Días de estío y bochorno, vacaciones a la vuelta de la esquina…, casi todos mis colegas, entrevistados, vecinos, familiares, conocidos y, por supuesto, yo misma, llevamos semanas despotricando de nuestros aparatos tecnológicos y disertando acerca de nuestra imperiosa necesidad de perderlos de vista por una temporada, seguramente más corta de lo deseable, para dedicarnos a pasear, tumbarnos al sol o “fraternizar” con la pareja; en fin, esos asuntos a los que ya nos dedicábamos antes incluso de caminar sobre dos piernas…
Y he aquí que en Barcelona, donde esta editorial tiene su sede, y como por arte de magia, nuestros deseos se han hecho realidad. Queríamos, eso que llaman “desconectar”, y vaya si hemos desconectado. 350.000 personas hemos sido devueltas a la noche de los tiempos, como abducidas en nuestras propias casas, oficinas, calles… y en los mismos escenarios en los que ni reparamos durante la vorágine diaria, pero que hoy se nos antojan extraños, distintos, así como están, sumidos en una sorprendente, indignante e inquietante oscuridad. Sorprendente porque esto ha sido un golpe bajo, nos ha pillado desprevenidos, y ¡a una semana del éxodo estival! Indignante porque a pesar de estar viendo y viviendo a la lumbre de velas y candiles no damos crédito: si una eventualidad de este tipo era más que previsible ¿cómo es posible que no hubiera un plan de emergencia para solventarla con rapidez y eficacia? E inquietante porque puede volver, y volverá, a ocurrir…
Ha llovido mucho desde aquel 9 de noviembre de 1965 en el que un gigantesco apagón eléctrico paralizó la actividad en ocho estados de la costa este de los Estados Unidos causando pérdidas millonarias; y eso que sólo duró 14 horas… Pero la historia se repite. Hace unos meses, en noviembre del año pasado, una sobrecarga en la red eléctrica alemana causó un apagón generalizado que afectó a más de 10 millones de europeos, llegando incluso a afectar a la red eléctrica marroquí. Gajes de la evolución del sistema, o sea, de la globalización.
El fallo en el suministro de la savia que alimenta el mundo que hemos construido no nos ha hecho descubrir nuestra absoluta dependencia tecnológica; eso ya lo sabíamos antes de quedarnos a oscuras, de sobrevenir el caos en comercios y empresas de todos los tamaños. Lo novedoso del asunto es el clima subversivo que aquí se respira. Les cuento: tras las primeras caceroladas espontáneas, las gentes abogan por organizarse y aliarse para devolver, en masa, el recibo de la luz… ¿Ante la indefensión, insurrección? Y es que aquí se nos caen edificios a causa de las obras de infraestructura urbana, los trenes se retrasan, el AVE que no llega, y hasta la Sagrada Familia anda en la cuerda floja -en internet circula una simulación espeluznante de su desplome- y, simplemente, no pasa nada…
Se supone que, tras la primera fase “de parche”, con la ciudad tomada por enormes generadores y todo tipo de máquinas “abrezanjas” se buscará el modo de mejorar la capacidad de las redes de distribución eléctrica para satisfacer la creciente demanda energética, un debate que, por otra parte, ha de abordarse a escala europea. Pero ¿el objetivo no era reducir el gasto energético? Tal vez debamos aprender a convivir con esa incertidumbre de aprovisionamiento energético, pues nuestra dependencia no tiene vuelta atrás… aunque, vaya usted a saber si el personal le coge gusto a eso de los paseos estivales y a la vuelta de vacaciones envía la tecnología a freír espárragos. Pero no se apure, la temporada arranca con un plan Renove a gran escala (con subvenciones a la industria, el transporte, la edificación…) promovido por el Gobierno con el objetivo de cumplir con el protocolo de Kioto; el presupuesto para el plan de renovación de electrodomésticos viejos por otros de clase A o superior será de 532 millones de euros. Y la guinda del pastel: la previsión -permítanme dudarlo- de que en 2008 se inicie -en Cataluña- el otro apagón, el digital. ¿Comenzará la renovación masiva del parque de televisores?
Entretanto, sea curioseando los nuevos vídeos de YouTube o echando la siesta bajo la sombra de un pino, le deseo que disfrute del verano y que si decide optar por la desconexión sea ésta deseada y no forzada… Pero ahora ¡apaga y vámonos! Que mis vacaciones acaban de empezar… Mónica Daluz / pdf

