Fue el patrón de los “telecos”, San Gabriel, y el sector lo celebró, por cuarto año consecutivo, con una jornada de conferencias. En esta ocasión se habló de “ciudades digitales”, de la sociedad de la información, de las nuevas tecnologías aplicadas a la empresa, y hasta del polémico texto del estatuto de autonomía de Cataluña… Políticos, empresarios patrocinadores y, a Dios gracias, algún que otro representante del mundo universitario, nos deleitaron con sus conferencias más o menos interesantes y más o menos interesadas.
Primero te ponen el caramelo en la boca, cautivándote con las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías en el terreno empresarial. Después apelan a la racionalidad, lanzando porcentajes de ahorro de costes, de incremento de la productividad y de optimización de procesos. Prosiguen plantificando diapositivas con esquemas ininteligibles para que te percates de tu incapacidad para aplicar esas soluciones en tu negocio, así que decides ignorar el diagrama y concentrarte en la disertación; es entonces cuando, con premeditación y alevosía, comienza el desfile de siglas, que unas veces pronuncian en inglés y otras en castellano, para seguir enredando el asunto. Cuando estás pensando que, una vez más, aquella conferencia sólo ha servido para confirmar tus sospechas de que la tecnología, cuanto más se sofistica más se aleja de ti, y llegas a la conclusión de que la tan traída y llevada convergencia tecnológica, por lo que a ti respecta, diverge pavorosamente, el ponente lanza la palabra mágica: «simplicidad». Y piensas: ¡ahora sí; esto es lo que he venido a buscar! Pero el susodicho te explica que el aprovechamiento de aquella tecnología sólo es posible si contratas sus servicios.
El caso es que cuanto más se desarrolla la tecnología y sus aplicaciones, más dependemos de aquellos que las crean o las implementan, y se hace imprescindible el establecimiento de mecanismos de control para que aquella no esté al servicio exclusivo de intereses económicos o, lo que es peor, ideológicos… Por ejemplo, en materia de TDT, forman un trío inseparable en todo tipo de charlas y coloquios (también presentes en las IV Jornadas de las Telecomunicaciones en Cataluña): la Generalitat, con un interés desmedido por impulsar dicha tecnología, sobre la que, ya sin pudor, afirma utilizará como herramienta de promoción de la cultura catalana (aunque debo decir que Carles Salvador, -que acudió a las conferencias en representación de la Administración catalana- declaró en exclusiva para En Línea 2000 que “en ningún caso se vetará la adjudicación de frecuencias a televisiones locales por emitir contenidos en castellano”); Abertis Telecom, gran beneficiada de esta macrooperación, y que cuenta con la más importante red para la difusión y distribución de la señal; y Corporació Catalana de Radio Televisió, la televisión pública catalana.
Intereses aparte, el caso es que el grupito de marras sigue haciendo observaciones que enervan al fabricante: que por qué hay tan pocos televisores con decodificador incorporado, que por qué no bajan los precios de los set top box… ¡Y dale! Pero si los fabricantes fueron los primeros en apostar por esta migración tecnológica y nadie les secundó; ni la administración, por esa natural aversión del poder a los cambios, sobre todo si hay un pastel, el publicitario en este caso, de por medio; ni los creadores de contenidos, que, por lo menos hasta ahora, han permanecido en estado de hibernación… o están trabajando con una confidencialidad absoluta para sorprender a una audiencia cuyo criterio va a ser cada vez más decisivo.
Sea como sea, la cuenta atrás ha comenzado, y ahora sí tenemos encima el “encendido digital”, término que, por aquello de las sutilezas del lenguaje, las autoridades prefieren al de “apagón analógico”.
Pero mientras llega, los fabricantes prueban suerte con la alta definición; obtienen su sello HD Ready y aderezan su oferta con cámaras de vídeo capaces de grabar en HD, lo cual, por otra parte, va a traer una democratización de la producción de contenidos que va a dar mucho que hablar. Los representantes del sector fabril acudieron a los encuentros en cuestión con la HD bajo el brazo, y cual no sería su sorpresa -e indignación- al escuchar cómo, con una finura impecable, la administración y la televisión catalanas rebatieron la idoneidad de apostar por la alta definición. Pero ¿por qué oscuro motivo iba el sector fabril a dotarse de un arsenal de productos preparados para la recepción de contenidos HD? Seguro que no está en su ánimo aprovechar la confusión del consumidor ante la llegada de la televisión digital terrestre, para dejarle creer que la HD y la TDT son más o menos lo mismo y que si no tenemos un aparato con el sello HD Ready no estaremos preparados para el futuro, lo cual es del todo cierto, pues los contenidos producidos en alta definición llegarán precisamente entonces, en el futuro, de momento la producción en este sistema es francamente escasa en toda Europa.
La sensación de confusión y disparidad de criterios se puso de manifiesto en una jornada en la que alcaldes de algunos municipios preguntaban a aquellos hacedores de la televisión que viene, acerca del futuro de las televisiones locales, ya que las frecuencias que se asignen no serán coincidentes con los límites territoriales de las poblaciones, por lo que algunas voces vaticinan la muerte de la verdadera televisión local. A esto se añaden otras problemáticas como los elevados costes del transporte de la señal, inasumibles por las cadenas locales, que, ante esta situación, ya han movido ficha con la creación de una sociedad que agrupa a un buen número de ellas.
En fin, la maraña no se halla solamente en el espectro radioeléctrico y el caos no es sólo de frecuencias; parece que cada uno ve o le conviene ver la realidad desde una óptica diferente y, entre tanto, los espectadores de este enrarecido panorama observan atónitos cómo quienes tienen la responsabilidad de guiar la migración tecnológica del país se mueven en el terreno de las hipótesis. Y es que las nuevas tecnologías nos superan a todos, y hasta en las altas esferas están abrumados ante la variedad de posibilidades que aquellas ofrecen, porque de ellos depende llevarlas a la práctica y, entre otras cosas, tendrán que ingeniárselas para diseñar un nuevo modelo de televisión que, además, sea rentable. Mónica Daluz / pdf

