Para empezar, un sinfín de operadoras te atiborran a mensajes de bienvenida con el propósito de satisfacer el afán consumista con el que todo viajero de nuestros días, para serlo, debe dar el pistoletazo de salida a sus vacaciones.
A simple vista, todo resulta familiar, -¡demasiado…!-. Bermudas, zapatillas deportivas y pequeña mochila a conjunto; ese es el uniforme, seas hombre, mujer o niño.
Ya en el auto, desde el Este y en dirección Norte el símbolo hamburguesero infiltrado en todos los rincones del planeta parecía anunciar con una enorme sonrisa: –“no hay escapatoria para la globalización” (al menos eso es lo que yo leo cuando veo el “I’m lovin it”). A los más pequeños, sin embargo, les producía cierta sensación de protección el avistamiento de aquel emblema custodiado por la versión happy del muñeco diabólico. Por si esto no fuera suficiente, la imagen de un hipermercado al paso de una zona industrial, reconforta a los retoños, que vuelven a dormirse plácidamente al ver aquel establecimiento, porque, aunque se llame Auchan, algo les dice que se trata de un supermercado “amigo”… Es esa sensación de seguridad que dan los símbolos que nos acompañan en el vivir y cuya visión activa los recuerdos que de ellos penden en nuestro entramado neuronal, inundándonos los sesos de dopamina y serotonina, en fin, de placer y bienestar…
Pero si existe un elemento globalizador por excelencia, éste es el factor tecnológico.
Mi compañero de viaje y yo, a estas alturas hechos ya a las vicisitudes de la improvisación y habituales amantes de la aventura, decidimos, por esta vez, rendirnos a la curiosidad y dejarnos asombrar por lo que Google podía hacer por nosotros en materia de itinerario.
A través del buscador en cuestión, la red nos trazó una ruta personalizada con todo lujo de detalles, rematada con indicaciones del estilo “en la próxima calle gire a la derecha”, que me hacían tener que esforzarme para dejar de pensar en Google como si fuera una persona. Me resultaba grotesco observarme a mí misma construyendo de manera inconsciente, y llevada por mi indomable imaginación, el rostro de ese nuevo ente inmaterial que todo lo sabe y al que de todo pedimos, que se cuela en nuestras vidas con el ánimo de poseernos para lucrarse con ello. Mónica Daluz / pdf

