Ahora sí, entramos en el siglo XXI, y la mujer llega a él con una vocación de refinamiento y distinción; quiere seducir con sutileza. El rojo sigue siendo imprescindible, sin embargo, los patrones se sofistican y dulcifican.
La mujer rezuma un equilibrado optimismo, resultado de la satisfacción de ser dueña de sus actos, de su vida y de su cuerpo, que embellece a su antojo gracias, entre otras cosas, al trabajo de hiladores, tejedores y confeccionistas que se esmeran por hacer que lo más bonito sea también lo más cómodo. Atrevidas búsquedas combinan texturas y crean livianos modelos casi imperceptibles, con materias tecnológicas que requieren una importante apuesta por la investigación. La alegría de los destellos que llenan de luz piezas sofisticadas y decorativas, es reflejo del espíritu positivo que inunda nuestras vidas. Los rojos hipersensuales, sugerentes bitono, o texturas de piel de animal: la fantasía es la estrella.
Positivismo que va más allá de nuestra individualidad: hoy, la humanidad afronta con optimismo el largo camino que tiene ante sí y los innumerables retos que debe imperiosamente resolver. Actitudes y sentimientos que se expresan de múltiples maneras, también en nuestro modo de vestir y elegir nuestras prendas más íntimas.
Permítame, querido detallista, un consejo: estas Navidades, eche toda la carne al asador, déjese llevar y haga una pequeña obra de arte en su escaparate; ponga toda su imaginación al servicio de una fantasía. Si es capaz de expresar un sueño en su escaparate, el cliente no podrá resistirse a entrar en el mundo de ilusión que usted habrá creado para él. Mónica Daluz / pdf

