Ahora se llama “inteligencia ambiental”. Lo de domótica no suena lo suficientemente emocional para el lenguaje publicitario-comunicativo que gastamos en los tiempos que corren, y no digamos, “automatización”, que es, a fin de cuentas, el origen del concepto.
“Nombres abstractos” y “nombres concretos”. Así clasificábamos en el colegio los sustantivos. Entonces se llevaba ser pragmático; lo abstracto, y hasta lo surrealista, quedaba para bohemios y otros rebeldes. Hoy, sin embargo, nos movemos en el plano de lo retórico y buscamos conmover con la palabra, en un mundo de sensibilidades y susceptibilidades en el que se dice “línea de expresión”, para no decir “arruga…
Los lingüistas y psicólogos, y viceversa, aseguran que las palabras condicionan las ideas, y viceversa. Todos jugamos a disfrazar los conceptos, lo cual requiere un interesante ejercicio de discernir las apariencias de las realidades. El arte del eufemismo, esa “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”, como lo define la Real Academia, se ha convertido en un ingenioso entretenimiento hasta para aquellos que nunca habían entrado en el juego dialéctico. Ustedes ya saben a qué me refiero.
Es época, pues, de descifrar mensajes y adivinar qué intención se esconde tras cada término, porque, aunque cada cosa es lo que es y cada palabra designa un concepto preciso, el contexto y el hablante son, a veces-unas más que otras-, determinantes. Hoy, en el tablero de juego nos toca escudriñar la diferencia entre, por ejemplo, “indefinido” y “permanente”, o entre “voluntad popular” y autodeterminación”. Pero dejemos el asunto, de momento, para los políticos…
No sé si permanente, pero desde luego bastante indefinida e imprecisa fue la conclusión que obtuve tras vivir la historia de encubrimientos y disimulos que les cuento a continuación; una historia de ficción, basada, para colmo de la apariencia, en un hecho real… Me cito en su propia casa, con un experto -al que llamaremos “Z”- en esta nueva disciplina que busca entrar a fuerza de irle renovando el nombre, pero que al final entrará, como todo lo demás, sólo por dictado de los mercados: la domótica. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
¿Calor de hogar? Cuestión semántica
Por Mónica Daluz
Ahora se llama “inteligencia ambiental”. Lo de domótica no suena lo suficientemente emocional para el lenguaje publicitario-comunicativo que gastamos en los tiempos que corren, y no digamos, “automatización”, que es, a fin de cuentas, el origen del concepto.
“Nombres abstractos” y “nombres concretos”. Así clasificábamos en el colegio los sustantivos. Entonces se llevaba ser pragmático; lo abstracto, y hasta lo surrealista, quedaba para bohemios y otros rebeldes. Hoy, sin embargo, nos movemos en el plano de lo retórico y buscamos conmover con la palabra, en un mundo de sensibilidades y susceptibilidades en el que se dice “línea de expresión”, para no decir “arruga”…
Los lingüistas y psicólogos, y viceversa, aseguran que las palabras condicionan las ideas, y viceversa. Todos jugamos a disfrazar los conceptos, lo cual requiere un interesante ejercicio de discernir las apariencias de las realidades. El arte del eufemismo, esa “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”, como lo define la Real Academia, se ha convertido en un ingenioso entretenimiento hasta para aquellos que nunca habían entrado en el juego dialéctico. Ustedes ya saben a qué me refiero. Es época, pues, de descifrar mensajes y adivinar qué intención se esconde tras cada término, porque, aunque cada cosa es lo que es y cada palabra designa un concepto preciso, el contexto y el hablante son, a veces -unas más que otras-, determinantes. Hoy, en el tablero de juego nos toca escudriñar la diferencia entre, por ejemplo, “indefinido” y “permanente”, o entre “voluntad popular” y “autodeterminación”. Pero dejemos el asunto, de momento, para los políticos…
No sé si permanente, pero desde luego bastante indefinida e imprecisa fue la conclusión que obtuve tras vivir la historia de encubrimientos y disimulos que les cuento a continuación; una historia de ficción, basada, para colmo de la apariencia, en un hecho real…
Me cito en su propia casa, con un experto -al que llamaremos “Z”- en esta nueva disciplina que busca entrar a fuerza de irle renovando el nombre, pero que al final entrará, como todo lo demás, sólo por dictado de los mercados: la domótica.
Tanta inteligencia me sobrecoge y, no sé por qué, me hace sentir escalofríos. Todo es invisible, aunque el entendido dice que todo es “natural”. Yo no veo nada, todo está escondido, pero a mi entrevistado le brillan los ojos y gesticula con grandilocuencia cuando asegura que aquello es tecnología humanizada. Me dice que así, camuflando el hardware e incrustándolo en los objetos cotidianos, los entornos se nos antojan más amables. Por supuesto, este concepto ya tiene nombre: utilización percibida. Éste puede ser el punto de partida para redefinir el diseño de los espacios… y por ahí andarán también los rasgos del diseño tecnológico del mañana en la era de lo que algunos expertos llaman “el homo digitalis”. La invisibilidad y la hibridación creciente de los aparatos vendrán acompañadas de la posibilidad de diseño participativo de código abierto; llega el tiempo del posdiseño y, con él, la fusión entre estética y tecnología.
Y es que hoy nada es porque sí, todo se sustenta (o se justifica) en algún concepto filosófico, más o menos pomposo, salpicado de términos de siempre pero usados sorprendentemente y combinados con perspicacia, incluso de otros nuevos, creados “licuando” viejas palabras y novedosamente “horneadas”.
Volvamos a la casa. En el amplísimo pasillo interactué con una baldosa. Era una gran pieza de cerámica que mi anfitrión definió como “integrada” en el ambiente. Tenía razón; un poco forzada, pero, ciertamente, integrada. La baldosa funcionaba como una interfaz entre el usuario y la instalación domótica de aquella extraña casa, y unos sencillos dibujos, como para niños, definían los distintos accionamientos eléctricos de la vivienda, como iluminación o calefacción, que entraban en acción con tan sólo una caricia. Los dibujos tenían su correspondencia con en lenguaje braille. Aquello sí me pareció verdaderamente interesante.
En el salón (antes “sala” o “salita de estar”, aunque ahora que las viviendas parecen encoger, curiosamente, recurrimos al “salón”; así, con la palabra acabada en “o”, parece que amplía su dimensión; por otra parte, la susodicha estancia ya no sirve sólo para “estar”, sino para tantas otras actividades de ocio y trabajo que, diminutivo y adjetivo han dejado de corresponderse con la realidad de sus funciones), la enorme pantalla que presidía el espacio -definido, por cierto, no por paredes sino a través de la iluminación que iba creando “escenas”, como sustituto de las estancias-, reproducía en tiempo real cuanto ocurría en la escalera, ascensores y pasillos comunitarios del inmueble, lo que me hizo comprender que aquel hombre había visto todos mis movimientos desde que puse mis pies en el edificio; tal vez también los grabó para luego observarlos con más detalle. De pronto, Z, sin desviar ni un ápice su mirada de la mía, dijo –¡apaga la tele!-, y lo hizo en un tono imperativo, muy poco respetuoso; era evidente que, aunque allí sólo estábamos él y yo, no estaba hablando conmigo. La tele se apagó.
Nos sentamos en una especie de sillones colgantes, de líneas puras y de aspecto sencillo; había una falsa modestia en aquellos asientos, que no eran, por si les interesa, demasiado cómodos; eso sí, uno de los lugares más originales en los que, por ahora, he acomodado mis posaderas. “Seguro que no son lo que parecen”, pensé. En efecto. A los cinco minutos de estar allí sentados, aquel mueble escupió un informe completo sobre nuestras constantes vitales con el que mi anfitrión solía obsequiar a las visitas, en este caso yo, para impresionarlas. Pero no acabaron aquí las sorpresas. Z volvió a acariciar su mobiliario; esta vez dirigió su atención hacia la mesa de centro. La superficie en cuestión se trocó en pantalla táctil. –Es un ordenador social-, puntualizó. De hecho, era un tablet PC en posición horizontal, con cuatro patas.
En la cocina, la pared dejaba su papel pasivo de superficie vertical de instalación, volviéndose activa y multifuncional, eliminando la tradicional dependencia de la planta. Allí, en aquella estancia, no sé por qué, Z y señora no optaron por la invisibilidad, sino por la evidencia, la contundencia y el descaro tecnológico: de la campana extractora emergía un televisor, y el horno dijo algo un par de veces, pero mi entrevistado lo ignoró por completo. Me ofreció un café y acepté. –Voy a hacerlo a mano-, me aclaró con benevolencia… Según me dijo más tarde, el primer café del día salía automáticamente del electrodoméstico, al cerrar el grifo de la ducha. Pues bien, acarició aquella cafetera exprés con una sensibilidad que todavía no sé si me causó risa o pavor, porque lo hizo como lo hago yo con mis dos mininos, y me explicó que cada vez que preparaba un café, la máquina enviaba un SMS a su mujer, que no tardó en devolverle el mensaje con el ruego de que fuera el último del día. Desde luego, de los vaivenes de su tensión arterial tomaba la casa buena nota de manera, -ahora sí- permanente, pero no estaba de más aquella llamada entre preocupada y amenazadora… A todas éstas, la barra de cocina fue tan amable de obsequiarnos, de improviso -lo fue para mí porque, por supuesto, allí nada era improvisado-, con una divertida proyección de vídeo.
En un momento dado de aquella charla indeterminada, tuve necesidad de ir al servicio. Alguien debió advertir, como yo, que aquel inquietante espacio de hipercontrol resultaba insípido, desangelado, así que en la parte posterior de la enorme bañera, tenía aquel excéntrico colocado un fuego artificial a través de una imagen digital, para engañar a los sentidos. Mientras, aquella casa parecía adivinar mis pensamientos, y se adelantaba a mis movimientos vaciando la cisterna por su cuenta, abriendo a mi paso grifos y puertas, y encendiendo y apagando luces.
Aquella presencia invisible estaba por todas partes. Otras, más manifiestas, también hicieron su aparición; lo recuerdo bien porque casi me muero del susto. Dos pequeños robots-escoba en forma de platillo me rodearon primero, y pasaron de largo después, para seguir aspirando el polvo, o abrillantando, o lo que fuera que estuvieran haciendo aquellas máquinas que se paseaban en fila por toda la casa y con las que volvería a tropezar aún dos veces más antes de irme de allí.
Mis sentidos captaron, francamente, una escasa información sobre la vida de los habitantes de aquella casa, que debía estar insonorizada porque un antinatural “no ruido” me provocaba cierta sensación de ingravidez, como de estar a miles de kilómetros de la Tierra. Aquel lugar tampoco tenía ningún olor característico; excepto cuando hicimos café, momento en que la estancia se inundó en un segundo de un, sospechosamente intenso, olor a café soluble…; mi entrevistado me aclaró que le chiflaba aquel olor, así que la red domótica (él simple la llamaba, “la casa”) estaba programada para, al contacto del café con el agua, activar lo que definió como “generadores de olor”, (pero eran ambientadores), establecidos, por supuesto, al gusto y criterio de señor Z y esposa.
Dicen los neurólogos que nos hacemos una idea del mundo (tanto físico como del funcionamiento de las relaciones humanas) en función de la información que recibimos a través de los sentidos, de modo que alguien a quien nunca acariciaron con ternura es posible que se maneje con torpeza en el plano del afecto y otros que de él se derivan; y que construimos nuestros recuerdos y a nosotros mismos en función de nuestras percepciones, porque éstas generan emociones. Sí, las emociones nos edifican como personas y son la causa de que, a pesar de que los instrumentos de la orquesta sean los mismos para todos, nuestra partitura, la partitura de lo que somos, sea siempre distinta, y siempre impredecible, porque vivimos e interactuamos con un mundo que también lo es. Pero Z estaba creando sus propias percepciones y, sin saberlo, sus propias emociones y recuerdos, su identidad, y su realidad misma, viviendo en un mundo hecho a su imagen y semejanza.
La visita continúa. El hombre que tenía ante mí, hablando de las excelencias de aquel, su hogar, se había montado un gimnasio en ese peculiar ambiente inteligente (capaz de reconocer, entender y servir en consecuencia a su… ¿amo?), tal vez para compensar aquella ley del mínimo esfuerzo que viene implícita, queramos o no, con la domotización y digitalización de nuestros espacios vitales. Allí, las máquinas también estaban totalmente automatizadas, tanto para el control de los programas de los ejercicios como para la obtención de información sobre los resultados de los mismos.
A cada rato, la luz se avioletaba súbitamente; aquel tono malva debía ser como un lenguaje en clave entre aquella casa y el señor Z, porque éste se disculpaba y se retiraba durante unos instantes. Una de las veces, y para amenizar la espera, la casa sugirió una actividad lúdica para mí: -¿Le pongo música?-, preguntó. -¿Tienes algo heavy?- ¡… Dios mío, acababa de dirigirme a aquellas paredes como lo hubiera hecho a un colega de mi pandilla! No entendió la estructura de la frase, así que dije con tono rotundo: -Sí-. “Que ponga lo que quiera”, pensé.
Z volvió; se notaba que le encantaba hacerse el misterioso. Las “rutinas” por llamarlo de algún modo, que tenía programadas en la casa, decían mucho acerca de su personalidad y definían a la perfección sus particulares modos de vida. El hombre estaba entusiasmado como un chiquillo con su luz violeta; más tarde supe que aquella señal lumínica no era más que un aviso de recepción de e-mail…
“Qué vulgar”, pensé. Y es que después de los primeros diez minutos en aquel lugar, esperabas que cada emoción fuese más fuerte que la anterior, como en una atracción de feria, o ante un número de piruetas circense. Justo al contrario que en la vida, que cuanto más se recorre mayor es el disfrute del detalle, y hasta de lo trivial…
No sé qué tipo de aplicaciones tecnológicas tendría el hombre en el dormitorio, pero el caso es que pasamos de largo, y no hizo la menor mención. “Mejor”, pensé.
Definitivamente, éramos tres en aquella casa hiperactiva que no dejaba un momento de respiro… Inmediatamente después de la escena de las luces, las persianas comenzaron a bajar. Mi cara interrogante hizo que Z exclamara -¡es por los cristales!-, para aclarar aquel súbito movimiento. -Ya veo…-, susurré. Había empezado a llover. Aquella casa que parecía tener vida propia, detectó el agua y actuó en consecuencia.
Sin que yo me diera cuenta, el entrañable amasijo de ladrillos que protagoniza esta narración, avisó al señor Z de que la visita había finalizado, y no porque ellos -Z y su casa- tuvieran otra cita: por lo visto “ella” escuchó -o el hombre así le informó en alguna de aquellas caricias que le propinaba de vez en cuando a la pared- la hora de mi siguiente cita, que por lo visto mencioné de pasada, y su reporte de vialidad señalaba que en mi trayecto había un embotellamiento del quince… Yo, por descontado, estuve de acuerdo en dar por concluida aquella peculiar demostración de inteligencia contextual. Antes de marcharme, Z me dijo que mientras me esperaba, y aprovechando que me retrasé tres minutos y medio, había dado un par de órdenes al sistema, y que ya estaba todo dispuesto para que el 15 de enero de 2007 a las 19,30 horas, luces, música y temperatura recrearan el ambiente ideal para una fiesta íntima con motivo de sus bodas de plata; me aseguró que su nevera se había comprometido a hacer la compra un par de días antes de acuerdo con la receta propuesta por el horno y que a él le pareció ideal para la ocasión.
Al pasar por una de las diversas pantallas que nos asediaron a lo largo del recorrido fuimos asaltados por unas durísimas imágenes de un barrio chabolero de Brasil, y Z chasqueó los dedos para desvanecer de inmediato aquella contradicción. Unos segundos de tenso silencio entre nosotros atravesó nuestras almas. Por lo menos la mía. Aunque lo cierto es que no alcancé a discernir si aquello era un informativo, un spot, o un videoclip… porque hoy, como dice Pérez Reverte, una imagen ya no vale más que mil palabras sino que necesita más de mil palabras para ser explicada… Para romper aquel instante de contacto con el mundo real, Z me contó que su vivienda también sabía simular presencia humana; me sentí abrumada, algo mareada y no quise preguntar cómo lo hacía pero imagino que esta especie de casa encantada se dedicaría a encender y a apagar luces, o poner música de vez en cuando; seguro que era incluso capaz de ladrar… Pero así explicado, como lo hacía Z, con aquel entusiasmo…, les aseguro que no parecía ninguna tontería.
Cuando nos despedimos, Z hizo un incomprensible gesto con el dedo índice, dibujando tres círculos en el aire y sobre nuestras cabezas. Inmediatamente se oyó una viril y seductora voz que me deseó con cortesía, un buen día. Parecía sincera -y lo digo así, en femenino, porque a pesar de su voz, aquello seguía siendo una casa…-
No, mi anfitrión no dejó de sorprenderme ni un momento, con esa particular relación que, a todas luces, se había establecido entre aquel ser humano, algo excéntrico, y aquella casa, ciertamente, encantadora…
Todos allí estaban divinamente compenetrados. El señor Z, su esposa y aquella casa formaban, sin duda, un trío perfecto…
Y no es ficción: la baldosa, la bañera con fuego y las máquinas del gimnasio pudieron verse en Casapasarela 2006 el pasado febrero. Lo de la casa parlante se fundamenta en los diversos proyectos existentes sobre Procesamiento del Lenguaje Natural (PLN), como el proyecto Julieta, llevado a cabo por la Universidad de Sevilla; se trata de un sistema de diálogo para un entorno domótico que permite dar órdenes orales a ciertos dispositivos del hogar y programar funciones verbalmente sin la mediación de comandos artificiales. (El del PLN es un campo problemático por cuanto las lenguas son entidades inmensas y mutantes, inundadas de irregularidades y ambigüedades, a lo que hay que añadir los problemas que surgen en el acto comunicativo, como la información implícita o errónea desde el punto de vista gramatical). La mesa-ordenador es un prototipo de Hewlett-Packard y fue mostrada en su convención anual en Tenerife en julio del año pasado. El proyecto se denomina HP Misto y la idea de sus creadores es reunir a las personas en torno a “experiencias”. Los ladridos para simular presencia humana es un dispositivo llamado Alarma Perro Electrónico, que se activa cuando el sensor de movimiento reconoce que hay alguien fuera de la casa: unos altavoces emiten el sonido de un feroz perro ladrando y, posteriormente, se encienden las luces de una estancia.
Los espacios definidos por la luz, los generan aparatos como el que recogió el pasado mes de marzo una exposición de domótica en El Corte Inglés de Barcelona -sistema Lutron-. La barra de cocina “proyecta-vídeos”, además, emite música relajante y muestra cómo elaborar recetas; es el proyecto CounterActive del Instituto de Tecnología de Massachusetts.
Pero, por lo visto, esto no es nada comparado con lo que vendrá. El móvil en el anillo o la cámara incorporada en el botón de la camisa se sumarán a la nevera que hace la compra con cargo automático a la cuenta o el lavavajillas que decide cuál es el mejor programa de autolimpieza.
La incorporación de las TIC a la vivienda no sólo incluye sistemas domóticos sino también innovaciones en el diseño, los materiales, etc.; desde estructuras giratorias al servicio de la bioclimática, de lo cual ya es posible encontrar algunos ejemplos, hasta nuevos materiales, actualmente en fase de desarrollo, que al ser expuestos a los rayos solares y a la lluvia son capaces de eliminar los gases tóxicos y contaminantes.
Hoy el hogar es el centro de nuestro mundo y en él conviven digitalización y domoterapias; enfermizos de la tecnología tienen también episodios de orientalitis e instalan un sofisticado artilugio para el control del hogar al tiempo que sitúan la cabecera de su cama en función de la estación del año. Sin duda, la vivienda está mutando, y nuestra relación con ella y los objetos se redefine por una combinación de circunstancias, no sólo tecnológicas, pues han acaecido transformaciones en la vida doméstica asociadas a factores como el cambio del papel de la mujer en el hogar, las modificaciones en la estructura y cantidad de personas que cohabitan, o alteraciones en los códigos de convivencia y los roles cotidianos, que han incidido en la dirección de las aplicaciones tecnológicas en el hogar.
Y es que la tecnología da mucho juego y hoy todo se reconvierte en busca de valor, objetivo que llevado al extremo corre el peligro del absurdo. Y no digo yo que una prenda con sensor de temperatura incorporada sea algo absurdo, en absoluto, o que levanten hoteles de lujo para perros con webcams en las ¿habitaciones?, para que los dueños ¿disfruten? de su mascota en la distancia…
Todos los sectores quieren aprovechar el tirón de las tecnologías de la comunicación y del entretenimiento. Hemos visto cómo a la construcción le depara una interesante aventura con la irrupción de la domótica. El sector textil está llamado a fusionarse con la tecnología de modos aún imprevisibles (así lo demuestran las últimas convocatorias feriales del ramo). Asimismo, el hogar digital ha generado una adaptación de los elementos decorativos a las nuevas tecnologías: el mobiliario ya no tiene que disponer del espacio necesario para soportar una televisión y su profundidad correspondiente. Hay mubles de salón que integran hasta el soporte para la televisión plana o dejan el hueco para el plasma o LCD de gran tamaño.
Nadie sabe lo que la tecnología nos depara, el caso es que entre estándar va y estándar viene, nace esa otra realidad topográfica del espacio hertziano que condiciona nuestras experiencias en función de las frecuencias electromagnéticas a las que podemos acceder. El nuevo mundo que nos envuelve, y que se edifica en el espacio que nos rodea, ya no es ámbito de interés sólo de los ingenieros de telecomunicaciones y los organismos reguladores, y su presencia, no sólo mesurable ya por los científicos con sus gausímetros sino por cualquiera que tenga un móvil o una PDA con conexión inalámbrica, es objeto de interés de analistas de todo tipo, desde culturales y artísticos hasta políticos.
Existen ya nuevos objetos cotidianos que gracias a los estándares de conectividad inalámbrica y a las tecnologías de posicionamiento, como la RFID, que crean un enlace permanente a través del espacio hertziano entre el objeto y una base de datos online, permanecen localizados en todo momento en el espacio y en el tiempo dejando constancia de la particular historia de su paso por nuestras vidas; de ellos se dice que son objetos vivos, porque tienen identidad y memoria, y su vida, como la nuestra, transcurre en espacios sensibles, también llamados “blandos”; campos dinámicos y fluidos, en convivencia con las estructuras duras.
Se abre el debate sobre el futuro de los objetos y los entornos en la era de los flujos de datos, y sobre la mesa la tendencia hacia la fusión entre el diseño industrial y el diseño de la interacción. Los especialistas en la interpretación y usabilidad del espacio, o sea los arquitectos, cuentan con un nuevo suelo urbanizable que en su invisibilidad, y pesar de ella, está llamado a transformar la articulación de las ciudades, la construcción de la sociedad y las relaciones entre individuos. (Ya existe una estructura -obra de Usman Haque- que traduce las ondas electromagnéticas en luces y sonido; se llama Sky Ear).
Llegados a este punto, el debate deviene político-social pues cada día son más los procesos sociales que se trasladan de la calle a las ondas y, hoy por hoy, los ciudadanos carecemos de voz en la gestión del espectro. Son cada vez más quienes reclaman este bien escaso, el espacio hertziano, como espacio público, y una democratización de su gestión y control. El uso del especto hoy depende de decisiones políticas y comerciales más que de las posibilidades técnicas, y los defensores de los ciberderechos luchan por que todos decidamos sobre los usos del especto, y si, por ejemplo, lo dedicamos a disfrutar de más cadenas de televisión y mensajes de vídeo en el móvil, o bien lo utilizamos para ser agentes participativos de la sociedad, además o en lugar de consumidores.
El aluvión de nuevas tecnologías puede enzarzar a cuantos tienen intereses en conflicto en una guerra por el control del rango del espectro electromagnético en el que operan, además de desembocar en una saturación del mismo; hoy es un hecho que las redes y los objetos interconectados están inundando tanto el suelo como la atmósfera, incluso el fondo marino. Éstas y otras cuestiones darán que hablar en un futuro no lejano.
Ahora viene a mi memoria la cocina de la casa del pueblo, centro de todas las reuniones, con su mesa camilla y aquella enorme estufa que hacía las veces de cocina, y al revés. Había costumbre de encenderla al despuntar el alba y debían apagarla de madrugada, cuando yo dormía. Me fascinaba ver la llama y las chispas salturreando salvajes. Todo olía a carbón. Sobre aquel aparato siempre había algún puchero que mantener caliente, y a media mañana las más ancianas, con las manos más ásperas al tacto de lo que nunca había visto, comenzaban el ritual de cocinar. Desde entonces saboreo con ahínco cada guiso tratando de buscar aquel sabor, pero no lo hallo. Las ventanas nunca encajaron del todo, así que, aunque la casa estaba lejos de toda civilización, se escuchaban mil sonidos; hoy sería capaz de identificar cualquiera de ellos con los ojos cerrados. Había algo penetrante al entrar en aquella casaza, algo que te calaba hasta lo más hondo, era una sensación indescriptible, un calor especial; debe ser eso a lo que se refiere la gente cuando habla de “calor de hogar”.

