account Manager nacional de Itene.

¿Qué características deben tener los envases destinados específicamente a contener medicamentos?

Es muy importante cuidar, sobre todo, los envases de acondicionamiento primario, que están en contacto directo con el producto. Los envases tienen que preservar las características del medicamento, por lo que se llevan a cabo ensayos, denominados pruebas de acondicionamiento, a fin de testear sus habilidades para no alterar el fármaco y protegerlo de factores externos, como los ambientales, los químicos o los riesgos físicos. Además, es preciso que el envase aporte al usuario la información necesaria para su uso correcto. Por lo que respecta a formas y materiales, estos tienen que ajustarse a las características del medicamento para garantizar su seguridad. Vidrio, plásticos, metales e incluso papel y cartón son los materiales más comunes.

Finalmente, los envases tienen que respetar el marco legislativo previsto para la protección del medio ambiente, por lo que las administraciones han establecido un proceso de autorización del medicamento en el que se incluye la evaluación del envase.

Y ¿en el caso de los envases para cosméticos?

Estos responden a las mismas necesidades que los envases de medicamentos, debido a que los productos que contienen entran en contacto con el organismo humano de forma más o menos permanente. Por esta razón, es imprescindible envasar los cosméticos en condiciones tales que permitan asegurar su estabilidad a lo largo del tiempo, impidiendo así su alteración química, física o biológica.

Como en el caso de envases para medicamentos, es posible encontrar en el mercado una gran variedad de formas y materiales de acondicionamiento, tanto primario como secundario. Algunos de ellos son el vidrio en sus distintos tipos, los plásticos (PVC, por ejemplo) y los metales (estaño y aluminio, entre otros), elegidos conforme a las propiedades del producto contenido.

¿Dispone de datos sobre el consumo de los distintos materiales en estos sectores?

El material principal para este tipo de aplicaciones, como en la mayoría de los sectores, es el plástico, que supone en torno al 60% del total. Este material es habitual en blísteres, botellas y sobres. El papel y el cartón también se usan en cajas o estuches, prospectos y etiquetas, y representan alrededor del 20% de la cuota total. También se utilizan otros materiales como el vidrio (10%), en formatos de ampollas o viales, y el aluminio (7%).

Itene ha trabajado en varios proyectos europeos en los que se han desarrollado envases biodegradables para cremas naturales para piel a través de la...

Itene ha trabajado en varios proyectos europeos en los que se han desarrollado envases biodegradables para cremas naturales para piel a través de la combinación de nanotecnología y envases activos antioxidantes (proyecto Biobeauty), así como nuevos envases con propiedades activas antimicrobianas que permiten reducir los niveles de conservantes químicos directamente añadidos en productos cosméticos sin perder seguridad y vida útil (proyecto Acticospack).

En las últimas décadas se ha buscado revalorizar el envase a través del desarrollo de materiales y tecnologías que le dotan de nuevas funcionalidades, ¿puede explicar cuáles son los desarrollos en este campo?

Actualmente, la innovación en los envases farmacéuticos es constante. Además de almacenar, transportar y proteger de agentes externos, cada vez más se apuesta por nuevas funcionalidades que aporten al producto un valor añadido. Uno de los desarrollos más importantes del sector es la paliación del problema de adherencia a los tratamientos farmacológicos, es decir, la falta de constancia a la hora de tomar un medicamento, con la incorporación de envases inteligentes que informan al paciente de los momentos del día en los que debe realizar la toma.

Otro de los desarrollos importantes del sector farmacéutico es la solución a los problemas de falsificación existentes, a través de dispositivos ópticos y sistemas de trazabilidad.

Los nuevos envases buscan garantizar también la seguridad del producto dando información sobre si han sido o no manipulados anteriormente y presentando dificultades para ser abiertos por niños y evitar así accidentes o intoxicaciones.

Los envases inteligentes son capaces de monitorizar lo que le está sucediendo al producto envasado durante toda su cadena de suministro. Estos envases engloban dispositivos y/o etiquetas que ya mediante respuesta visual o bien mediante la lectura a través de un lector o Smartphone, nos dan información de valor sobre el producto envasado. En el caso de los indicadores visuales, estos permiten saber si se ha roto la cadena de frío, si el producto se está deteriorando, o notificar si se ha producido alguna fuga de gases con los productos que se envasan en atmósfera protectora; Itene trabaja en este tipo de desarrollos.

Por último, otra de las innovaciones llevadas a cabo es la inclusión de envases activos que permitan mantener la calidad del producto o alargar su vida útil.

Al hilo de la pregunta anterior, por lo que respecta, concretamente, a los envases activos, ¿puede detallar su funcionamiento en los ámbitos farmacéutico y cosmético?

El envase activo es una de las tecnologías de envasado que ha experimentado un mayor impulso en los últimos años en el sector farmacéutico y cosmético en respuesta a los continuos cambios en las demandas de los consumidores. Esta tecnología se basa en la incorporación de ciertos componentes al propio envase de manera que puedan absorber o liberar sustancias desde o hacia el producto envasado, para así prolongar la vida útil asegurando la calidad y las características del producto.

Los sistemas absorbentes son aquellos que eliminan compuestos no deseados, como pueda ser el oxígeno, el exceso de agua o humedad, algunos contaminantes y otros compuestos específicos. Por otro lado, los sistemas de liberación incorporan de una forma controlada compuestos a los productos envasados como dióxido de carbono, antioxidantes o conservantes, entre otros, de manera que se prolonga el efecto beneficioso de los sistemas conservantes.

¿Puede mencionar ejemplos de desarrollos que ya estén en el mercado?

Entre los desarrollos que ya están en el mercado destaca la tecnología OxyVanish, de la empresa Mitsubishi Gas Chemical Company, Inc. OxyVanish es un material de envase activo absorbedor de oxígeno recientemente desarrollado que puede funcionar sin humedad. Dado que OxyVanish absorbe la humedad y el oxígeno, es capaz de extender la vida útil de productos farmacéuticos e instrumentos médicos que son sensibles al oxígeno y la humedad.

¿Qué innovaciones se han producido en el sector del envase para dar respuesta a las nuevas necesidades de la industria farmacéutica, como los tratamientos biotecnológicos, por ejemplo?, ¿puede explicar cuáles son los requerimientos para este tipo de envases?

La industria farmacéutica está focalizada en la identificación de las necesidades del cliente final, y ello ha dado lugar a, por ejemplo, los formatos de blísteres de bolsillo en forma de trébol, que aportan facilidad de uso. Además, esta industria tiene como objetivo la reducción del coste por envase teniendo siempre el foco en la seguridad sanitaria.

En este marco de innovación se encuentran los nuevos productos biotecnológicos, terapias producidas a partir de proteínas y sistemas vivos, que representan ya casi un tercio de los nuevos medicamentos aprobados, según Farmaindustria. Este tipo de producto requiere una adecuación de los procesos de fabricación. Algunos productos pueden ser sensibles al oxígeno y a la humedad presentes en el aire atmosférico, por lo que a menudo tienen que protegerse con gases inertes para evitar la degradación del producto y mantener la eficacia del medicamento.

El 1 de enero de 2018 entró en vigor un reglamento europeo para prevenir la presencia de la bacteria Campylobacter en la carne de pollo...

El 1 de enero de 2018 entró en vigor un reglamento europeo para prevenir la presencia de la bacteria Campylobacter en la carne de pollo. Itene ha creado un envase generador de atmósfera modificada. Chickenpack es un sistema que además de inhibir y eliminar dicha bacteria, permite una mejor conservación del producto con un sistema auto-generador de CO2, sin necesidad de incorporar una mezcla de gases en el envasado; el envase genera su propia atmósfera protectora una vez está cerrado.

¿Qué nuevos materiales veremos en el futuro aplicados al envase?, cada vez se habla más del grafeno, ¿puede ser uno de estos materiales?

La tendencia apunta hacia superficies funcionales y materiales ‘tailor-made’, que crean “funcionalidades a la carta”. Estos materiales pueden surgir incorporando funcionalidades en la matriz del material o porque se depositan sobre el mismo a través de métodos de deposición y/o tecnologías de impresión, etc. En el futuro vamos a encontrarnos con materiales que cambian de color ante un estímulo en concreto, con materiales más conductores o por el contrario más aislantes o bien que puedan apantallar las ondas, materiales más barrera a determinadas sustancias, etc.

El grafeno puede añadir muchas funcionalidades a los materiales y a auxiliares como las tintas o recubrimientos. Por sus potencialidades y propiedades se le estiman múltiples aplicaciones como el desarrollo de materiales barrera y conductivos, entre otros. Desde Itene trabajamos en múltiples proyectos que dotan de valor añadido a los materiales como, por ejemplo, el proyecto de desarrollo de un indicador de frescura para productos de pollo envasados (Freshcode) o el desarrollo de tintas de grafeno conductoras en el proyecto Nanointech.

A todo ello se añade el reto medioambiental, ¿se podrán conseguir envases 100% biodegradables, manteniendo las prestaciones?

Las prestaciones necesarias en los envases dependen de la aplicación. Ya se pueden hacer envases biodegradables 100% para aplicaciones donde la exigencia de sus prestaciones sea menor. Pero la biodegradabilidad es especialmente interesante en envases compuestos por una variedad de materiales, los denominados multicapa, porque su reciclaje es altamente complejo. Cada material que compone este tipo de envases cumple una función y tiene sus propias exigencias técnicas y, por tanto, encontrar alternativas biodegradables a todos ellos no es sencillo. Aun así, iremos viendo cada vez más envases 100% biodegradables a medida que el desarrollo de los materiales biodegradables continúe mejorando y que también se diseñe el envase pensando en el fin de vida del producto.

¿Cómo está resolviendo la industria los “retos del envase”, tales como la aplicación del ecodiseño, el ajuste de las dosis a los distintos tratamientos, la seguridad, la usabilidad –envases a prueba de niños y al mismo tiempo fáciles de manipular por ancianos–, los tratamientos personalizados…)?

Los desarrollos que en su diseño tienen en cuenta el punto de vista ambiental están en auge debido a que la sostenibilidad es una tendencia creciente. También se está apostando por innovaciones que permitan hacer la dosificación del producto o su apertura más cómoda y/o accesible a un determinado usuario frente a otro.

Por otro lado, adaptar los envases a las personas mayores e invidentes tiene cada vez más importancia. Además, la localización y monitorización de estos grupos de población es clave para el control de enfermos con capacidades disminuidas o que requieran un control de ciertos parámetros.

También se está trabajando en ámbitos como protección de la marca, autenticidad del producto, hacer la cadena de distribución más eficiente mediante las tecnologías de trazabilidad, generar productos cada vez más personalizados, facilitar la interacción usuario-producto, automatizar procesos y actividades; en definitiva, adelantarse a las necesidades de los usuarios.

Alianza contra el despilfarro

Despilfarro alimentario
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Corría el año 1996 cuando Manuel Castells, profesor de Sociología y Urbanismo en la Universidad de Berkeley, en California (EE UU), habló por primera vez sobre “la era del conocimiento”. Han pasado casi dos décadas desde los albores de la llamada nueva economía como cimiento de la globalización, un panorama que auguraba un mundo más eficiente y, por lo tanto, más justo. ¿Ha resultado así, en la práctica? El debate está sobre la mesa. La distribución equitativa y sostenible de los recursos ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en eje de la investigación tecnológica de las industrias abastecedoras de bienes de gran consumo.
Hoy en día la cadena de distribución coopera en busca de sinergias que optimicen sus resultados, logrando la pretendida reducción de los costes y, en consecuencia, contribuyendo al ahorro de las materias primas. La industria alimentaria y la del envase y el embalaje, los sectores de la logística y la distribución y la sociedad en su conjunto -en cuanto a que está formada por individuos consumidores- se están movilizando contra el despilfarro alimentario, un problema desde el punto de vista social -durante el periodo 2011-2013 842 millones de personas padecían hambre crónica, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la FAO- y también medioambiental, por el consumo innecesario de materias primas.
Según datos publicados por la Unión Europea (UE), cerca de 90 millones de toneladas anuales de comida se desperdician cada año en Europa, así como aproximadamente un tercio de los alimentos destinados al consumo humano en el mundo, lo que se traduce en un total de 1.300 millones de toneladas al año.  Los costes medioambientales, por su parte, hacen referencia a su impacto sobre el carbono, el agua, el suelo y la biodiversidad. La huella de carbono del despilfarro de alimentos se estima en 3.300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera por año, mientras que el volumen total de agua que se utiliza cada año para producir los alimentos que se pierden o desperdician asciende a 250 km3. Mónica Daluz /
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Alianza contra el despilfarro

Corría el año 1996 cuando Manuel Castells, profesor de Sociología y Urbanismo en la Universidad de Berkeley, en California (EE UU), habló por primera vez sobre “la era del conocimiento”. Han pasado casi dos décadas desde los albores de la llamada nueva economía como cimiento de la globalización, un panorama que auguraba un mundo más eficiente y, por lo tanto, más justo. ¿Ha resultado así, en la práctica? El debate está sobre la mesa. La distribución equitativa y sostenible de los recursos ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en eje de la investigación tecnológica de las industrias abastecedoras de bienes de gran consumo.

Mónica Daluz

Hoy en día la cadena de distribución coopera en busca de sinergias que optimicen sus resultados, logrando la pretendida reducción de los costes y, en consecuencia, contribuyendo al ahorro de las materias primas. La industria alimentaria y la del envase y el embalaje, los sectores de la logística y la distribución y la sociedad en su conjunto —en cuanto a que está formada por individuos consumidores— se están movilizando contra el despilfarro alimentario, un problema desde el punto de vista social —durante el período 2011-2013 842 millones de personas padecían hambre crónica, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la FAO— y también medioambiental, por el consumo innecesario de materias primas. Según datos publicados por la Unión Europea (UE), cerca de 90 millones de toneladas anuales de comida se desperdician cada año en Europa, así como aproximadamente un tercio de los alimentos destinados al consumo humano en el mundo, lo que se traduce en un total de 1.300 millones de toneladas al año. Los costes medioambientales, por su parte, hacen referencia a su impacto sobre el carbono, el agua, el suelo y la biodiversidad. La huella de carbono del despilfarro de alimentos se estima en 3.300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera por año, mientras que el volumen total de agua que se utiliza cada año para producir los alimentos que se pierden o desperdician asciende a 250 km³. Asimismo, 1.400 millones de hectáreas —el 28% de la superficie agrícola del mundo— se usan anualmente para producir alimentos que se pierden o se desperdician. Según la FAO, para el año 2050 la producción mundial de alimentos deberá incrementarse en un 70 por ciento para soportar el aumento previsto de la población del planeta de 7.000 a 9.000 millones de habitantes. No obstante, la Comisión Europea (CE) estima que cada año se desaprovechan más de 1.300 millones de toneladas de alimentos, es decir, un tercio de la producción mundial, de los que 89 millones de toneladas se despilfarran cada año en la UE y 8 millones en España.

La huella de carbono del despilfarro de alimentos se estima en 3.300 millones de toneladas anuales de gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera.

Preocupación comunitaria

La búsqueda de un modelo de gestión eficiente que permita minimizar el grave impacto económico y medioambiental asociado a la generación de residuos alimentarios se ha convertido en una de las principales preocupaciones europeas. Ahí está, por ejemplo, el proyecto Food Waste Treatment, coordinado por Biogas Fuel Cell y financiado por la UE, que propone una solución que permite la gestión y el tratamiento independiente de las fracciones orgánicas y envases contenidos en los residuos de alimentos. De este modo se posibilita el proceso de valorización más ventajoso en cada caso y se minimiza el impacto medioambiental y económico asociado a la gestión de dichos residuos. El proyecto se centrará en tres grandes colectivos, responsables del 60% de los residuos alimentarios generados en Europa: los productores de alimentos, el canal Horeca y el sector de la distribución.

Por su parte, el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente ha elaborado la estrategia Más alimento, menos desperdicio: “Las pérdidas y el desperdicio de alimentos —cita la fuente ministerial— pueden producirse en todos los eslabones de la cadena alimentaria: en el campo, en las industrias de transformación, en la fase de distribución, en los comedores escolares y restaurantes y en las casas de los consumidores. Las causas no son siempre las mismas y varían según el tipo de producto, la producción, el almacenamiento, el transporte, el envasado y, por último, los malos hábitos o la falta de concienciación de los consumidores”. La comunicación de este mensaje incluye consejos para el consumidor en los distintos momentos del proceso de consumo, que van desde planificar la compra, ajustar las cantidades de los ingredientes a la hora de cocinar, ideas para reutilizar las sobras o la verificación de la fecha de caducidad de los alimentos, hasta consejos de almacenaje u de otro tipo, como llevarse una fiambrera vacía a los restaurantes.

Emmott: “Se consumen 3 l de agua en la fabricación de una botella de plástico que, al final, contendrá solo 1 l de líquido”.

Gestión colaborativa

Ante un futuro que parece comprometer la supervivencia de la especie, apremia la adopción de una nueva perspectiva en el sector económico y empresarial. La cooperación y la transferencia de conocimiento deberán ser los pilares sobre los que imaginar y construir el futuro.

El advenimiento de la globalización llevó ya a las grandes empresas a buscar alianzas y fusiones con las que contrarrestar el tsunami de la nueva economía, en la que los mercados se amplían y flexibilizan, la producción se deslocaliza y la información y el conocimiento devienen las bases de la producción, la productividad y la competitividad, en un contexto de creciente competencia a escala planetaria, que es afrontada con nuevos modos de entender los negocios. Pero hoy urgen algunas correcciones en la ordenación de ese mundo reticular. El director de ciencias informáticas de Microsoft Research, Stephen Emmott, alerta en su ensayo y manifiesto “Diez mil millones”, presentado en Barcelona el pasado octubre, de cómo “la globalización de la manera de vivir de los países ricos hace insostenible la supervivencia del ser humano; en este sentido, solo los chinos duplicarán en 2050 la demanda de alimento y para atenderla será necesario un 70% más de agua dulce para la agricultura.” Y refirió otro dato significativo: “se consumen tres litros de agua en la fabricación de una botella de plástico que, al final, contendrá un litro de ella”.

Si queremos evitar superar la línea de la insostenibilidad, la sobreexplotación y, en definitiva, el agotamiento de los recursos, debemos darle al concepto sostenibilidad una nueva dimensión. El sociólogo y doctor en biología, Ramón Folch, aporta una interesante definición: “La sostenibilidad —dice— consiste en obtener la mejor relación coste/beneficio posible en todas las actuaciones productivas siempre que ambas variables incorporen la totalidad de los elementos, estén o no incluidos en el mercado.” Y estos “otros elementos” no incluidos en el mercado serán los que marquen la diferencia.

Sistemas como la llamada colaboración horizontal pueden aportar importantes beneficios tanto para las empresas implicadas como para el medio ambiente y para toda la sociedad. Los sectores del transporte y la logística son un claro ejemplo de ello. En Europa, una cuarta parte de los camiones viaja vacía y el resto solo están cargados al 25% de su capacidad, una situación que podría mejorar con la combinación inteligente de flujos de mercancías entre diferentes empresas: la llamada colaboración horizontal. En este sentido, el proyecto “Conceptos de colaboración para la co-modalidad (CO3)”, financiado por el VII Programa Marco de la UE, tiene como finalidad precisamente estimular la colaboración horizontal entre diferentes cargadores, fomentando unas mayores competitividad y sostenibilidad en la logística Europea.

Y la innovación en gestión y en investigación van de la mano en este proceso de racionalización de los recursos. En este segmento, el de la logística, acaba de aterrizar el innovador sistema de reparto en pequeños vehículos aéreos no tripulados, los drones, originalmente creados para el ámbito militar, y que hoy están saltando al civil por sus múltiples aplicaciones: meteorología, agricultura, control del tráfico, ganadería, etcétera. Así, los operadores estudian la introducción de este sistema sobre la hipótesis de un ahorro de costes de transporte y distribución, así como la garantía de entregas más rápidas, eficientes y limpias. Y, a medida que los drones puedan transportar más carga y tengan más autonomía, se beneficiarán de ellos también otros eslabones en la cadena de suministro.

Packaging para reducir el despilfarro

En el punto de mira de las industrias generadoras de residuos se sitúa la de los envases y embalajes. Sin embargo, el sector juega un papel esencial en la minimización de residuos alimentarios a lo largo de la cadena de suministro: en la protección de los alimentos, así como durante su distribución o, después, durante su almacenamiento, en el punto de venta y en el hogar del consumidor. Ahí va un dato para la reflexión: los países en desarrollo sufren más pérdidas de alimentos durante la etapa de producción agrícola, mientras que en las regiones de ingresos medios y altos, el desperdicio tiende a ser mayor en el comercio al detalle y el consumo.

Los países en desarrollo pierden más alimentos durante su producción, mientras que en las regiones más avanzadas el desperdicio tiende a ser mayor en el comercio al detalle y el consumo.

El sector del envase y el embalaje, consciente de su responsabilidad en las consecuencias del modus vivendi de las sociedades desarrolladas, se está movilizando para aportar soluciones, no solamente más rentables, sino también más responsables; destaca, en este sentido, el papel imprescindible de los centros tecnológicos que transfieren el conocimiento a la sociedad, colaborando con los sectores industriales que han de convertir en producto la innovación científica y tecnológica.

El pasado noviembre, en el marco de la feria Empack, Packnet celebró una jornada sobre innovación en packaging para la minimización del despilfarro alimentario. Allí, la representante de la Asociación de Supermercados, María Segura, expuso las buenas prácticas que proponen estos establecimientos para la reducción del desperdicio alimentario, tales como la elaboración de listas de la compra y la elección, conservación y preparación de aquellos productos que mejor se adapten a las necesidades de cada familia.

Otro ejemplo del compromiso del sector lo encontramos en la conferencia que pronunció la directora de nuevos materiales y nanotech del Instituto Tecnológico del Embalaje, Transporte y Logística (Itene), Mercedes Hortal, en EmTech España, celebrada los días 5 y 6 de noviembre en Valencia. EmTech, evento de referencia sobre tecnologías emergentes, está organizada por la revista MIT Technology Review del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Hortal se refirió allí a la necesidad que tiene la sociedad de reducir el número de envases que desecha: “Lo ideal —apuntó— es que los envases y embalajes procedan de fuentes 100% renovables, como el maíz o la caña de azúcar, aunque muchos de ellos no ofrecen la resistencia y seguridad que el cliente demanda.”

La investigadora explicó cómo desde Itene se está trabajando para solventar esta cuestión. “Hemos desarrollado nano-arcillas —detalló— que, introducidas en el ácido poliláctico, que procede del maíz, permiten crear un material suficientemente resistente y seguro y con una menor cantidad de materia prima; con todo ello se obtiene un nuevo material 100% biodegradable, que permite al envase descomponerse de forma natural.”

Hortal habló también sobre el envase activo, aquel que interacciona con el producto, que “da respuesta al problema de los alimentos caducados como residuo y a la preocupación que tiene la UE por disminuir la cantidad de alimentos que se desperdician y acaban en la basura”. La experta destacó, asimismo, el envase inteligente y presentó unas etiquetas impresas con tintas que reaccionan con los compuestos volátiles del producto contenidos en el envase, lo que permite determinar la fase de conservación del producto.

Entre las investigaciones que Itene está llevando a cabo con el objetivo de optimizar los recursos cabe citar, además, el Plaguefree, un proyecto para el desarrollo de un nuevo envase activo que permita conseguir un mayor control sobre la aparición y propagación de las plagas que afectan a los productos alimenticios secos. El envase superará las barreras que tienen los actuales films flexibles empleados para el envasado de estos productos: además de la física, pasiva, que ofrecen, incorporará agentes activos que impidan el crecimiento de los insectos. Otro proyecto de interés es el Actiallium, que investiga sobre nuevas técnicas y procesos para la obtención de extractos de ajo morado de Cuenca, con propiedades antifúngicas y antioxidantes, que pueden ser utilizados para crear plásticos agrícolas con fungicidas naturales, así como envases activos que permitan alargar la vida útil de los alimentos. El centro de investigación Itene ha participado también en la última reunión de Save Food, celebrada en Roma durante los pasados días 26 al 28 de noviembre, uniéndose allí a la búsqueda de soluciones que reduzcan la pérdida de alimentos y residuos alimentarios. Uno de los principales objetivos de la iniciativa es que los alimentos se envasen adecuadamente desde el origen hasta que llegan al mercado, y es que, según la UE, el embalaje inadecuado se sitúa entre las principales causas del desperdicio de alimentos. La confusión entre las etiquetas “consumir preferentemente antes de” y “consumir antes de”, la falta de concienciación, una gestión ineficiente de los stocks, los excesos de producción y un almacenaje inapropiado constituyen otras de las causas de que el consumidor deseche alimentos de forma inadecuada.

Inteligencia y cooperación

Dos de las cualidades que han llevado al hombre, como especie, hasta aquí son la inteligencia y la cooperación. En el futuro no va a ser distinto: no podemos permitirnos el lujo de no compartir el conocimiento, de desaprovechar el talento o de prescindir en los negocios de enfoques y técnicas win-win (basadas, fundamentalmente, en negociar teniendo como objetivo que todas las partes salgan beneficiadas). Estamos en el buen camino: la industria ha realizado en las últimas décadas enormes esfuerzos en el desarrollo de sus departamentos de I+D, los centros tecnológicos y las universidades han dado a luz un buen número de spin-offs y los sistemas de código abierto multiplican exponencialmente la generación de nuevos conocimientos, colocándolos al alcance de cualquier persona en cualquier parte del mundo y promoviendo la investigación colaborativa. Pero no es suficiente. Los expertos apuntan a la concienciación ciudadana como factor clave para la solución de un problema que solo puede venir de la mano de un cambio de hábitos por parte del consumidor.

Comenzábamos este artículo hablando del nacimiento de la nueva economía basada en la sociedad de la información y el conocimiento; hoy llama a la puerta la llamada economía social en la que “la generación de ingresos es solo un medio que permite la supervivencia de la compañía y que esta sea sostenible para seguir desarrollándose”, define Ignasi Carreras, director del Instituto de Innovación Social de Esade. El cooperativismo; optar por el consumo de productos locales, también llamados kilómetro cero; la participación en iniciativas como la que ha tenido lugar en Madrid y Barcelona el pasado mes de diciembre, la Disco Sopa, un movimiento nacido en Berlín en el que voluntarios recogen en los mercados frutas y verduras que se desechan por razones estéticas y se cocinan y comen en espacios abiertos a la ciudadanía donde, además, se baila y se disfruta de un ambiente festivo; apostar por fórmulas de aprendizaje colaborativo y multidisciplinar, o por los centros creativos abiertos a los ciudadanos, los fab labs, que veremos proliferar en los próximos años, constituyen opciones que responden a las nuevas inquietudes del ciudadano. Preocupaciones estas que, por otra parte, no están reñidas con las leyes actuales del mercado: las nuevas generaciones valorarán a las empresas que adopten modelos de negocio innovadores que mejoren la vida de las personas y que ayuden a hacer que el mundo funcione algo mejor.

Packaging, el arte de la emoción


Packaging, el arte de la emoción
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Nacen como respuesta a una necesidad, como casi todos los objetos, pero pronto devienen iconos de nuestra cultura. Analizamos el envase, revelador de comportamientos socioculturales, desde una perspectiva histórica y estética, y es que el sello de la evolución de las sociedades, con el consumo como eje de la distribución de los recursos, queda registrado en los objetos de que se sirve y, por ende, en los envases que los contienen.
Esta historia comienza hace mucho tiempo atrás, en un lugar impreciso de la faz de la Tierra… Todo empezó cuando, por vez primera, un grupo de aquellos rudos antepasados nuestros se apiadaron de una solitaria parturienta acuclillada bajo una intensa lluvia y la portaron a cubierto para acompañarla y ayudarla. Y, además, en la contemplación de aquel fenómeno les sobrevino un sentimiento desconocido hasta entonces. Se llamaba “emoción”.
Tras el “amanecer del hombre”, como definió Kubrick la era de tosquedad y violencia en la que el ser humano comenzaba a serlo aún sin conciencia de ello, nuestro sistema emocional siguió perfeccionándose, y aquellos grupos que desarrollaron creencias en poderes sobrenaturales e idearon ritos o ceremonias que integraban al individuo en la colectividad, despertando en él un sentimiento de pertenencia grupal, establecieron vínculos que multiplicaron sus posibilidades de supervivencia, frente a aquellos que se extinguían por falta de lazos de cooperación.
Más tarde, aquellos seres, abrumados por un entorno hostil, no tuvieron más remedio que afinar sus habilidades en la gestión de los recursos y conjeturaron que ello implicaba, definitivamente, una especialización. Mientras unos cazaban, otros fabricaban las herramientas con que optimizar los resultados de un incipiente sector primario. Y así fue como los primeros homo sapiens comenzaron a intercambiar sus productos. Había nacido el comercio. Mónica Daluz /
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Diseñando la tercera revolución industrial

Diseñando la tercera revolución industrial
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Se aproximan cambios en los modelos de producción que traerán consigo nuevos modos de consumir, de trabajar y de manejar nuestro tiempo. Las tecnologías digitales, como la impresión en 3D, posibilitan la autoproducción, y sectores como el packaging o la logística se verán afectados. También asistiremos a exóticos entornos urbanos adaptados al nuevo papel del ciudadano como creador y productor. Será el advenimiento definitivo de la sociedad del conocimiento.
S
ociedad y hábitat son espacios en evolución permanente. Pero algo hace especial el momento en que vivimos, un período de transición, de adecuación y ensamblaje de las fuerzas de cambio, que se interconectan y retroalimentan alternándose como causa y consecuencia. A lo largo de la historia, el sistema productivo ha pautado la configuración de nuestras ciudades, la parcelación de actitudes y comportamientos y hasta la manera de concebir nuestra existencia. Pero las estructuras, físicas y mentales, del pasado entran en colisión con las posibilidades emergentes.
En el origen: la tecnología digital. Los avances más recientes en este ámbito están dando paso, desde hace unos años, a la denominada tercera revolución industrial como nuevo paradigma del proceso productivo. En la actualidad, con la irrupción de herramientas de fabricación digital capaces de transformar modelos digitales en físicos en pocos minutos, podemos modificar nuestra realidad inmediata para convertirnos en productores del mundo físico.
La fabricación digital y la producción distribuida perfilan un nuevo ecosistema de innovación. La impresión 3D está transformando no sólo la forma en que se producen los objetos que nos rodean, sino también los patrones de consumo de nuestra sociedad.
La evidencia del consumo insostenible de recursos naturales nos está moviendo hacia el reuso y hacia el consumo responsable. La respuesta a esta necesidad no se limita a una reacción simplista de parar la máquina de la producción y el consumo, sino que se centra en reinventar sus procedimientos, en la línea del denominado “decrecimiento”, que propone la aplicación de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción en intercambio, durabilidad y sobriedad. Una corriente que busca reconsiderar los conceptos de poder adquisitivo y nivel de vida, basada en la simplicidad voluntaria o la vida sencilla. Pero la idea no es retroceder en el tiempo sino todo lo contrario: asistirnos, por la tecnología, para una vida mejor. Mónica Daluz /
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Diseñando la tercera revolución industrial

Se aproximan cambios en los modelos de producción que traerán consigo nuevos modos de consumir, de trabajar y de manejar nuestro tiempo. Las tecnologías digitales, como la impresión en 3D, posibilitan la autoproducción, y sectores como el packaging o la logística se verán afectados. También asistiremos a exóticos entornos urbanos adaptados al nuevo papel del ciudadano como creador y productor. Será el advenimiento definitivo de la sociedad del conocimiento.

La impresión 3D está transformando no sólo la forma en que se producen los objetos que nos rodean, sino también los patrones de consumo de nuestra sociedad

Mónica Daluz

Sociedad y hábitat son espacios en evolución permanente. Pero algo hace especial el momento en que vivimos, un período de transición, de adecuación y ensamblaje de las fuerzas de cambio, que se interconectan y retroalimentan alternándose como causa y consecuencia. A lo largo de la historia, el sistema productivo ha pautado la configuración de nuestras ciudades, la parcelación de nuestro tiempo, las actitudes y comportamientos y hasta la manera de concebir nuestra existencia. Pero las estructuras, físicas y mentales, del pasado entran en colisión con las posibilidades emergentes. En el origen: la tecnología digital. Los avances más recientes en este ámbito están dando paso, desde hace unos años, a la denominada tercera revolución industrial como nuevo paradigma del proceso productivo. En la actualidad, con la irrupción de herramientas de fabricación digital capaces de transformar modelos digitales en físicos en sólo unos minutos, podemos modificar nuestra realidad inmediata para convertirnos en productores del mundo físico. La fabricación digital y la producción distribuida perfilan un nuevo ecosistema de innovación. La impresión 3D está transformando no sólo la forma en que se producen los objetos que nos rodean, sino también los patrones de consumo de nuestra sociedad.

La evidencia del consumo insostenible de recursos naturales nos está moviendo hacia el reuso y hacia el consumo responsable. La respuesta a esta necesidad no se limita a una reacción simplista de parar la máquina de la producción y el consumo, sino que se centra en reinventar sus procedimientos, en la línea del denominado ‘decrecimiento’, que propone la aplicación de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción e intercambio, durabilidad y sobriedad. Una corriente que busca reconsiderar los conceptos de poder adquisitivo y nivel de vida, basada en la simplicidad voluntaria o la vida sencilla. Pero la idea no es retroceder en el tiempo sino todo lo contrario: asistirnos, con la tecnología, para una vida mejor.

La digitalización dio paso al ciudadano-productor en el ámbito de la edición, por ejemplo. Hoy ya es posible imprimir objetos en tres dimensiones, eliminado el coste de los moldes y la obligatoriedad de la fabricación masiva. La tendencia hacia la producción local de bienes promoverá la utilización de los materiales de cada zona. Además, se trata de sistemas que nacen con vocación de optimizar recursos y contemplan alimentar estas impresoras de objetos con materiales reciclables, como, por ejemplo, los envases plásticos: un equipo de científicos de la Universidad Tecnológica de Michigan ha creado una máquina capaz de reciclar el plástico que se consume en el hogar y convertirlo en material para la impresión 3D. Este planteamiento, el decrecimiento, reduce la circulación de los productos, de manera que el sector logístico deberá anticiparse a dicha circunstancia aportando respuestas a nuevas necesidades de almacenamiento, a operadores locales e incluso al consumidor final, en una dinámica de eliminación de intermediarios.

El decrecimiento reduce la circulación de los productos, de manera que el sector logístico deberá aportar respuestas a las nuevas necesidades a través de eliminación de intermediarios

Se abren nuevas posibilidades para los emprendedores, que podrán producir en pequeña escala cualquier idea. En este escenario, la personalización del producto cobra una nueva dimensión; el consumidor ya no tendrá que conformarse con lo que ofrece el mercado que, aunque ha llegado a un alto grado de diversidad y segmentación, se verá enriquecido por la aportación de la imaginación y la creatividad de la suma de individuos. Y, ¿qué pasará con los envases? La autoproducción, así como las corrientes del decrecimiento, inscritas en los planteamientos de la bio-economía y el posdesarrollo, nos abocan a la reducción del envase. Sin embargo, el packaging puede convertirse en un bien en sí mismo, un objeto que el consumidor podrá fabricarse a la medida de su necesidad, por su cuenta o en colaboración con la industria del sector. Tal vez ahora sí, la cantidad dejará paso al valor, a un nuevo concepto del disfrute de los bienes, en definitiva, a la sociedad del conocimiento.

Tecnología para la autoproducción

En las últimas décadas, la combinación de la producción y el diseño asistidos por ordenador han permitido operaciones de mecanizado en procesos de fabricación sustractiva, como, por ejemplo, torneado, fresado y taladrado con control numérico; se trata de métodos que generan formas a partir de la eliminación de exceso de material.

Hoy, un nuevo actor aparece en la escena productiva: la impresión 3D, un grupo de tecnologías de fabricación por adición que permite la creación de un objeto tridimensional mediante la superposición de capas sucesivas de material. Estas impresoras ofrecen a los desarrolladores de producto la capacidad de imprimir objetos en diferentes materiales con distintas propiedades físicas y mecánicas, imprimiéndolo por partes y procediendo a su montaje.

Las tecnologías por adición no son nuevas, pero desde 2003 se viene produciendo un fuerte crecimiento de las ventas de este tipo de impresoras, con la consecuente reducción de costes, lo que abrirá las puertas del mercado doméstico. Ahí está la Fundació CIM, de la Universitat Politècnica de Catalunya, con el proyecto RepRapBCN, que está comercializando un modelo de impresora, la BDN3D, capaz de reproducir capa a capa cualquier pieza diseñada mediante un equipo informático, al precio de 890 euros; sus principales compradores están siendo particulares, pequeñas empresas y despachos de arquitectura, aunque también se han interesado imprentas, escuelas y emprendedores.

Joyería, calzado, diseño industrial, arquitectura, ingeniería y construcción, automoción, sector aeroespacial, industrias médicas, educación, paleontología, arqueología o ciencia forense son sólo algunos de los campos de aplicación de la impresión 3D. Múltiples tecnologías pugnan por implantarse. Difieren entre ellas en la forma en la que las diferentes capas son usadas para crear las piezas. En el caso de la impresión por inyección, la impresora crea el modelo de capa en capa esparciendo una capa de polvo (plástico o resinas) e inyecta un coaligante por inyección en la sección de la pieza. Las impresiones de polvo coaligado pueden ser endurecidas en el futuro por cera o por impregnación de polímero termoplástico. La impresión 3D por inyección está optimizada para obtener velocidad, coste bajo y facilidad de uso. El modelado por deposición de fundente o la fotopolimerización constituyen otras tecnologías de fabricación por adición. En la actualidad, se estudia la aplicación de la tecnología de impresión 3D en el campo de la biotecnología para su posible uso en ingeniería de tejidos, donde capas de células vivas son depositadas sobre un medio de gel y superpuestas una sobre otra para formar estructuras tridimensionales; algunas denominaciones que se barajan en este ámbito son impresión de órganos o bioimpresión. Hoy, aparecen continuamente filamentos experimentales con distintas propiedades para obtener objetos con apariencias diversas, como madera, arenisca, etc.

El arquitecto holandés Janjaap Ruijssenaars, de Universe Architecture, proyecta construir un edificio usando una impresora 3D. La Landscape House (casa paisaje), cuya construcción está prevista para 2014, es una estructura basada en un bucle continuo con un solo lado. Según Ruijssenaars, este proyecto sólo es posible si se realiza con una impresora 3D: “En la construcción tradicional se tiene que hacer un molde de madera, rellenarlo con hormigón y luego sacar la madera. Es una pérdida de tiempo y energía. La impresión 3D es increíble. Se puede imprimir lo se quiera. Es la forma más directa de la construcción”, ha declarado el arquitecto. La D-Shape, que así se llama la impresora gigante en cuestión, utilizará para imprimir casa sobre casa, en lugar de polvos combinados con tinta y o plásticos, materiales de construcción.

Pero para los usuarios domésticos y las pequeñas empresas la impresión en 3D se limita al plástico ecológico, una sustancia resistente pero que no ofrece un buen acabado a los objetos resultantes. Varias empresas están investigando otros materiales compatibles con los fusores encargados de derretir y depositar el material con el que se crean los objetos impresos. Una de ellas es un estudio de arquitectura y diseño de Oakland, en Portland, llamado Emerging Objects: han sido capaces de crear varios materiales sostenibles y biodegradables que ofrecen acabados y texturas únicos. Sal, cemento, nailon o pulpa de madera y papel son algunas de las posibilidades.

Para Luciano Betoldi, diseñador industrial y formador del curso de fabricación digital FabAcademy en el FabLab Barcelona, “con las impresoras 3D sucederá lo mismo que ya ha sucedido con las de papel: empezaremos a tener acceso a ellas en nuestros lugares de trabajo o de estudio, en copisterías 3D o en nuestro centro de producción digital local, como los 10 FabLab’s de la red FabCity que pronto se abrirán en Barcelona. Luego serán lo suficientemente baratas como para que todos tengamos una en casa.” En este sentido, el sitio de intercambio de archivos Pirata Bay ha creado una nueva categoría de archivos para que el usuario se imprima sus propios productos en impresión 3D. Se trata de conseguir que la producción a pequeña escala sea competitiva con respecto al sistema de producción masiva. Así, podremos seguir jugando con casi las mismas reglas de juego, sólo que de un modo más racional e inteligente y, en definitiva, más humano.

La urbe, nuestro medio natural

Las ciudades sólo suponen el 2% de la corteza terrestre y, sin embargo, concentran al 50% de la población, representan el 75% del consumo energético y el 80% de las emisiones de CO2. Éste es el dato objetivo. Pero que el bosque no nos impida ver las estrellas. Una excesiva dispersión urbana no aprovecharía las economías de escala y no sería sostenible. Concentrar nuestras vidas en espacios físicos conjuntos, desarrollarnos en comunidad y aprovechar las sinergias es lo natural; la ciudad es un medio eficiente evolutivamente hablando y, por lo tanto, intrínseco al ser humano. Las futuras smart cities monitorizarán los espacios y utilizarán la información para tomar decisiones inteligentes, focalizadas en la optimización de los recursos y en la participación ciudadana.

Los sistemas productivos han configurado las ciudades, desde las colonias que emergían junto a los ríos en plena urbe, hasta la progresiva demolición de las fábricas en los centros urbanos y la proliferación de los polígonos industriales. Hoy, arquitectos y urbanistas nos preparan la ciudad inteligente. Y para ofrecernos los nuevos espacios que habitar, tratan de avistar los modos de vivir que se avecinan. El sector de la arquitectura está entusiasmado con las posibilidades que ofrece la impresión 3D. Carlo Ratti, arquitecto, ingeniero y director del SENSEable City Lab del Massachusetts Institute of Technology (MIT), nos explica que “el futuro nos traerá máquinas digitales que nos permitirán producir de un modo nuevo, como las impresoras 3D, que cada vez cobran más importancia en el entorno de fabricación y cabe imaginar una ciudad donde la producción vuelva a instalarse en el centro urbano. Será un sistema de fabricación digital limpio y que nos permitirá conciliar el lugar donde vivimos, el lugar en el que trabajos y los espacios naturales donde nos divertimos.”

El urbaneering es el diseño urbano capaz de reinventar la ciudad para superar las necesidades del planeta

La ciudad inteligente no está reñida con la cooperación, la autoproducción, el intercambio o la escala reducida a las que aludíamos al principio del reportaje. Todo lo contrario, al funcionar como interfaz, en entornos monitorizados, el ciudadano será parte activa en la producción de información y objetos. Los nuevos moradores de la urbe serán usuarios-habitantes aumentados digitalmente y bien informados sobre las dinámicas de las ciudades en las que viven. Nuevas posibilidades se abren en la ciudad del futuro, una ciudad más amigable y respetuosa con las personas y el medio ambiente. En ella jugará un papel fundamental la integración de las fuentes de energía en el diseño de urbes. Prolifera una nueva disciplina que deberá llevar a cabo este paso adelante en el modo de vivir de los humanos, un paso hacia la ciudad extraordinaria: el urbaneering. Se basa en el diseño urbano capaz de gestionar la compleja mezcla de tecnología, teoría y práctica que abarca la reinvención de la ciudad para superar las necesidades del planeta. El urbaneering implica el diseño de la ciudad con una enorme variedad de nuevas ideas, incluyendo crowdsourcing, proyectos de bricolaje, energía localizada, transporte compartido, gobierno electrónico, informática de alto rendimiento, biotecnología y ecología.

La pregunta es: ¿están todos los ciudadanos en condiciones de igualdad a la hora de enfrentarse a la vida cibernética?

La otra brecha digital

Internet dio a luz un nuevo mundo, encogió el planeta azul y acercó a sus habitantes. Al sistema resultante lo llamaron sociedad de la información. Hoy creemos, e incluso nos jactamos, de que la sociedad de la información ha inundado cada rincón del planeta. Pero no es así, y no sólo para los habitantes de los países pobres. En las sociedades avanzadas el complejo medio ambiente tecnológico que nos rodea excluye a millones de personas que, por distintas circunstancias, se hallan en las afueras de la civilización en red. No todos se han instalado con comodidad en el nuevo mundo, cóctel de intangibles que ha propiciado el paso del átomo al bit. También en las sociedades llamadas desarrolladas existe una parte de la población descolgada de las nuevas reglas del juego digital. Los nativos de este universo, las generaciones nacidas en y con la era del bit, se mueven en él como peces en el agua y hacen de la tecnología extensiones de sí mismos, pero el resto debió hacer un esfuerzo de adaptación, y muchos de estos inmigrantes digitales aún deambulan fuera del sistema. Si bien es cierto que la información nos hace libres, no lo es menos el hecho de que a mayor información, mayor complejidad, y la complejidad conlleva vulnerabilidad, imprevisibilidad e incertidumbre.

Numerosas son, pues, las cuestiones que se abren en torno a esta sociedad que parece definirse por sí sola, a nuestras expensas. Sí, la sociedad en red es imparable, pero a nosotros corresponde reconducirla teniendo como punto de mira el interés general. La ciudad inteligente debe pensarse, también, para analfabetos digitales, aquellos para quienes la tecnología es sólo una anécdota, aquellos que nos recuerdan que también se puede vivir y ser feliz sin los imperativos del código binario. Las tecnologías de la información y la comunicación deben estar al alcance de todos sin excepción, y sus herramientas deben contribuir a hacer posible que todos los ciudadanos del planeta podamos ejercer, en equidad, el libre albedrío de su uso.

¿Realidad enriquecida o exuberancia informativa?

realidad enriquecida
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Sistemas que permiten enlazar el mundo real con la virtualidad de manera sencilla, nacidos en el ámbito de la logística, llegan ahora a manos del consumidor gracias a la proliferación de dispositivos dotados de tecnología de acceso móvil a Internet. Los códigos QR y, pisándoles los talones, la realidad aumentada, son algunas de estas nuevas herramientas que fabricantes y distribuidores ya han comenzado a explorar.
La deseable ubicuidad del ser
Estar en todas partes al mismo tiempo fue una vez ámbito exclusivo de la disciplina teológica. Pero el Homo sapiens moderno, empeñado en hacer realidad cuanto la imaginación le arroja, ha hecho de la omnipresencia y de los universos paralelos un juego de niños. Y es que los caminos de la comunicación son, cuando menos, impredecibles…
En su evolución natural se abren paso sin pedir permiso nuevos modos de interacción humana que agrandan el conocimiento exponencialmente y en estructura reticular. Así lo sentenció la red de redes. Con su llegada, la cultura pasó de la linealidad del texto-imprenta a la infinidad del hipertexto, que nos aboca al acceso no secuencial de la información, y nos deja instalados en el exceso. En nuestro vivir hipertextual, haciendo frente a diario a informaciones enlazadas hasta el infinito nos enfrentamos al reto de convivir con el caos documental circundante. Y es que tener toda la información, sin más, es como no tener nada.
Y como consumidores, la oferta se nos agolpa para seducirnos; los fabricantes tratan de ingeniárselas para retener nuestra atención, para que el mensaje no se diluya en mentes saturadas de información. Aunque es cierto que el hombre es capaz de relacionar conceptos como se logra en un hipertexto -no lo hace necesariamente de manera lineal- el pensamiento hipertextual no inmuniza contra el exceso. De hecho, nuestro cerebro, movido por la eficiencia, ante la avalancha de estímulos tiende a la clasificación, a agrupar estímulos similares y así, poniendo orden al caos, va hilando los segmentos de información que un día deberá recuperar con la mayor rapidez y precisión.
Pero en nuestra ilimitada sed de conocimiento y, sobre todo, de experiencias, nos hemos dotado de tecnologías que nos asisten en la evocación del todo. Ahora llegan tecnologías y dispositivos que tratan de completar la realidad.  Mónica Daluz /
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Tecnología para un mundo mejor

Tecnología para un mundo mejor
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La agricultura de precisión se erige en la panacea de la práctica agrícola. La optimización de la gestión del terreno desde diversos puntos de vista, especialmente del medioambiental, significa un importante paso en la conservación de los recursos del planeta. El volumen de envases que genera el sector fitosanitario y su gestión como residuo constituye un factor clave en esta ecuación en la que los países en desarrollo tienen mucho que decir.
El ser humano ha encontrado en la química el aliado con el que mejorar sus expectativas de supervivencia. Conocer el comportamiento de los elementos de la naturaleza ha supuesto una inquietud para el hombre, que pronto aplicaría los conocimientos adquiridos a su preocupación y ocupación principal: la alimentación. Pero, hoy más que nunca, la intervención de la ciencia química en todo el proceso se revela imprescindible: la población mundial actual se duplicará en el siglo que viene y se prevé que la renta per cápita alcance una tasa anual de crecimiento del 2,7% hasta el año 2020; el doble en los países en vías de desarrollo. El consumo de carne, especialmente la roja, se disparará en los próximos años y, en consecuencia, la demanda de grano para alimentar el ganado.
A esto se añade el imparable crecimiento de las áreas urbanas. Ante la escasez de tierras cultivables solo se podrá hacer frente a esta situación aumentando los rendimientos agrícolas mediante el empleo de fertilizantes y productos fitosanitarios. En cuanto a estos últimos, se ha calculado que, sin ellos, la tercera parte de los alimentos producidos en el mundo se perdería.
Abonos; envases inteligentes que respiran e impiden la entrada de la humedad y la fuga de los aromas; botellas y recipientes de diferentes polímeros; gases para controlar la maduración de la fruta recogida; gases criogénicos para conservar los alimentos a bajas temperaturas; productos para proteger la salud de las plantas y los animales; desinfectantes… son tan solo algunos ejemplos de la contribución de la química a la alimentación humana, a la que, a estas alturas, no podemos renunciar.
 Mónica Daluz / pdf

Más allá del papel: la reconversión de la industria gráfica

Más allá del papel: la reconversión de la industria gráfica
EL PODER DEL SECTOR

La impresión digital abre nuevas vías de negocio para las gráficas, que hoy pueden ampliar su mercado potencial gracias a la posibilidad de imprimir sobre nuevos materiales, como cerámica, plástico, vidrio, madera o metal. La integración del contenido digital y la impresión constituye otro ámbito para la innovación.
En cualquier caso, la tendencia empuja al sector a constituirse en una industria de servicios más que de productos, y a observar el mercado desde el punto de vista del consumidor.
El sector de la industria gráfica se halla en plena reconversión. El modelo de negocio debe cambiar radicalmente para sobrevivir en un nuevo entorno en el que ha irrumpido la impresión digital, y el mundo del offset debe repensarse a sí mismo.
Es preciso aprovechar las sinergias de ambas tecnologías para consolidar esta industria y aportar el valor añadido de cada una en función de la demanda del cliente. En tiradas cortas, que es la tendencia actual, se impone la impresión digital, en un contexto de trabajos bajo demanda muy personalizados.
A esto se añade la permanente actualización de los contenidos a la que la digitalización nos ha acostumbrado, que hace inoperativas las grandes tiradas en papel de, por ejemplo, libros de texto.
Tanto la coyuntura económica, como la creciente competencia de los medios digitales, así como los nuevos hábitos de consumo, han adelgazado la demanda de servicios gráficos y obligan a un cambio rotundo de modelo de negocio. En el futuro no serán los volúmenes de impresión sino lograr un producto de valor, la pauta que guíe a esta industria.
Sin embargo, las nuevas tecnologías digitales para la comunicación gráfica abren la puerta a nuevas oportunidades de mercado para este sector. En el futuro se requerirán servicios gráficos innovadores que enfoquen el negocio hacia el consumidor final.  Mónica Daluz / pdf

Sociedad de consumo y ciclo de vida: el show ¿debe continuar?

Sociedad de consumo y ciclo de vida
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La Revolución Industrial dio lugar a un sistema de libre mercado que nos instaló en el paraíso del consumo. La producción desenfrenada y el consumismo como forma de vida determinaron el rumbo del mundo. Hoy, reveladas ya las imperfecciones del sistema, el sector fabril, y muy especialmente el del packaging, buscan vías para producir de otro modo. No es posible mantener a largo plazo la vertiginosa obsolescencia del producto; el ecodiseño, que analiza el ciclo de la vida del producto desde su concepción, es un paso hacia un mundo más sostenible, tal vez el primero que, a gran escala, y junto a nuevos modos de reparto y circulación de bienes y recursos, puede marcar la supervivencia del mundo tal y como lo conocemos.
Y aquí estamos. Dicen que es la posmodernidad, la era digital. Pero en realidad seguimos siendo esclavos de la Revolución Industrial que nos construyó y que nos impuso un tentador sistema de supervivencia basado en el binomio producción/consumo, ante el cual caímos rendidos. La posibilidad de fabricar en serie (generar más dinero con menos esfuerzo) reduce los precios, y con la facilidad del acceso a bienes nace la compra por diversión; así, la economía se acelera y el resto del engranaje se adecúa al nuevo modelo. Desde entonces estamos obligados a crecer. Pero, ¿es consumir, la mejor medida para reactivar la economía?, ¿acaso es la única?
Así es para algunos teóricos, como Bernard London, quien abogaba en su libro Finalización de la Depresión a través de la Obsolescencia Programada, tras el llamado crack de 1929, por imponer durabilidad de productos y servicios para incrementar el consumo de los mismos, en el convencimiento de que así las fábricas seguirían fabricando, la población consumiendo y se crearían puestos de trabajo. London planteaba que todos los productos tuviesen una vida limitada con una fecha de caducidad después de la cual se considerarían legalmente muertos. Mónica Daluz /
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La sociedad de consumo y el ciclo de la vida: el show, ¿debe continuar?

La Revolución Industrial dio lugar a un sistema de libre mercado que nos instaló en el paraíso del consumo. La producción desenfrenada y el consumismo como forma de vida determinaron el rumbo del mundo. Hoy, reveladas ya las imperfecciones del sistema, el sector fabril, y muy especialmente el del packaging, buscan vías para producir de otro modo. No es posible mantener a largo plazo la vertiginosa obsolescencia del producto; el ecodiseño, que analiza el ciclo de la vida del producto desde su concepción, es un paso hacia un mundo más sostenible, tal vez el primero que, a gran escala, y junto a nuevos modos de reparto y circulación de bienes y recursos, puede marcar la supervivencia del mundo tal y como lo conocemos.Nuevos materiales compuestos nanoestructurados que combinan bioplásticos y fibras de celulosa para su uso en una amplia variedad de industrias como embalaje, transporte, construcción, juguete, menaje, artes gráficas, etcétera.

Mónica Daluz

Acortar la vida útil de los productos para aumentar las ventas ha venido siendo uno de esos componentes imprescindibles para mantener el equilibrio del sistema que, a su vez, para perdurar en su armonía, debía acelerarse cada día un poco más.

Y aquí estamos. Dicen que es la posmodernidad, la era digital. Pero en realidad seguimos siendo esclavos de la Revolución Industrial que nos construyó y que nos impuso un tentador sistema de supervivencia basado en el binomio producción/consumo, ante el cual caímos rendidos. La posibilidad de fabricar en serie (generar más dinero con menos esfuerzo) reduce los precios, y con la facilidad del acceso a bienes nace la compra por diversión; así, la economía se acelera y el resto del engranaje se adecúa al nuevo modelo. Desde entonces estamos obligados a crecer. Pero, ¿es consumir, la mejor medida del éxito económico y social? ¿Acaso es la única?

Así es para algunos teóricos, como Bernard London, quien abogaba en su libro Finalización de la Depresión a través de la Obsolescencia Programada, tras el llamado crack de 1929, por imponer la planificación de la perdurabilidad de productos y servicios para incrementar el consumo de los mismos, en el convencimiento de que así las fábricas seguirían fabricando, la población consumiendo y se crearían puestos de trabajo. London planteaba que todos los productos tuviesen una vida limitada con una fecha de caducidad después de la cual se considerarían legalmente muertos.

Producir hasta morir

Para este enorme motor global, al que llamaron libre mercado, la producción constituye el combustible y en su engranaje intervienen piezas clave como el consumo o la tasa de empleo, así como otras variables advenidas por la propia evolución del sistema, cada vez más complejo e interdependiente, como, por ejemplo, el nivel de endeudamiento. Acortar la vida útil de los productos para aumentar las ventas ha venido siendo uno de esos componentes imprescindibles para mantener el equilibrio del sistema que, a su vez, para perdurar en su armonía, debía acelerarse cada día un poco más. Revolucionado completamente, desbocado ya, al motor le empezaron a fallar piezas en cadena. El consumo se contrae y la reducción en los niveles de actividad económica desestabilizan la dinámica de este artilugio invisible, de esta máquina de los intercambios que todo lo articula y todo lo puede; sin consumo no hay demanda, sin demanda no hay venta, sin venta no hay producción y sin producción no hay ingresos. Un círculo vicioso que debería impulsar a realizar los ajustes necesarios para corregir el sistema, sobre todo en el caso, improbable, de que esta fuera la madre de todas las crisis.

Tal vez el sistema haya cobrado vida propia, como el supercomputador Proteus, que se le escapa de las manos a su creador, adquiriendo la capacidad de pensar y razonar por sí mismo, en la película de 1977 dirigida por Donald Cammell, Demon Seed, basada en la novela de Dean R. Koont. El poder del sistema, hecho a imagen y semejanza de nuestro modo de entender el mundo, nos lleva a considerar las fuerzas del mercado y la globalización una situación de no alternativa; en una suerte de determinismo sobre la imposibilidad de resistirnos al mercado. No cabe duda de que la economía de mercado se ha revelado como el sistema menos malo para la creación de prosperidad y que, como afirma Adair Turner, economista británico y asesor del exprimer ministro Tony Blair, en su libro Capital Justo, “las economías abiertas frente a las cerradas han sacado de la pobreza a la gente en los últimos treinta años a un ritmo mucho mayor que en cualquier otra etapa de la historia; sin embargo, la desregulación de los mercados, sin gestionar ni moderar, no son capaces de satisfacer todo el abanico de aspiraciones humanas, y, muy especialmente, en los asuntos relacionados con el medio ambiente”.

En cualquier caso, la historia ha puesto de relieve los excesos del sistema y hoy tenemos la oportunidad de corregirlos. Pero, ¿en qué sentido?, ¿para mantenernos en la sociedad del desarrollo continuado?, ¿de veras no podemos frenar esta espiral de crecimiento hacia el abismo, de crecimiento insostenible? Sin duda, las sociedades tienen márgenes de maniobra para tomar sus propias decisiones y el sistema puede ser alimentado con nuevos elementos que lo reequilibren a través de un diseño óptimo de las normativas económicas y sociales para avanzar hacia lo que Samuel Brittan, escritor y columnista del Financial Times, ha llamado “capitalismo con rostro humano”, en el que combinar el dinamismo de la economía de mercado con las necesidades de una sociedad integradora y la pretensión de un medio ambiente bien conservado y mejorado.

La era del “yo”

La industrialización fomentó una nueva actitud de consumo y una nueva concepción del producto. Vino a añadirse al sistema una variable made in USA; resolutiva, eficiente, de lógica casi infantil: si se trata de producir cuanto más mejor, el producto debe ser “ligero”, tan fácil de consumir como de desechar. Ingenieros industriales, químicos y diseñadores se vieron forzados a crear productos más frágiles, así ocurrió con el nylon de DuPont (una fibra sintética que aplicadas a las medias femeninas, las hacía prácticamente irrompibles), o con las bombillas, considerado el primer producto víctima de la obsolescencia programada (en 1924, los principales fabricantes de bombillas se reunieron en Ginebra para negociar el control de la producción, intercambiar patentes y llegar a un acuerdo con la finalidad de acortar el tiempo de vida de las bombillas).

El enfoque americano sobre la fabricación de un producto era crear un consumidor insatisfecho que, una vez disfrutara su producto, deseara cambiarlo por otro con una imagen más nueva. Atrás quedaba la escuela europea, que ideaba y realizaba sus productos para que tuviesen una larga vida útil. Aunque el sector fabril nunca ha admitido abiertamente la práctica de la obsolescencia programada, la necesidad de diseñar productos prêt-à-porter explica que, a pesar del espectacular avance tecnológico de las últimas décadas, la durabilidad de los productos no se haya incrementado en la misma proporción, sino más bien todo lo contrario.

La situación de bienestar económico se desarrollaba al tiempo que crecían las libertades individuales y la sociedad se democratizaba y horizontalizaba. Entre las nuevas cartas de la baraja: el concepto de novedad, un marketing focalizado en seducir al consumidor, el acceso al crédito, el peso del factor “moda”, el crecimiento de la población urbana, una macdonalización generalizada, todo ello mientras lo colectivo era desbancado por lo individual. El consumo reemplaza a los apegos y los productos pasan a formar parte de la identidad del ciudadano/consumidor. Es la sociedad líquida, de la que habla Bauman, (sociólogo, filósofo y ensayista polaco, y ganador del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2010) en la que la esfera comercial lo abarca todo, o la sociedad infantilizada de la que habla el también sociólogo Vicente Verdú, es sencillo para las empresas crear productos que pronto serán inservibles.

Es humano clasificar y situar todo asunto a los extremos de la escala de grises, cuando en realidad, excepto unas pocas cosas, todo sucede en el largo intervalo entre el blanco y el negro. Pero en esta historia no hay malvados, ni planes secretos, ni conspiraciones para acabar con los recursos del planeta; nos hallamos ante el fruto de un flujo de circunstancias cambiante. Además, desde la perspectiva de la abundancia ha sido menos fácil apreciar los efectos colaterales de un funcionamiento “viva la vida”. Hoy, el contexto de crisis (menos capital y menos trabajo, luego, más incertidumbre) hace emerger valores centrados en la austeridad, la familia, la solidaridad o la sostenibilidad, que aplacan el individualismo sobre el que se gestó este aprieto económico en el que nos hallamos: valiosas piezas para el engranaje con el que construir el nuevo paradigma.

Y como telón de fondo, la eterna asignatura pendiente: el Tercer Mundo; países que tratan de recorrer su camino hacia la prosperidad y que lo hacen a un ritmo de progreso más rápido de lo que lo hizo en su momento el mundo desarrollado. Se trata de países con eficiencias económicas profundamente divergentes y progresos sociales enormemente variados que han contado con tecnología, capitales o know-how del mundo desarrollado, que al final han supuesto una desequilibrada transferencia de modernidad. Sólo hay que ver los problemas para avanzar en los acuerdos mundiales para reducir las emisiones de los gases que calientan la Tierra, como ha quedado patente este mismo mes de diciembre con la firma de la prórroga del protocolo de Kioto II. O la paradoja de lugares como Ghana, en África, donde reciben cientos de contenedores diarios de residuos electrónicos provenientes del llamado Primer Mundo.

Sin embargo, no debiéramos contemplar el mercado como el enemigo del medio ambiente, sino como una poderosa herramienta para alcanzar mejoras medioambientales con los menores costes, a través de la sustitución de materias primas tradicionales por otras nuevas más eficientes, y del progreso tecnológico, que aumenta la eficiencia en el uso de los recursos reduciendo generación de residuos.

¿Cambio de ciclo? Tal vez sí

El pasado mes de noviembre el Reino Unido anunciaba que a partir de 2015, tras 45 años de apoyo financiero y transferencias de desarrollo a su excolonia, India, retirará la ayuda a este país por considerar que actualmente se trata de una potencia económica emergente. Es tan sólo un ejemplo, pero un síntoma de que las fichas no son estáticas en el tablero de juego. Nuevas realidades socioeconómicas que engendran también nuevas aspiraciones como sociedad. El comercio justo (en 2011 las ventas de productos de comercio justo certificados alcanzaron en todo el mundo los 4.900 millones de euros, un 12% más que el año anterior) o la concienciación de particulares y empresas por preservar el medio ambiente, son algunos ejemplos. Internet y las redes sociales se hacen eco de las nuevas inquietudes del ciudadano, consciente de que un producto de vida corta crea un problema de residuos; usuarios comparten información sobre cómo modificar, reparar y alargar la vida útil de los productos.

Cada vez más diseñadores y empresas comprenden que un futuro sostenible pasa por la creación de productos más duraderos y de bajo o nulo impacto ambiental. Cada producto puede tener una segunda o tercera vida o una producción de ciclo cerrado donde los residuos generados se incorporen al nuevo ciclo de producción. En esta línea de interés nace el concepto cradle to cradle, de la cuna a la cuna; con este sistema se propone que la eficiencia, reciclaje y respeto por el medio de un producto sean primordiales desde su concepción, de forma que el balance final sea siempre positivo.

Ecodiseño: en la base de la nueva estructura productiva

Y si en la producción se encuentran los cimientos del sistema que nos sustenta, es precisamente en ese eslabón de la cadena donde debemos incidir y donde ya se está empezando a actuar. En los últimos años, las empresas han venido adoptando paulatinamente sistemas de gestión medioambiental con el objetivo de cumplir la legislación vigente y de disminuir las agresiones sobre el medio ambiente. Estas políticas han generado la aparición de nuevos conceptos. El ecodiseño es uno de ellos. Esta práctica busca satisfacer la función de un producto con el menor impacto ambiental global asociado a su ciclo de vida. Podemos definir el concepto de ecodiseño como el conjunto de acciones orientadas a la mejora ambiental del producto en la etapa inicial de diseño, mediante la mejora de la función, selección de materiales menos impactantes, aplicación de procesos alternativos, mejora en el transporte y en el uso, y minimización de los impactos en la etapa final de tratamiento. Las empresas innovadoras entienden el ecodiseño y la gestión medioambiental como un valor añadido en términos de competitividad: se abaratan los costes de producción mediante la reducción del consumo de recursos energéticos y de materiales empleados y los costes por eliminación de residuos, cada vez más gravados, se minimizan.

De algún modo, se está dando el pistoletazo de salida a un proceso de transformación de los productos y servicios, en el que la función de estos durante la etapa de uso no justifica, per se, su fabricación. Un producto es también, las consecuencias de su existencia.

El sector del packaging

El sector del envase y el embalaje busca la introducción de perspectivas ecológicas en la fase de diseño; que sea el más adecuado al producto y al transporte. Una buena parte de las emisiones de CO2 se liberan en la fase de distribución, por lo que el transporte es un elemento a tener muy en cuenta a la hora de desarrollar un producto: cambios en los materiales pueden suponer un importante ahorro de peso y en las dimensiones del producto, y cambios en la forma y el diseño de un embalaje puede ayudar a transportar más unidades en un camión. La ingeniería del embalaje está volcada en la sostenibilidad. Ésta, trabaja en las llamadas ocho estrategias del ecodiseño. En el primer nivel se tienen en cuenta los componentes del producto: selección de materiales de bajo impacto, reducción de uso de materiales, y técnicas para optimizar la producción. En el nivel referido a la estructura de producto se aborda la optimización del sistema de distribución y la reducción del impacto durante el uso. Por último, en el nivel de sistema de producto, se aborda la optimización del sistema de fin de vida y el de vida útil.

© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
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