La euforia de aquellos que veían en la red de redes la llegada de un mundo sin fronteras y al alcance de cualquiera, se ha enturbiado a la vista y su sabor es algo amargo. Hoy, internet se nos antoja un manojo de promesas incumplidas; una virgen, por venerada, prostituida en su forma y en su esencia, donde todo se vende y poco se comparte; con contenidos al servicio de cualquier cosa menos a la difusión del conocimiento y sembrada de terrorismo publicitario incontrolable.
Nació para hacernos más libres, para conectarnos los unos con los otros, pero los usuarios de la red quedamos en manos de los proveedores de accesos. Ante ello, muchos son los ciudadanos que han reaccionado en todo el mundo y que se están uniendo para compartir intereses y ofrecer servicios y conocimiento de manera desinteresada. Se llaman comunidades Wi-Fi. Con ellas se anuncia la llegada de un mundo verdaderamente horizontal; la idea es crear otra red, o mejor dicho, muchas microrredes, libres y gratuitas, pero, esta vez, gestionadas por sus propios usuarios. Ello es posible gracias a que las conexiones inalámbricas a través de la frecuencia de radio de 2,4 Ghz son de libre acceso. Estas comunidades son espacio de encuentro e intercambio de ideas y experiencias. Su propagación conducirá a la construcción de redes de ámbito metropolitano mediante la instalación de puntos de acceso repartidos por las urbes y la interconexión de los mismos.
Con esta tecnología se consigue una conexión de banda ancha, mucho más veloz que la ADSL, con sus 256 kb/s. Pero las limitaciones de Wi-Fi impiden crear una red que dé servicio de calidad a millones de usuarios en cualquier área geográfica, ya que ésta no soporta más de 1.000 usuarios a la vez y el reuso de la frecuencia es limitado; en contrapartida sus ventajas permiten crear una red de ámbito local de manera rápida y barata. Mónica Daluz / pdf

