Nunca antes ocurrió en la historia de la humanidad que la oferta fuera superior a la demanda.
En la sociedad del exceso, las organizaciones se enfrentan a una situación novedosa en la que deberán contemplar no sólo el “explotar” sino también el “explorar”, lo que resulta difícil de conjugar en el día a día de la empresa por una evidente cuestión de rentabilidad inmediata.
Además, mientras en la explotación todo el proceso está bajo control, la exploración, por el contrario, funciona por la vía de la prueba y el error.
Pero en un mercado mundializado como en el que nos hallamos, a la empresa se le hace imprescindible simultanear lo inmediato con lo futuro si no quiere tener sus días contados. Para ello, la clave está en la innovación. Desgranemos, a continuación, este argumento.
La gestión de los contenidos, de la información desbocada que nos acosa y nos penetra irremediablemente, marcará la diferencia en el mundo empresarial. Lograr una productividad informacional con la que generar conocimiento diferencial, en definitiva, saber leer el entorno, las oportunidades, y convertir la información en productos que impacten en dicho entorno, constituye, en estos momentos, el verdadero reto de las empresas.
Hoy, las compañías han logrado unos niveles de productividad difícilmente superables y, sin embargo, tienen ante sí el desafío de averiguar cómo hacer que cada persona gestione adecuadamente la información y multiplique su productividad con herramientas apropiadas.
En este punto, las empresas quedan paralizadas y se enconan en la inercia de utilizar siempre los mismos instrumentos de productividad, ignorando otros más rentables, tan sólo porque nunca los han utilizado.
Es la primera vez que nos encontramos ante un estancamiento en el rendimiento de la tecnología, de manera que urge que las empresas lleven a cabo un cambio de mentalidad, un cambio en la propia concepción de la compañía y su gestión, porque si no se da este proceso de transformación, la incorporación de nuevas tecnologías sirve de muy poco. Mónica Daluz / pdf
Espacio vital ¿Viviendo en clichés?
El otro día escuché al director de un importante salón sectorial decir, a través de las ondas de una también importante emisora de radio, una solemne tontería. El hombre trataba de ilustrar a la audiencia en relación a la reciente propuesta de edificar pequeñas viviendas de uso unipersonal y, buscando el símil que más se acercara al concepto en cuestión dijo: “es como un loft”. No sé ustedes, pero yo no logro imaginarme un loft en 25 m2.
Como nos hallamos en época de evocaciones, de tratar de arrastrar los referentes más volátiles, esos que apenas podemos dar forma durante unos instantes en nuestra mente, y nos empeñamos en traerlos al mundo de aquí, porque ya no podemos vivir sin exportar nuestros pensamientos a una representación material, somos pasto codiciado por cualquiera que venda no-productos. Y tratándose de vivienda, hoy todos se empecinan en vendernos versatilidad, movilidad, luz, transgresión, vanguardia, naturalidad, polivalencia, urbe, confort y espiritualidad. Mézclelo todo y obtendrá un loft.
Nadie compraría 25 m2 de espacio a precio de oro, pero la mayoría pagaría el doble por comprar todos esos conceptos que hacen referencia, mezcladamente, al espacio exterior y al interior. Que no nos den gato por liebre; un loft es, en sí mismo, un culto al espacio y a la luz. Una vivienda de 25m2 es, sencillamente, un estudio.
El Soho, Tribeca y el Barrio Oeste son los tres barrios neoyorkinos donde se engendró el concepto de loft, en los años 60 y que, en su origen, significó la transformación en viviendas de zonas industriales degradadas o en desuso, que fueron ocupadas clandestinamente por estudiantes y artistas, y en cuyo seno se desarrollaron distintos movimientos artísticos radiales, como el Fluxus, síntesis del Dadá, la Bauhaus y el espíritu Zen; diversidad e improvisación, confluencia de todos los medios de expresión, reivindica el arte-diversión y supone una búsqueda de la renovación del campo artístico, en el que las cosas sencillas de nuestra vida son elevadas a la categoría de obra de arte, aunque de modo más transgresor que lo hiciera el Pop Art, con un Warhol hipnotizado por la sociedad consumista y fascinado por el fenómeno de la reproducción infinita. De hecho, los artistas del movimiento Fluxus pusieron los cimientos del mundo artístico actual, basado en el mestizaje de las ideas y las expresiones. Mónica Daluz / pdf
Texto completo en html
OPINIÓN
Espacio vital ¿Viviendo en clichés?
Mónica Daluz
El otro día escuché al director de un importante salón sectorial decir, a través de las ondas de una también importante emisora de radio, una solemne tontería. El hombre trataba de ilustrar a la audiencia en relación a la reciente propuesta de edificar pequeñas viviendas de uso unipersonal y, buscando el símil que más se acercara al concepto en cuestión dijo: “es como un loft”. No sé ustedes, pero yo no logro imaginarme un loft en 25 m2.
Como nos hallamos en época de evocaciones, de tratar de arrastrar los referentes más volátiles, esos que apenas podemos dar forma durante unos instantes en nuestra mente, y nos empeñamos en traerlos al mundo de aquí, porque ya no podemos vivir sin exportar nuestros pensamientos a una representación material, somos pasto codiciado por cualquiera que venda no-productos. Y tratándose de vivienda, hoy todos se empecinan en vendernos versatilidad, movilidad, luz, transgresión, vanguardia, naturalidad, polivalencia, urbe, confort y espiritualidad. Mézclelo todo y obtendrá un loft.
Nadie compraría 25 m2 de espacio a precio de oro, pero la mayoría pagaría el doble por comparar todos esos conceptos que hacen referencia, mezcladamente, al espacio exterior y al interior. Que no nos den gato por liebre; un loft es, en sí mismo, un culto al espacio y a la luz. Una vivienda de 25m2 es, sencillamente, un estudio.
El Soho, Tribeca y el Barrio Oeste son los tres barrios neoyorkinos donde se engendró el concepto de loft, en los años 60 y que, en su origen, significó la transformación en viviendas de zonas industriales degradadas o en desuso, que fueron ocupadas clandestinamente por estudiantes y artistas, y en cuyo seno se desarrollaron distintos movimientos artísticos radiales, como el Fluxus, síntesis del Dadá, la Bauhaus y el espíritu Zen; diversidad e improvisación, confluencia de todos los medios de expresión, reivindica el arte-diversión y supone una búsqueda de la renovación del campo artístico, en el que las cosas sencillas de nuestra vida son elevadas a la categoría de obra de arte, aunque de modo más transgresor que lo hiciera el Pop Art, con un Warhol hipnotizado por la sociedad consumista y fascinado por el fenómeno de la reproducción infinita. De hecho, los artistas del movimiento Fluxus pusieron los cimientos del mundo artístico actual, basado en el mestizaje de las ideas y las expresiones.
Pero ¿Cómo es un auténtico loft? La arquitectura debe mantener el aspecto industrial, conservar los elementos estructurales y constructivos originarios, como vigas de madera, montacargas y acabados de hierro, y mantenerlos a la vista; dos pisos conectados entre sí a través de escaleras sin barandilla; incorporación de luz natural al espacio; escasez de ornamentación en el salón; líneas rectas; y colores fríos, en la gama de los grises y azules. La arquitectura al desnudo es la protagonista del espacio.
Una nueva oleada de cambio parece gestarse a nuestro alrededor. El propósito ha dejado de ser ubicarnos, buscar nuestro lugar en los días que vivimos, y andamos algo achispados, inquietos, por incorporar nuevos conceptos con los que hacernos la vida a media. Se extiende cierta desazón ante la idea de que todo esté inventado, y el dominio del espacio vital parece ser la clave de la nueva conquista de nuestra especie. Es la sublimación de la personalización.
La versatilidad y la movilidad son algunos de los caminos sobre los que se explora. Versatilidad en su expresión más sorpresiva, imaginativa, casi mágica, no por la coacción de la escasez de metros. En este sentido, la arquitectura propone soluciones constructivas ingeniosas que nos liberan del tabicaje, como la posibilidad de colocar estratégicamente los puntos de toma eléctrica y de agua en suelos técnicos. Algunos fabricantes de electrodomésticos se aventuran con el lanzamiento de cerramientos autoestables móviles, convertidos en estructuras por cuyo interior se conducen tubos y cables. La cocina modular, formada por piezas independientes y ampliables, abunda en el concepto de cocina móvil, trasladable a distintos espacios, a modo de escenario transportable concebido para la interacción. Así que, rizando el rizo, hemos superado una fase que parecía ser la panacea en la creación de bienes -la de diseños que buscaban generar experiencias-, y hoy se trabaja en soluciones que permitan al consumidor diseñar su propia experiencia, construir de forma personalizada los espacios hasta ahora ligados forzosamente a las técnicas constructivas tradicionales.
La limpieza y la sencillez en el proceso constructivo, en una cierta idea de “autoservicio”, son otros ingredientes de las tendencias en ejecución de obra. En este sentido, se explora en la eliminación de morteros, con revestimientos de colocación en seco, a través de tornillos, montados en superposición formando “escamas” para evitar, además, los rellenos de las juntas; nuevas soluciones para los espacios intermedios de la vivienda con cerramientos versátiles; o la fachada perfectible, que propone una fachada capaz de evolucionar en el tiempo y adecuarse a las necesidades de los usuarios de la vivienda: a partir de una fachada básica, ofrece la posibilidad de ir incorporando nuevas prestaciones, como dobles carpinterías, protecciones solares, sistemas de captación de energía a través de células fotovoltaicas y control climático.
En fin, los ideólogos de la arquitectura imaginan los hogares del futuro, y en sus fantasías ven con claridad inmaculados operarios acoplando con pulcritud las delicadas piezas de cerámica que revestirán un confortable e impoluto baño, en blanco absoluto. Un abismo separa esta imagen de la escena del peón recién llegado del Magreb con la noble misión de solucionar la papeleta de unos bajos literalmente inundados de excrementos ante un accidental reventón del tubo de desagüe comunitario. Algo no cuadra… Sea como sea, y como desde los tiempos del homo habilis, en esto de la construcción, siempre serán necesarias un par de buenas manos.
El concepto de vivienda donde se simultanean funciones domésticas y profesionales, como consecuencia de las transformaciones sociales, nos aboca al hogar polivalente. Evitar largos desplazamientos, confeccionar un horario propio compatible con otras actividades o la posibilidad de crear un entorno a medida, son hoy objetivos perfectamente factibles. El arribo de la revolución informática nos brindó un nuevo modo de concebir el trabajo, al que, sin embargo, parvo partido estamos sacando. Como siempre, la tradición, los prejuicios y el miedo a lo diferente, hacen acto de presencia. Los cambios nos aterran y aunque todos hablan del teletrabajo y reconocen que constituye una fantástica vía de ahorro de costes para la empresa y que la flexibilidad que conlleva es altamente valorada por el trabador, lo cual redunda en una mayor productividad, pocos se aventuran a dispersar a sus empleados porque, la mayoría, se aferran al concepto caduco de espacio delimitado por paredes y les parece imposible que nos hayamos liberado de él. Mientras, a las nuevas generaciones les resulta inimaginable que sus padres, en su juventud, no pudieran escuchar música o hablar por teléfono en cualquier lugar. Para ellos, la vida es movimiento y no hay acto que esté sujeto a la concreción de un lugar.
Por otra parte, la aplicación del conocimiento científico a la creación de productos útiles para el ser humano, es decir, la tecnología, se desparramará por cada rincón del hogar del futuro. La domótica supone el control definitivo de las prestaciones dentro del hogar, en términos de seguridad, confort, comunicación y ahorro energético. Potentes empresas, que cuentan con el prestigio de marca en gama blanca, están apostando muy fuerte para hacerse con este mercado. Ya nos hemos acostumbrado a que la tecnología aboque a distintos sectores a converger, y también aquí deberán buscarse vías para imbricar los sectores de la construcción y de los dispositivos domóticos.
Sostenibilidad; gran palabra. Además de hacia viviendas multimedia, las tendencias arquitectónicas apuntan hacia la sostenibilidad. Los edificios y la construcción acaparan el 60% del consumo de materiales y energía, y son los responsables de la mitad de los residuos y contaminación que se produce en el planeta, y de ello parece haber tomado buena nota el sector, tratando de impulsar la construcción de viviendas bioclimáticas; aquéllas que sólo mediante su configuración arquitectónica son capaces de satisfacer las necesidades climatológicas de sus habitantes, aprovechando los recursos naturales y evitando el consumo de energías convencionales. Una opción más que razonable en un contexto de crisis energética como el que vivimos.
Crear atmósferas que predispongan al relax y al arte de vivir constituye otro de los anhelos de nuestros días, así que nos invade la decoración inspirada en el minimalismo Zen, basado en la simplicidad; el orden por dentro y por fuera. Paz, silencio, líneas rectas, aromas sutiles, colores neutros, maderas naturales, muebles sencillos hasta el extremo, luz indirecta; todo en perfecto equilibrio para engendrar ambientes que invitan a la meditación.
En definitiva, el loft se perfila como la nueva dimensión de la vivienda a que se aspira, y parece ser la respuesta a los vertiginosos cambios experimentados en el estilo de vida que empujan hacia una necesaria transformación de los espacios en los que se desarrolla la vida cotidiana, y en los que son las superficies las que se adaptan a los distintos modos de vida, y no a la inversa. Este tipo de vivienda constituye un concepto de vida novedoso y distinto donde no importa tanto la intimidad del ambiente como la libertad de circular en una planta en la que todo está al alcance de la mano.
Pero retomemos el asunto de los minipisos. Por lo que se refiere a las zonas y servicios comunitarios que propone, ¿en qué estarían pensando los teóricos de estos nuevos modos de convivencia?¿En el espíritu hippy? ¿En el modelo suizo, con la vecindad cumpliendo al dedillo sus turnos para usar la lavadora comunitaria? ¿O en la solidaridad ante los enormes problemas de soledad que acucian a jóvenes y mayores?
La verdad es que conozco a más de un treintañero, con militancia forzosa en la soltería y con escasas oportunidades de relaciones interpersonales, en permanente búsqueda del lugar ideal para echar raíces; desasosegados y ansiosos por ubicarse en un entorno hostil que vomita indiferencia, piensan que su felicidad depende de la decisión que tomen respecto a su vivienda, en el convencimiento de que un nuevo espacio para vivir les traerá también un nuevo espacio para sentir. Y es que la soledad constituye un errado prisma bajo el que observarse a sí mismo y hoy nuestra sociedad alberga demasiada incomunicación, en buena parte a causa de la configuración urbanística de las ciudades, con densidades de población que crecen desmesuradamente por todo el planeta. Tal vez no sea mala idea compartir espacios para tareas concretas y salpicar cada barrio con un puñado de modernas comunas, a medio camino entre el camping y el apartamento-residencia de la tercera edad. En fin, nunca se sabe; es posible que la amistad más duradera de tu vida nazca junto al tempestuoso sonido del centrifugado de la sala de lavado, o que halles a la que será tu media naranja, al cederle el paso en la puerta del retrete comunitario. Sería un buen método para animar a muchos a aceptar que la autosuficiencia acaba siendo agotadora, y también muy aburrida, y que necesitamos, por lo menos, hablar con otros miembros de nuestra especie, porque el canario y la pantalla del PC están hartos de oírnos y, además, no contestan…
Pero tal vez se trate, simplemente, de una trampa. Como en el más elemental recurso de cualquier serie policíaca, deberemos preguntarnos ¿quién se beneficia con la muerte, en este caso, del espacio vital…? No he oído que en estos habitáculos mínimos el precio del metro cuadrado tenga un valor de mercado diferente del de otras viviendas…
No. Es cierto. El número de metros cuadrados no es directamente proporcional al grado de felicidad, y en la torpeza o la locura de vivir para consumir nos alejamos del objeto de nuestra búsqueda. Pero aquí estamos; en el siglo XXI, con sus grandezas y sus miserias, y dentro de esa dualidad a la que parece estar condenado el hombre de hoy, son muchos los que han hallado el equilibrio utilizando el método aproximativo, es decir, buscar un espacio vital exterior, lo más grande, práctico, cómodo y moderno posible, a pesar de la asfixia de las propensiones especulativas del mercado, de los aires viciados y los ruidos insufribles de nuestras ciudades, o de que, dispuestos a disfrutar de un rato de ocio, al conectar el televisor el destino nunca nos depare un buen reportaje de nuestro tema preferido; y un espacio interior lo más rico y relajado posible, a pesar de los horarios incompatibles, del peso de las responsabilidades, o de los acuciantes recibos hipotecarios contraídos para poder disfrutar de nuestra vivienda ideal, porque, suponemos que, a su vez, su tenencia nos llevará a la realización total de nuestro espacio interior que es, a fin de cuentas, lo más importe.
Así visto parece algo extravagante, incluso desatinado para tratarse de un proyecto vital, pero esas son las paradojas del arte de vivir.
Editorial. Las empresas de electrónica de consumo (…)
Las empresas de electrónica de consumo se lanzan a fabricar electrodomésticos para el cuidado personal; una importante marca de productos de gama marrón publicita en televisión sus máquinas de ecografía tridimensional; y podríamos seguir…
Parece que todos buscan sinergias y tantean oportunidades, en estos tiempos en los que aquellas estructuras, ideas y estrategias que han funcionado siempre, de repente, dejan de hacerlo y nadie sabe por qué… Ciertamente, el sector fabril se enfrenta cada día en solitario a las incógnitas de un mercado impredecible, mientras a los gobiernos se les esfuman las fuerzas en debates ideológicos que se apartan de las necesidades reales de la sociedad.
Fabricar y vender productos o servicios, en fin, todo negocio, siempre ha tenido sus riesgos, pero hoy la incertidumbre es aún mayor ¿Por qué ya no se puede apostar sobre seguro? ¿Por qué ya no hay esquemas infalibles?
Tal vez sea porque los mercados son radicalmente distintos y debemos dirigirnos a ellos de una manera también distinta. Por supuesto, el contenido del mensaje publicitario y su lenguaje han cambiado, pero también deben cambiar la forma de presentarlo y los canales a través de los cuales vehicularlo. Pero, sobre todo, hoy el mensaje debe estar respaldado por una sólida realidad que, además, tiene que «sonar» real…
Se ha pasado de una publicidad explicativa a la publicidad de las satisfacciones, los valores y las expectativas. La segmentación de los mercados se ha convertido en la base del branding y aunque la globalización homogeneiza los mercados, fabricantes y creativos se han encargado de combatir la estandarización de los gustos y formas de vivir, atendiendo, en la medida de lo posible, la tendencia hacia la demanda personalizada.
Hace tiempo que se busca la sorpresa; la sorpresa capta nuestra atención y fija el mensaje, pero en la actualidad, además, el emisor busca intrigar al receptor, jugar con él a las adivinanzas. El ciudadano, cuando recibe publicidad no quiere ser tratado como un estúpido. Busca publicidad inteligente. Desea que le reten. La sutilidad, las pistas, el gag… Que impacte, que sea locuaz, aguda y, por supuesto, que emocione. Entre otras cosas porque su bagaje en comunicación visual le otorga una cultura del lenguaje de la imagen que nadie ha medido todavía pero cuya presencia es un hecho que no se puede pasar por alto. Sin embargo, sentados frente al televisor demasiadas veces los spots parecen iguales; unos nos suenan a otros, los recursos creativos se repiten, en fin, que además de interrumpirnos, pocas veces podemos escapar del mimetismo publicitario.
Pero hay algo más que necesidad de creatividad detrás de los nuevos modos de comunicarnos con los mercados. Los géneros audiovisuales se han mezclado y la publicidad se ha convertido en un instrumento de comunicación que muchas veces condiciona el contenido de los medios. También ocurre a la hora de lanzar un producto; el que mejor pueda ser comunicado es el que acabará en la factoría.
Los mercados se están volviendo más inteligentes, están más informados y más organizados. ¿La razón? Intercambian conocimientos vía internet y buscan la información entre sí mismos; los mercados están interconectados P2P. De modo que las compañías se encuentran en la tesitura de tener que abandonar con urgencia la retórica corporativa, el lenguaje artificial, algo pomposo y, en ocasiones, incluso arrogante, para evitar que la credibilidad se desplace hacia otros canales en los que los ciudadanos hablan libremente de las empresas y de los productos. Los consumidores buscan marcas llenas de contenido, respaldadas por empresas que les escuchen y dialoguen con ellos; es posible que de este modo, además, la empresa descubra nuevos factores por los que aquellos estarían dispuestos a pagar más. Se hace imprescindible que la empresa se comunique con
los ciudadanos con franqueza.
Para empezar, las marcas deben considerar en su justa medida el paso intermedio que hay entre el sofá -o sea, el spot de televisión- y la tienda: el vistazo rápido a la web corporativa. De nuevo aquí se obvia, en muchas ocasiones, un elemento clave: las palabras.
¿Por qué las empresas dan de alta sus sitios web en buscadores a través de las palabras clave con las que definen categorías internamente, en lugar de pensar qué palabra utilizará el usuario de internet para buscar la información? Los sitios web reflejan el lenguaje de la empresa en lugar del lenguaje del internauta y quienes deciden los contenidos deben tomar conciencia de que las palabras desencadenan acciones. Hoy hemos superado la fase de «porqué» estar en internet y nos hallamos en la del «cómo» estar; un site ya ha dejado de ser un mero almacén. En la sociedad del conocimiento, en la que el individuo dispone de poco tiempo para escuchar y es asediado por cantidades ingentes de información, la atención de la gente baja, y desbordarles con un exceso de contenido no sólo es una falta de respeto sino también una sandez, ya que como todo buen comerciante sabe, colocar demasiados productos frente al consumidor le aturde y, además, le molesta. Es imprescindible concentrar tiempo y energía para generar valor.
Las empresas tienen en sus manos valiosas herramientas para conocer los mercados, y la información detallada sobre la conducta de la población, minuto a minuto, será cada vez más barata, precisa e inmediata. Pero no podemos olvidarnos de la experiencia y el conocimiento del consumidor del siglo XXI, que, además, también dispone de herramientas adecuadas, presiona con muchas ideas e inquietudes renovadas y, lo más importante: no tiene reglas… Hasta ahora podía desprestigiarnos, y con toda la razón si el producto no estaba a la altura de sus expectativas, pero lo hacía ante familiares y vecinos. Hoy, hablará de nuestra marca a todo el mundo, en el sentido literal de la palabra. Mónica Daluz / pdf
El estado desorientado ¿quién manda aquí?
La figura del Estado decrece. Hasta ahora mediador y controlador de los intercambios, el Estado pierde protagonismo ante el cambio de la estructura internacional; deja de ser interlocutor, de modo que toda institución u organismo que dirige al Estado sus peticiones, como los sindicatos, se encuentran desfasados.
En muchos casos ha ocurrido que por la identificación que se da entre lo que un país fabrica y los intereses del Estado, éste ha abierto fronteras para que las empresas puedan vender sus excedentes, lo que beneficia tanto a las empresas como a los trabajadores del sector. Cuando las empresas no son competitivas se cierran los mercados y el Estado del Bienestar se vuelve proteccionista, originando políticas de dumping social; situación que se vivió en las décadas de los 70 y los 80.
Hoy, en una situación internacional que aboga por la desregularización y la no intervención de los estados en los mercados, ha venido a darse una política de «dejar hacer». En este entorno, el fenómeno de la deslocalización conduce a una situación de intereses contrapuestos que desorienta al Estado, que no sabe qué intereses defender.
Mientras, los estados receptores favorecen la instalación de empresas extranjeras, pero lo hacen a costa del coste social. El cese del proteccionismo se ha traducido en un incremento del poder de las empresas transnacionales, en detrimento de las empresas pequeñas y medianas de carácter nacional. La empresa transnacional no se halla solamente en el ámbito de la producción, sino que se extiende rápidamente a la comercialización y a los servicios.
Y llegó la nueva economía, pero, ¿en qué se diferencia de la economía mundial? La economía global es capaz de funcionar de forma unitaria en tiempo real o en un tiempo establecido, a escala planetaria; las fronteras se han esfumado pero también lo ha hecho el factor tiempo y ello ha venido, sin duda, de la mano de las tecnologías de la información y la comunicación.
-Es la ley del mercado…-, sentencian los inmovilistas, pero las leyes que impone el mercado son consecuencia de decisiones más o menos prediseñadas. Los agentes motores de las nuevas reglas del juego fueron, en su día, los gobiernos de los países más ricos, con la desregularización de la actividad económica interna, la liberalización del comercio y la inversión internacional, y la privatización de compañías controladas por el sector público; todo ello, al objeto de unificar las economías y dotarlas de un conjunto de normas homogéneas.
Desde entonces, capital, bienes y servicios fluyen en todas direcciones a criterio de… ¿los mercados? Mónica Daluz / pdf
Texto completo en html
OPINIÓN
El estado desorientado ¿Quién manda aquí?
Mónica Daluz
La figura del Estado decrece. Hasta ahora mediador y controlador de los intercambios, el Estado pierde protagonismo ante el cambio de la estructura internacional; deja de ser interlocutor, de modo que toda institución u organismo que dirige al Estado sus peticiones, como los sindicatos, se encuentran desfasados.
En muchos casos ha ocurrido que por la identificación que se da entre lo que un país fabrica y los intereses del Estado, éste ha abierto fronteras para que las empresas puedan vender sus excedentes, lo que beneficia tanto a las empresas como a los trabajadores del sector. Cuando las empresas no son competitivas se cierran los mercados y el Estado del Bienestar se vuelve proteccionista, originando políticas de dumping social; situación que se vivió en las décadas de los 70 y los 80.
Hoy, en una situación internacional que aboga por la desregularización y la no intervención de los estados en los mercados, ha venido a darse una política de «dejar hacer». En este entorno, el fenómeno de la deslocalización conduce a una situación de intereses contrapuestos que desorienta al Estado, que no sabe qué intereses defender. Mientras, los estados receptores favorecen la instalación de empresas extranjeras, pero lo hacen a costa del coste social. El cese del proteccionismo se ha traducido en un incremento del poder de las empresas transnacionales, en detrimento de las empresas pequeñas y medianas de carácter nacional. La empresa transnacional no se halla solamente en el ámbito de la producción, sino que se extiende rápidamente a la comercialización y a los servicios.
Y llegó la nueva economía, pero, ¿en qué se diferencia de la economía mundial? La economía global es capaz de funcionar de forma unitaria en tiempo real o en un tiempo establecido, a escala planetaria; las fronteras se han esfumado pero también lo ha hecho el factor tiempo y ello ha venido, sin duda, de la mano de las tecnologías de la información y la comunicación.
-Es la ley del mercado…-, sentencian los inmovilistas, pero las leyes que impone el mercado son consecuencia de decisiones más o menos prediseñadas. Los agentes motores de las nuevas reglas del juego fueron, en su día, los gobiernos de los países más ricos, con la desregularización de la actividad económica interna, la liberalización del comercio y la inversión internacional, y la privatización de compañías controladas por el sector público; todo ello, al objeto de unificar las economías y dotarlas de un conjunto de normas homogéneas. Desde entonces, capital, bienes y servicios fluyen en todas direcciones a criterio de… ¿los mercados?
¿Quién está detrás de la nueva configuración de este sistema económico universal? Si hubo un tiempo en el que los flujos de la demanda y la oferta se equilibraban por las más elementales y ancestrales leyes del intercambio de bienes y servicios, si ese capitalismo era de pura lógica y hasta justo, hoy los intercambios han dejado de ser un fenómeno natural y, precisamente ahora, cuando más libres creemos ser, porque la primera regla de la libertad es la posibilidad de elección y esta sociedad se nos antoja excepcional y abrumadoramente plural, el tipo de interrelaciones establecidas obedece a intereses políticos y económicos particulares. El poder de las compañías multinacionales se acrecienta por momentos, y hasta los estados están, de algún modo, secuestrados por estos grupos de poder. Ahí va un dato: en números redondos, las 500 empresas multinacionales más grandes suman casi el 25% de la producción del mundo y casi la mitad del total del comercio mundial, además, poseen gran parte de la tecnología del mundo y reciben alrededor del 80% de los derechos y royalties tecnológicos. En esta economía globalizada que nos inunda, las nuevas tecnologías de la información han permitido a las multinacionales recoger y difundir conocimientos de modo más eficiente y veloz que en el pasado con la consecuente aceleración del ciclo de desarrollo de un producto nuevo y su introducción en diferentes mercados del mundo. Todo ello no es en sí mismo negativo; la irrupción de las multinacionales fue fruto del natural devenir de los intercambios, y son muchas las sociedades en las que la presencia de estas grandes compañías ha beneficiado a sus ciudadanos laboral y tecnológicamente hablando. Pero ojo a su frenética expansión. El poder de la industria farmacéutica ha provocado situaciones de escándalo y constituye el más claro ejemplo de conocimiento al servicio de intereses particulares. La ingeniería genética aplicada a la producción de semillas destinadas a la alimentación empuja con fuerza, pese a sus detractores, amenazando con monopolizar un tema tan serio como la salud alimentaria o, incluso, la subsistencia de la humanidad, creando, amparados en el derecho de la propiedad intelectual, semillas de un solo uso, buscando, en realidad, la dependencia de los agricultores.
Sin embargo, estas apreciaciones no parecen preocupar a casi nadie, ni siquiera se sobrelleva como daño colateral de la economía global, es más bien como si, en general, la sociedad apartase de sí pensamientos, digamos, ásperos…
En la nueva era del capitalismo, éste, que ha salido airoso de la guerra de las ideologías y hoy, sin rival, se aposenta relajado, cambia su juego, para venir a mostrarse amable y servicial; una nueva era en la que el consumo lo es todo y en la que todo está dispuesto para convencernos de la imprescindibilidad de los objetos que proporciona. Tan sofisticado es el sistema que para mayor rentabilidad crea necesidades globales y nos hace creer, verdaderamente, que somos únicos, a través de la personalización aparente de experiencias de consumo de ocio y productos. Todos -cuantos nos hallamos a este lado de la barrera-, deseamos las mismas cosas, tenemos las mismas cosas y, de algún modo, las vemos distintas a las del vecino. Un sistema que trata de evitar a toda costa la frustración y aparta de sí cuanto enturbie una felicidad permanente, que raya en lo pueril -¡existen empresas en EE.UU. donde el repartidor del correo interno va vestido de Pato Donald!-, y disfraza cuanto la turbe dotando hasta a la sinrazón de una nueva apariencia, una apariencia, eso sí, encantadora. El empeño y la urgencia por controlar cada detalle de nuestras vidas lleva, también en USA, a situaciones que, seguramente, desde Europa nos parecen casi de chiste; allí no son nuevas las CID, urbanizaciones de interés común, es decir, que es posible rodearte de vecinos hechos a tu imagen y semejanza: todos divorciados, todos vegetarianos o todos gays. No tengo conocimiento de agrupaciones de convivencia por criterios de ideología o de personalidad, pero seguro que pronto aparecerán barrios sólo para optimistas.
En la era de la gratificación inmediata, del compromiso político casi nulo y de la trivialidad como telón de fondo, corremos el peligro de no reflexionar sobre cuestiones de las que dependa nuestra propia supervivencia. Emborrachados de distracción y adictos al acopio de cualquier cosa, el sistema nos proporciona el «soma» que vaticinó Aldous Huxley ya en 1932. Llevar el «no te preocupes; sé feliz» hasta el extremo, puede conducirnos, a su vez, al no ser como sociedad. En algunos círculos intelectuales se habla de un cierto atoramiento de la creatividad, con industrias encalladas en el revival, con reversiones de lo ya reversionado, en fin, con el pasado en permanente reedición. En la industria de la electrónica de consumo, aparentemente, en las antípodas de esta situación, el fantasma está por venir y llega de oriente, ofreciendo copias tiradas de precio… ¿Crear, para qué?
¿Quién buscará la última utopía?, aquella en la que la felicidad proceda de la satisfacción de participar y contribuir a los intereses de la colectividad. Si se impone el reino del individualismo y absorbemos la sociedad hasta tragárnosla, si agotamos los recursos como el que dilapida una herencia cuando, en realidad, sólo es suya en calidad de préstamo, pronto no quedará nada de lo que gozar…
Editorial. Fue el patrón de los “telecos”…
Fue el patrón de los “telecos”, San Gabriel, y el sector lo celebró, por cuarto año consecutivo, con una jornada de conferencias. En esta ocasión se habló de “ciudades digitales”, de la sociedad de la información, de las nuevas tecnologías aplicadas a la empresa, y hasta del polémico texto del estatuto de autonomía de Cataluña… Políticos, empresarios patrocinadores y, a Dios gracias, algún que otro representante del mundo universitario, nos deleitaron con sus conferencias más o menos interesantes y más o menos interesadas.
Primero te ponen el caramelo en la boca, cautivándote con las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías en el terreno empresarial. Después apelan a la racionalidad, lanzando porcentajes de ahorro de costes, de incremento de la productividad y de optimización de procesos. Prosiguen plantificando diapositivas con esquemas ininteligibles para que te percates de tu incapacidad para aplicar esas soluciones en tu negocio, así que decides ignorar el diagrama y concentrarte en la disertación; es entonces cuando, con premeditación y alevosía, comienza el desfile de siglas, que unas veces pronuncian en inglés y otras en castellano, para seguir enredando el asunto. Cuando estás pensando que, una vez más, aquella conferencia sólo ha servido para confirmar tus sospechas de que la tecnología, cuanto más se sofistica más se aleja de ti, y llegas a la conclusión de que la tan traída y llevada convergencia tecnológica, por lo que a ti respecta, diverge pavorosamente, el ponente lanza la palabra mágica: «simplicidad». Y piensas: ¡ahora sí; esto es lo que he venido a buscar! Pero el susodicho te explica que el aprovechamiento de aquella tecnología sólo es posible si contratas sus servicios.
El caso es que cuanto más se desarrolla la tecnología y sus aplicaciones, más dependemos de aquellos que las crean o las implementan, y se hace imprescindible el establecimiento de mecanismos de control para que aquella no esté al servicio exclusivo de intereses económicos o, lo que es peor, ideológicos… Por ejemplo, en materia de TDT, forman un trío inseparable en todo tipo de charlas y coloquios (también presentes en las IV Jornadas de las Telecomunicaciones en Cataluña): la Generalitat, con un interés desmedido por impulsar dicha tecnología, sobre la que, ya sin pudor, afirma utilizará como herramienta de promoción de la cultura catalana (aunque debo decir que Carles Salvador, -que acudió a las conferencias en representación de la Administración catalana- declaró en exclusiva para En Línea 2000 que “en ningún caso se vetará la adjudicación de frecuencias a televisiones locales por emitir contenidos en castellano”); Abertis Telecom, gran beneficiada de esta macrooperación, y que cuenta con la más importante red para la difusión y distribución de la señal; y Corporació Catalana de Radio Televisió, la televisión pública catalana.
Intereses aparte, el caso es que el grupito de marras sigue haciendo observaciones que enervan al fabricante: que por qué hay tan pocos televisores con decodificador incorporado, que por qué no bajan los precios de los set top box… ¡Y dale! Pero si los fabricantes fueron los primeros en apostar por esta migración tecnológica y nadie les secundó; ni la administración, por esa natural aversión del poder a los cambios, sobre todo si hay un pastel, el publicitario en este caso, de por medio; ni los creadores de contenidos, que, por lo menos hasta ahora, han permanecido en estado de hibernación… o están trabajando con una confidencialidad absoluta para sorprender a una audiencia cuyo criterio va a ser cada vez más decisivo.
Sea como sea, la cuenta atrás ha comenzado, y ahora sí tenemos encima el “encendido digital”, término que, por aquello de las sutilezas del lenguaje, las autoridades prefieren al de “apagón analógico”.
Pero mientras llega, los fabricantes prueban suerte con la alta definición; obtienen su sello HD Ready y aderezan su oferta con cámaras de vídeo capaces de grabar en HD, lo cual, por otra parte, va a traer una democratización de la producción de contenidos que va a dar mucho que hablar. Los representantes del sector fabril acudieron a los encuentros en cuestión con la HD bajo el brazo, y cual no sería su sorpresa -e indignación- al escuchar cómo, con una finura impecable, la administración y la televisión catalanas rebatieron la idoneidad de apostar por la alta definición. Pero ¿por qué oscuro motivo iba el sector fabril a dotarse de un arsenal de productos preparados para la recepción de contenidos HD? Seguro que no está en su ánimo aprovechar la confusión del consumidor ante la llegada de la televisión digital terrestre, para dejarle creer que la HD y la TDT son más o menos lo mismo y que si no tenemos un aparato con el sello HD Ready no estaremos preparados para el futuro, lo cual es del todo cierto, pues los contenidos producidos en alta definición llegarán precisamente entonces, en el futuro, de momento la producción en este sistema es francamente escasa en toda Europa.
La sensación de confusión y disparidad de criterios se puso de manifiesto en una jornada en la que alcaldes de algunos municipios preguntaban a aquellos hacedores de la televisión que viene, acerca del futuro de las televisiones locales, ya que las frecuencias que se asignen no serán coincidentes con los límites territoriales de las poblaciones, por lo que algunas voces vaticinan la muerte de la verdadera televisión local. A esto se añaden otras problemáticas como los elevados costes del transporte de la señal, inasumibles por las cadenas locales, que, ante esta situación, ya han movido ficha con la creación de una sociedad que agrupa a un buen número de ellas.
En fin, la maraña no se halla solamente en el espectro radioeléctrico y el caos no es sólo de frecuencias; parece que cada uno ve o le conviene ver la realidad desde una óptica diferente y, entre tanto, los espectadores de este enrarecido panorama observan atónitos cómo quienes tienen la responsabilidad de guiar la migración tecnológica del país se mueven en el terreno de las hipótesis. Y es que las nuevas tecnologías nos superan a todos, y hasta en las altas esferas están abrumados ante la variedad de posibilidades que aquellas ofrecen, porque de ellos depende llevarlas a la práctica y, entre otras cosas, tendrán que ingeniárselas para diseñar un nuevo modelo de televisión que, además, sea rentable. Mónica Daluz / pdf
Editorial. Audiencias al poder
¿Imagina que un medio de comunicación de masas como la televisión se convirtiera en el más importante agente democratizador de la historia?
Aunque a algunos les parezca que no se puede vivir sin computadoras, son muchos los hogares que carecen de PC, de modo que la visión de una sociedad accediendo alegremente a todo el conocimiento del pasado y presente de la humanidad, de paseo permanente por el ciberespacio, es, en realidad, un espejismo, por lo que llevar la Sociedad del Conocimiento hasta el último de los rincones deviene imperativo de las democracias y, de paso, los estados contrarrestarían las consecuencias del proceso de concentración del poder económico -en lugar de aliarse a él-. (Sólo una idea: no estaría de más, por ejemplo, que el Gobierno considerase la instalación de redes Wi Fi que posibilitaran el acceso gratuito a Internet, como una infraestructura urbanística más, cual red de alcantarillado o alumbrado).
En efecto, el arribo de Internet supuso la irrupción de una fuerza desestabilizadora, una sacudida para el poder, que perdía el monopolio como emisor. Y sí, desde entonces los mensajes fluyen en horizontal, es más, con la proliferación de los cuadernos de bitácora la pirámide se invierte y aquellos circulan también de abajo a arriba. Además, con la digitalización también llegó la reducción de intermediarios y, por tanto, el acortamiento de las distancias entre consumidor y producto; un producto cuyo almacenamiento, difusión y transporte se ha simplificado de un modo espectacular con respecto a épocas anteriores. Asimismo, las nuevas tecnologías han traído consigo una nueva forma de evolución cultural en la que prevalece el principio de compartir productos y conocimiento, lo que ha suscitado el debate en torno al concepto de propiedad de la creación. En este sentido, parece difícil justificar el veto al intercambio de cultura entre particulares; más bien todo lo contrario: el establecimiento de mecanismos que permitan la realimentación cultural de los individuos debería constituir, precisamente, una de las aspiraciones de toda sociedad.
Pero hoy, además de ser todos emisores, también podemos ser productores; el sector audiovisual ha entrado en una fase indeterminada e impredecible de cambio, y la industria de electrónica de consumo coloca continuamente en el mercado productos de uso profesional adaptados al ámbito doméstico. Grabar en alta definición, editar fácilmente en un PC y distribuir a través de la banda ancha está al alcance del ciudadano de a pie. Y, lo más importante, en un futuro próximo, producción cultural de toda procedencia, ocio audiovisual, voz IP, información inmediata mundial y local, contenidos generalistas y especializados, comunicación entre ciudadanos y entre éstos y la Administración, y un largo etcétera, se darán cita en nuestro salón, en el aparato de televisión.
Pero si es cierto que el poder ha experimentado movimientos de traslación y cambios en la forma y en el fondo, -para empezar éste se ha instalado en la sala de juntas de multinacionales y entidades financieras-, también lo es el hecho de que hoy, la lucha por el poder es más encarnizada que lo fue jamás, porque él, el poder, está ahí, más accesible que nunca y a merced de cualquiera que logre conquistarlo, y proliferan las alianzas -que en otro tiempo fueron políticas y hoy lo son económicas-, para atraparlo o mantenerlo. De manera que asistimos a continuos movimientos de concentración a gran escala: operadores de comunicación, productores, distribución; cada día son menos y más grandes…
Pero todos ellos, no son nadie sin nosotros, los consumidores, porque, a fin de cuentas, de eso se trata, de que gastemos nuestro dinero en sus productos y servicios. Y resulta que las mismas tecnologías que han globalizado la economía han permitido que el ciudadano también haya entrado en un proceso de concentración, y las crecientes posibilidades de comunicación de todos con todos incrementa el capital social que ha de otorgar a la ciudadanía el mayor poder que jamás haya detentado. Mareas humanas se citan a través de las nuevas redes de comunicación para acudir a una manifestación por la paz o para cometer actos vandálicos, y las utilizan para aliarse en el boicot a empresas, para protegerse de la globalización o para castigar a los políticos. Pero mantener esa posición de fuerza implica un compromiso con la defensa de la libertad de flujo de saberes, frente a la brecha digital que pueden provocar los monopolios de software, las patentes sobre el desarrollo tecnológico, y las tecnologías y leyes de control digitales.
Y es que todos quieren el poder de la red y la guerra cibernética se ha desatado desde que un puñado de gobiernos, que se han revelado contra el control de Internet de EE.UU., amenazan con crear una segunda red si éste no cede la propiedad de Internet a un organismo internacional. La red corre el peligro de desmembrarse y, de ocurrir, sería su sentencia de muerte, tal como la conocemos, porque ello implicaría la existencia de dos redes que, probablemente, no podrán interoperar entre ellas. En esta ocasión, hasta los usuarios del ciberespacio coinciden en que lo mejor es dejar las cosas como están: fragmentar Internet también fragmentaría el poder del ciudadano.
En este número de En Línea les ofrecemos un reportaje especial sobre la televisión digital terrestre, con motivo de su inminente puesta en marcha. Ciudadanos, consumidores o audiencias que, para el caso, es lo mismo, parece que saldremos ganando -además de por la cuestión técnica-: tendremos más contenidos, lo cual no significa “mejores”. ¿Más de lo mismo? En cualquier caso, la llegada de la tecnología digital a la televisión otorga al ciudadano más oferta, luego más poder.
“La audiencia ha decidido que…” La frase parece una frivolidad, pero, créanme, es la frase de la nueva era; la era del poder de las audiencias. Mónica Daluz / pdf
Editorial. Últimos cartuchos
Las previsiones macroeconómicas incitan a agotar los últimos cartuchos. La curva de plazos de tipos de interés en EE.UU. sugiere la posibilidad de una recesión, ya que, por mandato de la Fed (Reserva Federal), los tipos a corto plazo siguen subiendo mientras que los de largo plazo se mantienen alrededor del cuatro y medio. Cabe pues esperar una ralentización del crecimiento a medio plazo, de momento, en el país norteamericano. Al menos esa ha sido la reacción del mercado durante los últimos 40 años cada vez que ha venido a darse esta inversión de la curva de plazos de tipos de interés.
Hace algunas semanas los telediarios nos ofrecían aparatosas imágenes de gentes alocadas precipitándose a tortazo limpio hacia el interior de los almacenes neoyorquinos, que abrían sus puertas con ofertas increíbles para celebrar el inicio de la campaña navideña. Por lo visto las ofertas superaban con creces los ya golosos precios de años anteriores, y es que todos sospechan que la desaceleración se aproxima.
En España, el gasto en consumo final en el tercer trimestre ha registrado una ligera moderación frente al segundo trimestre, y fuentes de Deutsche Bank acaban de anunciar que se espera una desaceleración de la demanda interior en 2006 y 2007, en consumo y construcción. Por otra parte, y según la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU), la actitud del consumidor durante la campaña navideña estará marcada por la contención. A pesar de todo, la asociación en cuestión cifra el gasto medio por español para estas fiestas en 832 euros, un 4% más que el año pasado.
En fin, como a nadie le gusta que le llamen aguafiestas, ahí estaremos todos, consumiendo a destajo. Y más le vale al comerciante aprovechar con intensidad las ventas que se avecinan. Por lo que pudiera deparar el futuro…
De momento, puede estar tranquilo, la tecnología es a jóvenes y adultos lo que los juguetes a los niños. Así que los caprichos tecnológicos van a ser los grandes deseados de las navidades.
Los fabricantes ya se han movilizado para convencernos de lo mucho que vamos a disfrutar si nos hacemos con los productos más punteros, como las pantallas preparadas para la recepción de señal en alta definición, asunto sobre el cual les ofrecemos en este número un extenso reportaje. Por cierto ¿han pensado a quién interesa que se vendan muchos televisores preparados para la HDTV?, además de a los fabricantes, por supuesto. Pues a los operadores de satélite. ¿Que por qué? Ante la oferta gratuita de canales que nos trae la TDT, ¿quién pagará por tener más canales todavía? Con la HD, y en previsión de que este sistema de emisión llegue antes por satélite que por la plataforma digital terrestre, las operadoras de satélite podrán disponer de una oferta diferenciada con la que salvar el negocio y evolucionar hacia una reconversión forzosa. Eso, siempre y cuando la oferta de contenidos de los canales de TDT suponga una verdadera competencia para el satélite, claro.
Otro gran protagonista del escenario navideño será el CD de audio. Y sí, lo de la piratería es francamente pernicioso para las cuentas de las grandes compañías discográficas (que pretenden, según han manifestado recientemente, usar datos de teléfonos e Internet para combatir la piratería en la UE), pero no caigamos en el error de poner puertas al campo. No se puede. El temor a los cambios denota inseguridad con respecto a la capacidad para adaptarse a ellos, pero el mundo de la música no tendrá más remedio que aprender a gestionar una nueva situación, porque que en el sector audiovisual los contenidos discurren de nuevos modos es un hecho consumado; los archivos de audio y vídeo deambulan por la red; el fenómeno podcasting ha creado una nueva versión de radio en Internet al alcance de cualquiera; y, sí, muchos inmigrantes ganan algunos euros vendiendo CDs piratas… ¿Y qué? La libertad de expresión se abre paso de un modo casi natural a través de los caminos trazados por las nuevas tecnologías, y hoy más que nunca -en época de inverosímiles vetos radiofónicos…- cobra plena vigencia la célebre frase de Voltaire que convendría no olvidar nunca: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”.
Por cierto, entre el entramado de cifras un tanto desalentadoras con las que abríamos este editorial, he estado a punto de olvidar un dato que puede marcar la diferencia: mientras el consumidor se aprieta el cinturón en la cesta de la compra y en la adquisición de bienes de consumo, el gasto en lotería experimenta un crecimiento significativo. Y eso le da una pista acerca de lo que la gente, verdaderamente, necesita… Así que, ya sabe, disfrace sus productos de algo infalible, algo a lo que nadie se puede resistir; junto al producto, aprenda a vender, también, ilusión.
Tenga usted unas felices y, por supuesto, suculentas ventas. Mónica Daluz / pdf
Tecnología a trancas y barrancas …Y el viajero se trocó en mundano turista
Para empezar, un sinfín de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.
A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!-. Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.
Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo que yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…
Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.
Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario.
A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mí misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello. Mónica Daluz / pdf
Texto completo en html
OPINIÓN
Tecnología a trancas y barrancas
… Y el viajero se trocó en mundano turista
Por Mónica Daluz
Para empezar, un sin fin de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.
A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!- Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.
Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…
Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.
Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario. A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mi misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello.
El caso es que seguimos las indicaciones de aquellos folios que reducían nuestras vacaciones a unos escuetos y fríos renglones con nombres de vías, precios de peajes y consumos perfectamente desglosados. Pero al llegar a no recuerdo qué ciudad, el invento hizo aguas. Nos perdimos. Y yo me alegré calladamente de que aquella cosa no fuera infalible.
De nuevo en ruta, por autopista, y atravesado el paso alpino de Francia a Italia, era como estar de vuelta en casa: comida como Dios manda, precios razonables y al fin rostros de expresión sonriente, pero sobre todo, agradecí perder de vista los visillos de ganchillo que todo lo cubrían, más aún, lo empañaban de un vaho arranciado. En esos pensamientos andaba yo cuando me percaté de que una nueva señal había brotado desde la última vez que pasé por allí, para indicar al automovilista que aquel era un espacio con acceso gratuito a la Red; zona WiFi, para más señas. No puedo dar fe de su funcionamiento porque cuando viajo tan solo me acompaño por un pequeño bloc de notas; se me antoja que cargar con el portátil en vacaciones desvanece todo el romanticismo.
Días más tarde, tras dejarnos embriagar por la magia de los canales venecianos y seducir por los simpáticos guiños del gondolero de turno, en fin, predispuestos a la evocación de otras épocas y sus culturas, que hoy sentimos nuestras, porque éstas, cuanto más antiguas más entrañables se nos hacen y parece que más nos pertenecen; al llegar al camping todo volvía a la frívola dependencia tecnológica: los lavabos habían sido tomados por cargadores de toda guisa, de manera que dejaban fuera de juego el acceso a la red eléctrica para, por ejemplo, depilarte las axilas; y una roulotte, la llamaban bus-net, ofrecía conexión a Internet, por fracciones de 30 minutos, a precio de puro atraco. Aun así, sucumbí a la tentación de consultar mi correo electrónico por la simple curiosidad de saber si alguien, en pleno mes de agosto, no tenía nada mejor que hacer que mandarme un mail…
El tipo que ocupaba el asiento contiguo al mío comenzó a copiar en un papel no sé qué sobre sus próximos destinos pero, pasados cinco minutos, su brazo entró en una fase de progresivo debilitamiento para venir a caer, en cuestión de segundos, en la absoluta extenuación… Verdaderamente pasmado de sí mismo, confesó en voz alta no acordarse de cuándo fue la última vez que tomó un bolígrafo entre sus dedos. El muchacho se percató desolado de que su cerebro se había acomodado de tal modo a la escritura en teclado que sus dedos y, en general, la totalidad de la estructura ósea implicada en tal menester, no lograban proseguir con la extraña tarea de pinzar aquel artilugio, hoy mudado en mero recuerdo de infancia.
Días después, en Katakolon, un pintoresco pueblecito griego, la minúscula tienda de cámaras fotográficas sortea como puede los malos tiempos ofreciendo, entre otras tácticas de subsistencia, el volcado de tarjetas de memoria a CD. Pero aquella máquina automática de traspaso de datos es todavía un misterio para la joven dependienta y tan solo el dueño del comercio posee la clave de su funcionamiento… Él no estaba; así que mi compact flash, abarrotada de fotos y tozos de vídeo, se quedó así, preñada de recuerdos, tan recientes que apenas comenzaban a tener tal categoría. En fin, de Olimpia, ni una foto. Sin embargo, la cosa parecía estar bajo control: un amable fotógrafo acompañó al variopinto grupo al que me adherí para enterarme de la historia de las piedras objeto de visita. El hombre se pasó el caluroso paseo inmortalizando aquellos momentos para venir a servírnoslos al final del trayecto. En efecto, unos 20 minutos antes de concluir el circuito el hombre desapareció y, ya a pie de autocar, de una rudimentaria pizarra se suspendían un puñado de fotos, no más de 15. Apuró demasiado; el grupo partía y el revelado no llegó a tiempo.
… Y es que en todas partes del mundo se exploran, con mayor o menor fortuna, las posibilidades de negocio que ofrece el mundo del recuerdo. No los ves, apenas los oyes, surgen como de la nada y ¡disparan!: con camello, con el capitán, durante el simulacro de naufragio, en el brindis de la cena para dos, o sobre el niño con su mejor sonrisa… A estos pedazos de nosotros mismos vienen a sumarse los contenidos en un número indeterminado de tarjetas y CDs, que han viajado peligrosamente a riesgo de perderse en bolsillos y fondos de maletas con cientos de momentos congelados.
Verdaderamente, la fotografía digital nos está saturando alocadamente, haciendo cumplir una vez más la regla irrefutable de “a mayor cantidad, menor valor”, sentencia que no es sólo válida en lo mercantil; las emociones en masa se devalúan también. Nada que ver con aquellos tiempos de nuestros abuelos…; ellos evocaban a sus seres queridos con un ramillete de recuerdos entre los que se hallaba el de aquel día en que todos vistieron sus mejores galas para posar ante una caja mágica que los haría quedar perpetuados para siempre. Cuánta emoción, cuantas lágrimas vertidas en aquella gastada y tan querida, foto de estudio.
… Pero no nos salgamos del circuito. Siguiente escala: Dubrovnik. Fascinante y laberíntica ciudad croata; una fortaleza en la ladera de una majestuosa montaña que se erige soberbia; protectora y amenazante al mismo tiempo. Perdidos en el galimatías de callejones ascendentes en ángulo indescriptible y sin perder de vista las acechantes cumbres borrascosas que cubren tan peculiar asentamiento, cuando, de pronto, el “listillo” del grupo abre un extraño bolso que llevaba inquietándome durante toda la excursión porque hurgaba en él como a escondidas y, súbitamente, ¡zas!, se cae el encanto; el hombre sacó un GPS en toda regla, con un dibujito exacto a nuestro embrollado recorrido. Para más inri, aquella función antipérdida se llamaba ¡“miguita de pan”! Murió de golpe el embrujo del momento. Y es que la percepción de las emociones siempre está colgando de un fino hilo, y las banalidades son tantas y están tan cerca que recordamos los efímeros momentos de excitación como tesoros irrepetibles. Aunque lo cierto es que el artilugio resultó de lo más práctico para no quedarnos en tierra y, de paso, nos percatamos de que, aunque caminamos en línea recta, no habíamos dejado de dar vueltas sobre nosotros mismos.
Otro reto que nos propone el concepto hospedado en ese término que comienza a estar demasiado manoseado, la globalización, es la compra del recuerdo ideal, aquel que representa y es símbolo de los lugares y las gentes con las que se anduvo; más valioso si su obtención fue a la antigua usanza, o sea, por trueque, y mejor todavía si perteneció a aquel entrañable lugareño cuyo recuerdo siempre nos acompañará, porque va irremediablemente cosido a un momento de emoción; además, su manufactura debía llevar algo -a poder ser, todo- de artesano, por aquello de que la mano humana logra piezas con imperfecciones que las hacen únicas. Y es que cuando compruebas que el Gran Bazar de Estambul es un inmenso todo a cien, te percatas con pesar de que cada vez es más difícil comprar un souvenir que no sea made in China, porque en eso se convirtió ese objeto especial con el que tornaba el viajero, cual trofeo, en su talega; en un simple y abominable souvenir de turista.
Afortunadamente, la globalización total aún no ha llegado y ello nos permite disfrutar de diferentes olores, y extasiar nuestro espíritu con colores de luz que nuestros ojos no han visto todavía, experimentando así breves instantes de exaltación o, como dicen ahora, de “subidón”.
Pero el mundo mengua acelerada e inevitablemente, y en la misma proporción desaparecen los enigmas por descubrir. La tecnología lo ha cambiado todo. Se dispara la insultante explotación turística de toda tierra virgen, y ya no es la intrepidez del aventurero lo que ha de llevarle al lugar más recóndito; una buena búsqueda en Internet marcará la diferencia. La sagacidad para burlar los destinos “de agencia” será el quid de la cuestión. Pero no hay salida; la Red también regala información sobre destinos antiagencia de viajes. Bien mirado, yo misma voy a engrosar esos sites con algunas propuestas descubiertas de un modo casual, porque, ¡qué caramba!, todos tenemos derecho a ver, siquiera una vez, esos lugares ¿no?
… Y hasta aquí, el lado crítico de unas vacaciones cualquiera, en clave tecnológica… Los mejores momentos, que fueron los más, los reservo para mi memoria. Porque la crítica y la ironía tienen más gracia que el relato amable y, además, resultan más constructivas…
Por cierto, pasé mis últimos días de vacaciones en la costa gerundense con el propósito de alternar playa y relax con la gestión de asuntos varios de fácil solución con un simple teléfono móvil.
– Pero, ¿qué ocurre? ¡Sin cobertura!
– Ya avisaron… No hay antenas para todos
– Pues yo que me he pedido un 3G para Navidad…
– No te quejes que en el Maresme no se pilla ni la señal de televisión
– En nada tenemos aquí la TDT
– Ya… ¿antes o después de que se aclaren con los estándares de los DVDs…?
Epílogo
Si en los albores de la humanidad, al hombre le aterraba la inmensidad del planeta tanto como la de los misterios que éste albergaba, hoy nos asfixia tener acceso simultáneo a todo el conocimiento acumulado a lo largo de los siglos, y nos angustia la idea de que el espacio para la sorpresa se constriña con premura. Mientras, paradójicamente, rogamos a la tecnología que nos asista para enmendar tal disparate.
Pero así es el hombre, inconformista ante el disfrute sosegado de lo existente y en permanente desazón, con una avidez insaciable, por saber más, hacer más y dominar más. Está impreso en nosotros con el propósito de garantizar la supervivencia. Desde que desarrollamos la capacidad de apego, -porque no hubiéramos sobrevivido en solitario-, y nos sentamos junto a una hoguera a compartir alimentos, nos iniciamos en la vida comunitaria, en el intercambio de información, en el culto… Así nació la cultura, que sirvió para transformar la vida de la humanidad a partir de la explotación de la naturaleza en beneficio del humano. A ello se sumó el segundo elemento motivador de nuestra especie, la búsqueda del placer, y aunque hoy corremos de un lado para otro en busca de la autenticidad, la verdad es que hemos elegido la practicidad y la comodidad ¿Cómo compaginar el experimentar y el vivir intensamente, con el imperio de lo práctico y lo cómodo? Ahí está nuestra batalla. Algo habrá que sacrificar…, a no ser que nuestra moderna deidad, la tecnología, lo remedie.
Empresa sostenible ¿Es posible?
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
De manera que hemos pasado de una visión empresarial cuyo único objetivo era rentabilizar la inversión, a un modelo en el que tiene cabida un código ético elemental. Sin embargo, en los últimos años los grupos a los que la empresa debe satisfacer han aumentado, y han aparecido actores imprevistos que deciden su éxito o fracaso: los condicionantes del mercado, saturado de oferta; los culturales, con sensibilidades hacia las causas solidarias y hacia los peligros de un desarrollo no sostenible; o los de un consumidor consciente de su inmenso poder. Hoy, son muchas las empresas que coquetean con la estrategia de buscar el aprecio de la comunidad. En este sentido, y según los resultados de un estudio de Accenture, los distribuidores modernos deberían pasar a adquirir un protagonismo activo entre la población a la que sirven y convertirse en referentes para la comunidad. Sin duda, atender a más requerimientos tiene un coste adicional, de manera que la empresa deberá elegir entre un coste cierto y un beneficio potencial.
El caso es que, tanto la empresa que produce como el individuo que consume están llamados a tener en cuenta el impacto que supone la fabricación de bienes de consumo y el respeto a la comunidad humana y al entorno medioambiental implicado en cada proceso productivo, al objeto de no agotar los recursos naturales ni violar los derechos humanos.
Como casi todo, la sostenibilidad ya tiene sus siglas: RSC, o sea, Responsabilidad Social Corporativa; de hecho ya existe en España el primer observatorio de la RSC. La RSC es una nueva pero urgente medida, de entre las muchas que aún hemos de ver, que colocará un punto de cordura en el mundo globalizado, por una simple cuestión de supervivencia. Parece que en esta vorágine de intereses contrapuestos y más allá de la industrialización descontrolada de una era que, en contra de toda previsión, ha visto cómo la rapidez y profundidad de sus cambios tecnológicos no han supuesto en realidad el fin de la era industrial sino su aceleración y extensión, se abre paso una nueva visión empresarial. Mónica Daluz / pdf
Texto completo en html
OPINIÓN
Empresa sostenible ¿es posible?
Mónica Daluz
Dicen que la sostenibilidad es la revolución que viene en el mundo empresarial. Una corriente humanizadora se extiende entre los analistas más prestigiosos. Definir la finalidad de la empresa es la primera de las premisas y, parece lógico que convertir las necesidades de los accionistas en el fin de la empresa tomando una condición necesaria por suficiente, sea un error. La empresa sostenible integra en su quehacer la satisfacción de los intereses de todos los colectivos afectados, procurando el máximo beneficio al capital invertido al tiempo que atiende los intereses de sus trabajadores, contribuye al bienestar de la comunidad, satisface a sus colaboradores externos y proveedores, y preserva el medioambiente en sus decisiones.
De manera que hemos pasado de una visión empresarial cuyo único objetivo era rentabilizar la inversión, a un modelo en el que tiene cabida un código ético elemental. Sin embargo, en los últimos años los grupos a los que la empresa debe satisfacer han aumentado, y han aparecido actores imprevistos que deciden su éxito o fracaso: los condicionantes del mercado, saturado de oferta; los culturales, con sensibilidades hacia las causas solidarias y hacia los peligros de un desarrollo no sostenible; o los de un consumidor consciente de su inmenso poder.
Hoy, son muchas las empresas que coquetean con la estrategia de buscar el aprecio de la comunidad. En este sentido, y según los resultados de un estudio de Accenture, los distribuidores modernos deberían pasar a adquirir un protagonismo activo entre la población a la que sirven y convertirse en referentes para la comunidad. Sin duda, atender a más requerimientos tiene un coste adicional, de manera que la empresa deberá elegir entre un coste cierto y un beneficio potencial.
El caso es que, tanto la empresa que produce como el individuo que consume están llamados a tener en cuenta el impacto que supone la fabricación de bienes de consumo y el respeto a la comunidad humana y al entorno medioambiental implicado en cada proceso productivo, al objeto de no agotar los recursos naturales ni violar los derechos humanos.
Como casi todo, la sostenibilidad ya tiene sus siglas: RSC, o sea, Responsabilidad Social Corporativa; de hecho ya existe en España el primer observatorio de la RSC. La RSC es una nueva pero urgente medida, de entre las muchas que aún hemos de ver, que colocará un punto de cordura en el mundo globalizado, por una simple cuestión de supervivencia. Parece que en esta vorágine de intereses contrapuestos y más allá de la industrialización descontrolada de una era que, en contra de toda previsión, ha visto cómo la rapidez y profundidad de sus cambios tecnológicos no han supuesto en realidad el fin de la era industrial sino su aceleración y extensión, se abre paso una nueva visión empresarial.
Pero que nuestro optimismo no nos lleve a engaño; nada de esto tendrá sentido si el consumidor no demanda en ese sentido y exige conocer la trazabilidad del producto, esto es, quién ha producido la materia prima, en qué condiciones se ha comprado, si las condiciones laborales son aceptables, o si el proceso es respetuoso con el medio ambiente, entre otras cuestiones. De este modo las empresas considerarán el factor RSC como un verdadero valor intangible, observándolo como elemento de rentabilidad. En muchos países occidentales este concepto comienza a formar parte del marketing empresarial.
El éxito de las empresas sostenibles es atribuible en gran parte a su cultura y a sus valores, por lo que resulta del todo aconsejable diseñar e implantar un modelo propio de gestión de la cultura corporativa, que desarrolle un alto nivel de coherencia interna, y que sea clave a la hora de marcar el valor diferencial con los clientes y con el resto de los grupos con intereses legítimos en la empresa. La personalización ha llegado a la empresa, que no sólo busca asociarse a una marca o a un logotipo, sino a una cultura, a una personalidad.
Con este asunto, además de otros, como los que generarán la biotecnología, o los desequilibrios entre economías, parece que la ética volverá a apoderarse del debate social en los próximos años.
Al hilo de esta cuestión cabe un último apunte, y es que las grandes compañías se han lanzado a hacer más agradable la vida de sus empleados, tal vez para tratar, a su vez, de hacer más soportable la angustia del trabajo por objetivos o de disfrazar la presión de calidad de vida en el puesto de trabajo. El último grito en la materia es el edificio Fen Shui: mucho cristal, agua, cantos rodados y, por supuesto, plantas por doquier, con la descabellada -o quizá no- pretensión de hacer sentir al trabajador que está de vacaciones mientras permanece en su centro de trabajo. Otras iniciativas, menos vistosas pero más de agradecer, son las oficinas con guardería incorporada.
Y con la sostenibilidad llegó la era de las contradicciones; mientas se estudia la viabilidad de la jornada de 35 horas, los costes laborales no dejan de crecer y los movimientos deslocalizadores están dibujando un nuevo panorama. Queremos vivir mejor, pero eso parece incompatible con producir mejor, -en términos de rentabilidad-. El fantasma del paro amenaza con volver a occidente; se anuncia la caída del consumo, de los precios y de los márgenes, para aquellos a los que aún les quede alguno… ¿Seremos nosotros quienes debamos ahora aguardar turno? En los años venideros, ellos, los hasta ahora condenados a “mirar y no tocar”, producirán, consumirán, y exigirán sus derechos. Ya era hora. Después se cerrará el círculo y tal vez, sólo tal vez, haya pastel para todos.
La otra red ¿Al fin libres?
La euforia de aquellos que veían en la red de redes la llegada de un mundo sin fronteras y al alcance de cualquiera, se ha enturbiado a la vista y su sabor es algo amargo. Hoy, internet se nos antoja un manojo de promesas incumplidas; una virgen, por venerada, prostituida en su forma y en su esencia, donde todo se vende y poco se comparte; con contenidos al servicio de cualquier cosa menos a la difusión del conocimiento y sembrada de terrorismo publicitario incontrolable.
Nació para hacernos más libres, para conectarnos los unos con los otros, pero los usuarios de la red quedamos en manos de los proveedores de accesos. Ante ello, muchos son los ciudadanos que han reaccionado en todo el mundo y que se están uniendo para compartir intereses y ofrecer servicios y conocimiento de manera desinteresada. Se llaman comunidades Wi-Fi. Con ellas se anuncia la llegada de un mundo verdaderamente horizontal; la idea es crear otra red, o mejor dicho, muchas microrredes, libres y gratuitas, pero, esta vez, gestionadas por sus propios usuarios. Ello es posible gracias a que las conexiones inalámbricas a través de la frecuencia de radio de 2,4 Ghz son de libre acceso. Estas comunidades son espacio de encuentro e intercambio de ideas y experiencias. Su propagación conducirá a la construcción de redes de ámbito metropolitano mediante la instalación de puntos de acceso repartidos por las urbes y la interconexión de los mismos.
Con esta tecnología se consigue una conexión de banda ancha, mucho más veloz que la ADSL, con sus 256 kb/s. Pero las limitaciones de Wi-Fi impiden crear una red que dé servicio de calidad a millones de usuarios en cualquier área geográfica, ya que ésta no soporta más de 1.000 usuarios a la vez y el reuso de la frecuencia es limitado; en contrapartida sus ventajas permiten crear una red de ámbito local de manera rápida y barata. Mónica Daluz / pdf
Texto completo en html
OPINIÓN
La otra red ¿al fin libres?
Mónica Daluz
La euforia de aquellos que veían en la red de redes la llegada de un mundo sin fronteras y al alcance de cualquiera, se ha enturbiado a la vista y su sabor es algo amargo. Hoy, internet se nos antoja un manojo de promesas incumplidas; una virgen, por venerada, prostituida en su forma y en su esencia, donde todo se vende y poco se comparte; con contenidos al servicio de cualquier cosa menos a la difusión del conocimiento y sembrada de terrorismo publicitario incontrolable. Nació para hacernos más libres, para conectarnos los unos con los otros, pero los usuarios de la red quedamos en manos de los proveedores de accesos. Ante ello, muchos son los ciudadanos que han reaccionado en todo el mundo y que se están uniendo para compartir intereses y ofrecer servicios y conocimiento de manera desinteresada. Se llaman comunidades Wi-Fi. Con ellas se anuncia la llegada de un mundo verdaderamente horizontal; la idea es crear otra red, o mejor dicho, muchas microrredes, libres y gratuitas, pero, esta vez, gestionadas por sus propios usuarios. Ello es posible gracias a que las conexiones inalámbricas a través de la frecuencia de radio de 2,4 Ghz son de libre acceso. Estas comunidades son espacio de encuentro e intercambio de ideas y experiencias. Su propagación conducirá a la construcción de redes de ámbito metropolitano mediante la instalación de puntos de acceso repartidos por las urbes y la interconexión de los mismos. Con esta tecnología se consigue una conexión de banda ancha, mucho más veloz que la ADSL, con sus 256 kb/s. Pero las limitaciones de Wi-Fi impiden crear una red que dé servicio de calidad a millones de usuarios en cualquier área geográfica, ya que ésta no soporta más de 1.000 usuarios a la vez y el reuso de la frecuencia es limitado; en contrapartida, sus ventajas permiten crear una red de ámbito local de manera rápida y barata.
Dar cobertura a una gran ciudad exige la instalación de muchos puntos de acceso y, por lo tanto, muchos ciudadanos que estén dispuestos a ofrecer el servicio e invertir tiempo y dinero en la instalación y mantenimiento de los nodos y servidores. Esta paranet, o red alternativa, no depende de ningún sistema establecido, ni existe control centralizado, ni persigue ningún fin que no sea el acercamiento virtual de las personas y el intercambio de ideas que llevarán, de forma espontánea, a una cultura del conocimiento.
El modelo que se perfila es la coexistencia de múltiples microrredes específicas, con unas pocas macrorredes generalistas operadas por empresas de telecomunicaciones.
Las iniciativas de las comunidades inalámbricas parten, en muchos casos, de grupos vinculados al tejido asociativo, cuyo objetivo es socializar el conocimiento y las nuevas tecnologías; llevar la banda ancha con un coste prácticamente nulo a las capas más desfavorecidas. Otras comunidades tratan de generar procesos transformadores, centrando su actividad en, por ejemplo, promocionar la inserción sociolaboral; también se suman a este movimiento comunidades educativas y grupos diversos con la voluntad de construir una red social. Aunque esta corriente ha surgido en barrios marginales, sin infraestructuras y donde sus habitantes se mueven por teléfono móvil, estas comunidades huyen de ser consideradas underground. Sus impulsores se han topado con serias dificultades a la hora de instalar las antenas y los puntos de acceso, que deben situarse en zonas elevadas de la población, teniendo que hacer frente a los recelos de las comunidades de vecinos y las reticencias de instituciones públicas, que han desalentado más de un proyecto; a modo de curiosidad, parece que en esto de la difusión sin hilos, el clero se ha entusiasmado, y los activistas de estas comunidades aseguran haber encontrado en los campanarios de las iglesias, el access point ideal, para formar lo que ellos llaman ya, la red divina…
Cualquiera puede tener un punto de acceso porque el uso del espectro en esa banda es libre. Es posible participar en estas redes, bien accediendo pero sin redistribuir la señal, o siendo nodo, para lo cual se requiere un ordenador, una antena, una tarjeta de red inalámbrica o punto de acceso y un sistema operativo apropiado, mejor de código libre, como Linux.
En otro orden de cosas, no es ningún secreto que los estándares inalámbricos son limitados en materia de seguridad, así que deberemos recurrir al software para evitar problemas. Recientemente algunas marcas de telefonía móvil recomiendan tener el Bluetooth en modo oculto o encenderlo sólo cuando se quiera establecer comunicación con alguien conocido, para evitar el snarfing o robo de datos.
Las comunidades sin hilos se dedican a interconectar nodos vía radio y algunos de ellos ofrecen acceso a internet, previo acuerdo -en teoría- con el proveedor de servicio. En EE.UU. no es difícil encontrar espacios con acceso libre a la red; esto, sin embargo, es, hoy por hoy, ilegal.
A las operadoras proveedoras de acceso a internet, actualmente las protege la ley pero, ¿por cuánto tiempo? Otra consecuencia de la proliferación de la tecnología Wireless Fidelity es que permite aplicaciones que pueden hacer peligrar las enormes inversiones que las operadoras de telefonía móvil realizaron para pagar las licencias de la UMTS. En cuanto al estándar Bluetooth, éste también está dando más de un dolor de cabeza a las operadoras, algunas de las cuales están adquiriendo terminales y anulando los infrarrojos, sin comunicarlo al usuario, para impedir el intercambio gratuito, ya que se ha detectado que los usuarios no descargan los contenidos de la red ni vía mensajes multimedia y, por tanto, no generan tráfico en sus redes.
En la otra cara de la moneda: leer el correo en el tren, acceder al portal del ayuntamiento de la población o a las recetas del restaurante más cool de la ciudad… Y todo gratis. Pero, qué, quién y cómo se ofrece la información. En las llamadas networking cities o ciudades en red, ayuntamientos, hoteles, aeropuertos o transportes públicos ofrecerán información y servicios como valor añadido. Hoy, esta tecnología está siendo también explotada con fines comerciales y ya se han creado las primeras operadoras con facturas propias. Si Wi-Fi nació hace cuatro años en EE.UU. como una tecnología para uso de la comunidad científica, para la cual se liberalizó una frecuencia, hoy, ayuntamientos, instituciones y operadoras han tomado el testigo y, sobre la mesa, el debate acerca de si es lícito que las instituciones encabecen las iniciativas de una red paralela a internet.
En esta trama a tres bandas: la red espontánea, creada por la suma de inquietudes individuales; las instituciones, con la obligación moral de socializar el conocimiento al tiempo que incapacitada legalmente para perjudicar a las empresas proveedoras de internet y servicios multimedia; y las operadoras, que ven tambalear sus expectativas de negocio, por lo menos en lo tocante al usuario final ¿Sociedad del conocimiento o sociedad de negocio?










