Tecnología a trancas y barrancas …Y el viajero se trocó en mundano turista

Tecnología a trancas y barrancas
OPINIÓN 

Para empezar, un sinfín de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.
A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!-. Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.
Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo que yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…
Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.
Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario.
A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mí misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello. Mónica Daluz /
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OPINIÓN

Tecnología a trancas y barrancas

… Y el viajero se trocó en mundano turista

Por Mónica Daluz

Para empezar, un sin fin de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.

A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!- Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.

Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…

Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.

Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario. A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mi misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello.

El caso es que seguimos las indicaciones de aquellos folios que reducían nuestras vacaciones a unos escuetos y fríos renglones con nombres de vías, precios de peajes y consumos perfectamente desglosados. Pero al llegar a no recuerdo qué ciudad, el invento hizo aguas. Nos perdimos. Y yo me alegré calladamente de que aquella cosa no fuera infalible.

De nuevo en ruta, por autopista, y atravesado el paso alpino de Francia a Italia, era como estar de vuelta en casa: comida como Dios manda, precios razonables y al fin rostros de expresión sonriente, pero sobre todo, agradecí perder de vista los visillos de ganchillo que todo lo cubrían, más aún, lo empañaban de un vaho arranciado. En esos pensamientos andaba yo cuando me percaté de que una nueva señal había brotado desde la última vez que pasé por allí, para indicar al automovilista que aquel era un espacio con acceso gratuito a la Red; zona WiFi, para más señas. No puedo dar fe de su funcionamiento porque cuando viajo tan solo me acompaño por un pequeño bloc de notas; se me antoja que cargar con el portátil en vacaciones desvanece todo el romanticismo.

Días más tarde, tras dejarnos embriagar por la magia de los canales venecianos y seducir por los simpáticos guiños del gondolero de turno, en fin, predispuestos a la evocación de otras épocas y sus culturas, que hoy sentimos nuestras, porque éstas, cuanto más antiguas más entrañables se nos hacen y parece que más nos pertenecen; al llegar al camping todo volvía a la frívola dependencia tecnológica: los lavabos habían sido tomados por cargadores de toda guisa, de manera que dejaban fuera de juego el acceso a la red eléctrica para, por ejemplo, depilarte las axilas; y una roulotte, la llamaban bus-net, ofrecía conexión a Internet, por fracciones de 30 minutos, a precio de puro atraco. Aun así, sucumbí a la tentación de consultar mi correo electrónico por la simple curiosidad de saber si alguien, en pleno mes de agosto, no tenía nada mejor que hacer que mandarme un mail

El tipo que ocupaba el asiento contiguo al mío comenzó a copiar en un papel no sé qué sobre sus próximos destinos pero, pasados cinco minutos, su brazo entró en una fase de progresivo debilitamiento para venir a caer, en cuestión de segundos, en la absoluta extenuación… Verdaderamente pasmado de sí mismo, confesó en voz alta no acordarse de cuándo fue la última vez que tomó un bolígrafo entre sus dedos. El muchacho se percató desolado de que su cerebro se había acomodado de tal modo a la escritura en teclado que sus dedos y, en general, la totalidad de la estructura ósea implicada en tal menester, no lograban proseguir con la extraña tarea de pinzar aquel artilugio, hoy mudado en mero recuerdo de infancia.

Días después, en Katakolon, un pintoresco pueblecito griego, la minúscula tienda de cámaras fotográficas sortea como puede los malos tiempos ofreciendo, entre otras tácticas de subsistencia, el volcado de tarjetas de memoria a CD. Pero aquella máquina automática de traspaso de datos es todavía un misterio para la joven dependienta y tan solo el dueño del comercio posee la clave de su funcionamiento… Él no estaba; así que mi compact flash, abarrotada de fotos y tozos de vídeo, se quedó así, preñada de recuerdos, tan recientes que apenas comenzaban a tener tal categoría. En fin, de Olimpia, ni una foto. Sin embargo, la cosa parecía estar bajo control: un amable fotógrafo acompañó al variopinto grupo al que me adherí para enterarme de la historia de las piedras objeto de visita. El hombre se pasó el caluroso paseo inmortalizando aquellos momentos para venir a servírnoslos al final del trayecto. En efecto, unos 20 minutos antes de concluir el circuito el hombre desapareció y, ya a pie de autocar, de una rudimentaria pizarra se suspendían un puñado de fotos, no más de 15. Apuró demasiado; el grupo partía y el revelado no llegó a tiempo.

… Y es que en todas partes del mundo se exploran, con mayor o menor fortuna, las posibilidades de negocio que ofrece el mundo del recuerdo. No los ves, apenas los oyes, surgen como de la nada y ¡disparan!: con camello, con el capitán, durante el simulacro de naufragio, en el brindis de la cena para dos, o sobre el niño con su mejor sonrisa… A estos pedazos de nosotros mismos vienen a sumarse los contenidos en un número indeterminado de tarjetas y CDs, que han viajado peligrosamente a riesgo de perderse en bolsillos y fondos de maletas con cientos de momentos congelados.

Verdaderamente, la fotografía digital nos está saturando alocadamente, haciendo cumplir una vez más la regla irrefutable de “a mayor cantidad, menor valor”, sentencia que no es sólo válida en lo mercantil; las emociones en masa se devalúan también. Nada que ver con aquellos tiempos de nuestros abuelos…; ellos evocaban a sus seres queridos con un ramillete de recuerdos entre los que se hallaba el de aquel día en que todos vistieron sus mejores galas para posar ante una caja mágica que los haría quedar perpetuados para siempre. Cuánta emoción, cuantas lágrimas vertidas en aquella gastada y tan querida, foto de estudio.

… Pero no nos salgamos del circuito. Siguiente escala: Dubrovnik. Fascinante y laberíntica ciudad croata; una fortaleza en la ladera de una majestuosa montaña que se erige soberbia; protectora y amenazante al mismo tiempo. Perdidos en el galimatías de callejones ascendentes en ángulo indescriptible y sin perder de vista las acechantes cumbres borrascosas que cubren tan peculiar asentamiento, cuando, de pronto, el “listillo” del grupo abre un extraño bolso que llevaba inquietándome durante toda la excursión porque hurgaba en él como a escondidas y, súbitamente, ¡zas!, se cae el encanto; el hombre sacó un GPS en toda regla, con un dibujito exacto a nuestro embrollado recorrido. Para más inri, aquella función antipérdida se llamaba ¡“miguita de pan”! Murió de golpe el embrujo del momento. Y es que la percepción de las emociones siempre está colgando de un fino hilo, y las banalidades son tantas y están tan cerca que recordamos los efímeros momentos de excitación como tesoros irrepetibles. Aunque lo cierto es que el artilugio resultó de lo más práctico para no quedarnos en tierra y, de paso, nos percatamos de que, aunque caminamos en línea recta, no habíamos dejado de dar vueltas sobre nosotros mismos.

Otro reto que nos propone el concepto hospedado en ese término que comienza a estar demasiado manoseado, la globalización, es la compra del recuerdo ideal, aquel que representa y es símbolo de los lugares y las gentes con las que se anduvo; más valioso si su obtención fue a la antigua usanza, o sea, por trueque, y mejor todavía si perteneció a aquel entrañable lugareño cuyo recuerdo siempre nos acompañará, porque va irremediablemente cosido a un momento de emoción; además, su manufactura debía llevar algo -a poder ser, todo- de artesano, por aquello de que la mano humana logra piezas con imperfecciones que las hacen únicas. Y es que cuando compruebas que el Gran Bazar de Estambul es un inmenso todo a cien, te percatas con pesar de que cada vez es más difícil comprar un souvenir que no sea made in China, porque en eso se convirtió ese objeto especial con el que tornaba el viajero, cual trofeo, en su talega; en un simple y abominable souvenir de turista.

Afortunadamente, la globalización total aún no ha llegado y ello nos permite disfrutar de diferentes olores, y extasiar nuestro espíritu con colores de luz que nuestros ojos no han visto todavía, experimentando así breves instantes de exaltación o, como dicen ahora, de “subidón”.

Pero el mundo mengua acelerada e inevitablemente, y en la misma proporción desaparecen los enigmas por descubrir. La tecnología lo ha cambiado todo. Se dispara la insultante explotación turística de toda tierra virgen, y ya no es la intrepidez del aventurero lo que ha de llevarle al lugar más recóndito; una buena búsqueda en Internet marcará la diferencia. La sagacidad para burlar los destinos “de agencia” será el quid de la cuestión. Pero no hay salida; la Red también regala información sobre destinos antiagencia de viajes. Bien mirado, yo misma voy a engrosar esos sites con algunas propuestas descubiertas de un modo casual, porque, ¡qué caramba!, todos tenemos derecho a ver, siquiera una vez, esos lugares ¿no?

… Y hasta aquí, el lado crítico de unas vacaciones cualquiera, en clave tecnológica… Los mejores momentos, que fueron los más, los reservo para mi memoria. Porque la crítica y la ironía tienen más gracia que el relato amable y, además, resultan más constructivas…

Por cierto, pasé mis últimos días de vacaciones en la costa gerundense con el propósito de alternar playa y relax con la gestión de asuntos varios de fácil solución con un simple teléfono móvil.

– Pero, ¿qué ocurre? ¡Sin cobertura!
– Ya avisaron… No hay antenas para todos
– Pues yo que me he pedido un 3G para Navidad…
– No te quejes que en el Maresme no se pilla ni la señal de televisión
– En nada tenemos aquí la TDT
– Ya… ¿antes o después de que se aclaren con los estándares de los DVDs…?

Epílogo

Si en los albores de la humanidad, al hombre le aterraba la inmensidad del planeta tanto como la de los misterios que éste albergaba, hoy nos asfixia tener acceso simultáneo a todo el conocimiento acumulado a lo largo de los siglos, y nos angustia la idea de que el espacio para la sorpresa se constriña con premura. Mientras, paradójicamente, rogamos a la tecnología que nos asista para enmendar tal disparate.

Pero así es el hombre, inconformista ante el disfrute sosegado de lo existente y en permanente desazón, con una avidez insaciable, por saber más, hacer más y dominar más. Está impreso en nosotros con el propósito de garantizar la supervivencia. Desde que desarrollamos la capacidad de apego, -porque no hubiéramos sobrevivido en solitario-, y nos sentamos junto a una hoguera a compartir alimentos, nos iniciamos en la vida comunitaria, en el intercambio de información, en el culto… Así nació la cultura, que sirvió para transformar la vida de la humanidad a partir de la explotación de la naturaleza en beneficio del humano. A ello se sumó el segundo elemento motivador de nuestra especie, la búsqueda del placer, y aunque hoy corremos de un lado para otro en busca de la autenticidad, la verdad es que hemos elegido la practicidad y la comodidad ¿Cómo compaginar el experimentar y el vivir intensamente, con el imperio de lo práctico y lo cómodo? Ahí está nuestra batalla. Algo habrá que sacrificar…, a no ser que nuestra moderna deidad, la tecnología, lo remedie.

© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
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