Diseñando la tercera revolución industrial

Diseñando la tercera revolución industrial
EN PORTADA

Se aproximan cambios en los modelos de producción que traerán consigo nuevos modos de consumir, de trabajar y de manejar nuestro tiempo. Las tecnologías digitales, como la impresión en 3D, posibilitan la autoproducción, y sectores como el packaging o la logística se verán afectados. También asistiremos a exóticos entornos urbanos adaptados al nuevo papel del ciudadano como creador y productor. Será el advenimiento definitivo de la sociedad del conocimiento.
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ociedad y hábitat son espacios en evolución permanente. Pero algo hace especial el momento en que vivimos, un período de transición, de adecuación y ensamblaje de las fuerzas de cambio, que se interconectan y retroalimentan alternándose como causa y consecuencia. A lo largo de la historia, el sistema productivo ha pautado la configuración de nuestras ciudades, la parcelación de actitudes y comportamientos y hasta la manera de concebir nuestra existencia. Pero las estructuras, físicas y mentales, del pasado entran en colisión con las posibilidades emergentes.
En el origen: la tecnología digital. Los avances más recientes en este ámbito están dando paso, desde hace unos años, a la denominada tercera revolución industrial como nuevo paradigma del proceso productivo. En la actualidad, con la irrupción de herramientas de fabricación digital capaces de transformar modelos digitales en físicos en pocos minutos, podemos modificar nuestra realidad inmediata para convertirnos en productores del mundo físico.
La fabricación digital y la producción distribuida perfilan un nuevo ecosistema de innovación. La impresión 3D está transformando no sólo la forma en que se producen los objetos que nos rodean, sino también los patrones de consumo de nuestra sociedad.
La evidencia del consumo insostenible de recursos naturales nos está moviendo hacia el reuso y hacia el consumo responsable. La respuesta a esta necesidad no se limita a una reacción simplista de parar la máquina de la producción y el consumo, sino que se centra en reinventar sus procedimientos, en la línea del denominado “decrecimiento”, que propone la aplicación de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción en intercambio, durabilidad y sobriedad. Una corriente que busca reconsiderar los conceptos de poder adquisitivo y nivel de vida, basada en la simplicidad voluntaria o la vida sencilla. Pero la idea no es retroceder en el tiempo sino todo lo contrario: asistirnos, por la tecnología, para una vida mejor. Mónica Daluz /
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EN PORTADA

Diseñando la tercera revolución industrial

Se aproximan cambios en los modelos de producción que traerán consigo nuevos modos de consumir, de trabajar y de manejar nuestro tiempo. Las tecnologías digitales, como la impresión en 3D, posibilitan la autoproducción, y sectores como el packaging o la logística se verán afectados. También asistiremos a exóticos entornos urbanos adaptados al nuevo papel del ciudadano como creador y productor. Será el advenimiento definitivo de la sociedad del conocimiento.

La impresión 3D está transformando no sólo la forma en que se producen los objetos que nos rodean, sino también los patrones de consumo de nuestra sociedad

Mónica Daluz

Sociedad y hábitat son espacios en evolución permanente. Pero algo hace especial el momento en que vivimos, un período de transición, de adecuación y ensamblaje de las fuerzas de cambio, que se interconectan y retroalimentan alternándose como causa y consecuencia. A lo largo de la historia, el sistema productivo ha pautado la configuración de nuestras ciudades, la parcelación de nuestro tiempo, las actitudes y comportamientos y hasta la manera de concebir nuestra existencia. Pero las estructuras, físicas y mentales, del pasado entran en colisión con las posibilidades emergentes. En el origen: la tecnología digital. Los avances más recientes en este ámbito están dando paso, desde hace unos años, a la denominada tercera revolución industrial como nuevo paradigma del proceso productivo. En la actualidad, con la irrupción de herramientas de fabricación digital capaces de transformar modelos digitales en físicos en sólo unos minutos, podemos modificar nuestra realidad inmediata para convertirnos en productores del mundo físico. La fabricación digital y la producción distribuida perfilan un nuevo ecosistema de innovación. La impresión 3D está transformando no sólo la forma en que se producen los objetos que nos rodean, sino también los patrones de consumo de nuestra sociedad.

La evidencia del consumo insostenible de recursos naturales nos está moviendo hacia el reuso y hacia el consumo responsable. La respuesta a esta necesidad no se limita a una reacción simplista de parar la máquina de la producción y el consumo, sino que se centra en reinventar sus procedimientos, en la línea del denominado ‘decrecimiento’, que propone la aplicación de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción e intercambio, durabilidad y sobriedad. Una corriente que busca reconsiderar los conceptos de poder adquisitivo y nivel de vida, basada en la simplicidad voluntaria o la vida sencilla. Pero la idea no es retroceder en el tiempo sino todo lo contrario: asistirnos, con la tecnología, para una vida mejor.

La digitalización dio paso al ciudadano-productor en el ámbito de la edición, por ejemplo. Hoy ya es posible imprimir objetos en tres dimensiones, eliminado el coste de los moldes y la obligatoriedad de la fabricación masiva. La tendencia hacia la producción local de bienes promoverá la utilización de los materiales de cada zona. Además, se trata de sistemas que nacen con vocación de optimizar recursos y contemplan alimentar estas impresoras de objetos con materiales reciclables, como, por ejemplo, los envases plásticos: un equipo de científicos de la Universidad Tecnológica de Michigan ha creado una máquina capaz de reciclar el plástico que se consume en el hogar y convertirlo en material para la impresión 3D. Este planteamiento, el decrecimiento, reduce la circulación de los productos, de manera que el sector logístico deberá anticiparse a dicha circunstancia aportando respuestas a nuevas necesidades de almacenamiento, a operadores locales e incluso al consumidor final, en una dinámica de eliminación de intermediarios.

El decrecimiento reduce la circulación de los productos, de manera que el sector logístico deberá aportar respuestas a las nuevas necesidades a través de eliminación de intermediarios

Se abren nuevas posibilidades para los emprendedores, que podrán producir en pequeña escala cualquier idea. En este escenario, la personalización del producto cobra una nueva dimensión; el consumidor ya no tendrá que conformarse con lo que ofrece el mercado que, aunque ha llegado a un alto grado de diversidad y segmentación, se verá enriquecido por la aportación de la imaginación y la creatividad de la suma de individuos. Y, ¿qué pasará con los envases? La autoproducción, así como las corrientes del decrecimiento, inscritas en los planteamientos de la bio-economía y el posdesarrollo, nos abocan a la reducción del envase. Sin embargo, el packaging puede convertirse en un bien en sí mismo, un objeto que el consumidor podrá fabricarse a la medida de su necesidad, por su cuenta o en colaboración con la industria del sector. Tal vez ahora sí, la cantidad dejará paso al valor, a un nuevo concepto del disfrute de los bienes, en definitiva, a la sociedad del conocimiento.

Tecnología para la autoproducción

En las últimas décadas, la combinación de la producción y el diseño asistidos por ordenador han permitido operaciones de mecanizado en procesos de fabricación sustractiva, como, por ejemplo, torneado, fresado y taladrado con control numérico; se trata de métodos que generan formas a partir de la eliminación de exceso de material.

Hoy, un nuevo actor aparece en la escena productiva: la impresión 3D, un grupo de tecnologías de fabricación por adición que permite la creación de un objeto tridimensional mediante la superposición de capas sucesivas de material. Estas impresoras ofrecen a los desarrolladores de producto la capacidad de imprimir objetos en diferentes materiales con distintas propiedades físicas y mecánicas, imprimiéndolo por partes y procediendo a su montaje.

Las tecnologías por adición no son nuevas, pero desde 2003 se viene produciendo un fuerte crecimiento de las ventas de este tipo de impresoras, con la consecuente reducción de costes, lo que abrirá las puertas del mercado doméstico. Ahí está la Fundació CIM, de la Universitat Politècnica de Catalunya, con el proyecto RepRapBCN, que está comercializando un modelo de impresora, la BDN3D, capaz de reproducir capa a capa cualquier pieza diseñada mediante un equipo informático, al precio de 890 euros; sus principales compradores están siendo particulares, pequeñas empresas y despachos de arquitectura, aunque también se han interesado imprentas, escuelas y emprendedores.

Joyería, calzado, diseño industrial, arquitectura, ingeniería y construcción, automoción, sector aeroespacial, industrias médicas, educación, paleontología, arqueología o ciencia forense son sólo algunos de los campos de aplicación de la impresión 3D. Múltiples tecnologías pugnan por implantarse. Difieren entre ellas en la forma en la que las diferentes capas son usadas para crear las piezas. En el caso de la impresión por inyección, la impresora crea el modelo de capa en capa esparciendo una capa de polvo (plástico o resinas) e inyecta un coaligante por inyección en la sección de la pieza. Las impresiones de polvo coaligado pueden ser endurecidas en el futuro por cera o por impregnación de polímero termoplástico. La impresión 3D por inyección está optimizada para obtener velocidad, coste bajo y facilidad de uso. El modelado por deposición de fundente o la fotopolimerización constituyen otras tecnologías de fabricación por adición. En la actualidad, se estudia la aplicación de la tecnología de impresión 3D en el campo de la biotecnología para su posible uso en ingeniería de tejidos, donde capas de células vivas son depositadas sobre un medio de gel y superpuestas una sobre otra para formar estructuras tridimensionales; algunas denominaciones que se barajan en este ámbito son impresión de órganos o bioimpresión. Hoy, aparecen continuamente filamentos experimentales con distintas propiedades para obtener objetos con apariencias diversas, como madera, arenisca, etc.

El arquitecto holandés Janjaap Ruijssenaars, de Universe Architecture, proyecta construir un edificio usando una impresora 3D. La Landscape House (casa paisaje), cuya construcción está prevista para 2014, es una estructura basada en un bucle continuo con un solo lado. Según Ruijssenaars, este proyecto sólo es posible si se realiza con una impresora 3D: “En la construcción tradicional se tiene que hacer un molde de madera, rellenarlo con hormigón y luego sacar la madera. Es una pérdida de tiempo y energía. La impresión 3D es increíble. Se puede imprimir lo se quiera. Es la forma más directa de la construcción”, ha declarado el arquitecto. La D-Shape, que así se llama la impresora gigante en cuestión, utilizará para imprimir casa sobre casa, en lugar de polvos combinados con tinta y o plásticos, materiales de construcción.

Pero para los usuarios domésticos y las pequeñas empresas la impresión en 3D se limita al plástico ecológico, una sustancia resistente pero que no ofrece un buen acabado a los objetos resultantes. Varias empresas están investigando otros materiales compatibles con los fusores encargados de derretir y depositar el material con el que se crean los objetos impresos. Una de ellas es un estudio de arquitectura y diseño de Oakland, en Portland, llamado Emerging Objects: han sido capaces de crear varios materiales sostenibles y biodegradables que ofrecen acabados y texturas únicos. Sal, cemento, nailon o pulpa de madera y papel son algunas de las posibilidades.

Para Luciano Betoldi, diseñador industrial y formador del curso de fabricación digital FabAcademy en el FabLab Barcelona, “con las impresoras 3D sucederá lo mismo que ya ha sucedido con las de papel: empezaremos a tener acceso a ellas en nuestros lugares de trabajo o de estudio, en copisterías 3D o en nuestro centro de producción digital local, como los 10 FabLab’s de la red FabCity que pronto se abrirán en Barcelona. Luego serán lo suficientemente baratas como para que todos tengamos una en casa.” En este sentido, el sitio de intercambio de archivos Pirata Bay ha creado una nueva categoría de archivos para que el usuario se imprima sus propios productos en impresión 3D. Se trata de conseguir que la producción a pequeña escala sea competitiva con respecto al sistema de producción masiva. Así, podremos seguir jugando con casi las mismas reglas de juego, sólo que de un modo más racional e inteligente y, en definitiva, más humano.

La urbe, nuestro medio natural

Las ciudades sólo suponen el 2% de la corteza terrestre y, sin embargo, concentran al 50% de la población, representan el 75% del consumo energético y el 80% de las emisiones de CO2. Éste es el dato objetivo. Pero que el bosque no nos impida ver las estrellas. Una excesiva dispersión urbana no aprovecharía las economías de escala y no sería sostenible. Concentrar nuestras vidas en espacios físicos conjuntos, desarrollarnos en comunidad y aprovechar las sinergias es lo natural; la ciudad es un medio eficiente evolutivamente hablando y, por lo tanto, intrínseco al ser humano. Las futuras smart cities monitorizarán los espacios y utilizarán la información para tomar decisiones inteligentes, focalizadas en la optimización de los recursos y en la participación ciudadana.

Los sistemas productivos han configurado las ciudades, desde las colonias que emergían junto a los ríos en plena urbe, hasta la progresiva demolición de las fábricas en los centros urbanos y la proliferación de los polígonos industriales. Hoy, arquitectos y urbanistas nos preparan la ciudad inteligente. Y para ofrecernos los nuevos espacios que habitar, tratan de avistar los modos de vivir que se avecinan. El sector de la arquitectura está entusiasmado con las posibilidades que ofrece la impresión 3D. Carlo Ratti, arquitecto, ingeniero y director del SENSEable City Lab del Massachusetts Institute of Technology (MIT), nos explica que “el futuro nos traerá máquinas digitales que nos permitirán producir de un modo nuevo, como las impresoras 3D, que cada vez cobran más importancia en el entorno de fabricación y cabe imaginar una ciudad donde la producción vuelva a instalarse en el centro urbano. Será un sistema de fabricación digital limpio y que nos permitirá conciliar el lugar donde vivimos, el lugar en el que trabajos y los espacios naturales donde nos divertimos.”

El urbaneering es el diseño urbano capaz de reinventar la ciudad para superar las necesidades del planeta

La ciudad inteligente no está reñida con la cooperación, la autoproducción, el intercambio o la escala reducida a las que aludíamos al principio del reportaje. Todo lo contrario, al funcionar como interfaz, en entornos monitorizados, el ciudadano será parte activa en la producción de información y objetos. Los nuevos moradores de la urbe serán usuarios-habitantes aumentados digitalmente y bien informados sobre las dinámicas de las ciudades en las que viven. Nuevas posibilidades se abren en la ciudad del futuro, una ciudad más amigable y respetuosa con las personas y el medio ambiente. En ella jugará un papel fundamental la integración de las fuentes de energía en el diseño de urbes. Prolifera una nueva disciplina que deberá llevar a cabo este paso adelante en el modo de vivir de los humanos, un paso hacia la ciudad extraordinaria: el urbaneering. Se basa en el diseño urbano capaz de gestionar la compleja mezcla de tecnología, teoría y práctica que abarca la reinvención de la ciudad para superar las necesidades del planeta. El urbaneering implica el diseño de la ciudad con una enorme variedad de nuevas ideas, incluyendo crowdsourcing, proyectos de bricolaje, energía localizada, transporte compartido, gobierno electrónico, informática de alto rendimiento, biotecnología y ecología.

La pregunta es: ¿están todos los ciudadanos en condiciones de igualdad a la hora de enfrentarse a la vida cibernética?

La otra brecha digital

Internet dio a luz un nuevo mundo, encogió el planeta azul y acercó a sus habitantes. Al sistema resultante lo llamaron sociedad de la información. Hoy creemos, e incluso nos jactamos, de que la sociedad de la información ha inundado cada rincón del planeta. Pero no es así, y no sólo para los habitantes de los países pobres. En las sociedades avanzadas el complejo medio ambiente tecnológico que nos rodea excluye a millones de personas que, por distintas circunstancias, se hallan en las afueras de la civilización en red. No todos se han instalado con comodidad en el nuevo mundo, cóctel de intangibles que ha propiciado el paso del átomo al bit. También en las sociedades llamadas desarrolladas existe una parte de la población descolgada de las nuevas reglas del juego digital. Los nativos de este universo, las generaciones nacidas en y con la era del bit, se mueven en él como peces en el agua y hacen de la tecnología extensiones de sí mismos, pero el resto debió hacer un esfuerzo de adaptación, y muchos de estos inmigrantes digitales aún deambulan fuera del sistema. Si bien es cierto que la información nos hace libres, no lo es menos el hecho de que a mayor información, mayor complejidad, y la complejidad conlleva vulnerabilidad, imprevisibilidad e incertidumbre.

Numerosas son, pues, las cuestiones que se abren en torno a esta sociedad que parece definirse por sí sola, a nuestras expensas. Sí, la sociedad en red es imparable, pero a nosotros corresponde reconducirla teniendo como punto de mira el interés general. La ciudad inteligente debe pensarse, también, para analfabetos digitales, aquellos para quienes la tecnología es sólo una anécdota, aquellos que nos recuerdan que también se puede vivir y ser feliz sin los imperativos del código binario. Las tecnologías de la información y la comunicación deben estar al alcance de todos sin excepción, y sus herramientas deben contribuir a hacer posible que todos los ciudadanos del planeta podamos ejercer, en equidad, el libre albedrío de su uso.

© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
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