“De tranqui”… Hacia una economía de subsistencia o cómo pasar de la insatisfacción al gozo

"De tranqui"... Hacia una economía de subsistencia o cómo pasar de la insatisfacción gozo
OPINIÓN
SOCIORREFLEXIONES

Dicen los antropólogos y la psicología evolutiva que el ser humano está preparado para la escasez, y que cada respuesta de nuestro cuerpo y cada matiz de nuestro comportamiento responden, en buena medida, a un objetivo programado en la memoria genética de cada uno de nosotros: la supervivencia. El caso es que nuestra especie se enfrenta a una situación no prevista por la naturaleza: la abundancia.
Aquí, en el mundo industrializado, llevamos varias décadas de crecimiento, suficiente para valorar hasta qué punto el desarrollo económico nos ha traído, como individuos, satisfacción, dicha, plenitud, paz, equilibrio, en fin, eso que llaman felicidad.
De hecho, un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud desvela que la depresión se ha convertido en la enfermedad que tiene un mayor impacto social en los países ricos, y cifra en una de cada veinte las personas que la sufren. Al parecer, las patologías de tipo psicosocial, como el estrés, la depresión o la ansiedad, que generalmente arrancan de la persecución de la abundancia, son seña de identidad de las sociedades ricas que, a pesar de gozar de más placeres y comodidades, son más vulnerables al abatimiento interior.
La primera globalización, la de las fusiones y adquisiciones entre empresas, la de la lucha por la eficiencia en costes y la competitividad, la que convirtió la economía en el motor de nuestras vidas; en fin, la globalización de los mercados, de la pobreza, de los gustos, de la cultura, de los valores y de los comportamientos, puede pasar a la historia en cuestión de un par de décadas. Hoy se está produciendo un cambio en los depositarios del poder económico: a Occidente le cuesta cada vez más imponer su modelo, y las reglas de la economía las están poniendo otros; los manufactureros han pasado el testigo de su primacía a los distribuidores y la tecnología ha entregado al ciudadano nuevas formas de poder. Es la segunda globalización.
Pero, ¿qué sucedería si los ciudadanos decidieran que ya tienen, producto arriba producto abajo, lo que necesitan? ¿si redujeran su margen de insatisfacción, o sea, el que hay entre lo que se posee y lo que se desea, y que es lo que mantiene en pie el sistema y sustenta el crecimiento económico?
Nuevos valores se gestan, nuevas inquietudes están despuntando en esta primera década del milenio que hacen pronosticar la llegada de una fase caracterizada por la revolución del ciudadano, o sea, del consumidor.
¿Ocurrirá que, tras adquirir compulsivamente objetos con funciones duplicadas y solapadas, e infrautilizadas -al estilo del nuevo iPhone de Apple-, saciados de haber consumido de todo, descartaremos aquello que no se ajuste a nuestra necesidad?
¿Nos abocará la experiencia acumulada en los años de la primera revolución de lo global a una dinámica de vida más responsable, consumo incluido?
¿Nos rebelaremos contra la tiranía del reloj, contra la presión del sistema hacia las falsas necesidades, contra las empresas que contaminen, contra la publicidad engañosa o contra la muerte del comercio en los núcleos urbanos…?
Mónica Daluz / pdf

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“DE TRANQUI”… Hacia un CONSUMO DE SUBSISTENCIA o cómo pasar de la insatisfacción al gozo

“La vida es aquello que se nos escapa mientras estamos ocupados en otras cosas.” John Lennon

Por Mónica Daluz

Dicen los antropólogos y la psicología evolutiva que el ser humano está preparado para la escasez, y que cada respuesta de nuestro cuerpo y cada matiz de nuestro comportamiento responden, en buena medida, a un objetivo programado en la memoria genética de cada uno de nosotros: la supervivencia. El caso es que nuestra especie se enfrenta a una situación no prevista por la naturaleza: la abundancia.

Aquí, en el mundo industrializado, llevamos varias décadas de crecimiento, suficiente para valorar hasta qué punto el desarrollo económico nos ha traído, como individuos, satisfacción, dicha, plenitud, paz, equilibrio, en fin, eso que llaman felicidad. De hecho, un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud desvela que la depresión se ha convertido en la enfermedad que tiene un mayor impacto social en los países ricos, y cifra en una de cada veinte las personas que la sufren. Al parecer, las patologías de tipo psicosocial, como el estrés, la depresión o la ansiedad, que generalmente arrancan de la persecución de la abundancia, son seña de identidad de las sociedades ricas que, a pesar de gozar de más placeres y comodidades, son más vulnerables al abatimiento interior.

La primera globalización, la de las fusiones y adquisiciones entre empresas, la de la lucha por la eficiencia en costes y la competitividad, la que convirtió la economía en el motor de nuestras vidas; en fin, la globalización de los mercados, de la pobreza, de los gustos, de la cultura, de los valores y de los comportamientos, puede pasar a la historia en cuestión de un par de décadas. Hoy se está produciendo un cambio en los depositarios del poder económico: a Occidente le cuesta cada vez más imponer su modelo, y las reglas de la economía las están poniendo otros; los manufactureros han pasado el testigo de su primacía a los distribuidores y la tecnología ha entregado al ciudadano nuevas formas de poder. Es la segunda globalización.

Pero, ¿qué sucedería si los ciudadanos decidieran que ya tienen, producto arriba producto abajo, lo que necesitan? ¿si redujeran su margen de insatisfacción, o sea, el que hay entre lo que se posee y lo que se desea, y que es lo que mantiene en pie el sistema y sustenta el crecimiento económico?

Nuevos valores se gestan, nuevas inquietudes están despuntando en esta primera década del milenio que hacen pronosticar la llegada de una fase caracterizada por la revolución del ciudadano, o sea, del consumidor. ¿Ocurrirá que, tras adquirir compulsivamente objetos con funciones duplicadas y solapadas, e infrautilizadas -al estilo del nuevo iPhone de Apple-, saciados de haber consumido de todo, descartaremos aquello que no se ajuste a nuestra necesidad? ¿Nos abocará la experiencia acumulada en los años de la primera revolución de lo global a una dinámica de vida más responsable, consumo incluido?¿Nos rebelaremos contra la tiranía del reloj, contra la presión del sistema hacia las falsas necesidades, contra las empresas que contaminen, contra la publicidad engañosa o contra la muerte del comercio en los núcleos urbanos…?

Anticonsumistas convencidos, jubilados y prejubilados -el envejecimiento poblacional va en ascenso-, seguidores de los movimientos pro calidad de vida, ecologistas, jóvenes antisistema nacidos en la era “eMule” que cuestionan la propiedad privada y se adscriben a movimientos okupas…, el caso es que se estima que en 2010 muchos ciudadanos habrán reducido sus niveles de gasto, perfilándose un panorama de consumo de subsistencia.

El ritmo trepidante que impone la llamada “vida moderna” será otro asunto que se pondrá en cuestión en las próximas décadas, de modo que el mayor interés por el disfrute del tiempo libre constituirá una de las prioridades que se disputará los primeros puestos en la nueva escala de valores.

Y es que la rápida obsolescencia de los productos nos tiene estresados y nos ha convertido en adictos a lo nuevo. Recientemente se ha alertado acerca de la adicción a las compras tecnológicas. La inseguridad que genera la abundancia de información y los continuos cambios de la sociedad, unido a la menor tolerancia a la frustración de nuestros días, hace que comprar tecnología proporcione una satisfacción inmediata y una falsa sensación de control. Este hecho se acentúa en el segmento adolescente en el que hay una necesidad forzada de estar al día para no quedar excluido del grupo.

En la era del “todo rápido” y del síndrome de la felicidad aplazada -la angustia por la falta de tiempo para hacer frente a las obligaciones posponiendo de manera casi perpetua el ocio y el descanso-, del que se estima que el 40% de las personas en el mundo desarrollado lo padece, los movimientos antiprisa se suceden desde que en Roma se inventó el slow food para protestar por la apertura de un restaurante de comida rápida. Lo llaman slow life; es la cultura de una vida lenta, apacible y más humana. Desde el nacimiento de esta filosofía de saborear la vida han proliferado las denominadas slow cities, que proponen un nuevo modelo urbano con más áreas para pasear, más zonas verdes, donde se eliminen las grandes vallas publicitarias y los letreros de neón y se prohíba circular a más de 20km/h. En Italia, más de 30 ciudades han implantado este modelo. Estas ciudades de vida tranquila tienen como logotipo un caracol conduciendo un automóvil y son revisadas periódicamente por inspectores que certifican que mantienen sus características slow… La idea está en sintonía con la concepción de una oferta comercial de tipo tradicional y de servicio. Este es un tema de plena actualidad en nuestros días, en los que se tiende a los macrocentros comerciales alejados de los núcleos urbanos, directriz sobre la cual hemos visto en los últimos tiempos cómo el gobierno francés rectificaba, en favor de una revitalización del comercio urbano, con el objetivo de devolver a las ciudades su idiosincrasia y su palpitar de antaño. La reinterpretación del comercio de proximidad se traduciría en un concepto de establecimiento amigable, profesional y de servicio integral.

En la misma línea, las slow school, son escuelas que defienden una educación sin competitividad y sin masificar. El ideólogo del movimiento, George Ritzer, lo llama “combatir la MacDonalización del sistema educativo”. Ya existe una en Berkeley, California, la Martin Luther King School, que cuenta con mil alumnos.

Y ¿cómo no?… la corriente de lo lento también aboga por el slow sex.

En el extremo de la tendencia se sitúa el fenómeno downshifting, nacido hace 10 años en EE.UU. de la iniciativa de dos yuppies de Wall Street -que, por cierto, se han hecho millonarios con su propuesta- que sugieren dejarlo todo por una vida alejada de las grandes ciudades y basada en una economía de autosubsistencia.

Según datos del economista Juliet Schor, autor de The Overspent American, un 19% de los estadounidenses ha confesado que en los últimos cinco años había decidido voluntariamente “introducir algún cambio en su vida que le había hecho ganar menos dinero en aras de una mayor calidad de vida”.

Así que frente a vidas enganchadas a las tecnologías, a las rebajas, al usar y tirar, al consumo irreflexivo o al marquismo, llega la filosofía de la vida minimalista, reducida a lo esencial. Frente a la cultura del “clic” -acceso inmediato a cualquier cosa a golpe de índice- y del ocio forzado y compulsivo, toma cuerpo la corriente de los que abandonan el consumismo excesivo y prefieren más tiempo libre, un ritmo de vida más lento, más tiempo para dedicar a los hijos, más trabajo cargado de sentido y una vida cotidiana que cuadre con sus valores más profundos. El cambio de mentalidad pasaría de “tener” a “disfrutar de lo que se tiene”.

El capitalismo posindustrial nos vende que el consumo, en especial el de tecnología, nos proporcionará más tiempo libre, cuando, en realidad, hoy disponemos de menos tiempo libre que nunca, y el que tenemos, no es precisamente de primera calidad… Y es que nos hallamos inmersos en la sociedad de la multitarea, que nos seduce con la posibilidad de hacer muchas cosas a la vez, de verlo todo a un tiempo, de no desaprovechar el segundo, pero esta hiperactividad, esta adicción a la prisa, ¿nos lleva al aprovechamiento real de nuestras actividades tanto lúdicas como intelectuales?

Queremos ver a la vez en nuestro televisor una película y un partido de fútbol y, además, con la interactividad que se nos avecina, entre tanto atendemos ese momento álgido del melodrama y al penalti que nuestro jugador favorito está a punto de chutar, y como nos morimos de curiosidad por conocer el signo zodiacal del delantero centro, corremos a desplazarnos entre flechas y números a lo largo y ancho de nuestro mando a distancia para acceder a la ficha de información del susodicho…

Lo cierto es que la calidad de la atención ha bajado. Los neuropsicólogos aseguran que tener varias vías sensoriales activadas supone recibir un conjunto de estímulos que interfieren entre ellos. Según la Asociación Europea de la Publicidad Interactiva, el 66% de los telespectadores europeos prestan atención a otro medio de comunicación a la vez que ven la televisión. El 21% de los españoles lee el periódico con el televisor en marcha, el 14% hojea una revista y el 9% navega en internet. Otro 5% afirma escuchar la radio mientras ve la televisión. El resultado de vivir multiconectados nos lleva a otro debate caliente: la saturación publicitaria y la necesidad de plantearse el grado de interferencias entre medios de comunicación y su impacto en la recepción del mensaje publicitario, urgiendo, también aquí, reinventar el modelo de negocio. La industria publicitaria está perdiendo su principal base de negocio, la televisión generalista en abierto, además de la incidencia negativa que tendrá la posibilidad que ofrecen los nuevos aparatos que permiten grabar programas de televisión suprimiendo los anuncios.

Ante esta situación, el marketing viral será una de las estrategias favoritas por su alta efectividad y bajo coste. Pero, de cualquier modo, las nuevas generaciones se perfilan reacias a la publicidad convencional. El sector deberá ser muy cuidadoso y apostar por una publicidad que no interfiera. Los más de 70 millones de usuarios de la página de You Tube permanecen alerta y expectantes desde su adquisición por Google, que les hace temer por la libre difusión de las imágenes. Ya en My Space, con 100 millones de usuarios registrados, los anunciantes deben cumplir la condición de no coartar a los bloggers en sus costumbres o en su autonomía.

Las nuevas generaciones se están acostumbrando al autoabastecimiento, a prescindir de intermediaciones; unidos por un vínculo de confianza se autogestionan como fuentes de información o como proveedores de contenidos, bajo la fórmula del P2P, que no es sino la versión actualizada del primitivo intercambio. Son jóvenes que abanderan la filosofía de hacer las cosas por el placer de disfrutar; en este sentido, las nuevas generaciones de músicos que reivindican el grabar un disco para disfrutar tocando y luego colgarlo en internet, en una filosofía de trabajo contraria a que sean las discográficas quienes decidan quién debe triunfar. Ellos demostrarán que el concepto de propiedad privada no es inmutable. En este sentido, apuntemos también las movilizaciones que se están produciendo en torno a temas como la vivienda o las causas que defienden a los sectores menos favorecidos, como las acciones llevadas a cabo por los Hijos de Don Quijote, en la ciudad Condal; o las que arremeten contra las patentes de la industria farmacéutica para salvaguardar el mercado de los medicamentos genéricos, cuya desaparición causaría miles de muertes en el Tercer Mundo.

Algunos teóricos atisban entre las tendencias del ciudadano que viene, una basada en el anticonsumismo, así que los fabricantes, publicistas y distribuidores deberán enfrentarse a la hostilidad del consumidor.

En Francia han aparecido ya comandos antipublicidad, un colectivo dedicado a sabotear anuncios pintando sobre ellos; estos grupos llevan a cabo acciones contra los reclamos publicitarios que consideran de tamaño excesivo. Sus siglas son RAP (Resistencia Anti Publicidad), y afirman que “esos reclamos pueblan el espacio urbano y, además, todo lo que dicen es mentira”. Se trata de una manera de rebelarse contra una forma impuesta de consumo. También hemos visto crecer en los últimos tiempos, grupos o individuos particulares que boicotean determinados productos; ecologistas que emprenden acciones contra la acumulación de desechos de envoltorios o lo que ellos llaman la “contaminación buzonera”, que es percibida como una agresión, argumentando que la producción de esa publicidad encarece los productos y degrada el medioambiente. En este sentido, la conciencia y responsabilidad ciudadana sobre la necesidad de reducir la producción de residuos, lo cual guarda relación directa con el consumo, está cobrando dimensiones más que relevantes. Los jóvenes saben que a más consumo más residuos; y en los días venideros los productores deberán garantizar que el consumo de sus productos tiene un impacto cero en el medioambiente. Éste será un argumento fundamental para los manufactureros. En este sentido, los supermercados ingleses Tesco, volcados en una estrategia de búsqueda de la fidelidad emocional de sus clientes, han aprovechado el “tirón” del asunto del calentamiento del planeta para lavar su imagen -bastante degradada por sus continuas absorciones de pequeños supermercados-, anunciando que todos los productos que vendan en sus tiendas llevarán una etiqueta que informará de las emisiones de CO2 que se han originado en su proceso de fabricación. Wal-Mart o Marks & Spencer también han entrado en esta nueva dinámica de los gigantes del comercio para exhibir sus credenciales ecológicas. El problema es que hasta ahora no existe una metodología rigurosa para realizar los cálculos que requeriría la llamada “huella de carbono”…

En cualquier caso, muchas son las voces que se rebelan ante las pocas expectativas de poder incidir en el curso de la sociedad, situación en la que nos ha sumido el actual sistema que, como para despistar, nos insta a la autogestión, nos insiste en el autocontrol, en la programación de nuestras vidas, en la continua mejora de nuestro intelecto, nuestra salud y nuestra apariencia física, y hace que cada una de nuestras decisiones responda a una elección racional hecha, claro está, a imagen y semejanza de lo que se espera del estereotipo del ciudadano de los albores del siglo XXI…

Leí el caso en una publicación de autoayuda; el ejemplo ilustra cómo hemos llegado a la absurda situación de creernos más libres que nunca cuando, en realidad, vivimos encarcelados en nosotros mismos. La paradoja es que la llave de nuestra libertad la tenemos en el bolsillo… Sólo hay que abrir la puerta, y salir…

Un vagón de metro. Un indigente tirado en el suelo. Está inmóvil. Es invisible, puesto que nadie le mira. Sube un tipo de mediana edad y ocupa un asiento frente al sintecho. Al momento se inclina sobre él: “¿se encuentra bien?” pregunta. Todo el vagón reacciona; los viajeros se acercan a la escena y comentan sobre la conveniencia de hacer algo… Más de una decena de personas se apea del vagón cargando al hombre sin hogar, y llaman al Samur. Ese día todos llegan tarde a sus quehaceres… Tarde…, y con el semblante sutilmente iluminado por la satisfacción…

¿Quién dará el primer paso para la rebelión que se avecina: la rebelión del individuo frente a la insatisfacción?

Editorial. El precio de un sueño. Ciencia emocional y economía onírica

Editorial. El precio de un sueño. Ciencia emocional y economía onírica
EDITORIAL

Ya lo dijo Albert Einstein: “todo es relativo”.
Ponen en la tele un anuncio de coches en el que prometen devolverte el dinero si el bólido en cuestión ¡no te hace feliz! En nuestro sector, sin ir más lejos, las empresas avalan sus lanzamientos con estudios que prometen incrementar nuestro bienestar.
Hace algunas semanas un fabricante de aparatos de audio repartió entre los medios de comunicación las conclusiones de un estudio sobre cognición con el que animaba al consumidor a diseñar su propia experiencia musical en función del estado de ánimo deseado. La misma compañía acaba de colocar en el mercado un novedoso producto a modo de despertador, que simula el amanecer en nuestro dormitorio: el pequeño astro va iluminando progresivamente la estancia para obsequiarnos con un despertar natural y sin sobresaltos. Las empresas han tomado a la ciencia como aliada para ofrecernos no sólo productos, sino la posibilidad de conocer los efectos de cada estímulo sobre el cerebro para provocarnos emociones al gusto.
En este número les proponemos también un recorrido por los sentidos. Un reportaje sobre los nuevos negocios surgidos alrededor de la llamada “cultura del vino” y en la que nuestro sector también tiene cabida, da cuenta de las nuevas exigencias emocionales de un consumidor que busca placeres sensoriales. Un escaparate de productos de calefacción muestra las sutilezas con que las marcas cuidan nuestro confort. La apuesta por la alta definición vista en Berlín pone de manifiesto la sofisticación de la tendencia hacia los placeres audiovisuales. Y en la sección Lugares del mundo les hablamos, en imágenes, de las intuitivas técnicas de venta con las que el mercader tunecino embriaga los sentidos del consumidor.
¿Ciencia de la emoción o marketing emocional? En cualquier caso, la subjetividad se adueña de la comunicación y suscitar emociones es el objetivo rey de todo aquel que tenga algo que ofrecer en este inmenso mercado del humo con el que nos seduce el capitalismo onírico. Sí, onírico, porque son los sueños del consumidor los que sustentan la industria y las finanzas. ¿Qué sería de los bancos si dejáramos de soñar?, seguramente el atasco financiero paralizaría esta economía encadenada (de “en cadena”, no me vayan a malinterpretar) que parece pender de un hilo: si soñamos demasiado gastamos más de lo que podemos devolver; si no podemos devolver el dinero que nos prestan llevamos los bancos a la quiebra o bien, en el mejor de los casos, éstos nos suben el precio del préstamo y entonces ya no podemos pedir prestado, así que no compraremos vivienda (y eso que nos tienen dicho que si la construcción, que es el motor de la economía, se paraliza, vamos listos…), ni electrodomésticos, ni coches…
Pero el asunto no acaba aquí, el precio de la cesta de la compra se dispara por momentos y es que dos nuevos elementos han entrado en escena: los chinos y los biocombustibles. La población china constituye un 20,5% de la humanidad, y ahora también se ha puesto a soñar…; a soñar con nosotros. Las marcas multinacionales están difundiendo el estilo de vida occidental y, como consecuencia, su dieta y sus materias primas. Dicen los expertos que el precio de la leche sube porque los chinos la han incorporado a la dieta; ah, y parece que también les ha dado por el atún, así que es de prever que las capturas de este pescado no tarden en hacerse insostenibles…
Los alimentos llegan cada vez más lejos y están más envasados, además consumimos envases cada vez más fraccionados –más polipropileno–, lo que implica mayor coste energético. La demanda de biocombustibles sube los precios del cereal, lo cual afecta, además de al bolsillo del consumidor, al tejemaneje que se lleva el Parlamento Europeo con las cuotas de producción; que si ahora no se puede cultivar, que si ahora sí… Pero, sobre todo, agrava el problema del hambre en los países pobres.
¿Es el abastecimiento local la única salida? Seguramente, el abastecimiento global sostenible es posible, pero a costa de un permanente reajuste que mantenga la balanza siempre equilibrada, con una meticulosa observación por parte de todos los agentes económicos, la búsqueda de consenso, la rapidez en la respuesta y una visión realista de los sueños de las personas. Mónica Daluz / pdf

Editorial. De la sorpresa a la provocación

Editorial. De la sorpresa a la provocación
EDITORIAL

Sitúense: una agencia de publicidad, hora de la sesión de “volcado” de ideas. He presenciado algunas y, créanme, es muy divertido. Parece mentira que el origen de bellísimos y buenísimos spots haya sido un atolondrado y atropellado vómito de tonterías y absurdeces… Y entre tanta gansada, ahí está: una idea brillante. Me viene a la cabeza el de los 1.440 minutos; genial. Hasta ahora, se trataba de sentarse a la mesa sin complejos, para decir cualquier cosa, y con la mente abierta para escuchar otro tanto de tus compañeros, jefes o subordinados. Sorprender era la clave. Pero hoy la cosa es mucho más fácil. Los creativos deben concentrarse en suscitar la ira de colectivos y asociaciones de toda índole.
Funciona más o menos así: primero confeccionan una lista de los valores políticamente correctos, después se hacen con un listado de asociaciones anti-x y pro-x, y luego, tratan de idear el modo de irritarles, de sacarles de sus casillas; así, ellas -las asociaciones-, los medios de comunicación y YouTube, harán el resto. Es francamente sencillo. En fin, que el revuelo que se ha organizado estos días con D&G ha sido, seguramente, más buscado que encontrado. Por cierto, particularmente, me encanta esa foto…
La cuestión es que nos hallamos en un período de búsqueda de nuevos modelos narrativos audiovisuales, y de distintos modos de enfocar la mercadotecnia y la publicidad. Ahí van algunos ejemplos de los nuevos derroteros del marketing:
En EE.UU. se distribuyen más de 50.000 millones de huevos al año. Un estudio demostró en su día que el 91% de los compradores de huevos miran la fecha de caducidad; ahí tienen un nuevo soporte publicitario: la cáscara de huevo, se llama egg-vertising o huevo-anuncio. El medio exterior también es un terreno para la exploración y la experimentación, en este sentido las vallas urbanas se han convertido en un recurso muy creativo para las agencias, que juegan con su tamaño, forma o situación. Éste no tiene desperdicio: Kleenex patrocina la sección de consultorio sentimental de una revista para adolescentes en India, con las páginas en cuestión impresas en papel de pañuelo; así, después de leer los problemas de los chavales uno puede secarse las lágrimas… Otro: una marca de limpieza de sanitarios ha estrenado un spot en el que aparece una modelo holandesa tratando de esnifar una raya de coca sobre la taza de un urinario, pero la tecnología de autolimpieza de la marca le agua la fiesta; el anuncio circula por internet. Y hablando de mundos virtuales, es un hecho que el sector automovilístico se ha volcado en internet como medio para llegar a su público objetivo: Pontiac ha abierto concesionario en Second Life, y Jeep se ha aliado con la editorial Marvel Comics para lanzar un cómic interactivo en el que los usuarios proponen sus guiones, con la finalidad de promocionar su modelo Patriot. Más curiosidades: el bookvertising. El libro es el nuevo soporte en el punto de mira de los anunciantes occidentales y una exitosa tendencia en Japón, lo llaman brajacket (sujetador) y se trata de unas sobrecubiertas de papel grueso impresas con vistosos anuncios. Las regalan en las librerías.
Y es que no es ningún secreto que la publicidad en televisión está dejando de ser efectiva (está perdiendo minutos de visionado) y los anunciantes y las agencias indagan sobre las posibilidades de nuevos soportes. Prueba de ello es la eclosión de los medios de comunicación tradicionales en internet. El actual crecimiento publicitario de las webs de los grandes periódicos y televisiones tradicionales es superior al alcanzado por las interneteras puras.
La publicidad está sufriendo una redefinición importantísima, basada en el paso progresivo de modelos de tipo indiscriminado, masivo y no deseado a esquemas mucho más centrados en el marketing de permiso. En este sentido, los videojuegos y, en general, el software de entretenimiento tienen largo recorrido como soporte publicitario -el sector del videojuego factura más que el cine o el DVD-, pues permite una publicidad dinámica, interactiva e integrada de forma no agresiva para el consumidor, en la línea de la tendencia hacia un tipo de publicidad cada vez más segmentada, más contextualizada o acorde a los intereses del usuario, ante la situación de lo que ha venido a llamarse “economía de la atención”, impuesta por el entorno de hiperabundancia de información en el que nos hallamos y que hace de la atención un bien escaso.
El móvil será otro de los soportes rey en un futuro próximo. De hecho, ya es posible ver en las calles de Madrid, Barcelona o Valencia, marquesinas y lonas que avisan al transeúnte de que active su bluetooth para recibir información sobre un anuncio determinado o descargarse gratis el vídeo o la sintonía de dicho spot de televisión.
Mucho nos queda por ver en materia publicitaria. En cualquier caso, entre tanto escándalo y susceptibilidad, es un gusto ver los anuncios de electrodomésticos, con el hogar, moderno y confortable, y la familia, proveedora de calidez y equilibrio, como ejes narrativos, y es que ambos elementos son y seguirán siendo, el centro de nuestras vidas. Mónica Daluz / pdf

Editorial. Más magia

Editorial Más magia
EDITORIAL 

Un nuevo año comienza. Es hora de recapitular; de echar una ojeada tecnológica a nuestro alrededor. La televisión ya no es lo que era; la pirámide se invierte y hoy prolifera la creación y difusión audiovisual a partir de proyectos individuales, que llegan a los hogares a través de internet. El cine tampoco es lo mismo y, mucho menos, los videoclubs… El consumo de películas bajadas de la red se multiplica y ello conlleva una creciente necesidad de almacenar datos “pesados”, de televisión y vídeo; así, los discos duros ya van por las 1.000 gigas, o sea un terabyte, gracias a un nuevo sistema de grabación perpendicular, que se comercializará a no más de 400 dólares y en el que cabrán 250 horas de televisión en alta definición. La carrera de la pulgada continúa; los últimos plasmas gigantes presentados para el consumo doméstico son de 103 y 108 pulgadas. El lío del nuevo formato de soporte y reproducción de vídeo está cada vez más enredado.
Con los primeros reproductores de HD-DVD en el mercado desde diciembre y la siguiente entrega, la del Blu-ray, para la primavera, ahora LG lanza un prototipo híbrido y la Warner anuncia que producirá sus títulos en ambos formatos, se supone que con el objetivo de ponérselo fácil al consumidor, aunque, para muchos, esta acción viene a añadir más confusión al mercado. Y, hablando de confusión; me pregunto si el consumidor que adquiere un televisor con sello HD Ready o Full HD sabe que, dado que emisiones en alta definición, prácticamente no hay, si no compra un reproductor de rayo azul (duplicadores de resolución aparte), no verá la imagen en alta definición; es más, ¿lo sabían aquellos que hicieron su adquisición HD Ready dos años atrás…? Y con el nuevo formato de DVD se recrudece el debate sobre la propiedad intelectual (un conocido pirata informático asegura haber construido una herramienta que desencripta el sistema de protección AACS [Advanced Access Content System] en un ordenador con Windows); la presencia de las posibilidades tecnológicas hace necesario replantearse la validez de las actuales leyes sobre la materia.
En entretenimiento, el imperio de los videojuegos mantiene su lugar de privilegio. En informática, pronto diremos adiós, en los portátiles, a los discos duros, que serán sustituidos por unidades de memoria flash. Y otro asunto que nace con el año: el aterrizaje del nuevo sistema operativo de Microsoft, sobre el que nadie se planteará si era o no necesario, simplemente, todos acabaremos pasándonos a Vista; este sistema requiere un potente hardware, por lo que cabe esperar que el nuevo proyecto de Gates traiga consigo un incremento de las ventas de ordenadores. Mientras, estaremos atentos al contraataque de Linux. A todas estas, el mañana nos depara ordenadores cuánticos, que dejarán en la cuneta a todo informático de esta era que no se pase a la lógica cuántica. Seguramente veremos transformarse también el mundo editorial, que se apuntará al carro de la digitalización, como ocurrió con la fotografía y con la música, y el consumidor pedirá en la librería cómo quiere que le impriman el libro: con o sin fotos, tamaño de letra, encuadernación…
En telefonía, ya están aquí la tercera generación, el cuarto operador y un mercado potencial de… todo el planeta. De los 2.400 millones de usuarios de teléfonos móviles, 1.400 están en los países en vías de desarrollo; y es que más de medio mundo carece de infraestructuras y en esos lugares el móvil constituye la única vía de comunicación.
El sector de la telefonía vive momentos de competencia feroz y, sin embargo, las distintas compañías no pugnan en el servicio, que deja mucho que desear; su objetivo es exclusivamente de captación y no de atención al cliente. Pocas cosas hay más irritantes que descolgar el teléfono en tu propia casa y que, alguien, al otro lado, te diga: “¿me dice usted su nombre, por favor?” Pero la próxima vez que me llamen le diré a el/la amable telefonista que no se retire de la línea, que en ese momento me encuentro ocupada; concluiré la tarea en la que tan tranquilamente andaré ocupada antes del inoportuno timbrazo; después le diré que me disculpe unos instantes mientras atiendo una llamada urgente en el móvil y, seguidamente, le anunciaré que, definitivamente y sintiéndolo mucho, estoy francamente saturada de trabajo así que “haga el favor de volver a marcar pasados unos minutos“, aunque en mi intención esté mantener una larguísima conversación con mi cuñada.
Si después de comunicar durante los siguientes tres cuartos de hora le quedan ganas de volver a marcar mi número de teléfono, le diré que aguarde mientras paso la llamada al supletorio del despacho donde tengo todo el papeleo y una vez allí, también yo le preguntaré su nombre y todo lo que considere necesario saber para entablar una conversación con alguien que ha irrumpido en mi casa sin conocerme de nada y sin siquiera saber cómo me llamo. Espero que me deje con la palabra en la boca, cuelgue de una vez y no vuelva a importunarme. No puede fallar.
Mientras, los responsables de marketing de esas compañías diseñan ingeniosos spots en los que presumen de servicios impecables. “¿Qué sonidos tienen?” pregunta la niña del anuncio; nada menos que ¡dos! empleados de la compañía se ponen a su disposición y emiten todo tipo de onomatopeyas para la satisfacción de su pequeña clienta…
¿De qué sirven todos esos spots en los que la gente se comunica sin parar y por doquier, con cara de felicidad y en los que siempre aparecen criaturas, embarazadas, amigos bien avenidos, parejas hiperenamoradas, ancianos atractivos, jefes enrolladísimos y empleados satisfechos, si después, no logran hacer perdurar la magia?
Me quedo con el cuento de la expendedora de cola; por lo menos, luego das un trago y sabes con qué te vas a encontrar. Mónica Daluz / pdf

Editorial. El mundo del revés

Editorial. El mundo del revés
EDITORIAL

Me gusta ese spot que nos muestra un mundo del revés. En un estadio abarrotado de espectadores en cueros, salta al terreno de juego un espontáneo ¡vestido! mientras la poli, también en traje de Adán, reduce al impúdico aficionado. Las cobayas miran, mientras los científicos hacen girar la rueda en el interior de la jaula. El pez chico se come al grande, el conejo saca un mago de su chistera y “caperucita” se merienda al lobo feroz. En efecto, las reglas han cambiado, -como reza el eslogan del anuncio-, y conviene adaptarse a ellas.
La banca está lanzando sus hipotecas inversas, que causan furor entre los jubilados -o segmento senior, que queda más cool-, que cada vez son más y se han propuesto pasarlo en grande mientras puedan. Estas, también llamadas, pensiones hipotecarias están generando, a su vez, nuevos modelos de seguros en los que la compañía aseguradora en lugar de pagar por fallecimiento, paga si, tras el plazo establecido, el contratante aún sigue vivo… Curioso. Todavía más inverosímil son las hipotecas sin intereses, que ofrecen la posibilidad al colectivo musulmán de manejar sus finanzas de acuerdo con los preceptos de la ley islámica, que prohíbe los intereses para préstamos y descubiertos. La banca occidental (Inglaterra ofrece ya productos adaptados al credo musulmán), ajustando sus servicios financieros a las exigencias de la sharia, busca hacerse con un suculento mercado potencial.
La construcción también está revolucionada. En la pasada edición de Construmat, un grupo de prestigiosos arquitectos llamaban a la rebelión al consumidor, al que azuzan para que exija una vivienda diferente (y así les ayudemos a recuperar cierto control sobre sus creaciones y no se aburran con edificaciones estandarizadas). Nos dicen que ahora es el momento, porque la demanda se desacelera y el promotor se avendrá a añadir valor al producto. El mensaje: que mientras las familias cambian, el mercado nos ofrece una vivienda básica que se repite hasta la saciedad; que la diversidad social no encuentra reflejo en las viviendas. El objetivo: atraer a la industria a atender esa adecuación. Para ello, sugieren ingeniosas propuestas basadas en la flexibilidad, la modularidad y la perfectibilidad, persiguiendo la desestandarización o personalización del producto ahora que, de lleno en la era posindustrial, la producción a medida tiene costes razonables.
En fin, quien más quien menos se acomoda como puede y con la mayor originalidad posible a las circunstancias aunque, por alguna extraña razón, al comercio minorista le resulta especialmente complicado detectar la dirección de los cambios. El número que aquí les presentamos incluye un amplio reportaje que alerta de la urgencia de esa reconversión en el sector de la distribución.
El proceso de concentración continúa. Sólo en nuestro sector, en pocos meses han nacido dos empresas fruto de uniones de grupos de compra: Prometheus (Idea Electrodomésticos y Master Cadena) y Óptima (Euronics y Sinersis -que en su día surgió de la alianza entre Milar y Densa Tien21-); y en la gran distribución Eroski se ha hecho con Caprabo. Pero no sólo en la concentración se halla el pasaporte para la supervivencia. Las formas de vida cambian y tal vez mañana compremos de manera diferente. En materia de horarios, por ejemplo, los seniors, que son cada vez más, disponen de mayor tiempo para realizar las compras por lo que es de prever las distribuyan a lo largo de la semana; o si se produjera un boom del teletrabajo, la compra no se concentraría entre las seis y las ocho o nueve de la tarde.
¿Qué veremos? Tiendas “para” en lugar de tiendas “de”. Por ejemplo, me imagino una tienda para runners: allí podremos comprar todo tipo de material deportivo especializado, pero también reproductores de mp3, viajes a New York con inscripción al legendario maratón incluida, diarios deportivos, alimentos y complementos dietéticos para mejorar el rendimiento, planes de entreno a medida, pruebas de esfuerzo en el acto, sillones de masaje… Por supuesto el espacio incluirá minigimnasio para que los más pequeños estén entretenidos mientras los adultos degustan una selección de tés verdes y rojos, con propiedades antioxidantes y quemagrasas en un acogedor comedor-saloncito, al tiempo que charlan sobre su tejemaneje con los hidratos de carbono y las proteínas, y su idilio permanente con el electroestimulador. Entretanto, una pantalla gigante emitirá reportajes que narrarán la hazaña de Filípides y otras proezas.
Jóvenes con ataque de marquitis, cuarentones amantes del revival, cinéfilos, ecoactivistas, padres proestimulación temprana… La pregunta que debe usted hacerse es, ¿quién será mi target? La siguiente pregunta: ¿cómo piensa, como vive, en qué cree y qué anhela? Y al fin: ¿cómo voy a lograr una oferta suficientemente idónea, variada, divertida y transversal para que mis potenciales clientes vengan a pasar la tarde a mi tienda? Diseñe pues un parque temático para adultos. Y no tema parecer excéntrico. A más insólito y descabellado, mayor será el éxito. No tema que los demás piensen que ha perdido el juicio, lo que pasa es que las reglas han cambiado y son demasiados los que en este sector aún no se han enterado. Mónica Daluz / pdf

La vida es juego. De Pac Man a Prince of Persia

La vida es juego. De Pac Man a Prince of Persia
OPINIÓN
TECNORRELATO

72 horas de descanso tras un frenético año de trabajo, me permitieron detenerme a observar… y no sé si será deformación profesional o se tratará de alguna patología esquizoide con manía persecutoria -¡y eso que no le doy a los videojuegos!-, pero el caso es que todo a mi alrededor durante esas tres extrañas jornadas estuvo bañado por lo ciber-virtual, y cuanto vi, toqué y escuché tenía por telón de fondo inacabables secuencias de ceros y unos.
El padre de mi amiga, sesentón ejecutivo para más señas, me explica con excitación que lleva su PSP siempre consigo y a punto para jugar online en plena calle. Aunque, particularmente, creo que piensa que la tecnología va a redimirle de algún modo, a sacudirle usos y costumbres de sus tiempos, y a través de ella reivindica su lugar en una época que también es la suya, en la vana creencia de que su pose de activista tecnológico va a esfumar de un soplo la distancia que le separa de la generación que le sucede. O tal vez sea porque algo le hace pensar que en la sociedad de hoy lo que toca es ser tecnológico, y por lo que sé de él, nunca fue precisamente lo que se dice un revolucionario…
La hija adolescente de mi amiga, que al parecer no tenía suficiente con su flamante “play”, pidió a los Magos, como si tal cosa, una cámara de fotos, un móvil y un reproductor de mp3, lo cual no tendría nada de particular en los tiempos que corren si no fuese porque “la carta” fue idéntica a la del año pasado; y es que los doce meses transcurridos han dejado fuera de juego los gadgets de la Navidad precedente. ¿Cómo iba la chiquilla a apañarse con una capacidad de almacenamiento y un diseño de la colección 2004-2005, hallándose como se halla en el punto álgido de su episodio más severo de “marquitis”, e inmersa como está en la sociedad de la obsolescencia fulminante de bienes? Mónica Daluz / pdf

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OPINIÓN

Tecnorrelatos y más…

La vida es juego. De Pac Man a Prince of Persia

Por Mónica Daluz

72 horas de descanso tras un frenético año de trabajo, me permitieron detenerme a observar… y no sé si será deformación profesional o se tratará de alguna patología esquizoide con manía persecutoria -¡y eso que no le doy a los videojuegos!-, pero el caso es que todo a mi alrededor durante esas tres extrañas jornadas estuvo bañado por lo ciber-virtual, y cuanto vi, toqué y escuché tenía por telón de fondo inacabables secuencias de ceros y unos.

El padre de mi amiga, sesentón ejecutivo para más señas, me explica con excitación que lleva su PSP siempre consigo y a punto para jugar online en plena calle. Aunque, particularmente, creo que piensa que la tecnología va a redimirle de algún modo, a sacudirle usos y costumbres de sus tiempos, y a través de ella reivindica su lugar en una época que también es la suya, en la vana creencia de que su pose de activista tecnológico va a esfumar de un soplo la distancia que le separa de la generación que le sucede. O tal vez sea porque algo le hace pensar que en la sociedad de hoy lo que toca es ser tecnológico, y por lo que sé de él, nunca fue precisamente lo que se dice un revolucionario…

La hija adolescente de mi amiga, que al parecer no tenía suficiente con su flamante “play”, pidió a los Magos, como si tal cosa, una cámara de fotos, un móvil y un reproductor de mp3, lo cual no tendría nada de particular en los tiempos que corren si no fuese porque “la carta” fue idéntica a la del año pasado; y es que los doce meses transcurridos han dejado fuera de juego los gadgets de la Navidad precedente. ¿Cómo iba la chiquilla a apañarse con una capacidad de almacenamiento y un diseño de la colección 2004-2005, hallándose como se halla en el punto álgido de su episodio más severo de “marquitis”, e inmersa como está en la sociedad de la obsolescencia fulminante de bienes?

Unos minutos después del ineludible acto de engullimiento de las doce uvas en Noche Vieja, y como buena vecina, hice una brevísima incursión en el piso de al lado para felicitar el nuevo año y pude contemplar lo que, a priori, parecía una dulce escena infantil: cuatro o cinco diminutos sentaditos en el sofá, todos muy callados, ensimismados diría yo, en fin, ignorándose los unos a los otros, con la atención fija cada cual en su aparato electrónico hábilmente domi nado por aquellas pequeñas manos. Mas tarde, eso sí, les oí hablar de algo relacionado con aquellos juguetes, y lo hacían en una jerga especial que no entendí, y es que ellos, no levantan dos palmos del suelo y ya han entrado en el mundo de las comunidades virtuales que ha de ser seña de identidad de su generación.

Sí, vi cosas muy extrañas aquel día. Unos metros más allá de la escena del sofá, otra criatura movía compulsivamente sus brazos y piernas frente al televisor, como luchando con lo que parecía un enorme ser invisible… hasta que entendí que se trataba de un juego semivirtual en el que los inofensivos muñecos que aparecían inesperadamente por alguno de los márgenes de la pantalla eran hechos papilla por aquel pequeño energúmeno que parecía tener el baile de San Vito.

De buena mañana, en aquel primer y resacoso por excelencia, día del nuevo año, escuche a través del papel de fumar que me separa del primero quinta, cómo aquellos mocosos se levantaron voceando con exigencia que alguien les pusiera la televisión o les conectara la videoconsola, o lo que fuera…; querían su ración de entretenimiento ensimismante, reclamaban su dosis de estimulación visual. La negativa de los adultos, quienes tras armarles con tal arsenal electrónico fiscalizaban ahora su conducta, les irritaba por momentos, y las rabietas en cadena que estallaron en ese escenario de desmadre tecnológico, me hicieron huir despavorida de mi propia casa.

Bajé a airearme un poco y me acomodé al abrigo de un poderoso árbol junto a la Sagrada Familia. Mientras contemplaba aquel monumento centenario tratando de conducir mis pensamientos hacia algún tema de trascendencia universal y alejarme de aquella pesadilla digital que venía pisándome los talones, mis oídos fueron asaltados por la conversación de un grupo de ancianos que charlaban sobre sus teléfonos móviles. Uno de ellos, el que llevaba la voz cantante y el único que se salvaba de la decrepitud manifiesta que emanaban sus contertulios, presumía de haber descifrado con la ayuda de la novia de su hijo, el jeroglífico que para él suponía consumar con éxito -entre otras cosas- la lectura de un mensaje de texto. En esta tesitura y a juzgar por los visos que estaba tomando aquella plática, el corro de octogenarios, que en su día tuvo sus escarceos con los cajeros automáticos, probablemente había puesto ya punto final a su reciclaje tecnológico; no veo yo a los abueletes pillados con, por ejemplo, un videojuego… El mundo virtual de las videoconsolas que tanto seduce a mis adorables vecinos, está construido sobre la base de códigos que les son ajenos, conceptual, visual y narrativamente. Aunque no hace falta ir tan lejos en el tiempo. Al marido de mi amiga, que no pasó del Tetris de salón recreativo allá por los 80, y hoy en plena crisis de los cuarenta y ebrio del desparrame consumista propio de las fechas, le asaltó la necesidad de comprar un juego de los de ahora, para sentir que todavía es un ciudadano de primera clase, que el paso de las décadas no le ha dejado fuera de juego, vaya, que se mueve como pez en el agua también en el siglo XXI… Aquella sesión en la que descubrió que el asunto resultaba demasiado complicado para tratarse de un juego y que le sirvió para reafirmar su preferencia por arquitecturas, digamos, tradicionales, le salió por el módico precio de 50 euros. Memorizar las 144 posibilidades distintas de combinar la docena de botones del mando a distancia y adquirir habilidad con ellos debía requerir, por lo menos, dos meses de entrenamiento. ¿Dónde está la gracia? Para retos ya está la vida misma. El muchacho sólo quería jugar; y hacerlo desde el primer minuto.

Pero la última disyuntiva tecnológica me la contó el cuñado de mi vecina, que hace unos días se decidió a arrinconar definitivamente su PDA y volver a la agenda en papel, para a las 48 horas cambiar de opinión y resolver que se daría otra oportunidad de reconciliación con la tecnología -se encuentra en el mismo periodo existencial que el marido de mi amiga-, y volvió a echarse la PDA al bolsillo, empeñado en utilizar algo que, por lo menos hasta ahora, no le hace la vida más fácil. Creo que aún sigue deshojando la margarita…

Luego está el hermano de mi amiga, que supera a todos los tipos protecnológicos que yo haya conocido, y cuya casa constituye un escaparate de “hardwares” y “softwares” hechos a medida, con todo entre tuneado y pirateado, en fin, digamos que, haciendo un uso creativo y recreativo de la tecnología.

También los hay que se pasan la tecnología por el forro, como la cuñada de mi vecina, que tiene móvil desde hace cuatro días, y a regañadientes… Le envié un SMS. Ni siquiera contestó.

Y es que la tecnología está ahí para que tomemos de ella cuanto queramos y desechemos lo que a la luz de cada cual constituyan sus perversidades, inutilidades o excentricidades. Pero, la pregunta es, ¿hace falta ser un forofo de la tecnología para disfrutar de ella?¿Hay que dominar la materia para hacer de la tecnología un uso libre y placentero, y de bajo coste? Eso, o tener un buen asesor. Yo no tengo problema: se lo pregunto todo al hermano de mi amiga. Pero el consumidor tal vez le pregunte a usted. ¿Está preparado?

Pong fue el videojuego que tres décadas atrás inauguró esta nueva era del entretenimiento electrónico. Asteroids, Pac Man, Tetris o Street Fighter son sin duda algunos nombres que pasarán a la posteridad de la arqueología de una industria que hoy mueve 10.000 millones de dólares.

De la unión de dos mundos, el del televisor y el de la informática, nació el videojuego; era la primera vez que el usuario tomaba el control de lo que sucedía en su pantalla de televisión. Corrían entonces los 70.

Luego, en los 80, los salones recreativos catapultaron los videojuegos hacia el éxito. Se estaba gestando lo que hoy es una forma de ocio masiva y un negocio millonario -y en manos de muy pocas empresas-, motor de las ventas de los sistemas multimedia. El de los videojuegos no sólo constituye el sector de ocio que más crece, sino también el que más dinero genera, por encima del cine, la música o el DVD. En materia de videoconsolas de sobremesa, Sony acapara el mercado con su Play Station (por encima de cualquier previsión, de la PS II hay ya 90 millones de unidades vendidas), mientras Microsoft pasa por encima de la GameCube (próximamente aparecerá la tercera generación, Revolution) de Nintendo (la baza de Nintendo es el modelo portátil DS, que ha arrasado en esta campaña y que cuenta ya con la friolera de 10 millones de usuarios en todo el mundo), con su Xbox 360, concebida para ser el centro multimedia del hogar, con la clara intención de desbancar a Sony en el liderazgo del mercado; aunque de momento, va a ser que no… (las ventas navideñas no han ido como la compañía esperaba) y con la Play Station III al caer, menos (un estudio de Business Week augura unas ventas de 20 millones de PS3 para este año). El caso es que nos encontramos en un momento de recambio generacional que ha desatado una auténtica guerra de consolas.

Las ventas de consolas en España en 2005 han rondado la cifra de 1.800.000 unidades, y somos los cuartos en el ranking de consumo de videojuegos (más de 8,5 millones de usuarios), sin embargo, la producción nacional sólo representa el 0,5 por ciento de las ventas.

Hoy, las “máquinas para jugar” se han convertido en verdaderos dispositivos multimedia de gran capacidad, y los modelos portátiles constituyen auténticas plataformas móviles de contenidos, con interactividad a grandes dosis. Las posibilidades que ofrecen estos aparatos van a traer algunas novedades en el futuro, tanto en materia de publicidad como en contenidos; una de las últimas curiosidades es que la cadena de televisión belga VTM ha estrenado un informativo para la Play Station Portable.

Por otra parte, crece la afición de los usuarios a comprar juegos para los teléfonos móviles. Según la Asociación Española de Distribuidores de Software de Entretenimiento (ADESE), en 2005 esta modalidad ha aportado a la industria española del videojuego unas ventas cercanas a los cien millones de euros (casi una octava parte de su facturación total). Según la consultora GFK, en nuestro país ya hay 1,6 millones de usuarios de videojuegos para móviles. Además, la llegada de los terminales 3G genera optimistas expectativas.

Pero no sólo negocio es el juego. Largo y tendido se ha hablado de la influencia de los videojuegos en niños y jóvenes. Para empezar, jugar es una función vital en el ser humano. El juego es el modo principal a través del cual el niño aprende, favoreciendo, entre otros aspectos, el desarrollo del yo, el desarrollo lingüístico, el social, la capacidad intelectual y las estrategias de resolución de problemas. Pero ¿cómo encajan aquí los videojuegos?

El videojuego constituye en la actualidad, la puerta de entrada de los más pequeños en la cultura informática y de la simulación, pero la velocidad a la que cambian las tecnologías sólo deja margen para consumirlas; no hay tiempo para valorar sus implicaciones y efectos sobre la sociedad, incluso a sabiendas de que -ya lo explicó McLuhan- cada medio de comunicación (y los videojuegos pueden considerarse una forma de medio de comunicación en su modalidad MMOG) produce efectos sociales y psicológicos en su audiencia, así como relaciones sociales específicas y nuevas formas de pensar. Ya en los 70 se intuyó que la evolución de los videojuegos nos traería un nuevo lenguaje cinemático (relativo a movimiento) e interactivo que hoy está definiendo las formas de ficción presentes y futuras. A través de estos nuevos medios obtenemos experiencias vitales multiplicadas en un mundo virtual en el que experimentamos con la trasgresión y hacemos algo fundamental para el ser humano y que la sociedad actual nos niega porque nos lo da todo masticado y porque nos bombardea con mensajes cuya asimilación ocupa todo nuestro tiempo; nos permiten dejar volar nuestra imaginación. Aunque eso vale

sólo para los adultos; los niños no necesitan absolutamente nada para viajar a otros mundos.

Y es que la interactividad lo cambió todo. De igual modo que el cine o la literatura, los videojuegos son una propuesta para viajar a través de mundos imaginarios, sin embargo, sólo estos últimos interactúan con el usuario y ahí radica, para bien o para mal, su excepcionalidad.

En cualquier caso, los videojuegos son un fenómeno cultural imparable que se extiende entre todos los grupos de jóvenes y en su seno nace un fenómeno social todavía en construcción: las comunidades de jugadores. En este sentido, los juegos masivos multijugador online (MMOG) crean universos virtuales donde se reúnen millones de personas. En estos descendientes de los juegos de rol, la partida nunca acaba y tiene vida propia porque la historia continúa cuando el usuario apaga el ordenador, circunstancia que incita a incrementar más y más el tiempo de permanencia frente al mismo.

El caso es que todos los días aparecen estudios que arrojan conclusiones en contra y a favor de los videojuegos, por lo que es preciso mirar con lupa quién está detrás de cada uno de ellos. Pocos dudan de que jugar a videojuegos mejora las habilidades físicas y cognitivas, aunque debemos tener presente que la pretensión de un juego no es hacer más inteligentes o hábiles a los jugadores, sino divertir, sin más, entre otras cosas porque la industria del videojuego tiene su punto de mira en un público adulto: la edad promedio del videojugador está superando los 30 años.

¿Predisposición a la violencia? ¿Adicción? ¿Aislamiento? Ahí está el caballo de batalla de los detractores de esta nueva forma de ocio. Y es que, en efecto, alrededor de dos tercios de los videojuegos para consolas y para salones recreativos, además de un número creciente de juegos para ordenador, pertenecen a géneros cuyo tema se desarrolla en torno a la violencia y, a diferencia de lo que ocurre en el cine o la televisión, los videojuegos no sólo muestran la violencia sino que involucran en ella a quien juega.

Cuando vi a la hija de mi amiga, de mirada dulce y pose recatada, transformarse por completo porque alguien la interrumpió distraídamente, mientras interactuaba con su consola, me quedé estupefacta… aunque ahora recuerdo que a su madre le ocurría exactamente lo mismo cuando, enfundada en su vaquero pitillo se agarraba a los mandos de aquella máquina de salón recreativo como si estuviera pilotando un avión, y no podía evitar soltar una innombrable retahíla de tacos mientras jugaba a aquel inofensivo “comecocos” o coqueteaba con la violencia inocua de matar «marcianitos».

Probablemente la explicación no está en que aquel juego se estuviera adueñando de su voluntad ni nada por el estilo sino que el nivel de concentración requerido es tal que la menor distracción suscita una fuerte reacción de rechazo. Pero lo cierto es que un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Michigan demostró que los videojuegos violentos llevan a la misma actividad cerebral que es característica en los pensamientos violentos, (aunque, seguramente, muchas otras de nuestras acciones diarias desencadenan esa misma reacción).

El verdadero peligro de la contemplación y la implicación como jugador-protagonista, de imágenes violentas (que van desde decapitaciones extremadamente realistas y desmesuradamente ensangrentadas, hasta “hacerse puntos” a base de atropellar ancianas, pasando por limpiezas étnicas o ataques a población civil indefensa), que son, además, perpetradas por tipos guapos y fuertes, héroes en cualquier caso, con quienes deberemos identificarnos en primera persona -en una novela y en el cine somos observadores de algo que otro está haciendo-, reside en la aceptación de esos actos de brutalidad con indiferencia, en la predisposición a aceptar la violencia. Amnistía Internacional presentó en diciembre de 2004 un informe que arroja conclusiones contundentes al respecto: la mitad de los videojuegos (comercializados y disponibles en la red) supone algún abuso de los derechos humanos.

En esa misma dirección apuntan las conclusiones del estudio Jóvenes y Videojuegos: Espacio, Significación y Conflicto, realizado por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción: “… los problemas de los videojuegos están en el establecimiento de un clima de permisividad en el que resulta normal mantener determinados niveles de actitudes violentas, sexistas, machistas, discriminadoras, intolerantes, etc.” En definitiva no se trata de una problema de inducción a la violencia sino más bien de la banalización y degradación del clima ético de los modos de divertirse y del peligro de tener una visión estereotipada y deshumanizada del mundo.

Al hilo de lo anterior, cabe apuntar que se está constando un alarmante incremento de episodios de violencia juvenil urbana contra viandantes, que tienen como finalidad exclusiva la diversión. Las escenas son grabadas con las cámaras del teléfono móvil y distribuidas entre el grupo como prueba de fuerza y poder. En algunos institutos los chicos captan con sus cámaras las desgracias (a veces provocadas) de otros compañeros y las intercambian para la mofa colectiva.

Otro asunto objeto de debate es el componente adictivo de estos productos para el ocio. Cierta adicción es precisamente una de las claves del éxito de un juego, pero éste debe ser trascendente mientras se juega e intrascendente una vez terminado. Generalmente, tras alcanzar el jugador el nivel de ejecución suficiente como para dominar el programa, la atracción disminuye y la afición entra dentro de la normalidad. Según el Departamento de Pedagogía Aplicada de la Facultad de Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona, dedicar un tiempo desproporcionado a esta actividad puede derivar en aislamiento, sedentarismo y provocar estrés, fatiga ocular, malas posiciones y dolores musculares.

Expertos en la materia estiman que el 50% de jugadores de MMOG presentan síntomas de adicción. Pero la adicción no se deriva sólo del hecho de que un juego resulte placentero; para que exista, debe sumarse una carencia de fuentes alternativas de satisfacción.

A estos peligros viene a sumarse el del aislamiento. En plena era de las comunicaciones, la incomunicación se erige en mal por excelencia de nuestra época. La nueva generación de juegos para ordenador y videoconsolas incorpora el uso de micrófonos, audífonos y webcams, y los usuarios pueden comunicarse con los otros jugadores que se encuentren en su misma aventura en línea. Los usuarios de videojuegos, en los casos en que dicha actividad viene a sumarse al uso del correo electrónico, acceso a Internet, comercio electrónico, comunidades virtuales, etc., están trasladando gran parte de su vida social a la red, y si tenemos en cuenta que la principal audiencia de los videojuegos está constituida por niños, varones, de ocho a 14 años, se corre el peligro de fomentar el aislamiento. Así se afirma desde la dirección del Free Standing Behavioural Center del Philhaven Hospital, en EE.UU. La merma de redes sociales hará a estos jóvenes más proclives a los trastornos emocionales, tendrán problemas para comprender y expresarse a través del lenguaje, y les será difícil vincularse a otras personas en el mundo real. Además, en los juegos todo es más fácil que en la vida real; los errores no conducen a consecuencias más allá del fastidio de tener que pulsar la opción “new game”.

La autorregulación del sector y la educación familiar son los puntos clave para minimizar los riesgos y potenciar los posibles usos positivos.

Otros estudios, como el elaborado por la Universidad Europea de Madrid (UEM) y el Observatorio del Videojuego y la Animación, realizado en diciembre pasado y basado en la opinión de 3.000 usuarios, aseguran que el uso de los videojuegos incrementa las habilidades sociales, de trabajo en equipo y de autosuperación.

Los niños entrenados en la cultura audiovisual tienen mayor agilidad oculo-manual que la generación precedente, son capaces de discriminar con más facilidad la información de escasa relevancia -lo cual va a ser muy necesario en las próximas décadas-; se ha observado también una reducción del parpadeo atencional (tiempo que se necesita para detectar un nuevo estímulo, aun cuando el anterior está entrando en escena) y un incremento de la resistencia atencional (tiempo que es posible dedicar a la incorporación de nueva información sin fatiga).

El Departamento de Pedagogía Aplicada de la Facultad de Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona destaca entre los elementos positivos del entretenimiento en cuestión, que los jóvenes jugadores deben asimilar y retener información, tomar decisiones y perseverar para lograr unos objetivos, lo que a su vez, aumenta la autoestima.

Juegos tipo arcade (máquina de salón recreativo), como Pac Man, Mario o Sonic, pueden contribuir al desarrollo psicomotor de la orientación espacial, importante en los más pequeños, aunque conviene limitar el tiempo dedicado a la actividad por sus riesgos de nerviosismo, estrés e incluso angustia. Los juegos de lógica, como el Tetris, desarrollan la percepción espacial, la lógica, la imaginación y la creatividad.

En el mundo de fusiones en que vivimos, la experimentación con mezcolanzas, y más para los artistas, que será porque dirigen una mirada global bajo el prisma del arte y no tienen prejuicios a la hora colocar todo en el mismo saco y combinarlo de los modos más inverosímiles e imaginativos, ha llevado a la confluencia de dos industrias que convergen en la recreación de escenarios que nunca existieron: la del videojuego y la cinematográfica. No hay más que ver las estanterías de los establecimientos, con una vastísima oferta en videojuegos basados en películas; incluso se han estrenado filmes basados en juegos, (adaptaciones que, hasta ahora, han resultado ser un fracaso).

El más famoso hijo de Cincinanati, Steven Spielberg, aconsejó a los creadores de videojuegos durante una de sus múltiples conferencias a lo largo y ancho de su país natal, mejorar el modo de contar historias, el desarrollo de sus personajes y su contenido emocional, elementos que (junto, incluso, a la «jugabilidad») han quedado relegados a favor de las mejoras gráficas y de la acción. El proceso culminará, según el cineasta, cuando llegar, por ejemplo, al nivel 12 nos haga llorar de emoción. Satisfacción, todo lo más, o incluso mejora de la autoestima, pero llorar de emoción por batir el récord en decapitaciones…

Llegados a este punto topamos con el debate sobre si los videojuegos pueden llegar a ser una forma de arte. La emoción que nos genera el arte radica en ser asaltados por sorpresa por estímulos que accionan sus mecanismos y que son distintos para cada uno, porque depende de las experiencias vividas, excitantes o traumáticas, pero a la par, vivencias individuales y, por ello, subjetivas. Un tercero, el artista, nos cuenta una historia en forma de imagen, sonido, olor o sabor, y entonces, el individuo es transportado a un mundo imaginario que es el resultado de la interpretación subjetiva de las sensaciones que el artista propone. Por el contrario, el papel activo del jugador de videojuegos, le otorga el control de la acción y no ha lugar a la sorpresa y, por ende, a la emoción.

Pero otra razón para poner en cuarentena la consideración de igualar el ciber-arte al arte contemporáneo es que éste ha devenido en actividad conceptual, desligándose progresivamente de los soportes o técnicas, mientras que el arte del software se centra con firmeza en su soporte. Si los artistas de los nuevos medios quieren contribuir a la evolución cultural, deberán generar algo más que imágenes y sonidos brillantes, deberán proponer discursos sólidos, esto es, relacionar sus trabajos con ideas.

La investigación de los diseñadores y el arte digital ha conllevado la concepción de nuevos métodos y técnicas figurativas y comunicativas y, sin duda, los contextos de interactividad suponen la superación de las formas lineales de la narración propias del soporte papel o cinematográfico. Pero no hay barrera que logre determinar con certeza qué es y qué no es artístico, porque el mundo de las ideas es un conglomerado de hiperinteracción, donde el arquitecto puede beber de los espacios imposibles creados por el arte digital, y el bailarín puede topar con un movimiento desconocido en esos personajes que desafían todas las leyes del mundo físico. Culturizar, entretener…, en cualquier caso, el arte es emoción. En fin, nacieron siendo un juego pero mañana, ¿quién sabe? ¿por qué negarles el derecho a evolucionar…?

Y hablando de macroconexión, aunque la estructura de red fue alumbrada en Internet, hoy ha traspasado los límites de la World Wide Web para tejerse más allá de lo cibernético; la interconexión de las disciplinas crece exponencialmente y hoy, realidad, cibernética, informática, arte, física cuántica, ocio, comercio, cine, incluso seres humanos…, de alguna manera, formamos parte de un todo que tiene como nexo común la cultura que nos trae la era de las comunicaciones. Sí, también las personas estamos hiladas en esa gigantesca red de conocimiento, y a pesar de que la dependencia de todos con todos es mayor, la acción individual es más eficaz, porque los canales de comunicación están más abiertos que nunca. (Les emplazo a un artículo que profundizará sobre esta cuestión en el próximo número, en esta sección de Opinión).

En cualquier caso, la tecnología nos facilita las tareas cotidianas para darnos el mejor de los regalos, el tiempo, pero a su vez nos acosa con propuestas de ocio con las que llenarlo de nuevo. Es como pagar por una liposucción con el objetivo de comer dobles raciones y de nuevo acudir a un vaciado con el que dejar espacio para poder seguir comiendo, esta vez, el triple, y obtener de ese modo placer por triplicado. Y así sucesivamente. En fin, ahí están las innumerables propuestas de mundos imaginarios y, además, interactivos, que engendran un sinnúmero de personajes inverosímiles, para vivir otras vidas y otros sueños, a veces absurdos, en estos días nuestros en los que para niños y mayores la vida es juego.

Vivir en suspensión y otras teorías de ficción

Vivir en suspensión y otras teorías de ficción
OPINIÓN

En mi época nos independizábamos con lo puesto. Si teníamos dos duros nos los fundíamos en un concierto, y si eran cuatro en una escapada de fin de semana, pero ni hablar de comprar un sofá; los cojines en el suelo eran perfectos para leer un buen libro o escuchar un unplugged con sonido “caja acústica”…, bebiéndonos la vida.
Y ahora vienen los tecno-teóricos diciendo que estamos entrando en la era de los intangibles e incluso auguran el fin del concepto de propiedad tal como lo conocemos hasta ahora. Que si acumular bienes materiales está “demodé”, que si lo que busca hoy el individuo es satisfacer su “yo” psicológico y alimentarse de ideas, que si un nuevo ser relacional y altruista está naciendo, que si está al caer una transformación radical de la conciencia humana y de nuestra propia esencia… ¡Ah! y, por supuesto, todo ello como consecuencia de la revolución tecnológica.
Pues a mí me parece que el imperio del “yo” está más vivo que nunca y lo que veo es que las nuevas generaciones no son nada sin todos esos productos y bienes materiales que les aferran a un vivir cada vez más cómodo que no deja espacio para la improvisación ni para la aventura. Controlar hasta el último detalle -lo que algunos teóricos llaman el “yo terapéutico”, y que emerge a golpe de sesiones de autoayuda y de todo tipo de literatura al respecto, que va desde el psicoanálisis a lo esotérico- tiene el riesgo de crear vidas descafeinadas y aburridamente asépticas.
Invisible, incorpóreo, impalpable, etéreo, inmaterial, intangible… Dicen que ése es el mundo que viene. Por supuesto, sólo para la quinta parte del planeta, que es la rica y que, encima, va camino de conectarse entre ella de tal modo que se aísle del resto de los mortales o, lo que es lo mismo, que todos los demás queden excluidos.
Si hasta ahora nos preguntábamos por nuestra existencia con cuestiones del tipo “quiénes somos” o “a dónde vamos”, la pregunta del hombre de la posmodernidad será: “¿soy individuo o soy nodo?”. Un asfixiante vivir enmallado nos inmovilizará, aunque nos lo vendan, irónicamente, como la liberación del espacio físico en el imperio de la movilidad.
Resulta fácil dejarse llevar por los augurios, bien mirado, descabellados, de los futurólogos tecnológicos, empeñados en pronosticar una huida hacia arriba…; unos románticos, a fin de cuentas, porque su historia siempre tiene final feliz, y en él todos somos pura inteligencia y pura bondad… Yo les cuento:
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OPINIÓN

Vivir en suspensión y otras teorías de ficción

Por Mónica Daluz

En mi época nos independizábamos con lo puesto. Si teníamos dos duros nos los fundíamos en un concierto, y si eran cuatro en una escapada de fin de semana, pero ni hablar de comprar un sofá; los cojines en el suelo eran perfectos para leer un buen libro o escuchar un unplugged con sonido “caja acústica”…, bebiéndonos la vida. Y ahora vienen los tecno-teóricos diciendo que estamos entrando en la era de los intangibles e incluso auguran el fin del concepto de propiedad tal como lo conocemos hasta ahora. Que si acumular bienes materiales está “demodé”, que si lo que busca hoy el individuo es satisfacer su “yo” psicológico y alimentarse de ideas, que si un nuevo ser relacional y altruista esta naciendo, que si está al caer una transformación radical de la conciencia humana y de nuestra propia esencia… ¡Ah! y, por supuesto, todo ello como consecuencia de la revolución tecnológica.

Pues a mí me parece que el imperio del “yo” está más vivo que nunca y lo que veo es que las nuevas generaciones no son nada sin todos esos productos y bienes materiales que les aferran a un vivir cada vez más cómodo que no deja espacio para la improvisación ni para la aventura. Controlar hasta el último detalle -lo que algunos teóricos llaman el “yo terapéutico”, y que emerge a golpe de sesiones de autoayuda y de todo tipo de literatura al respecto, que va desde el psicoanálisis a lo esotérico- tiene el riesgo de crear vidas descafeinadas y aburridamente asépticas.

Invisible, incorpóreo, impalpable, etéreo, inmaterial, intangible… Dicen que ése es el mundo que viene. Por supuesto, sólo para la quinta parte del planeta, que es la rica y que, encima, va camino de conectarse entre ella de tal modo que se aísle del resto de los mortales o, lo que es lo mismo, que todos los demás queden excluidos.

Si hasta ahora nos preguntábamos por nuestra existencia con cuestiones del tipo “quiénes somos” o “a dónde vamos”, la pregunta del hombre de la posmodernidad será: “¿soy individuo o soy nodo?”. Un asfixiante vivir enmallado nos inmovilizará, aunque nos lo vendan, irónicamente, como la liberación del espacio físico en el imperio de la movilidad.

Resulta fácil dejarse llevar por los augurios, bien mirado, descabellados, de los futurólogos tecnológicos, empeñados en pronosticar una huida hacia arriba…; unos románticos, a fin de cuentas, porque su historia siempre tiene final feliz, y en él todos somos pura inteligencia y pura bondad… Yo les cuento:

Afirman los teóricos de la cibersociedad, que “tener cosas” está dejando de ser importante -para quien las tenga, claro…- y que lo verdaderamente trascendente para la vida de las generaciones futuras será tener acceso a las ideas de los demás, pero no al estilo “de tú a tú frente a una taza de café”, sino en un espacio cibernético en el cual cada uno estará inmiscuido hasta tal punto que absorberá y generará conocimiento de manera permanente y devendrá ciudadano de un nuevo espacio social, algo totalizador y alienante para mi gusto, porque allí nos diluiremos los unos con los otros hasta que el individuo deje de serlo para convertirse en una especie de neurona al servicio de un inmenso, más que eso, infinito, cerebro que habita en ninguna parte, y al que ir cediendo todo lo que somos. Es el nuevo contrato social.

Pero, ¿está desapareciendo el mundo material? Sí que es verdad que hoy todo es más liviano… Primero el mercado fue físico, acotado, como acotada era la producción, marcada por el autoabastecimiento, y como acotado y encorsetado era también el comportamiento social, ceñido a las normas de cada época. Más tarde, cuando producción y producto se masificaron, el mercado vino a definirse como “el proceso abstracto de comprar y vender cosas”. Durante todo este tiempo la consigna fue “¡acumula!”, y eso hicimos. Para decepción -o alivio- de aquellos que han pasado su vida persiguiendo el “tener” para “ser”, éstos deben saber que la acumulación resulta incompatible con la velocidad de esta nueva economía en red, en la que incluso la propiedad se vuelve intangible e imprevisible, (desde las patentes sobre genes, hasta la música de usar y tirar: la página de Yahoo lo anuncia como “música portátil sin límite”, no se compra música, sino su disfrute mientras dura la suscripción). Suministradores de ideas y conocimiento, y usuarios que accederán a ellos alumbrarán una nueva forma de pensar sobre las relaciones comerciales, en un mundo en el que la imaginación y la creatividad serán -mejor dicho, son- la clave de la supervivencia.

supervivencia.

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BLOQUE 3

No hay que buscar mucho para encontrar ejemplos de compañías que, como aquel que dice, regalan sus productos con el objetivo de establecer una relación de servicio a largo plazo con el cliente. La migración del producto hacia el servicio es, en muchos sectores, un hecho indiscutible, en una frenética búsqueda de la relación comercial -que sondea distintas fórmulas: suscripciones, leasing, cuotas…- con las que amarrar al cliente, porque la venta es un acto puntual y eso ha dejado de ser rentable.

La estructura en red también está llevando a que las compañías, en lugar de venderse cosas las unas a las otras, establezcan todo tipo de acuerdos y alianzas estratégicas para la cofrabricación, incluso la coactividad, poniendo en común sus recursos en un clima de cooperación antes nunca visto entre competidores, que comparten alegremente hasta, nada menos que sus cadenas de montaje… Y es que la cooperación y la libre circulación de la información, además de ser más rentable es el mejor camino hacia la innovación.

Además, las empresas aligeran su peso por múltiples vías. Según la Equipment Leasing Association, el sector fabril en EE.UU. arrienda más de la tercera parte de toda su maquinaria. La externalización o outsourcing constituye otro de los iconos de esta nueva economía en la que las empresas fabricantes no son unidades aisladas de producción sino una especie de nodo en una red de proveedores, clientes o usuarios, servicios técnicos, etc. Algunos países ya se están posicionando para liderar la externalización empresarial mundial, como India, China, Canadá o Rusia.

Algunas empresas dotan a sus empleados de todas las herramientas necesarias para trabajar en las oficinas de los clientes, en su propia casa o en las salas y despachos de la compañía, bajo reserva; oficina por un día en la que a su llegada todo estará dispuesto a su gusto, foto familiar incluida. Según un estudio de la Harvard Businee Review, IBM ahorró 1.400 millones de dólares en gastos inmobiliarios al cambiar a este sistema de hostelería. Se tiende, pues, a la empresa ligera, aquella cuyo principal activo es la imaginación humana.

Los nuevos mercados necesitan estructuras flexibles, espontaneidad, creatividad, procesamiento en paralelo de la información y retroalimentación; se impone la necesidad de la acción colectiva que, a su vez, generará nuevas conexiones con las que seguir trenzando la red.

En este sentido, ya se baraja un nuevo término que aúna el concepto, cuasi filosófico, de “inteligencia colectiva”, y un nuevo -e indeterminado- modelo de negocio. Es la web 2.0, nueva generación de aplicaciones informáticas, construidas sobre entornos y lenguajes abiertos de programación que, a su vez, actuarían como plataformas sobre las cuales otros desarrolladores e incluso usuarios finales, podrían crear contenidos y servicios.

La cooperación, y no el control, es el cimiento de la mentalidad de la web 2.0, que aboga por la reutilización; casi todos los softwares para web 2.0 trabajan con código abierto, dando lugar a lo que ha venido a llamarse, la innovación en ensamble, principio por el cual el usuario, con la abundante materia prima existe, puede crear valor montándola de nuevas maneras. ¿Constituirá esta concepción un estímulo a la creatividad y la innovación o, por el contrario, la impersonalidad de la creación matará la iniciativa?

Algunas empresas ya se autoproclaman “compañías web 2.0.”, pero la verdaderas compañías web 2.0. serán aquellas que usen una arquitectura de participación y, por lo tanto, deben ser habilitadoras de un contexto en el cual la actividad del usuario pueda tener lugar. Una red formada por web 2.0 se basa en los servicios, no en aplicaciones paquetizadas, siendo la gestión de los datos el centro de la oferta, que se retroalimentará y enriquecerá cuantas más personas la usen, y ello implica confiar en los usuarios como desarrolladores, de manera que la red de conexiones crece como un producto de la actividad colectiva de todos los usuarios de la red. El reto consiste en hallar un modelo de negocio que sostenga estas novedades: las opciones son, el pago por suscripción o confiar en el mercado publicitario -finito, por otra parte- como fuentes de financiación.

Nos encontramos en el principio de lo que algunos aseguran es la entrada de la humanidad en una nueva era de la participación gracias a las herramientas de edición participativas (o wikis) y las nuevas y sencillas técnicas de distribución de contenidos que han disparado el fenómeno blog. La nueva era alimenta nuestro ser espiritual, emocional y mental, y algunos se atreven a afirmar que ello acabará por transformar la conciencia humana. Del mismo modo que el individuo lineal devendrá en nodo, centro permanente de imputs y outputs, de entradas y salidas, de conectividad en definitiva, que le vierten a un vivir fragmentado, la cultura pasa de la linealidad del texto-imprenta a la infinidad del hipertexto, que nos aboca al acceso no secuencial a la información, y nos deja bloqueados por el exceso. La acción de los blogers puede ser un modo espontáneo de ordenar el caos documental que circula en la red y que, sin duda, irá a más. Y es que tener toda la información, sin más, es como no tener nada.

Lo llaman inteligencia colectiva, pero no lo es porque en la inteligencia participa la emoción; se trata de conocimiento transmitido en forma de información. No podemos caer en el error de ser simples abastecedores de la más colosal base de datos de la historia de la humanidad, porque la vida no es sólo información, la vida es, ante todo, emoción.

Pero al final, ni siquiera la tecnología, con todo su potencial embriagador, nos embaucará para dejar de ser lo que somos, para lo bueno y para lo malo, y tras la borrachera del poder de la World Wide Web, su uso sosegado y la participación comedida en la blogosfera será enriquecedora y constructiva y hasta, quién sabe, tal vez sea posible cambiar el mundo, no por otro en suspensión, sino haciendo que éste, sea mejor. Ejemplos hay infinitos en la red. El último, el de un joven realizador español que tuvo una idea, hizo un reportaje al respecto, lo colgó en su web, después se emitió por televisión y el feed back de su blog personal está generando toda una corriente de pensamiento. El reportaje denuncia temas como la pobreza, la injusticia y la insolidaridad, y propone cambiar nuestra actitud en cada detalle de nuestra vida. La paradoja está en el uso de la telaraña mundial como herramienta para llamar la atención sobre la acción individual como motor de cambio.

… Y nos hallamos debatiendo nuevamente sobre propiedad y sobre individuo. Eso me suena. Cada vez que la sociedad repiensa sobre estas dos cuestiones, algo se agita en sus cimientos. El mundo ha oscilado entre el principio igualitario nacido tras la Revolución Francesa, y el culto al individuo y su singularidad; mientras los románticos sentían fascinación por el individuo, el marxismo lo repudió.

Hoy, las relaciones -comerciales, laborales y personales- se entretejen por la vía de la tecnología, y el espacio privado se reduce para construir un entorno más (ciber-)social, aunque, paradójicamente, nos sintamos más solos cada día…; se trata del primer paso para dejar de ser como individuos y pasar a ser una parte del todo. No es fácil ser el individuo único que todos aseguran que se es, cuando se vive y se piensa como lo hace medio mundo. Mientras el universo de la publicidad afirma que sus productos -o sea todo lo que hay a nuestro alrededor, desde un coche hasta el servicio de canguro a domicilio, porque hoy todo nuestro tiempo es tiempo comercializable- están pensados sólo para nosotros, celebra la individualidad y nos regala la personalización, ese mismo entorno comercial que todo lo abarca nos homogeneiza por completo. Es más, se nos requiere para entregarnos a la red al objeto de organizar entre todos, algo que no se sabe muy bien que es, bajo la filosofía de “todos juntos, enriqueciéndonos al unísono”.

¿Un nuevo hombre no interesado en “tener” sino en “conocer”? ¿Consumir conocimiento como eje de la economía posindustrial? La experiencia nos demuestra que siempre hay y habrá para todos los gustos, que no necesidades, porque necesidades, lo que se dice necesidades, hay pocas; la mayoría nos las crea el sistema para vaciarnos el bolsillo.

Pero mientras nos diseñan la economía que viene -por cierto, no estaría mal que los economistas se formasen en la especialidad de Ecología y Medio Ambiente, no para explotarlo mejor, se entiende, sino para preservarlo mejor…-, la mayoría de los humanos muere o malvive, y el resto se da placeres pequeños y grandes… Y aquí, en occidente, el caballo del consumo continúa desbocado. La impaciencia del consumidor se incremente y éste ansía la llegada de la nueva generación de los productos; el período entre deseo y satisfacción se acorta y la rápida obsolescencia del producto conlleva su propia devaluación. Esta aceleración ejerce una presión absoluta hacia la innovación.

Y ese es el fondo de la cuestión. Mientras la producción de bienes tradicionales se desplaza hacia países con mano de obra barata, EE.UU. y Europa han apostado por la economía del conocimiento, basada no en el desarrollo de bienes sino de ideas. Pero, si bien algunos tienen la capacidad de adaptarse con rapidez a las nuevas exigencias de la también nueva economía, éste no parece ser el caso de España. Según el último panel de la innovación de la UE, nuestro país es el único de Europa occidental que ha perdido terreno en dicha materia en los últimos diez años, y Europa, a su vez, pierde fuelle ante EE.UU. Hasta China superará al viejo continente si no se hace algo al respecto.

En nuestro país, la inversión privada en I+D+i es mínima y el fondo del asunto parece ser una cuestión cultural, y es que los españoles somos sumamente reticentes a la novedad y la renovación, además, en el ámbito empresarial, los desarrollos ya existentes no se incorporan. Aunque a corto plazo crecemos el doble que la media europea, no son pocos los analistas que advierten del peligro de una economía basada en el ladrillo. Aquí, en comparación con otros países de nuestro entorno, se produce menos, se trabaja más horas, el nivel salarial es menor, la vivienda más cara, y el nivel educativo no se aguanta en pie. Eso sí, consumir, consumimos como descosidos, la cuestión es ¿hasta cuando? Ahí va un dato sobre nuestro insuperable optimismo: España es el país europeo y uno de los países de todo el mundo donde los consumidores piensan gastar más en ocio y entretenimiento fuera del hogar, vestidos y moda, y productos de nuevas tecnologías, según un reciente estudio de la consultora ACNielsen. Por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, España es el decimoséptimo país más atractivo para los inversores extranjeros de la gran distribución, según un informe elaborado por At Kearney que pone de manifiesto que nuestro país ha perdido atractivo para las inversiones de empresas industriales, (ya que la ampliación de la Unión Europea ha generado la aparición de nuevos mercados más competitivos) y lo ha ganado para las empresas mayoristas y de distribución, hasta situarse como décimo país más valorado por este sector. Este hecho se debe al aumento de los ingresos per cápita y a los ratios de crecimiento que está obteniendo el mercado minorista. El sector de las telecomunicaciones también considera a España como uno de los países más atractivos para la inversión; el décimo.

Las grandes compañías contratan las ideas en Europa, sitúan sus fábricas en China, y sus oficinas comerciales y grandes centros de distribución en países como España -que aquí lo compramos todo-. Pero debemos trabajar para el futuro, (no tan lejano), y la innovación es la clave para la mejora de la productividad. Si la construcción se ralentiza más de lo previsto y entonces el consumo decae y, como consecuencia, el tejido empresarial (básicamente comercial), se hunde; y nuestras empresas no son innovadoras, y por tanto competitivas para ofrecer productos atractivos a mercados exteriores, el panorama es, cuando menos, desalentador.

Pero no podemos quedarnos en el terreno de las ideas. En efecto, no es fácil incorporar la cultura del conocimiento y sistematizar procesos de innovación de modo que sean generadores de riqueza y bienestar. Se trata de llevar la teoría al terreno de la praxis, porque si no lo conseguimos, la economía del conocimiento, por lo que a nuestro país respecta, no será más que una tecno-ilusión, como socio-ilusión fue el marxismo, o educa-ilusión ha sido la Logse.

Crear cosas que todavía no existen. Esa ya no es la necesidad de la sociedad que viene, es la urgente necesidad de nuestro país, ahora. Pero las grandes empresas españolas son financieras o constructoras y no necesitan investigar, con mayúsculas. Confiemos pues en las spin-off para sacarnos de este atolladero… Pero, claro, para eso deberíamos tener una generación formada para la ocasión. ¿Está el sistema educativo adaptado para formar para la innovación? ¿Se está preparando a las nuevas generaciones, las del “copy & paste,” para que fabriquen ideas de valor? Rotundamente, no. Y no lo digo yo, lo dice el famoso informe PISA.

En fin, cierto es que el mercado se transforma, que el conocimiento es nuestro valor más preciado, como lo ha sido siempre -sólo hemos de echar un vistazo a la historia de la humanidad: ciencia, arte, literatura…-, pero ahora discurre por nuevos canales, más accesibles y flexibles; y de que los intereses colaborativos y participativos constituirán importantes fuerzas que empujarán a hacer de ésta una sociedad mejor, no cabe duda. Pero que no nos vendan que la nueva economía en red nos eleva a una existencia mística que nos lleva a la superación de nuestra naturaleza material para liberarnos del mundo terrenal, fundiendo al individuo en una gran masa de conocimiento y participación que dé origen a un ser cien por cien social…, entre otras cosas porque, mientras nos embelesamos con la ciber-ficción, alguien habrá acechando para capitalizar todo ese conglomerado de ideas y buscará -o tal vez lo haya conseguido ya- monopolizar las infraestructuras físicas por las que nuestro nuevo alimento ha de discurrir.

Sentada en un vagón del metro barcelonés, escucho las inquietudes de las dos sudamericanas que viajan en mi misma hilera de asientos. Sus angustias y también sus ilusiones, son muy terrenales. Platican sobre sus respectivos “papeles” -y no me refiero a los que han traído de cabeza a todo el país, el tema no les interesa lo más mínimo-; planean un paseo por el centro comercial; e intercambian sus números de teléfono móvil. Por cierto, una de ellas le cuenta a la otra que este año sí viajará para ver a sus hijos. De pie, un grupo de estudiantes ríe sin parar, mientras hablan de sus cosas; lo hacen mezclando las lenguas de aquí, y entre frase y frase, a la rubia del Erasmus le chapurrean un escueto inglés. No dejan de enviar SMSs; prefiero no opinar con respecto al “lenguaje” que están utilizando… Un hombre, con apariencia árabe, que lleva en la mano un libro en francés, mira a los chavales. Yo le miro a él, y al hacerlo rememoro el indescriptible color de la luz del desierto africano donde anduve una vez. Mis ojos se humedecen. La puerta se abre. Me bajo.

Delante de mí caminan dos mujeres “nacionales” de parecida edad. Entre las dos deben sumar unos 120 años y sus preocupaciones versan sobre los bajos de los pantalones y otras costuras, y además están que trinan porque no les llega la señal de TDT. También hablan de hacer un viajecito a su tierra de meigas, su otra tierra, y también intercambian sus números de móvil. Por lo que a mí respecta, prefiero quedarme aquí, con todos ellos, y esperar con curiosidad la llegada de terceras y cuartas olas de gentes diversas; primero, porque el mundo está ahí para todos y, segundo, para seguir enriqueciendo mi espíritu con sensibilidades venidas de otros lados, y no a través del ciberespacio, sino de la expresión contundente y del gesto leve, de las palabras dichas y de las calladas, de nuevos aromas y de insólitas fábulas. ¿Emigrar al ciberespacio? Pues con billete de vuelta…, que lo bueno está aquí abajo. Cada cosa, a su tiempo. Les aseguro que entre un chat de mi tema preferido ante miles de cibernautas sin rostro y un par de huevos fritos en buena compañía, de carne y hueso, me quedo con los huevos… pero, sobre todo, con la compañía…

De falacia en falacia ¿Quién es ahora el rey?

De falacia en falacia ¿Quién es ahora el rey?
OPINIÓN 

¿Quién propone y quién dispone en este mundo de mercadeo sin fin? El poder pende de un equilibrio de fuerzas repartidas que van y vienen, y hoy el consumidor, con su peregrinaje a las grandes cadenas de distribución deposita cada día su voto por un modelo de vida, supuestamente moderno y, sin querer, con su elección sentencia su propia libertad.
Casi nos lo habíamos creído. Nos contaron que el consumidor estaba al mando, que el mercado se movía tras de él; pero eso no es exactamente así.
El poder de negociación de las grandes cadenas de distribución frente a los fabricantes ha aumentado drásticamente y éstas presionan a los más pequeños, que han adoptado, por fuerza, una posición de dependencia.
Ni siquiera los grandes fabricantes se libran de los dictados de la gran distribución, que en más ocasiones de las que quisieran, les “sugieren” qué productos fabricar, cómo fijar sus precios, cómo hacer la promoción de sus productos, cuándo y dónde expedir la mercancía, e incluso cómo reorganizar y mejorar la producción y la gestión.
Veamos algún ejemplo. El sector librero se asfixia por momentos, mientras la gran distribución decide por nosotros qué leer: el 51% de los ejemplares vendidos en 2005 se han comprado en las grandes cadenas de librerías (El Corte Inglés -que acapara el 15% del mercado total-, FNAC…) y en hipermercados y supermercados, destacando Carrefour, cuyo departamento de libros registra crecimientos anuales del 20%.
Miren las agencias de viajes; lo último es que Lidl vende, en Baleares, vales canjeables por billetes de avión de la aerolínea alemana de bajo coste Air Berlín (el pasado marzo la Asociación de Agencias de Viajes de Baleares denunció esta situación ante la Consejería de Turismo de esta comunidad).
El sector agrario ya no sabe qué hacer ante las exigencias de las grandes cadenas. «La gran distribución es hoy hegemónica en la cadena agroalimentaria; es la que marca la pauta y la que impone las condiciones», declaró hace algunos meses el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, en el acto de inauguración del II Congreso de la Federación Andaluza de Empresas Cooperativas Agrarias (Faeca), en Almería.
Y si hablamos del sector textil, que se desmorona por momentos, vemos claramente quién se está beneficiando del abaratamiento de los productos importados, que desde luego no es el consumidor. Mónica Daluz / pdf

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OPINIÓN

De falacia en falacia ¿Quién es ahora el rey?

Mónica Daluz

¿Quién propone y quién dispone en este mundo de mercadeo sin fin? El poder pende de un equilibrio de fuerzas repartidas que van y vienen, y hoy el consumidor, con su peregrinaje a las grandes cadenas de distribución deposita cada día su voto por un modelo de vida, supuestamente moderno y, sin querer, con su elección sentencia su propia libertad.

Casi nos lo habíamos creído. Nos contaron que el consumidor estaba al mando, que el mercado se movía tras de él; pero eso no es exactamente así.

El poder de negociación de las grandes cadenas de distribución frente a los fabricantes ha aumentado drásticamente y éstas presionan a los más pequeños, que han adoptado, por fuerza, una posición de dependencia. Ni siquiera los grandes fabricantes se libran de los dictados de la gran distribución, que en más ocasiones de las que quisieran, les “sugieren” qué productos fabricar, cómo fijar sus precios, cómo hacer la promoción de sus productos, cuándo y dónde expedir la mercancía, e incluso cómo reorganizar y mejorar la producción y la gestión.

Veamos algún ejemplo. El sector librero se asfixia por momentos, mientras la gran distribución decide por nosotros qué leer: el 51% de los ejemplares vendidos en 2005 se han comprado en las grandes cadenas de librerías (El Corte Inglés -que acapara el 15% del mercado total-, FNAC…) y en hipermercados y supermercados, destacando Carrefour, cuyo departamento de libros registra crecimientos anuales del 20%. Miren las agencias de viajes; lo último es que Lidl vende, en Baleares, vales canjeables por billetes de avión de la aerolínea alemana de bajo coste Air Berlín (el pasado marzo la Asociación de Agencias de Viajes de Baleares denunció esta situación ante la Consejería de Turismo de esta comunidad).

El sector agrario ya no sabe qué hacer ante la exigencias de las grandes cadenas. «La gran distribución es hoy hegemónica en la cadena agroalimentaria; es la que marca la pauta y la que impone las condiciones», declaró hace algunos meses el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, en el acto de inauguración del II Congreso de la Federación Andaluza de Empresas Cooperativas Agrarias (Faeca), en Almería. Y si hablamos del sector textil, que se desmorona por momentos, vemos claramente quién se está beneficiando del abaratamiento de los productos importados, que desde luego no es el consumidor.

Pero si quedaba un resquicio para la libertad, y que se hallaba, por su puesto, en la Red, ya podemos irnos olvidando… Causa furor en EE.UU., donde cuenta ya con más de 50 millones de blogs y genera más del doble de tráfico que Google. Hablamos de la red social My Space, que incorpora nuevos usuarios a un ritmo de 250.000 al día. Su crecimiento es ya más rápido que la blogosfera tradicional (sí, he dicho tradicional, aunque se trate de un fenómeno para muchos aún nuevo, incluso, desconocido…) Sólo tiene dos años de vida, y de manera espontánea comenzó a ser utilizado por músicos y aficionados a la música, por lo que sus creadores pronto añadieron herramientas específicas para este colectivo; ya son un millón los que promocionan su música en este site, que hace unos meses fue adquirido por el magnate australiano Rupert Murdoch por 580 millones de dólares. Grupos desconocidos han pasado del anonimato al estrellato gracias al intercambio de temas en esta red y a los comentarios entre los adolescentes, lo cual da una idea de la magnitud de su potencial. Micosoft no ha tardado en lanzar su versión, el MSN Spaces, llevando estratégicamente a los chicos, del Messenger al MSN Spaces con total naturalidad. La asombrosa manejabilidad de estas páginas y la idoneidad de sus herramientas para con su target, ha logrado que la blogosfera adolescente se arremoline virtualmente en los entornos “espaces”. Los creadores de estos espacios de contactos sociales, que se propusieron engendrar el portal de la próxima generación, escucharon con atención las demandas de los internautas y han sabido crear exactamente aquello que ellos quieren. Y eso es bueno… Pero a la vista de las condiciones que figuran en la letra pequeña del contrato, seguro que no tardará en editarse un recopilatorio con las canciones inéditas colgadas en esos espacios, o un álbum de fotos de los usuarios, que pierden todos sus derechos sobre los contenidos colgados. Murdoch y Gates, cuyas empresas ostentan el copyright de los contenidos, a forrarse, y millones de usuarios a… fastidiarse.

Y es que una vez comprobado el poder emergente del consumidor, y que se fundamenta en las nuevas posibilidades de comunicación en sentido horizontal y ascendente, se sofistican las técnicas para enamorar, las más de las veces, engatusar otras tantas.

¿Quién propone y quién dispone en este mundo de mercadeo sin fin? El poder pende de un equilibrio de fuerzas repartidas que van y vienen, y que hoy el consumidor, con su peregrinaje a las grandes cadenas de distribución deposita cada día su voto por un modelo de vida, supuestamente moderno, y sin querer, con su elección sentencia su propia libertad.

Y es que la gran distribución se nos muestra amigable y cercana, y recrea para nosotros la ilusión de un mundo de ensueño a nuestro alcance. Nos lo pone fácil para que nos entreguemos sin condiciones y sucumbamos a sus encantos.

Hasta hace algún tiempo los hipermercados actuaban como locomotoras de los centros comerciales, mientras hoy son los locales de ocio y la restauración las propuestas que atraen al público, y ha sido a través de esta necesidad vital de nuestros días, la diversión, a base de magnos estímulos visuales y auditivos, unidos a los placeres del estómago, como se ha logrado crear el estado de euforia propicio para dejarnos llevar por nuestro incontrolado impulso consumista. Y, además, caemos en la trampa de pensar que la nuestra ha sido, de todas todas, una compra racional, que somos de lo más avispados, y nos vamos a casa, tan contentos…

Un reciente estudio llevado a cabo por Banco Cetelém asegura que, a pesar de ver con menos optimismo del habitual la situación económica que nos rodea, los españoles tenemos toda la intención de seguir gastando nuestro dinero en ocio y restauración, y ya saben, cuando hablamos de ocio, hablamos también del sector “electro”..

Pero volvamos al punto de partida de este entramado de reparto de poderes… En esto de discernir quién controla a quién hay dos clases de personas: las que piensan que sólo los más grandes tienen el control, y aquellas que sostienen que las nuevas tecnologías (que, por cierto, también pertenecen a alguien) van a invertir el natural proceso del poder y no van a ser las fuerzas económicas, sino el dominio de las nuevas tecnologías el elemento que incline la balanza, empecinándose con verdadera devoción en asegurar que éstas llevaran el poder a manos del consumidor. Seguramente, escépticos u utópicos, todos tienen su parte de razón y tal vez en ese permanente «tira y afloja», o sea, en el equilibrio de las distintas fuerzas que convergen en el mercado, se halle el secreto de lo justo…

Y, hablando de justicia; se ha hecho público el ranking de las empresas más “responsables socialmente”, en función de su informe de RSC donde dan cuenta de las acciones y proyectos con los que mejorar el bienestar de la comunidad y de los empleados, entre otros parámetros. ¡Qué casualidad!, en el susodicho listado figuraban las empresas más importantes del país, las que más facturan, las que más empresas compran… –¡Cómo debe ser!–, pensé al leerlo; –los grandes comprometidos pueden ser lo mejor que nos ocurra…–. Días después charlé con un amigo, empleado de una de esas compañías –que ocupaba un digno puesto entre los 30 primeros…–, y durante la velada, cuando la conversación nos llevó por derroteros laborales, hizo una rotunda y escalofriante aseveración: “nosotros, -dijo refiriéndose a los trabajadores- no importamos…”. Esa era su percepción desde dentro… Entonces ¿es el informe de RSC otra falacia?, ¿un lavado de imagen? Da la impresión de que, al final, todo se reduce a una cuestión de marketing…

Aunque parezca que las habilidades para disfrazar la realidad no son novedad en nuestro pequeño mundo de “todo está en venta”., los magos de la comunicación nos siguen sorprendiendo.

Pasamos ya buena parte de nuestra vida en ese nuevo espacio virtual a que nuestra pantalla de ordenador nos da acceso. Eso lo cambia todo. Y si nuestra manera de consumir cultura, de comprar, de entretenernos y de relacionarnos ha cambiado ¿quién será el primero en adaptarse a la nueva situación? Todos deberían hacerlo, pero son la publicidad y el marketing los sectores que con más atención e imaginación observan los mercados tratando de sintonizar más y mejor con las nuevas percepciones.

En su búsqueda por aproximarse al consumidor y mejorar su experiencia con él, las empresas multinacionales están sustituyendo a los renombrados creativos de las agencias por la creatividad de los propios consumidores. Repasemos: con los spoof adds, que comenzaron siendo spots en tono de parodia puestos en circulación vía Internet por usuarios con capacidades creativas y tecnológicas, muchas de las marcas que los inspiraron han visto incrementar su notoriedad. Estas iniciativas espontáneas cargadas de humor e ironía, perseguían la ruptura con el código tradicional de que es la marca la que impone un estilo comunicativo. Recordemos que Apple adoptó como publicidad oficial del iPod, un spoof add de un fanático del aparato…

Hoy, las grandes compañías piden la colaboración del consumidor para sus campañas, creando así una relación más transparente con él. Es el caso de Adidas, que ha desplegado grandes paneles blancos en el barrio neoyorquino de SOHO invitando al transeúnte a expresarse gráficamente; la presencia de la marca tan solo queda patente, a través de un pequeñísimo logotipo.

¿A que más de una vez, para salirse usted con la suya, le ha hecho creer a alguien que aquella brillante idea que en realidad era de usted, se le había ocurrido a su interlocutor? Así es como tratan a los niños ¿no? El último ejemplo de “me parodio a mí mismo en un vídeo con aspecto de ‘esto es un spoof add’, lo cuelgo en una web ficticia anti ‘mi marca’, y a ver qué pasa…” es la campaña de marketing viral de la MTV, con el vídeo “Amo a Laura”, que ha recorrido los blogs como si fuera pólvora y nadie pensaría al verlo que se trata de un trabajo profesional (de contrapublicidad, por supuesto); para abundar en tal falacia el vídeo permite ser modificado por los internautas y las versiones se multiplican por momentos.

La cuestión es que la empresa quiere desaparecer, porque el consumidor rechaza la publicidad oficial; se siente de algún modo intimidado por ella. Y mientras unos apuestan por los grandes logotipos para lograr el recuerdo, otros minimizan la presencia de la marca, sutilizándola, de modo que parezca que el es propio cliente quien habla.

Que el consumidor es quien publicita la marca, que son los usuarios entre ellos quienes se convencen los unos a los otros de que nuestra marca es la mejor… Es el sueño de todo aquel que vende algo… Y por ahí van los tiros de marketing que viene: romper con la relación clásica consumidor-objeto de consumo. Ciertamente enrevesado: hacer que no se note que tu objetivo es vender, aun a sabiendas de que tu interlocutor sabe que vives de la venta de tus productos, y esperar que en algún momento del acto de compra piense que lo único que deseas es lo mejor para él… El caso es que hoy, cuando el poder se desplaza hacia la distribución, el fabricante necesita al consumidor como aliado; flirtea con él y lo agasaja porque sabe que, gracias a los nuevos canales de comunicación, es capaz de hundir una marca a golpe de blog o incluso, más sencillo, de SMS. La credibilidad y confianza que se establece entre internautas en general y entre bloggers en particular es la base para que la Red sea un canal de difusión potentísimo. Así que las marcas no tienen más remedio que darnos lo mejor, segmentando la oferta hasta límites que aún hoy desconocemos, por lo menos en la forma, en esta jungla en la que todos se juegan el todo por el todo para sobrevivir, en una dinámica imparable de adaptación al medio.

Pero en este caso, la evolución constituye un acto consciente y las empresas saben que en sus manos, y no en otra parte, está el virar a tiempo para cambiar el curso de su historia…

El aporte real de las inversiones en marketing en los resultados de la empresa es incierto y en España el mundo empresarial adolece de un enfoque excesivamente centrado en las ventas y en los objetivos a corto plazo porque no puede permitirse el lujo de poner empleados cualificados a trabajar en oportunidades de futuro. Pero, ¿cuál es la única fuente de ingresos de una empresa? los clientes. Y, ¿quién «gestiona» los clientes?, el departamento de marketing. El sector reclama nuevos indicadores que midan la eficacia del marketing pero, entre tanto, conviene centrarse en el cliente (Kotler lo llama «consumer insights») a largo plazo (Marthe Rogers define el concepto como «customer lifetime value»), porque el mercado está atiborrado de productos y de dinero ávido por circular; sólo hay un bien escaso: los clientes.

Las empresas buscan caminos más seguros o, por lo menos, más medibles, para alcanzar sus metas. Es lo último en gestión del conocimiento. Se llama benchmarking y consiste en basar la estrategia empresarial en un enfoque de “vigilancia del entorno”, con el que detectar qué empresas están utilizando prácticas y procedimientos con resultados que pudieran ser considerados como excelentes y si su forma de proceder pudiera reportar mayor eficacia en la propia organización. Sus “seguidores” quieren dejar muy claro que no se trata de copiar ni de espiar sino de aprender de los mejores. El benchmarking surge del desconcierto que ha generado la multitud de factores que hoy inciden en el comportamiento de los negocios, tales como la aceleración del cambio tecnológico, el cambio en los hábitos de consumo de la demanda, la internacionalización de los mercados, o la dinamización del ciclo de vida de los productos. Hoy, y más en el futuro, las metas de las empresas deben apuntar a lo cualitativo; las estrategias de producción -enfocadas a lo cuantitativo- pierden importancia frente a otras que aporten flexibilidad, seguridad de entrega, conocimiento de los procesos, innovación, calidad total y protección del medio ambiente. La necesidad de las empresas es incrementar su capacidad para desarrollar y producir productos con más rapidez y con mayores niveles de calidad, y el exhaustivo conocimiento del mercado se erige en vehículo del éxito.

¿Nos hallamos en el punto de equilibrio en el reparto del poder? Tendremos que esperar algún tiempo para contestar con certeza a esa pregunta. Una cosa es clara y es que la concentración de la distribución conlleva que quien debiera ser el verdadero protagonista del mercado, el consumidor, que es quién lleva a cabo, en última instancia, el acto de compra, tenga menos establecimientos entre los que escoger.

Desde el punto de vista del consumidor, los grandes centros comerciales aportan indiscutibles ventajas, pero éste, en su dimensión de individuo, deberá reflexionar y hacer su apuesta por el comercio tradicional si desea mantener en nuestras calles el aroma inconfundible de país latino, y seguir disfrutando de las aceras rebosantes, y estremeciéndose con el jolgorio de las gentes. Y es que el comercio tradicional, en sus formas de mercados de distrito o zonas comerciales de barrio, deviene en socializador emocional, constituyendo uno de los pocos lazos que al ciudadano de la gran urbe le quedan, que le aferran a su entorno. Sí, deberá elegir el comercio tradicional si quiere dejar a las generaciones futuras ciudades amigables y humanizadas, pero sobre todo, deberá pronunciar un sí rotundo al comercio tradicional si quiere, verdaderamente, seguir siendo el rey.

Editorial. Y hasta aquí…, puedo leer

Editorial Y hasta aquí…, puedo leer
EDITORIAL

Cerramos el año con un número especial dedicado íntegramente a la información sobre producto (que incluye, además, la sección Actualidad), a través de un extenso escaparate a modo de catálogo. Un número con un contenido especialmente visual, en sintonía con los días que vivimos, días a todo color, días bañados por las luces de neón que hoy comparten el paisaje urbano con largas ristras de bombillas al más puro estilo tradicional.
En estas últimas semanas del año, siempre solemnes, más por los nuevos proyectos que nos autoasignamos, indefectiblemente y sin que la experiencia de compromisos incumplidos sirva de escarmiento, que por los que se clausuran con la expiración del año; y siempre excitantes, ya sea por pasar algún día más de vacaciones o por el contagio generalizado de ese nerviosismo que fluye en el ambiente en los momentos de máximo apogeo de delirio consumista; en estas últimas semanas, decía, he oído a los fabricantes decir de todo sobre ustedes, los distribuidores. Les cuento.
Algunos parecen haber tirado la toalla. ¿Derrotistas o realistas? En cualquier caso son aquellos que aseguran que el punto de venta es el eslabón de la cadena en el que más sinergias -y, por ende, oportunidades de negocio- se pierden, y que falta ánimo para explotar las posibilidades que ofrece ese espacio privilegiado en el que se desarrolla la última transacción comercial, la venta al consumidor final. En resumen, y por poner un ejemplo, ¿cómo se pueden vender televisores preparados para la alta definición si no se atiborran los lineales de aparatos emitiendo contenidos en dicho estándar?, ¿cómo prescribir un home cinema si no se brinda en el punto de venta la posibilidad de tener una experiencia auditiva 5.1?
Después están los optimistas, que creen fervientemente en que otro modelo de distribución es posible frente al que parece imponerse en el resto del mundo, y predican, para quien quiera escuchar, que el compromiso debe primar sobre la oportunidad, y no por cuestiones éticas, que también, sino por pragmatismo y como estrategia de garantía de rentabilidad con la que atajar la progresiva tendencia a cero del valor del mercado.
También los hay relativistas. Éstos hacen de la selección natural su bandera y aducen que la distribución que no se adapte completa e inmediatamente al consumidor, entrará, si no lo ha hecho ya, en un coma irreversible.
Pero aún hay otro perfil. Hablar con ellos resulta francamente conmovedor. Son aquellos que, si lo que venden son frigoríficos, te hablan, con los ojos chispeantes y el semblante jubiloso, de la vivencia irrepetible que el usuario experimentará al abrir un magnífico dos puertas, y del momento de inspiración culinaria que le embargará y que dará como resultado platos muy distintos unos de otros según sea la disposición de las bandejas contenedoras de los alimentos, o la incidencia de la luz sobre los mismos, por no hablar del tacto, texturado y cálido, del tirador… Es precioso…, pero ¿se imagina, amigo comerciante, vendiéndole a su cliente, inspiración…?
Entre tanto, ustedes se alían entre sí. Bien hecho. Pero alíense también con quienes son, al fin y al cabo, sus compañeros de viaje, los fabricantes, y no descuiden observar muy pero que muy de cerca al consumidor. Y, por si acaso, vayan formándose, además de en tecnología, en un nuevo terreno por explotar, el emocional…. Ah, y no dejen nunca que se les muera la ilusión. Para unos y para otros, ahí estaremos nosotros, dándoles todos los detalles…
Nuestro próximo número, el primero del año y, como es habitual, conjunto para los dos primeros meses, viene colmado de novedades y sorpresas. Nuevo diseño y nuevas secciones hilarán un producto hecho, como reza nuestro eslogan, con rigor y a su servicio. Tenemos una cita a primeros de febrero. Hasta entonces, en nombre de todo el equipo de En Línea 2000 y en el mío propio, les deseamos que disfruten de unas felices fiestas y unas mejores ventas.  Mónica Daluz / pdf

Calor de hogar. Cuestión semántica

Calor de hogar. Cuestión semántica
OPINIÓN
TECNORRELATO

Ahora se llama “inteligencia ambiental”. Lo de domótica no suena lo suficientemente emocional para el lenguaje publicitario-comunicativo que gastamos en los tiempos que corren, y no digamos, “automatización”, que es, a fin de cuentas, el origen del concepto.
“Nombres abstractos” y “nombres concretos”. Así clasificábamos en el colegio los sustantivos. Entonces se llevaba ser pragmático; lo abstracto, y hasta lo surrealista, quedaba para bohemios y otros rebeldes. Hoy, sin embargo, nos movemos en el plano de lo retórico y buscamos conmover con la palabra, en un mundo de sensibilidades y susceptibilidades en el que se dice “línea de expresión”, para no decir “arruga…
Los lingüistas y psicólogos, y viceversa, aseguran que las palabras condicionan las ideas, y viceversa. Todos jugamos a disfrazar los conceptos, lo cual requiere un interesante ejercicio de discernir las apariencias de las realidades. El arte del eufemismo, esa “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”, como lo define la Real Academia, se ha convertido en un ingenioso entretenimiento hasta para aquellos que nunca habían entrado en el juego dialéctico. Ustedes ya saben a qué me refiero.
Es época, pues, de descifrar mensajes y adivinar qué intención se esconde tras cada término, porque, aunque cada cosa es lo que es y cada palabra designa un concepto preciso, el contexto y el hablante son, a veces-unas más que otras-, determinantes. Hoy, en el tablero de juego nos toca escudriñar la diferencia entre, por ejemplo, “indefinido” y “permanente”, o entre “voluntad popular” y autodeterminación”. Pero dejemos el asunto, de momento, para los políticos…
No sé si permanente, pero desde luego bastante indefinida e imprecisa fue la conclusión que obtuve tras vivir la historia de encubrimientos y disimulos que les cuento a continuación; una historia de ficción, basada, para colmo de la apariencia, en un hecho real… Me cito en su propia casa, con un experto -al que llamaremos “Z”- en esta nueva disciplina que busca entrar a fuerza de irle renovando el nombre, pero que al final entrará, como todo lo demás, sólo por dictado de los mercados: la domótica. Mónica Daluz / pdf

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OPINIÓN

¿Calor de hogar? Cuestión semántica

Por Mónica Daluz

Ahora se llama “inteligencia ambiental”. Lo de domótica no suena lo suficientemente emocional para el lenguaje publicitario-comunicativo que gastamos en los tiempos que corren, y no digamos, “automatización”, que es, a fin de cuentas, el origen del concepto.

“Nombres abstractos” y “nombres concretos”. Así clasificábamos en el colegio los sustantivos. Entonces se llevaba ser pragmático; lo abstracto, y hasta lo surrealista, quedaba para bohemios y otros rebeldes. Hoy, sin embargo, nos movemos en el plano de lo retórico y buscamos conmover con la palabra, en un mundo de sensibilidades y susceptibilidades en el que se dice “línea de expresión”, para no decir “arruga”…

Los lingüistas y psicólogos, y viceversa, aseguran que las palabras condicionan las ideas, y viceversa. Todos jugamos a disfrazar los conceptos, lo cual requiere un interesante ejercicio de discernir las apariencias de las realidades. El arte del eufemismo, esa “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”, como lo define la Real Academia, se ha convertido en un ingenioso entretenimiento hasta para aquellos que nunca habían entrado en el juego dialéctico. Ustedes ya saben a qué me refiero. Es época, pues, de descifrar mensajes y adivinar qué intención se esconde tras cada término, porque, aunque cada cosa es lo que es y cada palabra designa un concepto preciso, el contexto y el hablante son, a veces -unas más que otras-, determinantes. Hoy, en el tablero de juego nos toca escudriñar la diferencia entre, por ejemplo, “indefinido” y “permanente”, o entre “voluntad popular” y “autodeterminación”. Pero dejemos el asunto, de momento, para los políticos…

No sé si permanente, pero desde luego bastante indefinida e imprecisa fue la conclusión que obtuve tras vivir la historia de encubrimientos y disimulos que les cuento a continuación; una historia de ficción, basada, para colmo de la apariencia, en un hecho real…

Me cito en su propia casa, con un experto -al que llamaremos “Z”- en esta nueva disciplina que busca entrar a fuerza de irle renovando el nombre, pero que al final entrará, como todo lo demás, sólo por dictado de los mercados: la domótica.

Tanta inteligencia me sobrecoge y, no sé por qué, me hace sentir escalofríos. Todo es invisible, aunque el entendido dice que todo es “natural”. Yo no veo nada, todo está escondido, pero a mi entrevistado le brillan los ojos y gesticula con grandilocuencia cuando asegura que aquello es tecnología humanizada. Me dice que así, camuflando el hardware e incrustándolo en los objetos cotidianos, los entornos se nos antojan más amables. Por supuesto, este concepto ya tiene nombre: utilización percibida. Éste puede ser el punto de partida para redefinir el diseño de los espacios… y por ahí andarán también los rasgos del diseño tecnológico del mañana en la era de lo que algunos expertos llaman “el homo digitalis”. La invisibilidad y la hibridación creciente de los aparatos vendrán acompañadas de la posibilidad de diseño participativo de código abierto; llega el tiempo del posdiseño y, con él, la fusión entre estética y tecnología.

Y es que hoy nada es porque sí, todo se sustenta (o se justifica) en algún concepto filosófico, más o menos pomposo, salpicado de términos de siempre pero usados sorprendentemente y combinados con perspicacia, incluso de otros nuevos, creados “licuando” viejas palabras y novedosamente “horneadas”.

Volvamos a la casa. En el amplísimo pasillo interactué con una baldosa. Era una gran pieza de cerámica que mi anfitrión definió como “integrada” en el ambiente. Tenía razón; un poco forzada, pero, ciertamente, integrada. La baldosa funcionaba como una interfaz entre el usuario y la instalación domótica de aquella extraña casa, y unos sencillos dibujos, como para niños, definían los distintos accionamientos eléctricos de la vivienda, como iluminación o calefacción, que entraban en acción con tan sólo una caricia. Los dibujos tenían su correspondencia con en lenguaje braille. Aquello sí me pareció verdaderamente interesante.

En el salón (antes “sala” o “salita de estar”, aunque ahora que las viviendas parecen encoger, curiosamente, recurrimos al “salón”; así, con la palabra acabada en “o”, parece que amplía su dimensión; por otra parte, la susodicha estancia ya no sirve sólo para “estar”, sino para tantas otras actividades de ocio y trabajo que, diminutivo y adjetivo han dejado de corresponderse con la realidad de sus funciones), la enorme pantalla que presidía el espacio -definido, por cierto, no por paredes sino a través de la iluminación que iba creando “escenas”, como sustituto de las estancias-, reproducía en tiempo real cuanto ocurría en la escalera, ascensores y pasillos comunitarios del inmueble, lo que me hizo comprender que aquel hombre había visto todos mis movimientos desde que puse mis pies en el edificio; tal vez también los grabó para luego observarlos con más detalle. De pronto, Z, sin desviar ni un ápice su mirada de la mía, dijo –¡apaga la tele!-, y lo hizo en un tono imperativo, muy poco respetuoso; era evidente que, aunque allí sólo estábamos él y yo, no estaba hablando conmigo. La tele se apagó.

Nos sentamos en una especie de sillones colgantes, de líneas puras y de aspecto sencillo; había una falsa modestia en aquellos asientos, que no eran, por si les interesa, demasiado cómodos; eso sí, uno de los lugares más originales en los que, por ahora, he acomodado mis posaderas. “Seguro que no son lo que parecen”, pensé. En efecto. A los cinco minutos de estar allí sentados, aquel mueble escupió un informe completo sobre nuestras constantes vitales con el que mi anfitrión solía obsequiar a las visitas, en este caso yo, para impresionarlas. Pero no acabaron aquí las sorpresas. Z volvió a acariciar su mobiliario; esta vez dirigió su atención hacia la mesa de centro. La superficie en cuestión se trocó en pantalla táctil. –Es un ordenador social-, puntualizó. De hecho, era un tablet PC en posición horizontal, con cuatro patas.

En la cocina, la pared dejaba su papel pasivo de superficie vertical de instalación, volviéndose activa y multifuncional, eliminando la tradicional dependencia de la planta. Allí, en aquella estancia, no sé por qué, Z y señora no optaron por la invisibilidad, sino por la evidencia, la contundencia y el descaro tecnológico: de la campana extractora emergía un televisor, y el horno dijo algo un par de veces, pero mi entrevistado lo ignoró por completo. Me ofreció un café y acepté. –Voy a hacerlo a mano-, me aclaró con benevolencia… Según me dijo más tarde, el primer café del día salía automáticamente del electrodoméstico, al cerrar el grifo de la ducha. Pues bien, acarició aquella cafetera exprés con una sensibilidad que todavía no sé si me causó risa o pavor, porque lo hizo como lo hago yo con mis dos mininos, y me explicó que cada vez que preparaba un café, la máquina enviaba un SMS a su mujer, que no tardó en devolverle el mensaje con el ruego de que fuera el último del día. Desde luego, de los vaivenes de su tensión arterial tomaba la casa buena nota de manera, -ahora sí- permanente, pero no estaba de más aquella llamada entre preocupada y amenazadora… A todas éstas, la barra de cocina fue tan amable de obsequiarnos, de improviso -lo fue para mí porque, por supuesto, allí nada era improvisado-, con una divertida proyección de vídeo.

En un momento dado de aquella charla indeterminada, tuve necesidad de ir al servicio. Alguien debió advertir, como yo, que aquel inquietante espacio de hipercontrol resultaba insípido, desangelado, así que en la parte posterior de la enorme bañera, tenía aquel excéntrico colocado un fuego artificial a través de una imagen digital, para engañar a los sentidos. Mientras, aquella casa parecía adivinar mis pensamientos, y se adelantaba a mis movimientos vaciando la cisterna por su cuenta, abriendo a mi paso grifos y puertas, y encendiendo y apagando luces.

Aquella presencia invisible estaba por todas partes. Otras, más manifiestas, también hicieron su aparición; lo recuerdo bien porque casi me muero del susto. Dos pequeños robots-escoba en forma de platillo me rodearon primero, y pasaron de largo después, para seguir aspirando el polvo, o abrillantando, o lo que fuera que estuvieran haciendo aquellas máquinas que se paseaban en fila por toda la casa y con las que volvería a tropezar aún dos veces más antes de irme de allí.

Mis sentidos captaron, francamente, una escasa información sobre la vida de los habitantes de aquella casa, que debía estar insonorizada porque un antinatural “no ruido” me provocaba cierta sensación de ingravidez, como de estar a miles de kilómetros de la Tierra. Aquel lugar tampoco tenía ningún olor característico; excepto cuando hicimos café, momento en que la estancia se inundó en un segundo de un, sospechosamente intenso, olor a café soluble…; mi entrevistado me aclaró que le chiflaba aquel olor, así que la red domótica (él simple la llamaba, “la casa”) estaba programada para, al contacto del café con el agua, activar lo que definió como “generadores de olor”, (pero eran ambientadores), establecidos, por supuesto, al gusto y criterio de señor Z y esposa.

Dicen los neurólogos que nos hacemos una idea del mundo (tanto físico como del funcionamiento de las relaciones humanas) en función de la información que recibimos a través de los sentidos, de modo que alguien a quien nunca acariciaron con ternura es posible que se maneje con torpeza en el plano del afecto y otros que de él se derivan; y que construimos nuestros recuerdos y a nosotros mismos en función de nuestras percepciones, porque éstas generan emociones. Sí, las emociones nos edifican como personas y son la causa de que, a pesar de que los instrumentos de la orquesta sean los mismos para todos, nuestra partitura, la partitura de lo que somos, sea siempre distinta, y siempre impredecible, porque vivimos e interactuamos con un mundo que también lo es. Pero Z estaba creando sus propias percepciones y, sin saberlo, sus propias emociones y recuerdos, su identidad, y su realidad misma, viviendo en un mundo hecho a su imagen y semejanza.

La visita continúa. El hombre que tenía ante mí, hablando de las excelencias de aquel, su hogar, se había montado un gimnasio en ese peculiar ambiente inteligente (capaz de reconocer, entender y servir en consecuencia a su… ¿amo?), tal vez para compensar aquella ley del mínimo esfuerzo que viene implícita, queramos o no, con la domotización y digitalización de nuestros espacios vitales. Allí, las máquinas también estaban totalmente automatizadas, tanto para el control de los programas de los ejercicios como para la obtención de información sobre los resultados de los mismos.

A cada rato, la luz se avioletaba súbitamente; aquel tono malva debía ser como un lenguaje en clave entre aquella casa y el señor Z, porque éste se disculpaba y se retiraba durante unos instantes. Una de las veces, y para amenizar la espera, la casa sugirió una actividad lúdica para mí: -¿Le pongo música?-, preguntó. -¿Tienes algo heavy?- ¡… Dios mío, acababa de dirigirme a aquellas paredes como lo hubiera hecho a un colega de mi pandilla! No entendió la estructura de la frase, así que dije con tono rotundo: -Sí-. “Que ponga lo que quiera”, pensé.

Z volvió; se notaba que le encantaba hacerse el misterioso. Las “rutinas” por llamarlo de algún modo, que tenía programadas en la casa, decían mucho acerca de su personalidad y definían a la perfección sus particulares modos de vida. El hombre estaba entusiasmado como un chiquillo con su luz violeta; más tarde supe que aquella señal lumínica no era más que un aviso de recepción de e-mail…

“Qué vulgar”, pensé. Y es que después de los primeros diez minutos en aquel lugar, esperabas que cada emoción fuese más fuerte que la anterior, como en una atracción de feria, o ante un número de piruetas circense. Justo al contrario que en la vida, que cuanto más se recorre mayor es el disfrute del detalle, y hasta de lo trivial…

No sé qué tipo de aplicaciones tecnológicas tendría el hombre en el dormitorio, pero el caso es que pasamos de largo, y no hizo la menor mención. “Mejor”, pensé.

Definitivamente, éramos tres en aquella casa hiperactiva que no dejaba un momento de respiro… Inmediatamente después de la escena de las luces, las persianas comenzaron a bajar. Mi cara interrogante hizo que Z exclamara -¡es por los cristales!-, para aclarar aquel súbito movimiento. -Ya veo…-, susurré. Había empezado a llover. Aquella casa que parecía tener vida propia, detectó el agua y actuó en consecuencia.

Sin que yo me diera cuenta, el entrañable amasijo de ladrillos que protagoniza esta narración, avisó al señor Z de que la visita había finalizado, y no porque ellos -Z y su casa- tuvieran otra cita: por lo visto “ella” escuchó -o el hombre así le informó en alguna de aquellas caricias que le propinaba de vez en cuando a la pared- la hora de mi siguiente cita, que por lo visto mencioné de pasada, y su reporte de vialidad señalaba que en mi trayecto había un embotellamiento del quince… Yo, por descontado, estuve de acuerdo en dar por concluida aquella peculiar demostración de inteligencia contextual. Antes de marcharme, Z me dijo que mientras me esperaba, y aprovechando que me retrasé tres minutos y medio, había dado un par de órdenes al sistema, y que ya estaba todo dispuesto para que el 15 de enero de 2007 a las 19,30 horas, luces, música y temperatura recrearan el ambiente ideal para una fiesta íntima con motivo de sus bodas de plata; me aseguró que su nevera se había comprometido a hacer la compra un par de días antes de acuerdo con la receta propuesta por el horno y que a él le pareció ideal para la ocasión.

Al pasar por una de las diversas pantallas que nos asediaron a lo largo del recorrido fuimos asaltados por unas durísimas imágenes de un barrio chabolero de Brasil, y Z chasqueó los dedos para desvanecer de inmediato aquella contradicción. Unos segundos de tenso silencio entre nosotros atravesó nuestras almas. Por lo menos la mía. Aunque lo cierto es que no alcancé a discernir si aquello era un informativo, un spot, o un videoclip… porque hoy, como dice Pérez Reverte, una imagen ya no vale más que mil palabras sino que necesita más de mil palabras para ser explicada… Para romper aquel instante de contacto con el mundo real, Z me contó que su vivienda también sabía simular presencia humana; me sentí abrumada, algo mareada y no quise preguntar cómo lo hacía pero imagino que esta especie de casa encantada se dedicaría a encender y a apagar luces, o poner música de vez en cuando; seguro que era incluso capaz de ladrar… Pero así explicado, como lo hacía Z, con aquel entusiasmo…, les aseguro que no parecía ninguna tontería.

Cuando nos despedimos, Z hizo un incomprensible gesto con el dedo índice, dibujando tres círculos en el aire y sobre nuestras cabezas. Inmediatamente se oyó una viril y seductora voz que me deseó con cortesía, un buen día. Parecía sincera -y lo digo así, en femenino, porque a pesar de su voz, aquello seguía siendo una casa…-

No, mi anfitrión no dejó de sorprenderme ni un momento, con esa particular relación que, a todas luces, se había establecido entre aquel ser humano, algo excéntrico, y aquella casa, ciertamente, encantadora…

Todos allí estaban divinamente compenetrados. El señor Z, su esposa y aquella casa formaban, sin duda, un trío perfecto…

Y no es ficción: la baldosa, la bañera con fuego y las máquinas del gimnasio pudieron verse en Casapasarela 2006 el pasado febrero. Lo de la casa parlante se fundamenta en los diversos proyectos existentes sobre Procesamiento del Lenguaje Natural (PLN), como el proyecto Julieta, llevado a cabo por la Universidad de Sevilla; se trata de un sistema de diálogo para un entorno domótico que permite dar órdenes orales a ciertos dispositivos del hogar y programar funciones verbalmente sin la mediación de comandos artificiales. (El del PLN es un campo problemático por cuanto las lenguas son entidades inmensas y mutantes, inundadas de irregularidades y ambigüedades, a lo que hay que añadir los problemas que surgen en el acto comunicativo, como la información implícita o errónea desde el punto de vista gramatical). La mesa-ordenador es un prototipo de Hewlett-Packard y fue mostrada en su convención anual en Tenerife en julio del año pasado. El proyecto se denomina HP Misto y la idea de sus creadores es reunir a las personas en torno a “experiencias”. Los ladridos para simular presencia humana es un dispositivo llamado Alarma Perro Electrónico, que se activa cuando el sensor de movimiento reconoce que hay alguien fuera de la casa: unos altavoces emiten el sonido de un feroz perro ladrando y, posteriormente, se encienden las luces de una estancia.

Los espacios definidos por la luz, los generan aparatos como el que recogió el pasado mes de marzo una exposición de domótica en El Corte Inglés de Barcelona -sistema Lutron-. La barra de cocina “proyecta-vídeos”, además, emite música relajante y muestra cómo elaborar recetas; es el proyecto CounterActive del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Pero, por lo visto, esto no es nada comparado con lo que vendrá. El móvil en el anillo o la cámara incorporada en el botón de la camisa se sumarán a la nevera que hace la compra con cargo automático a la cuenta o el lavavajillas que decide cuál es el mejor programa de autolimpieza.

La incorporación de las TIC a la vivienda no sólo incluye sistemas domóticos sino también innovaciones en el diseño, los materiales, etc.; desde estructuras giratorias al servicio de la bioclimática, de lo cual ya es posible encontrar algunos ejemplos, hasta nuevos materiales, actualmente en fase de desarrollo, que al ser expuestos a los rayos solares y a la lluvia son capaces de eliminar los gases tóxicos y contaminantes.

Hoy el hogar es el centro de nuestro mundo y en él conviven digitalización y domoterapias; enfermizos de la tecnología tienen también episodios de orientalitis e instalan un sofisticado artilugio para el control del hogar al tiempo que sitúan la cabecera de su cama en función de la estación del año. Sin duda, la vivienda está mutando, y nuestra relación con ella y los objetos se redefine por una combinación de circunstancias, no sólo tecnológicas, pues han acaecido transformaciones en la vida doméstica asociadas a factores como el cambio del papel de la mujer en el hogar, las modificaciones en la estructura y cantidad de personas que cohabitan, o alteraciones en los códigos de convivencia y los roles cotidianos, que han incidido en la dirección de las aplicaciones tecnológicas en el hogar.

Y es que la tecnología da mucho juego y hoy todo se reconvierte en busca de valor, objetivo que llevado al extremo corre el peligro del absurdo. Y no digo yo que una prenda con sensor de temperatura incorporada sea algo absurdo, en absoluto, o que levanten hoteles de lujo para perros con webcams en las ¿habitaciones?, para que los dueños ¿disfruten? de su mascota en la distancia…

Todos los sectores quieren aprovechar el tirón de las tecnologías de la comunicación y del entretenimiento. Hemos visto cómo a la construcción le depara una interesante aventura con la irrupción de la domótica. El sector textil está llamado a fusionarse con la tecnología de modos aún imprevisibles (así lo demuestran las últimas convocatorias feriales del ramo). Asimismo, el hogar digital ha generado una adaptación de los elementos decorativos a las nuevas tecnologías: el mobiliario ya no tiene que disponer del espacio necesario para soportar una televisión y su profundidad correspondiente. Hay mubles de salón que integran hasta el soporte para la televisión plana o dejan el hueco para el plasma o LCD de gran tamaño.

Nadie sabe lo que la tecnología nos depara, el caso es que entre estándar va y estándar viene, nace esa otra realidad topográfica del espacio hertziano que condiciona nuestras experiencias en función de las frecuencias electromagnéticas a las que podemos acceder. El nuevo mundo que nos envuelve, y que se edifica en el espacio que nos rodea, ya no es ámbito de interés sólo de los ingenieros de telecomunicaciones y los organismos reguladores, y su presencia, no sólo mesurable ya por los científicos con sus gausímetros sino por cualquiera que tenga un móvil o una PDA con conexión inalámbrica, es objeto de interés de analistas de todo tipo, desde culturales y artísticos hasta políticos.

Existen ya nuevos objetos cotidianos que gracias a los estándares de conectividad inalámbrica y a las tecnologías de posicionamiento, como la RFID, que crean un enlace permanente a través del espacio hertziano entre el objeto y una base de datos online, permanecen localizados en todo momento en el espacio y en el tiempo dejando constancia de la particular historia de su paso por nuestras vidas; de ellos se dice que son objetos vivos, porque tienen identidad y memoria, y su vida, como la nuestra, transcurre en espacios sensibles, también llamados “blandos”; campos dinámicos y fluidos, en convivencia con las estructuras duras.

Se abre el debate sobre el futuro de los objetos y los entornos en la era de los flujos de datos, y sobre la mesa la tendencia hacia la fusión entre el diseño industrial y el diseño de la interacción. Los especialistas en la interpretación y usabilidad del espacio, o sea los arquitectos, cuentan con un nuevo suelo urbanizable que en su invisibilidad, y pesar de ella, está llamado a transformar la articulación de las ciudades, la construcción de la sociedad y las relaciones entre individuos. (Ya existe una estructura -obra de Usman Haque- que traduce las ondas electromagnéticas en luces y sonido; se llama Sky Ear).

Llegados a este punto, el debate deviene político-social pues cada día son más los procesos sociales que se trasladan de la calle a las ondas y, hoy por hoy, los ciudadanos carecemos de voz en la gestión del espectro. Son cada vez más quienes reclaman este bien escaso, el espacio hertziano, como espacio público, y una democratización de su gestión y control. El uso del especto hoy depende de decisiones políticas y comerciales más que de las posibilidades técnicas, y los defensores de los ciberderechos luchan por que todos decidamos sobre los usos del especto, y si, por ejemplo, lo dedicamos a disfrutar de más cadenas de televisión y mensajes de vídeo en el móvil, o bien lo utilizamos para ser agentes participativos de la sociedad, además o en lugar de consumidores.

El aluvión de nuevas tecnologías puede enzarzar a cuantos tienen intereses en conflicto en una guerra por el control del rango del espectro electromagnético en el que operan, además de desembocar en una saturación del mismo; hoy es un hecho que las redes y los objetos interconectados están inundando tanto el suelo como la atmósfera, incluso el fondo marino. Éstas y otras cuestiones darán que hablar en un futuro no lejano.

Ahora viene a mi memoria la cocina de la casa del pueblo, centro de todas las reuniones, con su mesa camilla y aquella enorme estufa que hacía las veces de cocina, y al revés. Había costumbre de encenderla al despuntar el alba y debían apagarla de madrugada, cuando yo dormía. Me fascinaba ver la llama y las chispas salturreando salvajes. Todo olía a carbón. Sobre aquel aparato siempre había algún puchero que mantener caliente, y a media mañana las más ancianas, con las manos más ásperas al tacto de lo que nunca había visto, comenzaban el ritual de cocinar. Desde entonces saboreo con ahínco cada guiso tratando de buscar aquel sabor, pero no lo hallo. Las ventanas nunca encajaron del todo, así que, aunque la casa estaba lejos de toda civilización, se escuchaban mil sonidos; hoy sería capaz de identificar cualquiera de ellos con los ojos cerrados. Había algo penetrante al entrar en aquella casaza, algo que te calaba hasta lo más hondo, era una sensación indescriptible, un calor especial; debe ser eso a lo que se refiere la gente cuando habla de “calor de hogar”.

© MÓNICA DALUZ 2019-2024

Mónica Daluz
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