En mi época nos independizábamos con lo puesto. Si teníamos dos duros nos los fundíamos en un concierto, y si eran cuatro en una escapada de fin de semana, pero ni hablar de comprar un sofá; los cojines en el suelo eran perfectos para leer un buen libro o escuchar un unplugged con sonido “caja acústica”…, bebiéndonos la vida.
Y ahora vienen los tecno-teóricos diciendo que estamos entrando en la era de los intangibles e incluso auguran el fin del concepto de propiedad tal como lo conocemos hasta ahora. Que si acumular bienes materiales está “demodé”, que si lo que busca hoy el individuo es satisfacer su “yo” psicológico y alimentarse de ideas, que si un nuevo ser relacional y altruista está naciendo, que si está al caer una transformación radical de la conciencia humana y de nuestra propia esencia… ¡Ah! y, por supuesto, todo ello como consecuencia de la revolución tecnológica.
Pues a mí me parece que el imperio del “yo” está más vivo que nunca y lo que veo es que las nuevas generaciones no son nada sin todos esos productos y bienes materiales que les aferran a un vivir cada vez más cómodo que no deja espacio para la improvisación ni para la aventura. Controlar hasta el último detalle -lo que algunos teóricos llaman el “yo terapéutico”, y que emerge a golpe de sesiones de autoayuda y de todo tipo de literatura al respecto, que va desde el psicoanálisis a lo esotérico- tiene el riesgo de crear vidas descafeinadas y aburridamente asépticas.
Invisible, incorpóreo, impalpable, etéreo, inmaterial, intangible… Dicen que ése es el mundo que viene. Por supuesto, sólo para la quinta parte del planeta, que es la rica y que, encima, va camino de conectarse entre ella de tal modo que se aísle del resto de los mortales o, lo que es lo mismo, que todos los demás queden excluidos.
Si hasta ahora nos preguntábamos por nuestra existencia con cuestiones del tipo “quiénes somos” o “a dónde vamos”, la pregunta del hombre de la posmodernidad será: “¿soy individuo o soy nodo?”. Un asfixiante vivir enmallado nos inmovilizará, aunque nos lo vendan, irónicamente, como la liberación del espacio físico en el imperio de la movilidad.
Resulta fácil dejarse llevar por los augurios, bien mirado, descabellados, de los futurólogos tecnológicos, empeñados en pronosticar una huida hacia arriba…; unos románticos, a fin de cuentas, porque su historia siempre tiene final feliz, y en él todos somos pura inteligencia y pura bondad… Yo les cuento:
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OPINIÓN
Vivir en suspensión y otras teorías de ficción
Por Mónica Daluz
En mi época nos independizábamos con lo puesto. Si teníamos dos duros nos los fundíamos en un concierto, y si eran cuatro en una escapada de fin de semana, pero ni hablar de comprar un sofá; los cojines en el suelo eran perfectos para leer un buen libro o escuchar un unplugged con sonido “caja acústica”…, bebiéndonos la vida. Y ahora vienen los tecno-teóricos diciendo que estamos entrando en la era de los intangibles e incluso auguran el fin del concepto de propiedad tal como lo conocemos hasta ahora. Que si acumular bienes materiales está “demodé”, que si lo que busca hoy el individuo es satisfacer su “yo” psicológico y alimentarse de ideas, que si un nuevo ser relacional y altruista esta naciendo, que si está al caer una transformación radical de la conciencia humana y de nuestra propia esencia… ¡Ah! y, por supuesto, todo ello como consecuencia de la revolución tecnológica.
Pues a mí me parece que el imperio del “yo” está más vivo que nunca y lo que veo es que las nuevas generaciones no son nada sin todos esos productos y bienes materiales que les aferran a un vivir cada vez más cómodo que no deja espacio para la improvisación ni para la aventura. Controlar hasta el último detalle -lo que algunos teóricos llaman el “yo terapéutico”, y que emerge a golpe de sesiones de autoayuda y de todo tipo de literatura al respecto, que va desde el psicoanálisis a lo esotérico- tiene el riesgo de crear vidas descafeinadas y aburridamente asépticas.
Invisible, incorpóreo, impalpable, etéreo, inmaterial, intangible… Dicen que ése es el mundo que viene. Por supuesto, sólo para la quinta parte del planeta, que es la rica y que, encima, va camino de conectarse entre ella de tal modo que se aísle del resto de los mortales o, lo que es lo mismo, que todos los demás queden excluidos.
Si hasta ahora nos preguntábamos por nuestra existencia con cuestiones del tipo “quiénes somos” o “a dónde vamos”, la pregunta del hombre de la posmodernidad será: “¿soy individuo o soy nodo?”. Un asfixiante vivir enmallado nos inmovilizará, aunque nos lo vendan, irónicamente, como la liberación del espacio físico en el imperio de la movilidad.
Resulta fácil dejarse llevar por los augurios, bien mirado, descabellados, de los futurólogos tecnológicos, empeñados en pronosticar una huida hacia arriba…; unos románticos, a fin de cuentas, porque su historia siempre tiene final feliz, y en él todos somos pura inteligencia y pura bondad… Yo les cuento:
Afirman los teóricos de la cibersociedad, que “tener cosas” está dejando de ser importante -para quien las tenga, claro…- y que lo verdaderamente trascendente para la vida de las generaciones futuras será tener acceso a las ideas de los demás, pero no al estilo “de tú a tú frente a una taza de café”, sino en un espacio cibernético en el cual cada uno estará inmiscuido hasta tal punto que absorberá y generará conocimiento de manera permanente y devendrá ciudadano de un nuevo espacio social, algo totalizador y alienante para mi gusto, porque allí nos diluiremos los unos con los otros hasta que el individuo deje de serlo para convertirse en una especie de neurona al servicio de un inmenso, más que eso, infinito, cerebro que habita en ninguna parte, y al que ir cediendo todo lo que somos. Es el nuevo contrato social.
Pero, ¿está desapareciendo el mundo material? Sí que es verdad que hoy todo es más liviano… Primero el mercado fue físico, acotado, como acotada era la producción, marcada por el autoabastecimiento, y como acotado y encorsetado era también el comportamiento social, ceñido a las normas de cada época. Más tarde, cuando producción y producto se masificaron, el mercado vino a definirse como “el proceso abstracto de comprar y vender cosas”. Durante todo este tiempo la consigna fue “¡acumula!”, y eso hicimos. Para decepción -o alivio- de aquellos que han pasado su vida persiguiendo el “tener” para “ser”, éstos deben saber que la acumulación resulta incompatible con la velocidad de esta nueva economía en red, en la que incluso la propiedad se vuelve intangible e imprevisible, (desde las patentes sobre genes, hasta la música de usar y tirar: la página de Yahoo lo anuncia como “música portátil sin límite”, no se compra música, sino su disfrute mientras dura la suscripción). Suministradores de ideas y conocimiento, y usuarios que accederán a ellos alumbrarán una nueva forma de pensar sobre las relaciones comerciales, en un mundo en el que la imaginación y la creatividad serán -mejor dicho, son- la clave de la supervivencia.
supervivencia.
sigue
BLOQUE 3
No hay que buscar mucho para encontrar ejemplos de compañías que, como aquel que dice, regalan sus productos con el objetivo de establecer una relación de servicio a largo plazo con el cliente. La migración del producto hacia el servicio es, en muchos sectores, un hecho indiscutible, en una frenética búsqueda de la relación comercial -que sondea distintas fórmulas: suscripciones, leasing, cuotas…- con las que amarrar al cliente, porque la venta es un acto puntual y eso ha dejado de ser rentable.
La estructura en red también está llevando a que las compañías, en lugar de venderse cosas las unas a las otras, establezcan todo tipo de acuerdos y alianzas estratégicas para la cofrabricación, incluso la coactividad, poniendo en común sus recursos en un clima de cooperación antes nunca visto entre competidores, que comparten alegremente hasta, nada menos que sus cadenas de montaje… Y es que la cooperación y la libre circulación de la información, además de ser más rentable es el mejor camino hacia la innovación.
Además, las empresas aligeran su peso por múltiples vías. Según la Equipment Leasing Association, el sector fabril en EE.UU. arrienda más de la tercera parte de toda su maquinaria. La externalización o outsourcing constituye otro de los iconos de esta nueva economía en la que las empresas fabricantes no son unidades aisladas de producción sino una especie de nodo en una red de proveedores, clientes o usuarios, servicios técnicos, etc. Algunos países ya se están posicionando para liderar la externalización empresarial mundial, como India, China, Canadá o Rusia.
Algunas empresas dotan a sus empleados de todas las herramientas necesarias para trabajar en las oficinas de los clientes, en su propia casa o en las salas y despachos de la compañía, bajo reserva; oficina por un día en la que a su llegada todo estará dispuesto a su gusto, foto familiar incluida. Según un estudio de la Harvard Businee Review, IBM ahorró 1.400 millones de dólares en gastos inmobiliarios al cambiar a este sistema de hostelería. Se tiende, pues, a la empresa ligera, aquella cuyo principal activo es la imaginación humana.
Los nuevos mercados necesitan estructuras flexibles, espontaneidad, creatividad, procesamiento en paralelo de la información y retroalimentación; se impone la necesidad de la acción colectiva que, a su vez, generará nuevas conexiones con las que seguir trenzando la red.
En este sentido, ya se baraja un nuevo término que aúna el concepto, cuasi filosófico, de “inteligencia colectiva”, y un nuevo -e indeterminado- modelo de negocio. Es la web 2.0, nueva generación de aplicaciones informáticas, construidas sobre entornos y lenguajes abiertos de programación que, a su vez, actuarían como plataformas sobre las cuales otros desarrolladores e incluso usuarios finales, podrían crear contenidos y servicios.
La cooperación, y no el control, es el cimiento de la mentalidad de la web 2.0, que aboga por la reutilización; casi todos los softwares para web 2.0 trabajan con código abierto, dando lugar a lo que ha venido a llamarse, la innovación en ensamble, principio por el cual el usuario, con la abundante materia prima existe, puede crear valor montándola de nuevas maneras. ¿Constituirá esta concepción un estímulo a la creatividad y la innovación o, por el contrario, la impersonalidad de la creación matará la iniciativa?
Algunas empresas ya se autoproclaman “compañías web 2.0.”, pero la verdaderas compañías web 2.0. serán aquellas que usen una arquitectura de participación y, por lo tanto, deben ser habilitadoras de un contexto en el cual la actividad del usuario pueda tener lugar. Una red formada por web 2.0 se basa en los servicios, no en aplicaciones paquetizadas, siendo la gestión de los datos el centro de la oferta, que se retroalimentará y enriquecerá cuantas más personas la usen, y ello implica confiar en los usuarios como desarrolladores, de manera que la red de conexiones crece como un producto de la actividad colectiva de todos los usuarios de la red. El reto consiste en hallar un modelo de negocio que sostenga estas novedades: las opciones son, el pago por suscripción o confiar en el mercado publicitario -finito, por otra parte- como fuentes de financiación.
Nos encontramos en el principio de lo que algunos aseguran es la entrada de la humanidad en una nueva era de la participación gracias a las herramientas de edición participativas (o wikis) y las nuevas y sencillas técnicas de distribución de contenidos que han disparado el fenómeno blog. La nueva era alimenta nuestro ser espiritual, emocional y mental, y algunos se atreven a afirmar que ello acabará por transformar la conciencia humana. Del mismo modo que el individuo lineal devendrá en nodo, centro permanente de imputs y outputs, de entradas y salidas, de conectividad en definitiva, que le vierten a un vivir fragmentado, la cultura pasa de la linealidad del texto-imprenta a la infinidad del hipertexto, que nos aboca al acceso no secuencial a la información, y nos deja bloqueados por el exceso. La acción de los blogers puede ser un modo espontáneo de ordenar el caos documental que circula en la red y que, sin duda, irá a más. Y es que tener toda la información, sin más, es como no tener nada.
Lo llaman inteligencia colectiva, pero no lo es porque en la inteligencia participa la emoción; se trata de conocimiento transmitido en forma de información. No podemos caer en el error de ser simples abastecedores de la más colosal base de datos de la historia de la humanidad, porque la vida no es sólo información, la vida es, ante todo, emoción.
Pero al final, ni siquiera la tecnología, con todo su potencial embriagador, nos embaucará para dejar de ser lo que somos, para lo bueno y para lo malo, y tras la borrachera del poder de la World Wide Web, su uso sosegado y la participación comedida en la blogosfera será enriquecedora y constructiva y hasta, quién sabe, tal vez sea posible cambiar el mundo, no por otro en suspensión, sino haciendo que éste, sea mejor. Ejemplos hay infinitos en la red. El último, el de un joven realizador español que tuvo una idea, hizo un reportaje al respecto, lo colgó en su web, después se emitió por televisión y el feed back de su blog personal está generando toda una corriente de pensamiento. El reportaje denuncia temas como la pobreza, la injusticia y la insolidaridad, y propone cambiar nuestra actitud en cada detalle de nuestra vida. La paradoja está en el uso de la telaraña mundial como herramienta para llamar la atención sobre la acción individual como motor de cambio.
… Y nos hallamos debatiendo nuevamente sobre propiedad y sobre individuo. Eso me suena. Cada vez que la sociedad repiensa sobre estas dos cuestiones, algo se agita en sus cimientos. El mundo ha oscilado entre el principio igualitario nacido tras la Revolución Francesa, y el culto al individuo y su singularidad; mientras los románticos sentían fascinación por el individuo, el marxismo lo repudió.
Hoy, las relaciones -comerciales, laborales y personales- se entretejen por la vía de la tecnología, y el espacio privado se reduce para construir un entorno más (ciber-)social, aunque, paradójicamente, nos sintamos más solos cada día…; se trata del primer paso para dejar de ser como individuos y pasar a ser una parte del todo. No es fácil ser el individuo único que todos aseguran que se es, cuando se vive y se piensa como lo hace medio mundo. Mientras el universo de la publicidad afirma que sus productos -o sea todo lo que hay a nuestro alrededor, desde un coche hasta el servicio de canguro a domicilio, porque hoy todo nuestro tiempo es tiempo comercializable- están pensados sólo para nosotros, celebra la individualidad y nos regala la personalización, ese mismo entorno comercial que todo lo abarca nos homogeneiza por completo. Es más, se nos requiere para entregarnos a la red al objeto de organizar entre todos, algo que no se sabe muy bien que es, bajo la filosofía de “todos juntos, enriqueciéndonos al unísono”.
¿Un nuevo hombre no interesado en “tener” sino en “conocer”? ¿Consumir conocimiento como eje de la economía posindustrial? La experiencia nos demuestra que siempre hay y habrá para todos los gustos, que no necesidades, porque necesidades, lo que se dice necesidades, hay pocas; la mayoría nos las crea el sistema para vaciarnos el bolsillo.
Pero mientras nos diseñan la economía que viene -por cierto, no estaría mal que los economistas se formasen en la especialidad de Ecología y Medio Ambiente, no para explotarlo mejor, se entiende, sino para preservarlo mejor…-, la mayoría de los humanos muere o malvive, y el resto se da placeres pequeños y grandes… Y aquí, en occidente, el caballo del consumo continúa desbocado. La impaciencia del consumidor se incremente y éste ansía la llegada de la nueva generación de los productos; el período entre deseo y satisfacción se acorta y la rápida obsolescencia del producto conlleva su propia devaluación. Esta aceleración ejerce una presión absoluta hacia la innovación.
Y ese es el fondo de la cuestión. Mientras la producción de bienes tradicionales se desplaza hacia países con mano de obra barata, EE.UU. y Europa han apostado por la economía del conocimiento, basada no en el desarrollo de bienes sino de ideas. Pero, si bien algunos tienen la capacidad de adaptarse con rapidez a las nuevas exigencias de la también nueva economía, éste no parece ser el caso de España. Según el último panel de la innovación de la UE, nuestro país es el único de Europa occidental que ha perdido terreno en dicha materia en los últimos diez años, y Europa, a su vez, pierde fuelle ante EE.UU. Hasta China superará al viejo continente si no se hace algo al respecto.
En nuestro país, la inversión privada en I+D+i es mínima y el fondo del asunto parece ser una cuestión cultural, y es que los españoles somos sumamente reticentes a la novedad y la renovación, además, en el ámbito empresarial, los desarrollos ya existentes no se incorporan. Aunque a corto plazo crecemos el doble que la media europea, no son pocos los analistas que advierten del peligro de una economía basada en el ladrillo. Aquí, en comparación con otros países de nuestro entorno, se produce menos, se trabaja más horas, el nivel salarial es menor, la vivienda más cara, y el nivel educativo no se aguanta en pie. Eso sí, consumir, consumimos como descosidos, la cuestión es ¿hasta cuando? Ahí va un dato sobre nuestro insuperable optimismo: España es el país europeo y uno de los países de todo el mundo donde los consumidores piensan gastar más en ocio y entretenimiento fuera del hogar, vestidos y moda, y productos de nuevas tecnologías, según un reciente estudio de la consultora ACNielsen. Por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, España es el decimoséptimo país más atractivo para los inversores extranjeros de la gran distribución, según un informe elaborado por At Kearney que pone de manifiesto que nuestro país ha perdido atractivo para las inversiones de empresas industriales, (ya que la ampliación de la Unión Europea ha generado la aparición de nuevos mercados más competitivos) y lo ha ganado para las empresas mayoristas y de distribución, hasta situarse como décimo país más valorado por este sector. Este hecho se debe al aumento de los ingresos per cápita y a los ratios de crecimiento que está obteniendo el mercado minorista. El sector de las telecomunicaciones también considera a España como uno de los países más atractivos para la inversión; el décimo.
Las grandes compañías contratan las ideas en Europa, sitúan sus fábricas en China, y sus oficinas comerciales y grandes centros de distribución en países como España -que aquí lo compramos todo-. Pero debemos trabajar para el futuro, (no tan lejano), y la innovación es la clave para la mejora de la productividad. Si la construcción se ralentiza más de lo previsto y entonces el consumo decae y, como consecuencia, el tejido empresarial (básicamente comercial), se hunde; y nuestras empresas no son innovadoras, y por tanto competitivas para ofrecer productos atractivos a mercados exteriores, el panorama es, cuando menos, desalentador.
Pero no podemos quedarnos en el terreno de las ideas. En efecto, no es fácil incorporar la cultura del conocimiento y sistematizar procesos de innovación de modo que sean generadores de riqueza y bienestar. Se trata de llevar la teoría al terreno de la praxis, porque si no lo conseguimos, la economía del conocimiento, por lo que a nuestro país respecta, no será más que una tecno-ilusión, como socio-ilusión fue el marxismo, o educa-ilusión ha sido la Logse.
Crear cosas que todavía no existen. Esa ya no es la necesidad de la sociedad que viene, es la urgente necesidad de nuestro país, ahora. Pero las grandes empresas españolas son financieras o constructoras y no necesitan investigar, con mayúsculas. Confiemos pues en las spin-off para sacarnos de este atolladero… Pero, claro, para eso deberíamos tener una generación formada para la ocasión. ¿Está el sistema educativo adaptado para formar para la innovación? ¿Se está preparando a las nuevas generaciones, las del “copy & paste,” para que fabriquen ideas de valor? Rotundamente, no. Y no lo digo yo, lo dice el famoso informe PISA.
En fin, cierto es que el mercado se transforma, que el conocimiento es nuestro valor más preciado, como lo ha sido siempre -sólo hemos de echar un vistazo a la historia de la humanidad: ciencia, arte, literatura…-, pero ahora discurre por nuevos canales, más accesibles y flexibles; y de que los intereses colaborativos y participativos constituirán importantes fuerzas que empujarán a hacer de ésta una sociedad mejor, no cabe duda. Pero que no nos vendan que la nueva economía en red nos eleva a una existencia mística que nos lleva a la superación de nuestra naturaleza material para liberarnos del mundo terrenal, fundiendo al individuo en una gran masa de conocimiento y participación que dé origen a un ser cien por cien social…, entre otras cosas porque, mientras nos embelesamos con la ciber-ficción, alguien habrá acechando para capitalizar todo ese conglomerado de ideas y buscará -o tal vez lo haya conseguido ya- monopolizar las infraestructuras físicas por las que nuestro nuevo alimento ha de discurrir.
Sentada en un vagón del metro barcelonés, escucho las inquietudes de las dos sudamericanas que viajan en mi misma hilera de asientos. Sus angustias y también sus ilusiones, son muy terrenales. Platican sobre sus respectivos “papeles” -y no me refiero a los que han traído de cabeza a todo el país, el tema no les interesa lo más mínimo-; planean un paseo por el centro comercial; e intercambian sus números de teléfono móvil. Por cierto, una de ellas le cuenta a la otra que este año sí viajará para ver a sus hijos. De pie, un grupo de estudiantes ríe sin parar, mientras hablan de sus cosas; lo hacen mezclando las lenguas de aquí, y entre frase y frase, a la rubia del Erasmus le chapurrean un escueto inglés. No dejan de enviar SMSs; prefiero no opinar con respecto al “lenguaje” que están utilizando… Un hombre, con apariencia árabe, que lleva en la mano un libro en francés, mira a los chavales. Yo le miro a él, y al hacerlo rememoro el indescriptible color de la luz del desierto africano donde anduve una vez. Mis ojos se humedecen. La puerta se abre. Me bajo.
Delante de mí caminan dos mujeres “nacionales” de parecida edad. Entre las dos deben sumar unos 120 años y sus preocupaciones versan sobre los bajos de los pantalones y otras costuras, y además están que trinan porque no les llega la señal de TDT. También hablan de hacer un viajecito a su tierra de meigas, su otra tierra, y también intercambian sus números de móvil. Por lo que a mí respecta, prefiero quedarme aquí, con todos ellos, y esperar con curiosidad la llegada de terceras y cuartas olas de gentes diversas; primero, porque el mundo está ahí para todos y, segundo, para seguir enriqueciendo mi espíritu con sensibilidades venidas de otros lados, y no a través del ciberespacio, sino de la expresión contundente y del gesto leve, de las palabras dichas y de las calladas, de nuevos aromas y de insólitas fábulas. ¿Emigrar al ciberespacio? Pues con billete de vuelta…, que lo bueno está aquí abajo. Cada cosa, a su tiempo. Les aseguro que entre un chat de mi tema preferido ante miles de cibernautas sin rostro y un par de huevos fritos en buena compañía, de carne y hueso, me quedo con los huevos… pero, sobre todo, con la compañía…

