Hubo una época en la que, por las reminiscencias de una sociedad clasista, cada grupo de poder adquisitivo estaba ligado a un canal de distribución. El colmo de los absurdos venía cuando el individuo se autoprestigiaba cuanto más caro compraba. Por fortuna para la mayoría, tales juicios han pasado a mejor vida y hoy, la compra barata es compra inteligente.
Pero retrocedamos en el tiempo y desgranemos los referentes y modus vivendi de una época diseñada y recreada en vertical.
Para situarnos, y salvo excepciones; era la época en la que, el hecho de que una mujer casada trabajara era poco menos que una vergüenza, sobre todo para el esposo, que sentía una extraña y ancestral presión socio-familiar para asumir la manutención de la fémina de por vida lo que, casi, le
aseguraba lo que ellos llamaron fidelidad, para definir la dependencia. Por lo que a ellas respecta, la mayoría descubrió demasiado tarde que ser una mantenida -en el buen sentido- no resultó, a fin de cuentas, ningún chollo; más bien se convirtió en una guerra de autoestimas: a más medrar de los esposos, más se resentía la autoestima de ellas y en idéntica proporción se afianzaban los roles de poder y obediencia. En esos mismos años imperaba la inmovilidad laboral; el trabajo para toda la vida en una
concepción de la empresa como ente protector, (hasta que la crisis de los 80 demostró que ni el Estado ni la empresa son mecenas para siempre). Tiempos, en fin, en los que las apariencias y los tabúes conformaban entornos asfixiantes que generaron vidas fracasadas.
Arriba: el Estado, la Iglesia, las normas, la tradición y el “qué dirán”; abajo, la gente corriente capeando con mayor o menor fortuna las trabas que el poder había ido instalando a la felicidad. En esos días, y por lo que a actitudes de consumo respecta, tan acostumbrada estaba la ciudadanía a ser guiada y dirigida, que la exclusividad de la decisión de compra de bienes duraderos la ostentaba el comerciante, quien era considerado un experto, y conocedor omnisciente de los pormenores de cada producto y de las vicisitudes de las marcas. Además, sabía exactamente qué venderle a cada cliente al minuto y medio de observar su comportamiento, desde el momento mismo en que desaceleraba el paso para dirigir su mirada hacia la oferta del escaparate. Mónica Daluz / pdf
Editorial. Nunca antes ocurrió en la historia de la humanidad (…)
Nunca antes ocurrió en la historia de la humanidad que la oferta fuera superior a la demanda.
En la sociedad del exceso, las organizaciones se enfrentan a una situación novedosa en la que deberán contemplar no sólo el “explotar” sino también el “explorar”, lo que resulta difícil de conjugar en el día a día de la empresa por una evidente cuestión de rentabilidad inmediata.
Además, mientras en la explotación todo el proceso está bajo control, la exploración, por el contrario, funciona por la vía de la prueba y el error.
Pero en un mercado mundializado como en el que nos hallamos, a la empresa se le hace imprescindible simultanear lo inmediato con lo futuro si no quiere tener sus días contados. Para ello, la clave está en la innovación. Desgranemos, a continuación, este argumento.
La gestión de los contenidos, de la información desbocada que nos acosa y nos penetra irremediablemente, marcará la diferencia en el mundo empresarial. Lograr una productividad informacional con la que generar conocimiento diferencial, en definitiva, saber leer el entorno, las oportunidades, y convertir la información en productos que impacten en dicho entorno, constituye, en estos momentos, el verdadero reto de las empresas.
Hoy, las compañías han logrado unos niveles de productividad difícilmente superables y, sin embargo, tienen ante sí el desafío de averiguar cómo hacer que cada persona gestione adecuadamente la información y multiplique su productividad con herramientas apropiadas.
En este punto, las empresas quedan paralizadas y se enconan en la inercia de utilizar siempre los mismos instrumentos de productividad, ignorando otros más rentables, tan sólo porque nunca los han utilizado.
Es la primera vez que nos encontramos ante un estancamiento en el rendimiento de la tecnología, de manera que urge que las empresas lleven a cabo un cambio de mentalidad, un cambio en la propia concepción de la compañía y su gestión, porque si no se da este proceso de transformación, la incorporación de nuevas tecnologías sirve de muy poco. Mónica Daluz / pdf
Espacio vital ¿Viviendo en clichés?
El otro día escuché al director de un importante salón sectorial decir, a través de las ondas de una también importante emisora de radio, una solemne tontería. El hombre trataba de ilustrar a la audiencia en relación a la reciente propuesta de edificar pequeñas viviendas de uso unipersonal y, buscando el símil que más se acercara al concepto en cuestión dijo: “es como un loft”. No sé ustedes, pero yo no logro imaginarme un loft en 25 m2.
Como nos hallamos en época de evocaciones, de tratar de arrastrar los referentes más volátiles, esos que apenas podemos dar forma durante unos instantes en nuestra mente, y nos empeñamos en traerlos al mundo de aquí, porque ya no podemos vivir sin exportar nuestros pensamientos a una representación material, somos pasto codiciado por cualquiera que venda no-productos. Y tratándose de vivienda, hoy todos se empecinan en vendernos versatilidad, movilidad, luz, transgresión, vanguardia, naturalidad, polivalencia, urbe, confort y espiritualidad. Mézclelo todo y obtendrá un loft.
Nadie compraría 25 m2 de espacio a precio de oro, pero la mayoría pagaría el doble por comprar todos esos conceptos que hacen referencia, mezcladamente, al espacio exterior y al interior. Que no nos den gato por liebre; un loft es, en sí mismo, un culto al espacio y a la luz. Una vivienda de 25m2 es, sencillamente, un estudio.
El Soho, Tribeca y el Barrio Oeste son los tres barrios neoyorkinos donde se engendró el concepto de loft, en los años 60 y que, en su origen, significó la transformación en viviendas de zonas industriales degradadas o en desuso, que fueron ocupadas clandestinamente por estudiantes y artistas, y en cuyo seno se desarrollaron distintos movimientos artísticos radiales, como el Fluxus, síntesis del Dadá, la Bauhaus y el espíritu Zen; diversidad e improvisación, confluencia de todos los medios de expresión, reivindica el arte-diversión y supone una búsqueda de la renovación del campo artístico, en el que las cosas sencillas de nuestra vida son elevadas a la categoría de obra de arte, aunque de modo más transgresor que lo hiciera el Pop Art, con un Warhol hipnotizado por la sociedad consumista y fascinado por el fenómeno de la reproducción infinita. De hecho, los artistas del movimiento Fluxus pusieron los cimientos del mundo artístico actual, basado en el mestizaje de las ideas y las expresiones. Mónica Daluz / pdf
Editorial. Las empresas de electrónica de consumo (…)
Las empresas de electrónica de consumo se lanzan a fabricar electrodomésticos para el cuidado personal; una importante marca de productos de gama marrón publicita en televisión sus máquinas de ecografía tridimensional; y podríamos seguir…
Parece que todos buscan sinergias y tantean oportunidades, en estos tiempos en los que aquellas estructuras, ideas y estrategias que han funcionado siempre, de repente, dejan de hacerlo y nadie sabe por qué… Ciertamente, el sector fabril se enfrenta cada día en solitario a las incógnitas de un mercado impredecible, mientras a los gobiernos se les esfuman las fuerzas en debates ideológicos que se apartan de las necesidades reales de la sociedad.
Fabricar y vender productos o servicios, en fin, todo negocio, siempre ha tenido sus riesgos, pero hoy la incertidumbre es aún mayor ¿Por qué ya no se puede apostar sobre seguro? ¿Por qué ya no hay esquemas infalibles?
Tal vez sea porque los mercados son radicalmente distintos y debemos dirigirnos a ellos de una manera también distinta. Por supuesto, el contenido del mensaje publicitario y su lenguaje han cambiado, pero también deben cambiar la forma de presentarlo y los canales a través de los cuales vehicularlo. Pero, sobre todo, hoy el mensaje debe estar respaldado por una sólida realidad que, además, tiene que «sonar» real…
Se ha pasado de una publicidad explicativa a la publicidad de las satisfacciones, los valores y las expectativas. La segmentación de los mercados se ha convertido en la base del branding y aunque la globalización homogeneiza los mercados, fabricantes y creativos se han encargado de combatir la estandarización de los gustos y formas de vivir, atendiendo, en la medida de lo posible, la tendencia hacia la demanda personalizada.
Hace tiempo que se busca la sorpresa; la sorpresa capta nuestra atención y fija el mensaje, pero en la actualidad, además, el emisor busca intrigar al receptor, jugar con él a las adivinanzas. El ciudadano, cuando recibe publicidad no quiere ser tratado como un estúpido. Busca publicidad inteligente. Desea que le reten. La sutilidad, las pistas, el gag… Que impacte, que sea locuaz, aguda y, por supuesto, que emocione. Entre otras cosas porque su bagaje en comunicación visual le otorga una cultura del lenguaje de la imagen que nadie ha medido todavía pero cuya presencia es un hecho que no se puede pasar por alto. Sin embargo, sentados frente al televisor demasiadas veces los spots parecen iguales; unos nos suenan a otros, los recursos creativos se repiten, en fin, que además de interrumpirnos, pocas veces podemos escapar del mimetismo publicitario.
Pero hay algo más que necesidad de creatividad detrás de los nuevos modos de comunicarnos con los mercados. Los géneros audiovisuales se han mezclado y la publicidad se ha convertido en un instrumento de comunicación que muchas veces condiciona el contenido de los medios. También ocurre a la hora de lanzar un producto; el que mejor pueda ser comunicado es el que acabará en la factoría.
Los mercados se están volviendo más inteligentes, están más informados y más organizados. ¿La razón? Intercambian conocimientos vía internet y buscan la información entre sí mismos; los mercados están interconectados P2P. De modo que las compañías se encuentran en la tesitura de tener que abandonar con urgencia la retórica corporativa, el lenguaje artificial, algo pomposo y, en ocasiones, incluso arrogante, para evitar que la credibilidad se desplace hacia otros canales en los que los ciudadanos hablan libremente de las empresas y de los productos. Los consumidores buscan marcas llenas de contenido, respaldadas por empresas que les escuchen y dialoguen con ellos; es posible que de este modo, además, la empresa descubra nuevos factores por los que aquellos estarían dispuestos a pagar más. Se hace imprescindible que la empresa se comunique con
los ciudadanos con franqueza.
Para empezar, las marcas deben considerar en su justa medida el paso intermedio que hay entre el sofá -o sea, el spot de televisión- y la tienda: el vistazo rápido a la web corporativa. De nuevo aquí se obvia, en muchas ocasiones, un elemento clave: las palabras.
¿Por qué las empresas dan de alta sus sitios web en buscadores a través de las palabras clave con las que definen categorías internamente, en lugar de pensar qué palabra utilizará el usuario de internet para buscar la información? Los sitios web reflejan el lenguaje de la empresa en lugar del lenguaje del internauta y quienes deciden los contenidos deben tomar conciencia de que las palabras desencadenan acciones. Hoy hemos superado la fase de «porqué» estar en internet y nos hallamos en la del «cómo» estar; un site ya ha dejado de ser un mero almacén. En la sociedad del conocimiento, en la que el individuo dispone de poco tiempo para escuchar y es asediado por cantidades ingentes de información, la atención de la gente baja, y desbordarles con un exceso de contenido no sólo es una falta de respeto sino también una sandez, ya que como todo buen comerciante sabe, colocar demasiados productos frente al consumidor le aturde y, además, le molesta. Es imprescindible concentrar tiempo y energía para generar valor.
Las empresas tienen en sus manos valiosas herramientas para conocer los mercados, y la información detallada sobre la conducta de la población, minuto a minuto, será cada vez más barata, precisa e inmediata. Pero no podemos olvidarnos de la experiencia y el conocimiento del consumidor del siglo XXI, que, además, también dispone de herramientas adecuadas, presiona con muchas ideas e inquietudes renovadas y, lo más importante: no tiene reglas… Hasta ahora podía desprestigiarnos, y con toda la razón si el producto no estaba a la altura de sus expectativas, pero lo hacía ante familiares y vecinos. Hoy, hablará de nuestra marca a todo el mundo, en el sentido literal de la palabra. Mónica Daluz / pdf
El estado desorientado ¿quién manda aquí?
La figura del Estado decrece. Hasta ahora mediador y controlador de los intercambios, el Estado pierde protagonismo ante el cambio de la estructura internacional; deja de ser interlocutor, de modo que toda institución u organismo que dirige al Estado sus peticiones, como los sindicatos, se encuentran desfasados.
En muchos casos ha ocurrido que por la identificación que se da entre lo que un país fabrica y los intereses del Estado, éste ha abierto fronteras para que las empresas puedan vender sus excedentes, lo que beneficia tanto a las empresas como a los trabajadores del sector. Cuando las empresas no son competitivas se cierran los mercados y el Estado del Bienestar se vuelve proteccionista, originando políticas de dumping social; situación que se vivió en las décadas de los 70 y los 80.
Hoy, en una situación internacional que aboga por la desregularización y la no intervención de los estados en los mercados, ha venido a darse una política de «dejar hacer». En este entorno, el fenómeno de la deslocalización conduce a una situación de intereses contrapuestos que desorienta al Estado, que no sabe qué intereses defender.
Mientras, los estados receptores favorecen la instalación de empresas extranjeras, pero lo hacen a costa del coste social. El cese del proteccionismo se ha traducido en un incremento del poder de las empresas transnacionales, en detrimento de las empresas pequeñas y medianas de carácter nacional. La empresa transnacional no se halla solamente en el ámbito de la producción, sino que se extiende rápidamente a la comercialización y a los servicios.
Y llegó la nueva economía, pero, ¿en qué se diferencia de la economía mundial? La economía global es capaz de funcionar de forma unitaria en tiempo real o en un tiempo establecido, a escala planetaria; las fronteras se han esfumado pero también lo ha hecho el factor tiempo y ello ha venido, sin duda, de la mano de las tecnologías de la información y la comunicación.
-Es la ley del mercado…-, sentencian los inmovilistas, pero las leyes que impone el mercado son consecuencia de decisiones más o menos prediseñadas. Los agentes motores de las nuevas reglas del juego fueron, en su día, los gobiernos de los países más ricos, con la desregularización de la actividad económica interna, la liberalización del comercio y la inversión internacional, y la privatización de compañías controladas por el sector público; todo ello, al objeto de unificar las economías y dotarlas de un conjunto de normas homogéneas.
Desde entonces, capital, bienes y servicios fluyen en todas direcciones a criterio de… ¿los mercados? Mónica Daluz / pdf
Editorial. Fue el patrón de los “telecos”…
Fue el patrón de los “telecos”, San Gabriel, y el sector lo celebró, por cuarto año consecutivo, con una jornada de conferencias. En esta ocasión se habló de “ciudades digitales”, de la sociedad de la información, de las nuevas tecnologías aplicadas a la empresa, y hasta del polémico texto del estatuto de autonomía de Cataluña… Políticos, empresarios patrocinadores y, a Dios gracias, algún que otro representante del mundo universitario, nos deleitaron con sus conferencias más o menos interesantes y más o menos interesadas.
Primero te ponen el caramelo en la boca, cautivándote con las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías en el terreno empresarial. Después apelan a la racionalidad, lanzando porcentajes de ahorro de costes, de incremento de la productividad y de optimización de procesos. Prosiguen plantificando diapositivas con esquemas ininteligibles para que te percates de tu incapacidad para aplicar esas soluciones en tu negocio, así que decides ignorar el diagrama y concentrarte en la disertación; es entonces cuando, con premeditación y alevosía, comienza el desfile de siglas, que unas veces pronuncian en inglés y otras en castellano, para seguir enredando el asunto. Cuando estás pensando que, una vez más, aquella conferencia sólo ha servido para confirmar tus sospechas de que la tecnología, cuanto más se sofistica más se aleja de ti, y llegas a la conclusión de que la tan traída y llevada convergencia tecnológica, por lo que a ti respecta, diverge pavorosamente, el ponente lanza la palabra mágica: «simplicidad». Y piensas: ¡ahora sí; esto es lo que he venido a buscar! Pero el susodicho te explica que el aprovechamiento de aquella tecnología sólo es posible si contratas sus servicios.
El caso es que cuanto más se desarrolla la tecnología y sus aplicaciones, más dependemos de aquellos que las crean o las implementan, y se hace imprescindible el establecimiento de mecanismos de control para que aquella no esté al servicio exclusivo de intereses económicos o, lo que es peor, ideológicos… Por ejemplo, en materia de TDT, forman un trío inseparable en todo tipo de charlas y coloquios (también presentes en las IV Jornadas de las Telecomunicaciones en Cataluña): la Generalitat, con un interés desmedido por impulsar dicha tecnología, sobre la que, ya sin pudor, afirma utilizará como herramienta de promoción de la cultura catalana (aunque debo decir que Carles Salvador, -que acudió a las conferencias en representación de la Administración catalana- declaró en exclusiva para En Línea 2000 que “en ningún caso se vetará la adjudicación de frecuencias a televisiones locales por emitir contenidos en castellano”); Abertis Telecom, gran beneficiada de esta macrooperación, y que cuenta con la más importante red para la difusión y distribución de la señal; y Corporació Catalana de Radio Televisió, la televisión pública catalana.
Intereses aparte, el caso es que el grupito de marras sigue haciendo observaciones que enervan al fabricante: que por qué hay tan pocos televisores con decodificador incorporado, que por qué no bajan los precios de los set top box… ¡Y dale! Pero si los fabricantes fueron los primeros en apostar por esta migración tecnológica y nadie les secundó; ni la administración, por esa natural aversión del poder a los cambios, sobre todo si hay un pastel, el publicitario en este caso, de por medio; ni los creadores de contenidos, que, por lo menos hasta ahora, han permanecido en estado de hibernación… o están trabajando con una confidencialidad absoluta para sorprender a una audiencia cuyo criterio va a ser cada vez más decisivo.
Sea como sea, la cuenta atrás ha comenzado, y ahora sí tenemos encima el “encendido digital”, término que, por aquello de las sutilezas del lenguaje, las autoridades prefieren al de “apagón analógico”.
Pero mientras llega, los fabricantes prueban suerte con la alta definición; obtienen su sello HD Ready y aderezan su oferta con cámaras de vídeo capaces de grabar en HD, lo cual, por otra parte, va a traer una democratización de la producción de contenidos que va a dar mucho que hablar. Los representantes del sector fabril acudieron a los encuentros en cuestión con la HD bajo el brazo, y cual no sería su sorpresa -e indignación- al escuchar cómo, con una finura impecable, la administración y la televisión catalanas rebatieron la idoneidad de apostar por la alta definición. Pero ¿por qué oscuro motivo iba el sector fabril a dotarse de un arsenal de productos preparados para la recepción de contenidos HD? Seguro que no está en su ánimo aprovechar la confusión del consumidor ante la llegada de la televisión digital terrestre, para dejarle creer que la HD y la TDT son más o menos lo mismo y que si no tenemos un aparato con el sello HD Ready no estaremos preparados para el futuro, lo cual es del todo cierto, pues los contenidos producidos en alta definición llegarán precisamente entonces, en el futuro, de momento la producción en este sistema es francamente escasa en toda Europa.
La sensación de confusión y disparidad de criterios se puso de manifiesto en una jornada en la que alcaldes de algunos municipios preguntaban a aquellos hacedores de la televisión que viene, acerca del futuro de las televisiones locales, ya que las frecuencias que se asignen no serán coincidentes con los límites territoriales de las poblaciones, por lo que algunas voces vaticinan la muerte de la verdadera televisión local. A esto se añaden otras problemáticas como los elevados costes del transporte de la señal, inasumibles por las cadenas locales, que, ante esta situación, ya han movido ficha con la creación de una sociedad que agrupa a un buen número de ellas.
En fin, la maraña no se halla solamente en el espectro radioeléctrico y el caos no es sólo de frecuencias; parece que cada uno ve o le conviene ver la realidad desde una óptica diferente y, entre tanto, los espectadores de este enrarecido panorama observan atónitos cómo quienes tienen la responsabilidad de guiar la migración tecnológica del país se mueven en el terreno de las hipótesis. Y es que las nuevas tecnologías nos superan a todos, y hasta en las altas esferas están abrumados ante la variedad de posibilidades que aquellas ofrecen, porque de ellos depende llevarlas a la práctica y, entre otras cosas, tendrán que ingeniárselas para diseñar un nuevo modelo de televisión que, además, sea rentable. Mónica Daluz / pdf
Editorial. Audiencias al poder
¿Imagina que un medio de comunicación de masas como la televisión se convirtiera en el más importante agente democratizador de la historia?
Aunque a algunos les parezca que no se puede vivir sin computadoras, son muchos los hogares que carecen de PC, de modo que la visión de una sociedad accediendo alegremente a todo el conocimiento del pasado y presente de la humanidad, de paseo permanente por el ciberespacio, es, en realidad, un espejismo, por lo que llevar la Sociedad del Conocimiento hasta el último de los rincones deviene imperativo de las democracias y, de paso, los estados contrarrestarían las consecuencias del proceso de concentración del poder económico -en lugar de aliarse a él-. (Sólo una idea: no estaría de más, por ejemplo, que el Gobierno considerase la instalación de redes Wi Fi que posibilitaran el acceso gratuito a Internet, como una infraestructura urbanística más, cual red de alcantarillado o alumbrado).
En efecto, el arribo de Internet supuso la irrupción de una fuerza desestabilizadora, una sacudida para el poder, que perdía el monopolio como emisor. Y sí, desde entonces los mensajes fluyen en horizontal, es más, con la proliferación de los cuadernos de bitácora la pirámide se invierte y aquellos circulan también de abajo a arriba. Además, con la digitalización también llegó la reducción de intermediarios y, por tanto, el acortamiento de las distancias entre consumidor y producto; un producto cuyo almacenamiento, difusión y transporte se ha simplificado de un modo espectacular con respecto a épocas anteriores. Asimismo, las nuevas tecnologías han traído consigo una nueva forma de evolución cultural en la que prevalece el principio de compartir productos y conocimiento, lo que ha suscitado el debate en torno al concepto de propiedad de la creación. En este sentido, parece difícil justificar el veto al intercambio de cultura entre particulares; más bien todo lo contrario: el establecimiento de mecanismos que permitan la realimentación cultural de los individuos debería constituir, precisamente, una de las aspiraciones de toda sociedad.
Pero hoy, además de ser todos emisores, también podemos ser productores; el sector audiovisual ha entrado en una fase indeterminada e impredecible de cambio, y la industria de electrónica de consumo coloca continuamente en el mercado productos de uso profesional adaptados al ámbito doméstico. Grabar en alta definición, editar fácilmente en un PC y distribuir a través de la banda ancha está al alcance del ciudadano de a pie. Y, lo más importante, en un futuro próximo, producción cultural de toda procedencia, ocio audiovisual, voz IP, información inmediata mundial y local, contenidos generalistas y especializados, comunicación entre ciudadanos y entre éstos y la Administración, y un largo etcétera, se darán cita en nuestro salón, en el aparato de televisión.
Pero si es cierto que el poder ha experimentado movimientos de traslación y cambios en la forma y en el fondo, -para empezar éste se ha instalado en la sala de juntas de multinacionales y entidades financieras-, también lo es el hecho de que hoy, la lucha por el poder es más encarnizada que lo fue jamás, porque él, el poder, está ahí, más accesible que nunca y a merced de cualquiera que logre conquistarlo, y proliferan las alianzas -que en otro tiempo fueron políticas y hoy lo son económicas-, para atraparlo o mantenerlo. De manera que asistimos a continuos movimientos de concentración a gran escala: operadores de comunicación, productores, distribución; cada día son menos y más grandes…
Pero todos ellos, no son nadie sin nosotros, los consumidores, porque, a fin de cuentas, de eso se trata, de que gastemos nuestro dinero en sus productos y servicios. Y resulta que las mismas tecnologías que han globalizado la economía han permitido que el ciudadano también haya entrado en un proceso de concentración, y las crecientes posibilidades de comunicación de todos con todos incrementa el capital social que ha de otorgar a la ciudadanía el mayor poder que jamás haya detentado. Mareas humanas se citan a través de las nuevas redes de comunicación para acudir a una manifestación por la paz o para cometer actos vandálicos, y las utilizan para aliarse en el boicot a empresas, para protegerse de la globalización o para castigar a los políticos. Pero mantener esa posición de fuerza implica un compromiso con la defensa de la libertad de flujo de saberes, frente a la brecha digital que pueden provocar los monopolios de software, las patentes sobre el desarrollo tecnológico, y las tecnologías y leyes de control digitales.
Y es que todos quieren el poder de la red y la guerra cibernética se ha desatado desde que un puñado de gobiernos, que se han revelado contra el control de Internet de EE.UU., amenazan con crear una segunda red si éste no cede la propiedad de Internet a un organismo internacional. La red corre el peligro de desmembrarse y, de ocurrir, sería su sentencia de muerte, tal como la conocemos, porque ello implicaría la existencia de dos redes que, probablemente, no podrán interoperar entre ellas. En esta ocasión, hasta los usuarios del ciberespacio coinciden en que lo mejor es dejar las cosas como están: fragmentar Internet también fragmentaría el poder del ciudadano.
En este número de En Línea les ofrecemos un reportaje especial sobre la televisión digital terrestre, con motivo de su inminente puesta en marcha. Ciudadanos, consumidores o audiencias que, para el caso, es lo mismo, parece que saldremos ganando -además de por la cuestión técnica-: tendremos más contenidos, lo cual no significa “mejores”. ¿Más de lo mismo? En cualquier caso, la llegada de la tecnología digital a la televisión otorga al ciudadano más oferta, luego más poder.
“La audiencia ha decidido que…” La frase parece una frivolidad, pero, créanme, es la frase de la nueva era; la era del poder de las audiencias. Mónica Daluz / pdf
Editorial. Últimos cartuchos
Las previsiones macroeconómicas incitan a agotar los últimos cartuchos. La curva de plazos de tipos de interés en EE.UU. sugiere la posibilidad de una recesión, ya que, por mandato de la Fed (Reserva Federal), los tipos a corto plazo siguen subiendo mientras que los de largo plazo se mantienen alrededor del cuatro y medio. Cabe pues esperar una ralentización del crecimiento a medio plazo, de momento, en el país norteamericano. Al menos esa ha sido la reacción del mercado durante los últimos 40 años cada vez que ha venido a darse esta inversión de la curva de plazos de tipos de interés.
Hace algunas semanas los telediarios nos ofrecían aparatosas imágenes de gentes alocadas precipitándose a tortazo limpio hacia el interior de los almacenes neoyorquinos, que abrían sus puertas con ofertas increíbles para celebrar el inicio de la campaña navideña. Por lo visto las ofertas superaban con creces los ya golosos precios de años anteriores, y es que todos sospechan que la desaceleración se aproxima.
En España, el gasto en consumo final en el tercer trimestre ha registrado una ligera moderación frente al segundo trimestre, y fuentes de Deutsche Bank acaban de anunciar que se espera una desaceleración de la demanda interior en 2006 y 2007, en consumo y construcción. Por otra parte, y según la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU), la actitud del consumidor durante la campaña navideña estará marcada por la contención. A pesar de todo, la asociación en cuestión cifra el gasto medio por español para estas fiestas en 832 euros, un 4% más que el año pasado.
En fin, como a nadie le gusta que le llamen aguafiestas, ahí estaremos todos, consumiendo a destajo. Y más le vale al comerciante aprovechar con intensidad las ventas que se avecinan. Por lo que pudiera deparar el futuro…
De momento, puede estar tranquilo, la tecnología es a jóvenes y adultos lo que los juguetes a los niños. Así que los caprichos tecnológicos van a ser los grandes deseados de las navidades.
Los fabricantes ya se han movilizado para convencernos de lo mucho que vamos a disfrutar si nos hacemos con los productos más punteros, como las pantallas preparadas para la recepción de señal en alta definición, asunto sobre el cual les ofrecemos en este número un extenso reportaje. Por cierto ¿han pensado a quién interesa que se vendan muchos televisores preparados para la HDTV?, además de a los fabricantes, por supuesto. Pues a los operadores de satélite. ¿Que por qué? Ante la oferta gratuita de canales que nos trae la TDT, ¿quién pagará por tener más canales todavía? Con la HD, y en previsión de que este sistema de emisión llegue antes por satélite que por la plataforma digital terrestre, las operadoras de satélite podrán disponer de una oferta diferenciada con la que salvar el negocio y evolucionar hacia una reconversión forzosa. Eso, siempre y cuando la oferta de contenidos de los canales de TDT suponga una verdadera competencia para el satélite, claro.
Otro gran protagonista del escenario navideño será el CD de audio. Y sí, lo de la piratería es francamente pernicioso para las cuentas de las grandes compañías discográficas (que pretenden, según han manifestado recientemente, usar datos de teléfonos e Internet para combatir la piratería en la UE), pero no caigamos en el error de poner puertas al campo. No se puede. El temor a los cambios denota inseguridad con respecto a la capacidad para adaptarse a ellos, pero el mundo de la música no tendrá más remedio que aprender a gestionar una nueva situación, porque que en el sector audiovisual los contenidos discurren de nuevos modos es un hecho consumado; los archivos de audio y vídeo deambulan por la red; el fenómeno podcasting ha creado una nueva versión de radio en Internet al alcance de cualquiera; y, sí, muchos inmigrantes ganan algunos euros vendiendo CDs piratas… ¿Y qué? La libertad de expresión se abre paso de un modo casi natural a través de los caminos trazados por las nuevas tecnologías, y hoy más que nunca -en época de inverosímiles vetos radiofónicos…- cobra plena vigencia la célebre frase de Voltaire que convendría no olvidar nunca: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”.
Por cierto, entre el entramado de cifras un tanto desalentadoras con las que abríamos este editorial, he estado a punto de olvidar un dato que puede marcar la diferencia: mientras el consumidor se aprieta el cinturón en la cesta de la compra y en la adquisición de bienes de consumo, el gasto en lotería experimenta un crecimiento significativo. Y eso le da una pista acerca de lo que la gente, verdaderamente, necesita… Así que, ya sabe, disfrace sus productos de algo infalible, algo a lo que nadie se puede resistir; junto al producto, aprenda a vender, también, ilusión.
Tenga usted unas felices y, por supuesto, suculentas ventas. Mónica Daluz / pdf
Tecnología a trancas y barrancas …Y el viajero se trocó en mundano turista
Para empezar, un sinfín de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.
A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!-. Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.
Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo que yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…
Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.
Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario.
A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mí misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello. Mónica Daluz / pdf
Empresa sostenible ¿Es posible?
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
De manera que hemos pasado de una visión empresarial cuyo único objetivo era rentabilizar la inversión, a un modelo en el que tiene cabida un código ético elemental. Sin embargo, en los últimos años los grupos a los que la empresa debe satisfacer han aumentado, y han aparecido actores imprevistos que deciden su éxito o fracaso: los condicionantes del mercado, saturado de oferta; los culturales, con sensibilidades hacia las causas solidarias y hacia los peligros de un desarrollo no sostenible; o los de un consumidor consciente de su inmenso poder. Hoy, son muchas las empresas que coquetean con la estrategia de buscar el aprecio de la comunidad. En este sentido, y según los resultados de un estudio de Accenture, los distribuidores modernos deberían pasar a adquirir un protagonismo activo entre la población a la que sirven y convertirse en referentes para la comunidad. Sin duda, atender a más requerimientos tiene un coste adicional, de manera que la empresa deberá elegir entre un coste cierto y un beneficio potencial.
El caso es que, tanto la empresa que produce como el individuo que consume están llamados a tener en cuenta el impacto que supone la fabricación de bienes de consumo y el respeto a la comunidad humana y al entorno medioambiental implicado en cada proceso productivo, al objeto de no agotar los recursos naturales ni violar los derechos humanos.
Como casi todo, la sostenibilidad ya tiene sus siglas: RSC, o sea, Responsabilidad Social Corporativa; de hecho ya existe en España el primer observatorio de la RSC. La RSC es una nueva pero urgente medida, de entre las muchas que aún hemos de ver, que colocará un punto de cordura en el mundo globalizado, por una simple cuestión de supervivencia. Parece que en esta vorágine de intereses contrapuestos y más allá de la industrialización descontrolada de una era que, en contra de toda previsión, ha visto cómo la rapidez y profundidad de sus cambios tecnológicos no han supuesto en realidad el fin de la era industrial sino su aceleración y extensión, se abre paso una nueva visión empresarial. Mónica Daluz / pdf










