En éste nuestro primer número del año hemos optado por huir de la fórmula, digamos, tradicional: el resumen anual. A usted, amigo comerciante, lo que le interesa es saber qué se venderá en 2005, las tendencias tecnológicas que vienen y cómo éstas entonan con el consumidor de hoy. En línea blanca el aspecto práctico sigue primando, mientras los productos de marrón representan la materialización de un estilo de vida.
Nadie quiere renunciar, por ejemplo, a ver florecer en su salón altavoces de todos los tamaños; cuantos más mejor. Todos quieren su home cinema. El fabricante no deja escapar la oportunidad de hacer realidad las ilusiones de sus clientes potenciales, así que, no hay problema, el aluvión de oferta para todos los bolsillos está asegurado.
A la línea blanca le pedimos menos ruido, menos espacio, menos funciones innecesarias, menos precio y, algunos, hasta piden materiales y procesos menos contaminantes. A la línea marrón ya no se le puede pedir que sea más plana ¿o sí?, y a la telefonía ¿cómo atreverse siquiera a soñar que sea más pequeña y al tiempo haga las veces de televisor portátil? De locura.
La tendencia en nuevas tecnologías apunta hacia la profesionalización de los productos domésticos. He aquí algunas pistas de lo que veremos en 2005:
Con la tecnología de inferencia semántica sacaremos más partido a los buscadores de la red puesto que ésta contempla no sólo el contenido sino también el contexto; la introducción de dispositivos NAS, de almacenamiento acoplado a la red, a precio razonable, solventará las limitaciones de discos duros y DVDs, que pronto se nos quedarán cortos…; aparatos multitareas en miniatura; pilas de combustible en miniatura que otorgarán a nuestros portátiles mayor autonomía de computación; y, atención, éste será el año de la voz sobre protocolo de internet.
¿Los precios? Caerán en picado en televisores de pantalla plana, en memorias RAM flash y las cámaras digitales profesionales entrarán en el hogar. Mónica Daluz / pdf
Multitudes fragmentadas
Y en el origen -de la sociedad de masas…-, el fabricante creó, el publicista vistió el producto, el comerciante lo prescribió y el consumidor lo acató. Después, el publicista diseñó el producto, el productor lo fabricó, el distribuidor lo sirvió y el consumidor lo recogió. Hoy, el consumidor pide, el publicista vende, el fabricante acata y el minorista… El minorista deberá buscar su lugar y aportar valor a esta cadena que ha invertido su dinámica y ha colocado al consumidor en la cima del mundo. Usted también debe dirigirse, exclusivamente, a él, al individuo que está entrando por la puerta; pero antes tendrá que salir a buscarlo, como hacen todos… Su establecimiento -la venta- es el ultimo paso, el final del camino, la culminación de su estrategia.
Quienes se llevan el gato al agua aplican la fórmula precio-entretenimiento, pero eso es sólo la superficie. El mar de fondo: la personalización.
De personalización se viene hablando desde mucho tiempo atrás; parece que fue ayer pero el marketing relacional es ya un clásico; los servicios a medida se imponen y hoy a nadie sorprende que las compañías luchen en sus mensajes publicitarios por ser los mejores en dar con esa frase que parece estar pensada sólo para uno, a pesar de su difusión masiva.
En el imperio del fast foot te confeccionan ensaladas a medida en cuestión de segundos, con tan solo señalar aquellos ingredientes que en ese instante te pide el cuerpo. En el reino del “todo es espectáculo”, una enorme tienda de muñecas propone al viandante crear una “amiga personalizada” -¿de qué película me suena…?-: ropa, complementos, peinados y, por su puesto, nombre -con partida de nacimiento que el cliente confeccionará en los PCs dispuestos a modo de self service-, a elegir; todo para garantizar que no habrá dos iguales. Mientras, por supuesto, pequeños y mayores pasan un buen rato.
En Calcuta ya se pueden encargar “pujas” -ofrendasdesde el teléfono móvil: una empresa comercializa tan singular servicio. También en India, los padres con hijos casaderos se han lanzado a buscar a través de Internet la mejor oferta para “colocar” a sus descendientes.
Aquí, en nuestro país, Loewe acaba de presentar un televisor de alta gama con algo parecido a carcasas intercambiables de distintos colores para conjuntar nuestro electrodoméstico con, por ejemplo, las cortinas…
Las técnicas de personalización en la presentación de los webs, como la “customización” de la apariencia, de los contenidos y los servicios; los menús de navegación; o los atajos favoritos, también se vienen trabajando desde hace años. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN Multitudes fragmentadas
Por Mónica Daluz
Y en el origen —de la sociedad de masas…—, el fabricante creó, el publicista vistió el producto, el comerciante lo prescribió y el consumidor lo acató. Después, el publicista diseñó el producto, el productor lo fabricó, el distribuidor lo sirvió y el consumidor lo recogió. Hoy, el consumidor pide, el publicista vende, el fabricante acata y el minorista… El minorista deberá buscar su lugar y aportar valor a esta cadena que ha invertido su dinámica y ha colocado al consumidor en la cima del mundo. Usted también debe dirigirse, exclusivamente, a él, al individuo que está entrando por la puerta; pero antes tendrá que salir a buscarlo, como hacen todos… Su establecimiento —la venta— es el último paso, el final del camino, la culminación de su estrategia.
Quienes se llevan el gato al agua aplican la fórmula precio-entretenimiento, pero eso es sólo la superficie. El mar de fondo: la personalización.
De personalización se viene hablando desde mucho tiempo atrás; parece que fue ayer pero el marketing relacional es ya un clásico; los servicios a medida se imponen y hoy a nadie sorprende que las compañías luchen en sus mensajes publicitarios por ser los mejores en dar con esa frase que parece estar pensada sólo para uno, a pesar de su difusión masiva.
En el imperio del fast food te confeccionan ensaladas a medida en cuestión de segundos, con tan solo señalar aquellos ingredientes que en ese instante te pide el cuerpo. En el reino del «todo es espectáculo», una enorme tienda de muñecas propone al viandante crear una «amiga personalizada» —¿de qué película me suena…?—: ropa, complementos, peinados y, por supuesto, nombre —con partida de nacimiento que el cliente confeccionará en los PCs dispuestos a modo de self service—, a elegir; todo para garantizar que no habrá dos iguales. Mientras, por supuesto, pequeños y mayores pasan un buen rato.
En Calcuta ya se pueden encargar «pujas» —ofrendas— desde el teléfono móvil: una empresa comercializa tan singular servicio. También en India, los padres con hijos casaderos se han lanzado a buscar a través de Internet la mejor oferta para «colocar» a sus descendientes.
Aquí, en nuestro país, Loewe acaba de presentar un televisor de alta gama con algo parecido a carcasas intercambiables de distintos colores para conjuntar nuestro electrodoméstico con, por ejemplo, las cortinas…
Las técnicas de personalización en la presentación de los webs, como la «customización» de la apariencia, de los contenidos y los servicios; los menús de navegación; o los atajos favoritos, también se vienen trabajando desde hace años.
Ella, la tecnología, nos ha colocado en esta coyuntura de profundo cambio social en la que las fuerzas del mercado vienen y van, y en su tira y afloja nos han inundado de una igualdad aparente, y al mismo tiempo, como si, de algún modo, quisiera compensarnos por tanta copia, arrepentida de ser causante del comportamiento mimético de las sociedades desarrolladas, de haber extendido lugares clonados, y haber convertido la vida en esta parte del mundo en una partida de cromos repetidos; nos brinda nuevas posibilidades para escapar —o que parezca que lo hacemos—. La personalización de cualquier cosa ya es posible gracias, también, a la tecnología. Si en los 80 corríamos a ser acogidos por alguna de las variopintas tribus urbanas del momento en busca de gentes con nuestros mismos intereses, hoy nos «tuneamos» lo que sea con tal de ser diferentes, porque el acceso a comunidades afines a uno es tan sencillo como sentarse frente al ordenador, aunque sea en la soledad más absoluta…
Pero, ¿qué hay de la personalización de la cultura? ¿Cómo nos enlatarán los productos culturales y nos los servirán a medida? En definitiva, ¿de qué manera se globalizará la personalización? El medio de comunicación audiovisual por excelencia, la televisión, también va a adecuarse a nuestros gustos particulares y a través de los canales temáticos que se disponen a tomar las ondas, nos esperan propuestas que nos especializarán todavía más y nos reafirmarán en nuestros intereses. ¿Es posible colocar, bajo una apariencia de parque temático, contenidos que, a través del divertimento, sacien intereses culturales? El medio televisivo siempre ha buscado entretenimiento, lo cual no sólo es lícito, sino muy recomendable para la salud de cuerpo y mente, pero ¿hasta dónde llegará el proceso de mercantilización de la cultura?
Son muchas las incógnitas que hoy se abren acerca de las consecuencias de estos nuevos modos de fluir de la comunicación, pero el caso es que quien tenga las mejores herramientas tecnológicas para obtener información, tendrá más posibilidades de hacer diana con sus lanzamientos de productos y servicios. Por otro lado, el consumidor corre el riesgo de autosegmentarse; el consumo permanente de productos culturales y de ocio situados dentro de sus intereses le restará tiempo y oportunidades para indagar en nuevos conocimientos, coquetear con posturas alternativas o descubrir otras aficiones.
El consumidor busca personalización, pero ¿hasta qué punto desea ser segmentado, reducido a tópico? Parece que la fragmentación le va a venir muy bien a la industria tanto de bienes de consumo y servicios, como de productos culturales. Seguramente el consumidor no caerá en el error de concebirse a sí mismo en función de aquello que consume. Pero los productores sí lo harán. En breve, nuestro televisor se convertirá en una extraordinaria fuente de información para, con la excusa de adecuar la oferta a la demanda, vender-persuadirnos mejor, afinar targets, y construir imagen de marca con parámetros más ajustados a los públicos objetivos.
Y es que para lo bueno y para lo malo, la marca sí cuenta, y mucho. Todavía hay quien afirma ser inmune a la influencia de las marcas, pero no es verdad; tamaña heroicidad resulta imposible porque no podemos borrar las percepciones. Hoy menos que nunca, podemos escapar a la influencia de las marcas; la recepción de estímulos se ha multiplicado en una relación directamente proporcional al desarrollo tecnológico en la medida en que ha venido a darse una multiplicación de canales emisores. Pero en años venideros, no bastará con la diversificación de canales y soportes sobre los que deslizar el mensaje publicitario, sino que deberán idearse fórmulas concebidas desde otros esquemas, otros puntos de vista, porque este ensanchamiento del espacio publicitario global va a traer un debilitamiento del impacto.
En este inédito panorama socioeconómico que se está configurando, asistiremos también a nuevas formas de consumo, porque las personas se están organizando para generar alternativas locales, regionales o globales: comercio regional, comercio justo, comercio solidario, etc.; fórmulas que acabarán por generar nuevas corrientes de pensamiento y nuevos hábitos de consumo.
Las empresas se reposicionarán y buscarán nuevos nichos de mercado, que podrán ser más acotados, pequeños y específicos, y que aportarán un retorno rápido de la inversión. Sin embargo, para detectar esas necesidades tan localizadas hará falta algo más que ser avispado; se precisará mucha información —lo cual constituye el menor de los problemas—, flexibilidad y rápida capacidad de respuesta pero, sobre todo, buenas herramientas para la gestión de esas cantidades ingentes de información, con las que convertir los datos en conocimiento, y gestores con la capacidad de interpretar esas informaciones en clave sociológica, porque el comportamiento de las personas es sólo predecible hasta cierto punto, y el impacto de los acontecimientos ocurridos en cualquier lugar puede acarrear, en un instante, cambios en la dirección de las multitudes, diversas y distantes, pero que se mueven como una sola ante determinadas situaciones de injusticia, temor, etc.
Especialización de contenidos, segmentación de públicos, micro-marketing y data-mining o minería de datos (se llama así al proceso de extracción de conocimiento a partir de datos) a la carta… Pero, ¿qué hay que hacer para vender lo máximo posible en las mejores condiciones posibles? Los problemas con los que frecuentemente se encuentran las empresas a nivel estratégico son: que, en ocasiones, el posicionamiento de la compañía no es lo competitivo y diferenciado que sería deseable, lo que conduce a las destructivas «guerras comerciales», que reducen, progresivamente, los márgenes; la falta de información específica sobre cada segmento de cliente, como sus características o su potencial de crecimiento, por ejemplo; el desconocimiento de los costes y rentabilidad exactos de cada segmento de cliente en relación a los diversos tipos de productos o servicios; o la inexistencia de mecanismos que definan nuevos productos o servicios adaptados a las necesidades de los distintos segmentos.
El consumidor busca personalización pero, ¿hasta qué punto desea ser segmentado, reducido a tópico?
En los 80 las empresas no buscaban retener al cliente, pues éste se hallaba irremediablemente entregado al fabricante, que era quien decidía qué productos comercializar. Una publicidad amable, con un toque de humor y hasta pueril, era suficiente para recordar a “tus” clientes que seguías ahí… Con la siguiente década llegó la liberalización de los mercados y el consumidor se encontró, de pronto, detentando el poder. Pudo elegir qué quería, como lo quería y cuándo lo quería. Y fue implacable; infiel y exigente, cambiaba de compañía en un santiamén y la competitividad de las empresas se desmoronó de un día para otro. Entonces, los mensajes publicitarios buscaron la seducción. Pero, en cualquier caso, una seducción que cortaba a todos por el mismo rasero…
Eso se acabó. Y con el siglo XXI surge la necesidad de implantar una estrategia de CRM (costumer relationship management, o gestión de las relaciones con los clientes) con la que convertir a los clientes, en clientes fieles.
El CRM, que supone una orientación estratégica de la empresa hacia el cliente, trabaja el objetivo de aumentar el valor de la relación con éste. Se trata de una filosofía corporativa en la que se busca entender y anticipar las necesidades de los clientes existentes y también de los potenciales, apoyada en soluciones tecnológicas que facilitan su aplicación, desarrollo y aprovechamiento. El CRM no es un software milagroso, es una estrategia de negocio centrada en el cliente.
Conseguir verdaderamente fidelizar al cliente implica conocerlo; saber quién es y cuáles son sus gustos y preferencias, para poder ofrecerle lo que quiera, cuando lo quiera y como lo quiera. En este sentido, este tipo de soluciones recogen de manera eficaz la información, lo que resulta básico para analizar y segmentar, y también permiten la comunicación posterior a través de los diferentes canales. Pero, además de las herramientas tecnológicas de recogida, almacenamiento y gestión de datos, son necesarias reglas en el funcionamiento interdepartamental de las empresas.
En definitiva, hemos pasado de estar en una economía donde el centro era el producto, a una centrada en el cliente, y se necesita tener conocimiento sobre éste para poder desarrollar productos que respondan a sus expectativas.
Las nuevas tecnologías al servicio de la fidelización permiten manejar una cantidad enorme de datos y ayudan a sistematizar la personalización. Y es que es más rentable fidelizar a los clientes que adquirir nuevos. El eje de la comunicación de los nuevos tiempos es el marketing directo enfocado a clientes individuales en lugar de a medios masivos. La personalización del mensaje, en fondo y en forma, aumenta drásticamente la eficacia de las acciones de comunicación. Y aún hay algo más: todo debe pasar por los sentidos y convertirse en experiencia, porque ya no se concibe el conocimiento sin emoción. Pero ¿les será posible a las empresas dotarse de una oferta a medida sin caer en segmentaciones estereotipadas?
Ya veremos. Para empezar, cuidado con su mando a distancia, porque éste les contará a los medidores de audiencias todo acerca de nuestros gustos. Es posible que la selección de canales configurada en los primeros nueve dígitos de nuestro mando haya sido consensuada por los miembros de toda la familia, puede incluso que lo hayamos echado a suertes (aunque las cadenas, con sus “nombres-cifra”, pugnen por asegurarse un lugar en esos botones), pero ellos, nos tratarán en función de esa elección. Nos clasificarán, nos empaquetarán y nos servirán contenidos y publicidad a medida…
¿Será la televisión que viene un garante de la pluralidad o será un gran ojo observador que lo sabrá todo sobre nosotros?
Editorial. Ha llegado la hora de actuar (…)
Ha llegado la hora de actuar. Muchos de ustedes ya están en ello… Hablamos del factor entretenimiento, omnipresente y que todo lo puede…
En este número les ofrecemos, entre otros contenidos, el informe anual de la Asociación Nacional de Centros Comerciales. Sí, los centros comerciales. Esos lugares que han devenido seña de identidad de las sociedades ricas de nuestra era. Ellos fueron pioneros en integrar el e-factor; los más prestigiosos analistas aseguran que el entretenimiento trasladado a los locales comerciales constituye el más significativo fenómeno de nuestro tiempo.
En EE.UU. los almacenes Wal-Mart han dotado a sus centros de lo que ellos llaman entertailing, contracción entre entertainmet y retailing (entretenimiento y venta al por menor). Es la fórmula del parque temático, que se extiende por doquier. En la sala de juntas de los ejecutivos de estos grandes monstruos de la venta, donde seguro no ha de faltar la colaboración de, por lo menos, un ilustre director cinematográfico y…, déjenme pensar, sí, también de un niño, se busca atraer al cliente por la vía de las sorpresas complementarias más que de por los productos que vende.
Y a propósito del mundo del cine, sin duda, el comercio se ha transformado en una película; ya hay complejos que cobran por entrar y se autocalifican como «lugares de pasatiempo», huyendo de la denominación «centro comercial».
Atrás quedaron las épocas centradas en la dimensión utilitaria del producto y hoy, días en los que lo invisible cotiza al alza, la marcas, la publicidad y el establecimiento se transforman en motivo de experiencia, en oportunidades para sentir, en historias que vivir.
Ni siquiera los museos se libran del patrón «parque temático» o de tienda con e-factor. Sus gestores son muy parecidos a los que unas líneas atrás se deleitaban escuchando las fantasías del cineasta; el objetivo sigue siendo el mismo, crear un entorno emocional que atraiga al público. Así, las colecciones se nos presentan de sorprendentes y divertidos modos, -aunque no aporten conocimiento histórico-, menos de la manera más lógica, en orden cronológico; sería demasiado aburrido. En la era de la distracción que en todos lados cala, se busca la educación lúdica y con el esfuerzo mínimo, de cuyos resultados todos parecen estar escandalizados y sobre los que ya han informado sobradamente los medios de comunicación, al estilo de ahora, inquietante, tremendista y desmesurado, y en el que todo es reciclable en espectáculo.
Pero volvamos a lo nuestro, a cómo hacemos las cosas, a cómo las hacen otros, y a cómo mejorarlas. Una visita relámpago a las principales capitales europeas nos lleva directamente al quid de la cuestión: el detallista de menaje recrea un escenario de película, con una espléndida mesa, inacabable, perfectamente servida; entrar en un pequeño comercio de bolsos para señora transporta al transeúnte a un lugar de ensueño… hay algo en la disposición del producto, cuidadosamente seleccionado, en el atrezzo, en las categorías menores que acompañan la escena; …y la tienda de juguetes…, hecha, por supuesto, a imagen y semejanza de un parque temático: alegres animadores; amables demostradores de producto que invitan a jugar a niños y adultos; fábrica de peluches in situ, con inflado de espuma personalizado; y una puerta, misteriosa, con luces, músicas y olores que primero te hipnotizan y después te empujan hacia, por ejemplo, el “rincón” de Harry Potter… Por cierto, ¡hasta el vendedor de perritos calientes aprovecha la campaña del Día de los Enamorados para vender más…! La ambientación es la clave, estímulos para los sentidos, en fin, experiencias sensoriales que prometan placer y satisfacción.
Los que más saben de esto aconsejan pensar y actuar como los grandes, con la flexibilidad y proximidad de los independientes, pero, sobre todo, con mentalidad de empresario.
La imaginación es la mejor herramienta de que dispone el ser humano y, sino, que se lo pregunten a los comerciantes. Éste es, sin duda, uno de los mayores retos a los que deberá enfrentarse en los próximos años. En efecto, son muchos los elementos que entran en juego en el comercio minorista: gama de productos, precios, escaparate, márgenes, diseño de la tienda, operaciones, merchandising, promociones, comunicación, empleados y proveedores. Y todos ellos deben estudiarse con detenimiento, pero el reto lo tiene, amigo, frente al espejo, nadie excepto usted le proveerá de la fórmula perfecta. Céntrese rabiosa y absolutamente en el cliente. Un consumidor que pide a gritos más metros. Ya lo ha probado y se ha quedado colgado del formato de sus sueños, negándose a renunciar al exceso, un exceso que sólo es soportable con mucho humor y, sobre todo, con diversión. Imaginación en cantidad habrá que echarle para conseguir la gracia de quien se sabe rey… El cliente de nuestros días, si se aburre, se va. Divierta y venderá. Mónica Daluz / pdf
En movimiento y ¡a toda máquina! Pero ¿hacia dónde?

OPINIÓN
Velocidad, tiempo, espacio y materia; variables de una ecuación sin solución
Hoy todo gira en torno al disfrute del tiempo libre; esa es la aspiración de nuestra sociedad. Sólo eso, una aspiración. Es el argumento en boga, la frase de la década. Pero hay algo en el discurso del ocio que no se sostiene y que más bien parece una reivindicación filosófica que se quedó en el estadio de lo teórico.
La verdad es que vivimos a todo ritmo; los minutos henchidos de actividad se suceden, y sin querer caemos en una autoimposición de quehaceres, por mandato de esta nueva sociedad que llaman del ocio, -los más ilusos-, de la información, -los idealistas-, pero que, en realidad, tiene como finalidad la mejora de la productividad y, como objetivo último, el consumo desbocado, y que ha calado del tal modo en nuestro leve ser que recelamos del “tiempo muerto”, y desertamos de él planeando más y más proyectos, más y más diligencias, aterrados ante la idea de que un segundo de nuestro tiempo pueda ser gastado en balde. Ya lo dijo Einstein: a más velocidad, el tiempo transcurre más despacio. Y nos lo hemos tomado a pie juntillas. Arrastrados por la fuerza de la inercia nos hallamos inmersos en una espiral sin final y, deslumbrados por la velocidad, creemos que vivir deprisa es la mejor manera de aprovechar el tiempo, bajo la consigna, no ya de “estar vivo”, si no de “vivir”, que es distinto.
La celeridad condiciona nuestras vidas desde el mismo momento en que aterrizamos en este mundo, y abarca asuntos bien dispares… Los animales y vegetales que han de servirnos de sustento, son inflados para estar listos en el mercado lo antes posible. La niñez también se acorta y, al amparo del siglo que despunta, nace una nueva categoría vital, la llamada “preadolescencia”, que no es más que la constatación de que el niño adelanta su entrada en la dinámica de la adultez. Los productos se atropellan. Y siguen saliendo escobas con innovaciones tecnológicas que, si observamos su funcionamiento al microscopio, vemos que logran arrastrar el polvo con una eficiencia superlativa; en fin, una revolución de producto, aunque el fabricante ya está perfilando la nueva campaña de marketing de la siguiente generación de escobas, de las que se afirmará sin rubor que supera con creces a las que quince días antes se certificó con no sé qué sello, que eran, simplemente, inmejorables… Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
En movimiento… … y ¡a toda máquina! Pero, ¿hacia dónde?
Velocidad, tiempo, espacio y materia; variables de una ecuación sin solución
Por Mónica Daluz
Hoy todo gira en torno al disfrute del tiempo libre; esa es la aspiración de nuestra sociedad. Sólo eso, una aspiración. Es el argumento en boga, la frase de la década. Pero hay algo en el discurso del ocio que no se sostiene y que más bien parece una reivindicación filosófica que se quedó en el estadio de lo teórico.
La verdad es que vivimos a todo ritmo; los minutos henchidos de actividad se suceden, y sin querer caemos en una autoimposición de quehaceres, por mandato de esta nueva sociedad que llaman del ocio, -los más ilusos-, de la información, -los idealistas-, pero que, en realidad, tiene como finalidad la mejora de la productividad y, como objetivo último, el consumo desbocado, y que ha calado del tal modo en nuestro leve ser que recelamos del “tiempo muerto”, y desertamos de él planeando más y más proyectos, más y más diligencias, aterrados ante la idea de que un segundo de nuestro tiempo pueda ser gastado en balde. Ya lo dijo Einstein: a más velocidad, el tiempo transcurre más despacio. Y nos lo hemos tomado a pie juntillas. Arrastrados por la fuerza de la inercia nos hallamos inmersos en una espiral sin final y, deslumbrados por la velocidad, creemos que vivir deprisa es la mejor manera de aprovechar el tiempo, bajo la consigna, no ya de “estar vivo”, si no de “vivir”, que es distinto.
La celeridad condiciona nuestras vidas desde el mismo momento en que aterrizamos en este mundo, y abarca asuntos bien dispares… Los animales y vegetales que han de servirnos de sustento, son inflados para estar listos en el mercado lo antes posible. La niñez también se acorta y, al amparo del siglo que despunta, nace una nueva categoría vital, la llamada “preadolescencia”, que no es más que la constatación de que el niño adelanta su entrada en la dinámica de la adultez. Los productos se atropellan. Y siguen saliendo escobas con innovaciones tecnológicas que, si observamos su funcionamiento al microscopio, vemos que logran arrastrar el polvo con una eficiencia superlativa; en fin, una revolución de producto, aunque el fabricante ya está perfilando la nueva campaña de marketing de la siguiente generación de escobas, de las que se afirmará sin rubor que supera con creces a las que quince días antes se certificó con no sé qué sello, que eran, simplemente, inmejorables…
Y para atosigamientos y hartazgos, el de contenidos audiovisuales que se avecina. Parece que ahora va de veras… la televisión digital terrestre se aproxima y el alud de canales que se nos viene encima va a ser otro de los asuntos que deberemos aprender a gestionar para no perder la cordura.
Los medios de comunicación de la prensa escrita generalista pugnan entre ellos por ser los primeros en colgar las noticias en su edición electrónica, en el convencimiento de que el nuevo soporte les brinda la posibilidad de competir con otros medios que hasta ahora tenían la exclusiva de la inmediatez. Los redactores de a pie cuentan que han dejado de acudir a muchos acontecimientos noticiables porque los reciben en directo desde la redacción y escriben su crónica en tiempo real, de manera que la información, en aras de este nuevo imperio de lo inmediato, se acerca peligrosamente a la transcripción literal. En los actos ineludibles, la presencia del periodista se convierte en una carrera por agarrar el dossier de prensa y cruzar temerariamente la ciudad para ser el primero en llegar a su redacción; o por enviar la foto vía e-mail desde una PDA. Y es que la velocidad es igual, muchas veces, a cantidad sin calidad, y la saturación genera, primero, desconcierto y, de ahí, al peor de los pronósticos: la parálisis.
Los profesionales de la información se han dado cuenta de que la reflexión y el análisis son la clave de la oferta comunicativa que viene y el único modo de añadir valor en un entorno en el que el conocimiento estrictamente académico se halla al alcance de todos (los de este lado del Globo) en un instante y en cualquier punto del planeta. De modo que se han lanzado a cavilar por su cuenta, y hoy webs y blogs ofrecen tantas meditaciones que no sabes por dónde empezar a leer. La era del exceso nos desafía con descaro y nos presiona peligrosamente, de modo que la salud mental de los individuos se resiente a consecuencia de la angustia que provoca no lograr gestionar y resolver su particular “ecuación” (la Consejería de Salud de la Generalidad de Cataluña acaba de hacer público el dato de que alrededor del 30% de las consultas al ambulatorio en dicha comunidad se debe a trastornos mentales leves, como la ansiedad o el estrés).
Y es que la velocidad es igual, muchas veces, a cantidad sin calidad, y la saturación genera, primero, desconcierto y, de ahí, al peor de los pronósticos: la parálisis.
Como consumidores, la empanada es tal que comprar tecnología acaba por convertirse en una experiencia frustrante: el usuario, después de haber invertido buena parte de su tiempo en informarse, se encuentra con que siempre hay más y más productos, que no consigue retener en su cabeza la interminable lista de tecnologías y prestaciones, que ha dado con informaciones contradictorias que le han desconcertado más todavía, y, como consecuencia de todo ello, en más ocasiones de las deseables, el comprador sale de la tienda con inseguridad acerca de si acaba o no de tomar la mejor decisión de compra.
Una experiencia llevada a cabo en un mercado local ilustra el asunto: doce tarros de mermelada de distintos sabores fueron colocados sobre una improvisada mesa campestre; los transeúntes probaron y compraron aquellas delicatessen con entusiasmo. Semanas después, y ante tan exitosa iniciativa, más de 200 sabores fueron expuestos para deleite de los paseantes que, en esa ocasión, miraron, probaron, rieron y especularon sobre el punto de dulzor y los aromas de aquellas exquisiteces. Pero nadie compró.
Las aseguradoras hacen suyo aquello de “¿lo de siempre?”, y comparan sus servicios con la impagable eficiencia de tu camarero habitual; los mensajes de los spots de coches son cada vez más metafísicos y rasgan en las entrañas del espectador hasta llegar, no sé si a lo mejor o a lo peor, pero por lo menos sí a lo más hondo, de la esencia humana. Bajo esta nueva teoría del éxtasis, la degustación de un simple yogur puede convertirse en un verdadero alimento para el alma.
El goce de nuestros sentidos y la sensibilidad de nuestro corazón se han convertido en la llave de los intercambios, en la excusa del vaivén de mercancías, que, por otra parte, nada tienen de divino.
Estamos construyendo un mundo paralelo que se desprende de su materia para elevarse -o descender- a un plano no corpóreo que requiere un gran esfuerzo mental por parte de un amplio segmento de la sociedad, a quién habrá que explicar porqué germinan a tal ritmo los, muy terrenales, aparatos tecnológicos, con la promesa de una vida mejor después de… su compra. Y es que la música es un archivo invisible, las fotos ya no se pueden tocar y el vídeo que alguien envió a tu PDA quedará atrapado allí para siempre; estamos obligados a pensar en abstracto y eso requiere su tiempo. Mientras tratamos de asimilar las tecnologías, el mercado nos empuja al acopio de productos, y hoy causan furor los que se llevan encima, como si fueran un complemento de nuestra indumentaria. En fin, que como “a río revuelto, ganancia de pescadores”, parece que la idea que flota en el ambiente sea: “hasta que el consumidor se aclare, que vaya comprando…”
Y en este nuevo espacio en el que nos movemos en compañía permanente de todo lo nuestro y en el que nos estamos, poco a poco, acostumbrando a vivir, no sólo la industria de la electrónica de consumo sino la vida misma, parece evolucionar hacia un entorno IP y móvil.
La cuestión es que el ciudadano ha entrado de lleno en ese nuevo contexto móvil, transformador de procesos y relaciones, con incidencia desde en la industria hasta en las relaciones con nuestros congéneres, hacia el que las nuevas tecnologías nos han conducido. Las cifras son reveladoras en el mercado de equipamiento personal de electrónica de consumo: en el primer semestre del año, las ventas de reproductores portátiles de MP3 han crecido más de un 1.500%.
El individuo se ha dejado fascinar rápidamente por las posibilidades de las nuevas tecnologías móviles, y le entusiasma estar conectado permanentemente y tener acceso a todos sus recursos y a la interacción de los mismos, en todo momento, tanto en lo personal como en lo profesional, porque el proceso de convergencia no es sólo tecnológico e industrial sino que nos ha traído la unificación y la integración de los diferentes ámbitos e intereses de nuestra vida.
Si duda, ha sido el gran consumo el que ha tirado del carro. Mientras, el mundo empresarial está un paso por detrás del consumidor y ha resultado ser poco permeable a la introducción de las nuevas aplicaciones que permiten las tecnologías de la movilidad. Los últimos datos hablan de un retroceso de seis puntos de nuestro país en materia de aprovechamiento de este tipo de tecnologías en el terreno empresarial.
Las empresas deberán encontrar el modo de incorporar las posibilidades que ofrecen estas nuevas tecnologías, implementándolas en una estructura horizontal y de capas, y hacer que las soluciones de comunicación se inmiscuyan en todos los procesos, no sólo como valor tangible sino penetrando vía servicio. La combinación de ese entramado de tecnologías comunicacionales debe, además, transmitir los valores de la compañía y tener un retorno rápido de la inversión. El mundo empresarial tendrá que lanzarse a explorar las oportunidades nacidas de la mano de las tecnologías de las comunicaciones móviles y poner en práctica el llamado CRM (Customer Relationship Management).
Pero no lo podemos evitar. Nos empeñamos en saber cuál será la tecnología del futuro: cuál es la mejor, qué sistemas se sustituirán unos a otros… Sin embargo, la clave para el aprovechamiento de las posibilidades, en este caso, de las tecnologías móviles, estará en la retroalimentación entre soluciones y en utilizar en cada momento la más adecuada.
La fusión entre lo virtual y lo real, y entre el tiempo y el espacio, avanza a pasos de gigante y ya se oye hablar de la “internet de objetos”, que vendrá de la mano de la EPC. El futuro sustituto del código de barras (Wal-Mart ya está en ello) y DNI del producto, permitirá a todos los socios de la cadena de distribución un estocaje actualizado y una optimización de la trazabilidad. Estos nuevos modos de gestión de activos tratan de mejorar los procesos estableciendo un diálogo con los recursos que los mueven. Y es que hoy, la empresa dispone de recursos productivos, humanos e informáticos, más inteligentes, mientras que en materia de mercancías, que es en definitiva lo que mueve el mercado, no se ha invertido en desarrollo tecnológico.
Pero volvamos al consumidor de a pie, que goza de sus contenidos multimedia gracias a un sin fin de pequeños aparatos que porta zurcidos a su persona. Y es que hemos pasado de tener el mundo en el salón, a llevarlo en el bolsillo. Ya son una realidad los nuevos sistemas que permiten las primeras emisiones de televisión a través de dispositivos móviles. Y mientras llegan los teléfonos con decodificador para ver la tele gratis, siempre nos quedará la 3G, que las operadoras explotarán como puedan hasta la llegada de la televisión móvil, de la que esperan sacar tajada por la vía de la interactividad. Muchas cosas van a cambiar; entre otros motivos porque las cadenas de televisión no podrán contar con tenernos a todos sentados frente al televisor entre las 8 de la tarde y las 12 de noche ¿cuál será la franja horaria de máxima audiencia? Si aciertan en la creación de contenidos y fomentan la teleadicción, ¡será prime time a todas horas…!
Los distintos actores del mercado anuncian a los cuatro vientos que la interactividad va a ser “la bomba”; desde luego, este tipo de operaciones puede ser una buena vía de ingresos para las cadenas, como lo está siendo en el Reino Unido, donde la TDT es ya una realidad. Votar, comprar, participar, elegir… La nueva televisión y los nuevos aparatos para el ocio, van a requerir de nosotros una alerta permanente y nos exigirán estar ¡aún más activos!.
… Y, yo me pregunto ¿estará el telespectador de ánimos para seguir interactuando con su televisor, tras un acelerado y agotador día de conexión permanente a sus equipos informáticos de la oficina y del hogar, y a sus dispositivos móviles, que le mantienen comunicado a todas horas con clientes, familiares, vecinos, conocidos y amigos, además de haber recibido varios avisos del sistema domótico de su hogar anunciándole que la alarma se había disparado y que el sistema detectó una fuga de agua?
Tal vez prefiera “desconectar” y quedar literalmente tirado en el sofá, sin pensar en nada y disfrutando da la pasividad, aunque sólo sea durante unos minutos al día, de aquella caja tonta de toda la vida.
En fin, para aquellos que creen que no hay vida más allá de la tecnología, más les valdría una reflexión a tiempo para que éste no sea un viaje a ninguna parte.
Editorial. Y como los gobiernos parece que no se atreven (…)
Y como los gobiernos parece que no se atreven a mover un dedo, vamos a tener que ser los ciudadanos de a pie quienes busquemos el modo de escapar de la dinámica de empobrecimiento en la que estamos a punto de entrar. Porque pobre es la sociedad que deja morir la actividad creativa y muy pocos son los que crean a cambio de nada ¿Cómo conjugar el derecho a democratizar el disfrute de, pongamos, la música o la tecnología, con los derechos de propiedad de la obra? Y aunque eso es casi tan absurdo como cuestionar la propiedad privada, el caso es que el consumidor está en su derecho de comprar sus DVDs piratas y el comerciante de electrónica de consumo lo está de comprar al mejor postor, venga de donde venga. Más claro el agua.
Son muchos los países europeos concienciados sobre temas diversos que tienen que ver con el devenir de sí mismos, y la vida de sus ciudadanos es un permanente acto de civismo; no gastan más agua ni más electricidad de la necesaria, y no se les ocurre comprar sus electrodomésticos sin antes comprobar la etiqueta de eficiencia energética; tratan de ejercer su acto de compra del modo más racional; y nadie queda que se abandone a la pereza, ni por un momento, a la hora de clasificar la basura doméstica, sobre todo, si se trata de pilas y baterías viejas.
En España todavía no hemos llegado a ese nivel de responsabilidad sobre el mundo y la economía que nos rodea y aún no castigamos, excepto por cuestiones nacionalistas, claro…, a las empresas por sus actuaciones. Así que no vamos a abogar aquí por la vigilancia del comportamiento ético de las empresas apelando a la conciencia, ya que correríamos el riesgo de que fueran pocos los que escucharan.
Pero analicemos el asunto desde otro prisma. Las grandes firmas invierten en investigación y desarrollo, pero el beneficio lo obtienen otras, que copian el producto y lo venden a precios incomprensibles, porque no gastan ni en investigación, ni en publicidad, habría que ver la dignidad de las condiciones laborales de sus empleados y, sobre todo, porque no pagan impuestos…
¿Castigará el consumidor ese comportamiento insolidario o tratará, a su vez, de aprovecharse de las circunstancias? Si se decanta por la segunda opción, por puro interés o porque a más de uno le tiente la idea del boicot, las inversiones millonarias realizadas por los grandes fabricantes en desarrollo tecnológico se irán apagando lentamente ya que la repercusión de esos costes sobre el producto lo alejarán, cada vez más, de ser competitivo frente a los productos orientales. Eso sería el fin de los márgenes.
La distribución tiene en su mano hacer una elección de valor, una elección en la que todos ganen, sobre todo, y aunque parezca lo contrario, el consumidor, porque donde hay margen hay recursos y bien saben las empresas que lo del pelotazo ya no se lleva y éstas ponen sus recursos al servicio, precisamente, del consumidor con el objetivo de crear para él.
Todo es un gran embrollo… ellos vienen y nosotros vamos, y así hemos llegado de lleno a la segunda fase de la deslocalización, marcada por la búsqueda de mano de obra cualificada. A esto se añaden los informes y prospectivas que aseguran que España tiene todo a su favor para convertirse en receptora de empresas, y se ha acuñado ya el término “deslocalización positiva” de la primera etapa, para referirse a los beneficios que, a largo plazo proporciona la deslocalización llamada «de cuello azul», o de mano de obra poco cualificada. Sobre el papel se nos recuerda que la destrucción de empleos improductivos supone un progreso para el conjunto del país, por efecto de la competencia internacional o nacional, y se nos tranquiliza asegurándonos que las fases de diseño, ingeniería, innovación tecnológica, gestión y comercialización no se irán.
Pero las empresas también deberán poner de su parte para frenar el peligro de la deslocalización de las ideas y los talentos que se infiltra en todos los ámbitos. En este sentido, por ejemplo, en el arduo mundo de la ilustración, los creadores occidentales de producciones animadas tienen dibujantes a los que nunca han visto, en tierras de oriente. Resulta baratísimo y su dominio del ratón es extraordinario. Y si se trata de comprar producciones, las cadenas de televisión optan por las más baratas, las manga que, encima, causan furor. Así, y de otros muchos modos, influye la economía en la cultura. Es la era de las comunicaciones ¿Dejamos que fluya? Mónica Daluz / pdf
Todo late ¿Más materia viva?
Necesité confirmar un dato para un artículo. Una cifra de nada. Seguramente hubiera quedado camuflada entre las palabras, pero yo quería la cifra exacta. Se trataba de un dato demasiado rebuscado, pero lo precisaba para apoyar mi extravagante teoría a tan solo 24 horas de entrada en rotativa. Utilizo la Red para casi todo y, sin embargo, el dichoso dato no circulaba on line. El teléfono tampoco fue muy útil: mi fuente es un personaje televisivo, y siempre estaba “en plató”. Desistí de tratar de aprovechar la ocasión para charlar en persona con el susodicho, así que tiré por la vía directa. Le puse un e-mail.
Me ha pasado otras veces; por el atajo del correo electrónico me cuelo en
los despachos de personajes de todo rango. Me salto a la torera a las secretarias-filtro que durante años han manipulado calladamente a altos cargos públicos y privados, decidiendo con qué información acompañar cada día el café matutino.
Pero esto es sólo una anécdota. La verdad es que en la mayoría de los casos la constricción informacional se produce de arriba a abajo. Los llaman «prisioneros analógicos» y las voces más revolucionarias aseguran que ha llegado la hora de su liberación.
Extraño título el que encabeza este artículo ¿verdad? No, no les voy a hablar de biotecnología, aunque podría; hoy las tecnologías son interdisciplinares y el mismo principio que nos hace contemplar, aunque sea distraídamente, un telefilme de lo más trivial, es el que utiliza la microcirugía en las minúsculas cámaras que introducirá en nuestros… estómagos. Les hablaré de empresas vivas, de marcas vivas, de naturaleza moderadamente viva, en fin, de una sociedad que ya no distingue partes y se funde en un gran corazón que palpita. ¡Ah!, y en la que todo es susceptible de ser gestionado…
Nuestras “bandejas de entrada” se ven asaltadas por ofertas de cursos para gestionar mejor nuestro tiempo; los directivos acuden a congresos donde el conferenciante-filósofo de turno les desafía a gestionar los activos intangibles de su empresa y les insta a medir cosas incorpóreas, aunque casi nunca les dice cómo hacerlo… Pero ¿cómo va a medirse algo que de por sí es impreciso, indefinible, vaya, tan abstracto? Rápidamente han proliferado empresas a las que puede contratarse la gestión de conocimiento y la generación de capital intelectual. A tal embestida viene a sumarse el inacabable elenco de productos de software con soluciones a tal efecto, y que se nos revelan a guisa de pequeños “googles”; si el original está buscando la forma de organizar toda la información del mundo, estos paquetes de soluciones prometen concentrar todo el know how de nuestra compañía, para garantizar el aprendizaje colectivo. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
Todo late ¿Más materia viva?
Por Mónica Daluz
Necesité confirmar un dato para un artículo. Una cifra de nada. Seguramente hubiera quedado camuflada entre las palabras pero yo quería la cifra exacta. Se trataba de un dato demasiado rebuscado pero lo precisaba para apoyar mi extravagante teoría a tan solo 24 horas de entrada en rotativa. Utilizo la Red para casi todo y, sin embargo, el dichoso dato no circulaba on line. El teléfono tampoco fue muy útil: mi fuente es un personaje televisivo, y siempre estaba “en plató”. Desistí de tratar de aprovechar la ocasión para charlar en persona con el susodicho, así que tiré por la vía directa. Le puse un e-mail.
Me ha pasado otras veces; por el atajo del correo electrónico me cuelo en los despachos de personajes de todo rango. Me salto a la torera a las secretarias-filtro que durante años han manipulado calladamente a altos cargos públicos y privados, decidiendo con qué información acompañar cada día el café matutino.
Pero esto es sólo una anécdota. La verdad es que en la mayoría de los casos la constricción informacional se produce de arriba a abajo. Los llaman «prisioneros analógicos» y las voces más revolucionarias aseguran que ha llegado la hora de su liberación.
Extraño título el que encabeza este artículo ¿verdad? No, no les voy a hablar de biotecnología, aunque podría; hoy las tecnologías son interdisciplinares y el mismo principio que nos hace contemplar, aunque sea distraídamente, un telefilme de lo más trivial, es el que utiliza la microcirugía en las minúsculas cámaras que introducirá en nuestros… estómagos. Les hablaré de empresas vivas, de marcas vivas, de naturaleza moderadamente viva, en fin, de una sociedad que ya no distingue partes y se funde en un gran corazón que palpita. ¡Ah!, y en la que todo es susceptible de ser gestionado…
Nuestras “bandejas de entrada” se ven asaltadas por ofertas de cursos para gestionar mejor nuestro tiempo; los directivos acuden a congresos donde el conferenciante-filósofo de turno les desafía a gestionar los activos intangibles de su empresa y les insta a medir cosas incorpóreas, aunque casi nunca les dice cómo hacerlo… Pero ¿cómo va a medirse algo que de por sí es impreciso, indefinible, vaya, tan abstracto? Rápidamente han proliferado empresas a las que puede contratarse la gestión de conocimiento y la generación de capital intelectual. A tal envestida viene a sumarse el inacabable elenco de productos de software con soluciones a tal efecto, y que se nos revelan a guisa de pequeños “googles”; si el original está buscando la forma de organizar toda la información del mundo, estos paquetes de soluciones prometen concentrar todo el know how de nuestra compañía, para garantizar el aprendizaje colectivo.
Pero resulta que el proceso de aprendizaje sólo puede producirse en las personas y todo programa para la gestión del conocimiento de una empresa debe contar con la voluntad del empleado.
Y ¿por qué un empleado va a querer traspasar sus conocimientos a la empresa? Sólo hay una razón: la motivación.
Para empezar, ¿sabe cuál es el nivel de implicación de sus empelados? La satisfacción de las necesidades básicas y de seguridad no será suficiente; saber satisfacer otras como las de pertenencia, reconocimiento o autorrealización resultará imprescindible para optimizar los procesos de aprendizaje y lograr una estructura flexible con la que asimilar el cambio y capitalizar oportunidades al objeto de conducir a la empresa hacia el crecimiento y la competitividad.
Nuestras “bandejas de entrada” se ven asaltadas por ofertas de cursos para gestionar mejor nuestro tiempo; los directivos acuden a congresos donde el conferenciante-filósofo de turno les desafía a gestionar los activos intangibles de su empresa y les insta a medir cosas incorpóreas, aunque casi nunca les dice cómo hacerlo… Pero ¿cómo va a medirse algo que de por sí es impreciso, indefinible, vaya, tan abstracto? Rápidamente han proliferado empresas a las que puede contratarse la gestión de conocimiento y la generación de capital intelectual. A tal envestida viene a sumarse el inacabable elenco de productos de software con soluciones a tal efecto, y que se nos revelan a guisa de pequeños “googles”; si el original está buscando la forma de organizar toda la información del mundo, estos paquetes de soluciones prometen concentrar todo el know how de nuestra compañía, para garantizar el aprendizaje colectivo.
Pero resulta que el proceso de aprendizaje sólo puede producirse en las personas y todo programa para la gestión del conocimiento de una empresa debe contar con la voluntad del empleado.
Y ¿por qué un empleado va a querer traspasar sus conocimientos a la empresa? Sólo hay una razón: la motivación.
Para empezar, ¿sabe cuál es el nivel de implicación de sus empelados? La satisfacción de las necesidades básicas y de seguridad no será suficiente; saber satisfacer otras como las de pertenencia, reconocimiento o autorrealización resultará imprescindible para optimizar los procesos de aprendizaje y lograr una estructura flexible con la que asimilar el cambio y capitalizar oportunidades al objeto de conducir a la empresa hacia el crecimiento y la competitividad.
El caso es que han llegado los nuevos ideólogos de las relaciones laborales, que con lo primero que amenazan es con cambiar, de entrada, el abominable nombre de los departamentos de Recursos Humanos. Ellos prefieren hablar de personas con recursos, y apartar el concepto de que el trabajador sea un recurso de la empresa, siendo ésta interpretada como la suma de sus miembros, entendiendo la organización como un único cuerpo del que cada empleado forma parte, cual órgano vital de la entidad. Bajo esta concepción, los trabajadores son, en realidad, la empresa.
Sin embargo, no todas las empresas están preparadas para la “transparencia total” que supone liberar todos los canales de comunicación, porque eso implica depositar en los empleados el prestigio de la compañía y la capacidad de transmisión de la identidad de la misma. Esto significa dejar que la comunicación corporativa fluya a través de cada poro de la empresa y eso sólo es posible si existe una cultura empresarial y unos procedimientos de desarrollo organizacional claros, coherentes y honestos, además de un personal debidamente formado y altamente vinculado a la empresa. En tal caso estaría en juego la imagen y el prestigio de marca cuya percepción por parte del consumidor evolucionaría en la medida en que lo hiciera la propia empresa en tanto que suma de personas, las cuales, a su vez, tendrían una acción directa sobre ella y sobre el devenir mismo de la compañía en el mercado. Esta situación generaría una gama de interacciones entre empresa y sociedad que trocaría aquella en una suerte de organismo cambiante, dúctil, con vida propia, evolucionando en libertad.
El valor de los directivos de las compañías dejaría de radicar en la elaboración de planes que imponer y hacer seguir a rajatabla a golpe de manual. El arte de gobernar una empresa será, en el futuro, lograr instalar estructuras, procedimientos, tecnologías, y culturas y estilos empresariales que logren la implicación de todos y cada uno de los miembros que la componen, interactuando y creciendo todos a una; en fin, logrando, verdaderamente, un aprendizaje organizacional. Todo un reto.
Esa es la verdadera tarea de los departamentos de Recursos Humanos, que hoy se han convertido en meros gestores administrativos al exclusivo servicio de los intereses de sus superiores, y han acabado gestionando conflictos en lugar de personas.
La información es poder pero, en la empresa, la información está fraccionada, y el tráfico de la misma parece ser la clave de esta nueva concepción de la gestión de conocimientos, en la que aquella, la información, es un activo de cada trabajador y éste la retiene y sólo la ofrece si tiene algo que ganar. … O si está adecuadamente motivado, que viene a ser lo mismo. De este modo garantizaremos la transmisión del conocimiento y mucho más, porque si acertamos a establecer los mecanismos de esa transmisión, el conocimiento colectivo tejerá una red que lo hará ser mucho mayor que la suma de los saberes acumulados individualmente. En este sentido, tal vez la empresa, la empresa inteligente, sea, en potencia, al estilo roussoniano, la forma más democrática de organización social.
La empresa tiene, en definitiva, la responsabilidad de proporcionar los medios y el tiempo para que los empleados codifiquen la información en un soporte preestablecido para tal menester y que éste sea el óptimo, al objeto de que el conocimiento se quede en la empresa y minimizar así la problemática de la transferencia de conocimientos y la intercambiabilidad de recursos en los puestos de responsabilidad que, ni en el mejor de los casos, se da al cien por cien.
Si bien en una empresa resulta fundamental la asignación y delimitación de funciones, la total especialización juega en contra del aprendizaje organizacional (en este punto la ventaja es para la pequeña empresa). La rígida estructura departamental de las grandes empresas impide al conocimiento fluir en toda su dimensión. En la labor periodística, sin ir más lejos, resulta difícil acceder, en las compañías con poca o nula flexibilidad -que no es el caso de nuestro sector-, a responsables técnicos y demás empleados con conocimientos valiosos, y todo contacto debe hacerse a través del departamento de marketing, que transforma el conocimiento en argumentos de venta excesivamente obvios.
En demasiadas ocasiones, a la especialización se añade el control de los canales de información por parte de la empresa, que concede acceso restringido a sus empleados a determinadas páginas web, o no les permite el uso de e-mail. El temor a perder el control deriva en el empobrecimiento intelectual de la empresa y merma su rentabilidad, generando empleados que ven coartada su libertad para el aprendizaje y que acaban por caer en la desmotivación.
Colegas de profesión me han contado paradojas de escándalo. Sabiéndose espiados por sus superiores pierden gran parte de su tiempo eliminando todo rastro en su PC que lleve a los espías a páginas web inadecuadas en las que ellos cayeron por casualidad, como consecuencia de búsquedas infructíferas ¡que realizaron exclusivamente para mejorar su trabajo! Y es que la confianza constituye otro pilar fundamental de las relaciones laborales.
Otro elemento que parece estar presente en el tablero de juego en el diseño de empresas rentables, es el propósito de longevidad. Estudios recientes demuestran que las empresas que no sólo persiguen la rentabilidad inmediata, si no tienen entre sus objetivos perdurar en el tiempo, tienen en común un fuerte sentido de cohesión e identidad corporativa y ejercen el liderazgo mediante la autoridad moral y la sensibilidad, estableciendo un clima de confianza; saben delegar la responsabilidad; y han experimentado a lo largo de su historia, al menos una vez, un cambio en su actividad, y lo han logrado porque han sabido sacar el máximo de sus empleados, lo cual sólo se consigue, como decíamos al principio, motivándoles; esta transformación únicamente es posible a través del conocimiento. Y aunque el conocimiento solamente se adquiere a través del aprendizaje, la mayoría de las empresas recurren al “fichaje estrella” para timonear el cambio y los ejecutivos van y vienen de empresa en empresa y mientras tanto, ésta va perdiendo identidad, lo cual termina por incrementar el grado de frustración, desintegrando las motivaciones, sobre todo entre los mandos intermedios, que se sienten injustamente apartados del nuevo reto de su empresa.
Y si la motivación es la base del crecimiento colectivo, existe un asunto que encabeza la lista de elementos motivadores y que se pone por delante de toda cuestión: la honestidad.
Ésta va a ser la clave de la empresa que viene, la empresa viva; viva porque sus miembros se alimentan de satisfacción y crecen con ella porque están en permanente evolución; esto es, una empresa que es vivida por sus empleados.
Las empresas que lideren este cambio de mentalidad obtendrán, asimismo, mayor credibilidad. El comportamiento ético de la empresa no sólo minimiza el conflicto sino que genera predisposición a compartir el conocimiento y es premisa para lograr la motivación.
La ética corporativa va más allá de las paredes de la empresa y se extiende a clientes, proveedores, productos y procesos. Este tipo de organización se concibe a sí misma como parte de un sistema vivo aún mayor: la sociedad, y como tal, debe haber una interacción y una reciprocidad. Teóricos de las relaciones laborales sostienen que la humanidad sería, además de más feliz, más productiva y mejor financieramente, si el medio ambiente fuera preservado y el medio social desarrollado. Cuestiones ambientales y sociales serán objeto de inversiones en las empresas no sólo por cuestión de imagen, sino por filosofía, y de igual modo que la innovación comienza a considerarse una inversión y no un gasto, así será también con estos dos conceptos. Nace un nuevo tipo de credibilidad empresarial.
¿Quieren un ejemplo? Decathlon informa al consumidor en sus puntos de venta de que ha detectado una deficiencia en materia de seguridad en uno de sus modelos de cascos para bicicleta, a pesar de cumplir éste con la normativa vigente, e invitan al consumidor que haya adquirido dicho producto a cambiarlo por otro, mejorado, gratuitamente. La percepción de que para la cadena es más importante el cliente que el prestigio de marca logra, precisamente, incrementar el prestigio de marca.
Abríamos este artículo hablando de la dotación en las empresas de tecnologías para la promoción del aprendizaje colectivo y de cómo los distintos sistemas de comunicación otorgan a sus miembros la libertad para materializar su crecimiento, y ello nos ha conducido, directamente, al concepto de empresa con “vida propia”, pero en el camino nos hemos percatado de que todo esfuerzo en este sentido queda anulado sino se actúa, tanto de cara al empleado como de cara a la sociedad -léase, consumidor- con sensibilidad y empatía o, como dicen ahora, con inteligencia emocional. Porque lo primero es el factor humano.
Como habrán adivinado, mi fuente contestó el e-mail, y además lo hizo a tiempo; pero esto no es una película de Spielberg así que no les voy a contar que obtuve un valioso y exactísimo dato con el que respaldar mi tesis. En el e-mail, mi admirado experto en la materia en cuestión, no confirmó la cifra porcentual que unos días antes le oí lanzar en televisión, y me explicó amablemente que se trataba de una información muy difícil de concretar. Y es que en la tele, ya se sabe, se permiten algunas licencias que en la letra impresa serían impensables -y no lo digo por mi fuente, que es un profesional como la copa de un pino-; la «caja tonta» nos cuenta de primera mano todo tipo de inverosímiles historias, aunque hoy sabemos que a muy pocas podemos dar crédito desde que a los sabuesos de exclusivas se les ha borrado en sus cerebros la línea que separa la realidad de la ficción, y en su empeño por alimentar a la sociedad de frivolidad, se juegan sus brillantes y mediáticas carreras fantaseando sobre que tal o cual muerto está en realidad vivo… En fin, ante contenidos de tal altura intelectual no es extraño que los canales alternativos de información y comunicación estén tomando el testigo.
Editorial. ¿Se han fijado en cuál es el elemento cuya pérdida (…)
¿Se han fijado en cuál es el elemento cuya pérdida más pesar causa cuando a alguien se le acaba de, por ejemplo, hundir su casa? Usted mismo, ¿cuál de todos sus enseres rescataría de una catástrofe doméstica? Sin duda aquello que no se puede volver a reproducir. Y si algo hay irreproducible en esta gran fábrica de sueños en la que hemos convertido nuestro pequeño y rico trozo de planeta, son las vivencias personales y los sentimientos que las acompañaron.
Necesitamos evocar las emociones vividas y nada hay más eficaz para activar las huellas mnémicas que conforman nuestros recuerdos, que observar imágenes de tiempos y sensaciones pasados.
Las VHS durmieron todo este tiempo y, precisa mente ahora que nos decidimos a comprobar si todavía funciona el vídeo, resulta que son ellas las que han perdido todo atisbo de expresión sonora y su imagen es casi tan imprecisa como nuestros recuerdos. Entonces, corremos a incordiar al informático de la familia para que salve, de algún modo digital, nuestras vivencias. Por un momento, nos hemos sentido al borde de un precipicio que amenazaba con malograr nuestra identidad…
Hoy vivimos momentos de redefinición en materia de archivado y conservación de la memoria. Las estadísticas indican que la mujer es más proclive a la angustia ante los recuerdos en digital; el canal de fotografía ha asumido que sólo le queda el papel -después de que el canal electro se erigiera en abanderado de las ventas de cámaras digitales-, y despliega campañas publicitarias que aluden a las ternuras de la vida para sistematizar el “pasar a papel” y no dejar morir el soporte tradicional como requisito indispensable para su propia supervivencia.
Por otro lado, los fabricantes de impresoras lo gran abaratar el coste de las impresiones domésticas y, por si esto fuera poco, ahí están los conversos convencidos; sus mentes ya sólo funcionan en digital y en sus hogares protecnológicos, el silicio es el rey… Mónica Daluz / pdf
Universo multimedia ¿El valor de lo etéreo? «Estoy pensando en ti»
Al principio creí que había un problema con el servicio o que tal vez fuera cosa del aparato. Llegué a contar hasta cinco veces seguidas la, digamos, peculiar sintonía del teléfono móvil de mi hija de doce años. Pero no había manera; el tono se cortaba. Ella tocaba algunas teclas y, otra vez: tono, y llamada que se corta. Así hasta cinco.
Resultó que lo hacían a propósito: –Nos hacemos “perdidas”–, dijo la niña con una sonrisa guasona ante mi expresión de perplejidad. Me costó algunos minutos entender la razón o la utilidad de aquel comportamiento; pero claro, el modo, aparentemente inútil, en el que las nuevas generaciones usan también la tecnología, va más allá del intercambio de información. Con las tecnologías de la movilidad, que nos regalan el control sobre el tiempo y el espacio, los chavales experimentan la sensación de estar permanentemente compartiendo su vida. Y eso les gusta.
Mucho ha llovido -seguramente no sea la metáfora más oportuna- desde que en los años 80 los padres con hijos en edad adolescente corrían a matricular a sus retoños en un curso de Basic porque prometía ser el pasaporte para conseguir un puesto de trabajo en la era de la legendaria cifra de los tres millones de parados; aunque, al final, ¿cuántos de aquellos muchachos programaron alguna vez en Basic?…
A grosso modo, la intuición no nos falló; aquello era el futuro o, más bien, la puerta que a él se entreabría.
Pronto el teléfono móvil será un mando a distancia de uso general. Con él apuntaremos hacia la máquina expendedora de naranjada y “zas”: un disparo de información, y la lata será lanzada. Móvil y expendedora habrán intercambiado un sinnúmero de datos, pero el asunto no quedará en una simple transacción económica; será todo un tratado de trazabilidad.
Aquella lata le contará a nuestro terminal móvil qué día recolectaron el 0,02% de naranja que hay en su interior, le dará todos los detalles sobre el conservante que mantiene increíblemente inalterable ese sabor a auténtica naranja y le informará de la referencia del colorante que aporta al susodicho brebaje, un tono más genuino que el del propio fruto yaciendo en el árbol; tal vez, también proporcione al usuario la dirección electrónica del químico que propuso incluir el componente número 52 porque no acababa de ver claro que los 51 que llevaba fueran suficientes.
Quien sabe, si el consumidor le «e-abruma» con reflexiones sobre lo irrelevante que resulta para él el color de aquel líquido y, por el contrario, su interés por preservar el organismo de sustancias no saludables, se percate de que existen otros intereses más allá de las paredes de su laboratorio. Entonces, quizás transmita esa desconcertante inquietud al departamento de marketing que, a su vez, ya se olía algo así porque el becario recién incorporado a la plantilla es weblogger de una bitácora que congrega a varias decenas de personas indignadas por la inacabable lista de ingredientes de las latas de bebida refrescante. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
Universo multimedia ¿El valor de lo etéreo?
«Estoy pensando en ti»
Mónica Daluz
Al principio creí que había un problema con el servicio o que tal vez fuera cosa del aparato. Llegué a contar hasta cinco veces seguidas la, digamos, peculiar sintonía del teléfono móvil de mi hija de doce años. Pero no había manera; el tono se cortaba. Ella tocaba algunas teclas y, otra vez: tono, y llamada que se corta. Así hasta cinco. Resultó que lo hacían a propósito: –Nos hacemos “perdidas”–, dijo la niña con una sonrisa guasona ante mi expresión de perplejidad. Me costó algunos minutos entender la razón o la utilidad de aquel comportamiento; pero claro, el modo, aparentemente inútil, en el que las nuevas generaciones usan también la tecnología, va más allá del intercambio de información. Con las tecnologías de la movilidad, que nos regalan el control sobre el tiempo y el espacio, los chavales experimentan la sensación de estar permanentemente compartiendo su vida. Y eso les gusta.
Mucho ha llovido -seguramente no sea la metáfora más oportuna- desde que en los años 80 los padres con hijos en edad adolescente corrían a matricular a sus retoños en un curso de Basic porque prometía ser el pasaporte para conseguir un puesto de trabajo en la era de la legendaria cifra de los tres millones de parados; aunque, al final, ¿cuántos de aquellos muchachos programaron alguna vez en Basic?… A groso modo, la intuición no nos falló; aquello era el futuro o, más bien, la puerta que a él se entreabría.
Pronto el teléfono móvil será un mando a distancia de uso general. Con él apuntaremos hacia la máquina expendedora de naranjada y “zas”: un disparo de información, y la lata será lanzada. Móvil y expendedora habrán intercambiado un sinnúmero de datos, pero el asunto no quedará en una simple transacción económica; será todo un tratado de trazabilidad. Aquella lata le contará a nuestro terminal móvil qué día recolectaron el 0,02% de naranja que hay en su interior, le dará todos los detalles sobre el conservante que mantiene increíblemente inalterable ese sabor a auténtica naranja y le informará de la referencia del colorante que aporta al susodicho brebaje, un tono más genuino que el del propio fruto yaciendo en el árbol; tal vez, también proporcione al usuario la dirección electrónica del químico que propuso incluir el componente número 52 porque no acababa de ver claro que los 51 que llevaba fueran suficientes. Quien sabe, si el consumidor le «e-abruma» con reflexiones sobre lo irrelevante que resulta para él el color de aquel líquido y, por el contrario, su interés por preservar el organismo de sustancias no saludables, se percate de que existen otros intereses más allá de las paredes de su laboratorio. Entonces, quizás transmita esa desconcertante inquietud al departamento de marketing que, a su vez, ya se olía algo así porque el becario recién incorporado a la plantilla es weblogger de una bitácora que congrega a varias decenas de personas indignadas por la inacabable lista de ingredientes de las latas de bebida refrescante.
Ha tenido lugar una propagación simultánea de la cultura del mensaje de texto, una curiosa canalización de la comunicación que, en la mayoría de ocasiones, ni siquiera supone un intercambio real de información
BLOQUE 2
Hace tiempo que el medio dejó de ser el mensaje. Primero, dejamos de asombrarnos y nos creímos capaces de casi todo, en materia tecnológica. El objeto emisor ya no es, en sí mismo, sorpresivo y eso lo saben bien los fabricantes, a quienes les cuesta horrores ingeniárselas para que caigamos rendidos ante el producto, porque el camino de la multiplicación de funciones se ha recorrido y explorado sobradamente, y hoy esa misión, la de sorprender, les ha sido delegada a los departamentos de marketing.
…Y a propósito del generador por excelencia de referentes culturales, la publicidad, ésta se ha quedado a gusto con su última hazaña, urdida con extraordinario dominio de la mercadotecnia y mayor poderío, gracias a la cual una mañana amanecimos, como si del mismísimo Día de Reyes se tratara, curiosamente inundados de “emes” en verde fosforito. Desde entonces, todo cuanto ocurre a nuestro alrededor lleva el sello, ya inconfundible, de la operadora en cuestión. Una campaña sin precedentes que, además, se ha fusionado, entre otras muchas cosas, con otro fenómeno del marketing, en este caso, cinematográfico, en el que un filme galáctico de complicado entramado de capítulos que se preceden y se suceden desconcertantemente, ha contado con una inversión en promoción que ha supuesto un extraordinario porcentaje de su coste total de producción. A golpe de GRP estos poderos logotipos acabarán instalándose en las mentes de nuestros jóvenes (de igual modo que lo hiciera un popular refresco de cola desde que nos dijeron, por activa y por pasiva, que era “la chispa de vida”), pasando a formar parte de esa maraña icónica que condiciona nuestras estéticas y que va más allá del atuendo para venir a constituir parte de nuestras vivencias.
La comunicación publicitaria es una producción cultural que rescribe los valores sociales y, aunque no transforma la sociedad, sí genera significados mediante procesos simbólicos que influyen sobre las acciones, situaciones, identidades y emociones. Hoy, la creación publicitaria utiliza el concepto tecnológico como recurso de persuasión y convierte sus instrumentos en símbolos culturales, construyendo, bajo la noción de “multimedia”, una nueva categoría urbana y nuevos modos de vida, en una sociedad que gira alrededor de la comunicación. Todo ello, por supuesto, encaminado a determinar la ocupación y el consumo durante el tiempo de ocio.
La amistad, una de las variables más destacadas en la construcción juvenil, es elemento retomado por la publicidad para ofrecerle al joven el contexto en el que usar la oferta multimedia, y hoy miles de jóvenes tecnoexpertos construyen su identidad en torno al teléfono móvil.
Pero el fenómeno del teléfono móvil va más allá. Suele ocurrir, cada vez más, que los usuarios finales hacen un uso de la tecnología de modos imprevistos por sus inventores y, en este sentido, ha tenido lugar una propagación simultánea de la cultura del mensaje de texto, una curiosa canalización de la comunicación que, en la mayoría de ocasiones, ni siquiera supone un intercambio real de información.
El caso es que la telefonía de bolsillo constituye un fenómeno sociológico que está estableciendo sus propios códigos entre la juventud. El móvil es, además, un elemento de expresión, a través del cual el sujeto muestra su personalidad, decorando la carcasa, eligiendo los fondos de pantalla o a través de las melodías.
Los distintos modos en los que actualmente es posible la transmisión de la comunicación han dado origen a novedosas maneras de relacionarse y a subculturas, que abarcan desde nuevas adicciones a nuevas formas en el cortejo entre adolescentes.
No es difícil entender el porqué de la implantación de la telefonía móvil entre los jóvenes; ésta les brinda un nuevo espacio para la comunicación privada, para la intimidad; les permite comunicarse con sus amigos fuera del ámbito controlado por los padres en un momento de consolidación de su identidad como miembros de un grupo.
El fenómeno SMS ha generado costumbres, normas sociales y terminología propias. Con las nuevas tecnologías desaparecen las dificultades del primer acercamiento, en esta generación de hijos únicos que no han tenido la posibilidad de practicar desde la infancia la comunicación con sus iguales de manera continuada. Los mensajes de texto son menos comprometidos que el intercambio verbal; es un alivio para la timidez de muchos adolescentes, del mismo modo que lo es el uso del Messenger, en el que asombrosamente un chaval es capaz de mantener 10, y hasta 20 conversaciones a la vez, y entre ellas resulta muy significativo observar cómo se alterna el intercambio de mensajes entre coetáneos en ese incomprensible pero sobre todo, impronunciable código consonántico que nos sitúa en el imperio de la comunicación textual, con otros entre el muchacho y tíos, e incluso jóvenes abuelos los que, por los pelos, no han quedado fuera del universo multimedia.
Sin duda, existen riesgos, tal como revelan las conclusiones del recién publicado informe del Defensor del Menor de Madrid, que arroja el escalofriante dato de que el 38% de los menores con móvil padece adicción. Comunicarse compulsivamente, desde la soledad, con una comunidad virtual que cobra forma en la mente del joven (que se ha convertido en víctima de una sociedad de esclavos del trabajo, que le obliga a pasar largas horas solo en casa al salir del instituto), le lleva a entrar en un estado de ansiedad cuando recibe menos mensajes de lo habitual y a medir por ese rasero su nivel de popularidad.
Subsanar el error cometido con la máxima de esquivar la frustración, implica trabajar desde edades muy tempranas la demora de la gratificación. El psicólogo W. Mischel llevó a cabo un experimento con niños de 4 años en el que se les dejó, individualmente, unos minutos solos ante la posibilidad de coger un caramelo, o esperar el regreso del monitor que recompensaría su espera con un dulce adicional. Posteriormente, Mischel hizo un seguimiento de los niños y observó que los que resistieron a la tentación de comerse el caramelo, toleraban mejor la presión, eran más autónomos, más responsables, más queridos por sus compañeros y mejor adaptados en el medio escolar que los otros. Años más tarde, se comprobó que los niños que cogieron y comieron el caramelo, eran adultos con vidas más inestables tanto en lo laboral como en lo personal. De modo que, si su hijo alguna vez ha preferido dosificarse una bolsa de dulces a lo largo de la semana, o si, en un día de lluvia, opta por reservar sus nuevos zapatos para no destrozarlos a las primeras de cambio, sepa que será menos proclive a sucumbir ante las adicciones que a lo largo de la vida le acecharán.
Volviendo a las tribus del mensaje de texto, conviene señalar que éstas no están aisladas, y que el uso del móvil no sólo es generador de actos individuales; con frecuencia, los mensajes se escriben y se leen colectivamente. Además, los juegos para usuarios múltiples en terminales de tercera generación que incorporan servi cios móviles con localizador espacial, han dado origen a grupos de chicos recorriendo la ciudad e interactuando no sólo en el espacio virtual sino en el físico, lo que está alumbrando nuevas formas de ocio, distintas a las previstas por los urbanistas de turno y desligadas de los espacios e infraestructuras creados para ellos por los «expertos en la materia»…
La tercera generación de teléfonos móviles, que nos pone internet en el bolsillo, no supondrá un modo de hacer lo mismo en movimiento, sino una vía para hacer cosas que antes eran imposibles, de modo que el mayor reto lo tienen ahora las empresas que introduzcan las tecnologías de localización, porque deberán cambiar su manera de afrontar el negocio y realizar una profunda reflexión sobre cómo utilizar dichas tecnologías.
Hoy los ciudadanos se han lanzado a usar la tecnología bajo sus propias pautas, que huyen de reglas y convencionalismos, con el objetivo de dar salida a sus intereses y necesidades de manera intuitiva y espontánea, y con el altruismo como telón de fondo; todo lo cual redunda en una mejora del capital social de nuestra especie. Así, proliferan las weblogs o bitácoras, que desde la guerra de Irak se han convertido en referente al que los medios de comunicación permanecen muy atentos por constituir verdaderos catalizadores y generadores de corrientes de opinión y, por tanto, alternativas a las fuentes de información oficiales. Los webloggers dedican su tiempo a estos diarios digitales tan solo por el placer de comunicarse, de compartir conocimiento, opiniones y sensaciones…
Familias enteras se reúnen virtualmente desde distintos puntos del planeta, vía webcam, con mayor frecuencia de lo que lo hacían cuando vivían todos en la misma ciudad.
Otro ejemplo de utilización de la tecnología para el crecimiento personal con el intercambio de experiencias -en este caso, literarias- y con esta nueva excitación de pertenecer a una comunidad diluida en el espacio, es el bookcrossing, una ingeniosa y divertida idea, en la práctica, casi un juego de rol, que tiene por objeto liberar libros en la calle y seguir su pista a través de internet; sus miembros, tras leer un libro, lo dejan en cualquier rincón de la ciudad después de registrarlo en una página web; quien lo encuentra -y sabe de qué va, claro…- lo lee, lo registra en la web, hace sus comentarios y le concede, de nuevo, la libertad… En el site en cuestión también se convocan liberaciones controladas y «cacerías». Se trata de una filosofía basada en la honestidad de todos sus miembros y en la confianza mutua.
Las comunidades Wi Fi están estableciendo culturas alternativas; microsociedades que también se fundamentan en la colaboración desinteresada, por parte de aquellos que actúan como nodos, y que fomentan la solidaridad, sirviendo de plataforma para experiencias de cooperación como, por ejemplo, los bancos de tiempo.
El ser humano ha descubierto un nuevo goce en el acto de la comunicación, en el que prima el valor de sentir nuevas sensaciones, de conocer otras opiniones, tornándose aquella un espacio donde saciar la creciente sed de autenticidad y de autorrealización por la vía de la contribución a la sociedad; una sociedad de la que sabíamos que había más gente con intereses comunes a los nuestros, pero que hoy, y gracias a la tecnología, podemos, además, sentirlo.
En la era «sin cables», en la que toda la humanidad convive virtualmente y permanece informada en tiempo real, el planeta, que se sume en una marea de intercambio de ideas, parece encogerse y, de algún modo, eso genera un sentimiento de responsabilidad sobre el mismo. Ahora sí que hemos convertido el mundo en una aldea global.
Son las diez de la noche. Ya ha apagado la luz. La doceañera hace “una perdida” a cada una de sus cinco mejores amigas. Y cierra los ojos. No hace falta hablar, ni tan siquiera escribir. Se trata, tan solo, de sentir…; sentir que alguien está pensando en ti.
Editorial. En este número les ofrecemos un informe especial (…)
En este número les ofrecemos un informe especial dedicado a la distribución. Lo hemos titulado “Su turno”, y es que ustedes son, precisamente, actores y promotores fundamentales de la marcha, no sólo del sector, sino de la economía nacional. Todos vivimos pendientes de la macroeconomía, con grandes cifras tan difíciles de pronunciar como de imaginar, sin embargo, son muchos los pequeños fenómenos que inciden y determinan las magnitudes “de portada”.
Cuentan que el dueño de un pequeño y exitoso bar de carretera envió al hijo a formarse en las mejores universidades del nuevo y viejo continente; el muchacho regresó anunciando la llegada de una época de recesión y, el padre, aconsejado por el hijo, dejó a un lado su sentido común y su experiencia ante la contundencia de tan nefastas perspectivas, y redujo gastos. Menguó la iluminación de su local, cambió la suavidad de la servilleta de tela por la aspereza de la de papel y cribó a sus proveedores, siempre supervisado por las sabias sugerencias del flamante “masterizado”. Pronto dejaron de detenerse vehículos y hasta los clientes incondicionales espaciaron sus visitas. El hombre quedó verdaderamente asombrado de lo certero de la predicción…
Llegó la hora de apostar, y fuerte. Hoy no valen medias tintas. Ya saben que en esto de la economía, el consumo lo es todo. Me acuerdo ahora de los mensajes publicitarios con los que el gobierno americano empapelaba sus ciudades tras la depresión económica de 1929, “compre ahora, lo necesite o no” o “ponga en marcha su fábrica tenga o no pedidos”; la reactivación de la economía nacional dependía de que los ciudadanos entraran de nuevo en una dinámica de consumo.
¿Cuánto tiempo llevamos oyendo los pronósticos sobre el estallido de la supuesta burbuja inmobiliaria? Desde luego, es posible que el precio de la vivienda acabe cayendo de tanto decirlo. El anuncio de ciclos de recesión asusta al consumidor inmovilizándole de tal modo que no sólo renuncia a consumir, sino que, además, cesa ipso facto de invertir, y acalla todo impulso emprendedor, para venir a instalarse en una actitud de huida del riesgo. Así que si todo esto es una estrategia de quien sea para evitar la inflación y el endeudamiento y estimular el ahorro, se equivoca de medio a medio.
En efecto, el precio del crudo permanentemente al alza y los continuos incrementos en el coste de las materias primas, vienen marcando la pauta de los mercados, pero de estudiar qué hacen con sus márgenes ya se encargarán los fabricantes, por la cuenta que les trae y la competencia que les rodea; la globalización les ha otorgado más cartas para culminar con éxito su partida, aunque, eso sí, el juego se haya vuelto más complejo. Por de pronto, el crecimiento del PIB en 2004 fue del 2,7% y en ello tuvo mucho que ver el buen comportamiento del consumo y de la construcción, que siguen siendo el motor de nuestra economía.
Aprovechemos ese rasgo que parece caracterizar a los españoles, que tendemos a resistirnos a dar crédito a los anuncios catastrofistas en materia económica. Es hora de jugarse el todo por el todo. Nos digan lo que nos digan sobre la crisis, no dejen que el consumidor -ni sus empleados- les vean caídos en el desánimo; todo lo contrario: inviertan, inunden sus escaparates con productos apetecibles, regalen sonrisas a sus clientes, abran su tienda a la calle y atraigan al transeúnte con todo tipo de animación, sorpréndanle. No puede fallar. El vigor de la actividad económica del país no depende de la ingeniería financiera diseñada en los despachos de las altas esferas del poder, ni de los tortuosos vaivenes de la política. Depende, en buena medida, de usted.
Cuanto nos rodea, para llegar a convertirse en realidad primero fue imaginado y deseado; de este modo, ambos ingredientes, imaginación y deseo, se erigen en premisas ineludibles para el éxito de su empresa. Muchos llevan demasiado tiempo abandonándose al azar en la convicción de que no es en su mano donde se halla el remedio para un negocio que no prospera, sin caer en la cuenta de que ante una situación de estancamiento es necesario provocar procesos transformadores, cambiar las circunstancias que nos rodean, atreverse a tirar por la borda los viejos métodos y sustituirlos por otros nuevos, más imaginativos, y aprovechar lo aprendido en cada uno de los errores cometidos.
Más de una década de vida había cumplido ya el amplio local que albergó un comercio de electrodomésticos y menaje de alta gama en mi barrio; a lo largo del tiempo se asoció y desasoció sin acabar de encontrar su lugar, para acabar viniéndose a menos irremediablemente. Cuatro meses han pasado desde el aterrizaje de un nuevo establecimiento perteneciente a un importante grupo de compra a una manzana de distancia, y el comercio en cuestión ya ha cerrado sus puertas. El propietario piensa que, para colmo de sus desdichas, la fatalidad le fue a poner la susodicha tienda en su territorio. Una atención correcta, aunque algo empalagosa; un local amplio y luminoso, limpio y bien pintado; un producto que daba el pego tras una enorme vitrina; y, sin embargo, algo en el ambiente era… rancio…
El dueño de la tienda nunca formó a sus empleados, no modernizó el local ni buscó modos de atraer o fidelizar a la clientela. No varió ni un ápice su manera de funcionar y permaneció así mientras a su alrededor todo evolucionaba. Ni el patrón ni la dependencia, como el hombre de la fábula con que se abría este texto, piensan que su desplome ha tenido algo que ver con ellos. Sin embargo, el éxito o el fracaso de un negocio, casi nunca se debe a factores externos. Mónica Daluz / pdf
Jerarquía plana ¿Adiós al mundo vertical?
Hubo una época en la que, por las reminiscencias de una sociedad clasista, cada grupo de poder adquisitivo estaba ligado a un canal de distribución. El colmo de los absurdos venía cuando el individuo se autoprestigiaba cuanto más caro compraba. Por fortuna para la mayoría, tales juicios han pasado a mejor vida y hoy, la compra barata es compra inteligente.
Pero retrocedamos en el tiempo y desgranemos los referentes y modus vivendi de una época diseñada y recreada en vertical.
Para situarnos, y salvo excepciones; era la época en la que, el hecho de que una mujer casada trabajara era poco menos que una vergüenza, sobre todo para el esposo, que sentía una extraña y ancestral presión socio-familiar para asumir la manutención de la fémina de por vida lo que, casi, le
aseguraba lo que ellos llamaron fidelidad, para definir la dependencia. Por lo que a ellas respecta, la mayoría descubrió demasiado tarde que ser una mantenida -en el buen sentido- no resultó, a fin de cuentas, ningún chollo; más bien se convirtió en una guerra de autoestimas: a más medrar de los esposos, más se resentía la autoestima de ellas y en idéntica proporción se afianzaban los roles de poder y obediencia. En esos mismos años imperaba la inmovilidad laboral; el trabajo para toda la vida en una
concepción de la empresa como ente protector, (hasta que la crisis de los 80 demostró que ni el Estado ni la empresa son mecenas para siempre). Tiempos, en fin, en los que las apariencias y los tabúes conformaban entornos asfixiantes que generaron vidas fracasadas.
Arriba: el Estado, la Iglesia, las normas, la tradición y el “qué dirán”; abajo, la gente corriente capeando con mayor o menor fortuna las trabas que el poder había ido instalando a la felicidad. En esos días, y por lo que a actitudes de consumo respecta, tan acostumbrada estaba la ciudadanía a ser guiada y dirigida, que la exclusividad de la decisión de compra de bienes duraderos la ostentaba el comerciante, quien era considerado un experto, y conocedor omnisciente de los pormenores de cada producto y de las vicisitudes de las marcas. Además, sabía exactamente qué venderle a cada cliente al minuto y medio de observar su comportamiento, desde el momento mismo en que desaceleraba el paso para dirigir su mirada hacia la oferta del escaparate. Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
Jerarquía plana ¿Adiós al mundo vertical?
Mónica Daluz
Hubo una época en la que, por las reminiscencias de una sociedad clasista, cada grupo de poder adquisitivo estaba ligado a un canal de distribución. El colmo de los absurdos venía cuando el individuo se autoprestigiaba cuanto más caro compraba. Por fortuna para la mayoría, tales juicios han pasado a mejor vida y hoy, la compra barata es compra inteligente.
Pero retrocedamos en el tiempo y desgranemos los referentes y modus vivendi de una época diseñada y recreada en vertical.
Para situarnos, y salvo excepciones; era la época en la que, el echo de que una mujer casada trabajara era poco menos que una vergüenza, sobre todo para el esposo, que sentía una extraña y ancestral presión socio-familiar para asumir la manutención de la fémina de por vida lo que, casi, le aseguraba lo que ellos llamaron fidelidad, para definir la dependencia. Por lo que a ellas respecta, la mayoría descubrió demasiado tarde que ser una mantenida -en el buen sentido- no resultó, a fin de cuentas, ningún chollo; más bien se convirtió en una guerra de autoestimas: a más medrar de los esposos, más se resentía la autoestima de ellas y en idéntica proporción se afianzaban los roles de poder y obediencia. En esos mismos años imperaba la inmovilidad laboral; el trabajo para toda la vida en una concepción de la empresa como ente protector, (hasta que la crisis de los 80 demostró que ni el Estado ni la empresa son mecenas para siempre). Tiempos, en fin, en los que las apariencias y los tabúes conformaban entornos asfixiantes que generaron vidas fracasadas.
Arriba: el Estado, la Iglesia, las normas, la tradición y el “qué dirán”; abajo, la gente corriente capeando con mayor o menor fortuna las trabas que el poder había ido instalando a la felicidad. En esos días, y por lo que a actitudes de consumo respecta, tan acostumbrada estaba la ciudadanía a ser guiada y dirigida, que la exclusividad de la decisión de compra de bienes duraderos la ostentaba el comerciante, quien era considerado un experto, y conocedor omnisciente de los pormenores de cada producto y de las vicisitudes de las marcas. Además, sabía exactamente qué venderle a cada cliente al minuto y medio de observar su comportamiento, desde el momento mismo en que desaceleraba el paso para dirigir su mirada hacia la oferta del escaparate.
En esa coyuntura de verticalidad irrumpió el hipermercado y la ciudadanía pareció ser abducida por aquel interminable aluvión de víveres y nuevos enseres para el hogar. Ahí comenzó todo. La masificación de la producción, de la distribución y, claro, del consumo. Todos comenzamos a ser un poco más iguales…
Aquellos hombres y mujeres de los 70 quisieron ser modernos y se abalanzaron sobre los productos congelados y todo tipo de alimentos envasados, semipreparados o a punto para servir a golpe de microondas. También entonces entraron en nuestro hogar pequeños aparatos electrodomésticos que hacían las delicias de toda la familia, y la hoy casi olvidada freidora se convirtió en la reina de la cocina viniéndose a imponer la “cultura del frito” que a tantos cirujanos plásticos benefició años más tarde.
Algunos, es cierto, se pasaron de la raya hasta el punto de que algunas mamás primerizas tomaron la lactancia materna como una esclavitud, y pusieron remedio químico a tan discriminadora imposición de la naturaleza, alentadas por los incipientes grupos feministas y por una corriente de la pediatría que abogaba por no sucumbir ante el implacable llanto del recién llegado bajo el absurdo supuesto de malcriar al mocoso…
Hubo otros símbolos de modernidad y progreso, todos ellos relacionados con la macroproducción. Fue la década de “mejor cuanto más grande” ¿Cantidad frente a calidad? Tal vez; de hecho, no fue hasta años más tarde cuando tuvieron lugar las primeras señales de alarma a causa de los efectos de la producción masiva y sin control sobre el medioambiente.
Al otro lado del atlántico, el curso de los acontecimientos se había precipitado años antes, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la generación de jóvenes soldados norteamericanos regresó de la contienda; jóvenes ávidos de recuperar sus vidas, con los sentimientos a flor de piel, y ganas de independizarse y formar sus propias familias. Se crearon cientos de nuevos hogares en las afueras de las ciudades, de manera que devino un radical cambio urbanístico que dio paso a una configuración paisajística que más tarde se convertiría en seña de identidad del american way of live. Nacía la ciudad horizontal, frente a las ciudades en vertical al estilo de Nueva York o Chicago, y con ella los llamados shopping center, como lugares de abastecimiento y de encuentro, semilla del tándem comercio-ocio.
No olvidemos que durante la segunda gran guerra, en los Estados Unidos la mujer tomó las riendas de la producción convirtiéndose en la principal proveedora de mano de obra de la industria nacional, lo que la situó en una posición de igualdad social a la que la mujer española llegaría décadas más tarde. Sin embargo, la peonza gira para todos y, hoy, en Estados Unidos la mujer está entrando en una dinámica que juega en su contra. Analistas de ambos lados del océano observan un fanático retorno a rol tradicional femenino.
Una configuración geográfica mayoritariamente compuesta por pequeñas comunidades ha venido a instaurar la idílica teoría de una estructura familiar tradicional; ya saben, el fin de semana con partido de béisbol del chaval, barbacoa con los vecinos y colecta en la iglesia para la familia cuyo padre-esposo acaba de perder el trabajo… Una comunidad que arropa y protege pero que está resultando ser una trampa para la mujer. En esa categoría de población se inscribe el prototipo de ciudadano más bien rural, de escasa instrucción y poco, o mejor dicho, nada viajado, y a quien los discursos de la clase política intelectual le suena, por lo menos, a chino; y entona mejor con el mensaje «del otro» que, afín de cuentas, es uno de los suyos…
Pero, volvamos a nuestro terreno y a nuestras tierras. Nos habíamos quedado en las vidas de aquellos que se dejaron llevar por la corriente de los acontecimientos. La siguiente generación decidió que no renunciaría al mejor tiempo de su vida por el ascenso de sus sueños; que optaría por vivir de acuerdo con sus convicciones en lugar de con aparente arreglo a las doctrinas de no se sabe muy bien qué o quién; y vio con claridad que su seguridad radicaba en mantenerse competitiva en el mercado laboral a través de la permanente formación, la integración de los nuevos tiempos con sus correspondientes tecnologías, y la flexibilidad mental que requieren los retos que depara el futuro, y no en el servilismo y la gratitud malentendida a la corporación que hizo de sus progenitores adictos al trabajo y a los que la vida se les pasó de largo. Por lo que a la mujer respecta, el abismo es indiscutible. La mujer de hoy ya no quiere ser igual que el hombre, ha redefinido sus roles y se recrea en su feminidad. De eso ya se han dado cuenta los fabricantes; sólo hay que echar un vistazo a la publicidad: de la ñoñería sesentera con mensajes del estilo «¿tu marido aún no te ha comprado la nueva lavadora de ‘fulanito’?», o el look agresivo de los 80 con ejecutivas «aplastahombres», o las estéticas andrógenas de finales de los 90, hemos pasado a apelar sin complejos al rol femenino en toda su extensión. Y al revés, ni la sociedad ni los publicistas ignoran al hombre que desea ir bien perfumado y con un perfecto cutis.
Recapitulando; de esa goma elástica que ha impulsado a toda velocidad de un lado para otro a cada generación, surgió un ciudadano renovado y, cómo no, un nuevo consumidor que, liberado de la estructura piramidal, se hizo infiel y, con ello, conquistó el poder.
En la actualidad, ni los ingresos, ni la cultura, ni la edad condicionan per se, nuestra elección de canal distributivo, y todos nos mezclamos en el supermercado de la periferia, en la tienda de alto standing o en la red. Hoy, padres, hijos y abuelos se reúnen en el centro comercial: mientras unos van al cine, otros hacen la compra y luego, todos se dan cita para comer. En cada acto de compra partimos de cero en función del tipo de producto que vamos a comprar, de cómo y cuánto lo vamos a usar, de si es un capricho o una necesidad, de si es para nosotros o para regalar, de si hemos tenido un mal día o, por el contrario, amaneció una mañana primaveral. En fin, la compra es un compendio de factores racionales y emocionales que, en cualquier caso, nos hace afinar con mayor libertad que antaño nuestro criterio de selección, despojados ya de juicios previos. Bueno, no en todos los casos… Al respecto les contaré una anécdota reveladora. Imaginen un escaparate repleto de turrones, chocolates, todo tipo de dulces y demás delicatessen, como patés de puro hígado de oca francesa o tés de exclusiva selección. Mi amiga entró a comprar unas bolsitas de té mientras su madre, que rondaba los 60, esperaba fuera observando, con mirada interrogante, las delicias de la vitrina. La mujer sólo tomaba café así que pensó que eso del té debía ser un esnobismo de la hija, siempre tan pendiente de su línea y de su salud y la de los suyos, así que dedujo que aquella tienda debía ser una especie de herbolario moderno, una extraña tienda de dietética… Cuando la hija salió del establecimiento la espetó con la siguiente pregunta: “¿todo esto es de régimen?” La hija no podía creer lo que acababa de escuchar, confundir “dietético” con “adelgazante” tiene un pase, pero un barquillo de chocolate con una barrita saciante, era demasiado… Ya ven, los juicios e ideas preconcebidas fuertemente establecidos en la mente del consumidor, constituyen generadores de conjeturas más poderosos que la información procedente del mismísimo sentido de la vista.
Largo y tendido podríamos hablar del proceso de horizontalización de la sociedad, pero acabemos con dos apuntes. Uno viene de la mano de internet y las nuevas tecnologías, que nos ha convertido a todos en receptores y emisores a la vez, como ocurre en el proceso de comunicación real, en contraposición a los medios de masas a que estábamos acostumbrados, que constituyen un sistema de comunicación de un sentido único. Estos nuevos modos de fluir de la información en todas direcciones traerán consigo muchos cambios, entre ellos, un debilitamiento del poder simbólico de los emisores tradicionales, la formación de comunidades virtuales que serán más de pensamiento que de proximidad, o que la ruptura entre generaciones ya no la marcará la edad sino el mayor o menor acceso a la información.
Y una anotación final con respecto al mundo empresarial, que también se ha desjerarquizado ante la ineficacia competitiva de la fórmula del respeto mal entendido. Todo capital humano es tenido en cuenta para gestionar el conocimiento que cada individuo es capaz de aportar y aumentar así lo que ha venido a llamarse el capital intelectual de la empresa. En el marco del conjunto de procesos que rentabilizan los activos intangibles, que son los que verdaderamente tienen la capacidad de generar ventajas competitivas sostenibles en el tiempo, se sitúan acciones como las que llevan a cabo las grandes corporaciones, y otras no tan grandes que están en la línea de la exploración de esos recursos hasta ahora ignorados, que organizan entre sus empleados “concursos de ideas” y les incentivan por ellas.
Mientras en los años 60 las compañías estructuraban al personal de arriba abajo, categorizando físicamente el poder en sentido vertical, hoy, las más modernas empresas nacidas con el sector de las nuevas tecnologías se instalan en oficinas de grandes y diáfanos espacios, y nadie garantiza al visitante que el joven de los vaqueros que acaba de cruzarse en la máquina de café no sea el mismísimo director general…
Hoy son otras las apariencias, tal vez más engañosas, y debemos conformarnos con los pequeños momentos de poder que nos toca vivir, porque la horizontalidad total es pura utopía. Y si no, miremos hacia Roma durante los próximos días; ¿es posible que el futuro defensor de los indefensos proceda del Tercer Mundo? Si así fuera, algo estaría cambiando. Lo veremos.
Surgió un nuevo consumidor que, liberado de la estructura piramidal, se hizo infiel y, con ello, conquistó el poder.









