La competitividad de occidente está en jaque. La robótica industrial de última generación puede ser una vía para optimizar la capacidad productiva en todos los sectores industriales. Por lo que respecta al envasado, las exigencias del mercado impulsan el desarrollo de robots antropomórficos para atender las necesidades de flexibilidad.
Se gesta una robótica avanzada que sale de las plantas fabriles para llegar al hogar por imperativo de fenómenos sociológicos, como el envejecimiento de la población, entre otros. La deambulación de robots humanoides, que deberán enfrentarse al reto de responder en ambientes dinámicos, con lo que ello implica en materia de investigación, está a la vuelta de la esquina.
Seamos realistas. Hoy, cuando los mercados occidentales se nutren de bienes de bajo coste procedentes de economías emergentes que sustentan sus planteamientos comerciales sobre una mano de obra barata y “disciplinada”, el panorama no deja lugar a dudas: la competitividad de occidente pasa por la robotización de la industria.
La robótica debe ser entendida como una herramienta con la que hacer frente a la crisis; su implantación significa una optimización en el modo de utilizar la capacidad productiva. Incremento de la productividad; reducción de costes, sobre todo laborales, de materiales, energéticos y de almacenamiento; eliminación de paros, y mayores niveles de calidad y seguridad, son algunos de los beneficios de la robótica en el contexto industrial.
Además, la flexibilidad de estas máquinas para realizar distintos tipos de tarea permite que todos los sectores productivos encuentren en la robótica un valor añadido con el que marcar la diferencia. La flexibilidad es, sin duda, un elemento clave en nuestro sector, con envases cada vez más técnicos y más personalizados, a lo que cabe añadir la cada vez mayor relevancia del branding.
Al respecto, los fabricantes de sistemas de automatización industrial detectan una tendencia en el sector del envase hacia lo que podríamos llamar el “marketing a toda costa”, con envases tan atractivos como difíciles de manipular y automatizar, resultando fundamental que los diseñadores tengan en cuenta el nivel de automatización del producto para evitar sobrecostes.
Así pues, no deberíamos dejar pasar este tren, sobre todo en estos momentos en los que el debate sobre cómo reinventar la gestión de los recursos y su circulación, en aras de una mayor eficiencia y productividad, al tiempo que de mayores beneficios en lo social y del mínimo impacto medioambiental, está más presente que nunca. Mónica Daluz / pdf

