Hubo una época en la que, por las reminiscencias de una sociedad clasista, cada grupo de poder adquisitivo estaba ligado a un canal de distribución. El colmo de los absurdos venía cuando el individuo se autoprestigiaba cuanto más caro compraba. Por fortuna para la mayoría, tales juicios han pasado a mejor vida y hoy, la compra barata es compra inteligente.
Pero retrocedamos en el tiempo y desgranemos los referentes y modus vivendi de una época diseñada y recreada en vertical.
Para situarnos, y salvo excepciones; era la época en la que, el hecho de que una mujer casada trabajara era poco menos que una vergüenza, sobre todo para el esposo, que sentía una extraña y ancestral presión socio-familiar para asumir la manutención de la fémina de por vida lo que, casi, le
aseguraba lo que ellos llamaron fidelidad, para definir la dependencia. Por lo que a ellas respecta, la mayoría descubrió demasiado tarde que ser una mantenida -en el buen sentido- no resultó, a fin de cuentas, ningún chollo; más bien se convirtió en una guerra de autoestimas: a más medrar de los esposos, más se resentía la autoestima de ellas y en idéntica proporción se afianzaban los roles de poder y obediencia. En esos mismos años imperaba la inmovilidad laboral; el trabajo para toda la vida en una
concepción de la empresa como ente protector, (hasta que la crisis de los 80 demostró que ni el Estado ni la empresa son mecenas para siempre). Tiempos, en fin, en los que las apariencias y los tabúes conformaban entornos asfixiantes que generaron vidas fracasadas.
Arriba: el Estado, la Iglesia, las normas, la tradición y el “qué dirán”; abajo, la gente corriente capeando con mayor o menor fortuna las trabas que el poder había ido instalando a la felicidad. En esos días, y por lo que a actitudes de consumo respecta, tan acostumbrada estaba la ciudadanía a ser guiada y dirigida, que la exclusividad de la decisión de compra de bienes duraderos la ostentaba el comerciante, quien era considerado un experto, y conocedor omnisciente de los pormenores de cada producto y de las vicisitudes de las marcas. Además, sabía exactamente qué venderle a cada cliente al minuto y medio de observar su comportamiento, desde el momento mismo en que desaceleraba el paso para dirigir su mirada hacia la oferta del escaparate. Mónica Daluz / pdf

