Aditivos naturales: desafío total

aditivos naturales
E
N PORTADA

Una de las máximas de nuestra sociedad a la hora de fabricar productos de consumo, sobre todo en industrias como la alimentaria o la cosmética, es el camuflaje del artificio. El consumidor desea productos mínimamente procesados, y expresiones como “sin colorantes ni conservantes” o “natural” en el etiquetaje parecen ser recetas mágicas para vender más. ¿Cómo encajar esa aspiración con la realidad de las industrias y los mercados? El sector del envase de producto perecedero busca respuestas, y trata de hallar en la propia naturaleza sustancias que alarguen el tiempo de conservación del alimento para incorporarlas a la estructura del material del envase, aplicando sofisticadas y, por supuesto, invisibles, tecnologías. Pero el control sobre las sustancias procedentes de fuentes naturales supone un desafío nada fácil.
Alargar la vida útil de los alimentos constituye un objetivo prioritario para la industria alimentaria, y es en esa línea en la que vienen trabajando los centros tecnológicos y el propio sector fabril, y muy especialmente el sector del envase, en los últimos años. Un trío éste, cuya mutua colaboración va a verse incrementada por la imperiosa necesidad de personalizar el envasado en función de los múltiples y diversos requerimientos del producto en sí, de los mercados, de las nuevas fórmulas comerciales y de los segmentos de consumo.
La globalización de los mercados supone un reto para los distribuidores de producto perecedero (aquél que por sus características exige condiciones especiales de conservación en sus periodos de almacenamiento y transporte) y no solamente para colocar en cualquier parte del mundo un alimento en condiciones óptimas de frescura, esto es, sin degradación sensorial ni nutricional como el enranciamiento de grasas, la pérdida de textura, el pardeamiento, la reducción de vitaminas, la degradación del aroma, etc., sino también para optimizar costes de logística, o para preservar la reputación de marca minimizando las pérdidas o rechazos. La temperatura de almacenamiento, la composición y calidad inicial del producto, las técnicas de procesado empleadas, y los materiales y técnicas de envasado utilizadas definen la calidad de estos alimentos.
Por vida útil entendemos el periodo máximo de tiempo tras la producción o fabricación del alimento, durante el cual mantiene el nivel requerido de calidad organoléptica, nutritiva y seguridad sanitaria bajo las adecuadas condiciones de almacenamiento. Con el objetivo de extender este tiempo nacieron los envases activos, cuyo mecanismo de actuación es la cesión (migración positiva) o absorción (sorción, permeación) de sustancias para corregir los defectos del envase pasivo y mejorar así la calidad de los productos; se trata de nuevas tecnologías de conservación de alimentos basadas en potenciar o aprovechar las posibles interacciones del envase con el producto y/o el ambiente que lo rodea. Mónica Daluz / pdf

texto completo en html

EN PORTADA

Aditivos naturales: desafío total

Una de las máximas de nuestra sociedad a la hora de fabricar productos de consumo, sobre todo en industrias como la alimentaria o la cosmética, es el camuflaje del artificio. El consumidor desea productos mínimamente procesados, y expresiones como “sin colorantes ni conservantes” o “natural” en el etiquetaje parecen ser recetas mágicas para vender más. ¿Cómo encajar esa aspiración con la realidad de las industrias y los mercados? El sector del envase de producto perecedero busca respuestas, y trata de hallar en la propia naturaleza sustancias que alarguen el tiempo de conservación del alimento para incorporarlas a la estructura del material del envase, aplicando sofisticadas y, por supuesto, invisibles, tecnologías. Pero el control sobre las sustancias procedentes de fuentes naturales supone un desafío nada fácil.

Mónica Daluz

Los centros tecnológicos con actividad en el campo del envasado, trabajan en la incorporación a los envases alimentarios de sustancias activas procedentes de fuentes naturales como aceites esenciales, extractos de plantas o subproductos vegetales.

Alargar la vida útil de los alimentos constituye un objetivo prioritario para la industria alimentaria, y es en esa línea en la que vienen trabajando los centros tecnológicos y el propio sector fabril, y muy especialmente el sector del envase, en los últimos años. Un trío éste, cuya mutua colaboración va a verse incrementada por la imperiosa necesidad de personalizar el envasado en función de los múltiples y diversos requerimientos del producto en sí, de los mercados, de las nuevas fórmulas comerciales y de los segmentos de consumo.

La globalización de los mercados supone un reto para los distribuidores de producto perecedero (aquél que por sus características exige condiciones especiales de conservación en sus periodos de almacenamiento y trasporte) y no sólamente para colocar en cualquier parte del mundo un alimento en condiciones óptimas de frescura, esto es, sin degradación sensorial ni nutricional como el enranciamiento de grasas, la pérdida de textura, el pardeamiento, la reducción de vitaminas, la degradación del aroma, etc., sino también para optimizar costes de logística, o para preservar la reputación de marca minimizando las pérdidas o rechazos. La temperatura de almacenamiento, la composición y calidad inicial del producto, las técnicas de procesado empleadas, y los materiales y técnicas de envasado utilizadas definen la calidad de estos alimentos. Por vida útil entendemos el periodo máximo de tiempo tras la producción o fabricación del alimento, durante el cual mantiene el nivel requerido de calidad organoléptica, nutritiva y seguridad sanitaria bajo las adecuadas condiciones de almacenamiento. Con el objetivo de extender este tiempo nacieron los envases activos, cuyo mecanismo de actuación es la cesión (migración positiva) o absorción (sorción, permeación) de sustancias para corregir los defectos del envase pasivo y mejorar así la calidad de los productos; se trata de nuevas tecnologías de conservación de alimentos basadas en potenciar o aprovechar las posibles interacciones del envase con el producto y/o el ambiente que lo rodea.

Los centros tecnológicos con actividad en el campo del envasado, trabajan en la incorporación a los envases alimentarios de sustancias activas procedentes de fuentes naturales como aceites esenciales, extractos de plantas o subproductos vegetales. Este es el caso de Ainia. Uno de sus investigadores, José Ángel Garde, nos habla de las ventajas de extender la vida útil del producto por un procedimiento natural: “reduce costes de logística porque el aumento de vida útil permite ajustar el suministro de los productos a la plataforma de distribución; también puede reducir costes en materiales de envase, porque el envasado activo suplementa la disminución de barrera del material. Además, permite disponer de productos con valor añadido y reduce costes de devoluciones y reclamaciones, lo que tiene una repercusión, directa e indirecta, sobre la imagen de la marca.”

Pero, ¿de qué sustancias hablamos?, ¿cómo se obtienen?, ¿cuáles son sus efectos sobre el alimento?, ¿qué viabilidad tienen en el mercado? Veamos, a continuación, cuáles son las respuestas.

Reino vegetal

Según el trabajo de divulgación realizado por María José Sáiz y Noelia López, ambas del área de I+D+i del Centro Nacional de Tecnología y Seguridad Alimentacia (CNTA) en relación a los compuestos naturales antimicrobianos y antioxidantes (recordemos que el fin de la vida útil viene marcado por la acción de agentes biológicos y por la oxidación), “las plantas y subproductos agroalimentarios son una gran fuente de productos naturales biológicamente activos; muchos de sus beneficios son conocidos y utilizados desde la antigüedad como antimicrobianos, insecticidas, antioxidantes, etc.” Las investigadoras explican que estos efectos son debidos a “compuestos sintetizados por las células de las plantas que no son estrictamente necesarios para el crecimiento o reproducción, pero cuya presencia ha sido demostrada genéticamente, fisiológicamente o bioquímicamente. Se denominan metabolitos secundarios y las técnicas de extracción permiten obtenerlos y concentrarlos para su uso en diferentes aplicaciones como medicina, alimentación o perfumería.”

Los aceites esenciales con los que trabajan los distintos centros de investigación son mayoritariamente orégano, tomillo, canela, romero y eucalipto. En este sentido José Ángel Garde nos ofrece algunas conclusiones sobre sus investigaciones; nos habla, por ejemplo, de los efectos de la adición de eucalipto y canela en frutas y verduras: “los tomates –explica– mantienen su firmeza durante los días de exposición a canela y después la pierden. Las fresas expuestas a canela mantienen su firmeza durante todos los días de almacenamiento (6 días). Los tomates y fresas expuestos a eucalipto, mantienen su firmeza durante todos los días de almacenamiento (6 y 10 días)”. Garde hace hincapié en que “cada alimento exige su estudio específico porque cada alimento tiene su comportamiento peculiar” y propone como posible solución “abrir el espectro de las sustancias activas naturales con las que se está trabajando”.

Así también en el Instituto Tecnológico del Embalaje, Transporte y Logística (ITENE), a través del proyecto Nafispack, del que recientemente se presentaron las conclusiones después de tres años de investigación, se han realizado pruebas de efectividad de diferentes compuestos antimicrobianos de origen natural; pruebas de incorporación de estos agentes en materiales de envase mediante el uso de distintas tecnologías de procesado, y pruebas de evaluación para asegurar que no se han degradado al incorporarlos al material de sustrato, así como que los antimicrobianos se mantienen efectivos tras el proceso. De la extensa lista inicial de compuestos antimicrobianos naturales, y tras estudiar el potencial de inhibición, la concentración mínima para inhibir un crecimiento microbiano visible, los efectos logísticos, su aplicabilidad, etc., los aceites esenciales de orégano, clavo y canela se revelaron como los más efectivos sobre levaduras y mohos.

La mayor dificultad a la que se enfrentan los científicos es la variabilidad de la fuente natural, sometida a infinidad de condicionantes que dificultan la predicción de resultados.

Entre las diferentes estrategias para el depósito de los agentes antimicrobianos figura su adición a las soluciones poliméricas, incorporando el agente seleccionado al polímero fundido que luego se convertirá en film, usando tecnologías como la extrusión o bien untando el material activo a la película o sustrato mediante tecnologías de recubrimiento.

Los sustratos más adecuados son el polipropileno, los polímeros hidrofílicos y un biopolímero llamado PLA. La mayor dificultad –en palabras de Rafael Gavara, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas CESIC– la encontramos en el hecho de que los agentes activos son sensibles a los tratamientos químicos o térmicos. Por ejemplo, los péptidos antimicrobianos no se pueden usar con extrusión porque se degradan, y los agentes volátiles se pueden perder durante el secado del recubrimiento. La idoneidad y la compatibilidad entre el agente y la matriz polimérica a veces no es buena y se libera todo el agente de golpe al principio, o también puede ocurrir el caso contrario, que se adhiera tanto que quede inactivo.”

José Ángel Garde también nos explica algunos de los inconvenientes a los que se enfrenta la investigación con compuestos naturales: “los resultados in vitro, en las placas de petri, pueden ser satisfactorios pero cuando se aplican al alimento pueden no serlo ya que pueden darse interacciones que no se producen en laboratorio; también puede ocurrir que los nutrientes que se aportan a los microorganismos en la placa, no sean tan completos como los que tendrían sobre el producto real”. Además, nuestro interlocutor menciona los problemas de implantación: “hoy por hoy no hay mercado para estos sistemas: la sustancia activa duplica el coste del envase y la mayoría de productos no pueden soportar un aumento de precio, aunque añada valor al producto”.

¿Idealizamos lo natural?

Nunca antes en la historia del ser humano había poseído un poder tecnológico y un potencial transformador como el que detenta en la actualidad. Sin embargo parece haber un acuerdo tácito entre fabricante y consumidor para lo que podríamos llamar un ocultamiento tecnológico; encubrir el artificio es, en el sector alimentario, un imperativo para el fabricante ante un consumidor que está exigiendo productos naturales, de cultivo biológico, bajos en grasas o en sal, alimentos mínimamente procesados, o cuarta gama, envases transparentes para ver el aspecto del producto, etc. La reticencia ante la adición de conservantes u otro tipo de aditivos directamente sobre los alimentos, especialmente los sintéticos, ha provocado un interés especial en el desarrollo de los envases activos, cuyo uso puede reducir el conjunto de tratamientos a aplicar a los productos con una mínima o nula adición de sustancias químicas.

Sin embargo, las soluciones en las que el agente activo antimicrobiano o antioxidante se presenta en un dispositivo independiente, como bolsitas o etiquetas, tiene el inconveniente de quedar a la vista del consumidor, además de que supone una operación adicional en el proceso de envasado y, por supuesto, del peligro de toxicidad por rotura accidental del dispositivo. El rechazo que producen estos sistemas está dirigiendo la investigación hacia una nueva generación de envases activos caracterizados por incorporar los agentes en su propia estructura. El consumidor fuerza así una presencia invisible: la inteligencia escamoteable de los objetos.

El uso de envases activos puede reducir el conjunto de tratamientos a aplicar a los productos con una mínima o nula adición de sustancias químicas.

“Manipulación” es palabra proscrita cuando hablamos de alimentos, porque se entiende que manipular implica modificar lo que es natural. Así, alargar la vida de los alimentos se percibe como una artificialidad sospechosa de algún efecto secundario… El uso de sustancias procedentes de las plantas en este proceso constituye un argumento muy sólido para vencer las reticencias del consumidor.

Medir la huella ecológica de un envase va más allá de su reciclabilidad, extendiéndose a la función cumplida. Como dijo el filósofo Latour, “los dispositivos no son simplemente máquinas sino constitutivos del efecto que producen”. De manera que, aunque parezca una contradicción, nos dirigimos hacia un mundo más tecnificado para, precisamente, preservar lo que es natural.

Envases de crisis o el consumo fraccionado

envases de crisis
EN PORTADA

Los tiempos están cambiando. El acto de consumir, también. Cambios en la jerarquización de prioridades y una nueva percepción del proceso de consumo que generan nuevos comportamientos. Les explicamos cómo estas transformaciones, acaecidas por la necesidad de abaratar la cesta de la compra, están comportando nuevas propuestas de los fabricantes. La última novedad: el redimensionamiento de los envases.
Elegir el envase más grande “porque sale más a cuenta” ha dejado de ser, digamos, un argumento de compra, un razonamiento interno frente a la estantería del supermercado. El placer de llevarse más producto, proporcionalmente, por menos dinero ha venido reforzando un comportamiento aparentemente inteligente. Sin embargo, la realidad económica ha desbancado de un plumazo la mismísima lógica matemática, pues, como afirma Nuria Hernández, directora de Marketing de Unilever en España: “el problema es cuánto dinero llevas en el bolsillo cuando llegas a la tienda. No es tan importante que el precio del gramo o del mililitro sea muy competitivo, sino el hecho de que te lo puedas permitir.”
Ante la progresiva pérdida de poder adquisitivo, hoy el consumidor acude al supermercado con un presupuesto reducido, de manera que ya no llena el carro para todo el mes, no puede, y debe realizar sus compras con mayor frecuencia. Esta realidad está llevando al fabricante, para mantener sus ventas, a ofrecer menor cantidad de producto de una vez, bajando así el precio por unidad. Para ello presenta sus productos en envases más pequeños, como champú o detergente para cuatro o cinco lavados, abaratando significativamente el valor final de la compra. En este sentido, Jorge Sáiz responsable de Grandes Cuentas y Marketing de ITC Packaging, afirma que “la tendencia a la reducción de formatos es generalizada y no afecta solamente a los productos alimentarios”. Mónica Daluz /
pdf

Texto completo en html

Envases de crisis o el consumo fraccionado

Los tiempos están cambiando. El acto de consumir, también. Cambios en la jerarquización de prioridades y una nueva percepción del proceso de consumo que generan nuevos comportamientos. Les explicamos cómo estas transformaciones, acaecidas por la necesidad de abaratar la cesta de la compra, están comportando nuevas propuestas de los fabricantes. La última novedad: el redimensionamiento de los envases.

Mónica Daluz

Elegir el envase más grande «porque sale más a cuenta» ha dejado de ser, digamos, un argumento de compra, un razonamiento interno frente a la estantería del supermercado. El placer de llevarse más producto, proporcionalmente, por menos dinero ha venido reforzando un comportamiento aparentemente inteligente. Sin embargo, la realidad económica ha desbancado de un plumazo la mismísima lógica matemática, pues, como afirma Nuria Hernández, directora de Marketing de Unilever en España: «el problema es cuánto dinero llevas en el bolsillo cuando llegas a la tienda. No es tan importante que el precio del gramo o del mililitro sea muy competitivo, sino el hecho de que te lo puedas permitir».

Ante la progresiva pérdida de poder adquisitivo, hoy el consumidor acude al supermercado con un presupuesto reducido, de manera que ya no llena el carro para todo el mes, no puede, y debe realizar sus compras con mayor frecuencia. Esta realidad está llevando al fabricante, para mantener sus ventas, a ofrecer menor cantidad de producto de una vez, bajando así el precio por unidad. Para ello presenta sus productos en envases más pequeños, como champú o detergente para cuatro o cinco lavados, abaratando significativamente el valor final de la compra.

En este sentido, Jorge Sáiz, responsable de Grandes Cuentas y Marketing de ITC Packaging, afirma que «la tendencia a la reducción de formatos es generalizada y no afecta solamente a los productos alimentarios». Se trata de una estrategia que empresas como Unilever (fabricante de marcas como Skip, Dove, Flora o Frigo, entre otras) ya venían aplicando en países en vías de desarrollo y que, en la actualidad, están introduciendo en una Europa cada vez más empobrecida; en el caso de Unilever, primero en Grecia y Portugal y, desde el pasado mes de agosto, en España.

Este redimensionamiento tiene también su razón de ser en la voluntad del fabricante de no repercutir el incremento de los costes sobre el precio final del producto. Así lo corrobora Sáiz: «con los costes de las materias primas y de manipulación al alza, la reducción del contenido de un envase es una de las medidas más adoptadas para no trasladar estos aumentos al consumidor. Popular o no, numerosos productores alimentarios optan por mantener precios disminuyendo el contenido o dimensiones del paquete».

Sin embargo, como nunca es todo blanco o todo negro, la estandarización o proliferación de nuevas dimensiones hace que el fenómeno se retroalimente, diversificándose así las categorías del producto. Como apunta el responsable de Marketing de ITC Packaging, «este ajuste no viene motivado únicamente por el afán de mantener precios; el cambio en los hábitos de consumo, con unidades familiares con cada vez menos miembros (singles, dinkies —del inglés double income no kids, salario doble sin hijos—, hogares monoparentales, etcétera), ha obligado a las firmas alimentarias a reinventar formulaciones, formatos y, por ende, envases. Así, la apuesta por fórmulas que ayuden al control calórico, con, por ejemplo, paquetes de 100 calorías, es otro de los aspectos que ha reforzado esta nueva realidad».

Para Jorge Sáiz, el downsizing es más que una tendencia, «es toda una realidad —afirma— ya implantada tanto en Europa como en EE.UU. Recientemente hemos visto cómo Kraft Foods y Wrigleys han adaptado sus envases de chicles a cinco unidades de producto cada uno para alcanzar en EE.UU. un PVP de 50 centavos, con el fin de ganar cuota de mercado en un momento en el que el consumidor es especialmente sensible al precio, o también iniciativas mucho más cercanas, como la de Unilever, que ha reducido el tamaño de sus envases de champú o de productos alimentarios como los cubos de caldo Knorr, con el fin de adaptarlos a la nueva realidad de nuestra cesta de la compra».

El consumidor de la nueva era

Tras la fiesta del consumo de algunos, que acabó en colapso financiero, el ciudadano se ha visto forzado a retomar el control del gasto. El crédito fácil y la sensación de riqueza promovieron muchas compras irreflexivas; diversos estudios afirman que alrededor de una tercera parte de los consumidores adultos europeos tiene problemas para controlar sus gastos. Y es que las crisis marcan un antes y un después en nuestras coordenadas vitales, en nuestros puntos de referencia. Nuestro sistema de valores y nuestras expectativas se han visto alterados y, en consecuencia, nuestros comportamientos han cambiado.

«La Gran Depresión modificó el comportamiento del consumidor estadounidense y sus actitudes durante toda una generación», observa Wesley Hutchinson, profesor de Marketing de Wharton (Universidad de Pensilvania, EE.UU.). ¿Dejará esta crisis una cicatriz psicológica en el ciudadano como consumidor? La reacción psicológica al derrumbe económico es distinta según la edad y la renta, pero, en general, el estado de ánimo del consumidor se ha visto claramente afectado. Entramos en una dinámica de aprendizaje, cuyo foco es una nueva sensación de control. El sentimiento de inutilidad y opulencia genera rechazo y desagrado. La jerarquía de las necesidades cambia y proliferan planteamientos de consumo alternativo, como vivir con menos, con los que el ciudadano busca una forma de gastar coherente con su sistema de valores.

Se está fraguando un nuevo modelo en la cultura de consumo: la de lo esencial, la del minimalismo conceptual, la del retorno a lo básico. Y por lo que respecta al packaging, el producto se despoja de sus abalorios y se centra en la función. La sobriedad, así, se impone sobre la superficialidad y lo innecesario. Así lo reconoce Sáiz: «se observa cierta decadencia en productos sobreenvasados, con elementos de envasado secundario y terciario, también promocional, que resultan innecesarios, ahora incluso obscenos, obteniendo como resultado un producto excesivo, con todas las connotaciones que ello puede sugerir; además de comportar desperdicios que afectan a nuestro medio ambiente de manera directa, o incomodidades en la apertura y manipulación del producto en cuestión. Vivimos actualmente en un momento de la racionalización.»

Según el informe del instituto de investigación de mercado GfK, Cambios en los hábitos de consumo en periodo de crisis. Perspectivas desde la investigación de mercados, «se incrementan los valores hedonistas y los relacionados con la autenticidad y la honestidad. Aumentan también los valores ligeramente conservadores y de protección, la necesidad de relaciones estables, la valoración del entorno más próximo: amigos, familia, etcétera. Los consumidores están racionalizando sus comportamientos: tienen que adaptar sus valores a su comportamiento para evitar el efecto de disonancia cognitiva».

Este concepto, en psicología, hace referencia a la tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias, emociones y actitudes (cogniciones) que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto, o un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias. Al producirse esa incongruencia o disonancia de manera muy apreciable, la persona se ve automáticamente motivada para esforzarse en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna.

El ser humano, en constante evolución social, ha iniciado un aprendizaje forzoso hacia una dinámica de vida más reflexiva; una nueva percepción del valor del dinero prestado está generando una actitud más exigente y más inteligente, volviendo al valor esencial del producto.

El sector del packaging se adapta a los nuevos requerimientos con aportaciones en línea con el imperativo del ahorro. «La necesidad de multiplicar la vida de los alimentos —expone Sáiz— es otra de las tendencias en packaging que se está reforzando actualmente. Innovaciones como LongLifeQ, el etiquetado IML barrera que logra multiplicar la vida del producto contenido en el envase, repercuten directamente en la reducción del despilfarro de alimentos. Solo España desperdicia más de 2,9 millones de toneladas de alimentos al año, 89 millones en Europa, y esta cifra podría haber crecido hasta en un 40% en 2020, según las estadísticas. Los envases con propiedades barrera para mantener la frescura del producto durante más tiempo, o los diseños que permiten la porcionabilidad son sólo algunas de las contribuciones que la industria del packaging ya está aportando a la industria alimentaria.»

En el punto de venta

¿Cómo queda en este castillo de naipes el sector de la distribución? ¿Qué panorama arroja el reequilibrio de los elementos, el ensamblaje de las piezas ante la transformación de los factores expuestos?

Para empezar, se está produciendo un claro incremento de la frecuencia de compra: más visitas a las tiendas pero comprando y, por lo tanto, gastando, menos. La consecuencia de esta dinámica de compra fragmentada es que el comercio de proximidad gana cuota en detrimento de los grandes hipermercados donde durante la época de bonanza el consumidor compraba para todo el mes y más, y ebrio de oferta, se dejaba llevar y deslumbrar por los productos-capricho.

Por otra parte, la situación de crisis económica ha llevado a que las ventas de productos de la marca del distribuidor hayan crecido de forma considerable: un 92% de los españoles compra productos de este tipo. Esto supone, según datos del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, un 43,9% del mercado de alimentación en España, sin contar los productos frescos. El factor precio se convierte en una prioridad a la hora de comprar en períodos de escasez e incertidumbre económica como el actual. El 59% de los españoles considera que el precio es un factor decisivo, mientras que en 2007 tan sólo un 34% lo consideraba relevante. La gran distribución, por su parte, apuesta por las tarjetas de fidelización como herramientas de promoción, y parece que su uso se ha disparado con la crisis.

Las marcas, por su parte, están sugiriendo que la sobreoferta puede resultar contraproducente. En esta línea se manifiesta el profesor de Sociología de la Universidad de Alicante, Fernando Olivares: «demasiada variedad cansa y no compensa, y si bien la diversidad es positiva, su exceso puede resultar desmotivante; además —añade— reducir la complejidad y recortar la variedad puede aumentar los ingresos entre un 5% y un 40%, y recortar los costes entre un 10% y un 35%.»

Menos oferta, menos gasto. A menor variedad, mayor ahorro. Además, habrá que ver también dónde se posiciona en este tablero el factor calidad y otros valores añadidos. Un decepcionante regreso al pasado en el que la compra era puramente un medio para satisfacer necesidades. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se ha venido consolidando una sociedad de consumo en la que las necesidades, los deseos y las ostentaciones se entrelazaron de modo complejo en la dinámica de los intercambios. Permaneceremos expectantes ante los derroteros que pueda tomar la evolución hacia lo esencial, que no tiene por qué ser, no debería, al menos, una ley de mínimos.

Trifásico ineludible

Diversos autores establecen una relación directa entre las crisis económicas y las motivaciones de los consumidores, una relación que se retroalimenta y en la que parecen repetirse ciertos patrones, en tres fases: una etapa de bonanza económica propicia el consumo, que genera un estado de aparente bienestar entre la ciudadanía, y un período de fuerte especulación, en el que participa la mayoría de la población, que acaba con un colapso que fuerza una tercera fase de reestructuración económica, en la que el ciudadano/consumidor entra en un proceso de adaptación o ajuste.

Y, ¿vuelta a empezar?

Envases y electrodomésticos: diálogo de futuro

Envases y electrodomésticos
ACTUALIDAD 

En los años venideros se espera que la gestión de los alimentos envasados y otros productos de uso doméstico la realicen de forma automática los distintos aparatos electrodomésticos y demás dispositivos electrónicos del hogar. La tecnología de identificación por radiofrecuencia es, por el momento, la base sobre la que trabajan los sectores del packaging y del electrodoméstico para propiciar un diálogo entre objetos que sofisticará nuestras vidas. El talón de Aquiles: los costes en el producto unitario. ¿Podrá la industria alimentaria permitirse un tag en un envase de yogurt? En la respuesta a esta pregunta está la clave, una pregunta a la que nadie quiere responder…
¿Se imagina que su nevera le informara de los productos caducados que contiene, que decidiera, por su cuenta, hacer la compra conectándose con el supermercado, vía internet, o que su horno microondas rechazara calentarle un plato precocinado porque éste no es adecuado para su dieta? Pues no es tan difícil: un código de barras con la información en cuestión en el envase y un lector en el aparato electrodoméstico son suficientes para establecer el diálogo. … Pero no todo aquello que es tecnológica o científicamente posible es económicamente viable, y algo así parece ocurrir con el asunto de los envases y los electrodomésticos capaces de comunicarse entre ellos. Además, algunos fabricantes de estos aparatos llevan sus investigaciones con suma cautela, y prefieren no desvelar los resultados de sus avances en materia de interacción entre envase y electrodoméstico. El nacimiento inminente de una nueva categoría de producto de la que nadie quiere hablar para no dar pistas a la competencia, augura una batalla por la cuota de mercado. Y es que todos quieren emular a marcas como Nespresso o Apple y buscan estrategias globales de penetración de mercado. Compañías como LG, Electrolux, Samsung o Panasonic esperan un pistoletazo de salida, que no acaba de llegar, aunque entretanto vengan lanzando algunos artilugios inteligentes que incorporan tecnología RFID, como el LG DIOS Smart Fridge, un frigorífico que utiliza una aplicación propia llamada Smart Access con la que envía mensajes sobre qué alimentos están a punto de agotarse o van a caducar; el Cocoon, de Electrolux, que emplea la tecnología de identificación por radiofrecuencia para cocinar alimentos según las características de cada uno, o el SR-SX2, que Panasonic acaba de lanzar en Japón, un aparato para cocinar arroz, equipado con un lector RFID, que le permitirá interactuar online. Mónica Daluz /
 pdf

Texto completo en html

Envases y electrodomésticos: diálogo de futuro

En los años venideros se espera que la gestión de los alimentos envasados y otros productos de uso doméstico la realicen de forma automática los distintos aparatos electrodomésticos y demás dispositivos electrónicos del hogar. La tecnología de identificación por radiofrecuencia es, por el momento, la base sobre la que trabajan los sectores del packaging y del electrodoméstico para propiciar un diálogo entre objetos que sofisticará nuestras vidas. El talón de Aquiles: los costes en el producto unitario. ¿Podrá la industria alimentaria permitirse un tag en un envase de yogurt? En la respuesta a esta pregunta está clave, una pregunta a la que nadie quiere responder…

Mónica Daluz

¿Se imagina que su nevera le informara de los productos caducados que contiene, que decidiera, por su cuenta, hacer la compra conectándose con el supermercado, vía internet, o que su horno microondas rechazara calentarle un plato precocinado porque éste no es adecuado para su dieta? Pues no es tan difícil: un código de barras con la información en cuestión en el envase y un lector en el aparato electrodoméstico son suficientes para establecer el diálogo.

… Pero no todo aquello que es tecnológica o científicamente posible es económicamente viable, y algo así parece ocurrir con el asunto de los envases y los electrodomésticos capaces de comunicarse entre ellos. Además, algunos fabricantes de estos aparatos llevan sus investigaciones con suma cautela, y prefieren no desvelar los resultados de sus avances en materia de interacción entre envase y electrodoméstico. El nacimiento inminente de una nueva categoría de producto de la que nadie quiere hablar para no dar pistas a la competencia, augura una batalla por la cuota de mercado. Y es que todos quieren emular a marcas como Nespresso o Apple y buscan estrategias globales de penetración de mercado. Compañías como LG, Electrolux, Samsung o Panasonic esperan un pistoletazo de salida, que no acaba de llegar, aunque entretanto vengan lanzando algunos artilugios inteligentes que incorporan tecnología RFID, como el LG DIOS Smart Fridge, un frigorífico que utiliza una aplicación propia llamada Smart Access con la que envía mensajes sobre qué alimentos están a punto de agotarse o van a caducar; el Cocoon, de Electrolux, que emplea la tecnología de identificación por radiofrecuencia para cocinar alimentos según las características de cada uno, o el SR-SX2, que Panasonic acaba de lanzar en Japón, un aparato para cocinar arroz, equipado con un lector RFID, que le permitirá interactuar online.

El desarrollo de la tecnología de identificación por radiofrecuencia en los últimos años se ha focalizado en la logística de los productos, pero ¿qué posibilidades brinda esta tecnología en el final de la cadena, es decir, en el hogar del consumidor? Le hemos preguntado a Javier Blanco, responsable de Desarrollo de EPC de AECOC. Blanco afirma que «en efecto, el planteamiento inicial de implementación del RFID en el panorama empresarial se centró en la mejora de los procesos logísticos; sin embargo, el potencial del “chip” EPC de identificación por radiofrecuencia es enorme, en gran medida aún por descubrir. A priori, se pueden enumerar múltiples aplicaciones en diferentes escenarios, entre ellos, efectivamente, el hogar. En nuestras casas los chips de radiofrecuencia podrían permitir convertir nuestras viviendas en hogares robotizados con electrodomésticos inteligentes que nos ‘informen’ de las fechas de caducidad de los productos, recetas que podemos preparar, etc.”

La irrupción de la tecnología de radiofrecuencia auguraba la proliferación de entornos inteligentes, incluso se acuñó el término “internet de objetos”. De hecho, existen ya nuevos objetos cotidianos que gracias a los estándares de conectividad inalámbrica y a las tecnologías de posicionamiento, como la RFID, que crean un enlace permanente a través del espacio hertziano entre el objeto y una base de datos online, permanecen localizados en todo momento en el espacio y en el tiempo dejando constancia de la particular historia de su paso por nuestras vidas.

Pero los imperativos del mercado dejan fuera de juego algunas posibilidades. Y es que los costes, más fácilmente asumibles en producto electrodoméstico, dificultan la implantación de estos dispositivos en envases alimentarios unitarios. Blanco es claro al respecto: “En el ámbito del RFID, nuestra experiencia nos dice que son tres los factores que determinan verdaderamente su implantación. El primero es que ofrezca respuesta a una necesidad real de la empresa. En segundo lugar, que los beneficios de la implantación superen a la inversión y sea un proyecto rentable con retorno a corto plazo y, finalmente, que la empresa esté convencida de que la implementación de un proyecto en este ámbito puede ser una ventaja competitiva y un elemento diferenciador que le permita destacar en términos de innovación, eficiencia, mejora de la experiencia de compra y/o consumo, etc.”

Más allá de la trazabilidad

El primer protagonista de este entramado de objetos dialogantes en gestación son los envases inteligentes, aquellos que aportan información al usuario sobre el producto, su trazabilidad, la evolución de sus parámetros de deterioro o la historia de las condiciones de distribución. Y ahí están también los fabricantes de electrodomésticos, que, en la actualidad están colaborando con las universidades e institutos de investigación para el desarrollo de nuevas referencias. Éste es el caso de Samsung y la Universidad Rutgers de New Jersey (EE.UU), que están llevando a cabo investigaciones que aúnan tecnología alimentaria, desarrollo del packaging y aplicaciones informáticas. En los centros de investigación se cuecen frigoríficos inteligentes, equipados para detectar qué productos se están introduciendo si el alimento envasado está equipado con etiqueta RFID. Por la misma regla de tres, registra lo que sale de ella, por lo que el usuario puede controlar qué y cuánto come… El horno microondas es otro de los aparatos que en el futuro conversará con los envases alimentarios gracias a un microprocesador integrado y un lector de código de barras; entre los datos que pueden incluir los tags de RFID encontramos recetas, temperaturas y tiempos de cocción y demás recomendaciones.

Se avecina pues, la smart kitchen, o cocina inteligente, que realizará inventarios de control de los alimentos, compras en línea, nos alertará del posible deterioro de los productos en función de su fecha de caducidad, proporcionará información de interés para alérgicos, etc. Un entorno domótico de prestaciones perceptibles pero no visibles, en el que la inteligencia ambiental inundará los espacios y los redefinirá. Son tendencias para una vida más cómoda, porque aunque hoy, en los difíciles días que vivimos, nos ruboricemos por desear algo que no sea estrictamente imprescindible, debemos, a pesar de la crisis, seguir soñando con un futuro mejor.

El cerebro reptiliano toma el mando

El cerebro reptiliano toma el mando
EN PORTADA

El entorno recesivo en el que nos hallamos inmersos está alterando los procesos de decisión de compra del consumidor. Las empresas comienzan a plantearse una reformulación de los productos y servicios que ofrecen, así como de los códigos del marketing que los acompaña. Parece haber calado la idea de que la irresponsabilidad no es sostenible y los analistas detectan una reconfiguración de la escala de valores de la sociedad.
El consumidor siente la necesidad psicológica de consumir de un modo responsable y exige a las empresas también mayor responsabilidad. En la nueva escala de valores cobran relevancia aspectos como la austeridad, la responsabilidad, la solidaridad, el compromiso y la no ostentación. Así pues, el contexto de contracción económica está alumbrando un nuevo consumidor que resitúa sus necesidades y sus expectativas, y que está trasladando estos cambios a sus conductas de compra. Las claves de este nuevo escenario: la satisfacción de las necesidades básicas se impone, la ostentación queda fuera de juego, y el “reuso” gana terreno al “usar y tirar”. Dejamos atrás la era de la abundancia, del exceso y hasta del despilfarro, para entrar en la era de lo necesario.
Veamos cómo hemos llegado hasta aquí, cómo explica la psicología los cambios en el comportamiento del individuo-consumidor en épocas de crisis y cuáles son las estrategias que las empresas están  adoptando a la hora de influir sobre este nuevo consumidor: cómo se repensará el producto y cómo se comunicará. El sector del envase y el embalaje está directamente implicado y afectado por estos cambios, ya que hablamos de un producto que constituye en sí mismo un soporte comunicativo y es transmisor de la imagen de marca, además, y a pesar de tratarse de un producto de demanda derivada, el consumidor exige al envase parámetros similares al producto de gran consumo, por lo que también deberá emplearse a fondo en innovación, pues nuevos criterios en diseños, tamaños, dosis y formatos serán requeridos.
Pero como ocurre siempre, hay luz al final del túnel, por lo menos, para aquellos que elijan el camino adecuado, el camino de la verdadera eficiencia y la verdadera innovación; además, para ellos, para los mejor adaptados, la competencia será menor en un futuro nada lejano, así que tienen asegurada la supervivencia. Mónica Daluz / pdf

Texto completo en html

El cerebro reptiliano toma el mando

El entorno recesivo en el que nos hallamos inmersos está alterando los procesos de decisión de compra del consumidor. Las empresas comienzan a plantearse una reformulación de los productos y servicios que ofrecen, así como de los códigos del marketing que los acompaña. Parece haber calado la idea de que la irresponsabilidad no es sostenible y los analistas detectan una reconfiguración de la escala de valores de la sociedad.

Mónica Daluz

El consumidor siente la necesidad psicológica de consumir de un modo responsable y exige a las empresas también mayor responsabilidad. En la nueva escala de valores cobran relevancia aspectos como la austeridad, la responsabilidad, la solidaridad, el compromiso y la no ostentación. Así pues, el contexto de contracción económica está alumbrando un nuevo consumidor que resitúa sus necesidades y sus expectativas, y que está trasladando estos cambios a sus conductas de compra. Las claves de este nuevo escenario: la satisfacción de las necesidades básicas se impone, la ostentación queda fuera de juego, y el “reuso” gana terreno al “usar y tirar”. Dejamos atrás la era de la abundancia, del exceso y hasta del despilfarro, para entrar en la era de lo necesario.

Veamos cómo hemos llegado hasta aquí, cómo explica la psicología los cambios en el comportamiento del individuo-consumidor en épocas de crisis y cuáles son las estrategias que las empresas están adoptando a la hora de influir sobre este nuevo consumidor: cómo se repensará el producto y cómo se comunicará. El sector del envase y el embalaje está directamente implicado y afectado por estos cambios, ya que hablamos de un producto que constituye en sí mismo un soporte comunicativo y es transmisor de la imagen de marca, además, y a pesar de tratarse de un producto de demanda derivada, el consumidor exige al envase parámetros similares al producto de gran consumo, por lo que también deberá emplearse a fondo en innovación, pues nuevos criterios en diseños, tamaños, dosis y formatos serán requeridos. Pero como ocurre siempre, hay luz al final del túnel, por lo menos, para aquellos que elijan el camino adecuado, el camino de la verdadera eficiencia y la verdadera innovación; además, para ellos, para los mejor adaptados, la competencia será menor en un futuro nada lejano, así que tienen asegurada la supervivencia.

Mentiras arriesgadas o el poder del humo

Corría el final de los ochenta cuando los diseñadores del modelo económico mundial –léase FMI– nos dieron carta blanca para gastar y nos regalaron un mundo de ficción. Fue la solución –un aplazamiento– más cómoda a una crisis que abrió la puerta a una nueva era: la era de la abundancia. Y la demanda se desbocó. El afán del ser humano por demostrar su capacidad para generar progreso se ha visto satisfecho en las últimas décadas a base de sobreendeudamiento, un progreso que nos instaló en el mundo de lo intangible, de lo gaseoso…

El estado del bienestar nos procuró seguridad y abastecimiento sin fin y, sí, vivir a crédito nos permitió crecer, hiperconsumir, segmentar mercados… Pero como en un culebrón de tres al cuarto, el argumento se fue enredando hasta que la trama dejó de sostenerse, cayó en el absurdo y se desmoronó.

Pero, ¿cómo reaccionamos ante esta coyuntura de incertidumbre? Parece que cuando el entorno se nos antoja amenazador dejamos a un lado las aspiraciones de crecimiento y realización personal y activamos nuestro lado más instintivo, el responsable de las actitudes de protección y supervivencia. En fin, la crisis nos devuelve a la base de la pirámide de Maslow en la jerarquía de las necesidades humanas… Sin embargo nuestro cerebro nuevo, evolutivamente hablando, la corteza cerebral, ha recogido el mensaje de alerta y lo reelabora con nuevos valores y nuevas razones, por tanto también nuevas necesidades y motivaciones.

Llega la compra eficiente

A medida que los mercados fueron incrementando su nivel de complejidad se han venido aplicando los principios del comportamiento del consumidor a la mercadotecnia estratégica para influir sobre él. El interés por conocer y aplicar las disciplinas que estudian la conducta humana ha ido creciendo y éstas han sido utilizadas como aliadas del marketing para fragmentar y subfragmentar el mercado en pequeñas porciones, aportando a este último infinitos argumentos y estrategias para seducir al consumidor.

Los contextos de crisis provocan inseguridad y turbación en la sociedad de modo que incluso en el segmento poblacional que dispone de poder adquisitivo alto, los comportamientos y preferencias están influenciados a la hora de comprar. La psicología clasifica las necesidades del individuo en biogénicas, psicogénicas y de orden superior. Entre las primeras se hallan las necesidades fisiológicas y de seguridad, que son precisamente las que afloran con contundencia en momentos de crisis, incertidumbre y pérdida del control como el actual y que estimulan nuestro cerebro reptiliano; la consecuencia sobre el consumidor se traduce en “la propensión a priorizar el ahorro para asegurar mejores posibilidades de abastecimiento futuro”, según Nestor Braidot, investigador y escritor de numerosos libros sobre neuromarketing. Con respecto al tipo de producto se tiende a los relacionados con la protección, y en relación al canal se prefiere la compra de proximidad con el objeto de comprar en menor cantidad. Se da la paradoja de que una respuesta instintiva nos acaba conduciendo hacia un acto de compra más meditado, más racional… Y es que la economía de los recursos es un principio básico en la naturaleza, nuestro propio organismo se rige por él, y ahora que la situación apremia, parece que nuestro instinto nos lleva a tomar decisiones en base a la eficiencia.

En el segundo nivel de necesidades del ser humano encontramos las del llamado cerebro límbico, algo así como un regulador de nuestras emociones. Hablamos de las necesidades psicogénicas o secundarias, de un nivel de urgencia menor en cualquier caso, y a las que el marketing apela continuamente. En este punto parece que los especialistas tendrán que buscar nuevos contenidos para contrarrestar la autoprotección, autocontrol en definitiva, del consumidor frente a la compra por impulso, que se sitúa, precisamente, en este ámbito decisional. Nuevos contenidos, nuevos mensajes, para un consumidor que aplaza toda compra que en este momento no sea necesaria.

Otro aspecto que el marketing deberá considerar es el hecho de que en épocas de incertidumbre el sentido de pertenencia constituye una de las necesidades que el individuo-consumidor desea satisfacer; afloran sentimientos de solidaridad, de compromiso, de “vuelta a la manada”, como diría Eduardo Punset.

Por lo que respecta a las necesidades del tercer nivel, las correspondientes a nuestro cerebro pensante, el neocortex, y que tienen que ver con la autorrealización, pierden fuelle en estos momentos; lo último que conviene a una sociedad a la que urge reinventarse y explorar nuevos caminos, y que precisa de personas proactivas, imaginativas y dispuestas a correr riesgos.

Modelo low cost, el nuevo target

Todo apunta hacia una tendencia que algunos ya han bautizado como “modelo low cost”, una sociedad en la que la clase media se estrecha y aparece una nueva clase social, “una microburguesía low cost formada por mileuristas que viven al día creyendo ser ricos porque pueden acceder, a través de créditos, a una vivienda en propiedad, viajes, etc.”, en palabras de Marc Vidal, economista, experto en trading corporativo y en estrategias de inversión, director general de CINK, conferenciante y gurú de las redes sociales. En el mismo sentido se manifiesta Josep Lluís del Olmo, coordinador de grado de Marketing y Dirección Comercial de la Universidad Abat Oliba CEU: “nos dirigimos hacia un modelo de cliente low cost, un consumidor que busca un mayor equilibrio entre precio y calidad”. Para dar respuesta a este fenómeno, “los fabricantes –prosigue nuestro interlocutor– deberán adaptar sus gamas más bajas y optimizar con mayor precisión.” En idénticos términos califica el informe anual de Banco Cetelem, El Observador de la Distribución 2010, al consumidor que emerge del contexto de crisis: “La crisis –explica el director del documento, Salvador Maldonado– confirma la necesidad de utilizar valores tradicionalmente estables: el precio justo y la calidad son fundamentales. Si los modelos económicos low-cost o de bajo coste consiguen aunar precios bajos con calidad, tienen por delante un futuro muy prometedor”.

Los analistas apuntan hacia el diseño de productos con prestaciones menos sofisticadas, reducción del tamaño del envase; en definitiva, las firmas comienzan a recurrir a versiones más básicas de la gama de productos. También proliferarán los “packs” o “combos” de productos con un diferencial de precio percibido importante, en una búsqueda por satisfacer las mismas necesidades, de un modo más austero e inteligente. Veremos que segundas marcas cobran protagonismo en este contexto, con el objeto de no erosionar el capital simbólico de las marcas insignia, construido a lo largo de los años. Una involución, entendida como un volver a la esencia más que como un reversionar a la baja.

Se habla de una posible reducción en el número de referencias de productos de gran consumo, produciéndose un fenómeno inverso al que venía dándose hasta el momento, algo así como una “des-segmentación” del target. En mercadotecnia este hecho se llama contrasegmentación. En este sentido, Josep Lluís del Olmo nos explica que “el consumidor está dejando de adquirir productos especializados, que tienen un precio más elevado, y prefiere aquellos que satisfacen sus necesidades a un precio razonable. Se tenderá a la eficiencia y no serán necesarios tantos modelos de cada producto.” Toca pues, agrupar categorías; la incesante fragmentación, la especialización y la customización ha terminado, por lo menos de momento.

Los diseños, sin duda alguna, buscarán ser funcionales y de cero impacto ambiental, para un consumidor austero, responsable, inteligente y solidario que no pretende tanto consumir menos como consumir mejor. Los productos orgánicos y los de comercio justo constituyen sectores al alza, así como los de segunda mano; esta práctica ya no se restringe a determinadas categorías de producto y, además, cuenta con Internet como herramienta para su expansión.

A nuevo consumidor, nuevo distribuidor; éste deberá revisar sus estrategias: renovar los puntos de venta, prescindir de todo lo superfluo y de cualquier fuente de gastos que, a ojos del consumidor, sea prescindible, cuidar su reputación de marca y asociarla a los nuevos valores imperantes, etc.

En cualquier caso, el entorno recesivo en el que nos hallamos plantea la necesidad de cambios estructurales a escala mundial; el nuevo escenario puede traer consigo otros modelos en la circulación y distribución de productos, lo que incidiría plenamente en el sector del envase y embalaje. Y es que, con demasiada frecuencia el trasiego de mercancías contraviene la lógica económica; resulta paradójico y absurdo que los agricultores de una región exporten la mayor parte de los alimentos que producen hacia el mercado global de materias primas, mientras que sus propias comunidades vuelven a comprar muchos de los mismos productos a través de una red internacional de intermediarios. Se trata de comida más costosa de comprar, que pierde parte de su frescura, reduce su calidad nutricional e incrementa la probabilidad de transmitir enfermedades. La necesidad de racionalizar los recursos nos puede llevar a un retorno a formas de producción y distribución locales.

Y hasta aquí, las tendencias sobre las que las marcas de gran consumo comienzan a focalizar sus estrategias con el fin de hallar su particular ventaja competitiva. Porque, no nos engañemos, a pesar de que el miedo a la escasez esté modificando la conducta adquisitiva de los consumidores en los países occidentales, al consumidor, por optimismo o por ingenuidad, aún le quedan esperanzas… A fin de cuentas, todo, hasta los vaivenes de los mercados, acaban dependiendo de estados emocionales.

Si queremos, podemos.

Envases “made in USA”, para todos los gustos

Envases "made un USA"
EN
PORTADA

En este artículo reflexionamos acerca del mundo del envase en los Estados Unidos desde una perspectiva histórico-social. Analizamos la influencia de la idiosincrasia y el modo de vida estadounidense sobre la industria del envase en productos de gran consumo. Hoy se impone la funcionalidad, las soluciones que hacen la vida más fácil; pero nuevos valores están emergiendo en el seno de esta sociedad y, por ende, en la industria del envase. En el país del hiperconsumismo, la racionalidad se impone.
Para las familias, para los solteros, para los gourmets, para las mascotas, para ecologistas… No es el spot de Coca Cola, aunque tal vez el creativo de la campaña en cuestión se inspiró en el lineal de un supermercado, pongamos, de la costa californiana.
¿Que si el american way of life influye sobre los envases de los productos que consume el ciudadano? Pues parece que sí. La configuración urbanística, las largas distancias, la dependencia del automóvil, el tipo de vivienda, en fin, el estilo de vida, determinan las necesidades del consumidor y, por lo tanto, la oferta en el cómo dispensar el producto.
A pesar de habitar en un mundo globalizado que ve diluirse las particularidades y mimetiza culturas y mercados, los usos y costumbres se aferran a las sociedades a las que pertenecen. A pesar también del tambaleo de los pilares de occidente, instalado éste en un seísmo constante, se aproximan impresiones, temores e incertidumbres, desplegando “indignados” desde la Puerta del Sol hasta Wall Street. Además de compartir nuevos héroes, que lo son por enseñarnos el significado de la palabra innovación y por cambiar el modo de relacionarnos. A pesar de todo, las sociedades siguen arrojando peculiaridades que el sector fabril recoge y aplica en la elaboración de sus productos. El diseño de envases fáciles de transportar y fáciles de apilar y almacenar en casa, que se puedan usar para cocinar, rellenables, que se puedan volver a utilizar como recipientes, o autocalentables, son algunas de las tendencias del sector en EE.UU. Mónica Daluz / pdf

Texto completo en html

Envases ‘made in USA’, para todos los gustos

En este artículo reflexionamos acerca del mundo del envase en los Estados Unidos desde una perspectiva histórico-social. Analizamos la influencia de la idiosincrasia y el modo de vida estadounidense sobre la industria del envase en productos de gran consumo. Hoy se impone la funcionalidad, las soluciones que hacen la vida más fácil; pero nuevos valores están emergiendo en el seno de esta sociedad y, por ende, en la industria del envase. En el país del hiperconsumismo, la racionalidad se impone.

Mónica Daluz

Envases y estilo de vida

Para las familias, para los solteros, para los gourmets, para las mascotas, para ecologistas… No es el spot de Coca-Cola, aunque tal vez el creativo de la campaña en cuestión se inspiró en el lineal de un supermercado, pongamos, de la costa californiana.

¿Que si el american way of life influye sobre los envases de los productos que consume el ciudadano? Pues parece que sí. La configuración urbanística, las largas distancias, la dependencia del automóvil, el tipo de vivienda, en fin, el estilo de vida, determinan las necesidades del consumidor y, por lo tanto, la oferta en el cómo dispensar el producto.

A pesar de habitar en un mundo globalizado que ve diluirse las particularidades y mimetiza culturas y mercados, los usos y costumbres se aferran a las sociedades a las que pertenecen. A pesar también del tambaleo de los pilares de occidente, instalado éste en un seísmo constante, se aproximan impresiones, temores e incertidumbres, desplegando “indignados” desde la Puerta del Sol hasta Wall Street. Además de compartir nuevos héroes, que lo son por enseñarnos el significado de la palabra innovación y por cambiar el modo de relacionarnos. A pesar de todo, las sociedades siguen arrojando peculiaridades que el sector fabril recoge y aplica en la elaboración de sus productos. El diseño de envases fáciles de transportar y fáciles de apilar y almacenar en casa, que se puedan usar para cocinar, rellenables, que se puedan volver a utilizar como recipientes, o autocalentables, son algunas de las tendencias del sector en EE.UU.

Pero ¿qué elementos distinguen a la sociedad americana que determinan sus hábitos de consumo? La extensión del país y su baja densidad de población, unido al bajo precio del combustible, o al modus vivendi que, en la búsqueda de una vida placentera y amigable desplazó las zonas residenciales hacia las afueras de las ciudades quedando, de este modo, alejadas de los servicios de abastecimiento urbano tradicional, constituyen circunstancias determinantes. De hecho, fue la invención del automóvil lo que marcó un antes y un después en la configuración urbanística de Estados Unidos, desencadenando el alejamiento de las clases medias del centro de la ciudad y la expansión de las zonas suburbiales o suburbanas (en el sentido que se le da a estos términos en el urbanismo estadounidense).

Como en cualquier sociedad, la ordenación del espacio físico condiciona la vida cotidiana, los procesos de socialización, la producción, los códigos del consumo, del tiempo libre, la generación de memoria e imaginarios colectivos, en definitiva, el habitus, la experiencia individual y colectiva.

El individualismo, la decadencia industrial y un rechazo histórico a la ciudad (ya la sociedad ideal imaginada por Thomas Jefferson estaba constituida por ciudadanos autoempleados en un contexto agrario y una producción autosuficiente de bienes) llevó a que a partir de los años 50 los suburbios se extendieran, también gracias a la red de autopistas. La terciarización de la economía acentúa el proceso, así como la llegada de los malls, que a lo largo de los años 70 proliferaron en paralelo a esa peculiar configuración de la geografía urbana y que vinieron a establecer los hábitos de abastecimiento del consumidor americano de las últimas décadas: los grandes centros comerciales se convierten en el modelo de distribución por excelencia.

La era de lo esencial

La investigación y la innovación en el ámbito industrial han venido situando su punto de mira en facilitar la vida al ciudadano. Se han sucedido, sin embargo, ciclos de alternancia entre el primar de la funcionalidad y el de la estética; lo hemos visto en otros campos, como el de la arquitectura, que ha salpicado ciudades de edificios de gran originalidad formal y discutible usabilidad, además de nula eficiencia. Hoy, el sector del gran consumo, adecuándose a los nuevos hábitos, está variando sus estrategias; el producto es el mismo en muchos casos, pero éste es presentado en envases adaptados a nuevos valores. El pragmatismo se impone y la industria del envase se concentra en facilitar la experiencia de consumo dentro de unos parámetros de sostenibilidad y racionalidad económica.

El consumidor americano valora en el envase, por encima de todo, la comodidad y la funcionalidad. Entre los atributos que éste asigna a un “envase práctico” destaca la facilidad para servir, almacenar, abrir, transportar y vaciar. En los lineales de los supermercados norteamericanos llaman la atención los envases en formato de gran tamaño para productos básicos que en Europa se suelen comercializar en tamaños más pequeños.

En cuanto al marketing del envase, tradicionalmente la comunicación visual ha sido una de las grandes bazas de las marcas americanas, que juegan con llamativos recursos en su etiquetaje, de algún modo empujadas por el exacerbado bombardeo de estímulos visuales que genera la supersegmentación de la oferta, a lo que se añade una mayor laxitud en materia de normativa de etiquetaje; vemos, por ejemplo, envases de lociones de protección solar con una extensísima gama de factores de protección (SPF), que llegan hasta el 150, o incluso más. Sin embargo, éstos se refieren sólo a la protección contra los rayos UVB, no a los rayos UVA, causantes del cáncer de piel, mientras que en Europa la normativa incluye también los rayos UVA.

En el otro extremo de la tendencia, lejos de esta descarada batalla de persuasión al consumidor, se sitúan los envases de alimentos frescos y a punto para consumir, como frutas y verduras, donde el producto habla por sí mismo; aquí, el envase da un paso atrás en su papel de protagonista cediéndolo al producto. Son envases mínimos, transparentes, que buscan la invisibilidad al tiempo que aportan alta tecnología.

El envasado de comida para llevar y lista para comer tendrá largo recorrido en los próximos años; se trata de un fenómeno que se ha extendido rápidamente entre el consumidor americano. El éxito de esta oferta de la gran distribución se explica por la estructura del perfil laboral del país. Algunos aspectos esenciales de la fuerza laboral de Estados Unidos son, además del alto grado de productividad (según el informe de los Indicadores Clave del Mercado de Trabajo (ICMT) de 2007, de la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, los Estados Unidos son líderes mundiales en cuanto a productividad, medida por producción por persona empleada al año), la flexibilidad y la movilidad. Una menor rigidez que se traduce en un día a día con horarios menos estandarizados y más “a medida”, de ahí la proliferación de envases de alimentos preparados para consumir en cualquier momento.

En este grupo de alimentos-envases triunfadores se sitúan también los envases autocalentables. Ahí está uno de los diez finalistas del Proyecto 2020, convocado en el marco del salón Pack Expo’11 celebrado en Las Vegas del 26 al 28 de septiembre, en el Centro de Convenciones de la ciudad; nos referimos a Fresh Can, un concepto de Crown Packaging Technology. Los alimentos perecederos como verduras, pastas, sopas y alimentos listos para comer se podrán calentar en segundos gracias a la tecnología de vapor. Se trata de pequeños discos de autocalentamiento en la base o de calentamiento por inducción sobre “superficies inteligentes”.

Sin embargo algo está cambiando. La crítica situación económica que acucia a occidente y, por ende, a Estados Unidos, replantea hábitos y necesidades.

Según los últimos estudios del PMMI (asociación de más de 540 fabricantes de maquinaria para envase, maquinaria de conversión, componentes de maquinaria y envases, de Estados Unidos y Canadá), la decisión de compra ha pasado de tomarse en el establecimiento en un porcentaje del 40% en 2007 al 17% en 2010, debido a la recesión económica. Sólo hay que observar el dato del Index Worry, el barómetro que mide los temas que más preocupan al ciudadano: de los siete primeros puestos, en 2011, la economía ocupa el primero, mientras que en 2004, no aparecía en la lista. En este sentido, a nivel conceptual, en el certamen de Las Vegas pudimos ver también una propuesta que reimagina la experiencia de compra del consumidor en el año 2020: para entonces, y según esta idea, las decisiones de compra no se tomarán en la tienda sino que los consumidores realizarán un pedido que les esperará empaquetado y preparado en el almacén. En este escenario, el embalaje cambiará drásticamente, ya que no habrá necesidad de diferenciación; éste será uniforme, primando en su diseño la funcionalidad y el espacio de almacenamiento y reciclaje. En materia de reuso en el certamen de Las Vegas se presentó el concepto Infinity, basado en la idea de que la mayoría de los productos comestibles se entregarán en el futuro directamente en los hogares de los consumidores.

Infinity es un recipiente de acero inoxidable retornable y reutilizable; el consumidor puede dejarlo en la acera junto a la puerta de su casa para que sea rellenado, cuenta con cierre fácil, panel de sellado transparente y recubrimientos antimicrobianos para garantizar la seguridad y frescura de las recargas.

La industria, siempre atenta a las necesidades e inquietudes de las sociedades, parece haber entrado en un segundo abordaje de la innovación. Innovar sin ton ni son ya no vale. Se busca la esencialidad y se huye de lo superfluo. El concepto del reuso en el mundo del envase ha llegado para quedarse, además de la innovación en nuevos materiales que supongan una mejora real para la sociedad, como el EcoCradle, de Ecovative Design, una solución natural, innovadora y rentable, a base de champiñón. El EcoCradle se fabrica con micelio (tallo de hongos) y subproductos de origen agrícola. Es un posible sustituto de la espuma de poliestireno y otros materiales utilizados como envases de protección secundarios.

Lo que hasta ahora han venido siendo marcadas características de la sociedad estadounidense, como la vertiginosa carrera en la obsolescencia de los productos —sea obsolescencia programada u obsolescencia “deseada”, en cualquier caso ambas se han retroalimentado exponencialmente— o la enorme demanda de materias primas, puede haber tocado techo.

Economía, salud, seguridad, sostenibilidad e innovación

Desde que Truman acuñó en 1949 el término “desarrollo” para referirse al crecimiento económico, como metáfora del desarrollo biológico, esto es, como proceso natural, progresivo y beneficioso, ha llovido mucho. Que el crecimiento no es algo ilimitado es un hecho hoy reconocido. La población mundial superará los 10.000 millones de personas a principios del próximo siglo, y dentro de 40 años el mundo necesitará un 100% más de la comida que produce hoy. La gestión de esta circunstancia y la urgencia del crecimiento sostenible se extienden a todos los ámbitos. La sostenibilidad está impulsando la innovación en el sector del packaging, desde el uso de materias primas ecológicas o de fuentes renovables hasta la tendencia imparable hacia la reducción tanto de los residuos como del peso. Los profesionales de la industria del envase identifican esta tendencia como un reto que, además, aporta una solución en materia de disminución de costes. El diseño inteligente de envases y el aprovechamiento responsable de los recursos es la dirección de la innovación en el sector. Los grandes distribuidores, como Walmart, también están implicados en este proceso de innovación responsable, asentando de este modo las directrices del diseño de envases para los próximos años. Estas empresas están desarrollando sistemas de evaluación de la sostenibilidad de los envases, lo que ha dado lugar al llamado Proyecto de Envasado Global, que trata de fijar un conjunto básico de indicadores con el objetivo de crear un lenguaje común a toda la industria del envase.

Otros asuntos, como la salud o la seguridad alimentaria cobran ahora mayor relevancia. La lucha contra la obesidad infantil también constituye un objetivo en el que está implicado el sector del packaging, de la mano de la industria alimentaria.

La mismísima Michelle Obama lanzó la campaña Let’s Move (A Moverse), con el objetivo de “resolver –explicó en su día la Primera Dama de Estados Unidos– el problema de obesidad infantil que aqueja a esta nación”. Así, en el etiquetaje de los productos alimentarios proliferan las Nutrition Keys, distintivos que informan de los contenidos en calorías, grasas saturadas, sodio, azúcares, potasio y fibra.

Otro de los condicionantes sociales que ya están incidiendo en la manera de presentar los productos en los lineales de los supermercados americanos es el rápido crecimiento de la población de más de 80 años; este segmento demanda más atención, un tipo de letra más grande para información como fechas límite para consumir, y mecanismos más fáciles para abrir y volver a cerrar.

Pero la innovación tiene dos caras, por un lado, y ahora que la pirámide poblacional se ha invertido en occidente, urge un sistema de producción más eficiente. Si antes 100 producían para mantener a 50, en los próximos años 50 deberán mantener a 100; no es imposible, se trata de buscar el modo de extraer mayor partido de los 50 en cuestión. Y sólo hay un camino: la innovación, lo que implica poner el foco, primero, en el sistema educativo. Si comparásemos el sistema educativo con un exprimidor de cítricos, el talento sería el zumo, y urge un exprimidor más eficiente; vamos a necesitar mucho talento para afrontar los retos que se avecinan. En EE.UU. nos llevan alguna ventaja en materia de “extracción del talento”. El sector empresarial se ha implicado, tradicionalmente, en los proyectos de investigación, desarrollo e innovación, no sólo del sector fabril sino también de las universidades. Como argumentó el filósofo John Dewey, “el carácter progresivo e inestable de la vida y la civilización americana ha facilitado el nacimiento de una filosofía que considera que el mundo está en continua formación, donde todavía hay lugar para el indeterminismo, para lo nuevo y futuro.”

Entre tanto, y de manera natural, se está produciendo lo que podríamos llamar una innovación inversa; inversa porque supone una vuelta a sistemas de producción ya conocidos y sofocados por la vorágine del desarrollismo. El consumo local retorna en los Estados Unidos, específicamente en el ámbito de la alimentación. El término “consumo local” hace referencia a la producción, distribución y consumo integrados para mejorar la economía, el medio ambiente, la salud y las relaciones sociales de un lugar en particular y se considera parte de un movimiento más amplio, el movimiento sostenible, corriente ligada también a la producción de alimentos ecológicos, una inquietud del consumidor estadounidense que se refleja en los lineales de los supermercados, que disponen de extensas secciones dedicadas a este tipo de productos.

Pero éste no es un fenómeno nuevo. A principios del siglo XX comienza el declive de la granja familiar y el crecimiento de las granjas corporativas; será durante los años 60 y 70, cuando el número de miembros de pequeñas granjas que vendían sus productos a comunidades locales se incrementa. Desde finales de los años 70, paralelamente a la multiplicación del número de empresas multinacionales en el sector alimentario, un movimiento constante de granjeros y consumidores reconstruyen relaciones y hábitos de consumo abogando por un consumo basado en la producción local.

Es, de algún modo, la vuelta a ese espíritu pionero, que, seguramente, siempre estuvo ahí…

¿Qué pasa con el marketing?

Si la compra por impulso decrece. Si se impone la racionalidad. Si el reuso deja de ser una mera anécdota. Si la agónica carrera en la obsolescencia de los productos se ralentiza. Si la necesidad de abaratar costes uniforma el embalaje, si nuevos materiales de origen orgánico se imponen sobre los plásticos, si la fórmula de los mercados locales prolifera, entonces, ese intermediario ineludible, prescriptor por excelencia, el envase, ¿perderá su papel de comunicador?

Todo lo contrario, el marketing deberá explorar los nuevos referentes, los nuevos valores, y expresar lo esencial, sin superficialidades ni frivolidades. Deberá revisar sus recursos y adaptarlos a las sensibilidades que se revelarán en los próximos tiempos. El marketing será también la forma, el material… (además del largo camino que tiene por delante en materia de intangibles, fundamentalmente en la reputación de marca); la innovación en sí misma será el epicentro del marketing que viene. Será la comunicación al desnudo.

Algunos ya se han puesto manos a la obra. El ejemplo lo encontramos en la marca de vinos de producción ecológica Bonterra, uno de los vinos californianos más vendidos en EE.UU.: también usa material reciclable en su embalaje y vidrio reciclado, así como papel reciclado en sus etiquetas y tinta de soja. Por supuesto las formas y colores responden a la perfección a los ecovalores del producto.

Entrevista a NICHOLAS J. GRECO, gerente de desarrollo de Avery Dennison Designed and Engineered Solutions

Avery Dennison, empresa desarrolladora de soluciones para la industria, ha creado un nuevo sistema de válvula de vapor, llamado Flexis, que la industria estadounidense del envase alimentario ya ha comenzado a incorporar. Desde Springfield, EE.UU., el Gerente de Desarrollo de Avery Dennison Designed and Engineered Solutions, Nicholas J. Greco, nos habla del nuevo ingenio de la marca.

¿Cómo nació la idea de Flexis?

La válvula de vapor Avery Dennison Flexis fue desarrollada después de múltiples reuniones con los propietarios de marcas, que no estaban satisfechos con las soluciones existentes en tecnología de vapor porque ninguna de ellas aunaba la cocción completa de los alimentos y un cierre hermético. Después de analizar estas necesidades del cliente, Avery Dennison Diseño y Soluciones de Ingeniería ha desarrollado una solución muy diferente a otras tecnologías.

¿Cómo funciona?

La válvula de vapor Flexis es activada por el calor, en lugar de por la presión, característica que lo diferencia de otras tecnologías como la microperforación, por ejemplo. Se trata de un sistema que se coloca sobre una zona precortada del envase flexible, de manera que proporciona un sellado hermético. Durante el calentamiento del envase, la válvula se abre cuando se alcanza una determinada temperatura, liberando el vapor generado en el interior del envase. Este sistema puede utilizarse tanto en envases que se calientan en horno convencional como en microondas. A diferencia de un simple precorte del envase flexible, este sistema proporciona un sellado hermético hasta el momento en el que se cocina el alimento envasado.

¿Qué necesidades cubre?

La válvula de vapor Flexis ofrece una cocción consistente y completa al tiempo que protege el contenido del paquete con un sello hermético. Además, los envasadores de alimentos estarán interesados en saber que la válvula de vapor Flexis puede ser preaplicada a la parte exterior de la película de envasado. Esta flexibilidad permite a los envasadores seguir utilizando la estructura de la película que mejor trabaja con su equipo y mantener sus operaciones de llenado.

¿Cómo se han planteado la distribución de Flexis? ¿Cuándo podremos ver este sistema en los envases de los supermercados europeos?

Ya hemos tenido varios éxitos en los EE.UU. mediante el trabajo directo con los usuarios finales y sus proveedores de envases. Europa es sin duda un mercado objetivo, y Japón, por su parte, ya ha mostrado interés en la válvula de vapor Flexis, lo cual es alentador ya que se trata de un país siempre a la vanguardia en materia de envases.

¿Cuáles son los elementos más valorados por el consumidor estadounidense en materia alimentaria?

Desde mi perspectiva, la mayoría de los consumidores estadounidenses buscan valor y calidad, y en el caso de los alimentos, quieren que éstos no pierdan propiedades organolépticas y que los productos estén disponibles a un precio justo. Curiosamente, con la propuesta de la válvula de vapor Flexis el valor coincide con estos hábitos de compra ya que con ella se disminuyen los tiempos de cocción, contribuyendo a mejorar la calidad y la textura de los alimentos.

Reciclado de envases: la convicción sosegada

Reciclado de envases: la convicción sosegada
TENDENCIAS

La industria del envase y embalaje ha hecho un esfuerzo considerable por la mejora de la reciclabilidad. Los datos revelan que los objetivos de la Ley de Envases se están cumpliendo. Sin embargo, diversas voces apelan en los últimos tiempos a la responsabilidad de la industria de envases plásticos, que deberá hacer equilibrios para desarrollar envases diseñados pensando en la fase de reciclaje, tender hacia la reutilización y apostar por el material reciclado.
Reciclar ya no es una excentricidad. También ha dejado de ser una moda transitoria, una pose efímera. El ciudadano percibe cierta urgencia en la necesidad de preservar el medioambiente y, sobre todo, ha tomado conciencia de la finitud de los recursos.
Al consumidor se le viene pidiendo en los últimos años que asuma el papel de gestor de residuos. Y no lo hace mal: sólo en Cataluña (según datos de la Agencia de Residuos de Cataluña), el tonelaje de basura seleccionada en los hogares con el objetivo de reciclaje se ha multiplicado por veinte en quince años, situándose el porcentaje de recogida selectiva en dicha comunidad, en el 37,6% de los residuos producidos.
Sin embargo, la naturaleza del residuo nos indica dos velocidades en el avance en la recuperación del residuo. Y la peor parte se la lleva el envase de plástico: en el ámbito doméstico sólo se recicla uno de cada cuatro, según la misma fuente. Otro dato revelador sobre el porcentaje de residuo reciclado por material es el proporcionado por Ecoembes: el 84,2% del papel y cartón gestionado fue reciclado en 2009, el 71,3% en el caso de los metales y el dato baja hasta el 41,9% en el caso de los plásticos.
Esta sociedad anónima sin ánimo de lucro, con una cifra de empresas adheridas que representan el 90% de los envases puestos en el mercado en toda España, viene desarrollando planes de prevención que tienen por objetivo minimizar el impacto ambiental de los envases y ahorrar materia prima y energía.
Las medidas propuestas por Ecoembes se centran en la reducción del peso de los envases, favorecer la reutilización, minimizar el impacto ambiental y utilizar material reciclado. El uso de material reciclado en contacto con alimentos permite la disminución de uso de materias primas, disminuye el depósito en vertedero y reduce las emisiones de CO2 . Y ese es el nuevo reto que se plantea al consumidor: cerrar el círculo del reciclaje, porque tras separar y depositar sus envases plásticos en el correspondiente contenedor, deberá estar dispuesto a adquirir alimentos comercializados en envases procedentes de material reciclado. Mónica Daluz /
pdf

Texto completo en html

Reciclado de envases: la convicción sosegada

La industria del envase y embalaje ha hecho un esfuerzo considerable por la mejora de la reciclabilidad. Los datos revelan que los objetivos de la Ley de Envases se están cumpliendo. Sin embargo, diversas voces apelan en los últimos tiempos a la responsabilidad de la industria de envases plásticos, que deberá hacer equilibrios para desarrollar envases diseñados pensando en la fase de reciclaje, tender hacia la reutilización y apostar por el material reciclado.

Mònica Daluz

Reciclar ya no es una excentricidad. También ha dejado de ser una moda transitoria, una pose efímera. El ciudadano percibe cierta urgencia en la necesidad de preservar el medioambiente y, sobre todo, ha tomado conciencia de la finitud de los recursos.

Al consumidor se le viene pidiendo en los últimos años que asuma el papel de gestor de residuos. Y no lo hace mal: sólo en Cataluña (según datos de la Agencia de Residuos de Cataluña), el tonelaje de basura seleccionada en los hogares con el objetivo de reciclaje se ha multiplicado por veinte en quince años, situándose el porcentaje de recogida selectiva en dicha comunidad, en el 37,6% de los residuos producidos. Sin embargo, la naturaleza del residuo nos indica dos velocidades en el avance en la recuperación del residuo. Y la peor parte se la lleva el envase de plástico: en el ámbito doméstico sólo se recicla uno de cada cuatro, según la misma fuente. Otro dato revelador sobre el porcentaje de residuo reciclado por material es el proporcionado por Ecoembes: el 84,2% del papel y cartón gestionado fue reciclado en 2009, el 71,3% en el caso de los metales y el dato baja hasta el 41,9% en el caso de los plásticos.

Esta sociedad anónima sin ánimo de lucro, con una cifra de empresas adheridas que representan el 90% de los envases puestos en el mercado en toda España, viene desarrollando planes de prevención que tienen por objetivo minimizar el impacto ambiental de los envases y ahorrar materia prima y energía. Las medidas propuestas por Ecoembes se centran en la reducción del peso de los envases, favorecer la reutilización, minimizar el impacto ambiental y utilizar material reciclado. El uso de material reciclado en contacto con alimentos permite la disminución de uso de materias primas, disminuye el depósito en vertedero y reduce las emisiones de CO₂. Y ese es el nuevo reto que se plantea al consumidor: cerrar el círculo del reciclaje, porque tras separar y depositar sus envases plásticos en el correspondiente contenedor, deberá estar dispuesto a adquirir alimentos comercializados en envases procedentes de material reciclado.

Para la industria, la aportación del material reciclado es indiscutible: su precio es más bajo y más estable que el precio de las materias vírgenes y su utilización supone para las empresas una ventaja medioambiental. Para el consumidor el beneficio percibido es menos evidente. Así lo expone Paloma Cruz, responsable de Calidad de Torrepet: “El PET reciclado es más barato que el PET virgen, y por tanto, utilizar RPET disminuye el coste del envase, algo importante, sobre todo en el envasado de aguas minerales, donde el envase cuesta más caro que el contenido. Con respecto a la aceptación que tendrá por parte del consumidor, habrá de todo, desde el consumidor concienciado con el medioambiente que recibirá el nuevo envase con los brazos abiertos, hasta el ‘desconfiado’, que no llevará a su casa un producto procedente ‘de la basura’, aunque con el tiempo, y una vez demostrada la salubridad del nuevo material, la sociedad en general, aceptará los plásticos reciclados como algo normal, habitual y necesario.”

A debate

Son todavía cuestiones de peso las que están por resolver; de hecho, el debate no ha hecho más que empezar. Reciclar, reutilizar o ecodiseñar son las diversas caras de esta poliédrica cuestión, a la que viene a añadirse otra: comunicar. El marketing y la necesidad de diferenciación producen envases-excusa en los que priman formas y tamaños frente a la selección ecológica de los materiales, mientras el consumidor se pregunta porqué no existen limitaciones a la producción de productos de un solo uso, o porqué se encuentran entre las manos envases con distintos tipos de plástico y composiciones mixtas que dificultan la tarea de selección.

Uno de los casos más polémicos entre los puristas de la ecología es el del brick. Se trata del envase alimentario que mayores problemas presenta a la hora de tratarlo en la planta de reciclaje por la disposición por capas de los diversos materiales que lo forman: un 75% de cartón, un 20% de polietileno y un 5% de aluminio. La naturaleza de su composición no permite que estos sean utilizados para fabricar nuevos bricks, como sí es posible en cambio con el vidrio de las botellas. Mientras que separar las fibras de cartón de las otras dos capas es relativamente sencillo, la separación del polipropileno y el aluminio requiere un complejo proceso de pirólisis que transforma en energía el polietileno.

Conflicto de intereses o contradicción, el caso es que el consumidor desea percibir innovación al tiempo que demanda envases simples y racionales, que no incrementen el precio del producto y que generen el mínimo residuo, por razones medioambientales. Además, reconfigura sus prioridades y quiere apartarse de un estilo de vida de consumismo desmedido. Las marcas, por su parte, necesitan hoy más que nunca servirse del envase para explicarse frente al consumidor, demostrarle que está en sintonía con su nueva sensibilidad y sus nuevas demandas, y reconducirle al placer del acto de compra. Sea como sea, las administraciones deben valorar el esfuerzo del ciudadano, que se está responsabilizando de su propio consumo de recursos, pero sería un error dejar caer todo el peso sobre él; si el esfuerzo no es compartido por la industria (a través de la legislación), podría mandar a freír espárragos su convicción.

Paloma Cruz Guerrero, responsable Departamento Calidad de Extremadura TorrePet

Cruz nos explica con detalle las cuatro fases que utiliza la compañía en el tratamiento del plástico:

“Una primera fase de selección y molienda, donde los envases recibidos pasan por una serie de selectores ópticos y magnéticos, apoyados por un control manual, mediante el cual se eliminan todos los impropios que puedan venir con el material. Los envases de PET son al final de esta etapa triturados, obteniendo escamas de PET.

En la siguiente etapa, decantación y lavado, las escamas obtenidas se separan de las etiquetas y los tapones mediante flotación y se lavan en agua caliente con un detergente especialmente desarrollado para retirar todo el resto orgánico y la cola de adhesión de las etiquetas.

Una vez limpias y secas, las escamas pasan a la etapa de extrusión, donde son fundidas en un reactor en el que, gracias a la temperatura, el vacío y el tiempo de residencia, se eliminan posibles compuestos susceptibles de migrar. Además se homogeniza la masa, y se pasa por una matriz donde se forman hilos, que son enfriados rápidamente y cortados, obteniendo así granza de RPET amorfa.

En la última etapa, la post-polimerización en estado sólido, las granzas amorfas, que previamente se han cristalizado en un silo cristalizador, son sometidas nuevamente a temperatura, vacío y tiempos de residencia, consiguiendo aumentar la longitud de las cadenas poliméricas, y por tanto su resistencia mecánica. En esta última fase se eliminan también compuestos susceptibles de migrar. Se obtiene así un polímero de alta calidad, con la viscosidad adecuada para la fabricación de nuevos envases.”

Robótica industrial. El recurso imprescindible

Robótica industrial. El recurso imprescindible
EN PORTADA

La competitividad de occidente está en jaque. La robótica industrial de última generación puede ser una vía para optimizar la capacidad productiva en todos los sectores industriales. Por lo que respecta al envasado, las exigencias del mercado impulsan el desarrollo de robots antropomórficos para atender las necesidades de flexibilidad.
Se gesta una robótica avanzada que sale de las plantas fabriles para llegar al hogar por imperativo de fenómenos sociológicos, como el envejecimiento de la población, entre otros. La deambulación de robots humanoides, que deberán enfrentarse al reto de responder en ambientes dinámicos, con lo que ello implica en materia de investigación, está a la vuelta de la esquina.
S
eamos realistas. Hoy, cuando los mercados occidentales se nutren de bienes de bajo coste procedentes de economías emergentes que sustentan sus planteamientos comerciales sobre una mano de obra barata y “disciplinada”, el panorama no deja lugar a dudas: la competitividad de occidente pasa por la robotización de la industria.
La robótica debe ser entendida como una herramienta con la que hacer frente a la crisis; su implantación significa una optimización en el modo de utilizar la capacidad productiva. Incremento de la productividad; reducción de costes, sobre todo laborales, de materiales, energéticos y de almacenamiento; eliminación de paros, y mayores niveles de calidad y seguridad, son algunos de los beneficios de la robótica en el contexto industrial.
Además, la flexibilidad de estas máquinas para realizar distintos tipos de tarea permite que todos los sectores productivos encuentren en la robótica un valor añadido con el que marcar la diferencia. La flexibilidad es, sin duda, un elemento clave en nuestro sector, con envases cada vez más técnicos y más personalizados, a lo que cabe añadir la cada vez mayor relevancia del branding.
Al respecto, los fabricantes de sistemas de automatización industrial detectan una tendencia en el sector del envase hacia lo que podríamos llamar el “marketing a toda costa”, con envases tan atractivos como difíciles de manipular y automatizar, resultando fundamental que los diseñadores tengan en cuenta el nivel de automatización del producto para evitar sobrecostes.
Así pues, no deberíamos dejar pasar este tren, sobre todo en estos momentos en los que el debate sobre cómo reinventar la gestión de los recursos y su circulación, en aras de una mayor eficiencia y productividad, al tiempo que de mayores beneficios en lo social y del mínimo impacto medioambiental, está más presente que nunca. Mó
nica Daluz / pdf

Texto completo en html

Robótica industrial, el recurso imprescindible

La competitividad de occidente está en jaque. La robótica industrial de última generación puede ser una vía para optimizar la capacidad productiva en todos los sectores industriales. Por lo que respecta al envasado, las exigencias del mercado impulsan el desarrollo de robots antropomórficos para atender las necesidades de flexibilidad. Se gesta una robótica avanzada que sale de las plantas fabriles para llegar al hogar por imperativo de fenómenos sociológicos, como el envejecimiento de la población, entre otros. La deambulación de robots humanoides, que deberán enfrentarse al reto de responder en ambientes dinámicos, con lo que ello implica en materia de investigación, está a la vuelta de la esquina.

Mónica Daluz

Seamos realistas. Hoy, cuando los mercados occidentales se nutren de bienes de bajo coste procedentes de economías emergentes que sustentan sus planteamientos comerciales sobre una mano de obra barata y “disciplinada”, el panorama no deja lugar a dudas: la competitividad de occidente pasa por la robotización de la industria. La robótica debe ser entendida como una herramienta con la que hacer frente a la crisis; su implantación significa una optimización en el modo de utilizar la capacidad productiva. Incremento de la productividad; reducción de costes, sobre todo laborales, de materiales, energéticos y de almacenamiento; eliminación de paros, y mayores niveles de calidad y seguridad, son algunos de los beneficios de la robótica en el contexto industrial.

Además, la flexibilidad de estas máquinas para realizar distintos tipos de tarea permite que todos los sectores productivos encuentren en la robótica un valor añadido con el que marcar la diferencia. La flexibilidad es, sin duda, un elemento clave en nuestro sector, con envases cada vez más técnicos y más personalizados, a lo que cabe añadir la cada vez mayor relevancia del branding. Al respecto, los fabricantes de sistemas de automatización industrial detectan una tendencia en el sector del envase hacia lo que podríamos llamar el “marketing a toda costa”, con envases tan atractivos como difíciles de manipular y automatizar, resultando fundamental que los diseñadores tengan en cuenta el nivel de automatización del producto para evitar sobrecostes.

Así pues, no deberíamos dejar pasar este tren, sobre todo en estos momentos en los que el debate sobre cómo reinventar la gestión de los recursos y su circulación, en aras de una mayor eficiencia y productividad, al tiempo que de mayores beneficios en lo social y del mínimo impacto medioambiental, está más presente que nunca. La robotización industrial aumenta los niveles de confort de las sociedades sin incrementar necesariamente el desempleo, aunque sí cambia las necesidades de mano de obra industrial, de modo que el asunto abre también un debate social, un debate transversal que zarandea las políticas educativas y laborales, el sistema de valores y los planteamientos éticos, etc.

El futuro nos depara nuevos escenarios industriales, en los que la máquina se desplazará en ambientes no estructurados, y para ello debe ser capaz de interactuar y relacionarse con su entorno, ya sean operarios humanos u otras máquinas. Percibir el entorno va a requerir sofisticados sistemas, especialmente en el desarrollo de visión por computador, tecnología todavía lejos de conseguir una capacidad de interpretación de escenas suficiente para dotar al robot de la información adecuada para actuar inteligentemente en ambientes no específicamente preparados para la operación robotizada. El objetivo de la robótica industrial tradicional ha sido la repetición de una misma tarea; ahora el reto está en incrementar lo que los expertos llaman, el nivel de autonomía, y que se refiere a la capacidad, aunque sea mínima, de reacción ante la incertidumbre de situaciones no programadas, de “tomar decisiones”, de aprender con la experiencia…

En este sentido, desde el departamento Comercial de FANUC Robotics Ibérica, Francesc Segarra explica que “la compañía está trabajando para darle al robot industrial la capacidad de tomar decisiones diferentes ante la misma problemática, avanzando así hacia una robótica de nivel superior.”

Según fuentes de la Asociación Española de Robótica, nuestro país ocupa el cuarto lugar de Europa y el séptimo del mundo por parque instalado, con 29.000 unidades de robots industriales. Pero además de consumir, España cuenta con prestigiosos centros de investigación y reputados investigadores y equipos de programación de autómatas industriales. Sin embargo, las expectativas de crecimiento del sector robótico apuntan hacia el campo de los robots de servicios, y muchos son los investigadores volcados en hallar el modo de incrementar la autonomía de los que serán nuestros futuros compañeros de trabajo, niñeras o mayordomos. Sistemas de posicionamiento para una navegación segura, nuevos sistemas de visión, sistemas cognitivos basados en la función del objeto en lugar de en sus dimensiones, dotación de capacidad de aprendizaje, autonomía en la toma de decisiones… Todo para hacer realidad ese ciberfuturo que nunca llegó.

En cualquier caso, se atisban nuevas oportunidades de negocio para las empresas del sector, con el nacimiento de lo que ha venido a llamarse ‘robótica avanzada’, de aplicación tanto industrial como en servicios, asistencia personal, incluso ocio; una industria de, y con futuro.

Las compañías punteras ya han diversificado sus desarrollos, creando dos líneas de investigación: una industrial y otra de servicio. Entrar en el mercado de consumo supone para las empresas de robótica una excepcional oportunidad de negocio y la posibilidad de satisfacer un nuevo nicho de mercado, de atender una necesidad emergente, en fin, lanzar una nueva categoría de producto en un mercado en el que parece que ya todo está inventado y en el que todos los targets parecen estar servidos.

Después de tanto film de ciencia ficción, y cuando ya habíamos perdido la esperanza, parece que el robot humanoide está en el horno… La razón de dotar de apariencia humana a estos asistentes del futuro es, además de psicológica, de índole práctica, y es que las máquinas en cuestión deberán moverse en un entorno diseñado para humanos, de modo que cuanto más se parezca a un humano, mejor se adaptará a dicho entorno.

Así, un mundo más justo, más limpio, más eficiente y hasta más humano, será posible gracias a la automática. Y no es el argumento de una película. O no debería serlo, ¿para qué si no, la ciencia y la investigación? ¿Se imaginan volver a pronunciar sin sonrojarnos esa palabra en cuyo nombre se ha contaminado, explotado y abocado al planeta y a la raza humana a un futuro insostenible, o sea, a un no-futuro, esa palabra que, para bien o para mal, nos ha traído hasta aquí: “progreso”?

Mercado de largo recorrido

Las ventas en el mercado de la automatización y la robótica se han resentido en el último ejercicio como consecuencia de la crisis generalizada. Y aunque el sector del envasado es veterano en lo que a implantación de sistemas robóticos se refiere, hablar de madurez en robotización es casi contradictorio. Como nos cuenta, desde el Departamento Comercial de FANUC Robotics Ibérica, Francesc Segarra, “si bien el envasado de productos alimentarios está creciendo desde hace años, hablar de madurez es difícil, ya que cada día nos encontramos aplicaciones que hace tan solo dos o tres años eran impensables”. “En líneas generales –prosigue Segarra– sí se puede considerar maduro, pero no está todo resuelto; el ejemplo más claro lo tenemos cuando comparamos la industria del refresco, que está muy automatizada desde los años 90, con la industria agroalimentaria, que está empezando a incorporar instalaciones de envasado automático; en definitiva, nos queda camino por andar y retos por resolver.”

El reto inmediato es, sin duda, la situación de crisis que nos azota, una crisis que “ha cambiado –detalla nuestro interlocutor– el panorama de automatización industrial a nivel general y en particular en el sector del envasado; las inversiones se han visto frenadas en la mayoría de los casos y reducidas en el resto. Los proyectos que se han realizado durante 2010 han sido inversiones que se tenían que hacer por exigencias de la producción, no con el objetivo de generar una idea nueva o una mejora de algo existente”.

En el mismo sentido se manifiesta Fernando Sánchez, Director de Ventas para la Industria General de KUKA Robots Ibérica, “aunque –matiza– la crisis ha afectado al sector del envasado en menor medida que en otros sectores; la alimentación y la bebida son más estables que sectores ligados al automóvil o la construcción, y la gran revolución ha sido la marca blanca, con nuevos proyectos, nuevas fábricas… Pero sin duda, aún queda un largo recorrido; los sistemas robotizados, junto a la visión artificial, están mucho más desarrollados para el final de la línea que para el envasado.”

Sánchez se refiere a algunos de los retos a los que han tenido que hacer frente los fabricantes de robots para dar respuesta a las necesidades del sector del envasado: “El principal problema con el que se encontraron fue la alta cadencia de estos procesos, demasiado para los típicos robots de soldadura y manipulación. Actualmente existen robots de KUKA y otras firmas capaces de atender estas exigencias. Otro requisito fue la condición especial del robot al tratar con alimento fresco: los cambios rápidos de formato en las cajas, con un packaging que se adapta a las nuevas exigencias del consumidor… La maquinaria convencional no es tan flexible como un robot antropomórfico, y ese es un reto para la mayoría de las empresas.”

David Rivera, Delegado de Ventas Aplicaciones de Packaging de Yaskawa, por su parte opina que “el reto en robótica en la industria del envasado es poder llegar a empresas mucho más pequeñas ya que el nivel de inversión es muy asequible y la flexibilidad de los robots hace que con los años podamos reutilizarlos para diferentes productos y aplicaciones. Debido a esto podemos observar un crecimiento desde 2006 hasta ahora, aún con el freno de la crisis.”

El sector opina

Tres fabricantes de productos robóticos para la industria del envase y el embalaje, responden a las preguntas: ¿Qué tipos de robots son los más utilizados en el sector del envasado de productos de gran consumo? y ¿en qué está basada su tecnología en cada caso?

David Rivera, Delegado de Ventas Aplicaciones de Packaging de Yaskawa

“Habría que diferenciar tres grandes grupos de robots dentro del sector del envasado: los ‘robots picking’, de pequeño tamaño y de poca carga (entre 1 y 10 kg.), se caracterizan por su alta velocidad en colocar un producto en cajas, bandejas, etc., y suelen ir acompañados de visión artificial, sincronismo con la cinta transportadora y rápidos sistemas para coger y dejar los productos; los ‘robots packaging’, de tamaño medio (entre 10 y 80 kg. de carga), se caracterizan por el encajado de varios productos a la vez en el envase correspondiente; y los ‘robots paletizado’, que son máquinas de gran tamaño (desde 80 a 800kg. de carga) que se colocan en el final de línea para realizar el paletizado completo de producto finalizado. Dependiendo del tiempo de ciclo, elegiremos un robot más o menos ligero para poder coger varios productos, medias capas o incluso capas completas. Este tipo de robots, también se puede usar al inicio de la línea si necesitamos despaletizar producto antes de empezar a trabajar con él.”

Fernando Sánchez, Director de Ventas para la Industria General de KUKA Robots Ibérica, S.A.

“Los robots más utilizados son los tipo scara o de cinemática paralela para el picking, robots de 2 y 4 ejes para el encajado y grandes robots de 100 a 700 kg. para el paletizado. El software de paletizado ha facilitado integraciones más rápidas y más económicas. Los robots de 4 ejes y fibra de carbono han aportado una velocidad que hasta ahora era inalcanzable.”

Francesc Segarra, Departamento Comercial de FANUC Robotics Ibérica

“Si hablamos de robots, la primera pregunta que nos tenemos que hacer es la carga a manipular; un ejemplo claro lo tenemos en el sector bebidas y, en concreto, en paquetes retractilados de botellas de agua. Hace 20 años se manipulaban los paquetes de uno en uno, con lo que las cargas a mover eran inferiores a 20 kg. Luego, para aumentar la eficiencia de las instalaciones, se manipulaban agrupaciones de paquetes, 3-4 unidades en cada ciclo, con lo que nos íbamos a 40 kg. y actualmente se están manipulando capas enteras donde el peso a manipular está en torno a 100 kg. (estos ejemplos están considerados sin tener en cuenta el peso de la pinza y/o garra).

Pero algo muy diferente nos encontramos si hablamos de alimentos o cosmética, donde tenemos unas producciones muy altas, lo que significa alta velocidad y pesos muy pequeños. Para cada instalación automática, siempre hay que tener de antemano los datos de producción, carga a manipular y área de trabajo muy bien definidos; es entonces cuando podremos elegir el tipo de robot más adecuado.

Por lo que respecta a la tecnología, hace unos años entraron dos conceptos nuevos en las aplicaciones de envasado; sistemas de visión y seguimiento del producto en el transporte. Hoy en día es habitual plantear la recogida aleatoria y caótica de productos que viajan encima de un transporte y dejarlos posicionados dentro de su envase, ya sea bandeja, blister, etc. Todo esto reduce de forma drástica los sistemas mecánicos personalizados que existían hace unos años. Hoy, la industria plantea una automatización abierta, con líneas de envasado en las que se puedan procesar todos los productos que se están fabricando y los que se van a fabricar en un futuro cercano, y es aquí donde la visión y el tracking entran en juego. El principio de funcionamiento es muy fácil: el sistema de visión identifica el producto (da la posición en X e Y respecto a un patrón) y el tracking le asigna una posición (la posición la da un encoder que tiene montado el sistema de transporte) y a partir de aquí, el robot ya puede sincronizarse y recoger el producto de un transporte en movimiento.”

Gestión del frío

Gestión del frío
LOGÍSTICA

El transporte y almacenaje de productos frescos o congelados requiere una gran eficiencia y exhaustividad. La consigna fundamental a la hora de operar con cargas frescas o congeladas es clara: no interrumpir el suministro de frío en la cadena operativa.
L
a planificación de los procesos logísticos donde la temperatura debe ser mantenida desde la producción hasta la venta final del producto, pasa por el establecimiento de condiciones adecuadas y constantes en las distintas etapas por las que atraviesa la mercancía: producción, preenfriamiento, embalaje, almacenaje, transporte y distribución, carga, descarga y entrega en los distintos puntos de venta.
Recientes estudios revelan que un 30 por ciento de la producción primaria mundial y un 40 por ciento de las frutas y verduras se pierden por falta de una refrigeración adecuada en el ciclo de producción. La variedad de referencias, de pedidos, de destinos, la caducidad del producto y la necesaria rapidez en el aprovisionamiento del mismo hacen imprescindible una buena gestión de la cadena logística.
En los últimos años se ha puesto de manifiesto el esfuerzo en la mejora de la calidad logística, así como en la optimización de la gestión del frío, que está llevando a cabo tanto la industria alimentaria como la gran distribución.
Para Imanol Alberdi, director de Plataformas del Grupo Eroski, la fase crítica, en la que se pone en riesgo la cadena de frío, es el transporte: “Era el eslabón en el que se producían mayores incidencias; ahora tenemos transportes independientes por rangos de temperatura: para congelados; entre 0 y 2 grados, para pescados, carnes y cuarta gama; y entre 4 y 6 o 4 y 8 para verduras y hortalizas.”
Hace algún tiempo que el grupo asumió al cien por cien la operativa de transporte del pescado y progresivamente, ha incorporado estos nuevos flujos a la totalidad de su operativa. “Esta especialización implica una política de proveedores muy cerrada al tiempo que una política de colaboración abierta”, explica nuestro interlocutor, quien asegura que “la asunción de esta nueva gestión logística ha puesto de manifiesto dónde y por qué se producían las incidencias, de modo que ha servido para optimizar el proceso; por ejemplo, ver que hay un exceso de tiendas en la misma ruta nos llevó a una readecuación, o la obligatoriedad de apagar el motor de la refrigeración en algunos núcleos urbanos, por un tema de contaminación acústica, nos ha llevado a cambiar horarios de entrega de los productos.” Mónica Daluz / pdf

Texto completo en html

Gestión del frío

El transporte y almacenaje de productos frescos o congelados requiere una gran eficiencia y exhaustividad. La consigna fundamental a la hora de operar con cargas frescas o congeladas es clara: no interrumpir el suministro de frío en la cadena operativa.

Mónica Daluz

La planificación de los procesos logísticos donde la temperatura debe ser mantenida desde la producción hasta la venta final del producto, pasa por el establecimiento de condiciones adecuadas y constantes en las distintas etapas por las que atraviesa la mercancía: producción, preenfriamiento, embalaje, almacenaje, transporte y distribución, carga, descarga y entrega en los distintos puntos de venta.

Recientes estudios revelan que un 30 por ciento de la producción primaria mundial y un 40 por ciento de las frutas y verduras se pierden por falta de una refrigeración adecuada en el ciclo de producción. La variedad de referencias, de pedidos, de destinos, la caducidad del producto y la necesaria rapidez en el aprovisionamiento del mismo hacen imprescindible una buena gestión de la cadena logística.

En los últimos años se ha puesto de manifiesto el esfuerzo en la mejora de la calidad logística, así como en la optimización de la gestión del frío, que está llevando a cabo tanto la industria alimentaria como la gran distribución.

Para Imanol Alberdi, director de Plataformas del Grupo Eroski, la fase crítica, en la que se pone en riesgo la cadena de frío, es el transporte: “Era el eslabón en el que se producían mayores incidencias; ahora tenemos transportes independientes por rangos de temperatura: para congelados; entre 0 y 2 grados, para pescados, carnes y cuarta gama; y entre 4 y 6 o 4 y 8 para verduras y hortalizas.”

La empresa ha llevado a cabo en los últimos años una transformación y optimización de su gestión logística para los productos que requieren un control de temperatura. Hace algún tiempo que el grupo asumió al cien por cien la operativa de transporte del pescado y progresivamente, ha incorporado estos nuevos flujos a la totalidad de su operativa. “Esta especialización implica una política de proveedores muy cerrada al tiempo que una política de colaboración…”.

abierta” explica nuestro interlocutor, quien asegura que “la asunción de esta nueva gestión logística ha puesto de manifiesto dónde y porqué se producían las incidencias, de modo que ha servido para optimizar el proceso; por ejemplo, ver que hay un exceso de tiendas en la misma ruta nos llevó a una readecuación, o la obligatoriedad de apagar el motor de la refrigeración en algunos núcleos urbanos, por un tema de contaminación acústica, nos ha llevado a cambiar horarios de entrega de los productos.”

La logística del frío, en cifras

Según el último informe de la consultora DBK en el que se analiza la estructura del sector de la logística del frío, éste, y en particular el transporte frigorífico, presenta una gran atomización, existiendo numerosas compañías de pequeño tamaño y autónomos dedicados a esta actividad. Del mismo estudio se desprende que la mayor parte de los operadores se dedican exclusivamente a la actividad de transporte y distribución (82 por ciento), mientras que un reducido grupo presta servicios de almacenaje (18 por ciento), combinándolos o no con servicios de transporte y distribución.

Hay contabilizadas, según la misma fuente, alrededor de 15.000 empresas, que dan empleo a unos 195.000 trabajadores, contando con una plantilla media en torno a 13 empleados por empresa. Únicamente el 1 por ciento del total de empresas dispone de más de 100 empleados.

Se contabiliza que las empresas de este sector disponen de un total de 95.000 vehículos frigoríficos, esto es, algo más de seis por empresa, cifra superior a los dos vehículos por empresa que, por término medio, se registran en el conjunto del sector de transporte de mercancías por carretera.

Por comunidades autónomas, las de Cataluña y Andalucía son las que concentran un mayor número de operadores: un 20 por ciento y un 17 por ciento del total, respectivamente. Les siguen las comunidades de Madrid, la Comunidad Valenciana y Castilla y León.

La etiqueta se revaloriza

La etiqueta se revaloriza
DE
ETIQUETA
Entrevista a Javier Salamanca, director comercial de Ovelar, S.A.

Pensar que la etiqueta es un asunto meramente estético, una cuestión, a lo sumo, de comunicación o marketing, sería quedarse en la superficie de su función. Hoy, la etiqueta cobra un nuevo valor; un cambio cualitativo en la información que demanda el consumidor empuja a la industria de la etiqueta a evolucionar.
Y un paso más allá de la etiqueta nos encontramos con los dispositivos comunicativos, o con la impresión de componentes electrónicos en los embalajes, los llamados printed electronics, entre otras novedades.
La industria del etiquetaje tiene ante sí el reto de incorporar las nuevas demandas del mercado, los nuevos procesos que, en el futuro, intervendrán en la fase de etiquetaje de los productos. Entre tanto, veamos las últimas tendencias que sí son una realidad, como las etiquetas que no parecen lo que son, otras con hologramas o las desplegables, que lo explican casi todo sobre el producto.
En cualquier caso, etiquetado, codificación, trazabilidad e impresión son distintas caras de una misma industria, cada vez más poliédrica y con un creciente carácter multidisciplinar. Una fusión de sectores que necesitan cooperar y compartir conocimiento para crear propuestas innovadoras. Y están en ello.
La información invisible
Existen ya objetos cotidianos que gracias a los estándares de conectividad inalámbrica y a las tecnologías de posicionamiento, como la RFID, que crean un enlace permanente a través del espacio hertziano entre el objeto y una base de datos online, permanecen localizados en todo momento en el espacio y en el tiempo dejando constancia de la particular historia de su paso por nuestras vidas.
El futuro nos depara la incorporación en los envases de la etiqueta de identificación por radiofrecuencia (RFID tags). Se trata de unos chips con antena que transmiten y emiten señales a través de ondas de radio y que pueden tener una gran capacidad de almacenamiento de datos.
Estas etiquetas tienen un código numérico internacional, el EPC (Electronic Product Code), y su objetivo es posibilitar el seguimiento del recorrido de los productos a lo largo de toda la cadena. El primer ámbito en el que ha comenzado a utilizarse este sistema ha sido el logístico; para la implantación masiva en los productos de consumo habrá que esperar, debido al precio de las tarjetas que aún es alto.  Mónica Daluz / pdf

Texto completo en html

La etiqueta se revaloriza

Pensar que la etiqueta es un asunto meramente estético, una cuestión, a lo sumo, de comunicación o marketing, sería quedarse en la superficie de su función. Hoy, la etiqueta cobra un nuevo valor; un cambio cualitativo en la información que demanda el consumidor empuja a la industria de la etiqueta a evolucionar. Y un paso más allá de la etiqueta nos encontramos con los dispositivos comunicativos, o con la impresión de componentes electrónicos en los embalajes, los llamados printed electronics, entre otras novedades. La industria del etiquetaje tiene ante sí el reto de incorporar las nuevas demandas del mercado, los nuevos procesos que, en el futuro, intervendrán en la fase de etiquetaje de los productos. Entre tanto, veamos las últimas tendencias que sí son una realidad, como las etiquetas que no parecen lo que son, otras con hologramas o las desplegables, que lo explican casi todo sobre el producto.

En cualquier caso, etiquetado, codificación, trazabilidad e impresión son distintas caras de una misma industria, cada vez más poliédrica y con un creciente carácter multidisciplinar. Una fusión de sectores que necesitan cooperar y compartir conocimiento para crear propuestas innovadoras. Y están en ello.

Mónica Daluz

La información invisible

Existen ya objetos cotidianos que gracias a los estándares de conectividad inalámbrica y a las tecnologías de posicionamiento, como la RFID, que crean un enlace permanente a través del espacio hertziano entre el objeto y una base de datos online, permanecen localizados en todo momento en el espacio y en el tiempo dejando constancia de la particular historia de su paso por nuestras vidas.

El futuro nos depara la incorporación en los envases de la etiqueta de identificación por radiofrecuencia (RFID tags). Se trata de unos chips con antena que transmiten y emiten señales a través de ondas de radio y que pueden tener una gran capacidad de almacenamiento de datos. Estas etiquetas tienen un código numérico internacional, el EPC (Electronic Product Code), y su objetivo es posibilitar el seguimiento del recorrido de los productos a lo largo de toda la cadena.

El primer ámbito en el que ha comenzado a utilizarse este sistema ha sido el logístico; para la implantación masiva en los productos de consumo habrá que esperar, debido al precio de las tarjetas que aún es alto.

Inventarios automáticos, precisos, transparentes y a bajo coste; rápidas localizaciones de producto; control de caducidades; facilidad de cambios de precios; gestión de devoluciones; identificación de falsificaciones; o acabar con las colas en la caja del supermercado, son algunos de los beneficios que aporta esta tecnología, que abrirá las puertas de la llamada “internet de objetos”, posibilitando el control absoluto sobre un mundo de productos que deambulan por el espacio con su propia identidad y capaces de explicarnos la historia de su existencia.

Ante tales promesas de la tecnología, nos hemos preguntado por el futuro del código de barras ¿está llamado a desaparecer o convivirá, en un futuro, con el EPC? Le hemos trasladado la cuestión a Javier Blanco, responsable de desarrollo de EPC de AECOC: “En AECOC-GS1 España, la organización que impulsa el desarrollo y la promoción del EPC en nuestro país, estamos convencidos de que el código de barras tradicional y el nuevo chip de identificación de productos tienen por delante un largo futuro de convivencia. No en vano, el código de barras tradicional, que AECOC también gestiona en nuestro país, se emplea con éxito en todo el mundo y en los más diversos sectores profesionales, y es un sistema de identificación verdaderamente útil que continúa aportando valor a la gestión de las empresas.”

El EPC (Electronic Product Code) es un sistema estándar de identificación de artículos que utiliza la tecnología de radiofrecuencia de identificación y que permite acceder a la información sin necesidad de establecer contacto físico con el producto. “En este sentido –explica nuestro interlocutor– amplía aún más las posibilidades del código de barras tradicional. Se trata de un sistema verdaderamente útil para cualquier tipo de artículo.” Así puede emplearse en productos de alimentación, droguería y perfumería, o textil, pero también es aplicable más allá del entorno comercial como en la identificación de maletas en los aeropuertos, en pacientes hospitalizados para la asignación de medicación, en la localización de obras de arte en exposiciones itinerantes, etc.

“Nos encontramos ante un sistema de gran potencial –asevera Blanco–, si bien es cierto que existen sectores o artículos en los que la introducción del sistema puede ser más rápido, en la medida en que pueden soportar mejor el coste adicional que, a día de hoy, supone la utilización del chip. Por ejemplo, en el sector de la alimentación resulta sencillo entender que tiene mucho más sentido incorporar un chip a un jamón de bellota que a un yogur y, en el textil, puede soportar mejor el coste adicional un abrigo de visón que un par de calcetines. Ahora bien, de igual modo que ha ocurrido en otros desarrollos tecnológicos, el abaratamiento progresivo del chip lo va a hacer accesible cada vez a más sectores y artículos.”

Flash de tendencias

La necesidad de diferenciación, de comunicar las particularidades del producto y de ofrecer valores adicionales, unida al desarrollo de nueva maquinaria de etiquetaje, así como a la optimización de la calidad en tintas, técnicas de impresión y adhesivos permiten, entre otras cosas, en un solo proceso de etiquetado multiplicar el espacio de comunicación. La etiqueta multipágina combina el prospecto plegado con la etiqueta autoadhesiva; la etiquetalibrito ocupa el mismo espacio que ocuparía una etiqueta convencional, con la ventaja de que sus numerosas páginas multiplican el área disponible para la información del producto como dosificación, indicaciones y advertencias en varias lenguas. La etiqueta multicilíndrica siempre va adherida al producto y es compatible con superficies curvas. Las etiquetas con código braille, que amplían el acceso a la información y suponen un aspecto diferenciador de alto valor añadido, las etiquetas holográficas autoadhesivas o las etiquetas transparentes, que realzan las características físicas del producto y posibilitan diseños con efectos singulares, constituyen todas ellas propuestas innovadoras, que, en un mercado ávido de originalidad y sorpresa, cotizan al alza.

Al habla con…

Javier Salamanca, director comercial de Ovelar, S.A.

¿Puede hablarnos de la evolución de las tendencias en etiquetaje en los últimos años?

Ha habido un cambio importante de la etiqueta adhesiva convencional, antes de papel o encolada, al sleeve, las fajas de polipropileno y el embalaje flexible. La tendencia cada vez más pronunciada apunta hacia los materiales de plástico flexible como el PET, el polipropileno, el polietileno, etc. La evolución ha sido especialmente rápida en el sector de alimentación y bebidas. Asimismo, las aplicaciones de film multicapa, por ejemplo, que evitan el deterioro de los alimentos por factores externos, es otra de las tendencias; en los últimos años, los sistemas de envasado de alimentos han ido también evolucionando como respuesta a las exigencias de los consumidores en cuanto a caducidad, frescura, etc. y las etiquetas han ido de la mano en este cambio.

También es importante destacar la implantación en algunas grandes superficies de la etiqueta electrónica en los lineales, que en sus inicios se desarrolló con gran ímpetu pero su alto coste y la incidencia de la crisis ha ralentizado su evolución; habrá que permanecer atentos a esta tendencia que en cualquier momento volverá a estar en primera línea.

Y en la actualidad, ¿qué piden las empresas a los proveedores de etiquetas?, ¿es posible hacer una clasificación en función de los distintos segmentos del mercado: alimentación, farmacéutico, textil…?

Nos piden los cambios mencionados en cuanto a materias primas, sin olvidar la filosofía de toda la vida en este sector: calidad, precio y servicio, aunque últimamente estamos detectando que el servicio prima por encima de todo, porque las empresas, cada vez más, trabajan al límite de sus stocks. Además de las tendencias comentadas, se está introduciendo muy despacio la etiqueta activa e inteligente, también entran con mucha fuerza materiales biodegradables y la etiqueta antihurto que, poco a poco, se introduce en alimentación y bebidas alcohólicas.

Para Ovelar, S.A el mercado principal es el de alimentación y bebidas, y detergentes, seguido en un porcentaje inferior del de cosmética, farmacias y textil, y notamos un incremento importante de demanda en la etiqueta antihurto o de radio frecuencia. Se ha demostrado que en las grandes superficies la llamada pérdida desconocida ha aumentado en los últimos tiempos en un alto porcentaje, por lo que cada vez más empresas optan por este tipo de etiqueta.

Nuestros clientes nos piden rapidez en las respuestas, las últimas innovaciones y tendencias, y la tecnología y capacidad suficiente para atender sus necesidades. Ovelar, S.A. en los últimos años ha experimentado una evolución hacia la impresión en plásticos y hemos apostado muy fuerte por este camino, que pienso es el futuro no tan lejano, sin olvidar nunca nuestras raíces y de dónde venimos: la etiqueta adhesiva, térmica y de producto siempre estarán presentes en nuestra fábrica.

¿Qué segmentos son los más dinámicos, exigentes o presentan particularidades específicas?

Exigentes, podemos decir que todos; buscan rapidez, precio, imagen de su compañía y en cada sector que se cumpla con los requisitos específicos sanitarios o de preservación del producto. Muchas empresas pasan por nuestra compañía para homologarnos como proveedores, y también son muy celosas con sus etiquetas en cuestión de calidad, impresión, colores, registros ajustados al milímetro. Este nivel de exigencia para nosotros se ha convertido en el día a día y nos gusta, porque nos sentimos más cercanos a nuestros clientes, que nos dan la oportunidad de colaborar estrechamente y trabajar juntos en grandes proyectos.

Hablemos de innovaciones tecnológicas ¿cuáles son las innovaciones más destacadas en el mundo del etiquetaje?

Las etiquetas activas e inteligentes, también las de radiofrecuencia, aunque ahora mismo tienen un coste elevado, las antihurto y la etiqueta electrónica.

Opine, por favor, sobre la radiofrecuencia y las etiquetas inteligentes, ¿el coste es todavía inasumible para la mayoría de las empresas del sector del gran consumo?, ¿qué futuro depara al RFID?

Efectivamente, el coste es elevado en estos momentos, de manera que se introduce mejor en productos de alto valor: cosmética, bebidas, textil, etc. El futuro creo que lo tienen asegurado y garantizado, crecerá, sin ninguna duda, en relación a la economía del país; sólo es cuestión de tiempo.

Le ruego una conclusión sobre el sector del etiquetaje, con el punto de mira en un futuro a medio y largo plazo

El descenso del consumo mundial nos ha repercutido en una caída de la productividad en torno al 20%, pero empieza a recuperarse y a acercarse a los valores manejados anteriormente. Destacar el crecimiento en etiquetas de sleeves, fajas y embalaje flexible, las cuales, a largo plazo, irán dando paso a la etiqueta activa e inteligente; apostar por la ecología y el medio ambiente en etiquetas y envasado, y tendrá un lugar privilegiado la etiqueta de radiofrecuencia y antihurto. Y por supuesto, no a mucho tardar, se empezará a implantar la etiqueta electrónica en grandes superficies; les seguirán la mediana y pequeña empresa, aunque para ello, posiblemente tengamos que esperar un tiempo todavía…”

Envases para un largo viaje

Envases para un largo viaje
EN
PORTADA

Hoy no se concibe la distribución de productos alimentarios sin uno de sus componentes fundamentales, el envase. El control en cada etapa del suministro es básico para que los alimentos lleguen a la mesa del consumidor en estado óptimo, tras su cada vez más largo recorrido desde el origen. Los alimentos están expuestos a la acción de factores físico-químicos y microbiológicos externos que pueden influir negativamente sobre la calidad y seguridad del producto. En la actualidad, el envase va más allá de su tradicional función de barrera inerte para convertirse en un verdadero dispositivo tecnológico. El sector del packaging se alía con la industria alimentaria y propone envases activos, que liberan o absorben sustancias, y envases inteligentes, que informan sobre el estado de conservación del producto.  . 
Seguridad alimentaria y aditivos

En la actualidad, hablar de seguridad alimentaria es hablar de aditivos; hoy no es posible concebir el sector alimentario sin la aportación de la industria química, un sector con un alto nivel de innovación tecnológica y una reglamentación exhaustiva en seguridad alimentaria. Sin duda, los aditivos o complementos alimentarios no serían necesarios si el alimento, tras su obtención o preparación, pasara directamente al plato, pero la complejidad de la cadena de distribución es cada vez mayor y las exigencias del consumidor en cuanto a variedad, disponibilidad de todo tipo de producto en cualquier época del año y, sobre todo, la demanda de alimentos procesados, crecen a pasos de gigante. Mientras que una proporción cada vez menor de la población se dedica a la producción primaria de alimentos, los consumido res exigen que haya alimentos más variados y fáciles de preparar, y que sean más seguros, nutritivos y baratos. Sólo es posible satisfacer estas expectativas y exigencias del consumidor utilizando las nuevas tecnologías de transformación de alimentos, entre ellas, los aditivos.
La principal causa de deterioro de los alimentos es la presencia de diferentes tipos de microorganismos, como bacterias, levaduras y mohos. El deterioro microbiano de los alimentos produce pérdidas económicas sustanciales, tanto para los fabricantes (pérdida de materias primas y de productos elaborados antes de su comercialización, deterioro de la imagen de marca, etc.) como para distribuidores y consumidores. Se calcula que más del 20 por ciento de todos los alimentos producidos en el mundo se pierde por acción de los microorganismos. Mónica Daluz / pdf

Texto completo en html

Envases para un largo viaje

Hoy no se concibe la distribución de productos alimentarios sin uno de sus componentes fundamentales, el envase. El control en cada etapa del suministro es básico para que los alimentos lleguen a la mesa del consumidor en estado óptimo, tras su cada vez más largo recorrido desde el origen. Los alimentos están expuestos a la acción de factores físico-químicos y microbiológicos externos que pueden influir negativamente sobre la calidad y seguridad del producto. En la actualidad, el envase va más allá de su tradicional función de barrera inerte para convertirse en un verdadero dispositivo tecnológico. El sector del packaging se alía con la industria alimentaria y propone envases activos, que liberan o absorben sustancias, y envases inteligentes, que informan sobre el estado de conservación del producto.

Mónica Daluz

Seguridad alimentaria y aditivos

En la actualidad, hablar de seguridad alimentaria es hablar de aditivos; hoy no es posible concebir el sector alimentario sin la aportación de la industria química, un sector con un alto nivel de innovación tecnológica y una reglamentación exhaustiva en seguridad alimentaria. Sin duda, los aditivos o complementos alimentarios no serían necesarios si el alimento, tras su obtención o preparación, pasara directamente al plato, pero la complejidad de la cadena de distribución es cada vez mayor y las exigencias del consumidor en cuanto a variedad, disponibilidad de todo tipo de producto en cualquier época del año y, sobre todo, la demanda de alimentos procesados, crecen a pasos de gigante. Mientras que una proporción cada vez menor de la población se dedica a la producción primaria de alimentos, los consumidores exigen que haya alimentos más variados y fáciles de preparar, y que sean más seguros, nutritivos y baratos. Sólo es posible satisfacer estas expectativas y exigencias del consumidor utilizando las nuevas tecnologías de transformación de alimentos, entre ellas, los aditivos.

La principal causa de deterioro de los alimentos es la presencia de diferentes tipos de microorganismos, como bacterias, levaduras y mohos. El deterioro microbiano de los alimentos produce pérdidas económicas sustanciales, tanto para los fabricantes (pérdida de materias primas y de productos elaborados antes de su comercialización, deterioro de la imagen de marca, etc.) como para distribuidores y consumidores. Se calcula que más del 20 por ciento de todos los alimentos producidos en el mundo se pierde por acción de los microorganismos.

Bacterias, hongos, insectos, roedores, los gases del aire, el exceso o la falta de humedad, el frío, el calor o la acción de la luz pueden alterar y descomponer el alimento, por lo que los aditivos resultan imprescindibles. Montserrat Agut, coordinadora del Master en Química e Ingeniería Alimentaria del Instituto Químico de Sarrià, nos habla de la necesidad de incorporar aditivos a los alimentos: “Los aditivos son necesarios cuando hablamos de productos industriales, para tener la certeza de que el producto llegará en condiciones a su destino. Si preparamos un suflé en casa, éste ‘sube’, y tal como sale del horno lo llevamos a la mesa, si compramos un. suflé industrial, para que aguante, son necesarios una serie de aditivos. Con los conservantes ocurre lo mismo; antes preparabas unos canelones y los comías al día siguiente, ahora hay que añadir conservantes porque deben durar lo suficiente como para tener tiempo de distribuirlos. Los alimentos deben tener una vida más o menos larga para que en el proceso de comercialización las grasas no se vuelvan rancias, los productos no se pongan oscuros, etc. Los conservantes y los aditivos son necesarios para tener productos industriales.”

Envases activos

Aunque parezca una contradicción, el caso es que el consumidor desea consumir alimentos lo más naturales posible; la industria alimentaria busca el modo de hacer compatible el “alargamiento” de la cadena y los productos innovadores con minimizar la adición de compuestos químicos directamente al alimento. Los nuevos envases permiten que sea precisamente el continente y no el contenido el que incorpore los elementos activos. Las distintas interacciones entre alimento, envase y entorno (esto es, migración, permeación y sorción) pueden utilizarse de forma beneficiosa en los productos, mediante los denominados “envases activos”. Se trata de materiales y objetos destinados a ampliar el tiempo de conservación o a mantener o mejorar el estado de los alimentos envasados.

Son sistemas diseñados para incorporar deliberadamente componentes que transmitan sustancias a los alimentos o a su entorno (migración positiva), o que absorban sustancias de los alimentos o de su entorno (sorción y permeación positivas). Los envases activos tradicionales son aquellos separados del alimento y del envase en forma de bolsitas o saquitos.

Actualmente, se presentan con gran número de diseños: integrados en el envase (en las paredes de un film, bandeja, botella, en la capa intermedia de estructuras multicapa) o en su tapa, en forma de etiquetas, hotmelt, cintas adhesivas, juntas, tapones, etc.

Cuando los sistemas activos liberan sustancias beneficiosas al alimento pueden encontrarse otras ventajas, como una migración controlada del aditivo, de forma que se vaya consumiendo a medida que se va liberando y sólo suministre la cantidad que se requiere, evitando excesos.

Consuelo Fernández, responsable de la Línea Tecnológica de Interacción Producto-Envase-Entorno, de Itene, explica que “las tecnologías de envase activo son muy diversas y llevan comercializándose desde los años ochenta en Japón y Australia. En Europa, algunas de estas tecnologías en su versión más simple también llevan utilizándose desde hace años, incluso sin saberlo, como es el caso de los sistemas que retiran el etileno producido por ciertas frutas y hortalizas como el plátano, el brócoli, el kiwi o el aguacate, cuya senescencia se ve acelerada por la presencia de esta sustancia. La pulverización de etanol también se utiliza ampliamente en productos de bollería y panadería ya que reduce el crecimiento de mohos.”

Secuestradores de oxígeno

Un ejemplo de envase activo lo encontramos en los sistemas absorbedores o secuestradores de oxígeno, que tienen como objetivo el secuestro del oxígeno que entra desde el exterior o que se encuentra presente en el espacio de cabeza del producto, consiguiendo una reducción de los niveles de oxígeno, hasta diez veces más que con el envasado al vacío. Su utilización permite por ejemplo: reducir la oxidación de componentes del producto, como grasas o aceites; limitar el crecimiento de microorganismos aerobios; limitar la respiración de productos frescos; evitar la degradación de nutrientes como la vitamina C; preservar el sabor y características propias del producto; evitar la decoloración, y alargar la vida útil.

“En ocasiones, –apunta Fernández– pueden combinarse varias tecnologías de sistemas activos para obtener un producto de mejor calidad y más seguro. Por ejemplo, una bolsita puede contener un secuestrador de oxígeno y un emisor de etanol, si se quiere potenciar la inhibición del crecimiento de mohos en el producto.”

Otros ejemplos de este tipo de envases dinámicos son los llamados envases activos antioxidantes, son aquellos que incorporan un agente antioxidante, como la vitamina E. Esta vitamina incorporada en el material del envase evita la oxidación lipídica (enranciamiento) de los alimentos grasos. Los envases activos antimicrobianos, por su parte, son aquellos que incorporan como agente antimicrobiano carvacrol, que es el principio activo del extracto de orégano. Este extracto natural incorporado en el material de envase evita el crecimiento microbiológico de microorganismos, mohos y levaduras.

Pero encontramos otras curiosidades, como los envases que se comen: con los recubrimientos comestibles, a base de polisacáridos, proteínas y lípidos, se consigue, por un lado, alargar la vida útil de los alimentos y, por otro, ayudar a controlar las condiciones superficiales del mismo. Puede actuar también como barrera para la transferencia de humedad, gases y difusión de oxígeno entre el alimento y el ambiente que le rodea, y participar en la retención de aromas.

El sector del envasado tiene aún muchas bazas por jugar, aunque la mayoría de las soluciones se encuentran aún en fase de investigación. En la rampa de salida, las nanotecnologías, la tecnología genética, que seguirá creando alimentos con nuevas propiedades, y la nutrigenómica, utilizada para satisfacer las necesidades personales de salud y preferencias de determinados grupos de consumidores. En materia de seguridad, a destacar, la biología molecular, que se aplicará al control e identificación de patógenos. En este apartado podemos añadir los sistemas de prevención de riesgos, como la microbiología predictiva o la trazabilidad, que constituyen campos de investigación que dan algunas pistas sobre las innovaciones futuras.

Pero aún hay más; los envases vegetales y los biopolímeros, por ejemplo. Los llamados envases vegetales se están elaborando, sobre todo, a partir de almidón de trigo. Por otro lado, cabe mencionar también la investigación sobre polímeros. Los bioplásticos de nueva generación retienen sus propiedades fisicoquímicas termoplásticas a lo largo del ciclo de vida del producto manufacturado pero, una vez depositados en condiciones de compostaje o metanización, se biodegradan completamente del mismo modo que los residuos orgánicos, es decir, son transformados por microorganismos en agua, dióxido de carbono y/o metano a un ritmo equivalente o superior al de la celulosa.

Los envases inteligentes, por su parte, se basan en la tecnología que usa la función de la comunicación para mejorar la calidad, seguridad o aportar información sobre los productos que contienen. Los envases inteligentes monitorizan las condiciones del alimento, proporcionando información sobre la calidad del mismo durante su transporte y almacenamiento. Para ello, incorporan sistemas que reaccionan ante cambios de temperatura producidos en el interior del envase, por ejemplo cambiando de color (son los indicadores de tiempo-temperatura o ITT); marcadores que indicarán la concentración y el nivel de vacío o de gas en su interior o el nivel de degradación del producto, por ejemplo. Pero las posibilidades que se abren con este tipo de dispositivos van mucho más allá. Los envases del futuro combinarán tecnología alimentaria con el desarrollo de envases y embalajes y aplicaciones informáticas; los envases emitirán mensajes inteligentes y se comunicarán con los electrodomésticos de nuestra cocina; entre ellos “hablarán” de fechas de caducidad, de cómo preparar el alimento o cuál es el modo óptimo de conservación…

La cadena de frío, el aliado imprescindible

En la preservación de las condiciones óptimas de conservación de los alimentos el envase necesita, casi siempre, un aliado ineludible: una correcta gestión de la cadena de frío. La cadena de distribución está compuesta por series ininterrumpidas de actividades de almacenaje y distribución que deben mantener una temperatura determinada.

La cadena de frío presenta debilidades, siendo su punto crítico el tiempo de carga y descarga que tiene lugar como promedio tres veces: a la salida de la fábrica, en la plataforma logística y en los puntos de venta. Unas siete u ocho horas, como mínimo, durante las cuales se somete forzosamente a los productos a aumentos de temperatura. A esto cabe añadir el tiempo transcurrido entre el lugar de almacenamiento en el punto de venta y la colocación en los estantes, y el tiempo entre el carrito de compra y el refrigerador del consumidor.

El RFID en la cadena de frío

La tecnología RFID ofrece un campo de soluciones que ayudan a confirmar la calidad y la seguridad de los productos proporcionando una mayor capacidad de reacción ante posibles fallos. Los sistemas de RFID proporcionan información en tiempo real que puede ser analizada en cualquiera de los puntos de la cadena. Gracias a ello, se puede mantener un control constante sobre los productos, con lo que se garantiza la calidad en todos los puntos de la cadena y se reduce el número de partidas en mal estado.

La monitorización del producto proporciona la continuidad de la información y el registro permanente, gracias a que los tags se colocan junto a la mercancía y pueden así determinar con mayor exactitud la temperatura a la que se encuentra. Este grado de control no puede obtenerse con los sistemas convencionales, en los que los termógrafos se colocan en el camión o no están en contacto directo con la carga. Sin embargo, los tags de RFID, pese a estar con la mercancía, pueden transmitir la información sin tener que desarmar las cajas, ya que la información se transmite a través de los embalajes. La toma de temperatura por parte de los sensores hace posible la trazabilidad completa de la cadena de frío de modo garantizado.

A pesar de la inversión inicial, a medio y largo plazo, la implantación de los sistemas de RFID en la cadena de suministro a temperatura controlada redunda en beneficios. Las ventajas son evidentes, sin embargo, en nuestro país, hoy todavía son minoría las empresas que optan por aplicar soluciones de RFID a sus procesos de suministro.

Tendencias de última generación

Todos los implicados en el sector de la alimentación parecen estar de acuerdo en que los alimentos de cuarta y quinta gama son parcelas de largo recorrido. Por cuarta gama se entiende el procesado de hortalizas y frutas frescas limpias, troceadas y envasadas en bolsas para su consumo. La quinta gama, por su parte, engloba los productos que ya han sido cocinados y luego congelados o envasados al vacío, antes de recibir el tratamiento térmico de pasteurización.

La vida comercial de estos productos es baja, pues el alimento no es estéril y, además, se pretende que mantengan sus propiedades nutritivas y organolépticas. Se trata de alimentos mantenidos en condiciones de refrigeración y sin oxígeno, y con especial riesgo de existencia de patógenos, por lo que resulta especialmente importante el mantenimiento de la cadena de frío.

Las nuevas exigencias del consumidor traen un nuevo panorama que va a requerir una sofisticación de los procesos en la cadena de frío, de modo que cualquier producto perecedero y sensible a las condiciones atmosféricas deberá ser gestionado cada vez con más rigor. En este sentido, además de los productos de cuarta y quinta gama, existe un nuevo ámbito sobre el que los expertos están debatiendo en los foros de alimentación. Se trata de los productos ecológicos. ¿Qué ocurrirá cuando este tipo de alimentos entre en la rueda del consumo masificado?, ¿cómo se incorporará a esta larga cadena de distribución para que al llegar a nuestra mesa, siga siendo ecológico? La respuesta a estas preguntas deberán proporcionarla todos los actores implicados en la cadena de frío; juntos deberán hallar el modo de optimizar las condiciones de viaje de los nuevos alimentos.

Hablemos de…

ATMÓSFERAS MODIFICADAS, con Juan Luis Mejías, responsable del Área de Alimentación de Abelló Linde

¿Puede describir a grandes rasgos las aplicaciones del gas en el envasado de alimentos en atmósferas protectoras, en la refrigeración y congelación de alimentos, o en la maduración y desverdizado acelerado de fruta?

El envasado en atmósfera modificada (MAP) se erige como la forma natural para preservar la calidad original de los alimentos, manteniendo la misma frescura como si fuesen recién preparados. La tecnología Mapax de Linde ofrece un profundo conocimiento de gases y mezclas para el envasado (línea de gases Biogón), creando sistemas que relacionan adecuadamente los gases, los materiales de envasado y las máquinas a utilizar, con los determinados productos a envasar.

La ultracongelación, por su parte, es el sistema idóneo para mantener inalterables las cualidades de los alimentos. Mediante la utilización de nitrógeno líquido -196 ºC, se consiguen grandes velocidades de congelación.

El nitrógeno también es aplicable en la refrigeración de productos con dificultades de tratamiento a temperatura ambiente como frutas, verduras y productos cárnicos. Con el fin de aprovechar el máximo rendimiento, Abelló Linde dispone de diferentes sistemas para la ultracongelación (túneles y armarios criogénicos, etc.).

En cuanto a los tratamientos postcosecha en cámaras, comercializamos una gama de gases que garantizan una óptima conservación y maduración de distintos tipos de fruta, permitiendo extender el periodo de la oferta fuera de temporada con el grado justo de maduración.

¿Cuáles son los retos más importantes a los que se enfrenta el sector?

La comercialización de productos diferenciadores en estado fresco se ve limitada por su perecibilidad, esto unido a la menor disponibilidad para cocinar en los hogares o las tediosas preparaciones en el canal Horeca, hace prever que productos que solucionen estos problemas sean una alternativa para los fabricantes y consumidores.

El uso de tecnologías como las atmósferas modificadas ayuda a prolongar el período de conservación, manteniendo las características organolépticas durante la comercialización. Poder ofrecer una gran variedad de productos con presentaciones espectaculares, permitir la diferenciación a los elaboradores ofreciendo marcas y productos de la tierra, reducir las devoluciones y por consiguiente ahorro de dinero en la gestión de stocks, son algunas de las ventajas de las nuevas gamas de alimentos.

En cuanto al consumidor, cabe destacar, comodidad en su uso y conveniencia para los formatos de ración.

¿Es el consumidor reticente a las “atmósferas protectoras”?

El uso de atmósferas modificadas está totalmente aceptado por parte del consumidor final, ya que su uso añade valor al producto que lo continente eliminando en muchos casos el uso de conservantes químicos.

¿Y las tendencias? ¿Hacia dónde nos dirigimos?

La creciente demanda de productos de alta calidad a precios competitivos, en estado natural, frescos, listos para comer y que ofrezcan una amplia información en todas las etapas de la cadena alimentaria, hace que se desarrollen nuevas técnicas de envasado donde los gases juegan un papel fundamental.

Con la implantación de estas tecnologías se optimizan los rendimientos de fabricación haciendo que los sistemas productivos tiendan al máximo aprovechamiento mediante soluciones integradas en el envasado que posibilitan la caracterización del envase ideal a cada proceso alimentario. Nuevas aplicaciones de gases y mezclas Linde (línea Biogon) unidas a envases activos, con permeabilidades selectivas, ecológicos, inteligentes, etc., atienden las necesidades higiénico sanitarias, de comodidad y bienestar solicitadas hoy día por los consumidores.

© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para poder ofrecerle la mejor experiencia de usuario. La información de las cookies se almacena en su navegador y realiza funciones que ayudan a la autora, de manera anónima, a saber qué secciones encuentra más interesantes y útiles. Su consentimiento contribuye a garantizar la seguridad de la página, eliminar fallos, detectar fraudes, etc.

No consentir o retirar el consentimiento, puede afectar negativamente a ciertas funciones.