Dicen los antropólogos y la psicología evolutiva que el ser humano está preparado para la escasez, y que cada respuesta de nuestro cuerpo y cada matiz de nuestro comportamiento responden, en buena medida, a un objetivo programado en la memoria genética de cada uno de nosotros: la supervivencia. El caso es que nuestra especie se enfrenta a una situación no prevista por la naturaleza: la abundancia.
Aquí, en el mundo industrializado, llevamos varias décadas de crecimiento, suficiente para valorar hasta qué punto el desarrollo económico nos ha traído, como individuos, satisfacción, dicha, plenitud, paz, equilibrio, en fin, eso que llaman felicidad.
De hecho, un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud desvela que la depresión se ha convertido en la enfermedad que tiene un mayor impacto social en los países ricos, y cifra en una de cada veinte las personas que la sufren. Al parecer, las patologías de tipo psicosocial, como el estrés, la depresión o la ansiedad, que generalmente arrancan de la persecución de la abundancia, son seña de identidad de las sociedades ricas que, a pesar de gozar de más placeres y comodidades, son más vulnerables al abatimiento interior.
La primera globalización, la de las fusiones y adquisiciones entre empresas, la de la lucha por la eficiencia en costes y la competitividad, la que convirtió la economía en el motor de nuestras vidas; en fin, la globalización de los mercados, de la pobreza, de los gustos, de la cultura, de los valores y de los comportamientos, puede pasar a la historia en cuestión de un par de décadas. Hoy se está produciendo un cambio en los depositarios del poder económico: a Occidente le cuesta cada vez más imponer su modelo, y las reglas de la economía las están poniendo otros; los manufactureros han pasado el testigo de su primacía a los distribuidores y la tecnología ha entregado al ciudadano nuevas formas de poder. Es la segunda globalización.
Pero, ¿qué sucedería si los ciudadanos decidieran que ya tienen, producto arriba producto abajo, lo que necesitan? ¿si redujeran su margen de insatisfacción, o sea, el que hay entre lo que se posee y lo que se desea, y que es lo que mantiene en pie el sistema y sustenta el crecimiento económico?
Nuevos valores se gestan, nuevas inquietudes están despuntando en esta primera década del milenio que hacen pronosticar la llegada de una fase caracterizada por la revolución del ciudadano, o sea, del consumidor.
¿Ocurrirá que, tras adquirir compulsivamente objetos con funciones duplicadas y solapadas, e infrautilizadas -al estilo del nuevo iPhone de Apple-, saciados de haber consumido de todo, descartaremos aquello que no se ajuste a nuestra necesidad?
¿Nos abocará la experiencia acumulada en los años de la primera revolución de lo global a una dinámica de vida más responsable, consumo incluido?
¿Nos rebelaremos contra la tiranía del reloj, contra la presión del sistema hacia las falsas necesidades, contra las empresas que contaminen, contra la publicidad engañosa o contra la muerte del comercio en los núcleos urbanos…?
Mónica Daluz / pdf

