Desaparecido el fantasma de la destrucción nuclear, que ha planeado sobre la Tierra desde el término de la Segunda Guerra Mundial, cuando en el ambiente se respiran esa unidad y ese cambio de cuya existencia tan machaconamente los “amos de occidente” tratan de convencernos, ¿quién va a ser ahora el enemigo?
Aquellos que algunos llamaron, las nuevas ideas de Gorbachov y que no fue sino el más puro instinto de supervivencia, llevó a la Unión Soviética a admitir que el modelo comunista había quedado fuera del engranaje en el que se mueve hoy el mundo y, tras la sonrisa de satisfacción de quien está haciéndole un favor al Planeta, lo cierto es que, el que se ha desmantelado es el Pacto de Varsovia.
Reagan, por su parte, no tuvo inconveniente en abandonar sus antiguos recelos, que ya formaban parte de la cultura norteamericana de los buenos y los malos, y firmar una paz con aroma a rendición que demostraba que “nosotros” teníamos razón.
Las técnicas de márquetin, que los norteamericanos dominan al dedillo, popularizaron una imagen, la de Gorbachov, a nivel mundial, a fin de acallar a aquellos cabezotas, malos perdedores -también llamados conservadores- cuya obstinación o, mejor dicho, cuyo fanatismo, jamás les permitirá admitir que la utopía era irrealizable o que, al menos, ellos no fueron capaces de materializarla. Y el broche de oro lo puso la concesión del Premio Nobel. Se trata, en definitiva, de una derrota de hecho, pero no de apariencia.
Aunque, actualmente, la URSS está tratando de establecer acuerdos bilaterales con países de su influencia, que en lo que a materias primeras y tecnología se refiere, dependen aún de la potencia, ninguno de ellos recibe con entusiasmo tales propuestas, y prácticamente todos los países del Este claman por ver el día en que pertenezcan a la gran, nueva y unida Europa.
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OPINIÓN
La nueva amenaza
MÓNICA DALUZ
Desaparecido el fantasma de la destrucción nuclear, que ha planeado sobre la Tierra desde el término de la Segunda Guerra Mundial, cuando en el ambiente se respira esa unidad y ese cambio de cuya existencia tan machaconamente los “amos de occidente” tratan de convencernos, ¿quién va a ser ahora el enemigo?
Aquello que algunos llamaron, las nuevas ideas de Gorbachov y que no fue sino el más puro instinto de supervivencia llevó a la Unión Soviética a admitir que el modelo comunista había quedado fuera del engranaje en el que se mueve hoy el mundo y, tras la sonrisa de satisfacción de quien está haciéndole un favor al Planeta, lo cierto es que, el que se ha desmantelado, es el Pacto de Varsovia.
Reagan, por su parte, no tuvo inconveniente en abandonar sus antiguos recelos, que ya formaban parte de la cultura norteamericana de los buenos y los malos, y firmar una paz con armas a rendición que demostraba que “nosotros” teníamos razón.
Las técnicas de marketing, que los norteamericanos dominan al dedillo, popularizaron una imagen, la de Gorbachov, a nivel mundial, a fin de acallar a aquellos cabezotas, malos perdedores también llamados conservadores, que “nunca admitirían o, mejor dicho, cuyo fanatismo, jamás les permitiría admitir que la utopía era realizable o que, al menos, ellos no fueron capaces de materializarla. Y el broche de oro lo puso la concesión del Premio Nobel.
Se trata, en definitiva, de una derrota de hecho, pero no de apariencia.
Aunque, actualmente, la URSS está tratando de establecer acuerdos bilaterales con países de su influencia, que en lo que a materias primas y tecnología se refiere, dependen aún de la potencia, ninguno de ellos recibe con entusiasmo tales propuestas, y prácticamente todos los países del Este claman por ver el día en que pertenezcan a la gran, nueva y unida Europa.
A pesar de las reticencias iniciales de algunos países occidentales, especialmente Gran Bretaña, a aceptar y armar a la también grande, nueva y unida Alemania, nadie teme ya integrar a una Alemania tan diferente de la surgida tras Bismarck, sin resentimientos ni deseos de venganza.
Así el panorama, cuando todos parecemos caminar de forma paralela, cuando las relaciones soviético-norteamericanas han logrado superar la prueba de fuego de la Guerra del Golfo, hecho que, además, ha concienciado a Europa de la necesidad de reforzar el proyecto común europeo que “San Shumann” inició, un velo, ora celeste, ora rosado, nos ha sido colocado sutilmente ante los ojos, asegurándonos una alentadora ceguera.
“Ellos” ya forman parte de “nosotros” pero ya han aparecido nuevos “ellos” que justifican que, a pesar de la distensión, es vital continuar con la inversión armamentística y con la consolidación de los tratados y alianzas de defensa.
Son la nueva amenaza; una amenaza hambrienta y enferma y, a buen seguro, hasta las narices de que el Norte goce a sus anchas del festín mientras ellos, por caprichos del azar, fueron a “caer” en esa zona del Globo donde la naturaleza es injusta, pero, sobre todo, es tramposa porque niega al hombre todos los elementos con los que poder defenderse en igualdad de condiciones en la lucha; el Sur.
Ya hemos comenzado a tomar medidas preventivas; cerramos bien las puertas de nuestra “casita” y sólo permitimos la entrada, y a regañadientes, a los compromisos.
Alterados ante la idea de que “ellos” decidan venir a coger su parte del botín, que también les pertenece por el solo hecho de formar parte de eso que llaman “especie humana”, se endurecen progresivamente las leyes fronterizas entre Norte y Sur, mientras desaparecen las fronteras en Europa.
Próximamente, España exigirá visado a los marroquíes que quieran cruzar nuestra frontera, los Servicios de Inmigración de Estados Unidos se disponen a iniciar deportaciones de hispanos indocumentados y documentados “con gratos”, los brotes de xenofobia en Francia y otros países europeos son cada vez más importantes y buena parte de los recursos hasta hace poco destinados al Tercer Mundo, sirven ahora para occidentalizar los países del Este.
Tal vez, ciertamente, sólo en el Sur pueden surgir “nuestros” y el Norte tenga el deber moral de dominar la situación; un derecho adquirido en base al grado de equilibrio político alcanzado con la maduración de sus democracias, sin embargo es tristemente injusto que ese estado de mayor conocimiento no haya revertido en la planificación de una verdadera “casa común”…
El hambre es la nueva amenaza.

