¿Se han fijado en cuál es el elemento cuya pérdida más pesar causa cuando a alguien se le acaba de, por ejemplo, hundir su casa? Usted mismo, ¿cuál de todos sus enseres rescataría de una catástrofe doméstica? Sin duda aquello que no se puede volver a reproducir. Y si algo hay irreproducible en esta gran fábrica de sueños en la que hemos convertido nuestro pequeño y rico trozo de planeta, son las vivencias personales y los sentimientos que las acompañaron.
Necesitamos evocar las emociones vividas y nada hay más eficaz para activar las huellas mnémicas que conforman nuestros recuerdos, que observar imágenes de tiempos y sensaciones pasados.
Las VHS durmieron todo este tiempo y, precisa mente ahora que nos decidimos a comprobar si todavía funciona el vídeo, resulta que son ellas las que han perdido todo atisbo de expresión sonora y su imagen es casi tan imprecisa como nuestros recuerdos. Entonces, corremos a incordiar al informático de la familia para que salve, de algún modo digital, nuestras vivencias. Por un momento, nos hemos sentido al borde de un precipicio que amenazaba con malograr nuestra identidad…
Hoy vivimos momentos de redefinición en materia de archivado y conservación de la memoria. Las estadísticas indican que la mujer es más proclive a la angustia ante los recuerdos en digital; el canal de fotografía ha asumido que sólo le queda el papel -después de que el canal electro se erigiera en abanderado de las ventas de cámaras digitales-, y despliega campañas publicitarias que aluden a las ternuras de la vida para sistematizar el “pasar a papel” y no dejar morir el soporte tradicional como requisito indispensable para su propia supervivencia.
Por otro lado, los fabricantes de impresoras lo gran abaratar el coste de las impresiones domésticas y, por si esto fuera poco, ahí están los conversos convencidos; sus mentes ya sólo funcionan en digital y en sus hogares protecnológicos, el silicio es el rey… Mónica Daluz / pdf

