Editorial. Audiencias al poder

Editorial Audiencias al poder
EDITORIAL 

¿Imagina que un medio de comunicación de masas como la televisión se convirtiera en el más importante agente democratizador de la historia?
Aunque a algunos les parezca que no se puede vivir sin computadoras, son muchos los hogares que carecen de PC, de modo que la visión de una sociedad accediendo alegremente a todo el conocimiento del pasado y presente de la humanidad, de paseo permanente por el ciberespacio, es, en realidad, un espejismo, por lo que llevar la Sociedad del Conocimiento hasta el último de los rincones deviene imperativo de las democracias y, de paso, los estados contrarrestarían las consecuencias del proceso de concentración del poder económico -en lugar de aliarse a él-. (Sólo una idea: no estaría de más, por ejemplo, que el Gobierno considerase la instalación de redes Wi Fi que posibilitaran el acceso gratuito a Internet, como una infraestructura urbanística más, cual red de alcantarillado o alumbrado).
En efecto, el arribo de Internet supuso la irrupción de una fuerza desestabilizadora, una sacudida para el poder, que perdía el monopolio como emisor. Y sí, desde entonces los mensajes fluyen en horizontal, es más, con la proliferación de los cuadernos de bitácora la pirámide se invierte y aquellos circulan también de abajo a arriba. Además, con la digitalización también llegó la reducción de intermediarios y, por tanto, el acortamiento de las distancias entre consumidor y producto; un producto cuyo almacenamiento, difusión y transporte se ha simplificado de un modo espectacular con respecto a épocas anteriores. Asimismo, las nuevas tecnologías han traído consigo una nueva forma de evolución cultural en la que prevalece el principio de compartir productos y conocimiento, lo que ha suscitado el debate en torno al concepto de propiedad de la creación. En este sentido, parece difícil justificar el veto al intercambio de cultura entre particulares; más bien todo lo contrario: el establecimiento de mecanismos que permitan la realimentación cultural de los individuos debería constituir, precisamente, una de las aspiraciones de toda sociedad.
Pero hoy, además de ser todos emisores, también podemos ser productores; el sector audiovisual ha entrado en una fase indeterminada e impredecible de cambio, y la industria de electrónica de consumo coloca continuamente en el mercado productos de uso profesional adaptados al ámbito doméstico. Grabar en alta definición, editar fácilmente en un PC y distribuir a través de la banda ancha está al alcance del ciudadano de a pie. Y, lo más importante, en un futuro próximo, producción cultural de toda procedencia, ocio audiovisual, voz IP, información inmediata mundial y local, contenidos generalistas y especializados, comunicación entre ciudadanos y entre éstos y la Administración, y un largo etcétera, se darán cita en nuestro salón, en el aparato de televisión.
Pero si es cierto que el poder ha experimentado movimientos de traslación y cambios en la forma y en el fondo, -para empezar éste se ha instalado en la sala de juntas de multinacionales y entidades financieras-, también lo es el hecho de que hoy, la lucha por el poder es más encarnizada que lo fue jamás, porque él, el poder, está ahí, más accesible que nunca y a merced de cualquiera que logre conquistarlo, y proliferan las alianzas -que en otro tiempo fueron políticas y hoy lo son económicas-, para atraparlo o mantenerlo. De manera que asistimos a continuos movimientos de concentración a gran escala: operadores de comunicación, productores, distribución; cada día son menos y más grandes…
Pero todos ellos, no son nadie sin nosotros, los consumidores, porque, a fin de cuentas, de eso se trata, de que gastemos nuestro dinero en sus productos y servicios. Y resulta que las mismas tecnologías que han globalizado la economía han permitido que el ciudadano también haya entrado en un proceso de concentración, y las crecientes posibilidades de comunicación de todos con todos incrementa el capital social que ha de otorgar a la ciudadanía el mayor poder que jamás haya detentado. Mareas humanas se citan a través de las nuevas redes de comunicación para acudir a una manifestación por la paz o para cometer actos vandálicos, y las utilizan para aliarse en el boicot a empresas, para protegerse de la globalización o para castigar a los políticos. Pero mantener esa posición de fuerza implica un compromiso con la defensa de la libertad de flujo de saberes, frente a la brecha digital que pueden provocar los monopolios de software, las patentes sobre el desarrollo tecnológico, y las tecnologías y leyes de control digitales.
Y es que todos quieren el poder de la red y la guerra cibernética se ha desatado desde que un puñado de gobiernos, que se han revelado contra el control de Internet de EE.UU., amenazan con crear una segunda red si éste no cede la propiedad de Internet a un organismo internacional. La red corre el peligro de desmembrarse y, de ocurrir, sería su sentencia de muerte, tal como la conocemos, porque ello implicaría la existencia de dos redes que, probablemente, no podrán interoperar entre ellas. En esta ocasión, hasta los usuarios del ciberespacio coinciden en que lo mejor es dejar las cosas como están: fragmentar Internet también fragmentaría el poder del ciudadano.
En este número de En Línea les ofrecemos un reportaje especial sobre la televisión digital terrestre, con motivo de su inminente puesta en marcha. Ciudadanos, consumidores o audiencias que, para el caso, es lo mismo, parece que saldremos ganando -además de por la cuestión técnica-: tendremos más contenidos, lo cual no significa “mejores”. ¿Más de lo mismo? En cualquier caso, la llegada de la tecnología digital a la televisión otorga al ciudadano más oferta, luego más poder.
“La audiencia ha decidido que…” La frase parece una frivolidad, pero, créanme, es la frase de la nueva era; la era del poder de las audiencias. Mónica Daluz / pdf

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Mónica Daluz
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