
OPINIÓN COMUNICACIÓN Y MOVILIZACIÓN
Casi siempre se da en las grandes ciudades, y eso debería darnos qué pensar. ¿Es la era del absurdo? ¿la de la soledad? o ¿nos hallamos ante un fenómeno incipiente de ciberactivismo? Tal vez es una mezcla de todo ello. Hablamos de las flash mobs (también llamadas smart mobs o inexplicable mobs) o movilizaciones instantáneas: un grupo de personas se da cita vía SMS, correo electrónico, foros, blogs, chats… en un lugar y hora determinados para realizar una breve acción, generalmente desconcertante, y a continuación se dispersa rápidamente.
Imaginen: cientos de personas acuden al mismo tiempo a una importante librería, piden con insistencia un libro que no existe, de repente y todos al unísono, aplauden con fervor y se esfuman; visto y no visto…. Esto es lo que ocurrió en Roma en la primera concentración europea de grupos efímeros con fines lúdicos.
Desde que Bill (seudónimo del convocante de la primera flash mob) citara a 50 personas para “tomar” la novena planta de Macy’s en 2002, estas reuniones fugaces han proliferado en Estados Unidos y en Europa.
La primera tuvo lugar en Nueva York; después vinieron San Francisco, Viena, Berlín, Londres, Roma… Y no tardó en llegar a España. En octubre de 2003 le tocó el turno a nuestro país. Los congregados se situaron en la base del monumento a Colón de la ciudad de Barcelona, con el brazo en alto señalando en la misma dirección que la estatua. Tras pasar un minuto dieron dos vueltas al monumento para, acto seguido, ponerse a gritar “¡qué vienen los indios!” A continuación se dispersaron en silencio. El fracaso fue rotundo. Cuentan que la presencia de los medios rompió el encanto: la gente se “cortó”, y nadie, excepto diez desinhibidos, emitió el disparatado grito de guerra… Mónica Daluz / pdf
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OPINIÓN
Comunicación y movilización
¡Viva el sentido del humor!
Por Mónica Daluz
¿Es la era del absurdo? ¿la de la soledad? ¿o nos hallamos ante un fenómeno incipiente de civeractivismo? Tal vez es una mezcla de todo ello. Hablamos de las fash mobs o movilizaciones instantáneas.
Había una vez…. un circo
Casi siempre se da en las grandes ciudades, y eso debería darnos qué pensar. ¿Es la era del absurdo? ¿la de la soledad? o ¿nos hallamos ante un fenómeno incipiente de civeractivismo? Tal vez es una mezcla de todo ello. Hablamos de las fash mobs (también llamadas smart mobs o inexplicable mobs) o movilizaciones instantáneas: un grupo de personas se da cita vía SMS, correo electrónico, foros, blogs, chats… en un lugar y hora determinados para realizar una breve acción, generalmente desconcertante, y a continuación se dispersa rápidamente.
Imaginen: cientos de personas acuden al mismo tiempo a una importante librería, piden con insistencia un libro que no existe, de repente y todos al unísono, aplauden con fervor y se esfuman; visto y no visto…. Esto es lo que ocurrió en Roma en la primera concentración europea de grupos efímeros con fines lúdicos.
Desde que Bill (seudónimo del convocante de la primera flash mob) citara a 50 personas para “tomar” la novena planta de Macy’s en 2002, estas reuniones fugaces han proliferado en Estados Unidos y en Europa.
La primera tuvo lugar en Nueva York; después vinieron San Francisco, Viena, Berlín, Londres, Roma… Y no tardó en llegar a España. En octubre de 2003 le tocó el turno a nuestro país. Los congregados se situaron en la base del monumento a Colón de la ciudad de Barcelona, con el brazo en alto señalando en la misma dirección que la estatua. Tras pasar un minuto dieron dos vueltas al monumento para, acto seguido, ponerse a gritar “¡qué vienen los indios!” A continuación se dispersaron en silencio. El fracaso fue rotundo. Cuentan que la presencia de los medios rompió el encanto: la gente se “cortó”, y nadie, excepto diez desinhibidos, emitió el disparatado grito de guerra..
La necesidad de comunicarse es innata al ser humano y no lo es menos la de pertenencia a un grupo, de saberse y sentirse parte de algo pero, además, la juventud necesita mostrarse disconforme con aquello que le viene dado. Para ello, los jóvenes de la generación del baby boom, y de la Generación X después, se adscribían a algún movimiento estético-musical y utilizaban la marginalidad como seña de identidad y herramienta de reivindicación, de modo que se colocaban algún tipo de atuendo más o menos extravagante y con sus vinilos por bandera paseaban heavies, punks, siniestros, o grunges sus poco convencionales indumentarias y peinados. Hoy, los jóvenes también ansían sentirse fuera de todo canal oficial, pero su rebelión es menos visceral y, seguramente, más inteligente…
Hemos pasado de apocalípticos a integrados. Si los primeros desprecian la cultura de masas, considerándola “anticultura” y tomándola como signo de decadencia, condenando todo aquello que tiene que ver con tecnologías de nuevo cuño y su empleo en el arte, y rechazando la distribución de información en abundantes cantidades; los integrados, en cambio, se muestran convencidos de las bondades de las nuevas tecnologías, las consideran parte fundamental de un futuro más libre y prometedor, y se entregan a ellas en cuerpo y alma…
En la actualidad nuestra relación con las nuevas tecnologías de comunicación es más que una actitud; porque traspasa lo virtual y se viene a tocarnos. Lo que está ocurriendo es que las nuevas tecnologías conectan personas anónimas entre sí y esa conexión está siendo trasladada a la calle. Desde que en 2002 comenzaran a aparecer sitios web promocionando los círculos de amigos en línea y surgiera el término de “comunidades virtuales”, se han construido verdaderas redes sociales vía Internet, que combinan contactos en línea con otros, cara a cara. Se trata de un material de primera magnitud para los investigadores de las ciencias sociales que, veinte años atrás, comenzaron a utilizar el análisis de las redes sociales -del mundo físico- como una nueva herramienta para el estudio de la realidad social, centrada en las relaciones entre los individuos o grupos, en lugar de en las características de éstos, como edad, raza, ingresos…
Pero la red no bastó y surgieron estas manifestaciones absurdas que responden a un impulso de movilización ciudadana que surge de la propia gente y en cuya base subyace una motivación: el placer de manifestarse. Es el deseo de compartir con otras personas y expresarse públicamente; de percibir el calor de tus iguales y saberte rodeado de aquellos que sienten como tú o, por lo menos, se divierten como tú. En este sentido podría establecerse cierto paralelismo entre las flash mobs y la “cultura” del botellón. Aunque en realidad no son más que una diversificación de los procedimientos o “autoterapias” utilizados hasta ahora para mezclar nuestro “yo” con la multitud, a guisa de partido de fútbol, de concierto de música y hasta de sábado por la tarde en un centro comercial.
Estas convocatorias electrónicas constituyen un modo inofensivo de experimentar con una nueva forma de acción y expresión colectiva propiciada por la tecnología; manifestaciones espontáneas, breves, simples, enérgicas y lúdicas, hechas a imagen y semejanza de la sociedad en la que vivimos, una sociedad caracterizada por la instantaneidad, lo desechable, la rapidez y la fluidez.
La inevitable tendencia hacia la grandilocuencia de esta sociedad nuestra y, sobre todo, de los formadores de opinión, viciados en el etiquetado de casi todo y que por la misma regla de tres que a uno que ha ido un par de veces a una playa nudista le cuelgan el sambenito de “naturista” y le inscriben informativamente en un supuesto movimiento reivindicativo de “por una vida en taparrabos”, han calificado esta especie de juego colectivo o intervención artística todo lo más, de próxima revolución social. De algún modo, estas movilizaciones fugaces se convierten en un acto de rebeldía lúdica en el que tiene lugar un intercambio con el resto de la multitud a partir de un acto efímero de insurrección light. Es la reconfortante sensación de pertenecer a algún tipo de resistencia, con todo el grupo unido ante un enemigo común, como si de una invasión marciana se tratara. En cualquier caso, el potencial de los nuevos medios de expresión social va más allá del comunicacional, y de su poder de movilización sólo hemos visto muestras anecdóticas, pero es posible que estas representaciones de lo absurdo vayan dotándose de contenido.
De hecho, ya ha habido muestras del poder de la autoconvocatoria de ciudadanos anónimos. Los e-mails fueron claves en las protestas antiglobalización de Seattle, Washington y otras ciudades europeas. Recordemos que en noviembre de 1999, 50.000 manifestantes consiguieron frustrar la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Seattle coordinándose principalmente a través de, y paradójicamente, el símbolo de la globalización por excelencia, Internet.
La caída del régimen de Estrada en Filipinas o los actos convocados tras los atentados del 11 de marzo en Madrid, son otros dos ejemplos que dan fe del nacimiento de una alternativa comunicativa, y que pusieron fecha al momento en que las gentes descubrieron su poder de autoconvocatoria a través de Internet y de SMS, con el fulgurante surgimiento de una red social sin ninguna plataforma convocante. Las nuevas tecnologías de comunicación se revelaron como herramientas a tener en cuenta en el futuro para expresarse y para la construcción de un espacio público contrainformativo, sin filtros. Lo acontecido los días que siguieron a los atentados de Atocha pusieron de manifiesto la incidencia de estos procedimientos comunicativos en acontecimientos políticos, pero hizo algo más, puso en evidencia el prestigio de los medios de comunicación convencionales y demostró que hay vida después de los medios oficiales.
El carácter colaborativo de la red, casi siempre desvirtuado por la proliferación de una nueva estructura vertical formada, esta vez, por el ofertador de servicios, en la cúpula, y el usuario, en la base, facilita el activismo, pues mientras el activista a la antigua usanza invertía buena parte de su tiempo y recursos a la construcción de la red sobre la cual difundir su ideario, hoy, la red de difusión viene dada.
Pero la dificultad en la identificación del origen de los convocantes nos aboca a una discusión sin fin y sin resolución. En este sentido, algunas flash mobs convocadas simultáneamente en grades almacenes hace sospechar de la manipulación de los individuos de estas redes sociales que, sin saberlo, pueden estar acudiendo sumisamente a la llamada del departamento de comunicación de la empresa en cuestión, atraídos por una acción de marketing encubierta que, para colmo, no ha costado un “duro”.
De la incidencia de estos nuevos medios de expresión en el establecimiento de relaciones entre individuos, veamos dos ejemplos dispares: En Estados Unidos, el gobernador de Texas ha anunciado este mismo mes la instalación de miles de cámaras a lo largo de Río Grande, la frontera natural que separa Norteamérica y México, y la retransmisión en Internet de las imágenes captadas para que los internautas puedan patrullar virtualmente la frontera e informar de los movimientos que se produzzcan…; una escuela de un pueblo de Barcelona invita a través de la Red a participar este verano, desinteresadamente, en un campo de trabajo para ayudar en la construcción de una nueva sala para los niños (lo que demuestra que ya no hace falta ser un amish ni vivir en comunidad para ayudar a tu vecino en sus tareas de bricolaje y viceversa por que hoy, de algún modo, vecinos somos todos…)
Hablando en serio: En el primer caso, el Estado y una parte de la ciudadanía se alían contra lo que consideran una amenaza cultural, en el segundo, ciudadanos inconexos entre sí se dan cita en la vida real con fines altruistas. Vemos que las mismas herramientas son usadas para la formación de redes sociales con objetivos de lo más diverso.
Las manifestaciones culturales del absurdo no son nuevas. La cultura del anti-arte nos llegó de la mano del dadaísmo, que canalizó las vanguardias de aquellos que buscaban la rebelión contra lo establecido y lo hacían con posturas contra la belleza, contra la pureza de los conceptos abstractos y del humanismo en general, y defendiendo el caos, la imperfección, la espontaneidad, la libertad individual, lo inmediato, lo aleatorio… Hay quien asegura que el origen de la revolución digital está en los representantes del movimiento libertario de la contracultura. Y algo de underground hay en los primeros hackers, los verdaderos fundadores del civeractivismo.
Y si la vida es puro teatro, el hoy y el aquí es puro espectáculo. En un mundo en el que casi todo es una puesta en escena, y volviendo a las flash mobs, vemos cómo el sentido del humor está ganando la batalla y, aunque a veces asuste la frivolización y la reconversión a espectáculo de cuanto acontece, parece que no hay que ser un freaky para caer en el hechizo de estas inexplicables manifestaciones espontáneas. Los tiempos cambian y lo efímero está de moda, y sino visiten cualquier exposición de artes plásticas de esas cuyas obras fugaces, frágiles, breves, perecederas y temporales, embebidas de remakes, nacen y mueren cada día ante la mirada atónita y la sonrisa jocosa de visitantes y curiosos.
Por el momento, lo que sabemos es que en estas performances, fuente de novedad y originalidad, participan, sobre todo, jóvenes, se supone que con algo de tiempo libre y, sobre todo, con una buena dosis de sentido del humor. Mientras, observaremos de cerca lo que no sabemos si pasará a los anales de la historia como algo más que una pura anécdota. En cualquier caso, va a ser divertido. Así que, ¡qué siga el espectáculo!
